LOS MONOPOLIOS EXTRANJEROS, POR EL PROGRESO SOCIAL
p Los objetivos de clase del proletariado en las nuevas condiciones históricas de América Latina contemporánea empalman con la marcha general del movimiento revolucionario y de liberación, y la clase obrera, que ha acumulado una rica experiencia de pugna clasista, se sitúa cada vez más en la avanzada de la lucha liberadora. Pese a que el lugar del proletariado en los procesos revolucionarios de unos u otros países depende de sus peculiaridades específicas, precisamente él es la única fuerza consecuente y hasta el fin revolucionaria que, como indicaba V.I. Lenin “está en condiciones de dirigir a toda la masa de trabajadores y explotados en la lucha por derrocar el yugo del capital" [255•2 .
p El proletariado latinoamericano supera en número a otras clases y asciende a unos 50 millones. Incluye en sus filas destacamentos nacionales tan grandes como la clase obrera del Brasil (11 millones), México (6,5 millones), Argentina (más de 5 millones), Colombia (3,5 millones), Perú (1,2 millones), Chile (alrededor de un millón).
p Creció la clase obrera urbana que comprende alrededor de 30 millones de hombres. Al mismo tiempo aumentó la concentración del proletariado, lo cual facilita su cohesión clasista, el incremento de su actividad política y su organización.
p El proletariado agrícola y los elementos semíproletarios del campo, que en 1970 comprendían en conjunto unos 20 millones de los 40 millones de población rural económicamente activa, representan también un importante destacamento de la clase obrera latinoamericana.
p La clase obrera acumuló una gran experiencia política, elevó su nivel de organización, afianzó sus vínculos con el campesinado y otras capas trabajadoras. El movimiento obrero se transformó en la fuerza progresista organizada, más influyente de América Latina. Casi en todos los países y algunos dominios coloniales actúan partidos comunistas y obreros. En América Latina existen en total 24 partidos comunistas, incluyendo el Partido Comunista de Cuba, que agrupan alrededor de 600 mil afiliados [255•3 .
256p La fusión de la lucha social y antimperialista del proletariado y las formas en que se manifiesta en diversos países son diferentes en dependencia del nivel de desarrollo capitalista, del lugar del proletariado en la sociedad, de la agudeza de las contradicciones de clase y de la magnitud del movimiento liberador en uno u otro país.
p Por ejemplo, en Argentina, Brasil, Uruguay, México, Colombia, Venezuela, en los países más desarrollados, la lucha de clases constituye la base del movimiento antimperialista. El antimperialismo del proletariado está íntimamente ligado con la lucha por los intereses de clase. En países como Perú, Panamá y Ecuador los trabajadores participan activamente en las transformaciones antimperialistas y socioeconómicas que abren la perspectiva de un desarrollo no capitalista. En algunos países de América Central, en Paraguay, Haití y otros, el proletariado, comúnmente, no plantea sus demandas clasistas, sino que participa en el movimiento general democrático y antimperialista. A pesar de los fuertes golpes que la reacción logró asestar al movimiento liberador, por ejemplo, en Brasil en 1964, en Chile en 1973 y en Uruguay ese mismo año, en las repúblicas de la región cobra nueva agudeza la lucha de las masas populares por hallar una salida a la crisis estructural que se ahonda.
p El triunfo de la revolución en Cuba, que abrió la perspectiva socialista en América Latina, influyó directamente en la lucha de los trabajadores, ante todo del proletariado, por el progreso social, contra las fuerzas de la reacción y el imperialismo. El heroico ejemplo de Cuba, junto con el fortalecimiento de las fuerzas del socialismo en la palestra mundial, por una parte, y la profundización de las contradicciones de clase internas en el continente, por otra, contribuyeron al incremento de la conciencia de clase del proletariado, de su espíritu batallador y a su promoción al primer plano de las formas activas de lucha. Particularmente creció el papel de las huelgas, se ahondó su contenido, su carácter combativo y clasista.
p En los años de ascenso del movimiento huelguístico (1958-1961) los trabajadores de América Latina representaban poco menos de la mitad de los que se declaraban en huelga en todo el mundo capitalista. En la etapa actual en que ha entrado el movimiento huelguístico y obrero de los países latinoamericanos éste se caracteriza en grado mayor que los años precedentes por su orientación antimperialista y 257 antioligárquica, por la combinación de las demandas clasistas específicas con las reivindicaciones democráticas generales. La lucha huelguística de los trabajadores latinoamericanos se expresa, en lo esencial, en forma de grandes combates clasistas. La tendencia dominante del movimiento, a pesar de lo desigual de su desarrollo, es el constante crecimiento en los años 60 y 70 del número de huelguistas (entre 1965 y 1975 en América Latina éste ascendió, en total, a cerca de 200.000.000 de participantes).
p La agudeza de las contiendas clasistas, el ahondamiento de la lucha liberadora y antimperialista reflejan la profundidad de la crisis estructural del capitalismo dependiente en los países latinoamericanos. Esta crisis origina cambios en la distribución de las fuerzas sociales y clasistas, su reagrupamiento. La aparición en algunos países de regímenes de orientación progresista y antimperialista que iniciaron profundas transformaciones sociales refleja las nuevas posibilidades que se abren en el movimiento revolucionario en el continente. Rasgo peculiar de la actual etapa de los procesos revolucionarios lo constituye la participación cada vez más activa de amplias capas de la población, especialmente de diversos sectores de las capas medias. También en las fuerzas armadas de algunos países de América Latina se observan procesos importantes de esa índole, surgen corrientes patrióticas antimperialistas.
p Todo ello, indudablemente, eleva el potencial del movimiento liberador antimperialista, abre nuevos horizontes para profundizar sus objetivos y tareas. Estas posibilidades se manifiestan en la tendencia creciente a formar amplias coaliciones antimperialistas, frentes y alianzas encabezadas por la clase obrera. Su objetivo principal es realizar profundas transformaciones sociales. Las formas de unificación de las fuerzas democráticas y antimperialistas son diversas, también son heterogéneos los sectores sociales que componen esas coaliciones, en las que la clase obrera representa la columna vertebral, el principal elemento cohesionante de las mismas.
p En 1970, se formó en Chile la Unidad Popular con participación de partidos que representaban tanto los intereses de la clase obrera y del campesinado trabajador, como de las capas medias de la población. A comienzos de 1971 en Uruguay fue creado el Frente Amplio, en el que entraron el Partido Comunista, los Partidos Demócrata Cristiano y Socialista y 258 otras agrupaciones y entidades políticas. En Argentina, Venezuela, y Colombia también surgieron asociaciones y coaliciones antimperialistas. La participación activa de esos frentes en la vida política de sus países, el triunfo de la Unidad Popular en las elecciones de 1970 en Chile, la importante votación del Frente Amplio en las elecciones de 1971 en Uruguay reflejaron el crecimiento político de la clase obrera que, en esencia, determinaba la línea política de las alianzas antimperialistas de extensos sectores sociales.
p Ante el ascenso de la lucha por profundas transformaciones sociopolíticas, las clases gobernantes procuran afianzar el régimen capitalista a través de su modernización, acudiendo cada vez más a la regulación estatal y al apoyo del capital extranjero y los monopolios internacionales. El golpe militar en Chile y la implantación de un régimen dictatorial fascista, en particular, es un testimonio de ello. La tragedia chilena mostró que la reacción no se detiene ante nada para salvar sus posiciones, frenar las luchas de las masas populares y el desarrollo del movimiento antimperialista. Sin embargo, la ofensiva de la reacción no puede contener por largo tiempo el movimiento antimperialista y la lucha de la clase obrera.
p La incorporación de otras capas sociales al proceso liberador antimperialista crea condiciones más favorables para acrecentar la influencia de la ideología de vanguardia del proletariado sobre las masas.
p Al mismo tiempo, la ampliación del espectro social de las fuerzas que componen el movimiento liberador crea factores negativos como el ensanchamiento de la influencia de las ideas del revolucionarismo pequeñoburgués y el “izquierdismo”. Esto se manifiesta, en particular, en el resurgimiento de tendencias anarcosindicalistas.
p La política de maniobra social de las clases gobernantes y sus intentos de “integrar” a los trabajadores al sistema del capitalismo también influyen negativamente en la lucha del proletariado. Con la creciente polarización de las fuerzas aparece en toda su dimensión el problema del papel dirigente de la clase obrera, de su capacidad para encabezar el potente movimiento revolucionario antimperialista de las masas populares de la región. Los acontecimientos de los últimos años muestran que el movimiento obrero se transformó en una influyente fuerza política organizada a nivel de toda 259 América Latina, en factor de primer orden de la radicalización y profundización de los procesos revolucionarios y antimperialistas.
p En muchos países se observa un ascenso de la lucha huelguística del proletariado, una diversificación de sus formas y métodos y mayor eficiencia, la promoción a primer plano de las huelgas generales a escala nacional o regional y una activa asimilación de los métodos de lucha del proletariado por las capas medias.
p La fusión de la lucha clasista y antimperialista ha alcanzado mayor grado en aquellos países donde el proletariado es la fuerza rectora del movimiento liberador. En Argentina, por ejemplo, se desarrollan intensos combates de masas contra las compañías foráneas y la oligarquía nativa.
p A fines de los años 60 el proletariado argentino y todos los trabajadores desplegaron amplias y enérgicas acciones políticas contra la dictadura militar, estrechamente vinculada al capital extranjero y a la oligarquía criolla. En ese período habían sido suprimidos todos los derechos democráticos y constitucionales, prohibida la actividad de los partidos políticos; los sindicatos prácticamente quedaron bajo el control de las autoridades. Las huelgas pasaron a ser el arma fundamental en el rechazo a la política socioeconómica reaccionaria del régimen militar, orientada a satisfacer los apetitos de los monopoTfos extranjeros. La mayoría de los pronunciamientos huelguísticos revestía carácter político y, en lo esencial, surgían en las bases a despecho de la voluntad de los burócratas sindicales.
p Al calor de los movimientos de base, a iniciativa de los sindicatos aguerridos clasistas y con el apoyo dinámico de los comités intersindicales se realizaron una serie de huelgas generales nacionales o a nivel regional, respaldadas por todos los trabajadores.
p Las acciones del proletariado mostraron que él es, precisamente, quien encabeza la lucha de los trabajadores y todas las fuerzas progresistas contra la política antipopular del régimen.
p Tanto durante el período de la dictadura como en los años subsiguientes los obreros argentinos dieron pruebas de haber dominado y saber utilizar exitosamente las más variadas formas de lucha: trabajo “a reglamento" o “a desgano”, huelgas de “brazos caídos" o paros parciales, paros activos con ocupación de empresas, manifestaciones y marchas, 260 resistencia organizada a la policía, declaración del sindicato en estado de alerta, etc. En los enfrentamientos huelguísticos se formaban, con frecuencia, destacamentos de autodefensa obrera.
p Los obreros ferroviarios sostuvieron tenaces combates por el mejoramiento de las condiciones de trabajo, en el marco de los convenios colectivos, y contra su intensificación organizaron paros masivos cortos muy significativos y firmes. Miles de obreros de las industrias metalúrgica y mecánica, del petróleo, la construcción, los frigoríficos y otras ramas bregaron firmemente por renovar los contratos colectivos. Lugar especial en las acciones del proletariado ocupó la lucha contra los intentos de las fuerzas de derecha de acabar con la autonomía sindical.
p En 1975 el número de huelguistas en Argentina alcanzó un nivel record: 25,5 millones. El auge se debió ante todo al impulso impreso por las intervenciones de los obreros fabriles del sector estatal. Si en 1974 se registraron 171, y en 1975 tuvieron lugar 150 huelgas en el sector de servicios, en la industria el número aumentó, durante ese mismo período, de 184 huelgas a 434.
p Es importante subrayar que sólo en junio y julio los paros paralizaron más de 400 grandes empresas industriales; en ellos participaron los principales destacamentos del proletariado argentino. Las consignas contra los despidos estaban en primer plano, empleándose diversos procedimientos de lucha: desde la ocupación de los establecimientos hasta las manifestaciones. Las reivindicaciones económicas se vinculaban estrechamente con las demandas políticas.
p Importante aspecto del movimiento fue el activo papel de los trabajadores de las empresas pertenecientes a las compañías extranjeras que, además de exigir aumentos salariales y mejoramiento de las condiciones laborales, se expresaban en defensa del patrimonio nacional.
p El país ya ha conocido —se dice en el programa del PC de la Argentina— tentativas de enmiendas para la crisis de la estructura social argentina emprendidas a través del clásico camino reformista de los partidos burgueses y pequeñoburgueses. La experiencia demuestra que esas clases no pueden ya encabezar la lucha antioligárquica y antimperialista. La experiencia ha demostrado también que el país requiere cambios revolucionarios que destruyan la base material del dominio político del imperialismo, la oligarquía y el gran 261 capital, y que esos cambios no pueden ser la obra de un caudillo, ni de combinaciones políticas habilidosas. En el programa se subraya que esos cambios serán “el fruto de una gran coincidencia organizada de todas las clases y capas sociales cuyos intereses chocan con los del imperialismo, el latifundio y el gran capital. Esa vasta y poderosa coalición de fuerzas populares habrá de asumir la forma de un frente democrático nacional antioligárquico, antimperialista y pro paz, que se proponga como objetivo la conquista del poder para crear un gobierno efectivamente democrático, un gobierno democrático y popular de nuevo tipo, que tome efectivamente en sus manos la dirección económica y política del país. Pero un gobierno democrático y popular de nuevo tipo no puede concebirse sin la participación dirigente de la clase obrera, con una clara posición independiente, clasista, consciente de su papel histórico, encabezando a todas las fuerzas políticas y sociales que, de una u otra manera, se opongan al dominio del imperialismo y a la oligarquía... El programa de la revolución democrática, agraria y antimperialista abre un camino de desarrollo de la sociedad argentina que, sin ser todavía socialista, rompe decididamente los moldes clásicos de la estructura capitalista" [261•4 .
p Los finales de la década del 60 y comienzos de los años 70 estuvieron signados por un amplio despliegue del movimiento liberador y antimperialista en Uruguay, que había entrado en una fase de aguda crisis socioeconómica y, después, también política.
p En 1968, 1969 y 1970 se desenvolvieron grandes huelgas generales contra la política antinacional y proimperiahsta del gobierno que sumergía al país en una crisis cada vez más profunda. Los movimientos de masas cobraron especial auge el verano de 1971 cuando tuvieron lugar huelgas generales con participación de más de 500.000 trabajadores en cada una. Estos movimientos se caracterizaron por su elevada organización y el empleo de formas nuevas, más firmes y resueltas de lucha como, por ejemplo, el asedio y la ocupación de empresas. Reivindicaciones políticas eran cada vez más frecuentes: derogación de las “medidas prontas de seguridad”, de los decretos antipopulares del gobierno, liberación de los presos políticos, restablecimiento de la libertad de prensa y de palabra.
262p Cuando en febrero de 1973 surgió en el país una aguda crisis política y las fuerzas armadas se manifestaron contra el gobierno exigiéndole solucionar una serie de problemas vitales, los trabajadores apoyaron parte de esas demandas, amenazando al mismo tiempo con declarar una huelga general por plazo indefinido si no se cumple inmediatamente el programa de los militares.
p En respuesta al golpe de Estado derechista de fines de junio de 1973, los obreros, al llamado de la Convención Nacional de Trabajadores, se movilizaron en huelga general que duró 15 días. Aunque en ese momento el proletariado no pudo evitar el ascenso al poder de las fuerzas de derecha, él, gracias a su lucha, que no cesa hasta el presente, no les da la posibilidad a esas fuerzas de consolidar su régimen y ejerce influencia sobre amplias capas de la población y los militares patriotas que manifiestan descontento frente a la política de la oligarquía. El triunfo en Uruguay depende en grado considerable de los éxitos en la creación del amplio frente antimperialista y antifascista, por lo cual brega actualmente la clase obrera.
p El incremento de la unidad de acción y del nivel organizativo de los trabajadores constituye un rasgo característico del movimiento liberador del proletariado colombiano que en el linde de las décadas del 60 y 70 utilizó por primera vez, en el transcurso de muchos años, el método de la huelga general. El 8 de marzo de 1971, a pesar de la anulación de las garantías constitucionales en todo el país y la implantación del estado de sitio en varios departamentos, pese a la actividad escisionista de los líderes sindicales derechistas, se realizó una imponente huelga nacional general contra la política económica, social, antidemocrática y proimperialista del gobierno. En ella tomaron parte 800.000 trabajadores de la rama textil, de la fundición de acero, de la construcción y el transporte, apoyados por los estudiantes, maestros y por otras capas de la población laboriosa. Gracias a su tenacidad y a la unidad de acción, los trabajadores pudieron lograr importantes conquistas. En marzo, por primera vez en el curso de muchos años —subrayó Documentos políticos, órgano del Partido Comunista de Colombia—, la protesta del pueblo se manifestó en una amplia movilización de la clase obrera organizada y otras fuerzas sociales contra la política clasista del gobierno.
p Esta acción fue un momento culminante en la lucha del 263 proletariado colombiano en una etapa en que la acción coordinada de sus diferentes destacamentos (por ramas y regiones), la combinación de diferentes formas de lucha (paros, mítines, manifectaciones, ocupación de empresas, etc.) se hacen cada vez más frecuentes. Todo ello es un exponente de la conciencia clasista en ascenso y del nivel organizativo de la clase obrera colombiana. Sus conquistas sociales y políticas, tales como la liquidación en 1970 del monopolio de los dos partidos de la burguesía (liberal y conservador) en los consejos municipales y departamentos, la liberación de muchos presos políticos, el aumento del salario mínimo garantizado a escala nacional en 1973 —todas logradas en ardua pugna contra la oligarquía y el capital extranjero— son el principal testimonio de esos avances.
p La clase obrera de Colombia intensifica su brega contra la opresión del capital foráneo. Ello no es casual.
p Los monopolios extranjeros, junto con el gran capital local, emprendieron en los años 70 una ofensiva contra los derechos de los trabajadores procurando descargar sobre ellos todo el peso de la crisis económica y acudiendo al cierre de empresas, a despidos masivos, etc. Tales medidas, naturalmente, chocaron con la firme resistencia, ante todo, de la clase obrera. La pugna adquirió carácter particularmente agudo en 1975-1976.
p En 1975 hubo en Colombia 109 huelgas en las que participaron más de 197.000 obreros y empleados, mientras que en 1974 se habían registrado 75 huelgas que había movilizado a 83.000. La clase obrera supo cohesionar en torno suyo a amplias masas de la población trabajadora.
p Como se señaló en el XII Congreso del Partido Comunista de Colombia, particular significado revisten las huelgas vecinales. De hecho son huelgas generales de una ciudad o de una zona entera para demandar a las autoridades la solución de problemas acuciantes en la construcción de acueductos, escuelas, hospitales y en el mejoramiento de las condiciones de vivienda. Tales acciones chocan frecuentemente con la política oficial del gobierno y revisten carácter antioligárquico e, incluso, antimperialista, sobre todo cuando se trata de protestas por el aumento de las tarifas de los servicios comunales vinculados por contratos con las corporaciones financieras yanquis.
p Los obreros de Colombia fueron los iniciadores de un comité coordinador de las luchas de los trabajadores que 264 laboran en las empresas de la compañía estadounidense Singer. Este comité fue organizado en 1975 en Bogotá en un encuentro de los representantes sindicales de los establecimientos de esta compañía que opera en Colombia, Ecuador y Venezuela. En el encuentro participaron los delegados de las empresas de otros monopolios transnacionales que actúan en América Latina, tales como Erickson, Siemens, General Electric. En total asistieron 2.500 personas.
p La reunión fue convocada para discutir problemas sociales generales, las condiciones de vida y de trabajo, la ocupación y los derechos sindicales. También fueron examinados aspectos relativos a la lucha contra la injerencia de los monopolios internacionales en la vida económica y política del país. Se acordó unificar los esfuerzos para llegar, con ayuda del comité coordinador de la lucha, a constituir una federación continental.
p La magnitud y la potencia de las acciones de los obreros ocupados en las empresas pertenecientes al capital extranjero se revelan por los éxitos alcanzados. Muchas compañías foráneas estuvieron obligadas a revisar en los últimos años los convenios colectivos, así como las condiciones salariales, con los obreros de Colombia, Venezuela, Bolivia, Nicaragua, Costa Rica y otros países. En este sentido representa un rasgo característico la acción de los trabajadores de las plantaciones bananeras de Costa Rica, la Compañía Bananera de Costa Rica, perteneciente al capital de EE.UU. Esta explota despiadadamente a los obreros, habiendo violado repetidas veces la legislación laboral del país. Sólo en el lapso de cuatro meses del año 1975 la compañía se apropió más de 400.000 colones rebajando arbitrariamente el salario mínimo fijado por la ley. La lucha de los obreros de las plantaciones del banano de Costa Rica fue apoyada por 50 organizaciones obreras, campesinas, estudiantiles y entidades sociales más grandes del país. La Compañía Bananera de Costa Rica, en definitiva, se vio obligada a satisfacer los reclamos de los trabajadores, cuyo batallar tuvo su punto culminante en una huelga de trece días en 1975.
p Es significativo que no sólo unos u otros destacamentos de la clase obrera, sino también centrales sindicales de distintos países vinculan las demandas antimperialistas con un amplio programa de reivindicaciones sociales y democráticas. En abril de 1975, por ejemplo, la Federación Única Sindical de los Trabajadores de El Salvador, así como la organización 265 sindical que agrupa a trabajadores de la rama textil, del vestido y alimentaria expresaron en un llamamiento dirigido al pueblo que el país podía salir de su estancamiento y crisis económica sólo en caso de adoptarse las siguientes medidas: cese de la discriminación en el comercio con todos los países del mundo, democratización del régimen, lucha consecuente contra la dominación del imperialismo, nacionalización de la industria, aumento general de salarios, construcción en masa de vivienda barata.
p En los años 70 se agudiza y adquiere un filo cada vez más antioligárquico y antimperialista la lucha del proletariado mexicano. Durante el período del receso económico y la crisis en todo el país se desplegó un movimiento de masas por el aumento salarial. En el término de cinco años, de 1973 a 1977, tuvieron lugar alrededor de 3 mil huelgas. La mayoría surgían de manera espontánea, por iniciativa de las bases. Un importante rasgo del movimiento se manifestó en el impulso de los trabajadores a abandonar las centrales sindicales controladas por el gobierno, a constituir agrupaciones y entidades sindicales autónomas. Hacia 1975, ya más de 250 mil obreros se unieron en organizaciones independientes. En 1975-1977 importantes núcleos de las ramas de energía eléctrica, metalúrgica y ferroviaria, después de tenaz y aguda pugna, lograron impulsar fuertes movimientos independientes dentro de los sindicatos nacionales.
p Las nuevas condiciones sociopolíticas plantearon ante el proletariado mexicano la necesidad de elaborar formas más flexibles y variadas de lucha. Además de las huelgas prolongadas, cobran cada vez mayor difusión los paros por varias horas o días, las huelgas “escalonadas” o ascendentes, el trabajo a desgano. La diversificación de las tácticas y el ascenso del contenido de la acción contribuyen a revelar nuevas posibilidades en la lucha clasista, pasando de los mítines y manifestaciones a la ocupación de empresas.
p La capacidad de sectores cada vez más grandes del proletariado de emplear y combinar en situaciones concretas los métodos más eficientes y alcanzar así el éxito aparece desde fines de los años 60 como una importante peculiaridad de los movimientos huelguísticos de México. Los obreros de Spiser —compañía norteamericana de la rama metálica—, por ejemplo, combinando toda clase de acciones: paros, mítines, manifestaciones, marchas, ocupación de la empresa y negociaciones con los patronos y autoridades, consiguieron 266 importantes victorias en esa contienda que se prolongó de julio a octubre de 1975.
p Cabe señalar que la influencia del nacional-reformismo, entronado por tantos años en el sindicalismo mexicano, todavía reduce, con frecuencia, la efectividad de las luchas proletarias. Sin embargo, se hace sentir cada vez más, en los últimos tiempos, la participación en ellas de los obreros de las grandes empresas industriales, tanto de los que tienen una rica experiencia de brega clasista (en las ramas de la energía, la metalurgia y el petróleo) como de los que trabajan en los sectores incipientes (empresas de automotores, fábricas de equipos eléctricos y electrónicos). La incorporación activa al movimiento huelguístico de los obreros de las empresas extranjeras (de las fábricas de automóviles Datsun, Volkswagen. General Motors, Chrysler. Ford Motor o de instalaciones eléctricas General Electric, Kelvinator y otras) confiere a todo el movimiento obrero nacional un concreto sentido antimperialista.
p La intensificación de las acciones del proletariado mexicano y sus notables éxitos constituyen una premisa esencial para atraer a las amplias masas obreras a la lucha contra el reformismo y el economismo, principal obstáculo en el desarrollo del movimiento democrático y antimperialista del país.
p En los paros masivos, en las manifestaciones y otras formas de pronunciamiento resaltan las nuevas tendencias del movimiento obrero actual en México: su amplitud y pujanza, su carácter combativo y organizado, la decisión de batallar por la independencia de sus organizaciones de clase y por fortalecer la alianza con todas las fuerzas democráticas y antimperialistas.
p Las tareas de fortalecer y ampliar su alianza con todas las fuerzas democráticas en la lucha antimperialista surgen como una importante necesidad ante el movimiento obrero de Venezuela. La práctica ha demostrado que, si a fines de los años 60 el proletariado venezolano apelaba pocas veces a la huelga (logrando concesiones de los patronos en lo esencial a través de los pleitos laborales), en la década del 70 las huelgas han pasado a ser un arma efectiva en manos de grandes núcleos del proletariado.
p Uno de los filos principales de la brega clasista de los obreros venezolanos es la lucha contra el dominio de las compañías extranjeras. En los últimos años se han hecho 267 notables esfuerzos para coordinar estas luchas. En 1975 la Confederación de Trabajadores de Venezuela, la Central Única de Trabajadores de Venezuela y la Confederación de los Sindicatos Autónomos firmaron un documento conjunto en el que se señala la necesidad de elaborar una estrategia común para enfrentar las maniobras del imperialismo de EE.UU. y de las corporaciones transnacionales.
Todo ello testimonia que la clase obrera de Venezuela se va transformando en la fuerza rectora del movimiento antimperialista en el país.