CON LOS PAÍSES DE AMERICA LATINA
EN EL CONTINENTE
EN AMERICA LATINA DURANTE LA PRIMERA MITAD DE LA DECADA DEL 70
p A comienzos de los años 70 el debilitamiento relativo de las posiciones financieras y económicas de EE.UU. en el sistema capitalista mundial estuvo acompañado por un reforzamiento de otros centros del capitalismo desarrollado, ante todo, de la RFA y el Japón. El prestigio político de Estados Unidos se redujo notablemente en la arena mundial debido al fracaso de la aventura imperialista en Vietnam, así como a la agudización de los problemas internos y a la depresión de los llamados “valores occidentales”.
p Las naciones de América Latina siguieron ocupando un importante lugar en la estrategia internacional del país del Norte. Su incremento demográfico y la aceleración de su desarrollo económico las iban convirtiendo en mercado cada vez más vasto para las exportaciones estadounidenses y en ventajoso campo de aplicación del capital privado. Altos funcionarios de las dependencias de política exterior de Washington afirmaban con toda razón: “Los cambios en las condiciones económicas mundiales que se observan en los últimos años refuerzan el interés económico de Estados Unidos por la región” [134•1 .
p El papel político de las repúblicas latinoamericanas también iba creciendo a medida que aumentaba su peso en los organismos internacionales y su actividad política exterior se hacía más activa.
135p Los cambios que se registraban en el continente influenciaron en la formación de la política latinoamericana de EE.UU. Washington no tuvo otra opción que tomar en cuenta el ascenso de la lucha de liberación, el paso, a fines de los años 60 y comienzos de los 70, de una serie de países a orientaciones progresistas, así como las crecientes contradicciones en el continente con el imperialismo.
p La administración Nixon actuaba en condiciones internas sumamente complejas. Las dimensiones de la pugna política en el país, la agudización de las relaciones entre los poderes ejecutivo y legislativo, todo el conjunto de circunstancias que condujeron a fin de cuentas a la sin precedente dimisión en 1974 del mandatario, la necesidad de conducirse entre grupos de diferentes orientaciones inevitablemente imprimieron su sello a la política latinoamericana de EE.UU. de este período, dándole un carácter contradictorio.
p Por último, ese curso fue parte de la estrategia global de EE.UU. por lo cual debía estar en coherencia con las líneas principales de la política de la administración republicana en los países en desarrollo.
p La doctrina Nixon (o doctrina de Guam), proclamada en 1969, anunciaba el fin de la era de la “responsabilidad mundial estadounidense”. La nueva política se basaba en la concesión de autonomía en la actuación a los aliados asiáticos, latinoamericanos y otros del imperialismo. En la prensa y en las declaraciones oficiales yanquis quedó formulado el rumbo a la política de “poco perfil" en América Latina.
p Esta política muy pronto mostró que sus objetivos declarados no correspondían totalmente a sus objetivos reales. En algunos trabajos se señalaba: “Es una ilusión pensar que con una inversión de las compañías norteamericanas que asciende casi a 14.000 millones de dólares el gobierno de Estados Unidos pueda mantenerse con “poco perfil" en América Latina" [135•2 . (Hacia 1975 el total de las inversiones de EE.UU. en los países de la zona alcanzó a más de 19.600 millones de dólares.) Un “perfil” muy perfilado, como caracterizaban los observadores la esencia de esa política de EE.UU.
p El curso latinoamericano se formó en condiciones de 136 continuas divergencias entre diferentes fracciones de la clase gobernante.
p Distintos aspectos de la política de EE.UU. en los países de la región fueron repetidas veces objeto de agudas discusiones. Las concepciones que propugnaban el desarrollo económico, las reformas y la democratización de las sociedades latinoamericanas eran refutadas por la esterilidad de los intentos de imponer a los países en desarrollo el “patrón occidental”. Parte de los legisladores manifestaba su total desilusión respecto a los programas de ayuda. Los partidarios de las normas constitucionales, de la legalidad parlamentaria y demás atributos del sistema representativo se manifestaban contra el sector pragmático de los círculos gobernantes.
p Las opiniones divergían también en la cuestión sobre los militares latinoamericanos. En los impresos y declaraciones públicas se dijo mucho sobre la capacidad potencial de los regímenes militares de aplicar en sus países una política reformista. Al mismo tiempo, los defensores más celosos de la democracia representativa rechazaban la posibilidad de una alianza con la camarilla militar. Los acalorados debates en las esferas gobernantes de EE.UU. eran avivados continuamente por los problemas relacionados con la actividad de los inversionistas estadounidenses en el exterior.
p Finalmente, se expresaba toda clase de dudas sobre el carácter general del rumbo latinoamericano. Los críticos reprochaban a Washington no tener interés en los problemas del continente, menoscabar sus intereses y apartar a América Latina hacia la “periferia” de la política global. Los conflictos entre los departamentos gubernamentales, el poder ejecutivo y el Congreso reflejaban la lucha de intereses entre diferentes grupos dirigentes.
p En el período durante el cual el partido republicano estuvo en el poder, su política latinoamericana cambió varias veces de rótulo. Renunciando a la “retórica de tiempos pasados”, el gobierno Nixon proclamó en 1969 como rumbo principal de la política de EE.UU. en América Latina la “acción para el progreso”. De la “acción para el progreso" los Estados Unidos pasaron a declarar la de “socios maduros”, y Henry Kissinger, designado para el cargo de Secretario de Estado, anunció en 1973 el inicio de un “nuevo diálogo" entre las dos Américas. Mas en enero de 1974 el “nuevo diálogo" fue 137 interrumpido como resultado de la sanción por el Congreso de EE.UU. de la discriminatoria ley comercial.
A mediados de los años 70, Washington aplicaba en la región una política cada vez más rígida que tenía como objetivo alcanzar la “estabilización” de los países del área. Esa política a mediados de la década se basaba en el “firme apoyo" a los regímenes derechistas.