p La estrategia del imperialismo respecto a América Latina persigue tanto fines económico-comerciales y políticos (conquista de mercados de venta, fuentes de materia prima esferas de aplicación ventajosa del capital, fortalecimiento de su influencia política, militar e ideológica), como objetivos de largo alcance relacionados con los intereses globales de EE.UU., con el afán de mantener a los países latinoamericanos en la órbita capitalista, debilitar a las fuerzas progresistas, consolidar a los regímenes antidemocráticos y abiertamente reaccionarios y aislar a los países latinoamericanos de los Estados socialistas.
p Los monopolios de Estados Unidos procuran frenar el movimiento de las naciones latinoamericanas por el logro de una verdadera independencia y el progreso social.
p En el plano político, los EE.UU. orientan sus esfuerzos en América Latina a impedir por todos los medios las “inclinaciones” entre las repúblicas de la región “hacia el comunismo o el neutralismo" para no perder votos en la ONU y apoyo en la OEA.
63p Las tareas políticas que los EE.UU. se plantean en América Latina guardan íntima relación con las económicas, por cuanto “el desarollo de una situación antiyanqui en cualquier país latinoamericano pone bajo peligro los programas de ayuda militar y económica de EE.UU., así como el comercio y las inversiones privadas" [63•2 .
p Una de las líneas estratégicas de esa política económica en América Latina consiste en crear nuevas formas de dependencia económica, en estructurar un sistema de mecanismos que permitan a Estados Unidos intervenir directa o indirectamente en los asuntos internos del continente.
p Bajo la influencia de los cambios que acontecen en el mundo, en la política económica exterior de Estados Unidos se perfiló una propensión a revisar el papel de los países latinoamericanos en la división internacional del trabajo. Los círculos imperialistas de EE.UU. perciben claramente que la perduración del atraso de esta región puede afectar desfavorablemente los intereses de los monopolios. Por eso en una serie de casos los EE.UU. se ven obligados a contribuir a la eliminación de los excesivos desniveles existentes en el desarrollo económico. Aumentaron su participación en las ramas más dinámicas de la industria manufacturera, pero orientan y regulan este proceso de acuerdo a sus propios intereses. Por otra parte, no se puede dejar de señalar que ese desnivel, por lo menos en lo que se refiere a la mayoría de los países, no sólo no se ha reducido, sino que va en aumento. Tal es la consecuencia inevitable del desarrollo capitalista dependiente.
p Los EE.UU., para fortalecer sus posiciones, utilizan también los adelantos de la revolución científico-técnica. Con el avance de la misma, la disparidad entre la estructura productiva existente en América Latina desde hace muchos decenios y las necesidades de la división internacional del trabajo creció notablemente. Ello significa que la incorporación de los países de América Latina a una participación activa en el reparto mundial capitalista del trabajo debe conducir inevitablemente a la necesidad de cambiar la estructura de sus economías, a la aparición de nuevas ramas productivas.
p Al construir empresas para fabricar algunos tipos de instalaciones, bloques y piezas, los monopolios de EE.UU. 64 contribuyen objetivamente a un relativo ascenso de la productividad del trabajo social, al crecimiento de las exportaciones en los rubros de artículos manufacturados y al aumento del empleo. Pero al mismo tiempo se refuerzan los lazos de dependencia respecto a los monopolios extranjeros, por cuanto las nuevas empresas, por lo general, están intimamente ligadas con las compañías matrices residentes en EE.UU. A ello hay que agregar que la actividad de los monopolios yanquis crea una aguda desproporción en la distribución de las fuerzas productivas de las naciones latinoamericanas; una alta concentración de la industria en un reducido número de centros fabriles, mientras que regiones extensas y ricas en recursos naturales quedan sin desarrollar.
p Junto con las desproporciones en la distribución de las fuerzas productivas están las desproporciones estructurales condicionadas por la existencia, a la par de las grandes empresas que utilizan los adelantos de la revolución científico-técnica, de múltiples establecimientos pequeños y medianos basados en tecnologías primitivas y en el trabajo manual. La actividad del capital estadounidense tiende a conservar esta desproporción y, con lo mismo, el atraso del aparato productivo de los países de la región, la baja rentabilidad y la escasa competitividad de la industria latinoamericana.
p Los fines socioeconómicos de los programas estadounidenses de “ayuda al desarrollo" están orientados a intensificar por todos los medios la explotación de los recursos de los países latinoamericanos por el capital monopolista de EE.UU., a consolidar el modo capitalista de producción. El objetivo estratégico decisivo de la política económica de Estados Unidos en el continente es el de impedir el incremento de las tendencias centrífugas, antimperialistas en los países de América Latina, la realización de transformaciones socioeconómicas radicales y, de esa manera, como ya se ha señalado, mantenerlos en la órbita de la economía capitalista en calidad de fuentes de materia prima barata, ventajosos mercados de venta y esferas de aplicación del capital.
p Al mismo tiempo el capital monopolista de EE.UU. se ve obligado a tomar en consideración en su estrategia política y económica las realidades que se van conformando en América Latina.
p Para seguir manteniendo sus tambaleantes posiciones en el continente, los Estados Unidos propusieron en la conferencia de cancilleres celebrada en México en febrero de 1974 65 iniciar un “nuevo diálogo" que en diferentes círculos sociales locales fue calificado de “vieja política imperialista con ciertos retoques de forma”. El “nuevo diálogo" es un viejo truco que se repite.
p La intensificación de la lucha de los pueblos latinoamericanos por el afianzamiento de la soberanía política y la conquista de la independencia económica crea una nueva situación en el continente. Los círculos dirigentes de EE.UU. están impelidos a considerar ese factor objetivo. Por otra parte, crece la significación de América Latina como área importante de inversión del capital yanqui y fuente de materia prima para el abastecimiento de EE.UU.
Claro está, no se trata de cambios en los lincamientos fundamentales de la política estadounidense en la región. La política económica de EE.UU. está orientada invariablemente a preservar las condiciones favorables para la actividad de su gran capital en el hemisferio occidental y a mantener a América Latina, por medio de nuevos métodos, en su zona de influencia.
Notes
[63•2] O. Janni. M. Kaplan. América Latina y Estados Unidos. Relaciones políticas internacionales y dependencia. Lima, 1973, p. 34.