p Ya en los comienzos de su expansión, las compañías estadounidenses consideraron con razón que sin el apoyo interno necesario en los países de América Latina, sin consolidar este apoyo, les resultaría difícil ensanchar la esfera de sus actividades en condiciones que respondan en lo máximo a sus intereses. Estos nuevos “colonizadores”, al abrirse camino en el área latinoamericana, necesitaban contar con una base social. Pasaron a constituirla la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial, locales que se orientaban hacia el mercado externo. Estos dos principales aliados del capital norteamericano se pronunciaban contra el sistema proteccionista que de alguna manera afectaba sus intereses comerciales desbrozando así el camino para la penetración extranjera. Desplegaron una activa lucha contra la burguesía industrial de tendencia nacionalista y se convirtieron de esta manera en los principales testaferros de la política de los empresarios yanquis que se esforzaban por conservar en la región las atrasadas relaciones de producción existentes.
p Más adelante, con el desarrollo de las fuerzas productivas, la base social que favorecía a los monopolios norteamericanos se fue ensanchando, abarcando a sectores de la burguesía financiera e industrial proimperialista. Es importante señalar, sin embargo, que esta alianza antes de la segunda guerra mundial revestía carácter más bien político.
p Después de la contienda, con el incremento de las fuerzas productivas en América Latina y el fortalecimiento de la burguesía nacional, se delinearon nuevas tendencias en la evolución de la base social del capital yanqui. Estas tendencias se debían a que, merced al auge del movimiento liberador y del “nacionalismo económico”, los monopolios norteamericanos tuvieron que acudir a métodos de expansión más flexibles. A fin de conquistar el mercado interno desde adentro, empezaron a practicar la alianza económica con la burguesía latinoamericana. Los sectores más dinámicos del capital local, representados por la gran burguesía y, en parte, por la media, comenzaron a tener participación en, las empresas estadounidenses. Este proceso, en particular, fue favorecido 50 por la circunstancia de que, durante los años bélicos, la burguesía latinoamericana había acumulado considerables recursos financieros posibles de ser utilizados para el posterior fortalecimiento de la actividad empresarial local.
p Las empresas mixtas pasaron a ser la forma más característica y difundida de la “colaboración” entre el capital extranjero y el capital local. La práctica de establecer empresas mixtas, utilizada en gran escala, tuvo importantes consecuencias socioeconómicas para los países de la región. Se produce una diferenciación en las filas del empresariado latinoamericano, la formación de la llamada “burguesía de las filiales" que se desnacionaliza cada vez más. Los monopolios estadounidenses, haciendo partícipe de sus ganancias a la burguesía local, la transforman en su socio menor. Esta participación, a la vez, engendra en los empresarios latinoamericanos el interés por la actuación exitosa del capital estadounidense, por el ensanchamiento de su influencia económica. La aparición de las empresas mixtas, en consecuencia, consolidó la posición de los inversionistas extranjeros en la economía latinoamericana por una parte y, por la otra, frenó considerablemente el crecimiento independiente, imponiendo su sello a los procesos más importantes que se operaban en la economía de los países de la región, sobre todo, en la industrialización. El proceso de industrialización capitalista en América Latina adquirió no sólo un carácter económicamente deformado, sino también un sentido proimperialista etamente visible.
p Un importante papel en la subordinación del empresariado local al capital yanqui desempeña el sistema, ampliamente difundido, de subcontratos y subproveedores.
p La economía de los países latinoamericanos tiene entre sus rasgos lo que se ha dado en llamar dualismo económico, es decir, se caracteriza por la coexistencia de la gran producción moderna con la pequeña producción, incluso semiartesanal. Semejante estructura económica permite a los monopolios de EE.UU. combinar las ventajas de la producción en gran escala con el bajo costo de la fuerza de trabajo en las empresas pequeñas e, incluso, medias (a veces los salarios en las pequeñas empresas ascienden a la mitad de los vigentes en las grandes) que les suministran piezas y conjuntos. Por otra parte, las empresas pequeñas, como regla, conocen bien el mercado local y a los consumidores.
p La explotación intensiva de toda una red, inclusive, 51 de talleres artesanales que trabajan por contrato permite rebajar los costos de producción de los artículos acabados que lanzan las fábricas equipadas con técnica avanzada. En Brasil, por ejemplo, a mediados de la década del 50, cuando empezó a surgir la industria de automotores, había alrededor de 850 empresas que fabricaban piezas de automóviles para 18 compañías de la rama, controladas en su mayoría por el capital estadounidense. Más adelante el número de subcontratos fue creciendo. La Willys, subsidiaria de la Chrysler, tiene 250 subproveedores locales que fabrican para ella cojinetes, ejes, cajas de cambio, etc. En Argentina la International Harvester tiene 1.200 agentes y subproveedores. En México, la industria automotriz, en la que una serie de empresas pertenece al capital de EE.UU.. trabaja en base al sistema de subcontratos.
p Las compañías norteamericanas, por lo tanto, aparecen en el papel de principales proveedores de trabajo, en cuyos éxitos y prosperidad están interesados los productores locales. Los monopolios estadounidenses asumen un papel rector en la determinación del carácter y los montos de la producción, en la orientación de los mercados de venta y la formación de los precios. En base al sistema de subcontratos las empresas nacionales, pequeñas y medias, dependientes de los encargos de las grandes compañías foráneas, son sometidas , a su control. Sus actividades quedan subordinadas a la orientación de los monopolios y a sus pedidos. El sometimiento de la pequeña empresa por el gran capital no representa un perfeccionamiento de la división interempresarial del trabajo, sino un proceso tendiente a robustecer el poderío económico de los monopolios yanquis. El sistema de subcontratos de hecho significa, con frecuencia, una “fusión imperceptible" con la que esa pequeña empresa, desde el punto de vista jurídico, sigue siendo independiente, pero en el plano económico depende totalmente de los consorcios o, inclusive, se convierte en parte de uno de ellos.
p El sistema de subcontratos, ampliamente utilizados por los monopolios, origina también importantes consecuencias sociales. Tal sistema permite a los consorcios librarse de la necesidad de efectuar despidos en masa en los períodos de depresión, por cuanto facilita la posibilidad de incorporar a la producción toda una pirámide de subproveedores sin incluirlos en el personal de la compañía. En condiciones de favorable coyuntura en el mercado, los vínculos con la empresa 52 pequeña y media proporcionan a los monopolios estadounidenses ganancias complementarias. Durante los períodos de crisis, en cambio, las empresas pequeñas y medias son precisamente las que amortiguan el golpe, cargando sobre sí el peso principal y permitiendo a los monopolios estadounidenses mantenerse estables. No menos importante es el hecho de que el número reducido de personal, ocupado en una u otra compañía norteamericana, crea la apariencia de que ésta ejerce poco influjo sobre el curso de los procesos económicos en el país, limita las posibilidades del movimiento organizado y masivo de los trabajadores y permite al consorcio resistir con más éxito la presión de los sindicatos.
p Hasta hace poco la principal base social de apoyo de los monopolios yanquis en América Latina estaba representada por la oligarquía terrateniente y la burguesía comercial, industrial y financiera proimperialista o conformista que se turnaban en el poder y eran los principales ejecutores de la política de los monopolios estadounidenses. Sin embargo, con el avance de la revolución científico-técnica, el apoyo que podían brindar estas clases tradicionales, representativas de relaciones de producción caducas, se hizo evidentemente insuficiente. En la década del 60, por iniciativa de los administradores de la Alianza para el Progreso, se hizo un esfuerzo por “racionalizar” el desarrollo de la economía capitalista en la región, reforzar la base social y propender a la creación de empresas conjuntas. Se hacía especial hincapié en atraer a la llamada clase media, es decir, a las capas sociales medias. Las compañías estadounidenses empezaron a vincular a sus negocios no sólo a capitalistas locales, sino también a empleados y a intelectuales, científicos y técnicos latinoamericanos para establecer una aparente colaboración con los cuadros nacionales.
p El capital yanqui ocupa importantes posiciones tanto en las compañías comerciales e industriales, como en las asociaciones y uniones empresariales. Estas asociaciones empresariales juegan gran papel en la vida política interna de los países de América Latina, ejerciendo enorme influencia en la formación de la política económica interior y exterior. El hecho de que en esas asociaciones actúen, a la par con las compañías domésticas, las empresas norteamericanas, generalmente las más grandes de ellas, es un testimonio de la influencia que el capital de EE.UU. ejerce en la política nacional. En algunas uniones empresariales representantes de 53 las compañías yanquis ocupan puestos en los órganos directivos. Puede servir de ejemplo la Confederación Nacional de Cámaras de Industria de México que es una de las asociaciones empresariales más grandes del país. En Argentina el capital norteamericano penetró en la Unión Industrial, la más antigua de las asociaciones industriales del país; en la Asociación Nacional de Bancos, en la Asociación de Bancos de Buenos Aires y otras entidades.
La alianza de los monopolios de Estados Unidos con la gran burguesía latinoamericana tuvo consecuencias negativas para el desarrollo y funcionamiento de las empresas nacionales medias y pequeñas. La intensa penetración del capital estadounidense en las nuevas ramas de la economía obligó a considerables grupos del empresariado nacional a desplazarse al ámbito de las operaciones especulativas, los sometió al control foráneo o bien los colocó en una situación en la que resultaba imposible utilizar los avances técnicos u organizar con amplitud sus negocios. En cuanto a la gran burguesía, como lo señaló la Declaración de la Conferencia de los Partidos Comunistas de América Latina y el Caribe, de La Habana, “el proceso económico de los países de América Latina ha ido determinando que la parte más alta de sus burguesías locales resultara de tal modo vinculada al imperialismo y dependiente de éste para su propio crecimiento y vigorización que, de hecho, se ha convertido en integrante del mecanismo de dominio imperialista en sus propios países” [53•26 .
Notes
[53•26] Boletin de Información, Praga, 1975, N 12, p. 43.