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SISTEMA, INGRESOS.
REPRESIÓN DEL PENSAMIENTO LIBRE
 

p En Portugal, la Inquisición estaba subordinada a los intereses de la corona aún más que en España. Baste decir que para el cargo de inquisidor fueron nombrados sucesores al trono, hijos ilegítimos de reyes e incluso reyes en persona (en estos casos “simultanearon” ambos cargos). Durante el período de unión de Portugal con España (1580—1640) ejercieron las funciones de inquisidor mayor regentes y virreyes. El “ensamblamiento” de la corona y la Inquisición, muy conveniente a los reyes en general, tenía sin embargo algunas consecuencias negativas para ellos. Al aprovechar al “santo” tribunal en sus propios intereses egoístas, la corona lo invistió de privilegios y derechos tan amplios que, al fin y al cabo, cayó ella misma bajo su férula, haciéndose prisionera suya. El inquisidor Antonio de Sousa (siglo XVII), autor del manual Aphorismi Inquisitorum, decía: "Los inquisidores proceden contra imperadores, reyes y cualesquiera otras autoridades seculares"   [305•23 

p La Inquisición se oponía a las acciones de la corona cuando suponía que éstas amenazaban sus propios derechos “sagrados”. En 1567, después que el rey Joáo IV decretara la prohibición de las confiscaciones, la Inquisición excomulgó por un edicto especial a cuantos tenían relación alguna con la publicación y puesta en práctica del decreto y a todos los que osaran derogar su propio edicto. Considerándose superior a la jerarquía eclesiástica ordinaria, el “santo” tribunal le exigió subordinación y obediencia.

p La Inquisición portuguesa, creada a imagen y semejanza de la española, poco se distinguía de ésta en cuanto a la estructura. Como hemos dicho ya, la encabezaba el 306 inquisidor mayor asistido por el consejo de diputados, que aprobaba los fallos de los tribunales locales. Estos eran tres: el de Lisboa, que ejercía la jurisdicción en la parte central de Portugal, el de Evora (para las regiones del Sur) y el de Coímbra (para el Norte del país). Cada uno de ellos estaba encabezado por tres inquisidores y disponía del número correspondiente de empleados: fiscales, jueces de instrucción, etc. En otras ciudades actuaron los “comisarios” de la Inquisición encargados de vigilar a la población, que tenían derecho a detener e interrogar a los sospechosos, pero no estaban autorizados para pronunciar sentencias. Existió también un servicio especial de la Inquisición en los puertos (Visitadores dos partos e das naus), que controlaba a los pasajeros y las naves, principalmente para impedir la importación de las producciones literarias prohibidas.

p El sistema inquisitorial se apoyaba en los “ familiares”, colaboradores secretos y soplones, que sumaban 2.000 en Portugal  [306•24 . Pero en 1699, su número se redujo, por decreto del rey, a 604. "Conceder el título de “ familiar” -decía A. J. Saraiva- significaba “canonizar” la limpieza de sangre de las familias nobles. Por eso los nobles se apresuraban espontáneamente a ofrecer sus servicios como espías y esbirros del Santo Tribunal. Por otra parte, el Santo Oficio podía fácilmente controlar, a través de la red de “familiares”, algunas posiciones clave, por ejemplo, en las Cortes Generales"  [306•25 .

p Las denuncias anónimas eran atendidas tanto como las firmadas. Donde no había comisario de la Inquisición, las denuncias se dirigían al párroco. Los inquisidores garantizaban a los delatores la impunidad y mantenían en secreto sus nombres para que las víctimas no pudieran conocerlos. Aparte los delatores, el "cristiano nuevo" estaba expuesto al peligro de chantaje. Las organizaciones de chantajistas sacaron dinero de sus víctimas durante decenios enteros, bajo la amenaza de entregarlas a la Inquisición.

p Los chantajistas prosperaron porque al ponerse de acuerdo con ellos, un "cristiano nuevo" perdía solamente parte de sus bienes y quedaba con vida, mientras que la Inquisición, al detenerlo, confiscaba toda su propiedad 307 y luego le planteaba la disyuntiva de declararse culpable y sufrir una penitencia o negar su culpa y ser quemado en la hoguera. Habiendo confiscado los bienes del procesado, la Inquisición hacía todo lo posible para probar su culpabilidad, pues si no lo lograba debía devolvérselos. Pero esto no ocurrió nunca, ni aun en los casos extraordinariamente raros de absolución, porque el absuelto debía pagar su manutención en el calobozo, que generalmente duraba varios años, así como todos los demás gastos, que por regla general eran superiores a su fortuna.

p La Inquisición portuguesa mantenía a sus presos en condiciones bárbaras. Las celdas del “santo” tribunal de Lisboa eran húmedas, frías, sofocantes y hediondas. Los presos esperaban a menudo durante años hasta que se pronunciara la sentencia. De una lista de reclusos del siglo XVII se infiere que 57 procesados pasaron en la cárcel más de cuatro años (nueve de ellos estuvieron encarcelados siete años, seis padecieron la reclusión de diez u once años, uno permaneció en el calabozo trece años, y otro, catorce).

p Una instrucción del “santo” tribunal fechada en 1552 postula que el hereje arrepentido puede considerarse bueno únicamente cuando revela a sus cómplices y delata a sus parientes próximos y amigos particularmente queridos. Si el preso se mostraba recalcitrante, los inquisidores le arrancaban las confesiones por medio de amenazas y torturas.

p En Lisboa, los autos de fe se celebraron en la plaza de Torreiro de Pa9o, donde había tribunas con capacidad para unos 3.000 espectadores. En un tablado especial sentábanse caballeros de la corte real, jerarcas eclesiásticos e inquisidores; en frente, las victimas: herejes contumaces e “impenitentes”. Después de un tedeum y el sermón pertinente se daba lectura a las sentencias, que imponían penas diversas, incluvendo la entrega al brazo secular para el "digno castigo" (suplicio de hoguera).

p La quema de herejes se efectuaba en la plaza de Ribeira inmediatamente después del auto de fe. A los deseosos de morir en catolicismo se les hacía una “gracia” particular: eran agarrotados antes de consumirse en las llamas. Los renegados de la fe católica se entregaban al fuego vivos, en las hogueras de cuatro metros de altura 308 Por encima de la hoguera se colocaba un tablado con un poste en el centro. Subían allí por la escalera el condenado, el verdugo y dos predicadores jesuitas, que trataban de ”volver a la razón" al hereje mientras el verdugo lo ataba al poste. Luego la escolta se retiraba.

p En medio de gritos furibundos de la muchedumbre fanática, exaltada por los clérigos, el verdugo y sus ayudantes arrimaban a la cabeza del ejecutado pértigas con estopa ardiendo en el extremo. La gigantesca hoguera a veces tardaba dos horas en apagarse, asando literalmente a la víctima. Durante el “procedimiento”, los fanáticos que rodeaban el quemadero arrojaban piedras al infeliz, tratando de romperle la cabeza...  [308•26 

p La Inquisición era una de las empresas mas lucrativas de la corona portuguesa. Si se toman como punto de referencia únicamente las sumas pagadas por los " cristianos nuevos" para comprar el cese temporal de la persecución, se evidenciará que la actividad inquisitorial proporcionó a los monarcas portugueses ganancias fabulosas. En 1577, los "cristianos nuevos" lograron que el rey Sebastián les permitiera, por 225.000 cruzados, salir para las colonias ultramarinas de Portugal  [308•27 . En el mismo año le pagaron 250.000 cruzados más, para que prohibiera a la Inquisición confiscar los bienes durante el decenio siguiente.

p Pero ese rey, que llevaba también el título de cardenal, se retractó de sus promesas al cabo de dos años, sin devolver, claro está, el dinero cobrado. En 1605, los "cristianos nuevos" entregaron a la corona 1.700.000 cruzados -suma astronómica para aquellos tiempos- a cambio de la promesa, garantizada por el Papa, de no imputarles los “delitos” pretéritos, ganando de este modo una tregua de corta duración. En 1649 “ofrendaron” 1.250.000 cruzados a la Compañía real de comercio con el Brasil y se salvaron así del establecimiento de la Inquisición en ese país.

p Los inquisidores no estaban particularmente entusiasmados con esas transacciones, ya que las ganancias que de ellas provenían no iban a parar a sus bolsillos sin fondo, sino al erario del rey, y téngase en cuenta que la 309 fuente de ingresos de los inquisidores la constituían las confiscaciones y las multas impuestas a sus víctimas, sin excluir a los puestos en libertad por no haberse probado su culpa. Temían la reducción de sus ingresos y por eso trataron de convencer al poder real de que ellos podían extraer de los "cristianos nuevos" mucho más oro, en comparación con los que proporcionaban al rey las transacciones directas con los conversos.

p En 1673, el inquisidor Leira advirtió al rey Pedro II: "Si los "cristianos nuevos" prometen dar 500.000 cruzados por la amnistía general, es necesario que su Majestad Real sepa que, empleando las justas leyes sagradas (es decir, la Inquisición -/. G.) se puede conseguir mucho más"   [309•28 .

p La mayoría de los "cristianos nuevos" perseguidos por la Inquisición pertenecía a diversas capas de la sociedad urbana. He aquí una lista de los judaizantes (del sexo masculino) caídos víctimas del “santo” tribunal en los años 1682-1691: comerciantes, 185; empleados ( notarios, contables, funcionarios del fisco), así como abogados, médicos y boticarios, 69; propietarios de empresas, 129; artesanos, 195; obreros asalariados, campesinos y soldados, 80  [309•29 .

p Esas persecuciones socavaban la influencia de las capas burguesas, frenando el desarrollo de las relaciones capitalistas y de la cultura urbana en Portugal.

p Los inquisidores portugueses, especialmente del siglo XVI, distinguieron sólo dos tipos de herejía: la judaizante y la luterana, asociando con ésta tanto a los luteranos y otros protestantes como a los humanistas y, en general, a todos los críticos de las doctrinas religiosas o de las acciones del pontífice romano.

p Se ponía gran empeño en censurar los libros y otras obras impresas, sin excluir los mensajes pontificios, los breviarios, etc., que no podían venderse sin el visto bueno del “santo” tribunal. En 1547, el Cardenal Infante portugués don Enrique, que a la vez desempeñaba el cargo de inquisidor mayor, reeditó el primer índice español de libros prohibidos, compuesto por orden de Carlos V y 310 publicado un año antes. En 1551 se reeditó, también en Portugal, el segundo índice español, en el que figuraban 495 títulos, incluyendo los de algunos libros en portugués  [310•30 . Al cabo de un decenio vio la luz un índice nuevo, que prohibía ya más de 1.100 libros, entre ellos más de 50 escritos en portugués o español. En 1565 se imprimió en Lisboa el llamado índice tridentino de la Inquisición romana, en el que se habían incluido varios libros portugueses. El índice publicado en 1584 sometía a censura obras del relevante poeta Camoes, de los escritores Jorge Ferreira de Vasconcelos y Joáo de Barros, del dramaturgo Gil Vicente (“el Shakespeare portugués”), del poeta García de Resende, el prosista Bernardim Ribeiro y otros muchos literatos. El índice postrero, preparado por el jesuíta Baltasar Alvares, salió a luz en 1624. Constaba de tres partes: la primera incluía el índice romano, la segunda indicaba los libros prohibidos en portugués, y la tercera, los pasajes de diversas obras literarias portuguesas proscritos por la censura inquisitorial.

p Las librerías estaban severamente controladas por la Inquisición que efectuó registros periódicos en todas ellas (por regla general, en un mismo día y una misma hora, para que los libreros no pudieran advertirse unos a otros y esconder la mercancía “herética”).

p La Inquisición examinó minuciosamente la correspondencia sostenida por los libreros con los proveedores y editores extranjeros, así como sus cuentas. En cada librería debía exponerse en un lugar visible el índice, para el conocimiento de los compradores. La lectura y divulgación de los manuscritos no aprobados por la Inquisición se castigaban con penas severas. Los empleados del “santo” tribunal examinaron periódicamente las bibliotecas privadas; en caso de muerte del propietario de una biblioteca, ésta podía entregarse a los herederos sólo después de la “expurgación” correspondiente.

p En general, la censura de la Inquisición portuguesa fue aún más intransigente que la española o romana. Por ejemplo, hizo más cortes en El Quijote, en comparación con sus ediciones castellanas. A diferencia de los índices españoles y romanos, los publicados en Portugal contenían 311 obras del astrónomo Kepler, etc. Muchos tesoros literarios prohibidos por la Inquisición y las páginas de libros borradas por la censura quedaron desconocidos para el lector portugués durante varios siglos o incluso se perdieron definitivamente. Corrieron esta suerte, en particular, muchas obras del dramaturgo Gil Vicente. Los inquisidores prohibieron algunas producciones suyas y tacharon 1.163 estrofas de sus poesías. Se perdieron para siempre los cortes hechos por la Inquisición en Ulissipo, obra de Jorge Ferreira de Vasconcelos, otro clásico de la literatura portuguesa. Los empleados del Santo Oficio no se detenían ante la falsificación explícita, poniendo en lugar de los textos tachados otros escritos por ellos mismos.

p Esa “tutela” inquisitorial causó estragos colosales a la cultura portuguesa. La atmósfera de miedo engendrada por las violencias del “santo” tribunal sofocó la vida intelectual del país. El poeta Antonio Ferreira (1528— 1569) dijo: "En miedo vivo, en miedo escribo y hablo, tengo miedo de hablar conmigo mismo; incluso en miedo pienso y en miedo callo"  [311•31 .

Es difícil decir cuántas obras artísticas brillantes perecieron sin nacer a causa de ese miedo... En rigor, esto no lo negaron ni aun los panegiristas de la censura inquisitorial. Así, el monje Francisco de S. Agostinho escribió, en el siglo XVII: "La vigilancia en rebuscar doctrinas sospechosas es y ha sido siempre increíble en este Reino, donde se usan tantas revisiones de escritos, se requieren tantas aprobaciones de calificadores, y con tanto rigor, que es una de las causas de que salgan a luz aquí tan pocos libros y sus expurgaciones sean las más exactas y minuciosas"  [311•32 .

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Notes

[305•23]   Ibíd., p. 45.

[306•24]   Ibíd., pp. 47-49.

[306•25]   Ibíd., p. 50.

[308•26]   Ibid.. pp. 73-76.

[308•27]   M. Acosta Saignes. Historia de los portugueses en Venezuela Caracas 1959, pp. 17 y 18.

[309•28]   Citado según J. Oliveira Martins. Historia de Portugal, v. II.

[309•29]   A. J. Moreira. Historia des Principáis Actos e Procedimientos da Inquisicao em Portugal. Lisboa, 1845, pp. 184-185.

[310•30]   Rol dos Livros De/esos po o Cardeal Infante, Inquisidor geral nestes Reinos de Portugal. Lisboa. 1551.

[311•31]   Citado según A. J. Saraiva. A ¡nquisiyio portuguesa, p. 103.

[311•32]   Ibíd., p. 104.