COLONIAL
p En los libros “clásicos” sobre la historia de la Inquisición escritos por autores clericales y burgueses, la actividad del Santo Oficio en las colonias se menciona sólo de paso o se calla en general. Esto es todo comprensible.
p En ninguna parte, quizás, el carácter “sagrado” de los tribunales inquisitoriales, su misión “civilizadora”, su lucha “abnegada” por los decantados "valores cristianos”, se manifestaron con tanto relieve como en las colonias, donde esos tribunales sirvieron de apoyo seguro a la opresión colonial y a los intereses de los explotadores.
p El Nuevo Mundo fue descubierto por Colón en 1492, cuando estaba en su apogeo el terror inquisitorial en España. Ese descubrimiento reportó a la corona española riquezas fabulosas. Creyérase—así afirmaron los teólogos lisonjeros—que el Altísimo regaló a los reyes católicos el Nuevo Mundo para recompensar su incansable trabajo de persecución de los herejes. Porque, como enseñan los teólogos, en la vida no hay nada casual; ni un solo pelo puede caer de la cabeza de un hombre sin el conocimiento del Señor. Dios -decían todo lo ve y todo lo sabe, es sabio y’ todopoderoso. Al donar a los reyes católicos las Indias Occidentales (nombre dado por los españoles a sus posesiones de ultramar), demostró ipso facto que la Inquisición era grata a su corazón; de no ser así, ese don celestial habría ido a parar a otros monarcas.
262p Después de conquistar las Indias Occidentales, la corona española no puso en duda ni por un instante la necesidad de combatir también allí la "inmundicia herética" con la ayuda de la Inquisición, órgano represivo grato a Dios y tan afín a la propia corona.
p En un principio se encargaron de las funciones inquisitoriales los monjes que acompañaban a los conquistadores en sus campañas y los primeros obispos enviados a ultramar.
p El 7 de enero de 1519, Alonso Manrique, inquisidor general de España, apoderó oficialmente a Alonso Monso, primer obispo español en América, y a Pedro de Córdoba, viceprovincial de la orden dominica, para cumplir a la vez los deberes de inquisidores apostólicos en todas las ciudades, poblados y localidades de las islas del Mar- Océano, encomendándoles el nombramiento de notarios, comisarios, jueces de instrucción y demás funcionarios indispensables para organizar la "santa causa" [262•1 .
p A medida que se extendían los territorios conquistados por España en el Nuevo Mundo y surgían nuevas unidades administrativas y nuevas diócesis, los obispos de éstas y otros jerarcas eclesiásticos eran investidos de derechos inquisitoriales.
p Esa era primitiva en la actividad de la Inquisición colonial correspondió al tiempo que duró la conquista y finalizó en 1569, cuando se instituyeron en las posesiones españolas de ultramar los “santos” tribunales autónomos, presididos por los inquisidores nombrados especialmente por la corona y las autoridades eclesiásticas y facultados para administrar justicia y reprimir a los herejes.
p Durante la conquista, los conquistadores y los clérigos que les acompañaban (también hacían de inquisidores) tropezaron con un problema completamente nuevo e inesperado. No tardaron mucho en darse cuenta de que las tierras descubiertas por Colón no eran la India ni el Catay ( China) fabuloso, y los indios no tenían nada que ver con los habitantes de esos países de Asia. Pero si los aborígenes no eran asiáticos, ¿quiénes eran entonces? ¿Criaturas análogas a los españoles cristianos? Pero andaban desnudos y adoraban ídolos. Por esto sólo era imposible equipararlos 263 a los españoles. ¿Tenían o no tenían “alma”? ¿Cómo se debía calificarlos: de pecadores o de niños irresponsables? ¿Tal vez no fueran, en general, seres humanos, aunque se parecían a ellos exteriormente? Y por último, ¿de dónde surgieron?, ¿cómo hicieron su aparición en este mundo?
p Los teólogos españoles hojeaban febrilmente la Biblia y los trabajos de los padres de la Iglesia, buscando una alusión cualquiera al Nuevo Mundo y a sus habitantes insólitos, que les permitiera contestar a incontables preguntas. Pero éstas seguían careciendo de respuesta clara. Algunos eclesiásticos estimaron que los indios procedían de Caín, asesino de Abel; en opinión de otros, eran descendientes del insolente Ham, maldecido por su padre, el profeta Noé... Otros más suponían que los indios no eran seres humanos, sino animales.
p De las discordias que suscitaba ese problema puede juzgarse por las manifestaciones diametralmente opuestas de dos cronistas: Oviedo y Valdés y Bartolomé de las Casas. El primero afirmaba en un tratado sobre la historia general y natural de las Indias, editado en 1535 en Sevilla, que los indios eran por su naturaleza indolentes y viciosos, melancólicos, cobardes y, en general, embusteros desvergonzados. Su matrimonio -dijo- está desprovisto de misterio y es un sacrilegio. Son idólatras, liberti nos y afeminados. Su preocupación principal consiste en tragar, rendir culto a sus ídolos y cometer impudicias bestiales. ¿Qué se puede esperar de los hombres cuyos cráneos son tan duros que, al combatir con ellos, los españoles tienen que actuar con cautela, no asestarles golpes en la cabeza porque las espadas se doblaban por ello?
p Las Casas señalaba, en el mismo tiempo aproximadamente, que Dios había creado a esas criaturas sencillas sin dotarlas de vicios ni astucia. Son muy obedientes y fieles a sus propios señores y a los amos cristianos—dijo. Se distinguen por una docilidad, paciencia, actitud pacífica y virtud extraordinarias. No son pendencieros, ni vengativos, ni rencorosos, ni mezquinos. Además, son más delicados que la princesa misma y mueren rápidamente a causa del trabajo o de las enfermedades. De acatar al Dios verdadero, serían sin duda los hombres más benditos del mundo.
264p Puso fin a esa disputa el Papa en persona, al reconocer formalmente, en 1537, que los indios eran seres humanos (espiritualizados). Entonces ya habían sido avasallados y convertidos al cristianismo en su mayoría. Lo primero guardaba estrecha relación con lo segundo. La corona española y la Iglesia justificaban la conquista y avasallamiento de los indios por la necesidad de convertirlos a la religión católica, la “verdadera”, y la conversión de los aborígenes llevaba aparejado inevitablemente su subyugación porque, en la mayoría de los casos, se alcanzaba por medios violentos.
p Adviértase que desde el comienzo mismo de la conquista, los clérigos (salvo raras excepciones) participaron de la manera más activa en las ejecuciones de indios indóciles, con el pretexto de que éstos se negaban a abrazar el cristianismo. Sancionaron el asesinato de Moctezuma, Cuauhtemoc y otros gobernantes del Estado azteca; de Atahualpa, gobernador de los incas, y Hatuey, jefe de los indios cubanos, así como participaron en la represión masiva de los indios rasos.
p Los españoles se convencieron pronto de que la conversión forzada de los indios al catolicismo no significaba en modo alguno la renuncia de éstos a sus creencias “paganas”. El monje franciscano Jerónimo de Mendieta (1525—1594) decía en su Historia eclesiástica indiana que los aborígenes guardaban las imágenes de Cristo entre los "ídolos demoníacos”, y como quiera que los monjes les obligaran a instalar la cruz en todos los cruces de caminos, en la entrada de las poblaciones y en algunos otros, colocaban ocultamente sus ídolos debajo de la cruz, y al reverenciarla, adoraban en realidad las imágenes escondidas del demonio [264•2 .
p Nos encontramos con un cuadro harto conocido: los indios convertidos por la fuerza al catolicismo se comportaron tan “hipócritamente” como los herejes. Esto abría nuevos espacios a la actividad de la Inquisición en las posesiones ultramarinas de España.
p Los clérigos se apresuraron a emplear contra los 265 “apóstatas" de piel roja los medios de persuasión análogos a los aplicados por Torquemada a los herejes españoles. Se distinguía especialmente por su crueldad Diego de Landa, provincial de la orden franciscana, que en los años 60 del siglo XVI aniquiló a miles de aborígenes de Yucatán y Guatemala acusados de herejía.
p Landa demostró tener dotes de verdugo extraordinarias. Por su orden, los monjes aplicaban a los indios inculpados de apostasía torturas refinadas. Para arrancar confesiones a sus víctimas los verdugos les daban latigazos, las colgaban de los brazos torcidos, vertían cera hirviente sobre sus espaldas, les quemaban los talones con hierro candente. Si esto "no surtía efecto”, pasaban al tormento de agua: se metía en la garganta del torturado un cuerno y se empezaba a verter por él agua caliente; luego uno de los verdugos golpeaba a su víctima en el vientre hasta que le saliera por la boca, la nariz y las orejas agua mezclada con sangre.
p En menos de diez meses, Landa, según testimonio de contemporáneos, hizo atormentar a 6.330 indios, varones y hembras, de los cuales 157 murieron por efecto de la tortura, y la mayoría de los restantes quedaron mutilados para el resto de su vida. El 12 de julio de 1562, el feroz provincial celebró en Mani un auto de fe solemne en presencia de dignatarios españoles y caciques indios. Aquel día se consumieron en las hogueras las últimas reliquias de la antigua cultura maya: manuscritos jeroglíficos, estatuas, vasos artísticos con imágenes. Muchos de los indios detenidos se ahorcaron en la cárcel antes del auto de fe. Los monjes desenterraron 70 cadáveres y los arrojaron a las llamas. Mientras ardían, los presos de la Inquisición todavía vivos, vestidos con el sambenito, padecieron tormentos y vejámenes [265•3 .
p Esas atrocidades tenían por objeto infundir miedo a los indios, hacerlos obedecer a los nuevos señores, los españoles, y a su Dios blanco “todopoderoso”. El propio Landa reconoció en su obra titulada Relación de las cosas de Yucatán que los españoles no habrían podido imponerse 266 a los indios "sin meterles miedo con castigos terribles" [266•4 . Y como para justificar sus propias acciones, describió los medios españoles de apaciguamiento de los indios insurrectos en las provincias de Cochua y Checternal: " Hicieron con los indios crueldades inusitadas pues les cortaron narices, brazos y piernas, y a las mujeres los pechos y los echaban en lagunas hondas con calabazas atadas a los pies, daban estocadas a los niños porque no andaban tanto como las madres, y si los llevaban en colleras y enfermaban, o no andaban tanto como los otros, cortábanles las cabezas por no pararse a soltarlos" [266•5 .
p Mientras proseguía la represión masiva de los indios indóciles e inseguros, las autoridades españolas llegaron a darse cuenta de que una “medicina” tan fuerte podía acabar con todos los subditos nuevos del rey, como ocurrió efectivamente en las Antillas, donde a mediados del siglo XVI sólo quedaron unas cuantas decenas de aborígenes. Era muy posible que inquisidores tan celosos como Diego de Landa, acusaran de apostasía, inobservancia de los ritos eclesiásticos y adoración de los ídolos a la inmensa mayoría de los indígenas, y los exterminasen con ese pretexto. Pero, ¡quién trabajaría entonces para el rey, el conquistador y el inquisidor mismo? Después de aniquilar a casi todos los indios en las Antillas, los españoles empezaron allí a importar esclavos africanos. Pero esto resultaba desventajoso: el conquistador tenía que comprar esclavos, mientras que los indios se encomendaban gratis a su “tutela”; no quería en modo alguno perder esa mano de obra gratuita para complacer a los inquisidores. Atendiendo a esas consideraciones, Felipe II, por el decreto del 23 de febrero de 1575 privó a la Inquisición del derecho de proceder contra los indios y de exigirles responsabilidad por los crímenes de lesa fe.
p Esa decisión del monarca no encontró ninguna réplica seria por parte de la Inquisición ni de la jerarquía eclesiástica. La resistencia de los indios ya había sido rota y los colonizadores se habían hecho fuertes en todas las regiones. Los misioneros, habiéndose convencido de la imposibilidad de conseguir a mano airada que los indios 267 abjuraran de sus creencias antiguas, se contentaban con el cumplimiento formal, puramente ficticio de los ritos católicos principales por los aborígenes, cerrando los ojos a que éstos seguían venerando simultáneamente a sus propios dioses.
p Pero hubo algunas excepciones. Los obispos demasiado celosos no dejaron de castigar a los indios “paganos” ni aun después de 1575. En 1690, el obispo de la provincia de Oaxaca (virreinato de Nueva España) tramó un proceso ejemplar contra un nutrido grupo de indios acusados de idolatría. Veinte y un presos fueron condenados a prisión perpetua, y por orden del obispo se construyó para ellos una cárcel especial. En su feudo paraguayo, los jesuítas, dueños y señores de decenas de miles de guaraníes, los castigaban cruelmente por el incumplimiento más mínimo del ritual católico, etc.
p Los esclavos africanos no le interesaban mucho a la Inquisición. Aunque las leyes prescribían convertirlos al cristianismo y preocuparse por su bienestar espiritual, los esclavistas pensaron en cómo hacer sudar la gota gorda a un esclavo para obtener ganancia por el capital invertido en su compra, y les tenía sin cuidado si era o no apóstata. En el caso de desobediencia de un esclavo, hacían de inquisidores el propio esclavista y sus capataces, sometiendo al rebelde a las torturas más refinadas. A diferencia de los inquisidores, impedidos formalmente de verter la sangre de sus víctimas, los esclavistas no estaban limitados en este aspecto por disposición alguna; además de azotar a los esclavos indóciles, los mutilaban cortando los órganos genitales a los hombres, los pechos a las mujeres, y las orejas y narices a todos, o bien les asesinaban después de someterlos a sufrimientos terribles (dejar a uno para que lo comieran vivo las termitas no se consideraba como el procedimiento más cruel). Así trataron a los que estaban bajo su “tutela” esos hijos fíeles de la Iglesia.
Poco le interesaban a la Inquisición los negros libres, los mulatos y los zambos. En principio, se podría lanzarlos a todos, lo mismo que a los indios, al quemadero por acusación de hechicería, de creencia en el sortilegio y los augurios y de otras desviaciones de la “ verdadera” religión cristiana. Pero, ¿que sentido tendría esto? Eran en su mayoría artesanos o criados de los españoles 268 (en particular, de los mismos inquisidores), que sin ellos difícilmente podrían llevar una vida ociosa. Además, como carecían de fortuna, la Inquisición no sacaría ningún provecho. Por cierto que a veces, cuando no tenían a mano víctimas más “gordas”, los inquisidores se dignaban castigarlos, imponiendo por regla general penas relativamente “suaves”: azotaina y presidio.
Notes
[262•1] Véase J. Toribio Medina. La primitiva Inquisición Ameritaría Santiago de Chile, 1914, pp. 76-77.
[264•2] Véase Jerónimo de Mendieta. Historia eclesiástica indiana. México, 1870, pp. 233-234.
[265•3] Véase Y. V. Knórozov. "Relación de las cosas de Yicatán" de Diego de Landa como fuente histórico-etnogriifica. En: Diego de Landa. Relación de las cosas de Yucatán. M.-L., 1955, pp. 31—32.
[266•4] Diego de Landa. Relación de las cosas de Yucatán. México, 1959, p. 27.
[266•5] Ibíd.
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