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LOS PAPAS EN EL PAPEL DE
INQUISIDORES
 
LA INQUISICIÓN ROMANA Y UNIVERSAL
 

p El 21 de julio de 1542, el Papa Pablo III, por su bula Licet ab inltio instituyó la "Sagrada Congregación Romana y Universal de la Inquisición, su Santo Oficio”, cuya "esfera de acción debía extenderse a toda la cristiandad tanto de este como del otro lado de los montes (los Alpes -7.G.), a toda Italia, bajo la dirección de la Curia Romana"  [325•1 . Poco después se le adjudicó el título de Congregación Suprema. La Inquisición pontifical fue la más duradera de todas, pues existió sin interrupciones hasta 1965, cuando fue reorganizada por el Papa Pablo Vi en Congregación para la doctrina de la fe. Pero examinemos, sin adelantarnos, cómo fue esa institución eclesiástica “suprema’.’ a lo largo de más de cuatro siglos.

p El clerical francés Charles Pichón explicaba así su surgimiento: "El Santo Oficio fue en un principio la reacción, con frecuencia ruda, como las costumbres de aquel tiempo, y a veces arbitraria, como los tribunales de todos los tiempos, de una sociedad que se defendía"   [325•2 . Pero, ¿de qué sociedad se trata? ¿Contra quiénes se defendió?

p A partir del siglo XIII, desde hacía ya más de 300 años, en todos los países del mundo cristiano se impulsó la caza de herejes, bregaron sin desmayo "para gloria de Dios" los tribunales de la Inquisición, ardieron las hogueras de los autos de fe. Creyerase que, merced a la actividad^nfatigable de los 326 “perros de Cristo”, la Iglesia Católica había acabado con todos sus enemigos. Habían sido aniquilados casi por completo los cataros y reprimidos los espirituales, los flagelantes, los begardos y otras muchas herejías ciudadanas y campesinas. Se había exterminado a decenas de miles de “brujas”. Habían sido entregados a las llamas o dispersados por diversas regiones del mundo y desvalijados los judíos “recalcitrantes”, y expulsados a África los moros. Para recompensar obras tan pías y la fidelidad a la religión católica romana, la “verdadera”, el Altísimo había “donado” a los reyes católicos de España y Portugal tierras inabarcables repletas de tesoros en Asia, África y las fabulosas y enigmáticas Indias Occidentales, denominadas posteriormente América.

p Sin embargo, cuando la religión católica se había hecho fuerte, al parecer, tanto en Europa como en los demás continentes, y todos sus enemigos estaban cubiertos de oprobio y pulverizados, se abatió sobre los Estados germanos, como castigo del cielo, la herejía luterana. Se apartó de la “madre”, de la Iglesia Católica Romana, Inglaterra. La “pestilencia” herética amenazó con invadir todos los países cristianos, incluyendo los dominios papales en Italia, donde tenía muchos adeptos. Además, había esos científicos, esos sedicientes humanistas que todo lo ponían en duda, que intentaron siempre refutar, humillar y ridiculizar los dogmas sagrados de la Iglesia y difundieron sus obras malévolas por medio de la máquina de imprimir, invento satánico del alemán Guttenberg. Las inquisiciones “nacionales” no podían con ellos, aunque en muchos reinos gozaron de la protección del monarca. En Francia, Polonia y algunos otros países, el ’poder real había suprimido la Inquisición, transmitiendo sus funciones a los tribunales laicos.

p Nunca antes había afrontado la Iglesia un peligro tan tremendo, ni se habían extendido tanto en ella el desorden, el libertinaje y la falta de fe en su misión divina de salvación de la humanidad, como en la primera mitad del siglo XVI.

p Pero, como enseñan los eclesiásticos, los caminos del Señor son inescrutables: al tiempo que imponía a la Iglesia, por sus debilidades y pecados, un castigo muy duro -la pestilencia herética-, Dios acudió en su ayuda. Entonces, precisamente, el español Ignacio de Loyola propuso a la Santa Sede crear un poderoso ejército de Cristo que estuviera dispuesto de día y de noche, dondequiera y cuandoquiera, valiéndose de 327 cualquier medio - astucia, perfidia, engaño, mentira, puñal o veneno-, a retorcer el pescuezo al nuevo anticristo, Lutero, y a todas sus huestes diabólicas. El fin justifica los medios -proclamó Loyola-. Lo principal es vencer al enemigo, no importa cómo. El bien y las persuasiones no sirven para vencer al diablo; la única manera de superarlo es utilizar, pero con energías y en dosis aún mayores que las usadas por él, la bajeza, la infamia y el engaño.

p “¿Lutero exige una reforma de la Iglesia?" -preguntaba Loyola. Y respondía: "Muy bien, le opondremos nuestra contrarreforma”. ¿Los enemigos de la fe verdadera oponen la ciencia a la Iglesia? Pues bien, los clérigos, para responderles, cultivarán ellos mismos la ciencia, que ha estado y seguirá estando al servicio de la teología. ¿Los servidores del diablo quieren la instrucción? Es magnífico, los jesuítas abrirán escuelas y universidades fieles a la Iglesia. ¿Nuestros adversarios piden libros? Los tendrán por cierto, pero esos libros desmoronarán la herejía y toda facción.

p La astucia sola no basta para imponerse al enemigo - enseñó Loyola-. También es necesario el puñal, es necesaria la Inquisición, y no deberá encontrarse en un sitio cualquiera, sino aquí, en Roma, centro y corazón de la cristiandad; que no esté encabezada por una persona cualquiera, sino por el propio Papa, vicario de Jesucristo, y que esa Inquisición, independiente del poder secular y no contenida por éste, enjuicie y reprima a los herejes no sólo en Roma, sino en todo el mundo cristiano.

p La iniciativa de Loyola fue calurosamente apoyada por el cardenal Carafa, el consejero más próximo de Pablo III, y por el cardenal español Juan Alvarez de Toledo; ambos odiaron fanáticamente a Lutero y esperaban que los “soldados” de Ignacio de Loyola podrían “salvar” la Iglesia, como la habían salvado ya, en el siglo XIII, los “perros” de Santo Domingo. El sumo pontífice, por su parte, como señala Ch. Pichón, en vísperas del Concilio de Trento "experimentó la necesidad de un tribunal verdaderamente universal que estuviera a sus ojos y pudiera tanto examinar los asuntos de fe como delegar a jueces locales, actuando en todo caso rápida y eficientemente (sin suprimir los tribunales de la Inquisición existentes) como primera y última instancia"   [327•3 .

p El Papa esperó -y no sin razón- aterrorizar con la ayuda 328 del Santo Oficio a sus propios oponentes, partidarios de conciliarse con la Reforma, debilitar sus posiciones e imponérseles en el próximo concilio.

p La Congregación de la Inquisición pontificial, autorizada para instruir y enjuiciar, se convirtió rápidamente también en instancia teológica suprema. Sus dictámenes y manifestaciones sobre los puntos discutibles de la religión fueron obligatorios para toda la Iglesia Católica. Se le concedió el derecho de castigar con anatemas y excomuniones tanto a eclesiásticos como a seglares. Además, estaba encargada de censurar, como instancia suprema, las ediciones impresas de todo el mundo cristiano; esta función la ejerció a través de los índices de libros prohibidos, que posteriormente fueron un arma eficaz de la reacción clerical internacional.

p El Papa Pablo III encabezó personalmente la Congregación de la Inquisición. Nombró su adjunto al cardenal Carafa, investido con el título de inquisidor supremo, y para ayudarle fueron nombrados cinco cardenales inquisidores. Todos ellos formaron una especie de cuerpo de jueces del tribunal supremo instituido por la Iglesia Católica.

p Carafa puso manos a la obra inmediatamente, con un celo y energías que hubiera podido envidiar el propio Tomás Torquemada. Estableció la institución por él encabezada en un palacio de Roma que había adquirido al efecto. Bajo su observancia se instalaron en los sótanos del palacio una cárcel y un local para torturas provisto de instrumentos variados. Luego nombró a sus representantes plenipotenciarios (comisarios inquisidores) en los países católicos. El puesto de comisario inquisidor de Roma se encomendó a Teófilo di Tropea, confesor personal del Papa, que por su oscurantismo feroz no desmerecía del sumo pontífice.

p Carafa determinó las siguientes normas de actividad para la Inquisición papal: "I. En caso de mínimo sospecho de herejía, la Inquisición debe actuar con la máxima severidad.
2. La Inquisición debe perseguir a todos los herejes, sin tener respeto a príncipes o prelados y sea cual fuera su posición.
3. Hay que perseguir aún más severamente a los herejes que gozan de la protección de un potente; sólo aquellos que confiesen sus culpas podrán ser tratados con dulzura y misericordia paterna. 4. Los protestantes, en particular los 329 calvinistas, no pueden esperar la mínima tolerancia"   [329•4 .

p La actitud represiva de la nueva Inquisición se dejó sentir pronto en todos los dominios papales. Muchos eclesiásticos prestigiosos fueron a abrigarse en Suiza y Alemania por ser sospechosos de simpatizar con la Reforma; entre ellos Bernardino Ochino, vicario de la orden capuchina, y los teólogos Vermigli, Curione, Valentín y Castelvetro. Pero no todos, ni mucho menos, pudieron evadirse. Y los que iban a parar a manos de Carafa y sus esbirros tenían en perspectiva la cárcel, las torturas y, posiblemente, la hoguera. "Es difícil -escribió con amargura Antonio de Pagliarici, teólogo italiano de aquella época -ser cristiano y morir en su propia cama"   [329•5 .

p La Inquisición papal desconfió especialmente de los científicos y humanistas, viendo en ellos un peligroso foco de creencias heréticas. Bajo la presión de Carafa se disolvieron las Academias de Módena y Ñapóles; cualquier hombre de ciencia inspiraba desconfianza y era vigilado. Se reanudó la persecución de los franciscanos, esos rebeldes contumaces en el seno de la Iglesia. En toda Italia volvieron a arder las hogueras. Excepto tal vez en Venecia, donde los inquisidores emplearon un procedimiento más barato para desembarazarse de los herejes, hundiéndolos en la laguna.

p En 1555, el inquisidor supremo Carafa se hizo Papa, con el nombre de Pablo IV. A pesar de su avanzada edad (fue elegido cuando tenía 79 años), continuó persiguiendo a los herejes con el fervor y sadismo de antes. Como señalan los cronistas, no faltó ni a una sola reunión semanal del tribunal de la Inquisición. El nuevo Papa veía herejes en todas partes, incluso en medio de sus allegados. Ordenó encerrar en las mazmorras de la Inquisición a los cardenales Morone y Foscherari, a quienes había encargado de censurar los libros y componer el índice; le pareció que no se esforzaban suficientemente por extinguir la razón e ipso facto simpatizaban con la herejía. Pablo IV declaró que Santo Domingo, fundador de la orden dominica, era protector celestial de la Inquisición. Estando en el lecho mortal, el Papa hizo venir a los cardenales para legarles que prestasen el máximo apoyo al “santo” tribunal, obra 330 predilecta del pontífice agonizante. Aunque Pablo IV ocupó la Santa Sede sólo durante cuatro años, su gobierno estaba marcado por desafueros tan monstruosos que, después de su muerte, los romanos asaltaron el Capitolio, donde se había erigido en vida del Papa una estatua en su honor, la destruyeron, revolcaron la cabeza en basuras y la arrojaron al Tíber. El pueblo atacó también el palacio de la Inquisición; le prendió fuego, puso en libertad a los reclusos y golpeó a los inquisidores y empleados del tribunal,

p Pero ese estallido de indignación en la Ciudad Eterna no tuvo consecuencias de largo alcance. Los sumos pontífices protegieron la Inquisición también después de la muerte de Pablo IV.

p Pío V refrendó definitivamente, por su bula del 21 de diciembre de 1566, el estatuto especial de la Inquisición, anulando todos los mandatos y disposiciones de papas anteriores que limitasen en cualquier medida la actividad del tribunal inquisitorial, y declarando de antemano inválida toda decisión de papas futuros que tendiera a suavizar los fallos de la Inquisición. Esa bula ponía formalmente la “justicia” inquisitorial por encima de la Santa Sede.

p La Inquisición papal usó de las torturas con un celo igual al que mostraban las inquisiciones “nacionales”. El tormento fue legalizado oficialmente por Pablo IV.

p El Sumario de la orden dominica, guía de los inquisidores papales, determinaba de la manera siguiente, en el capítulo XVI, los modos de luchar contra los herejes recalcitrantes : 

p “La maldad de los delincuentes es tanta que se deshacen por impedir a los jueces poner en claro sus delitos. Al ser interrogados, niegan descaradamente su culpa. Esto ha hecho necesario encontrar diversos medios de arrancar de su boca la verdad. Esos medios son tres: el juramento, la reclusión carcelaria y el tormento”.

p El inquisidor Antonio Panormita, en su guía para los inquisidores publicada en 1646 exponía y argumentaba detalladamente el empleo de la tortura por los “santos” tribunales. Decía: "Los inquisidores se ven obligados a recurrir con particular frecuencia a las torturas, porque los crímenes heréticos figuran entre los ocultos y difícilmente demostrables. Además, la confesión de herejía presta utilidad no sólo al Estado, sino también al propio hereje. Por lo tanto, la tortura es más útil que cualesquiera otros medios que ayudan 331 a llevar a cabo la instrucción y a sacar del acusado la verdad"  [331•6 .

La Inquisición papal inspiró las cruzadas contra los herejes. El continente europeo fue escenario de guerras religiosas. En los Países Bajos, los soldados españoles encabezados por el feroz duque de Alba exterminaron a decenas de miles de protestantes. La Santa Sede aplaudió entusiasmadamente ese genocidio. En Francia, miles de hugonotes (calvinistas) cayeron víctimas de la degollina efectuada en la noche de San Bartolomé, 24 de agosto de 1572. Como resultado de las persecuciones subsiguientes, por espacio de dos semanas fueron asesinados en Francia 30.000 hugonotes más. Para conmemorar esas victorias “gloriosas” sobre los herejes franceses, Gregorio XIII, el sumo pontífice de entonces, celebró un tedeum en la iglesia de San Luis, protector de Francia. Por orden del mismo Papa, el teólogo Peña reeditó en 1578 el Directorio de los inquisidores, escrito dos siglos atrás por Nicolás Eymerico, ya conocido del lector, y considerado manual “clásico” de persecución de los herejes. Como veremos a continuación, el Santo Oficio romano aplicó a sus víctimas toda esa sabiduría siniestra.

* * *
 

Notes

[325•1]   Citado según Niccoló del Re. La Curia Romana. Roma, 1952, p. 41.

[325•2]   Ch. Pichón. Le Vatican. París, 1960, p. 251.

[327•3]   Ibíd., p. 252.

[329•4]   Citado según L. von Ranke. Storia dei Papi. Firenze, 1965, p. 155.

[329•5]   Ibíd., p. 157.

[331•6]   Citado según V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno y la Inquisición, pp. 332-333.