p El 22 de octubre de 1536 se dio lectura solemnemente en Evora (residencia de la corte real) a la bula pontificia que establecía la Inquisición, y ésta reanudó su actividad. Se publicó un edicto que llamaba a la población a denunciar a los judaizantes y los protestantes, como asimismo a las brujas, las adivinadoras y demás " servidoras del diablo”. A los delatores se les prometieron diversas recompensas espirituales y materiales.
p También se leyó en las iglesias otro edicto, que establecía un plazo determinado para que los dispuestos a denunciarse a sí mismos pudieran hacerlo. Después de expirado este plazo se procedió a la detención global de "cristianos nuevos”.
p La evasión sólo fue posible para gentes acomodadas a las que su dinero abría el paso al extranjero. ¿Adonde huyeron esas víctimas de la Inquisición portuguesa? En su mayoría, a Italia, a los dominios pontificiales, donde no las perseguía nadie. En Ancona, por ejemplo, su número rayaba en 3.000. Centenares de fugitivos llegaron a Roma para asediar a los cardenales con gemidos y quejas, denunciando las atrocidades de la Inquisición portuguesa. Algunos lograron penetrar en los aposentos del Papa y prosternarse ante el pontifice, implorando su protección. 301 Muchos obtuvieron por una suma considerable salvoconductos apostólicos para sus parientes residentes en Portugal. Pero ,en vano gastaron dinero y en vano esperaron! La Inquisición portuguesa no hacía caso de ese documento. Más aun, el salvoconducto inducía a suponer que su tenedor poseía recursos, y con frecuencia daba motivo para detenerlo.
p Sin embargo, el inquisidor mayor Diogo da Silva, que no se parecía en nada a Torquemada, dio muestras de cierta indolencia en la persecución de los judaizantes. En 1539 aparecieron en las puertas de algunas iglesias lisbonenses libelos que atacaban la Iglesia Católica y defendían a los judaizantes. El inquisidor mayor opinó que habían sido escritos por provocadores, enemigos de los "cristianos nuevos”. No está descartado que su autor fuera el propio rey. A. Herculano publicó un documento elocuente, firmado con la propia mano de Joáo III, en el que ese hijo fiel de la Iglesia ordenaba a un agente suyo en Málaga matar a un tal Bastiao Roiz, prometiendo colmar de gracias al asesino. "Hombres que emplearon el puñal de asesino como instrumento de administración -decía al respecto Herculano—difícilmente podían vacilar mucho en usar de la pluma de un falsario con fines políticos" [301•18 .
p Con su negativa a utilizar los libelos provocadores como pretexto para intensificar la represión de los "cristianos nuevos”, Silva puso colérico a Joáo. El rey lo destituyó y nombró para el puesto de inquisidor mayor a un hombre más seguro y resuelto: su hermano carnal Enrique, arzobispo de Braga. El nuevo inquisidor tenía 27 años, aunque la instrucción pontificia prescribía encomendar ese cargo a eclesiásticos de 40 años de edad como mínimo. El Papa envió una protesta tras otra contra el nombramiento de don Enrique, mientras que éste se dedicaba con mucha energía a la caza de "cristianos nuevos" o, dicho más exactamente, de sus bienes. El 20 de septiembre de 1540 se celebró en Lisboa el primer auto de fe acompañado de la quema de muchos judaizantes. Luego ardieron las hogueras en Porto, Coímbra, Lamego, Thomar y Evora.
p Sin embargo, puesto que la sede apostólica se 302 abstenía de confirmar los poderes del nuevo inquisidor mayor, don Enrique, la actividad del “santo” tribunal era ilegítima desde el punto de vista del Derecho Canónico. Portugal continuaba solicitando en Roma la concesión del mandato pertinente al inquisidor mayor cuando se presentó en 1541 en Lisboa, sin que nadie lo esperara —¡imagínese el sobresalto que se produjo en la corte real!—, el brillante legado apostólico Juan Pérez de Saavedra, provisto de bulas que lo apoderaban para examinar la actividad de la Inquisición portuguesa y decidir la cuestión de su existencia.
p Las autoridades y el clero de Portugal recibieron con halagos y obsequiosidad al representante del Papa, que no disimulaba sus simpatías con el “santo” tribunal. Se organizaron viajes del legado por el país, se celebraron autos de fe suntuosos en su honor, se le ofrecieron regalos preciosos. No está excluido que recibiera también miles de cruzados de los "cristianos nuevos”, interesados en ganar su benevolencia. Cuando la corte portuguesa estaba convencida ya de que el legado apostólico decidiría el asunto a su favor, se puso en claro (gracias a la vigilancia manifestada por los agentes de la Inquisición española, que estaban al corriente de cuanto ocurría en ese país) que el susodicho Saavedra no era representante del Papa sino un estafador que se proponía sacar provecho de la coyuntura creada en Portugal por el conflicto entre la Inquisición y la Santa Sede. Ese falsario hábil había compuesto él mismo las bulas, ornándolas de firmas y sellos pontificiales.
p Su “legación” fue una empresa increíblemente ventajosa: se le quitaron, al detenerlo, 260.000 cruzados. El estafador pasó a las manos expertas de la Inquisición española, que lo condenó a 10 años de presidio a galera [302•19 .
p En 1544, los "cristianos nuevos" enviaron al Papa 303 un memorial en el que relataban detalladamente las persecuciones que habían sufrido en Portugal desde 1498 [303•20 , indicando los nombres de verdugos y víctimas, así como las fechas exactas y el lugar de cada crimen mencionado. La autenticidad de todos esos datos está fuera de dudas.
p Veamos la reacción de Pablo III a esa acta acusatoria contra la Inquisición portuguesa. Quiso enviar a Lisboa un legado para comprobar sus acciones, pero Joáo III no lo dejó entrar en el país. Entonces, el sumo pontífice suspendió la actividad del “santo” tribunal. En realidad, había decidido ya acabar una vez para siempre con ese problema y aprobar definitivamente la Inquisición portuguesa, de modo que su acto era tan sólo una maniobra destinada a obtener un precio más alto por esa decisión. Del carácter real de sus propósitos puede juzgarse por el hecho siguiente: a la vez que suspendió la actividad de la Inquisición erigió al rango de cardenal al inquisidor mayor, infante Enrique. Habiendo descifrado el juego poco sutil del cabeza de la Iglesia Católica, Joáo III ofreció al cardenal Farnese, nieto y confidente de Pablo III, al que pag;iba ya una pensión de 2.500 cruzados, el obispado de Vizeu, que reportaba anualmente 8.000 cruzados. Según adelantábamos, fue obispo de Vizeu el cardenal da Silva, pero Joáo lo había privado de los ingresos por considerar que era instrumento de influencia de los " cristianos nuevos" en Roma. Al ofrecer su obispado al cardenal Farnese, el rey mató dos pájaros de un tiro: se aseguró el apoyo del nieto de Pablo III y, por tanto, el de su abuelo, y aisló definitivamente a un enemigo, el cardenal da Silva.
p Los agentes de los "cristianos nuevos" en Roma se enteraron de la hábil jugada del rey portugués, pero no estaban en condiciones de frustrar sus alevosos designios. ¿Qué podrían ofrecer a los dignatarios del Vaticano en compensación? ¿Dádivas? Pero ninguna dádiva, por importante que fuera, podía igualarse con la renta vitalicia que el rey portugués aseguraba al cardenal Farnese (entonces tenía 26 años) [303•21 . Como afirmó posteriormente el propio 304 cardenal, una parte de esos ingresos se invirtió en las obras de la Catedral de San Pedro de Roma. Herculano tenía razón para ponerlo en duda.
p Pero con ello no terminó el soborno de las autoridades eclesiásticas de Roma por el rey portugués. Concedió una renta vitalicia de 1.500 cruzados anuales al cardenal Santiquatro, y otra de 1.000 cruzados al cardenal de Crescentis, así como benefició con sus favores a otros muchos dignatarios de la Santa Sede. En total, la transacción costó a Joáo III alrededor de 1.000.000 de cruzados. De modo que la corona portuguesa pagó caro el derecho de saquear a los "cristianos nuevos”, pero no se equivocó en sus cálculos. Como veremos más adelante, en dos siglos de trabajo cruento de la Inquisición ese capital le rindió pingües beneficios, que compensaron con creces todos los gastos.
p Este fue el precio pagado a la sede apostólica para que entregara a los "cristianos nuevos" a la merced de la corona y la Inquisición portuguesas. Tan pronto como el cardenal Farnese obtuvo la prebenda prometida, el Papa Pablo III firmó una bula que autorizaba la actividad de la Inquisición en Portugal análoga a la desarrollada por la Suprema española, es decir, bajo el control directo del rey. La bula estaba fechada en el 16 de julio de 1547.
p El trágico juego “pro” y “contra” la Inquisición portuguesa, que duró veinte años, tocó a su fin. Las fuerzas de los jugadores fueron desiguales: por una parte, los sumos pontífices, cardenales, reyes portugueses y españoles, sus agentes y provocadores; por otra, los "cristianos nuevos”. Estos últimos, que apostaban su vida y fortuna, perdieron. Y no podía ser de otro modo en aquellos tiempos y en aquella sociedad, donde bajo el velo de misericordia cristiana regían las leyes dracónicas dictadas por los intereses de la jerarquía eclesiástica y del poder real.
Así pues, la corona portuguesa logró hacerse de Inquisición propia. El “santo” tribunal contribuía a consolidar su poder subordinándole la jerarquía 305 eclesiástica; creaba nuevas fuentes de ingresos para el clero, constituido en Portugal por hijos segundos de la nobleza; privaba del poder y de la influencia a la burguesía comercial en favor de la corona y de los feudales; permitía la represión sistemática y organizada de todas las ideologías incompatibles con la ideología absolutista [305•22 .
Notes
[301•18] A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal, pp. 505-506.
[302•19] Véase J. A. Llórente. Histoire critique de l’Inqumtion d’Espagnc, t. 2, pp. 93-96. Después de que Saavedra recobrara la libertad, el rey español Felipe II manifestó interés por la pintoresca figura del aventurero. Le concedió una audiencia y escuchó con curiosidad el relato de sus aventuras o, mejor dicho, malaventuras, ya que el legado impostor había bregado en las galeras ¡19 años! Su personalidad atrajo la atención también de Diego de Espinosa, entonces inquisidor general de España, por cuya indicación Saavedra compuso una narración de su vida.
[303•20] Ese memorial se expone en el libro de Herculano (pp. 532-569).
[303•21] Farnese vivió 40 años más. Según cálculos de A. Herculano, el cardenal percibió durante ese período, en concepto de ingresos provenientes del obispado de Vizeu, 320.000 cruzados como mínimo, y a más de ello cobró 120.000 cruzados, en total, a cuenta de la renta que se le había otorgado anteriormente. Así pues, ese servidor de Dios “ganó” a cuenta de las víctimas del “santo” tribunal 440.000 cruzados (A. Herculano. History of the Originand Establishment of the Inquisition in Portugal, p. 625).
[305•22] A. J. Saraiva. A Inquisi^áo portuguesa, pp. 42-43.
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