PORTUGUESA
p Portugal es uno de los pocos países católicos de Europa que ignoraron la Inquisición en la Edad Media, aunque tuvieron inquisidores. Tal vez ocurriera esto porque se encontraba en el “extremo” mismo del mundo católico, lejos de la Santa Sede, a la que se consideraban subordinados los reyes lusitanos; o quizás porque entonces no hubo en él movimientos heréticos.
p La historia de la Inquisición portuguesa comienza de hecho en 1492, año en que afluyeron en masa al país judíos expulsados de España y surgió el problema de los " cristianos nuevos”.
p Algunos historiadores reaccionarios tratan de justificar la persecución de los judíos por la Inquisición diciendo que el pueblo los odiaba. Las “explicaciones” de este género son una demagogia farisaica; como señala con toda razón el historiador portugués Antonio José Saraiva, "si reuniéramos las quejas presentadas a las cortes contra la nobleza o contra el clero, obtendríamos un conjunto mucho más imponente del que resulta de las quejas contra la gente hebraica" [288•1 .
Al comenzar en 1492 el éxodo de los judíos de España, decenas de miles de proscritos huyeron a Portugal. No se sabe cuántos fueron exactamente. Los historiadores contemporáneos estiman que a fines del siglo XV afluyeron
289 a Portugal unos 120.000 judíos españoles [289•2 . El rey Joao II, que hacía la guerra en África y tenía necesidad de dinero, abrió la frontera portuguesa a esos fugitivos, a condición de que cada uno le pagase 8 cruzados de oro [289•3 . Después de entregar esta suma, el emigrante obtenía el derecho de permanecer durante ocho meses en Portugal. El rey prometió que después de expirado dicho plazo les concedería naves para el viaje gratuito a África.p Además, se autorizaba la entrada de herreros y armeros, al precio de 4 cruzados per capita. La corona se proponía costear con ese dinero la guerra en África. Para ello también se gravó a los judíos con un impuesto especial que reportó 1.250.000 reís en Lisboa, 160.000 en Santarem, 80.000 en Setúbal, 75.000 en Portalegre y 64.000 en Oporto [289•4 .
p Los judíos españoles aspiraron a establecerse en Portugal permanentemente. Porque allí no había Inquisición y la corona no perseguía a sus correligionarios; además, era más fácil regresar de ese país a España, y muchos soñaron con repatriarse.
p Seiscientas familias ricas que se habían evadido de España obtuvieron de la corona, por 60.000 cruzados, el derecho a la residencia permanente en Portugal. El mismo permiso fue otorgado también a los artesanos. Los demás fugitivos estuvieron amenazados por el destierro.
p La afluencia masiva de forasteros a un país que sólo contaba con un millón de habitantes no pudo dejar de provocar conflictos y complicaciones de todo género. El desenfreno del terror inquisitorial en España exacerbó los estados de ánimo antisemitas en muchos sectores de la población portuguesa. Algunos exigieron expulsarlos, estimando que una inmigración tan copiosa de judíos castellanos, considerados, según la tradición eclesiástica, descendientes de los asesinos de Cristo, implicaba la perdición del país. Otros, por el afán de lucro o por el 290 fanatismo religioso instaron a establecer una Inquisición a imagen y semejanza de la española.
p Después de expirar el período autorizado para la permanencia de los judíos españoles en Portugal, muchos de los que no se habían ido—y el rey portugués obstaculizaba su salida—fueron vendidos como esclavos, y sus hijos menores de edad, deportados a la isla africana Santo Tomé, donde murieron en su mayoría, a causa del trabajo improbo y las privaciones [290•5 .
p En 1495, con la entronización de Manuel I (1469. - 1521), la situación de los judíos españoles en Portugal mejoró un tanto. Pero Manuel se casó poco después con la princesa Isabel (que acababa de enviudar), hija de Fernando e Isabel; esto le prometía la corona española en caso de muerte de dichos monarcas. Fernando y su esposa dieron su conformidad con ese matrimonio a condición de que Portugal se adhiriera a la alianza antifrancesa y expulsara a los judíos propios y españoles. Manuel lo aceptó.
p En 1496 prohibió el culto hebreo, ordenó cerrar las sinagogas y quemar los libros de oraciones judíos e hizo a los judíos decidir si preferían abrazar el catolicismo o evacuarse inmediatamente de Portugal. Pero el rey no quería privarse de subditos que le parecían tan útiles; puso toda clase se obstáculos para su salida y trató de convertirlos por la fuerza a la religión católica [290•6 .
p En 1499, las autoridades prohibieron a los portugueses y los extranjeros transferir al extranjero las letras de cambio obtenidas por dinero o mercancías. Además, se prohibió comprar a los "cristianos nuevos" bienes raíces sin una autorización especial del rey. Un "cristiano nuevo" podía salir del país únicamente si su esposa y sus hijos quedaban en el mismo, evidentemente en calidad de rehenes" [290•7 .
p Esto alarmó extraordinariamente a los "cristianos nuevos" que, dominados por presentimientos lúgubres, se ingeniaron para salvar a sí mismos, a sus familiares y su fortuna. El soborno de funcionarios del rey 291 adquirió proporciones gigantescas y, por consiguiente, fue aumentando la codicia insaciable de los mismos, creándose la falsa impresión de que sus víctimas tenían posibilidades financieras ilimitadas.
p En 1505 estalló en Portugal una nueva epidemia de peste e hizo estragos el hambre provocada por la mala cosecha. En Lisboa se produjo una degollina de " cristianos nuevos”. Los fanáticos saquearon e incendiaron sus casas y arrojaron al fuego a los judaizantes, por considerarlos culpables de las calamidades abatidas sobre el país. En dos días cayeron víctimas de los asesinos más de 3.000 habitantes de la capital; de ellos, 600 fueron quemados [291•8 . Abundaron los casos de violación y quema de mujeres y de asesinato de niños a la vista de sus padres.
p Por orden del rey se lanzaron tropas contra los salteadores. Unos 50 fueron descuartizados tras una vista relámpago de la causa. Lo mismo sucedió con los dos dominicos que habían iniciado las tropelías; sus restos fueron incinerados. Lisboa perdió muchos de sus fueros.
p En 1507, don Manuel derogó todas las leyes restrictivas dirigidas contra los "cristianos nuevos" y prometió solemnemente no editar "nunca en el futuro" otras semejantes. Prometió también amnistiar a quienes habían huido del país. A los bautizados por la fuerza en 1496 se les anunció de nuevo que no serían perseguidos, durante 20 años, por incumplimiento de los ritos católicos.
p En 1512, este plazo fue prolongado de manera que estuviera vigente 16 años más, hasta 1534. Se permitió a todo el mundo salir y exportar valores del país. Esos cambios en la política de don Manuel, como decía Herculano, produjeron una impresión imborrable en los judíos portugueses y emigrados de España. Prefiriendo la ilusoria libertad que se les concedía en un impulso de tolerancia, y sacrificando de este modo el futuro a las ventajas transitorias del presente, nadie o casi nadie salió del reino [291•9 . Pero difícilmente se podría reprochar a los " cristianos nuevos" esa despreocupación, porque de hecho no les quedaba más que seguir viviendo en Portugal.
292p A fuer de justos digamos que, hasta la muerte de don Manuel, no tuvieron razones para quejarse de las autoridades. El propio término "cristianos nuevos" cayó en desuso, desplazado por otro, "gentes del pueblo”.
p Fallecido don Manuel en 1521, le sucedió en el trono su hijo mayor Joáo III, ávido de dinero y fanático cruel y pérfido. Su esposa Catalina, hermana del emperador Carlos V, partidario ferviente de la Inquisición, había atraído a Lisboa a muchos dominicos. Carlos a su vez se casó con Isabel, hija del finado rey Manuel, que debía aportar a su marido una dote de 800.000 cruzados. Esta suma tuvo que proporcionarla la población portuguesa. Joáo III convocó con tal motivo las Cortes, que le permitieron establecer nuevos impuestos por un monto de 150.000 cruzados; le aconsejaron también hacer pagar el resto a los "cristianos nuevos”, y, para que fueran más “comprensivos”, instituir la Inquisición.
p En ello insistieron también la reina, sus nu.nerosos "consejeros espirituales" españoles y Carlos V. La idea fue del agrado de Joáo, tanto más por cuanto la Inquisición le permitiría domeñar a la nobleza, como había ocurrido en España. Mas para establecer el “santo” tribunal había que tener argumentos de peso. La experiencia española sugirió los argumentos apropiados. Había que probar que los "cristianos nuevos" eran hipócritas mendaces, porque habiendo abrazado aparentemente el catolicismo, profesaban en secreto la religión de sus padres, engañando a Dios, al rey y a su nueva patria que los había abrigado. Pero, ¿qué ocurriría con las promesas solemnes del finado rey Manuel, que había otorgado a los "cristianos nuevos" la amnistía hasta 1534 y se había comprometido solemnemente a no editar “nunca” leyes que los castigasen por los crímenes de lesa fe? Los católicos píos razonaron de la manera siguiente: las promesas se dan para no cumplirlas y, a mayor abundamiento, las que se dan a los herejes no son obligatorias para un cristiano ortodoxo. Además, si se obtiene el visto bueno del Papa para el establecimiento de la Inquisición, ¿quién osará reprochar al rey portugués las pérfidas acciones contra los " cristianos nuevos"? Lo que importa en esencia es conseguir “pruebas” contra ellos, datos comprometedores, hechos que pongan de manifiesto sus extravíos heréticos execrables.
p Joáo III encargó personalmente a un tal Enrique 293 Núñez de obtener las pruebas requeridas. Ese espía del rey fue un "cristiano nuevo" español, que había delatado a su propio hermano, entregándolo al “santo” tribunal, y cumplía las funciones de provocador cerca de Diego Rodríguez Lucero, inquisidor español de Córdoba y autor de fechorías incalculables, llamado “tenebroso” por el pueblo [293•10 . Según parece, Nuñez fue “prestado” a Joáo III; los confesores españoles de la reina Catalina y, posiblemente, Carlos V en persona recomendaron utilizarlo con el mismo fin. Núñez llegó a Lisboa, se presentó a los "cristianos nuevos”, diciendo que de milagro había escapado a las persecuciones de la Inquisición española, se ganó la confianza de los mismos y empezó a suministrar a su nuevo amo la información “confidencial” pertinente. ¿Qué clase de datos comunicaba ese tipo venal? Aquellos, precisamente, que deseaba recibir de él el monarca portugués: los "cristianos nuevos" son embusteros, herejes y apóstatas, profesan solapadamente el judaismo, profanan la cruz, la hostia y los santos sacramentos, se mofan de los ritos cristianos, blasfeman, cometen asesinatos rituales, injurian al rey portugués y traman un complot contra él. Joáo, encantado por la energía y las relevantes dotes de su espía, le dio el muy expresivo apodo de “Firme-Fe” ( cristiano firme). Pero éste actuó al parecer sin la debida cautela, porque fue denunciado como espía y provocador.
p Para eludir el castigo huyó a España, sin que le hubiera dado tiempo siquiera de avisar al rey. Pero su suerte ya estaba predestinada. Hombres de confianza de los "cristianos nuevos" lo alcanzaron cerca de Badajoz y lo mataron a sablazos. Nótese que esa sentencia, más que justa, fue ejecutada por los monjes franciscanos portugueses Diogo Vaz y Andre Dias. Se ve, pues, que los "nuevos cristianos" tenían acceso a las órdenes monacales. A los asesinos se les cortaron los brazos y los ahorcaron después. Pero Joáo III no debió de lamentar mucho la muerte de su espía, pues ésta le daba motivo para decir que el asesinato del “Firme-Fe” confirmaba la veracidad de su información y se podía entregarla, "con pleno fundamento”, a la sede apostólica, pidiendo el permiso de establecer en Portugal el “santo” tribunal.
p El terremoto de Lisboa de 1531 dio nuevo impulso a 294 Joáo para transferir a Roma el examen del problema; como afirmaron los adversarios de los "cristianos nuevos”, la calamidad había sido provocada por éstos y era el " castigo de Dios" por la protección que les ofrecía la corona.
p Pero, ¿por qué Joáo III tuvo que maniobrar y esperar durante todo un decenio, antes de pedir la autorización de la Santa Sede para el establecimiento de la Inquisición en Portugal? ¿Acaso no eran los propios papas inquisidores furibundos y no habían permitido instituir la Inquisición en España? Desde luego que sí. Sin embargo, todo ello implicaba algunas complejidades, que el rey portugués no podía pasar por alto.
p El caso es que la Santa Sede buscó en todas partes convertir la Inquisición en instrumento de influencia pontificial, conseguir por su intermedio la primacía de la autoridad eclesiástica respecto a la secular y llenar de oro con su ayuda exclusivamente su propio erario. Pero la Inquisición española, surgida con el beneplácito del Papa Sixto IV en 1478, demostró ser un organismo poderosísimo sujeto a los intereses del rey español, a cuyos bolsillos iba a parar también la parte leonina del oro obtenido por la Suprema valiéndose de torturas y hogueras. Por cierto que el rey español fue un católico ortodoxo y exterminó implacablemente la herejía, pero lo hacía sin respetar los intereses del Papa y poniéndose por encima de él. Al considerarse más papista que el Papa, humillaba y ofendía ipso fació la dignidad del título de Sumo Pontífice. Pues bien, ¿acaso no fue la Inquisición, esa espada facilitada a los monarcas españoles por Sixto IV, la que los había hecho tan arrogantes y ufanos?
p ¡Qué diferente, y más aceptable para la sede apostólica, sería ese cuadro si el inquisidor general de España estuviera supeditado sólo al Papa, cumpliera los mandatos pontificios y ningunos más, enviara a él únicamente el botín del “santo” tribunal! Entonces, claro está, el Santo Padre, en vez de encontrarse en manos del monarca castellano podría regir los destinos del mismo.
p La Suprema había enseñado algunas cosas a los papas; ya sabían lo peligroso que era dejar de controlar la Inquisición, darla en arriendo a soberanos.
p Los proyectos de la corona portuguesa chocaron también con otra circunstancia bastante considerable. En la época del Renacimiento, más que nunca, los papas 295 tuvieron necesidad de dinero. Para procurárselo recurrían a los banqueros, cristianos o judíos, pero obtener dinero de los primeros era más difícil. Y no se podía, naturalmente, tomar prestado a judíos y al mismo tiempo arrojarlos a la hoguera. Había que elegir una de dos. Y los papas dieron preferencia a los empréstitos, concediendo a los judíos la libertad de acción en sus posesiones. Como señalan los historiadores, "la primera mitad del siglo XVI fue el período más feliz en la historia de los judíos del Estado pontificial" [295•11 .
p Sin embargo, por mucho que se las ingeniase y maniobrara la sede apostólica, para hacer pagar más caro su "tolerancia religiosa" y “protección” a los banqueros judíos y a los “portugueses” (así se llamaba a los " cristianos nuevos" huidos de Portugal que se habían instalado en los dominios del Papa, las repúblicas italianas o en los Países Bajos), la corona portuguesa acabó por salir vencedora, como veremos a continuación, aunque a un precio muy alto.
p En 1531, Joáo III envió a Brás Neto, representante suyo cerca de la Santa Sede, un expediente confidencial compuesto principalmente de invenciones del “Firme-Fe”, para que solicitara el permiso de establecer el tribunal de la Inquisición en Portugal. Brás Neto entabló negociaciones con el cardenal Santiquatro, persona de confianza del Papa Clemente VIL El cardenal, nada entusiasmado con la solicitud del rey portugués, dijo sin rodeos a su embajador que, por lo visto, Joáo no se proponía tanto combatir la herejía como saquear a los "cristianos nuevos" y adueñarse de sus bienes [295•12 . Al comunicarlo a su soberano, Neto pidió dinero para sobornar a los cardenales y a los funcionarios papales, pues no veía otras posibilidades de cumplir la misión que tenía encomendada. Y destacó que en Roma se encontraba el "cristiano nuevo" portugués Diogo Pires, que tenía acceso al Papa y a los cardenales y disponía de recursos cuantiosos para sobornarlos, amenazando por tanto con desbaratar los designios de Joáo III.
p Las negociaciones con la Santa Sede duraron varios 296 meses. Neto logró, al fin y al cabo, poner de su lado a Clemente VII. El 17 de diciembre de 1531, el Papa editó una bula por la cual instituía la Inquisición en Portugal y nombraba al franciscano Diogo da Silva para el cargo de inquisidor, pero con una salvedad sustancial: el sumo pontífice se reservaba el derecho de controlar su actividad. Esto no fue exactamente lo que esperaba Joáo; sin embargo, fingió estar satisfecho y, con la astucia que le era propia, empezó a poner en práctica los planes trazados. Se confeccionaron con el mayor secreto las listas de los "cristianos nuevos" más acomodados para detenerlos y quitarles sus bienes. La salida de los conversos y de sus capitales al extranjero fue prohibida. El 14 de junio de 1532, cerrada ya la ratonera, se publicó la bula pontificia que establecía la Inquisición; acto seguido se procedió a la detención en masa de " cristianos nuevos" y a la confiscación de sus bienes.
p Sin embargo, cuando estos sucesos estaban en su apogeo, se produjo un descalabro inesperado. Diogo da Silva renunció de repente al cargo de inquisidor general, tal vez bajo la presión de los "nuevos cristianos" o por remordimiento de conciencia.
p Joáo III se vio precisado a pedir en Roma que se nombrase a otro.
p Mientras tanto, los "cristianos nuevos”, privados de toda posibilidad de oponer una resistencia eficaz a la Inquisición in situ, recurrieron al único medio que a su juicio podía salvarlos o, por lo menos, aliviar su suerte. Reunieron una suma de dinero impresionante, la entregaron a su nuevo delegado Duarte da Paz y lo enviaron a Roma con la misión de conseguir a toda costa, por medio de dádivas generosas a los funcionarios pontificales, la supresión del “santo” tribunal odioso.
p Duarte da Paz fue un personaje bastante típoco para el Portugal de entonces. De niño, ese hijo de judíos españoles huidos a Portugal, fue separado de sus padres por la fuerza y bautizado. Tuvo la reputación de católico celoso e hizo una carrera brillante, llegando a ocupar el puesto de juez e incluso a ser caballero de la Orden de Cristo. Joáo III, que depositaba mucha confianza en ese hombre, lo envió en misión secreta a África, donde fue herido en un combate con los moros y perdió un ojo. Según Alejandro Herculano, fue un aventurero taimado, 297 elocuente, enérgico y poco escrupuloso. En la Ciudad Eterna, Duarte da Paz se proveyó de un salvoconducto extendido por el Papa y desarrolló una intensa actividad. Untando la mano a varios miembros de la curia romana, el agente de los "cristianos nuevos" consiguió el 17 de octubre de 1532 que Clemente VII decretara la suspensión temporal de la actividad de la Inquisición portuguesa y el nombramiento de un nuncio encargado de investigar en Lisboa las acciones de la misma y presentar las conclusiones al Papa, para que éste pudiera tomar la decisión definitiva sobre la suerte del “santo” tribunal en Portugal. Esto fue un éxito considerable del emisario aventurero [297•13 .
p Adelantándonos un poco, digamos que al cabo de cierto tiempo, Duarte da Paz, que con tanta brillantez actuó en Roma al principio, traicionó a los "cristianos nuevos”. Pasó a ser agente de Joáo III, y durante los diez años siguientes de su estancia en Roma hizo prácticamente de provocador. A los "cristianos nuevos" no les fue tan fácil desembarazarse de sus “servicios”. Agentes de los conversos portugueses incluso trataron de matarlo, asestándole 14 puñaladas en presencia del propio Papa. Pero el traidor tuvo suerte, pues quedó con vida después de ese atentado. Posteriormente se fue de Roma y prosiguió su actividad provocadora en Venecia y otras ciudades de Italia. Acosado por los "cristianos nuevos" el aventurero se fugó a Turquía, donde abrazó el islamismo y hasta el fin de sus días estuvo al servicio del sultán turco.
p Así pues, la actividad de Duarte da Paz resultó contraproducente para los "cristianos nuevos”, pero otros agentes suyos en el campo enemigo lograron de vez en cuando sobornar a algunos dignatarios, obligándoles a trabajar para ellos. Constituyó su mayor éxito en este sentido el favor de Miguel da Silva (hermano del conde de Portalegre, cortesano influyente), obispo de Vizeu, diócesis riquísima de Portugal, que durante algún período encabezó el Gobierno y fue secretario personal de Joáo III. Nombrado embajador de Portugal cerca de la Santa Sede en tiempos de León X, Silva soñó con obtener la dignidad de cardenal. Y la consiguió, a despecho de Joáo. Como resultado del conflicto con el monarca portugués se negó a regresar a la patria, quedó en Roma .y, como miembro del 298 colegio cardenalicio, defendió con bastante firmeza los intereses de los "cristianos nuevos”, impidiendo el establecimiento de la Inquisición en Portugal. Más adelante veremos los resultados de esa actividad.
p Hemos interrumpido nuestro relato en que el 17 de octubre de 1532, Clemente VII suspendió el “trabajo” de la Inquisición portuguesa y nombró a un nuncio encargado de investigar en Lisboa su actividad. En vista de que Joáo III ponía todo género de obstáculos para la entrada del nuncio en el país, Clemente VII publicó el 7 de abril de 1533 una nueva bula titulada Sempiterno Regí, en la que acusaba al rey portugués de haber conseguido el establecimiento de la Inquisición por medio del engaño, ocultando al Papa la conversión forzada de judíos al cristianismo practicada a fines del siglo XV. "Los bautizados forzosamente—declaró—no pueden considerarse como miembros de la Iglesia y tienen pleno derecho a quejarse de que sean corregidos y castigados como cristianos contrariamente a los principios de justicia y equidad" [298•14 . El sumo pontífice ordenó en la misma bula amnistiar y rehabilitar a todos los acusados de judaismo por la Inquisición, poner en libertad a los reclusos, devolverles sus bienes y reintegrarlos en sus puestos. Además, instituyó una comisión de cardenales para examinar detalladamente las acciones de la Inquisición portuguesa.
p Los cardenales miembros de dicha comisión firmaron un documento en que se ponía al desnudo, con la máxima precisión, los crímenes del “santo” tribunal portugués. "En caso de una acusación—decía—, hecha a veces por testigos falsos, contra uno de esos infelices, por los que sacrificó su vida Cristo, los inquisidores lo arrastran a un calabozo donde no penetra la luz del día e incluso está impedido de pedir ayuda a sus parientes. Lo acusan testigos secretos y no está informado del tiempo ni del lugar de los actos incriminados... Tomando en consideración todo esto, los abusos practicados por los inquisidores son tantos que cualquier persona más o menos consciente del espíritu cristiano podrá sin duda pensar que ellos son ministros de Satanás antes que de Cristo" [298•15 .
299p Los cardenales no habrían podido definir mejor las acciones de la Inquisición portuguesa, que por lo demás no tenían nada de extraordinario. Porque actuó de análogo modo a como procedieron sus “hermanas” en todos los países del mundo cristiano. Los cardenales lo sabían perfectamente. Si condenaron en este caso la Inquisición portuguesa, tenían sobradas razones “materiales” para hacerlo: el oro, las generosas dadivas de Duarte da Paz. "Los documentos conocidos —dice A. J. Saraiva— prueban sin duda que el oro de los "cristianos nuevos”, tanto en Portugal como en Roma, fue un combustible que contribuía a mantener esta cuestión durante un período tan prolongado" [299•16 . Pero el documento arriba citado es interesante también en otro aspecto: refuta uno de los argumentos clericales más usados en favor de la Inquisición, según el cual los métodos de ésta correspondían al "espíritu de la época" y no indignaban a nadie (excepto, claro está, a sus víctimas). El mismo Papa y los cardenales reconocieron, de todos modos, el carácter criminal del Santo Oficio portugués.
p Sin embargo, los adversarios de la Inquisición portuguesa en Roma se vieron constreñidos poco después a perder sus posiciones. En 1534, después de la muerte de Clemente VII le sucedió en la Santa Sede Pablo III. El rey portugués atacó inmediatamente al nuevo Papa pidiendo restablecer la Inquisición. Pero el sumo pontífice y los cardenales se lo negaron otra vez. Además exigieron poner en libertad a los presos de la Inquisición, y las autoridades portuguesas tuvieron que hacerlo en 1535. El representante de la corte lisbonesa en Roma, rebosante de indignación, aconsejó a su rey que rompiera con el Papa, como había hecho Inglaterra. En uno de sus despachos a Lisboa dijo, refiriéndose a los cardenales, que "no son príncipes ni son nada; son mercaderes y embusteros que no valen tres monedas de cobre, hombres sin educación movidos por el miedo o por el interés temporal, porque las cosas espirituales no les preocupan" [299•17 .
Pronunció la palabra decisiva en ese pleito el emperador Carlos V, paladín incansable de la Inquisición, que hacía temblar al propio vicario de Jesucristo. En 1536, 300 habiendo ocupado las tropas imperiales Roma, Pablo III accedió bajo la presión del monarca español a restablecer la Inquisición en Lisboa. Pero hay que decir que tampoco esta vez quedó satisfecho por completo el rey lusitano. Por la bula apostólica del 23 de mayo de 1536 fueron nombrados inquisidores en Portugal los obispos de Coímbra, Lamego y Ceuta; el cuarto inquisidor podía designarlo el rey. Además, se prohibió a la Inquisición, para un período de 10 años, confiscar los bienes de sus víctimas, y durante tres años tuvo que atenerse a las normas de legislación seglar. Por último, se otorgó a los penitenciados el derecho de apelar al Consejo Supremo de la Inquisición nombrado por el inquisidor general (inquisidor mayor); el Papa encomendó este último cargo a Diogo da Silva, obispo de Ceuta y partidario de las acciones moderadas, que se había negado a desempeñarlo cuatro años atrás.
Notes
[288•1] A. J. Saraiva. A Inquisiqáo portuguesa. Lisboa. 1956, p. 17. 288
[289•2] H. Kamen. The Spanish Inquisition, p. 215.
[289•3] En cotización actual, en cruzado emitido en 1472, que contenía 324 reis, y el de 1500 (390 reis), cuestan 2 libras esterlinas 17 chelines. Los acuñados en 1517 y 1537, de 400 reis, equivalen cada uno a 2 libras, 7 chelines y 6 dimes. La renta nacional era de 279.500.000 reis en 1534 y de 1.672.000.000 de reis en 1607 (H. V. Livermore. A History of Portugal. Cambridge. 1947. p. 479).
[289•4] H. V. Livermore. A History of Portugal, p. 227.
[290•5] A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal. Stanford. 1926, p. 248.
[290•6] S. G. Lozinski. Historia de la Inquisición en España, p. 230.
[290•7] A. Herculano. History of the Origin and Eslahlishment of the Inquisition in Portugal, p. 258.
[291•8] Véase J. Oliveira Martins. Historia de Portugal, v. II, Lisboa, 1951, p. 22.
[291•9] Véase A. Herculano. Historv of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal, p. 268.
[293•10] Ibíd., p. 286.
[295•11] L. Poliakov. Les banquiers juifs et le Saint-Siége du XIII au XVII siécle. Paris, 1967, p. 209.
[295•12] Véase A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal, p. 304.
[297•13] Ibíd., pp. 319, 323-324.
[298•14] Citado según A. Herculano. History of the Origin and Establishment of the Inquisition in Portugal, p. 330.
[298•15] Ibíd., pp. 345-346.
[299•16] A. J. Saraiva. A Inquisicflo portuguesa, p. 38.
[299•17] Ibíd.
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