p Todos esos medios variados de obtener confesiones surtían efecto: muchos presos acababan por reconocer sus crímenes de lesa fe, efectivos o inventados. Muchos, pero no todos: por regla general, cuanto más seria era la acusación, tanto mayor trabajo costaba a los inquisidores obtener la confesión. Además, los inquisidores exigían la entrega de los cómplices, la abjuración de los "errores pecaminosos" y la reconciliación con la Iglesia. Para lograrlo, se requerían esfuerzos aún mayores.
p Al concluir que las persuasiones, amenazas y astucias no podían quebrantar a un acusado, recurrían a la violencia, a las torturas, partiendo de que el dolor físico ilustra la razón mucho mejor que los sufrimientos morales.
p El hecho de que la Inquisición empleara torturas durante varios siglos y en muchos países demuestra con claridad meridiana la incapacidad de la Iglesia de imponerse a sus adversarios ideológicos por los métodos puramente teológicos, por la fuerza de la convicción y no de la coerción. Hoy, los clérigos dicen, para justificarse, que las torturas 130 no han sido inventadas por ellos, que las autoridades civiles las aplicaron desde tiempos inmemoriales y la Iglesia sólo seguía su ejemplo. Esos apologistas se olvidan de que sus predecesores medievales consideraban que la propia vida humana es una tortura, un castigo por el pecado original de Adán y Eva y, por tanto, el tormento del cuerpo “frágil” en nombre de la salvación del alma supone un acto de misericordia respecto a los herejes.
p Los teólogos actuales que justifican el empleo de las torturas por la Inquisición con el alegato a la práctica análoga de las autoridades seculares no se dan cuenta, al parecer, de que con ello hacen trizas el mito del carácter divino de la institución eclesiástica. Menuda es la "madre de los dolientes" (así es como denominan a la Iglesia los teólogos), si para mantener su prestigio se ve obligada a recurrir a los servicios del verdugo y convencer de que tiene razón con maltratamientos y torturas a sus adversarios. En el siglo XVIII, cuando todos los europeos progresistas condenaban las torturas, la Iglesia continuó defendiéndolas. Pío IX, en su tristemente célebre Syllabus, que ya hemos mencionado, abogó por la aplicación de la violencia a los enemigos de la Iglesia, o sea también de la tortura.
p Aunque los clérigos torturaban a los sospechosos de herejía ya antes de que se establecieran los tribunales inquisitorios, el Papa Inocencio IV dio fuerza legal a la tortura; en su bula Ad extirpando prescribió "obligar por la fuerza, sin mutilaciones y sin poner en peligro la vida (¡qué manifestación de solicitud peternal por el pecador! —/. G.), a todos los herejes apresados como destructores y asesinos de almas y ladrones de sacramentos y creencias cristianas, a que confiesen con la máxima claridad sus errores y denuncien a otros herejes, creyentes y sus defensores, por ellos conocidos, al modo como los ladrones y saqueadores de cosas mundanas son constreñidos a revelar a sus cómplices y a reconocer los crímenes perpetrados" [130•23 .
p Otros papas confirmaron esa bula. Alejandro IV, Urbano IV y Clemente V (en 1260, 1262 y 1265, respectivamente) encomendaron a los inquisidores todas las tareas ligadas con el proceso y la condena de herejes, incluyendo el empleo de torturas a fin de arrancarles confesiones, la 131 denuncia de los cómplices y la abjuración de la creencia herética, con la particularidad de que los inquisidores estaban autorizados para “asistir” en persona a las torturas —es decir, dirigirlas—e interrogar al torturado [131•24 .
p Aunque en los expedientes de muchos casos de acusación de herejía no se menciona el empleo de torturas por la Inquisición, esto no significa que la tortura fuera un procedimiento excepcional. E. Vacandard, historiador clerical de la Inquisición, se ve precisado a reconocer que así ocurría porque las ’declaraciones hechas bajo tortura se consideraban inválidas si el acusado no las confirmaba “ voluntariamente” un día después. Esa confirmación se registraba en el acta como voluntaria, hecha sin el empleo de amenazas ni violencia [131•25 . En estos casos se solía destruir simplemente las deposiciones anteriores obtenidas por medio de la tortura.
p Los tormentos que padecían las víctimas de la Inquisición provocaron en todas partes horror e indignación, que la Iglesia no podía pasar por alto. Pero los concilios y los papas no se pronunciaban por la eliminación de la tortura, sino por las "garantías de su justicia”.
p Así, el Concilio Ecuménico celebrado en 1311 en Vienne condicionó el empleo de torturas por el consentimiento del obispo. Sin embargo, no por ello se alivió la suerte de las víctimas del “santo” tribunal. Este se había adjudicado poderes tan amplios e infundía tanto pavor que los obispos solían aprobar humildemente todas sus acciones. Pero ¿acaso no actuó en interés de la Iglesia, de los mismos obispos, defendiendo su prestigio y autoridad por medios brutales, pero considerados por los inquisidores como eficientes e ipso facto justificados? Los obispos no podían dejar de agradecerles el haber asumido ese trabajo ingrato y colaboraron con ellos de la manera más estrecha y leal.
p En otras disposiciones se indicaba que las torturas debían ser “moderadas” y no aplicarse al acusado más que una sola vez. Sin embargo, los inquisidores, valiéndose de los teólogos casuistas y con la aquiescencia tácita de la sede apostólica eludían fácilmente esas restricciones. Por ejemplo, alegaban, a fin de no pedir la sanción del obispo para la tortura, que los mandatos del concilio de 1311 se 132 referían a los acusados y no a los testigos. Atormentaron a su antojo a estos últimos y trataron de manera análoga a los acusados que en el curso del interrogatorio se habían convertido en testigos de la causa seguida a ellos mismos o a otras personas. La interpretación del término "tortura moderada" incumbía a los propios inquisidores. A su juicio, era lícito atormentar a un acusado hasta que hiciera las declaraciones requeridas. Sólo después de ello, la tortura sería una crueldad “injustificada”.
p Con la misma facilidad se sorteaba la indicación de que la tortura podía aplicarse una sola vez. Los inquisidores declaraban simplemente “inacabado” o “suspendido” el tormento, reanudándolo a su voluntad y prosiguiéndolo hasta que la víctima hiciera las deposiciones necesarias o se percatasen de la imposibilidad de obtenerlas por este procedimiento. El acusado que. bajo tortura, se negaba a declarar lo exigido por la Inquisición, era calificado de hereje declarado e impenitente; le esperaban la excomunión y la hoguera.
p Los inquisidores se sentían igualmente exacerbados cuando un acusado hacía bajo tortura las declaraciones exigidas, pero se negaba luego a confirmarlas “voluntariamente”. Se consideraba que ese recalcitrante había "reincidido en el error”, y por esta razón se le daban nuevos tormentos crueles con el fin de conseguir que "abjurara de su abjuración”.
p La Inquisición procuró echar un velo de misterio sobre todos sus crímenes. Los servidores del Santo Oficio se comprometían rigurosamente a guardar los secretos del mismo, e imponían silencio a sus víctimas. Si un pecador reconciliado con la Iglesia, que estaba en libertad después de cumplir su pena, empezaba a decir que lo habían hecho arrepentirse por la violencia, las torturas y otros medios similares, se le podía declarar hereje reincidente y por esta razón excomulgarlo y llevarlo a la hoguera.
p Antes de pasar a su víctima a manos del verdugo, el inquisidor le leía la “advertencia” siguiente: "Nosotros, fulano de tal, inquisidor por la gracia de Dios, habiendo estudiado atentamente los expidientes de la causa seguida a vosotros y viendo que os contradecís en vuestras respuestas y que existen pruebas suficientes de vuestra culpa, deseando oír la verdad por vuestra propia boca y para que dejen de cansarse los oídos de vuestros jueces, disponemos, 133 declaramos y decidimos someteros a tortura en tal día y a tal hora" [133•26 .
p Acto seguido se aplicaban al acusado procedimientos de intimidación, dándole a conocer los instrumentos de tortura a fin de prepararlo en cierto modo sicológicamente para las pruebas inminentes. Los inquisidores, que durante el interrogatorio siempre tuvieron delante de sí la Biblia, se dirigían a sus víctimas sin alzar la voz y sin ofenderlas; los verdugos les exhortaban a confesarse, a manifestar sumisión y cordura y a reconciliarse con la Iglesia, prometiéndoles en cambio la indulgencia plenaria y la salvación eterna.
p Como representantes de la Iglesia (“madre de todos los dolientes”), los inquisidores afirmaban que actuaban en interés de los acusados, para salvar sus almas. Precisamente estos impulsos píos les obligaban a castigar a los herejes con toda resolución e implacabilidad. Esos castigos - decíanno son algo malo, sino un "remedio salvador”, un bálsamo para lacras espirituales que son las concepciones heréticas. Según los teólogos, la Inquisición no se proponía vengar, sino salvar; no castigaba, sino reconquistaba el alma humana apresada por el espíritu maligno; no perseguía, sino que curaba las almas de las ovejas descarriadas de la Iglesia. En los tratados teológicos, el Santo Oficio no es una mazmorra sórdida con verdugos y sus instrumentos siniestros, sino una especie de institución de caridad, un servicio sanitario de la Iglesia presto en todo momento a acudir en ayuda de cualquier pecador que hubiera desafiado a la única religión justa. "Los insensibles a sus esfuerzos benéficos incurrían en la culpa de ingratitud y desobediencia del carácter más detestable. Eran patricidas desmerecedores de condescendencia, cuyo pecado podría expiarse sólo por el sufrimiento más duro" [133•27 .
p El juego de instrumentos de verdugo en la cámara de torturas, bastante pobre por su surtido, constaba de potros y látigos. Se aplicó con frecuencia las torturas del agua, la sed y el hambre. Posteriormente, el médico se empeñaba en curar las heridas del atormentado, ya que un hereje debía ir ileso a la hoguera. Desde luego que el reducido 134 surtido de instrumentos de tortura y el ambiente “decoroso” en que se daba tormento no hacían menos trágica la situación del preso del Santo Oficio.
Para salvarse, el procesado tenía que reconocer la culpa incriminada y, después, delatar a sus cómplices verdaderos o imaginarios; sólo entonces se le permitía abjurar de la herejía y reconciliarse con la Iglesia. Si lo hacía con celo y buena voluntad, podía salir del paso con una pena relativamente leve, pero si los inquisidores sólo lograban doblegarlo tras un “tratamiento” prolongado, le esperaba un castigo más severo.
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