IMAGINARIOS
p Creada la Inquisición, la Iglesia y los reyes, sus aliados seculares, obtuvieron un arma poderosa y terrible para reprimir rápida y enérgicamente a sus adversarios ideológicos, enemigos políticos y, en general, a todas las personas indeseables. Por medio de la Inquisición, la Iglesia y el poder real aplastaban diversos movimientos populares oposicionistas y al mismo tiempo beneficiaban sensiblemente a su erario, siempre vació, saqueando a sus victimas, con el “noble” pretexto de perseguir la herejía, y repartiéndose entre sí el botín.
p Por cierto que en la pía y ventajosa empresa que era la Inquisición, la Iglesia y la potestad monárquica fueron aliados y émulos a la vez. La primera quiso reforzar por medio del Santo Oficio sus propias posiciones, con frecuencia en detrimento del poder real, mientras que éste buscó con igual obstinación convertir esa máquina represiva, consagrada por la autoridad eclesiástica, en instrumento de su política absolutista.
p De todas maneras, la actividad de los “santos” tribunales estuvo dirigida contra la plebe y los movimientos populares, contra todos los que se oponían al régimen feudal, primero, y al absolutista después, e impugnaban el dominio ilimitado de la Iglesia.
p En el siglo XIII y a comienzos del XIV, en muchos lugares de Europa Central tomó amplio vuelo el movimiento contra la opresión feudal inspirado en los ideales del 153 cristianismo primitivo. La generalidad de sus participantes, que se conocían con nombres diferentes (beguinos, begardos, lolardos), fueron elementos campesino-plebeyos.
p En ese movimiento y otros similares se encarnaba la oposición al feudalismo y a sus instituciones; la Iglesia los combatió sañudamente y contra ellos, en primer lugar, arremetió la Inquisición. Una de sus víctimas en el siglo XIII fue la herejía amalricana, profesada por la secta radical de los Hermanos del Santo Espíritu. Se trataba de un movimiento surgido bajo la influencia de la doctrina, condenada por la Iglesia, del teólogo francés Amalrico de Bena. La secta cultivó una religión de carácter panteísta. En su prédica, los Hermanos del Santo Espíritu identificaron a Dios con todo lo que existe y vive. Negaron el ritual eclesiástico y se opusieron a los sacramentos de la Iglesia y a la veneración de los santos y las reliquias. Negaron también la propiedad privada (“todo pertenece a todos”) y exigieron que la jerarquía eclesiástica, siguiendo el ejemplo de los apóstoles evangélicos, renunciara a los bienes terrenales.
p Esta última exigencia fue la más molesta para los papas y la cúspide de la Iglesia. "Multitud de monjes y anacoretas podían libremente atormentarse, pasar hambre y hacer tonterías a su antojo -citamos a L. Mariotti, historiador italiano del siglo XIX-. Sus penitencias debían glorificar no sólo a Dios sino también a la Iglesia. Esta última sacaba provecho de sus austeridades. Brilló con la luz despedida por ellos. Esos ascetas efectuaron en cierto modo el "trabajo ingrato" de la Iglesia" [153•1 . Cuando los amalricanos se martirizaban a sí mismos, la Iglesia no tenía nada en contra de ellos e incluso los ensalzaba y glorificaba en todos los tonos. Pero cuando pretendían convertir su modo de vida en una norma de conducta general y obligatoria para los sacerdotes (si no para todos los creyentes), que se habían proclamado la "sal de la tierra”, la jerarquía eclesiática no tardó en tildarlos de herejes. La doctrina amalricana fue anatematizada en tiempos del Papa Inocencio III, por el Concilio de París, en 1210, y el Concilio Ecuménico de Letrán, en 1215. El Papado encargó a la Inquisición borrarla de la faz de la tierra.
154p Puesto que el amalricanismo atentaba contra la propiedad privada, sanctosantórum del dogma eclesiástico y negaba por tanto el carácter divino del régimen feudal, esa doctrina infundió miedo y alarma también a las autoridades seglares, especialmente porque fue ganando rápidamente a las masas desheredadas en las ciudades y localidades rurales de Francia. La máquina de la Inquisición, apoyada por las autoridades seculares, desató crueles represiones contra los Hermanos del Santo Espíritu, deteniéndolos, sometiéndolos a torturas y quemándolos.
p Se mostró particularmente feroz en la persecución de los herejes el inquisidor Conrado de Marburgo. Ese verdugo vestido de sotana, inventaba torturas increíbles (su ferocidad le costó la vida: fue asesinado en 1233 por varios caballeros), logrando de este modo obtener confesiones fantásticas de la adoración a Lucifer. Ello dio pie a los eclesiásticos para llamar “luciferianos” a los adeptos de muchas sectas, especialmente en Alemania.
p Veamos cómo representaban los inquisidores el culto luciferiano. Según ellos, al principio de la ceremonia de la admisión en la secta, el neófito besaba un sapo en el trasero, y daba también un beso igualmente obsceno a un hombre-fantasma de ojos negros y piel fría. Era tal vez el propio Lucifer, o bien su representante plenipotenciario; el neófito abjuraba ante él de la religión católica. Acto seguido comenzaba un banquete satánico de los miembros de la secta, en el que participaba el neófito. Aparecía de repente, no se sabe de dónde, un gato enorme, tan grande como un perro; los asistentes lo premiaban a su vez con besos aborrecibles. Luego se apagaba la luz y empezaba la orgía.
p Vilipendiando a los luciferianos, la Inquisición les atribuía el hábito de llevar de la iglesia, en la boca, pan y vino pascuales para escupirlos en una letrina, así como otras profanaciones no menos ofensivas de los sacramentos eclesiásticos. En rigor, esos infundios fantásticos no eran en modo alguno originales ni nuevos; repetían las acusaciones “clásicas” que la Iglesia presentaba desde hacía siglos a los herejes de todas las escuelas y tendencias.
p La cúspide eclesiástica venía denigrando desde tiempos inmemoriales a sus adversarios, imputándoles excesos y anomalías sexuales, el incesto, el sacrificio de niños pequeñitos y la profanación de los sacramentos; con ello 155 quería decir a los creyentes: "Mirad: esos devotos que nos acusan de libertinaje y demás pecados mortales son hipócritas, embusteros y fingidores, culpables ellos mismos de perversiones monstruosas”. Al calumniar y denigrar a sus adversarios, los eclesiásticos se valían del “método” usado por los paganos y las autoridades romanas, que achacaron fechorías análogas a los cristianos primitivos. Esa difamación, adornada y adobada con pormenores monstruosos y escenas abyectas, sirvió perfectamente a la cúspide clerical para su tratamiento de los herejes, así como de los judíos y otros heterodoxos, durante toda la historia e la Iglesia.
p A comienzos del siglo XI, los herejes de Orleans fueron inculpados, según testimonio de un contemporáneo, de " reunirse por la noche con antorchas encendidas e invocar al diablo hasta que hiciera su aparición. Después, apagaban las luces y, perdiendo toda vergüenza y desdeñado las leyes más sagradas de la Naturaleza misma, se entregaban al libertinaje más desenfrenado. Los frutos de esas escenas horribles eran asesinados y quemados a los ocho días de nacer, y las cenizas así obtenidas constituían su alimento extraordinario, de una eficacia tal que quienquiera lo gustase se convertía en entusiasta de la secta y muy rara vez podía volver después a la razón" [155•2 .
p “Revelaciones" de este género se emplearon contra los cataros y diversas corrientes espirituales, así como, posteriormente, contra los templarios, las “brujas”, los masones y los hombres de la Ilustración. Después del triunfo de la Revolución de Octubre, durante los primeros años, la reacción mundial utilizó la misma eficaz arma de la mentira para incriminar a los bolcheviques la "comunidad de esposas”, la “anulación” del pudor y otras acciones amorales.
p Pero volvamos a los Hermanos del Santo Espíritu. Los pormenores difamatorios, arriba mencionados, de su conducta, que daban asco y provocaban la reprobación, tuvieron por objeto desacreditar ante la cristiandad a los participantes de ese movimiento y proporcionar al “santo” tribunal razones “legítimas” para reprimirlos. Sin embargo, la Inquisición no contaba con fuerzas capaces de poner término a la efervescencia popular. Los Hermanos del Santo Espíritu fueron aniquilados, pero surgieron en su lugar otros 156 movimientos facciosos —Hombres de Dios, Amigos de Dios, Hombres de inteligencia—, inspirados a su vez en las legendarias tradiciones de la igualdad del cristianismo primitivo. Pese a la actividad represiva de la Inquisición, en las capas bajas del pueblo creció el descontento contra la cúspide clerical, enlodada en los vicios mundanos, descontento que durante el período de la Reforma fue aprovechado por los principes y las capas superiores de los burgos alemanes...
p La Inquisición también tuvo que empeñar no pocos esfuerzos para reprimir a los elementos facciosos de la propia organización eclesiástica, cuyo número aumentaba conforme se ahondaba la crisis de la sociedad feudal. Demostró ser insegura la orden franciscana, que a fines del siglo XIII tenía mucha influencia en Italia, Francia y España. Al principio, los franciscanos atrajeron a los creyentes que esperaban reformar y sanear la Iglesia desde su interior. El voto de mendicidad, obediencia y castidad, que hacían los monjes de esa orden, era grato al estrato plebeyo.
p Sin embargo, aquella orden monacal corrió una suerte análoga a la de sus predecesoras. Como ellas, gracias a los dones mundanos y a la protección de la Santa Sede acumuló pronto riquezas colosales, y sus dirigentes, que sacaban considerable ventaja personal de esa coyuntura, pasaron a ser dóciles y fieles servidores de los príncipes eclesiásticos y seculares. Una transformación o degeneración tan rápida de la orden originó profundas hendiduras en ella y fue combatida con fervor por los franciscanos partidarios de seguir observando rigurosamente el voto de mendicidad.
p Al cabo de poco tiempo la institución franciscana se dividió en dos corrientes: los conventuales y los espirituales. Los primeros, partidarios de la vida monástica, representaban la cúspide de la orden, que insistía en la supresión de los severos estatutos de ésta; eran politicastros ligados por estrechos lazos con la jerarquía eclesiástica, ávidos de poder, de honores, riquezas y placeres mundanos. Los espirituales, por el contrario, continuaron soñando con el retorno irrealizable al régimen primitivo de la orden; reprobaron la riqueza de la Iglesia y clamaron por la conversión de la orden y de toda la Iglesia en comunidad de devotos. Lucharon con particular ímpetu por ello los llamados fraticelos (hermanitos), que constituían el ala radical de los espirituales y estaban unidos en la organización 157 semiclandestina de los Hermanos de la vida pobre (Fratres de paupera vita), y los flagelantes que, según la definición de Engels, continuaron la tradición revolucionaria en los períodos en que el movimiento antipapal oposicionista estuvo reprimido [157•3 .
p La lucha entre esas corrientes duró varios decenios, tomando a veces formas muy agudas. La sede apostólica maniobró y usó de astucias para “domesticar” a los espirituales y, simultáneamente, a sus numerosos continuadores seglares. Los espirituales ora fueron objeto de represiones y censuras severas, ora llovieron sobre ellos favores y halagos de todo género. Cuando el Papado conseguía atraerse a espirituales influyentes, los partidarios perseverantes de la vida ascética y de la renuncia absoluta a los bienes mundanos en la orden se ponían aún más hostiles a la Santa Sede. La ineptitud de los espirituales para hacer valer su programa por los medios tradicionales de la Iglesia los condujo, en definitiva, al campo herético.
p En 1254 se publicó en París el libro Evangelio eterno, compuesto de obras facciosas del teólogo Joaquín de Calabria o de Fiore (hacia 1135-1202), que no tardaron en aprovechar los espirituales. Joaquín predijo el advenimiento del reino milenario de la justicia, precedido por "el juicio final de la Iglesia degenerada y del mundo perverso”. Su doctrina llamaba a la lucha abierta contra el mal del mundo [157•4 . Joaquín negó la necesidad del ritual eclesiástico, sin exceptuar los sacramentos, y predicó la pobreza como ideal supremo del cristianismo. Evangelio eterno fue la biblia de los espirituales. Aunque el Papado se abstuvo de declarar oficialmente herético ese libro, la Inquisición perseguía a los convictos de simpatizar con la doctrina de Joaquín de Calabria.
p Los espirituales sufrieron represiones particularmente atroces en tiempos del Papa Juan XXII (1316-1334). Su bula Quorumdam, dirigida contra ellos, concluía con las palabras siguientes: "Grande es la pobreza, pero más grande la inocencia, y el bien mayor es la obediencia perfecta”. 158 Ese mensaje apostólico excomulgaba a los espirituales y les amenazaba con la hoguera porque, en particular, reprobaban los vestidos anchos (considerados entonces como indicio de riqueza) y la acumulación de productos alimenticios en graneros y sótanos. H. Ch. Lea decía con respecto a la misma bula: "La perversidad humana se expresa en miles de formas diferentes, pero quizás nunca tuvo una manifestación más asqueante y a la vez más ridicula que en aquella época. Difícilmente cabe en la cabeza que hombres pudieran quemar a sus congéneres por tales motivos, o que hubiera gentes tan intrépidas como para exponerse a las llamas en defensa de semejantes principios" [158•5 .
p Sin embargo, queda en pie que centenares de espirituales torturados por la Inquisición prefirieron morir en la hoguera antes que reconocer heréticas esas convicciones. Al “santo” tribunal no le costaba mucho trabajo aniquilarlos. Para ello bastaba que el inquisidor preguntase a un espiritual si accedería a infringir el voto de mendicidad o de castidad en el caso de que el Papa le ordenara casarse o aceptar un cargo lucrativo. La respuesta negativa llevaba aparejadas la excomunión y la entrega del penitenciado a las autoridades seculares, que en seguida lo enviaban a la hoguera.
p Los datos muy incompletos sobre la persecución de los espirituales y otras. herejías que obran en poder de los historiadores, evidencian que los papas y la Inquisición los acosaron tan implacablemente como a los cataros.
p En 1318, el Papa Juan XXII hizo venir a Aviñón a 65 espirituales distinguidos con el franciscano Bernardo Délicieux a la cabeza, partidario abierto de suprimir la Inquisición. El sumo pontífice, por medio de amenazas logró obligar a 40 de ellos a abdicar sus convicciones y someterse a la disciplina eclesiástica. Pero los 25 restantes, incluyendo a Délicieux, se mantuvieron firmes. Fueron entregados a la Inquisición, que quemó a cuatro en Marsella y condenó a prisión perpetua a Bernardo Délicieux y demás recalcitrantes [158•6 . Hay datos de que en Narbona, en 1319, se envió a la hoguera a 3 espirituales no arrepentidos, ya 17 en 1321; en Carcasona, de 1318 a 1350, corrieron la misma suerte 113 personas.
159p Las hogueras ardieron en Tolosa y otras ciudades de Francia y España. Los inquisidores se mostraron particularmente crueles para con los espirituales fraticelos.
p La sangrienta faena de la Inquisición fue sobre todo intensa en los siglos XIII y XIV en Italia, donde los movimientos oposicionistas plebeyos enfilados contra la jerarquía eclesiástica y la explotación feudal revestían la forma de herejías diversas. Los más peligrosos para la Iglesia fueron los movimientos de los guillermitas y los dolcinistas o apostólicos.
p Se llamaba guillermitas a los seguidores de Guillermina. De ella se sabe sólo que residió en Milán de 1260 a 1281, fue muy devota y prestó auxilio a los pobres y dolientes. Se le atribuía la capacidad de hacer milagros y fue considerada como encarnación femenina del Santo Espíritu, como Dios y ser humano a la vez. La Inquisición reveló que entre los adeptos de los guillermitas había también espirituales. A fines del siglo XIII, los dirigentes no arrepentidos de los guillermitas sucumbieron en la hoguera, y se impusieron censuras diversas a los demás, después de lo cual la secta dejó de existir.
p Más o menos simultáneamente con la secta guillermita surgió en el Norte de Italia, en cierto grado bajo la influencia del joaquinismo y los espirituales, el movimiento herético de los apostólicos, que propugnaron la comunidad de los bienes y la igualdad universal. El predicador Gerardo Sagarelli de Parma, considerado como iniciador de ese movimiento, llamó a la población a vivir en la pobreza y a observar la castidad. Al principio, las potestades eclesiásticas hacían poco caso de Sagarelli, pero al ver que adquiría muchos adeptos, que se llamaban a sí mismos apostólicos, empezaron a perseguirlos. En 1294 fueron quemados en Parma, por orden de la Inquisición, cuatro partidarios de Sagarelli. El propio predicador, detenido también por el Santo Oficio, tuvo la suerte de ser condenado entonces a reclusión carcelaria. Al parecer, las represiones contra la secta no dieron resultados sensibles. Los apostólicos continuaron la propaganda de sus ideas en muchas ciudades del Norte de Italia. En 1300, la Inquisición reanudó el proceso contra Sagarelli. Fue acusado de reincidir en la herejía y lanzado a la hoguera.
p Como era costumbre en los casos de este género, los eclesiásticos, además de ejecutar a Sagarelli, trataron de 160 denigrar su memoria. He aquí, por ejemplo, cómo un cronista clerical ortodoxo relataba su conducta en los momentos postreros: "Estando en la hoguera, llamó en voz alta: "¡Asmodeo, ayúdame!" y las llamas se extinguieron en el acto. Así sucedió tres veces. Por fin se le ocurrió al inquisidor traer bajo la túnica al lugar de ejecución el "cuerpo de Jesucristo" (hostia). Se colocó de nuevo al hereje en la hoguera y se prendió fuego. El hereje volvió a gritar: "¡Asmodeo, socorro!" Y se oyó que los demonios en el aire respondieron: "¡Ay!, no podemos, porque el que se ha presentado ahora es más fuerte que nosotros”. En esto se consumió el hereje" [160•7 .
p Los parmesanos, indignados por la ejecución de Sagarelli, atacaron el palacio del Inquisidor. El movimiento de los apostólicos continuó desarrollándose bajo la dirección de Dolcino, discípulo de su iniciador, que "predicó la simplicidad propia del cristianismo primitivo, la comunidad de los bienes, la institución de una república cristiana y el derrocamiento de los opresores y ricachones laicos en nombre de los pobres y oprimidos" [160•8 .
p Dolcino encabezó una gran insurrección campesina en el Norte de Italia. Por orden del Papa Clemente V se organizaron contra él tres cruzadas.
p La lucha sangrienta contra los dolcinistas duró casi 7 años. Los apostólicos sitiados en las montañas experimentaron dificultades tremendas. La fe fanática en su justa causa fue el único sostén de esos hombres inermes, hambrientos, aislados y segados por las enfermedades. "Si eran hombres del diablo -dice Mariotti-, como nos informan sus enemigos, por cierto que nunca ni en ninguna parte ha hecho el diablo menos para sus servidores" [160•9 .
p El 23 de marzo de 1307, los cruzados lograron derrotar a los dolcinistas junto al río Carnaschio. "En aquel día -decía un contemporáneo-, más de mil herejes perecieron en las llamas, en el río o por la espada, sufriendo la muerte más cruel" [160•10 .
p Dolcino, así como Margarita y Longido de Cattanei, sus adeptos más próximos, fueron hechos prisioneros por los 161 cruzados y entregados a la Inquisición, que los encerró en un calabozo en la ciudad de Vercelli. Permanecieron allí varios meses, sujetos con cadenas a la pared por los brazos, las piernas y el cuello. Aunque se les aplicaron las torturas más refinadas, los tres prefirieron ir a la hoguera antes que abjurar. La Inquisición pronunció la sentencia de muerte por indicación personal del Papa Clemente V. La ejecución se efectuó el I de junio de 1307. Margarita fue quemada en fuego lento a los ojos de Dolcino. Luego hicieron subir a éste a un carro y lo llevaron todo el día por las calles, sacándole carne, pedazo por pedazo, con tenazas incandescentes. Dolcino se comportó heroicamente. Los verdugos no lograron arrancarle ni una sola queja. No les imploró gracia. Según el relato de un contemporáneo, "sólo cuando le arrancaron la nariz se vio que sus hombros se estremecieron espasmódicamente, y en otro instante, cuando, ante la puerta de Vercelli, denominada Porta Picta, le cortaron otra parte más vital de su cuerpo, se escapó un débil suspiro de su corazón y se contrajeron levemente los músculos contiguos a la fosa nasal" [161•11 . De la misma manera horripilante fue ejecutado en Biella Longino de Cattanei.
p Aunque la Inquisición logró por medio de atrocidades inauditas exterminar a los apostólicos, su secta resurgió varios decenios después, entre los franciscanos de Asís, con el nuevo nombre de Continuadores del Espíritu de la Libertad. Su representante más destacado, Domenico Savi de Ascoli, autor de muchos tratados, fue encarcelado por la Inquisición; luego abdicó sus convicciones bajo torturas y de este modo quedó con vida por algún tiempo. A pesar de las persecuciones, la secta tuvo cada vez más partidarios. Entonces, la Inquisición acusó nuevamente de herejía a Savi y, desatendiendo su apelación, lo excomulgó con el consentimiento del Papa. Domenico Savi subió a la hoguera en 1344 en Ascoli. Sus tratados fueron destruidos.
p Durante la segunda Cautividad de Babilonia (1309-1377), cuando la sede apostólica se había trasladado, a instancias del rey francés Felipe IV, a Aviñón, ciudad del Sur de Francia, el Papado y la Iglesia chocaron con una potente oposición interna. Se mostraron muy activos los fraticelos, que gozaban de mucho prestigio entre los franciscanos.
162p Por causas diversas, la Inquisición sólo pudo imponerse a los fraticelos a costa de grandes esfuerzos. El poder de los papas de Aviñón se limitaba, en lo fundamental, a Francia, y además, los fraticelos contaban con no pocos partidarios en la propia jerarquía eclesiástica, especialmente fuera de ese país; en todo caso, bastantes prelados estimaron que emplear medidas drásticas contra dicha secta, que tenía muchos simpatizantes en las capas bajas del pueblo, no era un modo eficaz de combatirla. Agregúese a ello que las autoridades seglares de Alemania e Italia, ansiosas de sacudirse la tutela de los papas de Aviñón, criaturas de la corona francesa, se empeñaron en patrocinar, a despecho de ellos, a los fraticelos.
p También los protegió Luis de Baviera, emperador de Alemania, que se había adjudicado este título por la fuerza de las armas, contrariando la voluntad del Papa Juan XXII, quien trataba de instalar en el trono alemán a su testaferro Federico de Austria. Aprovechando en su propio interés la crítica que hacían de la Santa Sede los herejes, Luis acusó a los papas de Aviñón de haberse enfangado en los vicios mundanos, de haber traicionado las tradiciones apostólicas de la piedad y la pobreza, de entregarse al libertinaje, etc.
p Él 12 de noviembre de 1323, Juan XXII editó la bula Cum internonnullis, declarando falso y herético el aserto de los fraticelos respecto a que Jesucristo y los apóstoles carecían totalmente de bienes. Poco después, el Papa excomulgó a Luis por desobediencia. En respuesta, el emperador promulgó la llamada Apelación de Sachsenhausen, en la que impugnaba los planteamientos de la susodicha bula y, alegando la opinión de los predecesores de Juan XXII, que reconocían la mendicidad de Jesucristo, acusaba de herejía al propio Papa.
p Luis encontró fácilmente a teólogos expertos dispuestos a demostrar, con referencias a las autoridades eclesiásticas, que tenía razón. Uno de ellos, Marsilio de Padua, negó al Papa el derecho de juzgar, perdonar y condenar, afirmando que esto era prerrogativa exclusiva de Dios. El teólogo William Ockham, solidarizándose con Luis en su lucha contra el Papa, negó la impecabilidad de los sumos pontífices y los concilios; en una de sus obras imputó a Juan XXII 70 errores heréticos.
p Mientras tanto, Luis se coronó en 1326 en Milán y 163 desde allí se dirigió con sus tropas hacia Roma, se apoderó de la "ciudad eterna" y declaró destituido a Juan XXII, residente en Aviñón. Por orden del emperador, el clero romano eligió Papa al espiritual Pedro de Corbara, quien tomó el nombre de Nicolás V.
p Los fraticelos y sus adeptos prestaron apoyo a Luis, protector suyo. Pero Juan XXII los perseguía de la manera más feroz en todas las regiones donde dominaba. La Inquisición francesa y la española lanzaron a la hoguera a quienes se negaban a pronunciar la abjuración formulada por el inquisidor Eymerico: "Juro creer en mi corazón y profesar que Jesucristo y sus apóstoles en esta vida mortal poseyeron las cosas que les atribuye la Escritura, y que tenían derecho a dar, vender y enajenar esas cosas" [163•12 .
p Al cabo de poco tiempo, Juan XXII pudo descargar su ira también sobre los fraticelos residentes en Italia. Los italianos, exasperados por los vejámenes y saqueos de los mercenarios de Luis, se levantaron y le obligaron a huir. La muerte arrebató poco después a los fraticelos a su poderoso protector. Juan XXII logró hacer prisionero a su émulo Nicolás V, y éste, para salvar su vida, se arrepintió y abjuró de sus “errores”. Fue recluido, después de muchas humillaciones, en un aposento del palacio pontificial de Aviñón, donde no tardó en fallecer.
ASÍ pues, nada impedía ya a la Iglesia ajustar las cuentas a sus enemigos, los predicadores de las virtudes apostólicas. Las persecuciones de los fraticelos por la Inquisición duraron hasta fines del siglo XV. Los elementos restantes de ese movimiento fueron asimilados por la Iglesia valiéndose de órdenes monacales nuevas, a cuyos miembros se les permitía llevar la vida de ascetas y anacoretas celosos a condición de que obedecieran en todo y por todo a la Santa Sede...
Notes
[153•1] L. Mariotti. Historical Memoir of Fra Dolcino and His Times. London, 1853, pp. 133-134.
[155•2] Ibíd., p. 191.
[157•3] Véase F. Engels. La guerra campesina en Alemania. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 7, p. 363.
[157•4] Véase S. M. Stam. La doctrina de Joaquín de Calabria. En: Problemas de la historia de la religión y del ateísmo, recopilación VII. M., 1959, p. 344.
[158•5] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. 3, pp. 72-74.
[158•6] Véase F. Hayward. The Inquisition. New York, 1966, p. 89.
[160•7] Citado según L. Mariotti. Historical Memoir ofFra Dolcino..., p. 103.
[160•8] Archivo de Marx y Engels, t. VI. M., 1939, p. 5.
[160•9] L. Mariotti. Historical Memoir of Fra Dolcino..., p. 208.
[160•10] Citado según H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. 3, p. 117.
[161•11] Citado según L. Mariotti. Historical Memoir of Fra Dolcino..., p. 296.
[163•12] Citado según H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Middle Ages..., v. 3, p. 160.
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