p La fase siguiente del proceso inquisitorio era el interrogatorio, que se proponía lograr, ante todo, que el acusado reconociera heréticas sus concepciones y, por tanto, abjurase de ellas y se reconciliara con la Iglesia. Los esfuerzos por arrancar la confesión constituyeron el eslabón fundamental de los procedimientos judiciales en el Santo Oficio; esta circunstancia, como hacía constar Lea, ejerció "una influencia inmensa y deplorable, durante cinco siglos, sobre todo el sistema jurídico de la Europa continental" [123•15 .
p El ya citado Nicolás Eymerico, inquisidor de Aragón, aleccionó: "En las causas civiles, el acusado puede abstenerse de testimoniar contra sí mismo y de revelar los hechos susceptibles de probar su culpa, pero esta obligación existe en las cuestiones de herejía" [123•16 .
p El inquisitor se preparaba minuciosamente para el interrogatorio. Examinaba la biografía del detenido, buscando episodios que permitieran doblegar la voluntad de la víctima, hacerla obedecer sin reservas al interrogante.
p En la fase inicial de la instrucción, la mayoría abrumadora de los acusados de herejía juraban su inocencia, su fidelidad a los cánones eclesiásticos, decían ser católicos celosos. Algunos se comportaban así porque, en realidad, no eran culpables de nada; otros, porque querían disimular sus verdaderas opiniones. Los inquisidores trataban de arrancar la confesión a unos y a otros.
p Sin embargo, sería erróneo suponer que el inquisidor consideraba como tarea principal suya la de entregar a un hereje a las llamas. En primer lugar se proponía conseguir 124 que dejara de ser un "servidor del diablo" para convertirse en "esclavo del Señor”. Procuraba su arrepentimiento, que abjurara de las creencias heréticas y se reconciliara con la Iglesia. Mas para que esa conversión se verifícase efectivamente, no fuera una nueva mentira de Satanás, el acusado tenía que probar su sinceridad delatando a sus correligionarios y a los amigos y cómplices de éstos.
p Bernard Gui cita en su “manual” del inquisidor el siguiente texto aproximado del juramento que el hereje arrepentido debía pronunciar por orden de sus verdugos vestidos de sotana: "Juro y prometo, hasta que me sea posible, perseguir, descubrir, denunciar, hacer detener y poner a disposición de los inquisidores a los herejes de toda secta condenada, en particular de una secta tal o tal, a sus “creyentes”, fautores, encubridores y defensores, como asimismo a los que sabría o creería que han huido por el hecho de herejía y a sus mensajeros secretos, en cualquier tiempo y dondequiera que conozca su presencia" [124•17 .
p El interrogatorio comenzaba por la exigencia de que el acusado asumiera bajo juramento la obligación de obedecer a la Iglesia y responder verazmente a las preguntas del inquisidor, de revelar cuanto sabía de los herejes y la herejía y aceptar cualquier censura que se le impusiera. Después de ese juramento, toda respuesta del acusado que no conviniera al inquisidor daba motivo a éste para incriminar a su víctima de testimonio falso, de apostasía, de herejía, y, por tanto, amenazarle con la hoguera.
p El interrogante evitaba formular acusaciones concretas porque temía, no sin razón, que el recluso accediera a decir cuanto se le exigiese para desembarazarse lo más pronto posible de su martirizador.
p El inquisidor hacía decenas de preguntas muy diversas y, a menudo, no relacionadas en modo alguno con el asunto dado, a fin de desconcertar al interrogado, hacerlo incurrir en contradicciones, decir por miedo absurdidades y reconocer algunos pecados y vicios pequeños. Bastaba con obtener que se reconociera culpable de blasfemia, incumplimiento de un rito religioso o adulterio para que el inquisidor, exagerando esas faltas no muy graves, obligara a su víctima a reconocer también otras, más peligrosas y preñadas de consecuencias onerosas.
125p Se consideraba que el mérito principal de un inquisidor era saber interrogar, es decir, lograr que el acusado reconociera sus culpas. Con el transcurso del tiempo aparecieron instrucciones detalladas o manuales para inquisidores, en los que se generalizaba la experiencia de inquisición y se daban variantes de interrogatorios aplicables a los adeptos de sectas diversas. Los autores de esos “ vademécumes” inquisitoriales partían de la premisa de que sus victimas eran embusteros desvergonzados, picaros hipócritas, "servidores del diablo”, a los que se debía desenmascarar y hacer confesar sus "crímenes abyectos" por cualquier medio y a toda costa.
p El inqusidor Bernard Gui, al que se debe uno de esos “manuales”, señaló la inconveniencia de ofrecer un esquema de interrogatorio único e incambiable. Porque entonces, dijo, los hijos de las tinieblas se acostumbrarían rápidamente al empleo de un método uniforme y evitarían sin dificultad las trampas que les tendieran los inquisidores [125•18 .
p He aquí un modelo general de interrogatorio recomendado por Bernard Gui:
p “Cuando se hace comparecer con fines de encuesta a un hereje, éste toma un aire presuntuoso, como si estuviera seguro de su inocencia. Le pregunto por qué ha sido llevado a mi despacho. Responde, sonriendo dulcemente, que espera se lo explique.
p Yo: "Eres acusado de ser un hereje, de creer y enseñar de una manera distinta a lo que cree la Santa Iglesia”.
p El acusado (levantando los ojos al cielo, con expresión de una protesta enérgica): "Señor, tú sabes que soy inocente, que nunca he profesado otra fe que no sea la cristiana auténtica”.
p Yo: "Llamas a tu fe cristiana porque consideras falsa y herética la nuestra, pero te pregunto si no has abrazado jamás otras creencias, además de las consideradas auténticas por la Iglesia Romana”.
p El acusado: "Creo en lo que cree la Iglesia Romana y que ustedes nos predican públicamente”.
p Yo: "En Roma hay posiblemente algunos miembros de tu secta, a los que llamas Iglesia Romana. Yo, cuando predico, digo muchas cosas. Algunas son comunes a ti y a mí, por ejemplo, que Dios existe, y tú crees en algo de lo que 126 predico. Sin embargo, puedes ser hereje por no creer en otras cosas, en las que se debe creer”.
p El acusado: "Creo en todo lo que debe creer un cristiano”.
p Yo: "Conozco estos trucos. Supones que un cristiano debe creer en lo que creen los miembros de tu secta. Pero nosotros perdemos tiempo en esas habladurías. Dime simplemente: ¿crees en el Padre Eterno, el Hijo y el Espíritu Santo?”
p El acusado: “Creo”.
p Yo: "¿Crees que Jesucristo nació de la Virgen, sufrió, resucitó y ascendió al cielo?”
p El acusado (rápidamente): “Creo”.
p Yo: "¿Crees que en la misa el pan y el vino se transforman, por las palabras del sacerdote y en virtud del poder divino, en cuerpo y sangre de Cristo?”
p El acusado: "¿Acaso no debo creerlo?”
p Yo: "No te pregunto si debes creerlo, sino si lo crees”.
p El acusado: "Creo en todo lo que usted y otros doctores buenos me ordenan creer”.
p Yo: "Esos doctores buenos son maestros de tu secta. Si estoy de acuerdo con ellos, tú me crees; en caso contrario, no”.
p El acusado: "Le creo de buena gana si me enseña el bien”.
p Yo: "Llamas bien a lo que en mi enseñanza concuerda con la de otros maestros tuyos. Pero dime simplemente: ¿crees que en el altar reside el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo?”
p El acusado (pronto): "Sí, lo creo”.
p Yo: Tú sabes que allí hay un cuerpo y que todos los cuerpos son los de nuestro Señor. Te pregunto si el cuerpo de allí es el del Señor nacido de la Virgen, crucificado, resucitado, subido al cielo, etc.”
p El acusado: "Y usted, señor, ¿no lo cree?”
p Yo: "Lo creo absolutamente”.
p El acusado: "Yo lo creo también”.
p Yo: "Crees que yo lo creo. Pero lo que pregunto no es esto, sino si tú lo crees”.
p El acusado: "Si usted no quiere interpretar mis palabras simple y claramente no sé qué decir. Soy un hombre simple e ignorante; dígnese no embrollarme cuando hablo”.
127p Yo: "Si eres simple, responde simplemente, sin rodeos”.
p El acusado: "De buen gusto”.
p Yo: "¿Quieres jurar entonces que nunca has aprendido nada contrario a la fe que nosotros decimos y creemos ser la justa?”
p El acusado (se pone pálido): "Si estoy obligado a jurar, juraré de buen grado”.
p Yo: "No te pregunto si estás obligado a prestar juramento, sino si quieres hacerlo”.
p El acusado: "Si usted me lo ordena, juraré”.
p Yo: "No te hago jurar; sé que el juramento es ilícito a tus ojos y que recargarás el pecado sobre mí si te obligo; pero si juras, te escucharé”.
p El acusado: "¿Por qué voy a jurar si usted no me lo ordena?”
p Yo: "Para borrar la sospecha de herejía que pesa sobre ti”.
p El acusado: "No podré hacerlo si usted no me enseña”.
p Yo: "Si yo tuviera que jurar, levantaría la mano, extendería los dedos y diría: que Dios me ayude, no he enseñado nunca herejías ni he creído en lo contrario a la fe auténtica”.
p Entonces balbucea, como si no pudiera repetir las palabras pertinentes y finge hablar en nombre de otra persona, de manera que, sin jurar en la forma debida, quiere hacer creer que lo hace. En otros casos, transforma la fórmula de juramento en fórmula de rezo, por ejemplo: "Que Dios venga en mi ayuda, no soy hereje”. Y si se le pregunta en seguida si ha jurado, responde: "¿Es que no me ha oído jurar?”
p Después, al verse acorralado, apela a la misericordia del juez diciendo: "Señor, si he pecado, estoy listo para hacer penitencia; ayúdeme solamente a liberarme de esta inculpación maligna e injusta”. Pero un inquisidor vigoroso no debe dejarse confundir por este procedimiento, sino avanzar firmemente hasta que el acusado reconozca sus errores, o por lo menos abjure públicamente la herejía, de suerte que si se revela después que ha jurado falsamente, se pueda abandonarlo, sin reanudar los interrogatorios, a las autoridades seculares. Si el acusado accede a jurar que no es hereje, le digo: "Si quieres jurar para escapar a la hoguera, un solo juramento no me bastará, ni tampoco 10, ni 100, ni 1.000, porque vosotros os permitís unos a otros cierto número de juramentos hechos por necesidad. 128 Además, si tengo, según creo, testimonios adversos para tí, tus juramentos no te salvarán de ser quemado. Sólo mancharás tu conciencia y no evitarás la muerte. Pero si confiesas simplemente tu error, es posible que te hagan gracia" [128•19 .
p Bien entendido que ese esquema de interrogatorio, u otro semejante, podía desorientar y embrollar tanto a un culpable de herejía como a una persona completamente inocente, caída en las redes de la Inquisición. Sin embargo, los inquisidores no lograban siempre, ni mucho menos, obtener confesiones sólo por medio de un interrogatorio ingenioso y astuto. Entonces empleaban otros medios más eficientes —mentira, engaño, intimidación—destinados a deprimir la personalidad del acusado, ponerlo sicológicamente en un apuro, infundirle el sentimiento de perdición irremediable. El inquisidor no se detenía ante la falsificación directa, si le prometía el efecto apetecido. Afirmaba, sin fundamento alguno, que el crimen del recluso había sido probado y confirmado por muchas deposiciones de testigos, en particular de sus amigos, vecinos, parientes y conocidos, y que el único medio de evitar la hoguera y de ahorrar la misma suerte a los parientes y amigos era reconocerse culpable, sinceramente y sin reservas.
p Para convencer al acusado de que debía hacer las declaraciones pertinentes, se solía instalar en su celda a provocadores especialmente entrenados que, fingiendo ser solidarios y simpatizar con el recluso, procuraban obtener nuevas pruebas contra él, o bien inducirle a declararse culpable. Si esto resultaba inútil, se hacía lo mismo con su esposa e hijos, cuyas imploraciones podían mover a la víctima a ser menos recalcitrante.
p “Las amenazas alternaban con un trato suave. Se le trasladaba al recluso de su calabozo hediondo a un aposento cómodo, donde le daban buena comida y le trataban con aparente bondad para ver si su resolución no se aflojaría por la alternación de la esperanza y la desesperación" [128•20 .
Los inquisidores disponían también de otros muchos medios “humanos” para doblegar la voluntad de su víctima. Podían retener al recluso en la cárcel durante años enteros 129 sin formación de causa, dándole la impresión de estar enterrado vivo. No tenían en mucho su tiempo, les era fácil esperar. Podían simular el juicio en la esperanza de que, después de oír la sentencia de muerte ficticia, la víctima descorazonada empezase a “hablar”. Podían instalarla en una celda con las paredes móviles, que se aproximaran cada día en un par de pulgadas, amenazando con aplastar finalmente al preso, o en otra que iba siendo inundada por agua. Podían hambrear al recluso, no darle de beber, dejarlo en un sótano húmedo, oscuro y hediondo, donde las ratas y los insectos convertían su vida en infierno. Como señala H. Ch. Lea, las cárceles de la Inquisición "fueron, en general, terriblemente sórdidas, pero siempre cabía en lo posible, si esto convenía a la Inquisición, hacerlas aún más horripilantes. Durus carcer eí arda vita [129•21 —la situación del preso encadenado, semimuerto de hambre, metido en un hoyo sofocante se consideraban medios excelentes para obtener la confesión" [129•22 .
Notes
[123•15] Ibíd., p. 410.
[123•16] Le Manuel des Inquisiteurs..., p. 34.
[124•17] B. Gui. Manuel de 1’mquisiteur, v. II. Paris, 1927, p. 29.
[125•18] B. Gui. Manuel de l’inquisiteur, v. I, Paris, 1926, pp. 8, 9.
[128•19] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. I, pp. 411-414; B. Gui. Manuel de l’inquisiteur, v. I, pp. 65—71.
[128•20] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. I, p. 418.
[129•21] Cárcel dura y vida acre (del latín).
[129•22] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. I, p. 420.
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