INQUISICIÓN
p En su afán de justificar a toda costa la actividad de la Inquisición, Joseph de Maistre afirmó que ésta, lo mismo que todas las instituciones destinadas a producir grandes efectos, "se estableció no se sabe cómo" [51•1 .
p En realidad, la Inquisición no se creó para lograr "grandes efectos”, ni son enigmáticas las causas de su aparición, ya que radican en la propia esencia social de la religión cristiana y de la Iglesia, que presume de encontrarse por encima de las clases y apela a las masas desheredadas—que constituyen la generalidad de los creyentes—, pero en la práctica sirve a los intereses de las clases dominantes.
p El cristianismo ha sido desgarrado siempre por contradicciones violentas (ahí está uno de sus rasgos específicos). En el período inicial, aquéllas tuvieron la forma de pugna encarnizada entre tendencias diversas; después, se manifestaron en la lucha entre la corriente dominante, encabezada por la cúspide clerical, y un sinnúmero de corrientes oposicionistas acordes con los estados de ánimo de las masas desheredadas, que impugnaron el acierto y la “piedad” de esa cúspide y fueron tildadas por ella de ilegales y heréticas.
p Al enlazar su suerte con las clases explotadoras de la sociedad y su Estado, la Iglesia dio al traste con el sueño 52 de los cristianos primitivos, que ansiaban instalar el "reino divino" en la Tierra; acabó por consagrar la desigualdad social y exhortó a los dolientes y oprimidos a conformarse con su situación, prometiéndoles que serían recompensados en la vida de ultratumba. En ello reside uno de los orígenes más importantes de las variadísimas herejías cristianas surgidas en el curso de los siglos para retar el prestigio y la potestad de la Iglesia y el régimen social explotador santificado por la misma. De ahí que la herejía siga en todo momento a la Iglesia, como si fuera su sombra, a lo largo de su historia. La herejía es multifacética e indestructible. No se deja eliminar por las persuasiones, ni por las amenazas o exorcismos; resiste la espada y el fuego.
p La herejía supone siempre una oposición a la Iglesia dominante. Naturalmente que esta última, temiendo perder su poder, hace todo lo posible, sin reparar en medios, para erradicar y suprimir la herejía.
p Al reflejar los intereses contradictorios de grupos y estratos sociales de diferentes épocas históricas, las herejías se opusieron tanto a la jerarquía eclesiástica como a la injusticia del régimen explotador dominante, con el que la Iglesia mantenía lazos indisolubles. Las corrientes heréticas fueron una forma peculiar de lucha de clases, típica para la Edad Media, para el mundo feudal y su pensamiento exclusivamente religioso; en ellas se expresaban los puntos de vista de una u otra capa de la población urbana o campesina y se reflejaban los intereses nacionales o locales.
p Todas esas herejías dispares, entregadas a una lucha implacable con la Iglesia oficial y también, a menudo, unas contra otras, llevaron la importa peculiar de épocas concretas, que les preparaban diferentes destinos.
p La intolerancia religiosa surgió junto con las primeras comunidades cristianas en medio de la lucha que ellas sostuvieron entre sí por ganar adeptos, y de la que libraron por el derecho a la subsistencia en el Estado romano.
p Las primeras comunidades cristianas, dispersas por el vasto Imperio Romano, representaron un conglomerado heterogéneo de distintas escuelas y tendencias. Esto lo certifica la diversidad de los numerosos evangelios y mensajes que circularon entre los cristianos primitivos.
p Ellos lucharon unos contra otros por y contra la conservación de la estructura democrática de sus comunidades, por y contra el reconocimiento del régimen social existente, por 53 y contra la ruptura definitiva con el judaismo, de cuyo medio salió el cristianismo y cuya austeridad ritual frenaba la propagación de la nueva religión entre los llamados paganos.
p La lucha intestina en la cristiandad primitiva se reflejó en el Nuevo Testamento. Las primeras comunidades cristianas creyeron en el advenimiento inmediato del "Reino de Dios" en la Tierra. "En verdad os digo—leemos en el Evangelio según San Mateo—que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino" [53•2 . Es fácil imaginarse qué entusiasmo, impulso de energía y fanatismo provocaban semejantes promesas alentadoras entre los cristianos.
p Pasaron años y decenios, se sucedieron las generaciones de cristianos, sin que aquellas promesas se hicieran realidad. El "reino milenario" tardaba en llegar. Los creyentes asediaban a sus predicadores pidiendo les explicaran cuándo llegaría. En respuesta, a juzgar por "Los Hechos de los Apóstoles”, oían lo siguiente: "No os corresponde a vosotros el saber los tiempos y momentos" [53•3 .
p Pero los descontentos no se daban por satisfechos con semejante explicación. Los jefes de las con unidades cristianas se valían de todos los medios a su disposición para desembarazarse de esos “murmuradores”, alegando los pasajes correspondientes del Nuevo Testamento.
p En el Evangelio según San Juan, Jesucristo dice a los incrédulos y desobedientes: "El que no permanece en mí, será echado fuera como el sarmiento inútil, y se secará, y le tomarán, y arrojarán al fuego y arderá" [53•4 . Este pasaje fue particularmente grato a los inquisidores, justificando las hogueras en que culminaban los autos de fe.
p Los apóstoles se muestran igualmente intolerantes para con los heterodoxos. San Pedro, en su Segunda Epístola amenaza con castigos feroces a los descontentos (esto lo invocaban también los inquisidores para justificar sus criminales actos). Dice, como si previera el carácter violento de la futura lucha entre las variadas corrientes cristianas: "Verdad es que hubo también falsos profetas en el antiguo pueblo 54 de Dios ; así como se verán entre vosotros maestros embusteros, que introducirán con disimulo sectas de perdición, y renegarán del Señor que los rescató, acarreándose a sí mismos una pronta venganza" [54•5 . Pedro advierte que Dios castigará a los herejes de la misma manera implacable como castigó a los ángeles caídos, "y mayormente a aquellos que para satisfacer sus impuros deseos, siguen la concupiscencia de la carne y desprecian las potestades; osados, pagados de sí mismos, que blasfemando no temen sembrar herejías" [54•6 . Al referirse a esos individuos no tiene escrúpulos en usar expresiones “agudas”, asemejándolos a los perros que se vuelven a comer lo que vomitaron y a las marranas que se revuelcan en el cieno. "Estos tales—prorrumpe el apóstol enfurecido—son fuentes sin agua y tinieblas agitadas por torbellinos que se mueven a todas partes, para los cuales está reservado el abismo de las tinieblas" [54•7 . Aquí no hay ni una pizca de mansedumbre cristiana.
p Manifestaciones análogas, dirigidas contra los que “ murmuran” y “blasfeman”, figuran también en la Epístola Católica de San Judas. Después de recordar cómo Dios aniquiló a sangre y fuego a los desobedientes en el Antiguo Testamento, Judas amenaza que lo mismo ocurrirá a quienes "mancillan... también su carne, menosprecian la dominación y blasfeman contra la majestad" [54•8 .
p El apóstol Pablo se muestra no menos severo para con los heterodoxos. En su Epístola a los Gálatas previene: "Pero aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo... os predique un evangelio diferente del que nosotros os hemos anunciado, sea anatema" [54•9 .
p En la Epístola Primera a Timoteo, Pablo se pone a vituperar a los “diabólicos” maestros ascetas, que "prohibirán el matrimonio y el uso de los manjares, que Dios crió para que los tomasen con hacimiento de gracias los fieles y los que han conocido la verdad" [54•10 . Y agrega que tiene a Himeneo 55 y Alejandro entregados a Satanás para que "aprendan a no decir blasfemias”.
p Los mismos motivos de intolerancia resuenan con mayor vigor aún, con mayor virulencia en la Epístola Segunda de San Pablo a Timoteo. Pablo alecciona a un adepto suyo diciéndole que no está lejano el tiempo "en que los hombres no podrán sufrir la sana doctrina, sino que, teniendo una comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones,... cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas" [55•11 . Más aún, Pablo anuncia que ya él mismo pasa a ser víctima de esos maestros falsos. Y llama a la acción enérgica a Timoteo: "Predica la palabra de Dios.., insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina. Tú entre tanto vigila en todas las cosas" [55•12 .
p Esa "lucha por la subsistencia ideológica, directamente en términos de Darwin" [55•13 , termina con la victoria de la tendencia episcopal, que expresaba los estados de ánimo e intereses del estrato más rico e influyente de los creyentes, ligado estrechamente con la nobleza romana. Los elementos oposicionistas son aislados y reprimidos por medio de la excomunión; en lugar de las comunidades cristianas primitivas dispersas surge una organización eclesiástica centralizada al mando de los obispos, destacándose a primer plano, con el transcurso del tiempo, el de Roma (Papa).
p El cristianismo ejerce una influencia cada vez más amplia y profunda; simultáneamente se incorporan a él poderosas corrientes helenísticas y orientales, aportando elementos de varias doctrinas y creencias “paganas” hostiles a las cristianas. Surgen también nuevas herejías. A mediados del siglo II constituyeron el mayor peligro las profesadas por los gnósticos y los montañistas, contra los que arremetió en primer lugar la jerarquía eclesiástica recién formada.
p Los gnósticos intentaron unir el cristianismo con las doctrinas místicas helénicas [55•14 .
p Distinto fue, por su carácter, el montañismo (doctrina 56 de Montano), que proseguía las tradiciones igualitarias y ascéticas del cristianismo primitivo.
p La lucha contra esas herejías se libró en una situación compleja: los períodos de actividad abierta (“legal”) de la Iglesia alternaron con los de persecuciones, de las que fueron objeto tanto la propia Iglesia como otras doctrinas cristianas combatidas por ella. En virtud de estas circunstancias se trató de una lucha pacífica. De conformidad con la tradición apostólica, las partes enemigas vilipendiaron unas a otras sin reparar en expresiones, acusando al adversario de las más variadas violaciones del credo cristiano, de vicios terribles —engaño, mentira, calumnia, avidez, codicia, depravación—, en fin, de todos los pecados mortales.
p Los escritos de los gnósticos, montañistas y otros herejes no han llegado hasta nosotros, porque fueron destruidos por la Iglesia. En cuanto a los métodos polémicos usados por los clericales, da una idea de ellos la obra Denuncia y refutación del falso conocimiento (cinco libros contra las herejías) de Ireneo, obispo de Lyon, que vivió en la segunda mitad del siglo II.
p Ireneo consideró que los gnósticos y montañistas eran apóstatas y, por tanto, "hijos del diablo y ángeles malos”, "ladrones y bandoleros”. Según él, del mismo modo que el padre deshereda a los hijos indóciles, así también Dios rechaza y priva de la bienaventuranza a cuantos no le obedecen.
p Al polemizar con los montañistas, Ireneo abogó celosamente por la legitimidad del gobierno imperial, tratando de probar que, a semejanza de cualquier otro gobierno terrenal, había sido establecido por Dios "al objeto de que por miedo al poder humano, los hombres no se coman unos a otros como los peces, sino que repriman por medio de una legislación la variada mentira de los pueblos" [56•15 .
p Reconocía, sin embargo, que no todo gobierno actuaba en interés de sus subditos. "Algunos reyes—decía—se dan para intimidar, castigar y reprochar, otros para seducir, vituperar y enorgullecerse, según merezcan (los subditos—. 7. G.)...” [56•16 . Pero advirtió a sus oponentes que juzgar a los reyes no es prerrogativa del hombre sino de Dios, que dará su merecido a cada uno de ellos. Las manifestaciones de Ireneo en defensa del poder imperial no salvaron al propio 57 obispo de la represión: cayó víctima de las persecuciones desencadenadas contra los cristianos.
p En el curso de la lucha con las corrientes hostiles, la Iglesia episcopal reforzó sus posiciones, formuló su dogma y mejoró su organización. Lo mismo ocurrió también, en cierta medida, con los herejes, pero todas las ventajas correspondieron en última instancia a la Iglesia triunfante. La polémica sostenida con los teólogos heréticos dio lugar a una literatura propagandística, apologista, que tenía por objeto afianzar la influencia eclesiástica.
p Con la propagación del cristianismo fueron cobrando vigor sus elementos conservadores, que predicaban la obediencia a las autoridades y a los esclavistas. Los llamamientos a la docilidad figuraban ya en la literatura cristiana primitiva, demostrando que los dirigentes de las comunidades inculcaron tenazmente a las masas de creyentes la inconveniencia de las acciones violentas y la necesidad de obedecer al Estado y a los señores. Esos llamamientos se intensificaron después del surgimiento de la organización eclesiástica. Los obispos, ligados con varias familias ricas del Imperio, destacaron por todos los medios el carácter pacífico de la doctrina cristiana e insistieron en la “resignación”, diciendo que el cristianismo no vencerá por medio del derrocamiento violento del orden injusto dominante, sino gracias al perfeccionamiento moral y espiritual, a la piedad y a la observancia del ritual eclesiástico. Es posible que algunos dirigentes cristianos consideraran la prédica de la resignación como una maniobra táctica destinada a eliminar los recelos de los círculos gobernantes del Imperio. La experiencia política de aquéllos probablemente les aconsejaba aplicar la táctica de "penetración pacífica”. Las acciones violentas contra el régimen dominante sólo prometían derrotas.
p Sin embargo, por mucho que se ingeniara la dirección episcopal para adormecer con las aseveraciones de fidelidad la vigilancia del poder imperial, el surgimiento de una organización eclesiástica amplia y disciplinada y su afán de desempeñar un papel dirigente en la sociedad no podían, en fin de cuentas, dejar de provocar las represiones contra la Iglesia. En la segunda mitad del siglo III, los emperadores trataron de aplastar por medio del terror ese organismo ajeno y de echar la zarpa a sus riquezas. Pero el cristianismo había ya arraigado tanto que era imposible erradicarlo sólo con la fuerza bruta. Las persecuciones resultaron contraproducentes: 58 contribuyeron a la cohesión de los cristianos, disminuyendo sus contradicciones internas, haciendo cesar en pa’te las disputas dogmáticas y depurando la cristiandad de los elementos pusilánimes e inestables, dispuestos a renegar de su fe bajo la amenaza de represiones.
p Al ver que la Iglesia ya se había hecho fuerte y las persecuciones no surtían efecto, el poder imperial cambió de táctica en favor del acuerdo con la cúspide eclesiástica. La importante evolución experimentada por el propio cristianismo (hacia fines del siglo III y comienzos del IV), que había dejado de ser una religión de los esclavos y oprimidos para pasar a justificar la esclavitud y la opresión, determinó la posibilidad de ese acuerdo. Así pues, el poder imperial consideró ventajoso llegar a una inteligencia con la Iglesia y utilizar su apoyo. En 311, el emperador Galerio promulgó un edicto declarando la tolerancia religiosa. Dos años después, en 313, Constantino igualó jurídicamente, por su Edicto de Milán, la Iglesia cristiana con los demás cultos practicados en el Imperio.
p El Edicto de Constantino marcó el comienzo de la alianza entre la Iglesia cristiana y el Estado. La nueva situación originó nuevas contradicciones en la cristiandad, surgieron nuevas herejías. El clero apeló al emperador, que sin dejar de ser pagano asumió, según su propia expresión, el papel de "obispo de los asuntos exteriores de la Iglesia”, es decir, de arbitro supremo en los litigios eclesiásticos.
p Uno de esos litigios, en tiempos de Constantino, se refería a la actitud hacia los apóstatas, principalmente los cristianos acomodados que en vista de las persecuciones desencadenadas por el emperador Decio en 249—250 habían renegado de la fe cristiana (por cobardía o por el deseo de conservar su fortuna), entregando los libros “sagrados” para su incineración o pagando determinadas sumas para evitar las represiones, mientras que otros habían preferido el martirio a la apostasía. Ahora esos “caídos” o “traidores” querían represar al seno de la Iglesia. La mayoría del clero romano, ligado con los cristianos ricos, se pronunció por la reincorporación de los apóstatas; la minoría, representada por los rigoristas con Novatiano, obispo de Roma, a la cabeza, estuvo en contra. Novatiano, destituido de su cargo por los concilios provinciales, que habian condenado sus criterios, encontró apoyo en las comunidades cristianas del Norte de África. Una parte considerable del clero de esa provincia 59 romana exigió, bajo la dirección del obispo Donato, que los “caídos” deseosos de reincorporarse a la Iglesia se bautizaran de nuevo. El movimiento de los donatistas estuvo respaldado por los círculos democráticos de los creyentes.
p Los donatistas del ala radical—circunceliones (errantes, vagabundos) o agonísticos—asaltaban grandes haciendas, ponían en libertad a los esclavos y arremetían contra usureros, señores y obispos [59•17 . La Iglesia oficial apoyada por los emperadores trató en vano, durante un siglo entero, de reprimir el movimiento donatista. Los cristianos del Norte de África se mostraban más dispuestos a prestar oído a los donatistas, a su prédica del regreso a las tradiciones del cristianismo primitivo, que cumplir los llamamientos de la jerarquía romana, su exigencia de obedecer al poder imperial.
p Conforme se colocaban los cimientos de la doctrina cristiana surgían, en relación directa con este proceso, varias herejías nuevas. A comienzos del siglo IV se destacó a primer plano la herejía arriana. El arrianismo nació en Egipto y debe su nombre al sacerdote alejandrino Arrio, que vivió en la segunda mitad del siglo III y a principios del IV. Influido por la filosofía antigua, estimó que Jesucristo no es un ser genesíaco sino criatura de Dios, al que es semejante pero no igual.
p Aunque el arrianismo fue condenado por los concilios de Nicea y de Constantinopla (en 325 y 381, respectivamente), y sus adeptos padecieron persecuciones feroces, esa doctrina influyó aún por largo tiempo sobre las disputas cristológicas.
p En el siglo V surgió la herejía nestoriana, fundada por Nestorio, patriarca de Constantinopla. Según él, Cristo consta de dos personas separadas, una divina y la otra humana; el hijo de Dios se ha unido con el hombre Jesús. Por consiguiente, Jesucristo es un hombre común, y su madre no ha dado a luz a un hijo de Dios sino a un ser humano. La doctrina de Nestorio fue calificada de herética y condenada en el III Concilio Ecuménico de Efeso, en 431. Las persecuciones iniciadas contra los nestorianos obligaron a muchos de ellos a buscar asilo fuera del Imperio.
p El mismo Concilio de Efeso anatematizó la herejía pelagiana, concebida por el monje británico Pelagio (360—418, 60 aproximadamente), que negaba la doctrina eclesiástica acerca del pecado original. Según ella, los creyentes pueden salvarse por su propia voluntad, independientemente de la Iglesia. Después de condenado Pelagio surgió la herejía “ semipelagiana”, como tentativa de conciliar aquella concepción con la Iglesia, pero también ella fue reprobada y sus adeptos sufrieron persecuciones.
p Además del arrianismo, causó grandes molestias a la Iglesia en el siglo IV la doctrina dualista maniquea, que había surgido un siglo antes en el Irán y se había extendido rápidamente por Asia y Europa.
p Se considera como fundador de esa doctrina el persa Maní (hacia 215-276), acusado de herejía y ejecutado por el shah iranio. Los maniqueos predicaron que en el mundo se libra la lucha constante entre la luz y las tinieblas, entre Dios y el diablo; el mundo circundante es una encarnación del mal y el hombre tiene que contribuir al triunfo de la luz. Los medios para conseguir este objetivo son, según la doctrina maniquea, el ascetismo, el celibato, la negación de las riquezas y de la propiedad privada en general. Ese modo de vida devoto era obligatorio únicamente para los “selectos”, monjes maniqueos, a los que los demás creyentes se sumaban en la vejez.
p El maniqueísmo echó raíces profundas, sobre todo en el imperio bizantino, donde una de sus variedades—el paulicianismo—se mantuvo, a pesar de las persecuciones, incluso en el siglo IX.
p Hemos mencionado sólo algunas de las herejías que desgarraron el cristianismo desde su fase inicial. Bajo la envoltura religiosa se libró la lucha por intereses enteramente materiales de individuos y clases sociales diferentes.
p La jerarquía eclesiástica, cuyos intereses eran idénticos a los de las clases explotadoras, no dejó nunca de combatir furiosamente las herejías.
p Al darse cuenta de que no podían acabar con ellas por los medios pacíficos, los jerarcas clericales se inclinaron cada vez más hacia el empleo de la fuerza.
p Uno de los primeros en argumentar la necesidad del tratamiento violento e incluso exterminio físico de los herejes fue Agustín (354—430), "doctor de la Iglesia”, eminente teólogo cristiano de los tiempos del feudalismo primitivo, erigido por la Iglesia al rango de beato y venerado hasta ahora por los eclesiásticos como autoridad indiscutible en teología.
61p De joven, Agustín profesó el maniqueísmo. Habiendo renunciado después a sus creencias heréticas, luchó enérgicamente contra los donatistas, los arríanos, los maniqueos, los pelagianos y los adeptos de otras herejías, que sacudían el mundo cristiano.
p Los puntos de vista de Agustín sobre los modos de combatir a los herejes pasaron por tres fases. Al principio, trató de convertir a los donatistas y otros apóstatas por medio de la propaganda, de las disputas teológicas. Después recomendó tratarlos con una "severidad atemperada" (tempérala severitas), o sea, aplicarles todo género de represiones, excepto las torturas y la pena capital. Y acabó por exigir el empleo de todos los medios de influencia disponibles, inclusive la tortura y la ejecución, ganando bien merecidamente la “gloria” de haber sido el primer “ideólogo” de la Inquisición.
p Ahora bien, ¿cómo argumentó ese "doctor de la Iglesia" la necesidad de aplicar medidas drásticas a los herejes? Sus argumentos se dividen en eclesiásticos y seglares. Invocando los pasajes arriba citados del Viejo y el Nuevo Testamentos, relativos a las represiones contra los apóstatas, Agustín concluye: el amor cristiano al prójimo obliga no sólo a ayudar al renegado a salvarse a sí mismo, sino también a imponérselo, si no accede voluntariamente a abjurar de sus concepciones perniciosas.
p Según Agustín, los herejes se asemejan a las ovejas perdidas, y los eclesiásticos, a los pastores, que tienen la obligación de retornarlas al rebaño, aunque sea necesario usar del látigo y el palo. No hace falta ejecutar a una oveja perdida, basta con fustigarla para que se corrija.
p Esto no es un castigo extraordinario, pues así castigan los padres a sus hijos indóciles, y los maestros a los alumnos desobedientes; incluso los obispos que presiden tribunales seglares lo aplican a los delincuentes ordinarios [61•18 .
p Es legítimo emplear con este fin las torturas, que sólo causan daño a la carne pecaminosa, "calabozo del alma”, si con ello se logra retornar a un hereje al camino de la verdad.
p Si la doctrina bíblica obliga a castigar a la esposa infiel, con tanto mayor razón debe ser castigado el que reniega de los dogmas eclesiásticos. Según Agustín, no tiene importancia que un hereje abandone su creencia falsa por 62 miedo al castigo, ya que "el amor perfecto acabará por imponerse al miedo”. La Iglesia tiene derecho a obligar por la fuerza a sus hijos pródigos a restituirse al gremio eclesiástico, si ellos mismos obligan a otros a perder sus almas.
p El corolario lógico de semejantes raciocinios es este: mejor es quemar a un hereje que brindarle la posibilidad de "anquilosarse en los errores”. "Ellos (los herejes.—/. G.)
p —concluye Agustín—matan las almas de hombres, mientras que las autoridades sólo torturan sus cuerpos; ellos causan la muerte eterna, y se quejan después cuando las autoridades les hacen sufrir la muerte temporal" [62•19 . De modo que castigar la herejía no es una maldad sino un "acto de amor”.
p Habiendo agotado los argumentos teológicos en favor de su tesis y dudando, al parecer, de su fuerza persuasiva, Agustín pasa a examinar el mismo problema desde el punto de vista pragmático. De la eficacia de una medida se juzga por sus resultados. Aplicar la violencia a los renegados de la Iglesia es ventajoso porque se obtiene el resultado apetecido. La amenaza de torturas y de muerte plantea ante el apóstata una disyuntiva: permanecer en su error, pasar por el "crisol del suplicio" y perder la vida o "ser más inteligente”, abjurar de las falsas doctrinas y volver al seno de la Iglesia. Por último, muchos herejes eluden optar a causa de la indecisión, propia de los hombres en las cuestiones de la creencia, o por miedo al desdén de sus correligionarios. Para decidirse necesitan un impulso, que les dan precisamente los "medicamentos fuertes”, recomendados por el preclaro "doctor de la Iglesia”.
p Los inquisidores medievales justificaban, con alegato fundado en los postulados de Agustín, las torturas y las hogueras. Pero los clericales modernos tratan de lavarle esa mancha negra, la reputación de ser el precursor del Santo Oficio.
p El inglés W. Sparrow-Simpson, uno de los “justificadores” de Agustín, razona así: "Difícilmente se podría ser más antihistórico y más injusto que cuando se representa a Agustín como a un Torquemada prematuro. I amentablemente, es cierto —por doloroso que sea reconocerlo—que su interpretación errónea e infeliz de palabras bíblicas constituyó un precedente mortal y tuvo consecuencias tristes. Pero entre los grandes pensadores, Agustín no fue el único incapaz de prever todas 63 las consecuencias de su doctrina, y—podemos decirlo rotundamente—nadie las condenaría en una forma tan categórica como él mismo" [63•20 .
p Uno puede decir lo que prefiera. Pero la historia de la Inquisición muestra que semejantes “teóricos” muy rara vez renuncian a sus puntos de vista monstruosos, la “práctica” no les da miedo; los sufrimientos de los herejes deleitan el alma de esos devotos, pues consideran que la meta final es todo, y la sangre vertida por su consecución, no es nada...
p Sparrow-Simpson y Cía. lo saben perfectamente. Si se empeñan con tanto celo en cohonestar a Agustín, lo hacen con el único fin de reducir la Inquisición a sus límites medievales, presentarla como un episodio fortuito, aunque lamentable, en la historia de la Iglesia, a pesar de que en realidad, el Santo Oficio fue, hasta fechas muy recientes, un atributo inalienable y permanente de la actividad eclesiástica.
p Agustín no estuvo solo en la prédica de una cruzada contra los herejes. San Jerónimo (hacia 342—420), su coetáneo, exhortó en nombre de la salvación del alma a matar a Vigilancio, presbítero de Aquitania, achacándole la negación del culto a las reliquias de los santos y mártires. Trató de probar que las manifestaciones de celo en la defensa de la "causa de Dios" no son una crueldad, porque el castigo de un pecador es la mejor forma de devoción que conduce, a través de la muerte corporal, a la salvación del alma, a la inmortalidad espiritual.
p Después de aliarse con el poder imperial, la Iglesia cristiana aprovechó su ayuda para aplastar a sus propios rivales (cultos paganos y otros) y la oposición interna ( numerosas corrientes heréticas). Por instigación de los eclesiásticos, el emperador romano Teodosio I (379-395), durante cuyo reinado se concedió al cristianismo el estatuto de religión estatal, prohibió los cultos paganos y secuestró las tierras de los templos paganos a favor de la Iglesia cristiana. Los eclesiásticos agradecidos le confirieron el título de “grande”.
p En 382, Teodosio I suscribió varios edictos sobre la persecución de los maniqueos (y paganos), en virtud de los cuales se les condenaba a la pena capital y se confiscaban 64 sus bienes a favor del Estado. La ley obligaba a los prefectos de los pretorios a nombrar inquisidores (jueces de instrucción) y delatores (agentes secretos) para revelar a los maniqueos ocultos.
p La ley contra los maniqueos fue en cierto modo el prototipo de la futura Inquisición. Por primera vez en la historia del Imperio los adeptos de un culto religioso no estatal fueron considerados como delincuentes de Estado y se estableció un aparato de instrucción secreto, investido de poderes ilimitados para identificarlos y castigarlos.
p Posteriormente, con el surgimiento de la Inquisición, los apologistas clericales invocaron precisamente esta ley para justificar al Santo Oficio.
p Después del traslado de la capital del Imperio a Constantinopla (en 330), Italia fue transformándose en periferia occidental del mismo. Las tribus belicosas que afluían desde las profundidades de Europa aspiraron a saquearla y a someterla a su diminio. Ansiaron llegar hasta Roma y apoderarse de sus riquezas fabulosas. El Imperio no disponía ya de las fuerzas armadas suficientes para proteger la Ciudad Eterna contra las incursiones de hordas bárbaras. El obispo de Roma (Papa) asumió poco a poco el poder político y económico, convirtiéndose por tanto en primer magistrado de la ciudad. El hecho de que el emperador se encontrara en la lejana Constantinopla y de que fuera cada vez más difícil comunicarse con ella (el viaje entre la antigua capital y la nueva duraba tres meses), así como la división definitiva del Estado en Imperio Romano de Oriente (Bizancio) e Imperio Romano de Occidente, realizada en 395, beneficiaron al Papa de Roma. Cuando los bárbaros se acercaban a sus muros, el Papa iniciaba las negociaciones para “apaciguarlos”. (No obstante, los bárbaros tomaron dos veces Roma, en 410 y 452, saqueándola y devastándola.)
p El prestigio y la posición del obispo de Roma (Papa) se reforzaron todavía más a fines del siglo V, cuando dejó de subsistir el Imperio Romano de Occidente. Los bárbaros que se habían adueñado de él adoptaron la religión de los vencidos. No tenían en estima al emperador, sino al Papa de Roma. Clodoveo (481—511), rey de los francos, abrazó el cristianismo y se proclamó defensor de la Iglesia romana. Pero hicieron falta dos siglos y medio más para que el Papa agregara a su tiara eclesiástica la corona de gobernador secular. Esto sucedió en 756; entonces el rey franco Pipino el Breve (741— 65 768), coronado por el Papa Esteban III en 754, después de derrotar a los langobardos le entregó a éste las tierras conquistadas: casi todas las regiones del Norte y el centro de Italia (incluyendo Venecia, Parma y Mantua) y la isla Córcega. De modo que el Papa poseía ya una parte considerable de Italia, Sicilia y extensos macizos de tierra en España.
p El ascenso del Papado coincidió con el aplastamiento de los adopcionistas, la última herejía del período inicial de la Edad Media, surgida en el siglo VIII en España. Los adopcionistas afirmaron que Jesucristo por su naturaleza humana era hijo de Dios sólo por adopción. El concilio convocado por el Papa León III en Roma anatematizó a los adeptos de esa herejía, que pronto dejó de subsistir.
p En el feudalismo, la Iglesia de los países de Europa Occidental adquirió un poder inmenso y riquezas incalculables, pasando a ser, como dijo Engels, la síntesis y la sanción más generales del régimen feudal existente [65•21 . Grandes señores feudales eran al mismo tiempo jerarcas eclesiásticos, y viceversa. Toda la vida intelectual de la sociedad estuvo sujeta al control de la Iglesia.
p Las aspiraciones oposicionistas e igualitarias manifestadas en las herejías de los siglos IV y V se encontraban ahora en el lecho de Procusto del movimiento monacal, del ascetismo anacorético y de la renuncia a influir activamente en el mundo circundante. A los ojos de las masas campesinas, las férreas tenazas del avasallamiento feudal se presentaban como algo eterno e inmutable. La única salida y la única esperanza era huir a un mundo distinto, al mundo místico de los sueños e ilusiones religiosos.
El feudalismo que se había afianzado con la bendición de la Iglesia y con su participación directa, tuvo por base, lo mismo que el régimen esclavista precedente, el sojuzgamiento y la explotación de las masas populares. Posteriormente, cuando surgieran en las entrañas del feudalismo las nuevas relaciones sociales, y las masas populares del campo y la ciudad, salidas de su letargo secular, se pusieran de nuevo en movimiento, su ira estaría enfilada en primer lugar contra el clero—los obispos, abades y monjes, que vivían holgadamente a expensas del pueblo, consagraban el yugo social y estaban enlodados en los vicios—, contra la nueva Babilonia, 66 la Roma católica, y contra el nuevo Anticristo, el Papa. Entonces surgirían nuevas herejías, y para combatirlas se establecería la “santa” Inquisición...
Notes
[51•1] J. de Maistre. Considérations sur la Frunce: Suivi de l’Essai sur ¡e principe générateur des constitutions pnlitit/ites, et des Lettres a un gentühomme russe sur ¡’Inquisition expugnóle, p. 285.
[53•2] Biblia. Nuevo Testamento. Evangelio según San Mateo, cap. 16, verso 28.
[53•3] Biblia. Nuevo Testamento. Los Hechos de los Apóstoles, cap. 1, verso 7.
[53•4] Biblia. Nuevo Testamento. Evangelio segú o’an Juan, cap. 15, verso 6.
[54•5] Biblia. Nuevo Testamento. Segunda Epístola de San Pedro, cap. 2, verso 1.
[54•6] Ibíd., cap. 2, verso 10.
[54•7] Ibíd., verso 17.
[54•8] Biblia. Nuevo Testamento. Epístola Católica de San Judas, verso 8.
[54•9] Biblia. Nuevo Testamento. Epístola de San Pablo a los Gálatas, cap. 1, verso 8.
[54•10] Biblia. Nuevo Testamento. Epístola Primera de San Pablo a Timoteo, cap. 4, verso 3.
[55•11] Biblia. Nuevo Testamento. Epístola Segunda de San Pablo a Timoteo, cap. 4, versos 3 y 4.
[55•12] Ibíd., versos 2 y 5.
[55•13] F. Engels. Bruno Bauer y el cristianismo primitivo. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 19, p. 314.
[55•14] Véase P. Z. Kozik. Bases sociales del sectarismo cristiano de los siglos II y III. Kazan, 1966, p. 332.
[56•15] Obras de San Ireneo, obispo de Lyon. M., 1871, p. 645.
[56•16] Ibíd., p. 646.
[59•17] Véase A. B. Ranóvich. Acerca del cristianismo primitivo. M., 1959, p. 451; G. G. Diliguenski. El Norte de África en los siglos IV y V. M., 1961, p. 233.
[61•18] E. Vacandard. The Inquisition..., p. 13.
[62•19] Ibíd., p. 15.
[63•20] W. J. Sparrow-Simpson. The Letters of St. Auvustine. London, 1919, pp. 113-114.
[65•21] Véase F. Engels. La guerra campesina en Alemania. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 7, p. 361.
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