p Para extirpar a los apóstatas era necesario ante todo revelarlos. En la primera mitad del siglo XIII, cuando la Inquisición empezaba la actividad represiva, buscar herejes no fue nada difícil, ya que los cataros, los valdenses y otros heterodoxos no disimulaban sus creencias y se oponían abiertamente a la Iglesia oficial. Pero tras las ejecuciones en masa de albigenses y las degollinas análogas de que cayeron víctimas los adeptos de las doctrinas heréticas en el Norte de Francia e Italia y en las tierras del Sacro Imperio Romano Germánico, los herejes se vieron constreñidos a ocultar sus convicciones e incluso a observar los ritos católicos. Hablando en el lenguaje moderno, pasaron a la clandestinidad. La tarea de los servidores del Santo Oficio se complicó. Ahora no les era tan fácil identificar a los enemigos de la Iglesia disfrazados de ortodoxos, y hasta de católicos celosos. Sin embargo, con el transcurso del tiempo los inquisidores y sus colaboradores adquirieron los hábitos de pesquisa, se dieron maña, acumularon la experiencia necesaria para descubrir a sus enemigos, estudiaron sus costumbres y los procedimientos que empleaban para ocultar su actividad al ojo avizor de los fanáticos clericales.
p Naturalmente que para exigir responsabilidad a alguien se necesitaban razones. En los asuntos de la fe servía de tal razón la acusación que uno lanzaba contra otro imputándole la profesión de una herejía, la simpatía con los herejes o la ayuda a los mismos.
p ¿Quiénes formulaban tales acusaciones y en qué circunstancias? Supongamos que se decidía enviar un inquisidor a 115 cierta región donde, según los datos disponibles, los herejes tenían mucha influencia. En este caso, el inquisidor avisaba al obispo local del día de’ su llegada para que se le dispensase el correspondiente recibimiento suntuoso, se preparase una residencia digna de su rango y se nombrara el personal auxiliar. En el mismo aviso pedía la celebración, con motivo de su llegada, de un servicio divino solemne, asegurando la presencia de todos los feligreses con la promesa de conceder indulgencia a todos los presentes. En el curso de ese servicio, el inquisidor, después de ser presentado por el obispo, pronunciaba un sermón en el que explicaba el objetivo de su misión y exigía que todo el que conociera algo de los herejes se lo comunicara en el curso de 6 ó 10 días. El ocultamiento de datos concernientes a herejes y la negativa a colaborar con la Inquisición se castigaban automáticamente con la excomunión; el único autorizado para anularla era el propio inquisidor, que lo hacía sólo si el culpable le prestaba servicios considerables.
p Por el contrario, el que acudía en el plazo fijado al inquisidor para informarle de herejes, era recompensado con una indulgencia válida por tres años.
p En el mismo sermón se daban a conocer a los creyentes los rasgos distintivos de varias herejías, los indicios que podían revelar a los herejes, los ardides empleados por éstos para adormecer la vigilancia de los perseguidores y, por último, las modalidades de la denuncia o su forma. Los inquisidores preferían que el delator les presentase su información personalmente, prometiendo guardar su nombre en secreto, esto tenía cierta importancia, porque, especialmente en los períodos de gran actividad del Santo Oficio, el delator corría el peligro de ser asesinado por los parientes o amigos de la víctima.
p La triste fama adquirida por la Inquisición creó en la población aterrorizada una atmósfera de miedo e inseguridad, que originaba una ola de denuncias, basadas casi todas en infundios y sospechas absurdas y ridiculas. Las gentes se apresuraban a “confesarse” ante el inquisidor, ante todo para preservarse de las acusaciones de herejía. Muchos trataban de aprovechar esta ocasión con fines de venganza, de ajuste de cuentas con sus adversarios o rivales. Se mostraban particularmente celosos los delatores movidos por el afán de lucro, de obtener parte de los bienes del hereje 116 denunciado. También había muchas denuncias anónimas, que los inquisidores no dejaban de tomar en consideración.
p En los lugares donde echaba raíces la Inquisición, convirtiéndose en tribunal permanente, la absolución de los pecados iba acompañada por la exigencia de denunciar a los enemigos de la Iglesia. En España, las denuncias llovían sobre todo en el período de comuniones de Pascua, a las que se admitían únicamente aquellos que se hubieran confesado y librado de sus pecados mediante la entrega de herejes o sospechosos de herejía. "Esa epidemia de denuncias—dice J. A. Llórente—fue consecuencia de la lectura de los mandamientos, que se hacía durante dos domingos de la cuaresma en las iglesias. El primero obligaba a denunciar en el plazo de seis días so pena de pecado mortal y de excomunión mayor a quienes hubieran pecado contra la fe o la Inquisición. El otro declaraba anatematizados a los que habían dejado pasar ese tiempo sin presentarse en el tribunal para hacer su declaración, y todos los refractarios padecían censuras canónicas horribles...” [116•9 .
p Los párrocos y los monjes estaban obligados a su vez a informar a los inquisidores de todos los sospechosos de herejía; el confesinario sirvió de fuente inagotable de semejantes denuncias. El mismo celo se requería a las autoridades seculares.
p La Inquisición dividía a los delatores en dos categorías: autores de acusaciones concretas de herejía y denunciadores de sospechosos de herejía. La diferencia consistía en que los primeros debían probar la acusación, porque de lo contrario podían ser castigados como testigos falsos; los segundos no corrían ese peligro: obedeciendo a su deber de hijos fíeles de la Iglesia, sólo comunicaban sus sospechas sin aquilatarlas. De su enjuiciamiento se preocupaba la Inquisición al decidir si convenía incoar una causa en base a esas sospechas o dejarlas sin consecuencias por algún tiempo. Si el delator se retractaba, a favor del acusado, de sus propias declaraciones, se tomaban en consideración únicamente sus deposiciones anteriores hostiles al presunto hereje.
p Legalmente, podían ser delatores (o acusados) hombres y mujeres a partir de 14 y de 12 años respectivamente, pero 117 en realidad se admitían las deposiciones de niños de menor edad, y se permitía también acusarlos de herejía. Lo mismo que a un niño, se podía requerir responsabilidad y torturar a una embarazada o una anciana decrépita.
p Además de esas fuentes hubo una más, que alimentaba de “causas” el vientre insaciable del “santo” tribunal: las obras artísticas, filosóficas, políticas y otras en que se expresaban pensamientos e ideas “sediciosos”. La falta de correspondencia entre esas obras y los principios de la ortodoxia católica se consideraba como una razón más que suficiente para poner a sus autores a disposición de los tribunales. Eran perseguidos, interrogados, torturados, condenados y, muy a menudo, quemados (sirva de ejemplo la suerte de Giordano Bruno).
p Lo más precioso y más deseable no era captar a un hereje con la ayuda de terceras personas, sino conseguir que él mismo compareciera voluntariamente ante el tribunal inquisitorio para reconocer y abjurar sus convicciones erróneas, condenarlas y, en prueba de su sinceridad, delatar a todos sus correligionarios conocidos, partidarios y amigos.
p Con este fin se recurría a medios tan probados como el miedo, la intimidación, las amenazas, el terrorismo. Al llamar a los creyentes a denunciar a los apóstatas, el inquisidor anunciaba que les concedía a estos últimos un "plazo de misericordia" (de 15 a 30 días). El hereje que durante este período se presentaba voluntariamente en la Inquisición, abdicaba la herejía en favor de la Iglesia Católica y delataba a sus cómplices podía quedar con vida y, a veces, guardar su fortuna. Es cierto que si era muy rico, la Inquisición lo dejaba desnudo, diciendo que no se había arrepentido por el imperativo de la conciencia, sino por consideraciones “ruines”: el miedo a la revelación o el deseo de engañar a la Iglesia con una confesión no sincera para evitar la confiscación de los bienes. De todos modos, nunca faltaron los débiles y cobardes dispuestos a reconocer voluntariamente sus propios pecados y a acusar en vano a sus parientes, amigos y conocidos, con tal de salir bien parados, salvarse la vida y la fortuna.
p “Es fácil imaginarse—se lee en la obra de H. Ch. Lea— el horror que se producía en una comunidad cuando llegaba de súbito un inquisidor y hacía su proclamación. Nadie podía saber qué clase de historias estaban circulando acerca de él mismo y qué cosas el fanatismo celoso o la enemistad 118 personal podrían exagerar y poner en conocimiento del inquisidor; en este caso, el ortodoxo y el hereje sufrirían de manera igual... El propenso a la herejía experimentaba una congoja cada día más insoportable al pensar que una u otra palabra descuidada suya pudo haber sido retenida y revelada ahora por alguien de sus allegados más próximos y caros; acababa por ceder y d lataba a otros para no ser delatado él mismo. Gregorio IX se jactó de que en tales casos, padres denunciaban a sus hijos, e hijos a sus padres; maridos a sus mujeres, y mujeres a sus maridos. Podemos seguramente dar crédito a Bernard Gui cuando dice que cada revelación daba lugar a otras hasta que se formaba una extensa red invisible, y que las numerosas confiscaciones que de ello se desprendan desempeñaron también un pap’-l no desdeñable" [118•10 .
Una vez puesta en marcha, la máquina de la Inquisición no pudo funcionar en vacío sin socavar su propia estructura. A semejanza del Moloc insaciable exigió más y más sangre, que le suministraban los herejes auténticos o imentados por ella misma.
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