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JUECES
 

p Veamos ahora cómo estaba estructurado ese mecanismo, diabólico por su astucia y crueldad, denominado Inquisic-ón. Según H. Ch. Lea, "La Inquisición tenía una estructura tan sencilla como racional para la consecución de su objetivo. No se propuso sorprender las mentes con el brillo exterior: las paralizó con el terror"  [107•3 .

p El jefe supremo de la Inquisición fue el Papa. Al vicario de Dios en la tierra, precisamente, servio y se subordinó esa máquina, creada y bendecida por la Iglesia.

p Como reconoce el historiador clerical Shannon, "los monjes e inquisidores, aunque designados para esos cargos por sus jefes inmediatos, en el aspecto jurídico dependieron directamente de los papas. Pero el tribunal inquisitorio en tanto que juicio sumar’simo estuvo exento de la censura o control por parte de los nuncios del Papa y de los jefes de las órdenes monacales que nombraban inquisidores"   [107•4 . Shannon sugiere que el Papado tenía razón para investir a los tribunales inquisitorios con derechos y poderes ilimitados, ya que así se pudo "combatir rápida y enérgicamente lo considerado como el mal religioso y social más virulento”.

p Incluso en países como España y Portugal, donde la Inquisición dependía directamente del poder real, las acciones criminales de aquélla hubieran sido inconcebibles sin el visto bueno de la Santa Sede. Por supuesto que de no haber coincidido esas acciones con los intereses y la orientación política del Papado, de haber estado en pugna con ellos, los papas no habrían dejado de anunciarlo públicamente. Pero los sumos pontífices no expresaron nunca semejantes protestas. Es más, Roma aprobó siempre, explícita o implícitamente, la actividad de las inquisiciones española y portuguesa y no emprendió ni una sola gestión en defensa de sus numerosas víctimas. Si la Inquisición cejaba a veces en su cruenta labor, no lo hacía generalmente por voluntad de los papas sino a pesar de ellos.

p Él Papado engendró la Inquisición, pero también habría podido “matarla” si lo hubiera deseado. Los pontífices de Roma, que habían creado ese monstruo, no tenían la menor 108 intención de desembarazarse de él: el “santo” tribunal, cuya actividad represiva simplificaba en extremo las relaciones de la Iglesia con sus “ovejas”, demostró ser sumamente cómodo y útil para ellos.

p Sin embargo, esa misma actividad tenía un reverso muy peligroso para la Iglesia. Esta lograba imponerse a sus adversarios, pero quedaba a la zaga de la vida. Sus victorias, aparentemente demostrativas de poderío y superioridad, fueron una peligrosa ilusión, porque en lugar de resolver las contradicciones inmanentes del organismo eclesiástico, las soterraban en sus entrañas. Esas contradicciones venían acumulándose y prepararon una explosión atronadora: la herejía protestante, más cargada de amenazas para la Iglesia que la "revolución herética" del siglo XIII.

p Los inquisidores eran designados por el Papa y se subordinaban únicamente a él. Pero la dirección de innumerables inquisidores dispersos por los países cristianos, que a partir de mediados del siglo XIII inundaban Roma con sus informes y pidiendo instrucciones, implicaba muchas dificultades. Urbano IV (1261—1264) trató de vencerlas al nombrar inquisidor general al cardenal Gaetano Orsini, allegado suyo, y encomendarle todos los asuntos corrientes ligados con la actividad de la Inquisición en diversos países y regiones. El poder colosal que suponía este cargo permitió a Orsini conseguir con bastante facilidad, después de la muerte de Urbano IV, que se le eligiera Papa. Tomó el nombre de Nicolás III (1277—1280) y elevó al rango de inquisidor general a su sobrino, el cardenal Latino Malebranca, con la intención de que le sucedi.ra en la Santa Sode. Esto provocó un vho descontento de los cardenales, que hicieron fracasar en el cónclave la cand datura de Malebranca. Después de su muerte, el puesto de inquisidor general quedó vacante. Sólo estuvo ocupado una vez más, en tiempos de Clemente VI (1342-1352).

p Bajo la presión de los cardenales contendientes, el Papado suprimió ese cargo, que ofrecía un poder exorbitante al jerarca eclesiástico que lo desempeñara. Posteriormente, la actividad de los inquisidores estuvo subordinada a diversos establecimientos de la curia romana. Con el surgimiento de la herejía protestante, el Papado creó en el sistema curial una institución destinada a encabezar la lucha contra la herejía en escala ecuménica. Nos referimos a la Cong’egación de la Inquisición romana y universal, fundada por el Papa Pablo III 109 en 1542, que no tardó en pasar al primer lugar, tanto por su rango como por su significación e influencia efectivas, entre las congregaciones existentes en el sistema de la curia romana.

p ¿Quiénes fueron los inquisidores? ¿Qué cualidades tenían desde el punto de vista humano y eclesiástico? Se los reclutaba principalmente entre los dominicos y los franciscanos, pero también había inquisidores procedentes de otras órdenes monacales, sacerdotes e incluso legos. Clemente V (1305—1314) fijó en 40 años la edad mínima necesaria para ese cargo; sin embargo, lo desempeñaron a veces hombres más jóvenes. Por regla general, fueron unos fanáticos y arribistas enérgicos, astutos, crueles, vanidosos y ávidos de bienes mundanos. Por su origen presentaban una gran variedad. El dominico Roberto, un cátaro arrepentido conocido con el nombre de Roberto el Bougre, en 1233 fue nombrado inquisidor de la región de Loira, donde dio muestras de una ferocidad extraor-

p inaria. Al cabo de dos años fue promovido a un cargo superior, encomendándosele la Inquisición en toda Francia excepto sus provincias meridionales. Con las ejecuciones en masa y los saqueos ganó el apodo de "martillo antiherético”. Las fechorías perpetradas por El Bougre amenazaron con provocar una insurrección general en Francia. En tales circunstancias, el Papa se vio precisado a destituirlo. El Bougre fue detenido y condenado a cadena perpetua. En la historia de la Inquisición es el único caso en que las autoridades eclesiásticas castigaron a un inquisidor por sus crímenes. Hubo casos en que la propia población ajustaba las cuentas a los inquisidores. En 1227 fue nombrado inquisidor en Alemania el caballero Conrado de Marburgo. Ese monstruo se ensañó durante seis años, hasta que cayera asesinado por los parientes de una de sus numerosas víctimas.

p Corrió la misma suerte, en 1252, el implacable dominico Pedro de Verona, inquisidor del Norte de Italia en 1232, en cuya conciencia pesaban miles de vidas perdidas. La Iglesia lo proclamó "emperador de los mártires”; fue erigido al rango de santo y considerado, junto con Santo Domingo, como protector milagroso de los verdugos de la Inquisición. El dominico Bernard Gui se hizo inquisidor en Tolosa en 1306, cuando tenía 46 años. Pasó a la historia como “ teórico” de la Inquisición; se le debe un manual para inquisidores en el que recomienda usar en los interrogatorios varios procedimientos astutos para obligar al acusado a reconocer su culpa.

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p Nicolás Eymerico, también dominico y español de nacimiento, desempeñó, las funciones de inquisidor en Tarragona en la segunda mitad del siglo XIV. Ese continuador celoso de Tomás de Aquino compuso 37 tratados teológicos, entre ellos un vademécum (Directorium Inquisitorum) en el que describía detalladamente toda clase de herejías y daba consejos prácticos a sus colegas de profesión, sobre los modos de buscar, interrogar, torturar y ejecutar a los herejes.

p Pero a todos los verdugos eclesiásticos los eclipsó, en cuanto a crueldad, el inquisidor general español Tomás de Torquemada, que durante los 18 años de su “trabajo” (1480— 1498) hizo más de 100.000 víctimas entre los quemados vivos o en efigie y castigados con el auto de fe (obligación de llevar el sambenito en señal de infamia, confiscación de los bienes, cadena perpetua y otras penas)  [110•5 .

p Los inquisidores estaban investidos de poderes ilimitados. Nadie, excepto el Papa, podía excomulgarlos por el crimen de prevaricato. Ni aun los nuncios apostólicos se atrevían a destituirlos, aunque fuera temporalmente, sin la autorización especial de la Santa Sede.

p En 1245, Inocencio IV otorgó a los inquisidores el derecho de perdonarse mutuamente, así como el de absolver a sus subordinados, por las faltas relacionadas con su actividad “ profesional”. Estaban exentos de la obediencia a sus jefes en la orden monacal y podían presentarse en Roma cuando lo considerasen necesario para informar al Papa.

p Según el derecho canónico, todo el que pusiera obstáculos a la actvidad del inquisidor o incitase a hacerlo a otros, corría el peligro de excomunión. "El tremendo poder concedido de este modo al inquisidor—dice H. Ch. Lea—se tornaba aún más terrible en virtud del carácter elástico de la definición dada al crimen de oposición al Santo Oficio, y de la tenacidad implacable con que se perseguía a los culpables de ese crimen. Si la muerte ponía a salvo a un acusado, la Inquisición no se olvidaba de él descargando la ira sobre sus hijos y nietos"  [110•6 .

p En virtud de todo ello los inquisidores tenían un poder superior al ejercido por los obispos, aunque entre estos últimos hubo también no pocos fervorosos perseguidores de la herejía. El Papa llamaba "hermano mío" al obispo, e "hijo mío" 111 al inquisidor. De suerte que el inquisidor era en cierto modo sobrino del obispo. Pero el caso es que a esos “sobrinos” se les confirió un poder amplísimo sobre los creyentes, poder que el obispo de antes no habría podido siquiera imaginar.

p Sin embargo, por seductoras que fueran las prerrogativas del inquisidor investido del poder sobre los hombres, y grandes las ventajas materiales que le daba su oficio de verdugo, el obispado prometía más honores y beneficios y, sobre todo, era una sinecura vitalicia; en cambio, los inquisidores se sucedían en su cargo junto con los papas que debido a su avanzada edad no se detenían por mucho tiempo en la Santa Sede. Además, el ser inquisidor implicaba no pocas molestias y, a veces, peligros; esto se refiere especialmente al período inicial de la Inquisición, en el que abundaron los atentados contra sus servidores. En definitiva, casi todos los inquisidores soñaron con obtener la cátedra episcopal.

p Los inquisidores actuaban en estrecho contacto con el obispo local, que consagraba con su prestigio la actividad represiva de aquéllos. Por autorización del obispo y en su presencia se aplicaban torturas y se pronunciaban sentencias. Si los inquisidores tenían mucho trabajo, la orden monacal correspondiente les ofrecía ayudantes, que se empleaban como adjuntos. El inquisidor estaba facultado también para nombrar comisarios o vicarios en otras ciudades de su distrito, los que acechaban y detenían a los sospechosos de herejía, los interrogaban, los sometían a tortura e incluso pronunciaban sentencias.

p Desde el siglo XIV, para ayudar a los inquisidores se nombró a expertos jurídicos (calificadores), que por regla general formaban parte del clero. Su misión era formular las acusaciones y sentencias de manera que no estuvieran en pugna con la legislación civil.

p En rigor, los calificadores servían de pantalla para los desafueros de la Inquisición, encubriendo con su prestigio jurídico los crímenes de ésta. Estaban impedidos de examinar la causa del procesado; se les entregaba únicamente un breve resumen de las declaraciones hechas por él y por los testigos, en el que figuraban a menudo personas anónimas para que los “expertos” pudieran emitir un dictamen más objetivo. Pero en realidad, lo que querían los inquisidores era ocultar los nombres de los delatores, así como las torturas y otros crímenes del Santo Oficio. Los calificadores determinaban si las manifestaciones atribuidas a los acusados eran heréticas, u 112 “olían" a herejía, o bien podían desembocar en la herejía. Congruentemente, tenían que establecer si el autor de las manifestaciones era hereje o se debía solamente sospecharlo de ese crimen, y en qué grado. El dictamen de los calificadores decidía la suerte del procesado.

p Aun cuando los calificadores hubieran querido emitir un juicio objetivo sobre uno u otro asunto, no lo habrían podido porque dependían enteramente del inquisidor. En realidad, eran empleados asalariados del tribunal inquisitorio, pertenecían a la misma orden que el inquisidor, obedecían sin reservas la voluntad de éste y escribían todas las conclusiones a su dictado. Esos hombres, denominados boni viri (varones buenos), se comportaban como cómplices de los verdugos de la Inquisición. No obstante, los historiadores eclesiásticos tratan de presentarlos nada menos que como prototipo de jurados contemporáneos. Así opina también E. Vacandard. Reconoce que la institución de expertos fundada por los papas no daba buenos resultados. Sin embargo, agrega en seguida: "De todos modos tenemos que admitir, a fuer de justos, que lo papas hicieron cuanto pudieron para proteger los tribunales de la Inquisición contra las acciones arbitrarias de algunos jueces, prescribiendo a los inquisidores aconsejarse con los boni viri y con el obispo"   [112•7 . La “nobleza” de los papas es verdaderamente admirable: ¡engendraron a un monstruo (tribunal inquisitorio) y trataron de convertirlo (sin resultado, por cierto) en dechado de justicia y piedad!

p Los inquisidores fueron acusados, desde el comienzo mismo de su actividad, de aprovechar la falta absoluta de control para falsear las declaraciones de los detenidos y testigos.

p En vista de esas acusaciones, los papas introdujeron en el sistema inquisitorio a personajes nuevos: el notario y los testigos de vista (que presenciaban los interrogatorios), supuestamente para contribuir a la imparcialidad del procesamiento.

p El notario refrendaba con su firma las declaraciones de los acusados y testigos, y lo mismo hacían los testigos de vista. Con ello se daban a la instrucción visos de legalidad e imparcialidad. El notario pertenecía por lo común al clero; su cargo fue aprobado por el Papa, pero el salario se lo pagaba el inquisidor. En calidad de testigos de vista 113 (IAX °I6!S) eweujaiv ua sefmq ap emano ’ei/e}/ ua 03eiqn§ ap cisa/6/ e/ ap ossaj-j otiuiwoQ ojues A ni oi3uaoou| ede¿ 13 actuaban frecuentemente los monjes de la Orden Dominica, que se encargaba de la Inquisición. Como todos los colaboradores del “santo” tribunal, estaban obligados, so pena de castigos severos, a guardar en secreto cuanto conocían de la actividad del mismo. Así pues, dependiendo enteramente de la voluntad del inquisidor el notario y los testigos de vista sellaban con su firma cualquier documento fabricado por la Inquisición.

p Otras figuras importantes del aparato inquisitorio fueron el fiscal, el médico y el verdugo. El fiscal (monje al servicio de la Inquisición) hacía de acusador. El médico se encargaba de impedir que el acusado expirase “ prematuramente” por efecto de la tortura; dependió enteramente de la Inquisición y, en realidad, fue asistente del verdugo, cuyo “arte” predeterminaba a menudo el desenlace de la instrucción. El papel de verdugo no necesita comentario.

p Además de ese aparato rector del tribunal, hubo otro auxiliar compuesto de los “familiares” de la Inquisición: delatores secretos, carceleros, servidores y otro personal de servicio. Los delatores, echadizos y espías se reclutaban en varias capas de la sociedad; los había en el séquito del rey, entre los pintores y poetas, comerciantes y militares, nobles y plebeyos. También fueron considerados “familiares” los aristócratas y ciudadanos venerables que participaban en el auto de fe. Su misión consistía en convencer a los penitenciados de que debían reconocer públicamente sus pecados, confesarse y reconciliarse con la Iglesia. Además, acompañaban a las víctimas de la Inquisición hasta la hoguera, ayudaban a encenderla, metían leña en las llamas. Ese “honor” se concedía únicamente a los parroquianos más dignos y eméritos. Los colaboradores voluntarios de la Inquisición se contaban por centenares.

p Los “familiares”, como todos los servidores del Santo Oficio, gozaron de impunidad. Además, estaban autorizados para llevar armas y no eran sujetos a la jurisdicción seglar ni a la eclesiástica. Toda ofensa a los servidores de la Inquisición se consideraba como tentativa de obstaculizar su trabajo y acción propicia para la herejía. Como señala H. Ch. Lea, los “familiares” se encontraban de este modo en condiciones de privilegio y podían tiranizar a su antojo a la población indefensa; es fácil imaginarse las extorsiones que practicaron amenazando con la detención o la acusación, en la época en que caer en las manos de la Inquisición era la 114 mayor desgracia tanto para un ortodoxo como para un hereje  [114•8 . En las localidades rurales hacía de sabueso el párroco, con la ayuda de dos asistentes legos.

La Inquisición se presentaba como órgano máximo del Estado, al que debían obedecer todas las autoridades seglares y eclesiásticas. Cualquier demora en el cumplimiento de las órdenes de aquélla o la resistencia a su actividad amenazaban con la hoguera al culpable.

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Notes

[107•3]   H. Ch Lea. A History of the Inquisition of Ihe Mídale Ages..., p. 369.

[107•4]   A. C. Shannon. The Popes and Heresv..., p. 30.

[110•5]   J. A. Llórente. Hisíoirc critique de l’lnquisition d’Espagne..., t. I, pp. 279-280.

[110•6]   H. Ch. Lea. A Hislorv of the Inquisition of the Middle Ages..., p. 349.

[112•7]   E. Vacandard. The Inquisition..., p. 101.

[114•8]   Véase H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. I, p. 381.