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4. CRITICA DEL PROYECTO DE PROGRAMA DE ERFURT
 

p La crítica del proyecto de Programa de Erfurt’ 2:i, enviada por Engels a Kautsky el 29 de junio de 1891 y publicada sólo diez años después en Neue Zeit, no puede pasarse por alto en un análisis de la doctrina del marxismo acerca del Estado, pues está consagrada de modo principal a criticar precisamente las concepciones oportunistas de la socialdemocracia en cuanto a la organización del Estado.

p Señalemos de pasada que Engels hace también una valiosísima indicación acerca de los problemas económicos; una indicación que 343 demuestra con qué atención y perspicacia observaba precisamente los cambios que se iban produciendo en el capitalismo moderno y cómo supo, por ello, prever hasta cierto punto las tareas de nuestra época, de la época imperialista. En la indicación a que nos referirnos, Engels escribe a propósito de las palabras "ausencia de plan" (Planlosigkeit), empleadas en el proyecto de programa para definir el capitalismo:

p “...Si pasamos de las sociedades anónimas a los trusts, que someten y monopolizan ramas enteras de la industria, no se trata ya sólo de que se acaba aquí la producción privada, sino también la ausencia de plan" (Neue Zeit, año 20, t. 1, 1901-1902, pág. 8).

p Aquí se expone lo más fundamental de la apreciación teórica del capitalismo moderno, es decir, del imperialismo: que el capitalismo se transforma en capitalismo monopolista. Conviene subrayar esto, pues la afirmación reformista burguesa de que el capitalismo monopolista de Estado no es ya capitalismo, que puede llamarse ya "socialismo de Estado”, y otras cosas por el estilo, es el error más difundido. Naturalmente, los trusts no proporcionan, no han proporcionado hasta ahora ni pueden proporcionar una planificación completa. Pero por cuanto son ellos los que trazan los planes, por cuanto son los magnates del capital quienes calculan de antemano el volumen de la producción a escala nacional o incluso internacional, por cuanto son ellos quienes regulan la producción con arreglo a planes, seguimos, a pesar de todo, en el capitalismo. Cierto que en una nueva fase suya, pero, indudablemente, en el capitalismo. La “proximidad” de tal capitalismo al socialismo debe constituir, para los verdaderos representantes del proletariado, un argumento a favor de la cercanía, la facilidad, la viabilidad y la urgencia de la revolución socialista; pero, de ninguna manera, un argumento que justifique la tolerancia con quienes niegan esta revolución y con quienes embellecen el capitalismo, como hacen todos los reformistas.

p Pero volvamos al problema del Estado. Las indicaciones, especialmente valiosas, que hace aquí Engels son de tres tipos: primero, las que se refieren a la república; segundo, las que afectan a la relación entre el problema nacional y la estructura del Estado; y tercero, las que conciernen a la autonomía administrativa local.

p En lo que respecta a la república, Engels hizo de esto el centro de gravedad de su crítica del proyecto de Programa de Erfurt. Si recordamos la importancia que adquirió el Programa de Erfurt para toda la socialdemocracia internacional, convirtiéndose en modelo 344 para la II Internacional entera, podremos decir sin exageración que Engels critica aquí el oportunismo de toda la II Internacional.

p “Las reivindicaciones políticas del proyecto—afirma Engels—tienen un gran defecto. No dicen (subrayado por Engels) lo que precisamente debían decir".

p Y más adelante se aclara que la Constitución alemana es, en rigor, una copia de la Constitución de 1850, reaccionaria en extremo; que el Reichstag, según la expresión de Guillermo Liebknecht, no es más que "la hoja de parra del absolutismo" y que constituye "un absurdo evidente" querer realizar "la transformación de todos los instrumentos de trabajo en propiedad común”, basándose en una Constitución que legali/.a los pequeños Estados y la federación de los pequeños Estados alemanes.

p “Pero sería peligroso tocar ese tema”, añade Engels, quien sabe muy bien que en Alemania no se puede incluir legalmente en el programa la reivindicación de la república. Sin embargo, Engels no se resigna lisa y llanamente con esta evidente consideración, que satisface a “todos”. Y prosigue: "No obstante, sea como fuere, las cosas deben ponerse en marcha. Hasta qué punto es necesario eso, lo prueba precisamente ahora el oportunismo que comienza a propagarse (einreissende) en una gran parte de la prensa socialdemócrata. Por temor a un restablecimiento de la Ley contra los socialistas, o recordando ciertas opiniones emitidas prematuramente en el período de vigencia de dicha ley, se quiere ahora que el partido reconozca el orden legal vigente en Alemania suficiente para el cumplimiento pacífico de todas sus reivindicaciones..."

p Engels destaca a primer plano el hecho fundamental de que los soc ialdemóc ratas alemanes obraban por temor a que se restableciese la Ley de excepción I-M, y califica esto, sin rodeos, de oportunismo, declarando absurdos por completo los sueños con una vía "pacífica”, precisamente por no existir en Alemania ni república ni libertad. Engels es lo bastante cauto para no atarse las manos. Reconoce que en países con república o con una libertad muy grande "cabe imaginarse" (¡sólo “imaginarse”!) un desarrollo pacífico hacia el socialismo; pero en Alemania, repite,

p “...en Alemania, donde el gobierno es casi omnipotente, donde el Reichstag y todas las demás instituciones 345 representativas carecen de poder efectivo; proclamar en Alemania tales cosas y, además, sin necesidad, significa quitar la hoja de parra al absolutismo y colocarse uno mismo para encubrir la desnudez..."

p Y en efecto, los jefes oficiales del Partido Socialdemócrata Alemán, que "archivó" estas indicaciones, resultaron ser, en su inmensa mayoría, encubridores del absolutismo.

p “...En fin de cuentas, semejante política solo puede llevar al partido a un camino falso. Se colocan en primer plano problemas políticos generales y abstractos, encubriéndose de este modo los problemas concretos más inmediatos, los que se plantean de por sí a la orden del día al ocurrir los primeros grandes acontecimientos, la primera crisis política. ¿Qué puede resultar de ello sino que el partido se vea impotente en el momento decisivo, que en los problemas decisivos reine en él la confusión, no exista la unidad, por la simple razón de que estos problemas jamás se han discutido?...

p “Este olvido de las grandes consideraciones esenciales a cambio de intereses pasajeros del día, este afán de éxitos efímeros y la lucha en torno a ellos sin tener en cuenta las consecuencias ulteriores, este abandono del porvenir del movimiento, que se sacrifica en aras del presente, todo eso puede tener móviles “honestos”. Pero eso es y sigue siendo oportunismo, y el oportunismo “honesto” es, qui/á, más peligroso que todos los demás...

p “Está absolutamente fuera de duda que nuestro partido y la clase obrera sólo pueden llegar a la dominación bajo la forma política de la república democrática. Esta última es incluso la forma específica de la dictadura del proletariado, como ha demostrado ya la Gran Revolución Francesa..."

p Engels repite aquí, con relieve singular, una idea fundamental que atraviesa como hilo de engarce todas las obras de Marx: que la república democrática es el acceso más próximo a la dictadura del proletariado. Porque esta república, sin suprimir en lo más mínimo la dominación del capital—ni, por consiguiente, la opresión de las masas ni la lucha de clases—, conduce indefectiblemente a un ensanchamiento, un despliegue, una patcntización y una exacerbación tales de esta lucha que, cuando surge la posibilidad de satisfacer los intereses vitales de las masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, de manera ineludible y exclusiva, en la dictadura del proletariado, en la dirección de esas masas por el proletariado. Para toda la II 346 Internacional, éstas son también "palabras olvidadas" del marxismo, y este olvido lo revela con extraordinaria nitidez la historia del partido de los mencheviques durante el primer semestre de la revolución rusa de 1917.

p Respecto al problema de la república federativa, relacionado con la composición nacional de la población, Engels escribía:

p ”;Qué debe ocupar el lugar de la Alemania actual?" (con su Constitución monárquica reaccionaria y su sistema, igualmente reaccionario, de división en pequeños Estados, que eterniza las peculiaridades del “prusianismo”, en vez de disolverlas en una Alemania que forme un todo). "A mi juicio, el proletariado no puede utilizar más que la forma de república única e indivisa. La república federal sigue siendo incluso ahora, considerada en su conjunto, una necesidad en el inmenso territorio de los Estados Unidos, aunque en el Este comienza ya a ser un obstáculo. Sería un progreso en Inglaterra, donde en dos islas viven cuatro naciones y donde, a pesar de haber un Parlamento único, coexisten tres sistemas legislativos distintos. En la pequeña Suiza es ya, desde hace mucho tiempo, un obstáculo tolerable sólo porque Suiza se contenta con ser un miembro puramente pasivo del sistema europeo de Estados. Para Alemania, una organización federal al estilo suizo sería un regreso considerable. Dos puntos distinguen un Estado federal de un Estado unitario, a saber: cada Estado federado, cada cantón, posee su propia legislación civil y penal, su propia organización judicial; además, a la par con la Cámara del Pueblo, existe una Cámara de Representantes de los Estados, en la que cada cantón, grande o pequeño, vota como tal”. En Alemania, el Estado federal es el tránsito hacia un Estado completamente unitario, y la "revolución desde arriba" de 1866 y 1870’"’ no debe ser revocada, sino completada con un "movimiento desde abajo".

p Engels, lejos de permanecer indiferente ante las formas de Estado, se esfuerza, al contrario, por analizar con escrupulosidad extraordinaria precisamente las formas de transición, a fin de determinar en cada caso, en dependencia de las peculiaridades históricas concretas, qué clase de tránsito—de qué y hacia qué—presupone la forma dada.

p Engels, como Marx, defiende desde el punto de vista del proletariado y de la revolución proletaria el centralismo democrático, la república única e indivisa. Considera que la república federal es, o una excepción y un obstáculo para el desarrollo, o la transición 347 de la monarquía a la república centralizada, "un paso adelante" en determinadas circunstancias especiales. Y entre esas circunstancias especiales se destaca el problema nacional.

p En Engels, como en Marx, a pesar de su crítica implacable del reacciona! ismo de los pequeños Estados—y del ocultamiento de ese reaccionarismo tras el problema nacional en ciertos casos concretos—, no encontramos ni rastro de la tendencia a eludir este problema, tendencia de que pecan a menudo los marxistas holandeses y polacos al partir de una lucha muy legítima contra el estrecho nacionalismo filisteo de “sus” pequeños Estados.

p Incluso en Inglaterra, donde las condiciones geográficas, la comunidad de idioma y la historia de muchos siglos parece que debían haber “terminado” con el problema nacional en las distintas y pequeñas divisiones territoriales del país; incluso allí, Engels tiene en cuenta el hecho evidente de que el problema nacional no ha sido resuelto aún, razón por la cual reconoce que la república federal representa "un paso adelante”. Por supuesto, en eso no hay ni sombra de renuncia a la (ritiera de los defectos de la república federal, ni a la propaganda y la lucha más enérgicas en pro de una república unitaria, de una república democrática centralizada.

p Pero Engels no concibe el centralismo democrático, ni mucho menos, en el sentido burocrático con que emplean este concepto los ideólogos burgueses y pequeñoburgueses, incluyendo entre estos últimos a los anarquistas. Para Engels, el centralismo no excluye en lo más mínimo esa amplia administración autónoma local, que, con la defensa voluntaria de la unidad del Estado por las “comunas” y las regiones, elimina en absoluto todo burocratismo y todo “mando” desde arriba.

p “...Así pues, república unitaria—escribe Engels, desarrollando las ideas programáticas del marxismo acerca del Estado—. Pero no en el sentido de la República Francesa actual, que no es otra cosa que el Imperio sin emperador fundado en 1798. De 1792 a 1798, cada departamento francés, cada comunidad ((¿emeinde) poseían completa autonomía administrativa, según el modelo norteamericano, y eso debemos tener también nosotros. Norteamérica y la primera República Francesa nos han mostrado y probado cómo se debe organizar esa autonomía y cómo se puede prescindir de la burocracia, y ahora lo muestran aún Australia, el Canadá y otras colonias inglesas. Semejante autonomía provincial y comunal es mucho más libre, por ejemplo, que el federalismo suizo, donde el cantón es, por cierto, muy independiente respecto de la Confederación" (es decir, respecto del Estado 348 federal en su conjunto), "pero lo es también respecto del distrito (Bezirk) y de la comunidad. Los gobiernos cantonales nombran a los gobernadores de distrito (Rezirk-statthalter) y los alcaldes, lo que no ocurre en absoluto en los países de habla inglesa y lo que nosotros debemos suprimir con la misma energía que a los consejeros provinciales y gubernamentales (Landralh y Regierungsrat) prusianos" (los comisarios, los jefes de policía, los gobernadores y, en general, todos los funcionarios nombrados desde arriba). En consonancia con esto, Engels propone que el punto del programa relativo a la autonomía sea formulado del modo siguiente: " Administración autónoma completa en la provincia" (provincia o región), "el distrito y la comunidad a través de funcionarios elegidos por sufragio universal. Supresión de todas las autoridades locales y provinciales nombradas por el Estado".

p En Pravda, suspendida por el gobierno de Kerenski y de otros ministros “socialistas” (núm. 68, del 28 de mayo de 1917), señalé ya que en este punto—y, por supuesto, no sólo en él, ni mucho menos—, nuestros representantes seudosoc ¡alistas de una seudodemocracia scudorrevolucionaria han abjurado escandalosamente dd espíritu democrático  [348•* . Es natural que hombres ligados por una "coalición" a la burguesía imperialista hayan permanecido sordos a estas indicaciones.

p Es importante en extremo señalar que Engels, esgrimiendo hechos y basándose en el ejemplo más exacto, refuta el prejuicio —extraordinariamente extendido, sobre todo entre los demócratas pequeñoburgueses—de que la república federal implica, sin dtida alguna, mayor libertad que la república centralista. Esto es falso. Los hechos citados por Engels con referencia a la República Francesa centralista de 1792 a 1798 y a la República Suiza federa! desmienten semejante prejuicio. La república centralista realmente democrática dio mayor libertad que la república federal. O dicho en otros términos: la mayor libertad local, provincial, etc., conocida en la historia, la ha dado la república centralista y no la república federal.

La propaganda y la agitación de nuestro partido no han prestado ni prestan suficiente atención a este hecho ni, en general, a todo el problema de la república federal y centralista y a la administración autónoma local.

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Notes

[348•*]   Véase V.I. I.cTiiii. ().(’.., I. 32, págs. 218-221. (N. de l<i Kilít.)