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Capítulo octavo
 

p El río brillaba con pálido fulgor en la bruma que precede a la amanecida; murmuraba susurrante al rozar los guijarros de la orilla. Cerca de las riberas, sus aguas eran mansas, su superficie parecía inmóvil, y su color gris, centelleante. En el centro era oscuro y turbulento; veíase a simple vista que se precipitaba cauce abajo. El río era bello, imponente. Sobre él había escrito Gógol su insuperable "Maravilloso es el Dniéper...” La alta orilla derecha descendía hasta el agua formando un abrupto declive. Parecía una montaña que hubiera avanzado sobre el Dniéper y se hubiese detenido impresionada por su anchura. La orilla izquierda estaba cubierta de arenosas playas dejadas por el río al reintegrarse a su lecho después de las crecidas de primavera.

p •Junto al agua, metidos en una estrecha trinchera, había cinco hombres. Cuerpo a tierra, formando un apretado haz, permanecían al lado de una Maxim de hocico chato. Eran los escuchas avanzados de la 7a división de infantería. Junto a la ametralladora, cara al río, yacía Seriozha Bruszhak.

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p El día anterior, agotados en los interminables combates, batidos por el fuego huracanado de los cañones polacos, los soldados rojos habían abandonado Kíev. Pasaron a la orilla izquierda y se fortificaron.

p Pero la retirada, las grandes pérdidas y, por último, la caída de Kíev habían influido con dureza en el ánimo de los combatientes. Abriéndose paso heroicamente a través del anillo del cerco, la 7a división marchó por los bosques y, al salir al ferrocarril junto a la estación de Malín, barrió en un ataque furioso a las unidades polacas que la ocupaban, las arrojó al bosque y dejó libre el camino a Kíev.

p Ahora, cuando la bella ciudad había sido abandonada, los soldados rojos estaban sombríos.

p Los polacos habían ocupado en la orilla izquierda una pequeña posición, junto al puente del ferrocarril, desalojando de Dárnitsa a las unidades rojas.

p Pero, recibidos con encarnizados contraataques, no pudieron continuar avanzando, a pesar de todos, sus esfuerzos.

p Seriozha contemplaba el correr de las aguas del río y no podía dejar de pensar en la víspera.

p La víspera, al mediodía, lleno de la furia que dominaba a todos los soldados rojos, había contraatacado a los guardias blancos polacos. La víspera, por vez primera, había luchado cuerpo a cuerpo con un legionario imberbe. Este le atacó con el fusil en ristre, que terminaba en una bayoneta francesa, larga como un sable, corriendo con saltos de liebre y gritando algo incoherente. Por una fracción de segundo, Seriozha vio sus ojos dilatados por la rabia. Un instante después, Serguéi golpeaba con la punta de su bayoneta la del polaco. La brillante hoja francesa fue rechazada.

p El polaco cayó.

p A Serguéi no le tembló la mano. Estaba seguro de que él, Serguéi, que con tanta ternura sabía amar y ser tan fiel a la amistad, mataría a más. No era un muchacho malo ni cruel, pero tenía conciencia de que aquellos enviados de los parásitos mundiales, aquellos soldados a quienes azuzaban el engaño y la maldad, arremetían contra la querida República con un odio bestial.

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p Y él, Serguéi, mataba para que llegara antes el día en que el hombre dejase de matar al hombre en la Tierra.

p Paramónov le dio un golpecito en el hombro:

p — Vamos a retirarnos, Serguéi, pronto nos localizarán.

p Hacía ya un año que Pável Korchaguin recorría su querida Patria en tachanha  [194•* , en el avantrén de un cañón, en un caballo gris con la oreja cortada. Se había hecho más fuerte y viril. Había crecido en los sufrimientos y adversidades.

p Su piel, rozada por las pesadas cartucheras hasta sangrar, había tenido tiempo de cicatrizarse, y ya no se borraba la firme señal de los callos producidos por la correa del fusil.

p Muchas cosas terribles había visto Pável durante aquel año. Con otros miles de combatientes, harapientos y desnudos como él, pero encendidos por la inextinguible llama de la lucha por el poder de su clase, había recorrido a pie su Patria, hacia adelante y hacia atrás, y tan sólo dos veces se había apartado del huracán.

p La primera fue por causa de la herida en la cadera; la segunda, durante el frío mes de febrero del año 20 cuando cayó enfermo del tifus pegajoso y abrasador.

p De manera más terrible que las ametralladoras polacas, segaba el tifus las divisiones y regimientos del 12° Ejército. Extendíase éste en un inmenso territorio que abarcaba casi toda la Ucrania del Norte, cerrando el paso a nuevos avances de los polacos. Apenas repuesto, Pável se incorporó a su unidad.

p El regimiento ocupaba posiciones junto a la estación de Fróntovka, en el ramal del ferrocarril que unía a Kasatin con Umán.

p La estación se encontraba en el bosque. En torno al pequeño edificio de la misma se acogían unas casitas derruidas y abandonadas. La vida en aquellos lugares se había hecho imposible. Hacía ya tres años que tan pronto amainaban como se desencadenaban de nuevo las matanzas. ¿A quiénes no habría visto Fróntovka durante aquel tiempo?

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p De nuevo maduraban grandes acontecimientos. Mientras el 12° Ejército, terriblemente diezmado y desorganizado en parte, se retiraba bajo la presión de los ejércitos polacos en dirección a Kíev, la República proletaria preparaba a los guardias blancos de Polonia, ebrios por su marcha triunfal, un golpe demoledor.

p Desde el lejano Caucase del Norte, en una marcha sin precedentes en la historia de las guerras, se desplazaban a Ucrania las divisiones del 1er Ejército de Caballería, templadas en los combates. Las divisiones 4a, 6a, 11a y 14a de caballería llegaban una tras otra a la región de Umán, agrupándose en la retaguardia de nuestro frente, y, camino hacia los combates decisivos, barrían a las bandas de Majnó que encontraban a su paso.

p Dieciséis mil quinientos sables, dieciséis mil quinientos combatientes abrasados por el sofocante calor de la estepa.

p Toda la atención del alto mando rojo y del mando del frente Sur-Occidental estaba concentrada en evitar que los bandidos de Pilsudski se adelantasen a aquel golpe decisivo que se preparaba. El Estado Mayor de la República y los de los frentes guardaban con celo aquella agrupación de caballería.

p En el sector de Umán fueron suspendidas las operaciones activas. Continuamente repiqueteaban los manipuladores, enviando telegramas directos de Moscú al Estado Mayor del frente, a Jarkov, y de allí a los Estados Mayores de los Ejércitos 12° y 14°. En las estrechas cintas telegráficas, tecleaban los Morse, las órdenes cifradas: "No dejar atención polacos sea atraída agrupación Ejército Caballería”. Y si se entablaban combates activos, era sólo en aquellos sectores donde el avance de los polacos amenazaba con arrastrar a la lucha a las divisiones de la caballería de Budionny.

p Agitábanse las lenguas rojizas de una hoguera. El humo ascendía en espiral, formando pardos anillos. A los mosquitos no les gustaba el humo, y, en enjambre, revoloteaban impetuosos e inquietos. Un poco apartados de la hoguera, los combatientes estaban echados en abanico. El fuego daba a sus rostros un tono cobrizo.

p Junto a la hoguera, sobre la azulada ceniza, se calentaban las calderetas.

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p En ellas burbujeaba el agua. De debajo de un tronco ardiendo salió furtiva una lengua de llama que lamió la rizada cabellera de uno de los allí sentados. La cabeza se apartó, y su dueño bufó irritado:

p — ¡Uf, diablo! Alrededor rieron.

p Un soldado rojo, ya de edad, con guerrera de paño y bigote recortado, que acababa de mirar al fuego el cañón de su fusil, dijo con voz bronca:

p — El muchacho la ha tomado con la ciencia y no huele el fuego.

p — Oye, Korchaguin, cuéntanos lo que has leído.

p El joven soldado rojo, palpando el mechón chamuscado, sonrió:

p — Es un libro verdaderamente magnífico, camarada Androschuk. Desde que me puse a leerlo no puedo apartarme de él.

p El vecino de Korchaguin —un muchacho chato que, arreglando una cartuchera, intentaba cortar con los dientes el fuerte hilo— preguntó curioso:

p — ¿De qué trata? —Y, enrollando la hebra a la aguja clavada en el pasamontañas, añadió—: Si es de amor, me interesa mucho.

p Los que le rodeaban estallaron en carcajadas. Matveichuk alzó la cabeza, con el pelo cortado a lo erizo, y, cáustico, guiñando uno de sus maliciosos ojos, se dirigió al joven:

p — Sí, el amor es una buena cosa, Seredá. Eres un chaval guapo, ¡un cromo! Dondequiera que llegamos, las muchachas se vuelven locas al verte. Sólo tienes un pequeño defecto: tu nariz es como la de un lechoncillo. Pero eso se puede corregir. Si te atas a la punta una Novitski  [196•* , en una noche te la estirará hacia abajo.

p Fue tan estruendosa la carcajada que, asustados, bufaron los caballos sujetos a las tachankas de las ametralladoras.

p Seredá volvióse displicente.

p — Lo importante no es la belleza, sino el puchero —dijo, y se golpeó significativamente la frente—. Por 197 ejemplo, tu lengua es como las ortigas, pero eres tonto de capirote, y tienes las orejas frías, como los burros.

p El cabo de la escuadra, Tatárinov, separó a los camaradas dispuestos a enzarzarse.

p — Ea, muchachos, ¿para qué os soltáis alfilerazos? Mejor será que Korchaguin nos lea, si la cosa vale la pena.

p — ¡Venga, Pavlusha, venga! —se oyó decir en todos lados.

p Korchaguin acercó al fuego la silla de montar, se sentó en ella y abrió sobre sus rodillas un libro pequeño y grueso.

p — Éste libro, cantaradas, se llama El "Tábano. Me lo ha prestado el comisario del batallón. Me ha impresionado enormemente. Si permanecéis callados, leeré.

p — ¡Venga! ¿Qué esperas? Nadie te molestará.

p Cuando el jefe del regimiento, el camarada Puzyrievski, se acercó inadvertidamente a la hoguera, en unión del comisario, vio once pares de ojos que miraban sin pestañear al lector.

p Puzyrievski volvió la cabeza hacia el comisario y señaló con la mano hacia el grupo.

p — Aquí está la mitad del grupo de exploración del regimiento. Tengo ahí cuatro komsomoles que son aún poco duchos, pero, cada uno de ellos vale por un buen combatiente. Mira a ése que lee, y aquel otro, ¿le ves?, el que tiene ojos de lobezno: son Korchaguin y Zharki. Son amigos. Sin embargo, entre ellos nunca se extinguen unos celos ocultos. Antes, Korchaguin era mi primer explorador. Ahora tiene un competidor muy peligroso. Fíjate, en este momento están llevando a cabo, sin que se note, un trabajo político y ejercen una influencia muy grande. Para ellos se ha pensado una buena denominación: La joven guardia.

p — ¿Ese que lee es el comisario del grupo de exploración?

p — No, el comisario es Krámer. Puzyrievski adelantó el caballo.

p — ¡Salud, camaradas! —dijo en voz alta.

p Todos se volvieron. El jefe saltó ágilmente de la silla y se acercó a los sentados en torno al fuego.

p — ¿Nos calentamos, amigos? —preguntó con una ancha sonrisa que hacía perder la severidad a su rostro varonil, de ojos ligeramente oblicuos, como los de un mongol.

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p La gente acogió al jefe con cordialidad y afecto, como se recibe a un buen camarada. El comisario siguió montado, dispuesto a continuar su recorrido.

p Puzyrievski echó hacia atrás la funda con el máuser, sentóse junto a la silla de montar, al lado de Korchaguin, y propuso:

p — ¿Qué, echamos un cigarro? Tengo un tabaquillo decente.

p Después de encender el cigarrillo, se dirigió al comisario:

p — Ve, Doronin, yo me quedo aquí. Si hiciera falta en el Estado Mayor, me lo haces saber.

p Cuando Doronin se hubo marchado, Puzyrievski dijo a Korchaguin:

p — Continúa leyendo, yo también te escucharé.

p .. .Al terminar de leer las últimas páginas, Pável dejó el libro sobre sus rodillas y se quedó mirando pensativo a las llamas.

p Durante varios minutos, nadie pronunció palabra. Todos estaban impresionados por la muerte del Tábano.

p Puzyrievski, fumando, esperaba el intercambio de opiniones.

p — Es una historia trágica —rompió el silencio Seredá—. Luego, en el mundo, hay gente semejante. El hombre, de por sí, no resistiría; pero impulsado por la idea, es capaz de hacer todo eso.

p Hablaba con emoción manifiesta. El libro le había impresionado mucho.

p Andriusha Fomichov, aprendiz de zapatero de Biélaya Tsérkov, gritó indignado:

p — ¡De caer en mis manos ese cura, que le metía la cruz por los dientes, habría matado al maldito, sin pensarlo!

p Androschuk, acercando con un palo la caldereta al fuego, pronunció con convencimiento:

p — Morir, cuando se sabe por qué, es cosa distinta. El hombre encuentra fuerzas para ello. Hasta es obligatorio morir con entereza, si sientes que la razón está contigo. De aquí nace el heroísmo. Yo conocí a un muchacho. Se llamaba Poraika. Cuando los blancos le sorprendieron en Odesa, aturdido, dio de manos a boca con una sección entera. Antes de que pudieran matarle de un bayonetazo, 199 arrojó una granada a sus propios pies. El mismo saltó en pedazos, y a su alrededor cayeron muchos blancos. Y si le mirabas, parecía que no valía para nada. De él no ha escrito nadie, y valdría la pena. Hay mucha gente notable entre nosotros.

p Después de remover con la cuchara el contenido de la caldereta, estiró los labios, probó el té y continuó:

p — A veces, la muerte es también perra. Muerte turbia, sin honor. En una ocasión, combatíamos en las cercanías de Isiaslavl, ciudad antigua, construida en tiempos de los príncipes. Está situada junto al río Goriñ. Allí hay una iglesia polaca, inexpugnable, como una fortaleza. Entramos en la ciudad. Marchábamos desplegados en guerrilla por las callejas. Nuestro flanco derecho se componía de letones. Desembocamos en la carretera y vimos tres caballos ensillados, que se encontraban cerca de un jardín, atados a una empalizada.

p Nosotros, como es natural, pensamos: vamos a zurrarles a los polacos. Unos diez camaradas nos lanzamos hacia la casita. Delante, empuñando el máuser, avanzaba corriendo el jefe de la compañía letona.

p Llegamos hasta la casa; la puerta estaba abierta, y nos metimos dentro. Pensábamos que eran los polacos, pero resultó lo contrario. Allí operaba una patrulla nuestra que había llegado antes que nosotros. Nos dimos cuenta de que allí estaba ocurriendo algo que no tenía nada de alegre. Era un hecho claro que estaban violando a una mujer. Vivía en la casa un oficialillo polaco, y nuestra patrulla, apenas entró allí, tumbó a su mujer en el suelo... Cuando el letón vio todo aquello, gritó algo en su lengua. Los hombres agarraron a los tres de la patrulla y los sacaron al patio a empujones. Rusos no éramos más que dos; el resto eran letones. El jefe se apellidaba Bredis. Aunque yo no comprendía su idioma, veía claro que les iban a dar el pasaporte. Estos letones son un pueblo fuerte, de pedernal. Arrastraron a aquellos tres hasta una cuadra de piedra. Vaya, pensé, ni Cristo los libra de un par de tiros. Uno de los que habían sido cogidos con las manos en la masa, un mocetón fornido y jetudo, no se dejaba llevar, forcejeaba. Se metía hasta con nuestra séptima generación.- ¡Por una mujer, decía, arrimarnos a la pared! Los demás también clamaban piedad.

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p Todo esto me hizo sentir escalofríos. Me acerqué corriendo a Bredis y le dije: "Camarada jefe de compañía, deja que los juzgue el tribunal. ¿Para qué vas a mancharte las manos en su sangre? En la ciudad no ha terminado aún el combate, y nosotros estamos aquí ajustando las cuentas a éstos" Se volvió hacia mí con tal aspecto que sentí haber proferido aquellas palabras. Los ojos le brillaban como a un tigre, me puso el máuser en la boca. Llevo siete años combatiendo, y, aunque da vergüenza decirlo, me acobardé. Vi que me mataría sin reflexionar. Me gritó en ruso, de forma que apenas se podía comprender: "La bandera está teñida en sangre, y éstos son la vergüenza de todo el ejército. A los bandidos se les paga con la muerte".

p No pude resistir, salí corriendo a la calle, y a mis espaldas resonó una descarga. Asunto concluido, pensé. Cuando volvimos a formar en guerrilla, la ciudad ya era nuestra. He aquí lo que quería contaros... Recibieron una muerte perra. La patrulla era de los que se juntaron a nosotros en las cercanías de Melitópol. Antes actuaban con Majnó. Eran unos bandidos.

p Dejando la caldereta junto a sus piernas, Androschuk se puso a desatar el macuto para sacar el pan.

p — A veces se mezcla entre nosotros semejante canalla. Es imposible conocerlos a todos. Aparentemente, se esfuerzan por la revolución. Son tipos que nos manchan a todos. Sin embargo, daba pena ver aquello. Hasta hoy no he podido olvidarlo —terminó, emprendiéndola con el té.

p Era ya avanzada la noche cuando se durmieron los combatientes de la patrulla de exploración a caballo. Seredá roncaba que era un primor. Puzyrievski dormía, con la cabeza apoyada en la silla, y Krámer, comisario del grupo, escribía algo en una libreta de notas.

p Al día siguiente, al regresar del servicio de exploración, Pável ató el caballo a un árbol v llamó aparte a Krámer, que acababa de tomar su té.

p — Oye, comisario, ¿qué te parece esto? Me dispongo a pasar al 1er Ejército de Caballería. A ellos les esperan duros combates. ¡Pues tantos no se habrán reunido para pasear! Y nosotros aquí tendremos que removernos siempre en el mismo sitio.

p Krámer le miró con asombro.

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p — ¿Qué quiere decir eso de pasar? ¿Es que para ti el Ejército Rojo es un cine? ¿Qué es eso? ¡Habrá que ver cómo irán las cosas, si todos nosotros comenzamos a correr de una unidad a otra!

p — ¿Acaso no es lo mismo dónde combatir? —le interrumpió Pável—. Aquí, allí, allá... Yo no deserto a la retaguardia.

p Krámer protestó categóricamente:

p — ¿Y qué piensas tú de la disciplina? Tienes muy buenas condiciones, Pável, pero eres anárquico. En cuanto se te antoja algo, lo haces. Pero el Partido y el Komsomol están organizados sobre la base de una disciplina férrea. El Partido ante todo. Y uno no debe estar allí donde él quiere, sino donde es más necesario. ¿No te ha denegado Puzyrievski el traslado? Pues, punto final.

p Krámer —alto y flaco, de rostro amarillento— rompió a toser irritado. El polvillo del plomo de la imprenta se había incrustado en sus pulmones; frecuentemente, sus mejillas se encendían con enfermizo arrebol.

p Cuando Krámer se hubo calmado, Pável dijo quedo, pero firmemente:

p — Todo eso es justo, pero yo me iré con los de Budionny. Es cosa decidida.

p A la noche siguiente, Pável ya no se encontraba junto a la hoguera.

p En la aldehuela vecina, en un montículo cercano a la escuela, estaban reunidos los combatientes de caballería, formando un ancho corro. En la trasera de una tachanka, c<jn la gorra echada sobre la misma nuca, un hombretón dfe los de Budionny atormentaba al acordeón. Y el instrumento rugía en sus manos, perdiendo el ritmo, y en el círculo, un bizarro combatiente de caballería, con inmensos pantalones rojos de montar, perdía también el compás de la loca danza ucraniana, el gopak.

p Los mozos y muchachas de la aldehuela se habían encaramado curiosos a la tachanka y las empalizadas cercanas para mirar a los bravos danzarines de la brigada de caballería, que acababa de llegar al lugarejo.

p — ¡Aprieta, Toptalo! ¡Machaca la tierra! ¡Venga, vivo, hcrmanito! ¡Acordeonista, más brío!

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p Pero los enormes dedos del acordeonista, capaces de doblar una herradura, se movían torpones sobre las teclas.

p — Majnó mató a Afanasi Kuliabko —dijo apenado un combatiente de bronceada tez—; era un acordeonista de primera. Marchaba en el flanco derecho del escuadrón. ¡Lástima de muchacho! Era buen combatiente y mejor acordeonista.

p En el corro se encontraba Pável. Al oír las últimas palabras, abrióse paso hasta la tachanka y puso la mano sobre el fuelle. El acordeón calló.

p — ¿Qué quieres? —le dijo el acordeonista, mirándole de reojo.

p Toptalo se detuvo. Alrededor sonaron voces descontentas:

p — ¿Qué te pasa? ¿Por qué has parado la música? Pável tendió la mano hacia la correa:

p — Dame, tocaré un poco.

p El hombretón miró con recelo al desconocido soldado rojo e, indeciso, desprendióse del hombro la correa.

p Con habitual movimiento, descansó Pável sobre una rodilla el acordeón. Abrió en abanico el ondeado fuelle y rompió a tocar con enorme brío:

p ¡Ay! manzanita,
¿A dónde ruedas?
Si a la Cheka vas a parar,
No volverás.

p Toptalo cazó al instante la conocida música. Y, abriendo los brazos, cual pájaro que despliega las alas, voló por el círculo, dibujando con sus pies inverosímiles arabescos, dándose golpes con arrogancia en las cañas de las botas, en las rodillas, en el cogote, en la frente, palmeteando ensordecedor sobre la suela y, finalmente, sobre su boca abierta.

p Y el acordeón le aguijoneaba, empujándole con ritmo loco y embriagador, y Toptalo giraba por el círculo cómo una peonza levantando las piernas, jadeando.

p — ¡Up, ah, up, ah!

p El 5 de junio de 1920, después de varios choques breves y encarnizados, el 1er Ejército de Caballería, mandado por 203 Budionny, rompió el frente polaco en el sector de enlace de los ejércitos enemigos 3° y 4°, derrotó a la brigada de caballería del general Savitski, que intentaba cerrarle el paso, y avanzó en dirección a Ruzhin.

p Con apresuramiento febril, el mando polaco organizó un grupo de choque, que tenía como misión liquidar la brecha. Cinco tanques, que acababan de ser descargados de las plataformas en la estación de Pogrebische, dirigiéronse a toda marcha al lugar del combate.

p Pero el Ejército de Caballería, dando un rodeo, dejó atrás Sarudnitsi, desde donde se preparaba el golpe, y apareció en la retaguardia de los ejércitos polacos.

p En pos del ejército de Budionny se lanzó la división de caballería del general Kornitski. A esta unidad, se le había ordenado atacar la retaguardia del 1er Ejército de Caballería, que, según opinión del mando enemigo, debía dirigirse a Kasatin, punto de enorme importancia estratégica en la retaguardia polaca. Pero ello no alivió la situación de los guardias blancos polacos. Aunque al día siguiente taponaron la brecha abierta en el frente, y éste se cerró tras el Ejército de Caballería, en su retaguardia se encontraba un poderoso contingente de fuerzas montadas que, después de arrasar las bases de la retaguardia enemiga, debía desplomarse sobre la agrupación polaca de Kíev. Las divisiones de caballería destruían a su paso los pequeños puentes de ferrocarril y destrozaban las vías, para privar a los polacos de caminos de retirada.

p Al saber por los prisioneros que en Zhitómir se encontraba el Estado Mayor del ejército —en realidad, allí se hallaba incluso el Estado Mayor del frente—, el jefe del Ejército de Caballería decidió tomar Zhitómir y Berdíchev, importantes nudos ferroviarios y centros administrativos. En el amanecer del 7 de junio, la 4a división de caballería galopaba ya rauda hacia Zhitómir.

p En uno de los escuadrones, en sustitución de Kuliabko, caído en el combate, marchaba en el flanco derecho Korchaguin. Había sido aceptado en el escuadrón a petición colectiva de los combatientes, que no deseaban quedarse sin un acordeonista tan notable.

p Sin frenar sus fogosos brutos, desplegaron en abanico junto a Zhitómir; fulguraron los sables al sol, lanzando argentados destellos.

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p Gimió la tierra, relincharon los caballos, se alzaron sobre los estribos los combatientes.

p La tierra escapaba bajo los cascos, rápida, rápida. Y la gran ciudad, con sus jardines, venía presurosa al encuentro de la división. Pasaron los primeros huertos, irrumpieron en el centro, y su "¡adelante!”, terrible y horrendo como la muerte, hizo estremecer el aire.

p Los polacos, atónitos, casi no opusieron resistencia. La guarnición local fue aplastada.

p Inclinado sobre el cuello del caballo, volaba Korcha7 guin. A su lado, en un corcel negro de finos remos, galopaba Toptalo.

p Ante los ojos de Pável, el bravo jinete de Budionny segó de un sablazo implacable a un legionario, sin darle tiempo de echarse el fusil a la cara.

p Chirriaban los herrados cascos al golpear los guijarros. Y, de pronto, en el cruce, en el mismo centro de la carretera, aparecieron una ametralladora y tres figuras de uniforme azul y gorra cuadrangular polaca, inclinadas sobre ella. Una cuarta figura, con un galón dorado en el cuello de la guerrera, al ver a los que galopaban, adelantó rápida la mano que empuñaba el máuser.

p Ni Toptalo ni Pável pudieron detener sus caballos, y se lanzaron directamente a las garras de la muerte, hacia la ametralladora. El oficial disparó contra Korchaguin... Falló... La bala pasó silbando como un gorrión junto a la mejilla, y el teniente, derribado por el pecho del caballo, cayó de espaldas, golpeándose la cabeza contra las piedras.

p En aquel mismo instante, la ametralladora rompió en carcajadas salvajes, apresuradas, febriles. Y Toptalo, picado por decenas de abejorros, cayó a tierra con el caballo moro.

p Encabritóse el caballo de Pável y, relinchando asustado, llevó de un salto a su jinete, por encima de los caídos sobre la gente que había junto a la ametralladora; y el sable, describiendo un arco fulgurante, se incrustó en el cuadrado azul de la gorra.

p El acero elevóse de nuevo en el aire, dispuesto a caer sobre otra cabeza. Pero el fogoso bruto saltó a un lado.

p Como un furioso torrente de montaña, afluyó al cruce el escuadrón y decenas de sables cortaron el aire.

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p Los largos y estrechos pasillos de la cárcel llenáronse de gritos.

p En las celdas, abarrotadas de reclusos demacrados y exhaustos, remaba la agitación. En la ciudad se combatía. ¿Acaso se podía creer que aquello era la libertad y eran los suyos, que habían irrumpido no se sabía de dónde?

p Los disparos resonaban ya en el patio. Por los pasillos corría gente. Y, de pronto, las palabras queridas e indescriptiblemente emocionantes: "Camaradas, salid".

p Pável corrió hacia una puerta con pequeño ventano a la que se dirigían decenas de ojos. Asestó un furioso culatazo a la cerradura. Y otro, y otro...

p — Espera, le voy a largar un bombazo —dijo Mirónov, deteniendo a Pável, y sacó del bolsillo una granada.

p Tsigarchenko, el jefe de la sección, se la arrancó de las manos.

p — ¡Alto, loco!, ¿has perdido la cabeza? Ahora traerán las llaves. Donde no podamos saltar la cerradura, abriremos con ellas.

p Empujándolos con los revólveres, conducían ya a los guardianes. Y el pasillo se llenó de gente harapienta y sucia, embargada de loca alegría.

p Pável abrió de par en par la ancha puerta y entró corriendo en la celda.

p — Camaradas, estáis libres. Somos los hombres de Budionny, nuestra división ha tomado la ciudad.

p Una mujer con los ojos anegados en lágrimas se lanzó hacia Pável y, abrazándolo como si fuera de su familia, estalló en sollozos.

p Más preciada que los trofeos, más que la victoria, era para los combatientes la liberación de los cinco mil setenta y un bolcheviques y de los mil trabajadores políticos del Ejército Rojo, encerrados por los guardias blancos polacos en aquellas pétreas mazmorras donde aguardaban el fusilamiento o la horca. Para siete mil revolucionarios, la noche tenebrosa transformóse de pronto en el sol brillante de un caluroso día de junio.

p Uno de los reclusos, de faz amarilla como la corteza de un limón, lanzóse jubiloso hacia Pável. Era Samuíl Léjer, cajista de la imprenta de Shepetovka.

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p Pável escuchaba el relato de Samuíl. Su rostro se ensombreció, tornándose gris. Samuíl hablaba de la sangrienta tragedia en la ciudad que le viera nacer, y sus palabras caían en el corazón como gotas de metal fundido.

p — Nos detuvieron a todos simultáneamente, durante la noche, por la traición de un canalla provocador. Estábamos, pues, en las garras de los gendarmes. Nos pegaban terriblemente, Pável. Sin embargo, yo fui menos atormentado que los demás, a consecuencia de que, a los primeros golpes, me desplomé al suelo, como muerto. Pero otros’ eran más fuertes... Era inútil intentar ocultar nuestras actividades. Los gendarmes lo sabían todo mejor que nosotros. Conocían cada uno de nuestros pasos.

p ¿Cómo no iban a saberlo, si entre nosotros había un traidor? Me faltan palabras para describir los horrores de aquellos días. Tú, Pável, conocías a muchos: a Valia Bruszhak, a Rosa Gritsman, la de la cabeza del distrito, magnífica muchacha de ojos confiados. Era casi una niña, sólo tenía diecisiete años... También detuvieron a Sasha Bunshaft, cajista de nuestra imprenta, muchacho alegre que siempre dibujaba caricaturas del patrono, ¿lo recuerdas? Tú conocías, además, a Novosielski y Tuzhits, estudiante del liceo. El resto eran todos de la cabeza del distrito y de un pueblecillo. En total, fueron detenidas veintinueve personas, entre ellas seis mujeres. A todos los torturaron ferozmente. A Valia y a Rosa las violaron ya el primer día. Los muy canallas se mofaban cada uno a su antojo. Las arrastraron a la celda medio muertas. Después de esto, Rosa comenzó a desvariar, y unos días después perdió por completo la razón.

p No creían en su locura, consideraban que simulaba y le pegaban en cada interrogatorio. Cuando la fusilaron, daba miedo verla. Su rostro estaba ennegrecido por los golpes, sus ojos tenían una expresión salvaje, de demencia, parecía una vieja.

p Valia Bruszhak se mantuvo firme hasta el último minuto. Murieron como verdaderos combatientes. No sé de dónde sacaron las fuerzas, pero, ¿acaso, Pável, es posible describir todo el horror de su muerte? No, no se puede. No encuentra uno palabras... Bruszhak estaba complicada en lo más peligroso: era ella quien mantenía contacto 207 con los radiotelegrafistas del Estado Mayor polaco y la habían enviado a la comarca para establecer enlace; y, al hacerle un registro, le encontraron dos granadas y una pistola. Las granadas se las había dado aquel mismo provocador. Todo se había preparado para acusarla de querer volar el Estado Mayor.

p ¡Ay, Pável!, no puedo hablar de los últimos días, pero, ya que me lo pides, haré un esfuerzo. El consejo de guerra condenó a la horca a Valia y a dos más; a los restantes, al fusilamiento.

p Los soldados polacos entre los que nosotros llevábamos a cabo la agitación habían sido juzgados dos días antes.

p El joven cabo radiotelegrafista Snegurko, que antes de la guerra trabajaba de mecánico electricista en Lodz, acusado de traición a la patria y de hacer propaganda comunista entre las fuerzas, fue condenado al fusilamiento. El muchacho no solicitó el indulto y fue fusilado veinticuatro horas después del fallo del consejo de guerra.

p Durante el consejo llamaron a Valia como testigo en la causa contra Snegurko. Valia nos contó que el muchacho había confesado que llevaba a cabo propaganda comunista, pero rechazó rotundamente lu acusación de traición a la patria. "Mi patria —dijo— es la República Socialista Soviética Polaca. Sí, soy miembro del Partido Comunista de Polonia, y me han hecho soldado a la fuerza. Abría los ojos a soldados como yo, a quienes habéis arrastrado al frente. Podéis ahorcarme por esto, pero no he traicionado ni traicionaré a mi patria. Lo que pasa es que nuestras patrias son diferentes. La vuestra es la de los pañis, y la mía, la de los obreros y campesinos. Y en esa patria mía que ha de venir, de ello estoy completamente seguro, nadie me llamará traidor".

p Después de la sentencia, nos tuvieron a todos juntos. Antes de la ejecución, nos llevaron a la cárcel. Por la noche prepararon la horca enfrente de la prisión, al lado del hospital; junto al mismo bosque, un poco más lejos, en las proximidades de la carretera, donde está la quebrada, eligieron el lugar del fusilamiento; allí mismo cavaron la fosa común para nosotros.

p La sentencia había sido pegada por las calles, todos la conocían, y los polacos decidieron terminar con nosotros 208 en pleno día, para que la gente pudiera verlo y se atemorizase. Y desde por la mañana comenzaron a echar a la gente de la ciudad, obligándola a que fuera al lugar donde se alzaba la horca. Algunos iban por curiosidad, aunque les daba miedo. En torno a la horca había un enorme gentío. En todo lo que alcanzaba la vista no se veía más que cabezas humanas. Como sabes, la cárcel está rodeada de un vallado de troncos; y como las horcas estaban tan próximas a nosotros, oíamos el rumor de las voces. En la calle de atrás emplazaron ametralladoras: trajeron la gendarmería de a pie y montada de toda la comarca. Un batallón entero acordonaba los huertos y las calles. Para los condenados a la horca habían preparado una fosa especial, allí mismo, junto al cadalso. Esperábamos el fin en silencio, cambiando pocas palabras. De todo habíamos hablado la víspera, cuando nos despedimos. Sólo Rosa balbuceaba incoherentemente en un rincón de la celda, hablando consigo misma. Valia, destrozada por la violación y los golpes, no podía andar, y se pasaba casi todo el tiempo tendida. Las comunistas del pueblecillo —dos hermanas-^ se abrazaron y, sin poder contenerse, rompieron a llorar. Stepánov, un i oven de la cabeza del distrito, fuerte como un luchador que, resistiéndose al ser detenido, había herido a dos gendarmes, exigía insistentemente de las hermanas: "¡Sin lágrimas, camaradas! ¡Llorad aquí, para no hacerlo allá! No hay por qué alegrar a esos perros sanguinarios. De todas maneras no habrá piedad para con nosotros; y ya que tenemos que morir, vamos, pues, a morir como es debido. Que ninguno de nosotros se arrastre de rodillas. ¡Camaradas, recordadlo, hay que saber morir!"

p Y vinieron por nosotros. Delante iba Shvarkovski, jefe del servicio de contraespionaje, un sadista, un perro rabioso que, cuando no violaba personalmente a las mujeres, las entregaba,a los gendarmes para que lo hicieran ellos, mientras él les contemplaba. De la cárcel a la horca, dos filas de gendarmes formaban un corredor que cruzaba el camino. Y estos “canarios” —les llamábamos así por sus charreteras amarillas— empuñaban los desenvainados sables.

p Nos empujaron a culatazo limpio hasta el patio de la cárcel, nos formaron de a cuatro y, luego de abrir la puerta, nos sacaron a la calle. Nos situaron frente a la 209 horca, para que viéramos la muerte de los camaradas, y después llegó nuestro turno. La horca era alta, hecha de gruesas vigas. En ella había tres lazos de soga gruesa, el tablado con gradas apoyábase en un postecillo. Ondulábase el mar humano con susurro apenas perceptible. Todos los ojos estaban clavados en nosotros. Reconocimos a los nuestros.

p En una terracilla un poco alejada habíase congregado toda la nobleza polaca, entre la que había algunos oficiales, y nos miraban con prismáticos. Querían ver cómo ahorcaban a los bolcheviques.

p La nieve que pisábamos era blanda, el bosque estaba blanco, los árboles parecían cubiertos de algodón; los copos, revoloteando, caían lentamente y se derretían en nuestros rostros ardientes, y hasta* el tablado estaba cubierto de nieve. Todos nosotros estábamos casi desnudos, pero nadie sentía el frío, y Stepánov ni siquiera se daba cuenta de que no llevaba en los pies más que los calcetines.

p Junto a la horca se encontraban el auditor de guerra y los altos’jefes militares. Por fin, sacaron conducidos de la cárcel a Valia y a los dos camaradas que habían sido condenados a la horca. Los tres se cogieron del brazo. Valia iba en el centro; no tenía fuerzas para andar y los camaradas la sostenían, pero ella hacía esfuerzos sobrehumanos para marchar erguida, recordando las palabras de Stepánov: "Hay que saber morir”. Iba sin abrigo, con un jersey de punto.

p A Shvarkovski no debió gustarle que fueran cogidos del brazo, y les empujó. Valia dijo algo, y por aquellas palabras uno de los gendarmes de a caballo le descargó la nagaika en la cara, con todas sus fuerzas.

p En la multitud gritó terriblemente una mujer. Debatiéndose entre espantosos alaridos, trataba de romper la cadena de gendarmes y llegar hasta los condenados, pero la agarraron y se la llevaron de allí. Seguramente, era la madre de Valia. Cuando se encontraban cerca de la horca, Valia comenzó a cantar. Nunca he oído una voz semejante: tan sólo quien va a la muerte puede cantar con tal pasión. Valia entonó la Varshavianka, sus, camaradas la secundaron. Los gendarmes de a caballo les azotaban con las nagaikas; les pegaban con rabia ciega. Pero ellos 210 parecían no sentir los golpes. Los derribaron y los arrastraron hasta la horca, como si fueran sacos. Leyeron rápidamente la sentencia y comenzaron a ceñirles los lazos al cuello. Entonces nosotros rompimos a cantar:

p Arriba, parias de la Tierra...

p De todas partes se abalanzaron sobre nosotros, y únicamente pude ver que uno de los soldados derribaba de un culatazo el postecillo que soportaba el tablado, y los tres se estremecieron convulsivamente, colgando de las sogas. ..

p Ya junto al paredón, a diez de nosotros nos leyeron la sentencia; en ella, por gracia del general, se nos conmutaba la pena de muerte por veinte años de trabajos forzados. A los dieciséis restantes los fusilaron...

p Samuil desgarróse de un tirón el cuello de la camisa, como si le asfixiara.

p — Durante tres días no descolgaron a los ahorcados. Junto a la horca permanecía día y noche una patrulla. Después trajeron a la cárcel nuevos detenidos. Ellos nos dijeron: "Al cuarto día se desprendió el camarada Toboldin, el más pesado, y entonces descolgaron a los demás y los enterraron allí mismo".

p Pero la horca quedó en pie. Y cuando nos condujeron aquí, la vimos. Elevábase con sus lazos, esperando nuevas víctimas...

p Samuil se calló, fijando su mirada inmóvil en la lejanía. Pável no se dio cuenta de que había terminado el relato.

p Ante sus ojos surgían nítidamente tres cuerpos humanos que se balanceaban en silencio, ladeadas las espantosas cabezas.

p En la calle tocaron de pronto a generala. Pável volvió en sí. En voz baja, apenas perceptible, dijo:

p — ¡Vamonos de aquí, Samuil!

p Por la calle, escoltados por la caballería, marchaban los prisioneros polacos. Junto a la puerta de la cárcel se encontraba el comisario del regimiento, terminando de escribir una orden en la libreta de campaña.

p — Tome, camarada Antípov —dijo, tendiendo la orden a un fornido jefe de escuadrón—. Prepare una patrulla y envíe todos los prisioneros a Novograd-Volinski. 211 212 213 Que curen a los heridos, móntelos en carletas y envíelos en la misma dirección. Sáquelos a unas veinte verstas de la ciudad, y que arreen. No tenemos tiempo que perder con ellos. Cuídese de que no se cometa grosería alguna con ninguno de los prisioneros.

p Al montar, Pável volvióse hacia Samuíl:

p — ¿Has oído? ¡Ellos ahorcan a los nuestros, y luego hay que conducirles a donde están los suyos, sin ser groseros! ¿De dónde sacar fuerzas para ello?

p El jefe del regimiento volvió hacia él la cabeza y le miró fijamente. Pável oyó las palabras firmes y secas que el jefe del regimiento pronunciaba como para sí:

p — La crueldad con los prisioneros desarmados será castigada con el fusilamiento. ¡Nosotros no somos blancos!

p Y al alejarse de la puerta de la cárcel, Pável recordó las últimas palabras de la orden del Comité Militar Revolucionario, leída ante todo el regimiento:

p "El país obrero y campesino ama a su Ejército Rojo. Se enorgullece de él. Exige que en su bandera no haya ni una sola mancha".

p — Ni una sola mancha —susurraron los labios de Pável.

p Mientras la 4a división de caballería tomaba Zhitómir, en las cercanías de la aldea Okunínovo pasó el Dniéper la 20a brigada de la 7a división de infantería, que formaba parte de la agrupación de choque del camarada Gólikov.

p A la agrupación integrada por la 25a división de infantería y la brigada de caballería de Bashkiria se le había ordenado cruzar el Dniéper y cortar el ferrocarril Kíev-Kórosteñ junto a la estación de Irsha. Esta maniobra privaba a los polacos del único camino de retirada de Kíev. Allí, al cruzar el río, pereció Misha Levchukov. miembro de la organización del Komsomol en Shepetovka.

p Cuando corrían por el vacilante pontón, un proyectil salido de allá, de detrás del cerro, pasó con furioso^ silbido sobre sus cabezas y desgarró el agua. Y en aquel mismo instante, Misha cayó bajo el pontón. El agua se lo tragó y no lo devolvió a la superficie; sólo un soldado rojo, el rubio Yakimenko, que cubría su cabeza con una gorra sin visera, gritó asombrado:

214

p — ¡Que me traguen las llamas! ¡Pues si es Mishka quien ha caído al agua! ¡Pobre muchacho, no ha quedado ni rastro de él! —y se detuvo, clavando sus asustados ojos en las oscuras aguas; pero los que venían corriendo detrás le empujaron.

p — ¿Qué haces ahí con la boca abierta, tontaina? ¡Sigue adelante!

p No había tiempo para ponerse a pensar en el compañero: la brigada había quedado a la zaga de las otras unidades, que ya habían ocupado la orilla derecha.

p Y Seriozha se enteró de la muerte de Misha al cabo de cuatro días, cuando la brigada, luego de tomar combatiendo la estación de Bucha y de volver el frente hacia Kíev, resistía los encarnizados ataques de los polacos que trataban de abrirse paso hacia Kórosteñ.

p Yakimenko se tumbó en la línea de fuego junto a Seriozha. Suspendiendo el furioso tiroteo, descorrió con trabajo el cerrojo del fusil recalentado y, pegando la cabeza al suelo, volvióse hacia Seriozha:

p — ¡El fusil pide descanso, está al rojo!

p Entre el estruendo de los disparos, Serguéi apenas le oía. Cuando amainó un poco el fragor del combate, Yakimenko, como de paso, le comunicó:

p — Tu camarada se hundió en el Dniéper; yo no me di cuenta de cómo se zambulló —y dichas estas palabras, palpó el cerrojo, sacó de la cartuchera un peine y, expeditivo, lo metió en el fusil.

p La 11a división, enviada a la toma de Berdíchev, encontró en la ciudad una resistencia enconada por parte de los polacos.

p En las calles se entabló un sangriento combate. Tableteaban las ametralladoras, obstaculizando el paso a la caballería. Pero la ciudad fue tomada, y los restos de las derrotadas tropas polacas huyeron. En la estación fueron cogidos los trenes. Pero el golpe más terrible para el adversario fue la voladura de un millón de obuses: la base de amunicionamiento del frente polaco. En la ciudad, a causa de las explosiones, saltaban los cristales, hechos añicos, y estremecíanse las casas, como si fueran de cartón.

215

p El golpe sobre Zhitómir y Berdíchev fue para los polacos un golpe desde la retaguardia, y en dos torrentes se retiraron de Kíev a toda prisa, abriéndose paso con desesperación para salir del anillo de hierro.

p Pável perdió la sensación de individualidad. Todos aquellos días estaban saturados de cruentos combates. Korchaguin se fundió en la masa y, como cada uno de los combatientes, pareció haber olvidado la palabra "y°"» quedando únicamente “nosotros”: nuestro regimiento, nuestro escuadrón, nuestra brigada.

p Y los acontecimientos se sucedían con velocidad huracanada; cada día traía cosas nuevas.

p La avalancha de la Caballería de Budionny asestaba sin cesar golpe tras golpe, destrozando y desorganizando toda la retaguardia polaca. Embriagadas por el vino de la victoria, las divisiones de caballería se lanzaron con furia apasionada al ataque de Novograd-Volinski, corazón de la retaguardia polaca.

p Refluyendo como las olas de una orilla escarpada, retrocedían para lanzarse de nuevo al avance con el terrible: "¡Adelante!"

p Nada pudo salvar a los polacos: ni las redes de alambradas ni la desesperada resistencia de la guarnición que se había hecho fuerte en la ciudad. El 27 de junio, por la mañana, las unidades de Budionny, después de pasar el río Sluch a caballo irrumpieron en Novograd-Volinski, persiguiendo a los polacos en dirección al pueblecillo de Koriets. Mientras tanto, la 45a división pasaba el Sluch junto a Novi Míropol, y la brigada de caballería de Kotovski caía sobre el pueblecillo de Liubar.

p La estación de radio del 1er Ejército de Caballería recibió la orden del jefe del frente de enviar toda la caballería a la toma de Rovno. La ofensiva incontenible de las divisiones rojas perseguían a los polacos, que, dispersos y desmoralizados, buscaban la salvación en grupos.

p Un día, Pável, que había sido enviado por el jefe de la brigada a la estación en que se hallaba el tren blindado, se encontró allí con quien menos esperaba encontrarse. El caballo saltó el terraplén a la carrera. Pável tiró de las riendas junto al primer vagón, pintado de gris. El tren blindado se alzaba imponente, inexpugnable, mostrando las negras bocas de los cañones escondidos en las torretas. 216 Cerca de él movíanse atareadas varias figuras, sucias de grasa, que levantaban una pesada plancha de hierro del blindaje de las ruedas.

p — ¿Dónde se puede encontrar al jefe del tren blindado? —preguntó Pável a un soldado rojo, con cazadora de cuero, que llevaba un cubo de agua.

p — Allí —respondió el soldado, señalando con la mano en dirección a la máquina.

p Deteniéndose junto a la locomotora, Korchaguin preguntó:

p — ¿Quién es el jefe?

p Un hombre enfundado en cuero de pies a cabeza, y con la cara picada de viruelas, volvióse hacia él:

p — ¡Yo!

p Pável sacó del bolsillo el sobre.

p — Aquí tiene la orden del jefe de la brigada. Firme en el sobre.

p El jefe del tren blindado, apoyando el sobre en su rodilla, firmó. Junto a la rueda motriz de la locomotora estaba traba] ando una figura, con la aceitera en la mano. Pável no veía de ella más que la ancha espalda; por el bolsillo de los pantalones de cuero asomaba la culata de un revólver.

p — Toma el recibí —dijo a Pável el hombre del traje de cuero tendiéndole el sobre.

p Pável recogió las riendas, dispuesto a emprender el regreso. El hombre que había junto a la locomotora se irguió por completo y volvióse. En aquel mismo instante, Pável saltó del caballo, como impulsado por el viento.

p — ¡Artiom, hermanito!

p El maquinista, todo manchado de mazut, dejó rápidamente la aceitera y estrechó entre sus brazos de oso al joven soldado rojo.

p — ¡Pávka! ¡Granuja! ¡Pero si eres tú! —gritó sin dar crédito a sus ojos.

p El jefe del tren blindado miraba sorprendido la escena. Los artilleros se echaron a reír:

p —• Fíjate, se han encontrado dos hermanos.

p El 19 de agosto, Pável perdió la gorra en el combate, en la región de Lvov. Detuvo el caballo, pero, delante, los 217 escuadrones se incrustaban ya en las líneas polacas. Por entre los avellanos volaba Demídov. Galopaba cuesta abajo, hacia el río, gritando sobre la marcha:

p — ¡Han matado al jefe de la división!

p Pável estremecióse. Había caído Letunov, el heroico jefe de la división, el camarada de abnegada audacia. Una furia salvaje se apoderó de Korchaguin.

p Golpeando con la parte roma del sable’al agotado Gnedkó, cuyo freno estaba tinto en sangre, lanzóse veloz a lo más arduo del combate.

p — ¡Segad a los canallas! ¡Segadles! ¡Duro con los señoritos polacos! ¡Han matado a Letunov! —Y ciego, sin ver a su víctima, asestó un sablazo a una figura con guerrera verde. Enloquecidos de coraje por la muerte del jefe, los hombres del escuadrón aniquilaron a sablazos a una sección entera de legionarios.

p Salieron al campo al galope, dando alcance a los que huían, pero contra ellos disparaba ya una batería que desgarraba el aire y sembraba la muerte con su metralla.

p Ante los ojos de Pável surgió una llamarada verde, como magnesio: el trueno retumbó en sus oídos; un hierro candente le quemó la cabeza. La tierra vaciló de un modo extraño, espantoso y comenzó a dar la vuelta, inclinándose. ..

p Pável xíue arrancado de la silla, como si fuera una pajita. Salió volando por las orejas del caballo y cayó pesadamente al suelo.

Y al instante, se hizo la noche.

* * *
 

Notes

[194•*]   Carro ligero tirado por caballos y armado de una ametralladora. (N. de la Edit.)

[196•*]   Granadas de mano ffovüski, de unos cuatro kilogramos de peso, empleadas para volar alambradas. (N. de la Edit.)