p Durante toda una semana, el pueblo, rodeado de trincheras y envuelto por la telaraña de las alambradas, se despertaba y dormíase bajo el tronar de los cañones y el estrépito de la fusilería. Tan sólc a altas horas de la noche hacíase el silencio, turbado de tarde en tarde por asustadas descargas; ¡eran los escuchas, que se tanteaban unos a otros! Pero, al amanecer, junto a las baterías, en la estación, comenzaban a agitarse los hombres. La negra boca del cañón tosía colérica, espantosamente. Los hombres se apresuraban a alimentarla con una nueva ración de plomo. El artillero tiraba del cordón; la tierra retemblaba. A unas tres verstas del pueblo, sobre la aldea”, ocupada por los rojos, volaban los obuses aullando y silbando, ahogándolo todo con su estruendo; y al caer, lanzaban al aire montones de tierra destrozada.
p En el patio de un antiguo monasterio polaco estaba emplazada la batería de los rojos. El monasterio se encontraba en un cerro alto, en el centro de la aldea.
p El comisario militar de la batería, camarada Samostin, que dormía con la cabeza descansando en la trompa del cañón, se levantó de un salto. Apretándose el cinto, del que colgaba un pesado máuser, prestó oído al vuelo del proyectil, esperando la explosión. Su voz sonora llenó el patio:
p — Mañana dormiremos más, camaradas. ¡De pie!
p Los servidores de la batería dormían allí mismo, 163 junto a los cañones. Se levantaron con la misma rapidez con que lo había hecho el comisario. Sólo Sidorchuk remoloneaba, alzando desganado la soñolienta cabeza.
p — ¡Vaya unos perros!, apenas ha amanecido y va están ladrando. ¡Qué gente más ruin!
p Samostin soltó la carcajada:
p — Son elementos inconscientes, Sidorchuk. No tienen en cuenta que tú quieres dormir.
p El artillero se levantó, gruñendo enojado.
p Unos minutos más tarde, en el patio del monasterio tronaban los cañones, y los proyectiles explotaban en la ciudad. En la altísima chimenea de la fábrica de azúcar se habían instalado, sobre unas tablas extendidas, un oficial de Petliura y un telefonista.
p Habían subido hasta allí por los peldaños de hierro del interior de la chimenea.
p Veíase todo el pueblo, como si se le tuviera en la palma de la mano. Desde allí, aquellos hombres corregían el tiro de la artillería. Oteaban cada movimiento de los rojos que asediaban la ciudad. Aquel día, en el campo de los bolcheviques la animación era grande. A través de los prismáticos se veía el movimiento de sus unidades. Siguiendo la línea del ferrocarril, un tren blindado arrastrábase lentamente hacia la estación de Podolsk, sin cesar de hacer fuego con sus piezas artilleras. Tras el tren se divisaban las guerrillas de la infantería. Los rojos se habían lanzado varias veces al ataque, tratando de tomar la ciudad, pero la división Siech se había hecho fuerte en los accesos. Y las trincheras bullían con fuego huracanado. Por doquier todo lo ensordecía el loco restallar de los disparos, el cual iba convirtiéndose en un rugido continuo que llegaba a su máxima intensidad durante los ataques. Y rociados por la lluvia de plomo, sin poder resistir aquella tensión inhumana, los bolcheviques se replegaban, dejando en el campo cuerpos inmóviles.
p Aquel día, los ataques contra la ciudad eran cada vez más tenaces y frecuentes. El aire vibraba estremecido por el tronar de los cañones. Desde la altura de la chimenea de la fábrica se veía cómo, haciendo cuerpo a tierra, tropezando, avanzaban incontenibles los bolcheviques. Casi habían ocupado ya la estación. Los cosacos lanzaron al combate todas las reservas, pero no podían tapar aquella 164 brecha abierta en la estación. Rebosantes de furioso empeño, los bolcheviques irrumpían en las calles adyacentes al centro ferroviario. Desalojados por un ataque breve y terrible de su última posición —los jardines de las afueras y los huertos—, los soldados del tercer regimiento de infantería cosaca del ejército de Petliura, que defendían la estación, retrocedieron hacia la ciudad desordenadamente, en pequeños y dispersos grupos. Sin dejar que se rehicieran, los soldados rojos llenaron las calles, barriendo con las bayonetas los grupos de contención.
p No había fuerza capaz de retener a Seriozha Bruszhak en el sótano donde se había refugiado su familia en unión de los vecinos más cercanos. La calle le atraía. A pesar de las protestas de su madre, salió del fresco sótano. Por delante de la casa, chirriando y disparando en todas direcciones, pasó veloz el carro blindado Sagaidachni. Tras él, dominados por el pánico, huían a la desbandada los soldados de Petliura. En el patio de Seriozha entró corriendo uno de los soldados de la división de cosacos. Con apresuramiento febril despojóse de la cartuchera, del casco y del fusil, saltó la cerca y se ocultó en los huertos. Seriozha decidió asomarse a la calle. Por el camino, hacia la estación Sur-Oeste, huían los soldados del " atamán supremo”. Su retirada era protegida por un auto blindado. La carretera que conducía, a la ciudad estaba desierta. Pero, de pronto, un soldado rojo apareció en el camino. Echó cuerpo a tierra y disparó a lo largo de la carretera. Tras él surgió un segundo soldado, y un tercero. .. Seriozha los veía: se agachaban y tiraban sobre la marcha. A pecho descubierto, corría un chino bronceado y de inflamados ojos; venía en mangas de camisa, ceñido el cuerpo por unas cintas de ametralladora y con una granada en cada mano. En cabeza, adelantando su fusil ametrallador, avanzaba veloz un soldado rojo muy joven. Era la primera guerrilla de los rojos que había irrumpido en la ciudad. Y un sentimiento de júbilo embargó a Seriozha. Se lanzó a la carretera y gritó a voz en cuello:
p — ¡Vivan los cantaradas!
p El chino, sorprendido, estuvo a punto de derribarlo. Se disponía ya a lanzarse ferozmente sobre Seriozha, pero el aspecto entusiasmado del joven le contuvo.
165p — ¿A dónde se han marchado los de Petliura? —le gritó el chino, jadeante.
p Pero Seriozha no le escuchaba. Entró, en el patio, raudo como el viento, cogió la cartuchera y el fusil abandonados por el soldado de la división cosaca y se lanzó a alcanzar a la guerrilla. Los soldados rojos únicamente se dieron cuenta de su presencia cuando irrumpieron en la estación Sur-Oeste. Después de interceptar el camino a varios trenes cargados de pertrechos y municiones y de obligar al enemigo a retirarse a un bosque, se detuvieron para descansar y reagruparse. El joven ametrallador se acercó a Seriozha y le preguntó asombrado:
p — ¿Tú de dónde eres, camarada?
p — Soy de aquí, de la ciudad; vivía sólo esperando a que llegarais.
p Los soldados rojos rodearon a Seriozha.
p — Yo lo conozco —sonrió alegre el chino—. Glitaba: "¡Vivan los camaladas!" Es bolsevique, nuestlo, joven, bono —añadió admirado, dando palmadas a Seriozha en el hombro.
p Y a Seriozha le latía gozoso el corazón. Le habían acogido en seguida como a uno de los suyos. Con ellos conquistó la estación, en ataque a la bayoneta.
p La ciudad revivió. Los atormentados vecinos salían de los sótanos y de las bodegas y corrían a los portales para ver las unidades rojas que habían entrado en la ciudad. Antonina Vasílievna y Valia vieron en las filas de los soldados rojos a Seriozha, que marchaba con todos los demás. El muchacho iba sin gorra, la cartuchera a la cintura y el fusil a la espalda.
p Antonina Vasílievna juntó las manos indignada. Seriozha, su hijo, se había entrometido en la lucha. ¡ Aquello no quedaría impune! ¡Había que ver: marchar con un fusil a la vista de toda la ciudad! ¿Y qué pasaría luego?
p Y dominada por tales pensamientos, ya sin poderse contener, gritó:
p — ¡Seriozha, anda para casa ahora mismo! ¡Ya te arreglaré las cuentas, canalla! ¡Yo te enseñaré a combatir! —Y se dirigió hacia su hijo con intención de detenerle.
166p Pero Seriozha, su Seriozha, al que más de una vez había tirado de las orejas, miró adusto a la madre y, sonrojándose por la vergüenza y el ultraje, le cortó:
p — ¡No grites! No me iré de aquí. —Y, sin detenerse, pasó de largo.
p Antonina Vasílievna estalló:
p — ¡Ah! ¿Así hablas a tu madre? Bien, no te atrevas a volver a casa después de esto.
p — ¡Y no volveré! —gritó en respuesta Seriozha, sin mirar hacia atrás.
p Antonina Vasílievna, desconcertada, quedó inmóvil al margen de la carretera. Y, por delante, continuaban pasando las filas de combatientes tostados por el sol y polvorientos.
p — ¡No llores, madrecita! Elegiremos comisario a tu hijo —se oyó una voz fuerte y burlona.
p Una risa alegre recortó la sección. A la cabeza de la compañía, voces potentes entonaron, acordes, la canción:
p
Marcad el paso con audacia, camaradas,
Nuestro espíritu se fortalecerá en el pelear,
Con nuestro pecho
Nos abriremos camino al reino de la
libertad...
p Las filas secundaron con fuerza ’la canción, y en el coro general se elevaba también la voz sonora de Seriozha. Había encontrado una nueva familia. Y en ella, una bayoneta era suya, de Seriozha.
p En el portal de la finca de Leschinski había un cartón blanco. Y en éste, dos palabras escritas: Comité Revolucionario.
p Al lado había un cartel de colores vivos. En él, un soldado rojo dirigía su dedo y sus ojos al pecho del que leía la siguiente inscripción, que se encontraba al pie del cartel:
p ¿Has ingresado ya en el Ejército Rojo?
p Por la noche, los trabajadores de la sección política de la división habían pegado aquellos agitadores mudos. Allí mismo se hallaba también el primer llamamiento del 167 168 169 Comité Revolucionario a los trabajadores de la ciudad de Shepetovka:
p "¡Cantaradas! Las tropas proletarias han tomado la ciudad. Ha sido restablecido el Poder soviético. Llamamos a la población a conservar la calma. Los pogromistas sangrientos han sido arrojados, pero para que no vuelvan nunca, para aniquilarles definitivamente, ingresad en las filas del Ejército Rojo. Apoyad con todas vuestras fuerzas al Poder de los trabajadores. El Poder militar en la ciudad lo ejerce el jefe de la guarnición; el Poder civil, el Comité Revolucionario.
p
El presidente del Comité Revolucionario
Dolínnik".
p En la finca de los Leschinski aparecieron nuevas gentes. La palabra “camarada” —por la que ayer se pagaba con la vida—, sonaba ahora a cada paso. ¡“Camarada”, palabra indescriptible y emocionante!
p Dolínnik olvidóse del sueño y del descanso.
p El carpintero organizaba el Poder revolucionario.
p En la puerta de una de las habitaciones del chalet había un pedazo de papel. En él estaba escrito con lápiz: Comité del Partido. Allí se encontraba la camarada Ignátieva, mujer tranquila y mesurada. La sección política de la división había encomendado a ella y a Dolínnik organizar el Poder soviético en la ciudad.
p Había transcurrido un solo día, y tras las mesas encontrábanse ya los empleados, tecleaba la máquina de escribir y se había constituido el Comisariado de Abastos. El comisario era Tizhitski, hombre nervioso y vivaz. Tizhitski trabajaba de ayudante de mecánico en la fábrica de azúcar. En cuanto fue instaurado el Poder soviético, comenzó a atacar con extraordinaria tenacidad a los aristocráticos altos jefes de la administración de la fábrica, que procuraban pasar desapercibidos, ocultando el odio a los bolcheviques albergado en su interior.
p En la asamblea de la fábrica, descargando violentos puñetazos sobre la baranda de la tribuna, lanzaba a los obreros que le rodeaban palabras duras e intransigentes, en polaco.
p — Se acabó —afirmaba—, lo que fue ya no existirá más. Bastante han trabajado nuestros padres, y nosotros mismos, durante toda la vida, para Pototski. Nosotros le hemos construido palacios y, por ello, el ilustrísimo señor 170 conde nos daba exactamente lo justo para que no nos muriéramos de hambre en el trabajo.
p — ¿Cuántos años llevan los condes Pototski y los príncipes Sangushko cabalgando sobre nuestras espaldas? ¿Acaso entre nosotros hay pocos obreros polacos a los que Pototski mantenía en el yugo, lo mismo que a los rusos y ucranianos? Bien, entre estos obreros circulan rumores, difundidos por los lacayos del conde, de que el Poder soviético oprimirá a todos ellos con mano de hierro.
p — Esto es una vil calumnia, camaradas. Nunca los trabaj adores de las diferentes nacionalidades han tenido las libertades que poseen ahora.
p — Todos los proletarios son hermanos, pero a los pañis les apretaremos las clavijas, estad seguros. —Su mano describió un semicírculo, y de nuevo se desplomó sobre la barrera de la tribuna—. ¿Y quién obliga a los hermanos a verter sangre hermana? Desde los siglos más remotos, los reyes y los nobles enviaban a los campesinos polacos a luchar contra los turcos, y siempre un pueblo agredía y aplastaba a otro. ¡Cuánta gente ha sido aniquilada, cuántas desgracias han ocurrido! ¿Y quién necesita esto?, ¿nosotros? Pero todo esto se acabará pronto. A esas víboras les ha llegado la hora. Los bolcheviques han lanzado a todo el mundo unas palabras terribles para los burgueses: ¡Proletarios de todos los países, unios! He aquí donde está nuestra salvación, nuestra esperanza de una vida feliz, en la que los trabajadores sean hermanos. Ingresad, camaradas, en el Partido Comunista.
p — Habrá también una República polaca, sólo que soviética, sin Pototskis, a los que extirparemos de raíz, y en la Polonia Soviética nosotros mismos seremos los dueños. ¿Quién de vosotros no conoce a Brónik Ptashinski? Ha sido nombrado, por el Comité Revolucionario, comisario de nuestra fábrica. "Los nada de hoy, todo han de ser”. Habrá también fiesta para nosotros, camaradas, ¡pero no prestéis oído a esas serpientes ocultas! ¡Y si nuestra confianza obrera ayuda, organizaremos la fraternidad de los pueblos en todo el mundo!
p A Vatslav Tizhitski estas palabras nuevas le salieron de lo más profundo de su sencillo corazón de obrero.
p Cuando descendió de la tribuna, la juventud le acompañó con exclamaciones de simpatía.
171p Tan sólo los más viejos tenían miedo a manifestarse. ¿Quién sabía? Quizás al día siguiente los bolcheviques retrocediesen y entonces habría que responder por cada palabra pronunciada. Si no iba uno a parar a la horca, con toda seguridad le despedirían de la fábrica.
p El comisario de Instrucción Pública era el enjuto y apuesto maestro Chernopizhski. De momento, era, entre todos los maestros locales, el único hombre afecto a los bolcheviques. Frente al Comité Revolucionario se alojaba ^ind compañía especial. Sus soldados rojos hacían guardia en el Comité Revolucionario. Por la tarde, en el jardín, frente a la entrada, había emplazada una Maxim dispuesta a funcionar, con la serpiente de la cinta deslizándose en la recámara. Junto a la máquina había dos hombres armados de fusiles.
p La camarada Ignátieva se dirigió al Comité Revolucionario. Al pasar, atrajo su atención un soldado rojo muy joven, y le preguntó:
p — ¿Cuántos años tiene, camarada?
p — Dieciséis cumplidos.
p — ¿Es usted de aquí? El soldado rojo sonrió.
p — Sí, ingresé en el ejército anteayer, durante el combate.
p Ignátieva lo miró atentamente.
p — ¿Qué es su padre?
p — Ayudante de maquinista.
p Por el postigo entró Dolínnik acompañado de un militar. Ignátieva, dirigiéndose a él, le dijo:
p — He encontrado un dirigente para el Comité de distrito de la Juventud Comunista; es de aquí.
p Dolínnik miró rápidamente a Seriozha.
p — ¿Quién es? ¡Ah, el hijo de Zajar! Bien, anda, organiza a los muchachos.
p Seriozha les miró sorprendido.
p — ¿Cómo? ¿Y la compañía?
p Subiendo ya los escalones, Dolínnik dijo rápidamente:
p — Eso ya lo arreglaremos nosotros.
p Dos días después, por la tarde, fue creado el Comité local de la Juventud Comunista de Ucrania.
p La vida nueva irrumpió inesperada e impetuosamente, llenándolo todo, envolviéndolo en su torbellino. Y 172 Seriozha se olvidó de su familia, aunque la tenía muy cerca.
p El, Seriozha Bruszhak, era bolchevique. Y por décima vez sacaba del bolsillo una tirita de papel blanco, donde, bajo el membrete del Comité del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania, se decía que él, Seriozha, era joven comunista y secretario de Comité. Y por si alguien lo ponía en duda, de la correa que entallaba su camisa pendía la imponente Manlicher, regalo del querido Pavka, metida en una funda de lona, hecha por él mismo. Era la credencial más convincente. ¡Ah, qué pena que Pavlushka no estuviese allí!
p Seriozha se pasaba el día corriendo de un lado para otro, con comisiones del Comité Revolucionario. En aquel momento, Ignátieva le estaba esperando. Debían ir a la estación, a la sección política de la división, donde tenían que darles literatura y periódicos. Seriozha salió corriendo a la calle. Un colaborador de la sección política les esperaba en un auto, junto a la puerta del Comité Revolucionario.
p La estación estaba lejos. En ella, instalados en vagones, se encontraban el Estado Mayor y la sección política de la primera división ucraniana soviética. Ignátieva aprovechaba el viaje para hacer preguntas a Seriozha.
p — ¿Qué has hecho en tu ramo? ¿Has creado la organización? Debes agitar a tus amigos, a los hijos de los obreros. En estos días hay que formar un grupo de la Juventud Comunista. Mañana redactaremos y publicaremos el llamamiento de la Juventud Comunista. Después reuniremos en el teatro a los jóvenes y organizaremos un mitin; en cuanto lleguemos a la sección política de la división, te presentaré a Ustinóvich. Me parece que ella es quien lleva el trabajo entre la juventud.
p Ustinóvich resultó ser una muchachita de dieciocho años, de pelo oscuro, cortado a lo chico, y vestía con flamante guerrera caqui ceñida a su cuerpo por un estrecho cinturón. Seriozha supo por ella muchas novedades y recibió la promesa de ser ayudado en el trabajo. Al despedirse, la muchacha le cargó con un fardo de literatura y, particularmente, le recomendó un librito pequeño: el programa y los estatutos de la Juventud Comunista.
173p Avanzada la noche, volvieron al Comité Revolucionario. En el jardín esperaba Valia. Con reproche arremetió contra Seriozha.
p — ¿Cómo no te da vergüenza? ¿Es que has renunciado por completo a la casa? La madre llora por ti cada día, el padre se enfada. Habrá escándalo.
p — No pasará nada, Valia. No tengo tiempo para ir a casa. Palabra de honor, no lo tengo. Y hoy tampoco iré. Pero necesito hablar contigo. Ven a mi despacho.
p Valia no reconocía a su hermano. Había cambiado por completo. Daba la impresión de que alguien le hubiese cargado de electricidad.
p Luego de hacer tomar asiento a Valia en una silla, Seriozha comenzó de golpe y porrazo, sin andarse con rodeos:
p — Bien, al grano, ingresa en el Komsomol. ¿No comprendes? En la Juventud Comunista. Yo soy el presidente de ella. ¿No lo crees? ¡Toma, lee!
p Valia leyó la credencial y miró turbada a su hermano.
p — ¿Y qué voy a hacer yo en el Komsomol? Seriozha abrió los brazos con asombro.
p — ¿Qué? ¿Crees que hay poco trabajo? ¡Pero mujer! ¿No ves que yo me paso las noches sin dormir? Hay que atizar el fuego de la agitación. Ignátieva dice que reuniremos a todos en el teatro y hablaremos del Poder soviético; insiste en que yo pronuncie un discurso. Pienso que esto es tonto, pues yo no sé hablar. Y fracasaré rotundamente. Bueno, al grano. ¿Qué piensas de lo del Komsomol?
p — No sé. Entonces a la madre no habrá quién la aguante.
p — No hagas caso a la madre, Valia —objetó Seriozha— Ella no entiende de esto. Sólo quiere que sus hijos estén con ella. No tiene nada contra el Poder soviético. Por el contrario, le tiene simpatía. Pero en el frente, que luchen otros, no sus hijos. ¿Acaso es esto justo? ¿ Recuerdas lo que nos decía Zhujrái? Fíjate en Pavka, él sí que no reparaba en lo que pudiera pensar su madre. Y ahora tenemos derecho a vivir en el mundo como es debido. ¿Qué, Valia, es posible que te niegues? ¡Qué formidable sería! Tú trabajarías entre las muchachas, y yo entre los chicos. Al diablo pelirrojo de Klimka, voy a trabajarle hoy 174 mismo. ¿Qué, Valia, te adhieres a nosotros o no? Mira, aquí tengo un libro que habla de este asunto.
p Sacó del bolsillo el librito qué le había dado Ustinóvich y se lo entregó a Valia. Esta, sin apartar los ojos de su hermano, le preguntó en voz baja:
p — ¿Y qué pasará si vuelven los de Petliura? Seriozha no había pensado aún en eso.
p — Yo, naturalmente, me marcharé con todos. ¿Pero tú, qué? Es verdad, la madre sería muy desgraciada. —Y callóse.
p — Apúntame, Seriozha, de forma que ni la madre ni nadie lo sepa; sólo lo sabremos tú y yo. Ayudaré en todo, asi será mejor.
p — Tienes razón, Valia.
p En la habitación entró Ignátieva.
p — Esta es mi hermanita Valia, camarada Ignátieva. He tenido una conversación con ella respecto a la idea. Es una muchacha muy apropiada, pero ¿comprende?, nuestra madre es rigurosa. ¿Se la puede admitir de forma que nadie lo sepa? Si por casualidad tuviéramos que retroceder, yo, naturalmente, cogería el fusil y me marcharía, pero a ella le da lástima de la madre.
p Ignátieva, sentada en el borde de la mesa, le escuchaba atenta.
p — Bien. Así será mejor —dijo; cuando Seriozha hubo terminado de hablar.
p El teatro estaba abarrotado de una juventud bulliciosa atraída por los carteles anunciadores del mitin, pegados por toda la ciudad. Tocaba la banda de música de los obreros de la fábrica de azúcar. Lo que más abundaba en el salón eran los estudiantes del liceo y de la escuela preparatoria.
p Todos ellos habían sido atraídos no tanto por el mitin como por el espectáculo.
p Por fin se levantó el telón y en el escenario apareció la figura del secretario del Comité comarcal, camarada Rasin, que acababa de llegar a la ciudad.
p Era un joven bajo, delgaducho y de nariz puntiaguda, que atrajo inmediatamente la atención general. Su discurso fue escuchado con gran interés. Habló de la lucha que 175 abarcaba todo el país e invitó a la juventud a unirse en torno al Partido Comunista. Habló como un verdadero orador, en su discurso había demasiadas palabras como "marxistas ortodoxos”, “socialchovinistas” y otras por el estilo, que los oyentes, como era natural, no comprendieron.
p Cuando terminó, le recompensaron con estruendosos aplausos. Cedió la palabra a Seriozha y se marchó.
p Ocurrió aquello que tanto temía Seriozha. El discurso no le salía. "¿Qué decir, de qué hablar?”, se atormentaba buscando las palabras, sin encontrarlas.
p Ignátieva le ayudó, susurrándole desde la mesa:
p — Habla de la organización de la célula.
p Seriozha pasó inmediatamente a las medidas prácticas.
p — Ya todos lo habéis oído, camaradás, ahora debemos crear una célula. ¿Quién de vosotros apoya esta idea?
p En el salón se hizo el silencio.
p Ustinóvich acudió en su ayuda. Comenzó a hablar a los reunidos de la organización de la juventud en Moscú. Seriozha, lleno de turbación, permanecía en pie, a un lado.
p Le inquietaba aquella actitud frente a la organización de la célula y lanzaba al público miradas hostiles. A Ustinóvich la escucharon distraídamente. Salivánov cuchicheaba algo a Lisa Sujarko, mirando despectivo a Ustinóvich. En primera fila, las estudiantes de las clases superiores del liceo, con la naricilla empolvada y ojos picaros que disparaban flechazos, hablaban entre sí. En un rincón, junto a la entrada a escena, había un grupo de jóvenes soldados rojos. Entre ellos Seriozha divisó al joven ametrallador que ya conocía. Sentado en el borde de la rampa, movíase nervioso y miraba con odio a las emperifolladas Lisa Sujarko y Anna Admóvskaya, quienes coqueteaban descaradamente con sus galanes.
p Comprendiendo que no la escuchaban, Ustinóvich terminó rápidamente y cedió el puesto a Ignátieva. El tranquilo discurso de esta última apaciguó a los oyentes.
p — Camaradás jóvenes —dijo—, cada uno de vosotros puede pensar en lo que ha oído aquí, y estoy segura de que entre vosotros habrá camaradás que se incorporarán a la revolución, como participantes activos y no como simples espectadores. Las puertas las tenéis abiertas, todo 176 depende de vosotros. Queremos que os manifestéis vosotros mismos. Invitamos a quienes lo deseen a que lo hagan. En la sala volvió a hacerse el silencio. Pero, de pronto, en las últimas filas se alzó una voz:
p — ¡Pido la palabra!
p Y un joven parecido a un osezno, con los ojos ligeramente bizcos, se abrió paso hasta el escenario. Era Misha Levchukov.
p — Si es así la cosa, hay que ayudar a los bolcheviques, yo no me niego. Seriozha me conoce. Me apunto en el Komsomol.
p Seriozha sonrió alegremente.
p — ¡Ya lo veis, camaradas! —dijo, saliendo impetuoso al centro del escenario—. Ya lo decía yo, ahí tenéis a Mishka, un muchacho de los nuestros: no ha recibido instrucción porque su padre, que era guardagujas, fue aplastado por ^un vagón. Pero en nuestra causa ha visto claro en seguida, aunque no ha cursado el liceo.
p En la sala oyéronse gritos y ruido. Pidió la palabra Okushev, hijo del farmacéutico, muchacho con el pelo cuidadosamente rizado. Tirándose de la blusa, comenzó:
p — Excusadme, camaradas. No comprendo lo que quieren de nosotros. ¿Quieren que nos ocupemos de política? ¿Y cuándo vamos a estudiar? Nosotros necesitamos terminar los estudios. Otra cosa sería si crearan cualquier sociedad deportiva, un club, donde fuera posible reunirse, leer. Pero se nos propone que nos ocupemos de política, y luego, le ahorcan a uno por ello. Perdón. Pienso que nadie estará’de acuerdo.
p En la sala se oyeron risas. Okushev saltó del escenario y tomó asiento. Su puesto lo ocupó el joven ametrallador. Con rabia se echó la gorra sobre la frente, lanzó una mirada colérica a las filas y gritó con fuerza:
p — ¿Os reís, víboras?
p Sus ojos ardían como dos ascuas. Aspirando profundamente y temblando todo él de coraje, dijo:
p — Mi apellido es Zharki, me llamo Iván. No conocí ni a mi padre ni a mi madre; vivía sin amparo de nadie; como un mendigo, dormía tumbado junto a las vallas. Pasaba hambre y nadie me daba albergue. Vivía como un perro, no como vosotros, señoritos mimados. Y cuando llegó el Poder soviético, los soldados rojos me recogieron. 177 178 179 Una sección entera me prohijó, me vistieron, me calzaron, me enseñaron a leer y escribir y, lo que es lo fundamental, hicieron tme me sintiese un ser humano. Por ellos me hice bolchevique y lo seguiré siendo hasta la muerte. Sé bien por qué se lucha: por nosotros, por los pobres, por el Poder de los obreros. Vosotros relincháis como potros y no sabéis que cerca de la ciudad cayeron doscientos camaradas, perecieron para siempre... —La voz de Zharki vibró como una cuerda tensa—. Sin vacilar entregaron la vida por nuestra felicidad, por nuestra causa... Así están pereciendo en todo el país, en todos los frentes; y vosotros, mientras tanto, pasáis el tiempo en devaneos. —Volviéndose de pronto hacia la mesa presidencial, añadió—: Vosotros, camaradas, os dirigís a éstos —señaló a los oyentes con el dedo—. ¿Acaso pueden comprenderos? ¡No! El^harto no es compañero del hambriento. Sólo uno ha respondido a vuestra llamada, porque es pobre y huérfano. Nos arreglaremos sin vosotros —dijo agresivo a los reunidos—, no vamos a rogaros. ¿Para qué diablos nos podéis servir? ¡A gente como vosotros lo que se debe hacer es coserla con la ametralladora! —terminó jadeante y, retirándose del escenario corriendo, sin mirar a nadie, se dirigió hacia la salida.
p Nadie de la presidencia se quedó a la velada. Cuando se encaminaban al Comité Revolucionario, Seriozha dijo amargado:
p — ¡Vaya un jaleo que nos ha resultado! Zharki tiene razón. No hemos conseguido nada de esos estudiantes. ¡Qué rabia da!
p — No hay por qué asombrarse —le interrumpió Ignátieva—. Aquí casi no hay juventud proletaria. La mayoría son pequeños burgueses, hijos de intelectuales, gente comodona. Hay que trabajar entre los obreros. Apóyate en la serrería y en la fábrica de azúcar. Pero, a pesar de todo, el mitin no ha sido inútil. Entre los estudiantes hay buenos camaradas.
p Ustinóvich apoyó a Ignátieva:
p — Nuestra tarea, Seriozha, es inculcar incansablemente en la conciencia de cada uno nuestras ideas y nuestras consignas. El Partido llamará la atención de los trabajadores sobre cada nuevo acontecimiento. Organizaremos mítines, reuniones y congresos. La sección política 180 de la división abrirá en la estación un teatro de verano. De aquí a unos días llegará un tren de agitación y desarrollaremos el trabajo a toda marcha. Recordad que Lenin ha dicho que no venceremos si no atraemos a la lucha a las masas, a millones de trabajadores.
p Bien entrada la noche, Serguéi acompañó a Ustinóvich a la estación. Al despedirse, le estrechó con fuerza la mano, reteniéndola por un segundo en la suya. Ustinóvich sonrió de una manera casi imperceptible.
p Al regresar a la ciudad, Seriozha pasó por su casa.
p En silencio, sin objetar nada, aguantaba Seriozha los reproches de su madre. Pero cuando su padre intervino, el propio Seriozha pasó a la ofensiva e inmediatamente metió a Zajar Vasílievich en un callejón sin salida:
p — Escucha, padre, cuando durante la ocupación alemana os declarasteis en huelga y matasteis al centinela en la locomotora, ¿pensabas en la familia? Sí, pensabas. Y, sin embargo, lo hiciste, porque te obligaba tu conciencia obrera. Yo también he pensado en la familia. Comprendo que, si retrocedemos, os perseguirán por mí. Pero, en cambio, si vencemos, seremos los dueños. Yo no puedo permanecer quieto en casa. Padre, tú comprendes bien esto, sin que yo te lo tenga que decir. Entonces, ¿para qué armar i aleo? Yo he emprendido una buena obra, tú debes apoyarme y prestarme ayuda, y lo que haces es escandalizar. Vamos a hacer las paces, padre, y, entonces, también la madre dejará de gritarme. —Miró al padre con sus ojos azules y límpidos, sonriendo cariñosamente, seguro de su razón.
p Zajar Vasílievich se removió inquieto en el banco y, por entre la pelambrera de sus tupidos bigotes y de su barbilla sin afeitar, mostró, sonriendo, sus dientes amarillos.
p — ¿Me aprietas el resorte de la conciencia, granuja? ¿Piensas que, porque te has colgado una pistola al cinto, no puedo hacerte probar la correa?
p Pero en su voz no había amenaza. Luego de unos instantes de embarazoso silencio, añadió, tendiendo decididamente a su hijo su nudosa mano:
p — Adelante, Seriozha: ya estás embalado, no te frenaré, pero te pido que no te desligues de nosotros, ven por casa.
181p Era de noche. La franja de luz que salía por la entornada puerta caía sobre los peldaños. En la gran habitación, amueblada con mullidos divanes, tapizados de felpa, cinco personas estaban sentadas en torno a la mesa del abogado. Celebraba sesión el Comité Revolucionario, compuesto por Dolínnik, Ignátieva, el presidente de la Cheka, Timoshenko, parecido a un kirguiz y tocado de gorro circasiano, el ferroviario Shúdik, un gigantón, y Ostapchuk, obrero del depósito de máquinas, hombre de nariz aplastada.
p Dolínnik, inclinándose hacia Ignátieva por encima de la mesa y clavando en ella su mirada tenaz, pronunciaba trabajosamente, con voz ronca, una palabra tras otra:
p — El frente necesita provisiones. Los obreros necesitan comer. Apenas llegamos, los comerciantes y los especuladores de los mercados aumentaron enormemente los precios. El dinero soviético no lo aceptan. Venden por dinero viejo, por el de Nicolás o por el de Kerenski. Hoy mismo estableceremos precios fijos. Comprendemos perfectamente que ninguno de los especuladores venderá a precio fijo. Esconderán la mercancía. Pero entonces llevaremos a cabo registros y requisaremos a los sanguijuelas todo el género. No podemos ser de mantequilla. No podemos consentir que los obreros continúen pasando hambre. La cantarada Ignátieva advierte que no tiremos demasiado de la cuerda. Tengo que decirle que sus palabras obedecen a una blandura de intelectual. No te ofendas, Zoya, digo las cosas como son. Además, yo no hablo de los pequeños comerciantes. Hoy he recibido informes de que en casa del posadero Borís Son hay un sótano secreto. En él, antes de que llegaran los de Petliura, los grandes comerciantes almacenaron enormes cantidades de mercancías —concluyó Dolínnik, mirando expresivamente y con mordacidad a Timoshenko.
p — ¿Cómo lo has sabido? —preguntó este último desconcertado. Le daba rabia que Dolínnik recibiera todos los informes antes que él, Timoshenko, que era quien debía saber las cosas antes que nadie.
p — Je-je —rió Dolínnik—. Yo, hermano, lo veo todo. Y no sólo sé lo del sótano —continuó—; también sé que ayer, en compañía del chófer del jefe de la división, te metiste entre pecho y espalda media botella de vodka.
182p Timoshenko se revolvió en la silla. Su rostro amarillento tifióse de rubor.
p — ¡Qué peste! —exclamó maravillado. Pero al mirar a Ignátieva, que había fruncido el ceño, se calló. "¡Vaya un carpintero del diablo! Tiene su Cheka particular”, pensaba Timoshenko, mirando al presidente del Comité Revolucionario.
p — Lo del sótano lo he sabido por Seriozha Bruszhak —continuó Dolínnik—. El muchacho tiene un amigo que trabajaba en la fonda. Este se enteró por los cocineros de que Son les abastecía antes de todo lo necesario, en cantidad ilimitada. Y ayer Seriozha consiguió informes concretos: existe el sótano, pero hay que encontrarlo. Así pues, Timoshenko, coge unos cuantos muchachos, y llévate también a Seriozha. ¡Hay que encontrarlo hoy sin falta! En caso de éxito, abasteceremos a los obreros y a la división.
p Media hora más tarde, ocho hombres armados entraban en casa del posadero; otros dos quedaron en la calle, junto a la entrada.
p El dueño, rechoncho y panzudo como un tonel y con las mejillas cubiertas de rojizo pelambre, haciendo resonar su pierna de palo, comenzó a hacer reverencias a los que habían entrado. Con voz de bajo, ronca y gutural, preguntó:
p — ¿Qué pasa, camaradas?, ¿por qué vienen ustedes a tan altas horas de la noche?
p Detrás de Son, con sus quimonos echados sobre los hombros y entornando los ojos, heridos por la luz de la linterna eléctrica de Timoshenko, se encontraban sus hijas. En la habitación contigua, suspirando, se vestía la pandorga de su mujer.
p Timoshenko explicó en dos palabras el objeto de la visita:
p — Vamos a hacer un registro.
p Cada baldosa del piso fue examinada. La espaciosa leñera abarrotada de troncos aserrados, las despensas, la cocina y el inmenso sótano, todo fue sometido a la inspección más minuciosa. Sin embargo, no se descubrió la menor huella del escondrijo secreto.
p En un cuartucho, junto a la cocina, dormía profundamente la sirvienta del posadero. Dormía tan a gusto, 183 que no les oyó entrar. Seriozha la despertó con cuidado.
p — ¿Di, tú sirves aquí? —preguntó a la soñolienta muchacha.
p Cubriéndose los hombros con la manta, resguardando con las manos sus ojos de la luz y sin comprender nada, respondió plena de asombro:
p — Sí. ¿Y quiénes son ustedes?
p Seriozha se lo explicó e, invitándola a que se vistiera, salió de la habitación.
p En el espacioso comedor, Timoshenko interrogaba al dueño. El posadero resoplaba, hablaba excitadamente, expeliendo saliva al hacerlo:
p — ¿Qué quiere usted? No tengo otro sótano. Están perdiendo el tiempo en vano. Se lo aseguro, en vano. Yo tenía una posada, pero ahora soy un pobre. Los soldados de Petliura me saquearon, a poco me matan. Estoy muy contento del Poder soviético, pero ustedes ya ven lo que tengo —decía abriendo sus brazos, de manos gruesas y cortas. Y sus ojos, veteados de venillas rojas, pasaban del rostro del’ presidente de la Cheka al de Seriozha, y del de éste a un rincón y al techo.
p Timoshenko se mordía nerviosamente los labios.
p — ¿Qué, continúa usted ocultándolo? Por última vez le invito a decirnos dónde se encuentra el sótano.
p — ¡Ay! ¿Pero qué dice usted, camarada militar? —se entrometió la esposa del posadero—. ¡Nosotros mismos estamos, francamente, pasando hambre! Nos lo han quitado todo. ¡Quiso romper a llorar, pero no le salió.
p — ¿Pasan ustedes hambre, y tienen sirvienta? — terció Seriozha.
p — ¿Qué sirvienta? Es, simplemente, una pobre muchacha que vive con nosotros. No tiene adonde ir. Pregúntele a la propia Jristina.
p — Está bien —gritó Timoshenko, perdiendo la paciencia—, ¡venga, manos a la obra!
p Había ya amanecido y aún continuaba el tenaz registro en la posada. Enfurecido por trece horas de búsqueda infructuosa, había ya resuelto Timoshenko suspender el registro, cuando en la pequeña habitación de la sirvienta, Seriozha, que se disponía a marcharse, oyó de pronto el susurro quedo de la muchacha:
184p — Seguramente, en la cocina, en el horno.
p Al cabo de diez minutos, bajo el horno ruso, desmontado, descubrióse la puerta metálica de una escotilla. Y una hora más tarde, un camión de dos toneladas, cargado de barriles y de sacos, partía de la posada, rodeada de una multitud de mirones.
p Un caluroso día de verano, María Yákovlevna llegó de la estación con su hatillo. Al enterarse por boca de Artiom de la suerte de Pável, la mujer lloró amargamente. Siguieron unos días sombríos para la madre. No tenía de qué vivir y se puso a lavar la ropa a los militares, por lo que éstos le consiguieron una ración de soldado.
p Una tarde, Artiom pasó por delante de la ventana, pisando más de prisa que de ordinario, y, al empujar la puerta, gritó desde el umbral:
p — Noticias de Pavka.
p "Querido hermano Artiom —escribía Pavka—: Te comunico, querido hermano, que estoy vivo, aunque no en muy buen estado de salud. Una bala me dio en la cadera, pero ya me voy poniendo bien. El doctor dice que no está interesado el hueso. No te preocupes por mí, todo pasará. Quizás reciba permiso y vaya a casa, cuando me den de alta en el hospital. No fui a parar donde estaba la madre, y resulta que ahora soy un soldado rojo de la brigada de caballería que lleva el nombre del camarada Kotovski, de cuyo heroísmo, seguramente, habréis oído hablar. Hasta la fecha yo no había visto nunca hombres como él, y siento gran estima por el jefe de la brigada. ¿Ha llegado nuestra madrecita? Si está en casa, transmítele un ardiente saludo de su hijo menor. Y le pido perdón por la inquietud causada. Tu hermano.
p Artiom, ve a casa del inspector forestal y habíales de la carta".
p María Yákovlevna vertió muchas lágrimas. El bala perdida del hijo ni siquiera le había escrito la dirección del hospital donde se encontraba.
p Con frecuencia, Seriozha visitaba en la estación el vagón verde de pasajeros en el que destacaba el 185 siguiente cartel: "Agitación y Propaganda de la Sección Política de la División”. Allí, en un pequeño departamento, trabajaban Ustinóvich e Ignátieva. Esta última, siempre con un cigarrillo entre los dientes, sonreía con picardía, frunciendo las comisuras de los labios.
p El secretario del Comité de distrito del Komsomol, sin apercibirse de ello, había intimado con Ustinóvich, y, además de los paquetes de literatura y de los periódicos, llevábase consigo de la estación un vago sentimiento de alegría, producido por las breves entrevistas.
p El teatro abierto por la sección política de la división se llenaba cada día de obreros y de soldados rojos. En las vías, cubierto de llamativos carteles, encontrábase el tren de agitación del 12° ejército. En él bullía la vida durante toda la i ornada. Trabajaba allí la imprenta y publicábanse periódicos, octavillas y proclamas. El frente estaba cerca. Seriozha, casualmente, fue a parar una tarde al teatro. Entre los soldados rojos, encontró a Ustinóvich.
p Ya de madrugada, acompañándola a la estación, donde vivían los trabajadores de la sección política de la división, Seriozha, inesperadamente para él mismo, preguntó:
p — ¿Por qué, camarada Rita, tengo siempre deseos de verte? —Y añadió—: ¡Contigo se está tan bien! Después de cada entrevista se sienten más ánimos, y se desea trabajar sin fin.
p Ustinóvich se detuvo.
p — Mira, camarada Bruszhak —dijo—, vamos a ponernos de acuerdo: a partir de hoy, no te dedicarás más a hacer lírica. No me gusta.
p Seriozha enrojeció como un escolar al que se le ha llamado la atención.
p — Te lo he dicho como amigo —respondió—, y tú me... ¿Qué de contrarrevolucionario he dicho? ¡Como es natural, camarada Ustinóvich, no volveré a hablar más!
p Y tendiéndole rápidamente la mano, dirigióse a la ciudad, casi corriendo.
p Durante varios días consecutivos, Seriozha no volvió a aparecer por la estación. Cuando Ignátieva le llamaba, excusábase diciendo que tenía mucho trabajo. Y en efecto, estaba muy ocupado.
186p Una noche, alguien disparó contra Shúdik, que regresaba a casa por una calle en la que vivían preferentemente los altos empleados polacos de la fábrica de azúcar. Ello fue causa de registros en los que se encontraron armas y documentos de la organización de Pilsudski El Tirador.
p A la reunión del Comité Revolucionario asistió Ustinóvich. Llamando aparte a Seriozha, le preguntó tranquilamente:
p — ¿Qué, te ha entrado el amor propio pequeñoburgués? ¿Dejas que influencie en el trabajo una conversación personal? Eso, camarada, no está bien.
p Y Seriozha volvió a aprovechar toda ocasión para visitar el vagón verde.
p El muchacho asistió a una conferencia comarcal. Durante dos días sostuvo acaloradas disputas. Al tercer día, junto con todo el Pleno, armóse y, durante un día entero, persiguió por los bosques a la banda de Sarudni, un oficial de Petliura que no había sido rematado aún. De regreso, encontró, en casa de Ignátieva, a Ustinóvich. La acompañó a la estación y, al despedirse, le apretó la mano con fuerza.
p La muchacha retiró enfadada la mano. Y de nuevo Seriozha pasóse mucho tiempo sin asomar por el vagón de agitación y propaganda. Evitaba adrede el encontrarse con Rita incluso cuando era necesario. Y cuando ella le exigió con insistencia que explicara su conducta, la interrumpió bruscamente:
p — ¿Qué voy a hablar contigo? De nuevo me imputarás alguna desviación pequeñoburguesa o alguna traición a la clase obrera.
p A la estación llegaron trenes militares con la división del Cáucaso, condecorada con la Orden de la Bandera Roja. En el Comité Revolucionario se presentaron tres jefes de tez cetrina. Uno de ellos, alto, delgado, con la guerrera entallada por un cinturón labrado, arremetió contra Dolínnik.
p — No me digas nada. Dame cien carretas de heno. Los caballos se mueren.
p Seriozha fue enviado con dos soldados rojos a conseguir heno. En una aldea se dieron de narices con una 187 banda de kulaks. Estos desarmaron a los soldados rojos y les propinaron una paliza de muerte. Seriozha escapó mejor que los demás, porque, debido a su juventud, se compadecieron de él. Los del Comité de campesinos pobres los trajeron a la ciudad.
p A la aldea fue enviado un destacamento que consiguió el heno al día siguiente.
p No deseando alarmar a su familia, Seriozha se reponía en la habitación de Ignátieva. Ustinóvich iba a visitarle. Aquella tarde sintió por vez primera el apretón de manos de la muchacha, tan cariñosa y fuerte como él nunca se hubiera atrevido a darle.
p Un caluroso mediodía, Seriozha entró corriendo en el vagón, leyó a Rita una carta de Korchaguin y le habló de su amigo. Al salir, dijo, como por casualidad:
p — Voy al bosque, a bañarme en el lago. Ustinóvich, dejando el trabajo, le detuvo:
p — Espera, vamos juntos.
p Detuviéronse en la orilla del tranquilo lago de cristal. El frescor del agua tibia y transparente les atraía.
p — Ve a la salida, al camino y espera. Yo voy a bañarme —ordenó Ustinóvich al muchacho.
p Seriozha sentóse sobre una piedra junto al puentecillo, de cara al sol.
p A su espalda chapoteaba el agua.
p Por entre los árboles, vio en el camino a Tonia Tumánova y al comisario político del tren de agitación, Chuzhanin. Este era guapo, vestía elegante guerrera, ceñida por un biricú con multitud de correas, y calzaba botas altas de fino cuero; iba del brazo de Tonia y le contaba algo.
p Seriozha reconoció a la muchacha. Era la misma que le había llevado la nota de Pável. Tonia también le miró con fijeza: al parecer, le había reconocido. Cuando los paseantes llegaron a la altura de Seriozha, éste sacó la carta del bolsillo y detuvo a Tonia.
p — Un momento, camarada. Tengo una carta que, parcialmente, se refiere a usted.
p Y le tendió la hoja escrita. Desprendiendo su brazo de Chuzhanin, Tonia leyó la carta. La hoja de papel 188 temblaba en su mano, casi imperceptiblemente. Devolviéndola a Seriozha, le preguntó:
p — ¿No sabe usted nada más de él?
p — No —respondió Seriozha.
p Crujieron detrás los guijarros, bajo los pies de Ustinóvich. Chuzhanin vio a Rita y, dirigiéndose a Tonia, cuchicheó:
p — Vamos.
p La voz de Ustinóvich, burlona y despectiva, le detuvo:
p — ¡Camarada Chuzhanin! En el tren le están buscando todo el día.
p Chuzhanin la miró de soslayo, con hostilidad:
p — No importa. Se las arreglarán sin mí.
p Rita, siguiendo con los ojos a Tonia y al comisario, dijo:
p — ¿Cuándo enviarán al cuerno a este bribón?
p Susurraba el bosque, inclinando las poderosas copas de los robles. El lago atraía con su frescor. Seriozha sintió deseos de bañarse.
p Después del baño encontró a Ustinóvich cerca de la vereda del bosque, sentada en un roble derribado.
p Conversando, se adentraron en el bosque. En un pequeño calvero lleno de hierba fresca y lozana, decidieron descansar. Reinaba la quietud en el bosque; los robles cuchicheaban entre sí. Ustinóvich echóse sobre la hierba y reclinó la cabeza en el doblado brazo. Sus piernas, bien formadas, con zapatos viejos y remendados, se escondían en la crecida hierba. La mirada de Seriozha-fue a parar casualmente a los zapatitos con cuidadosos remiendos; después, pasó a su bota, con un imponente agujero por el que asomaba el dedo pulgar, y rompió a reír.
p — ¿Por qué te ríes? Seriozha le mostró la bota:
p — ¿Cómo vamos a luchar con botas como éstas? Rita no le contestó. Mordisqueaba una brizna de hierba y pensaba en otra cosa.
p — Chuzhanin es un mal comunista —dijo, al fin—. Todos nuestros trabajadores políticos van cubiertos de harapos, y él no se cuida más que de su propia persona. Es un hombre casual en nuestro Partido... Y en el frente las cosas son realmente serias. Nuestro país tendrá que 189 mantener enconados combates por mucho tiempo. — Callóse, y luego de unos instantes de silencio, añadió—: Serguéi, tendremos que actuar con la palabra y el fusil. ¿Conoces la disposición del Comité Central de movilizar y enviar al frente a la cuarta parte de los miembros del Komsomol? Creo, Serguéi, que no permaneceremos aquí mucho tiempo.
p Serguéi la escuchaba; con asombro percibía en su voz inflexiones no habituales. Sus ojos negros, húmedos y brillantes, estaban fijos en él.
p Serguéi estuvo a punto de olvidarse y de decirle que sus ojos eran como un espejo, que en ellos se reflejaba todo, pero se contuvo a tiempo.
p Apoyándose en el codo, Rita se incorporó.
p — ¿Dónde tienes la pistola? Serguéi tanteó con amargura su cinto.
p Me la quitó en la aldea la banda de kulaks. Rita metió la mano en el bolsillo de la guerrera y sacó una pistola reluciente.
p — ¿Ves aquel roble, Seriozha? —y señaló con el cañón del arma hacia un tronco surcado de resquebrajaduras, que se encontraba a unos veinticinco pasos. Luego, levantó la mano al nivel del ojo y disparó casi sin apuntar. Del árbol se desprendió la corteza, arrancada por la bala.
p — ¿Ves? —dijo con satisfacción la muchacha, y volvió a disparar. La corteza susurró de nuevo al caer en la hierba.
p — Toma —dijo Rita burlona, dándole la pistola—, veamos cómo tiras.
p De tres disparos, Seriozha falló un solo tiro. Rita sonrió.
p — Pensaba que lo harías peor.
p Dejó la pistola en el suelo y se volvió a echar sobre la hierba. Bajo el paño de la guerrera se destacaban sus pechos firmes.
p — Serguéi, ven aquí —dijo en voz baja. El muchacho se acercó.
p — ¿Ves el cielo? Es azul. Y tú tienes los ojos del mismo color. No está bien. Tus ojos deben ser grises, de acero. El azul es un color demasiado tierno.
p Y abrazando de pronto su rubia cabeza, le besó ardientemente en los labios.
190p Transcurrieron dos meses. Se acercaba el otoño.
p La noche llegó furtiva, envolviendo los árboles en su negro manto. El telegrafista del Estado Mayor de la división, inclinado sobre el aparato que disparaba los signos del Morse, cogía la estrecha cinta serpenteante entre sus dedos. Rápidamente escribía en un impreso las frases compuestas por él con las rayas y puntos.
p "Al jefe del Estado Mayor de la 1a división, copia al presidente del Comité Revolucionario de la ciudad de Shepetovka. Ordeno evacuar todas las instituciones de la ciudad diez horas después de recibido el presente telegrama. Dejen en la ciudad un batallón que se pondrá a las órdenes del jefe del regimiento X que manda el sector. El Estado Mayor de la división, la sección política y demás instituciones militares se replegarán a la estación de Baránchev. Del cumplimiento se informará al jefe de la división.
p Firma".
p Diez minutos más tarde, por las silenciosas calles de la ciudad corría rauda una motocicleta; el ojo de su faro de acetileno brillaba en la noche. Jadeando, se detuvo junto a la puerta del Comité Revolucionario. El motorista entregó el telegrama a Dolínnik, presidente del mismo. La gente se puso en movimiento. Formaba la compañía especial. Al cabo de una hora, por la ciudad traqueteaban las carretas con los enseres del Comité Revolucionario. En la estación de Podolsk fueron cargados en los vagones.
p Después de escuchar la lectura del telegrama, Seriozha corrió en pos del motorista.
p — Camarada, ¿se puede ir con usted hasta la estación? —preguntó.
p — Siéntate atrás, pero agárrate bien.
p A unos diez pasos del vagón, ya enganchado al tren, Seriozha ciñó el brazo a los hombros de Rita y, sintiendo que perdía algo querido e inapreciable, balbuceó:
p — ¡Adiós, Rita, querida camarada mía! Nos volveremos a ver; sólo te pido que no me olvides.
p Sintió con espanto que estaba a punto de romper a llorar. Había que marcharse. Sin fuerzas para continuar hablando, apretaba las manos de Rita, hasta hacerle daño.
p La mañana sorprendió a la ciudad y a la estación desiertas y huérfanas. Silbaron, como despidiéndose, las 191 locdmotoras del último tren, y más allá de la estación, a ambos lados de la vía, cuerpo a tierra, se extendía una guerrilla del batallón que quedaba en la ciudad.
p Caían las amarillentas hojas, dejando desnudos los árboles. El viento las recogía y arrastraba dulcemente por el camino.
p Seriozha, envuelto en su capote de soldado, ceñido todo el cuerpo por cartucheras de lona, ocupaba con una decena de combatientes el cruce junto a la fábrica de azúcar. Esperaban a los polacos.
p Avtonom Petróvich llamó a la puerta de su vecino Guerásim Leóntievich. Este, aún a medio vestir, miró por el hueco de la puerta.
p — ¿Qué pasa?
p Avtonom Petróvich señalando a los soldados rojos que pasaban fusil en mano, guiñó el ojo a su amigo:
p — Se marchan.
p Guerásim Leóntievich le miró preocupado.
p — ¿Usted no sabe qué distintivos llevan los polacos?
p — Me parece que un águila monocéfala.
p — ¿Y en dónde conseguirlos?
p Avtonom Petróvich se rascó encarnizadamente el cogote.
p — A ellos les da igual —dijo después de unos instantes de reflexión—, lían sus bártulos y se van. Y tú quédate aquí y rómpete la cabeza pensando en cómo adaptarte al nuevo poder.
p El tabkteo convulsivo de una ametralladora rasgó el silencio. Junto a la estación silbó inesperadamente una locomotora, y de allí llegó el estampido de un cañonazo. El proyectil perforó aullando el aire. Calló en el camino, más allá de la fábrica, y envolvió en humo azulado los arbustos cercanos a la cuneta. Por la calle, mirando sin cesar a los lados, en silencio, se retiraban guerrillas de sombríos soldados rojos.
p Seriozha sintió el frescor de una lágrima que le rodaba por la mejilla. Apresuróse a borrar su huella y miró hacia sus camaradas. No, nadie le había visto.
p Junto a él, con los dedos apretados sobre el gatillo del fusil, marchaba el alto y enjuto Antek Klopotovski, de la serrería mecánica. Antek estaba triste y preocupado; 192 su mirada tropezó con la de Seriozha, y le descubrió sus recónditos pensamientos:
p — Perseguirán a los nuestros, en particular a los míos. "Es polaco —dirán— y ha marchado a luchar contra las legiones polacas”. Echarán al viejo de la serrería y le azotarán. Le dije que se viniera con nosotros, pero al padre le faltaron fuerzas para abandonar la familia. ¡Ah, malditos, quisiera pelear con ellos cuanto antes! —Y Antek, nervioso, se echó hacia atrás el casco, que había resbalado sobre sus ojos.
p .. .¡Adiós, querida ciudad destartalada, sucia, de feas casitas y carretera llena de baches! ¡Adiós, seres queridos, adiós, Valia, adiós, camaradas que quedáis en el trabajo ilegal! Avanzan las legiones blancas polacas, extrañas, feroces, despiadadas.
p Los obreros del depósito de máquinas, de camisas manchadas por el petróleo, acompañaban con triste mirada a los soldados rojos.
— ¡Volveremos, camaradas! —gritó emocionado Seriozha.
Notes
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