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Capítulo noveno
 

p El pulpo tenía un ojo saltón, del tamaño de una cabeza de gato; era rojo oscuro, verde en el centro, y ardía con una luz viva de cambiantes tonalidades. El pulpo removía sus decenas de tentáculos; y éstos, como una madeja de escamosas serpientes, se retorcían con repugnante susurro. El pulpo se movió. Lo veía casi junto a sus ojos. Los tentáculos se deslizaban por su cuerpo; eran fríos y picaban como las ortigas. El pulpo alargó uno de sus tentáculos y lo pegó a su cabeza, como una sanguijuela; y, comprimiéndose convulsivamente, absorbía su sangre. Sentía cómo su sangre iba pasando de su cuerpo al 218 tronco inflado del pulpo. Y el tentáculo, como una ventosa, chupaba y chupaba sin interrupción, y allí, donde se había pegado, en la cabeza, sentía Pável un dolor insoportable.

p Lejos, muy lejos, se oyeron voces humanas:

p — ¿Cuál es ahora su pulso?

p Y aún más quedo, otra voz femenina, respondió:

p — Ciento treinta y ocho pulsaciones. Tiene treinta y nueve y cinco de temperatura. Delira sin cesar.

p El pulpo desapareció, pero quedó el dolor producido por el tentáculo. Pável sentía que unos dedos rozaban su antebrazo. Trató de abrir los ojos, pero sus párpados pesaban tanto que no pudo despegarlos. ¿Por qué hacía tanto calor? Seguramente, la madre había encendido la estufa. Y de nuevo, sin que pudiera precisar en dónde, hablaba la gente:

p — Ahora tiene ciento veintidós pulsaciones.

p Trató de separar los párpados. En su interior ardía el fuego. El ambiente era sofocante.

p ¡Beber, cómo quería beber! Ahora se levantaría y bebería cuanta agua quisiera. Pero, ¿por qué no se levantaba? Había intentado moverse, pero su cuerpo, extraño, no obedecía, no era su cuerpo. Ahora la madre le traería agua. El le diría: "Quiero agua”. Alguien se movía cerca de él. ¿No sería que se arrastraba el pulpo? Sí, sí, allí estaba la luz roja de su ojo...

p A lo lejos se oyó una voz queda:

p — ¡Frosia, traiga agua!

p "¿Quién se llama así?”, se esforzaba por recordar Pável, pero el esfuerzo le sumió en la oscuridad. Surgió de ella y volvió a recordar: "Quiero beber".

p Oyó voces:

p — Parece que vuelve en sí.

p Y ya más cerca y más distintamente, oyó una voz cariñosa:

p — ¿Quiere usted beber, enfermo?

p "¿Es posible que esté enfermo, o es que no me hablan a mí? ¡Ah, es que estoy enfermo del tifus!" Y por tercera vez trató de abrir los ojos. Por fin lo consiguió. Lo pri^ mero que percibió por la estrecha rendija de sus párpados fue un globo rojo sobre su cabeza, pero lo tapó algo oscuro, que se inclinó hacia él, y sus labios sintieron el borde 219 del vaso y el líquido, el líquido vivificante. El fuego en su interior se apagó.

p Pável balbuceó satisfecho:

p — ¡Ah, qué bien!

p — Enfermo, ¿me ve usted?

p Esta pregunta se la hacía aquello oscuro que se encontraba inclinado sobre él, y ya durmiéndose, pudo aún contestar:

p — No veo, pero oigo...

p — ¿Quién iba a decir que viviría? Y, fíjese, se ha agarrado a la vida con las uñas. Tiene un organismo asombrosamente fuerte. Puede usted sentirse orgullosa, Nina Vladímirovna. Literalmente, lo ha salvado usted.

p Y la voz femenina dijo emocionada:

p — ¡Oh, estoy muy contenta!

p Después de trece días de inconsciencia, Korchaguin había vuelto en sí.

p Su cuerpo joven no había querido morir, y las fuerzas volvían a él lentamente. Era como si naciese por segunda vez; todo parecía nuevo, extraordinario. Tan sólo la cabeza, con pesadez insuperable, yacía inmóvil en su caparazón de escayola, y no tenía fuerzas para moverla. Pero su cuerpo recobró la facultad de sentir, y ya se cerraba y distendían los dedos de las manos.

p Nina Vladímirovna, médica del hospital clínico militar, sentada a una pequeña mesita, en su habitación cuadrada, hojeaba un grueso cuaderno de tapas violeta. En el cuaderno, con letra menuda e inclinada, había breves anotaciones:

p 26 de agosto de 1920

p Hoy nos han traído del tren sanitario un grupo de heridos graves. En la cama del rincón, junto a la ventana, hemos colocado a un soldado rojo, con la cabeza partida. Sólo tiene diecisiete años. Me han entregado un paquete de documentos encontrados en sus bolsillos y metidos en un sobre junto con las anotaciones de los médicos. Se llama Pável Andréievich Korchaguin. En el sobre había un manoseado carnet del Komsomol de Ucrania, con el número 967, una cartilla militar, destrozada, y un papel 220 con un párrafo de una orden del regimiento. En ésta se dice que, por el buen cumplimiento del servicio de exploración, se menciona al soldado rojo Korchaguin. Además, he encontrado una nota, por lo visto escrita de puño y letra del dueño:

p "Ruego a los camaradas que, en caso de mi muerte, escriban a mis parientes: Shepetovka, depósito de máquinas, tornero Artiom Korchaguin".

p El paciente está sin conocimiento desde que fue herido por la metralla el 19 de agosto. Mañana le reconocerá Anatoli Stepánovich.

p 27 de agosto

p Hoy hemos examinado la herida de Korchaguin. Es muy profunda, tiene fracturado el cráneo, por lo que toda la parte derecha de su cabeza está paralizada. En el ojo derecho tiene un derrame interno. El ojo se le ha hinchado.

p Anatoli Stepánovich quería sacarle el ojo para evitar la inflamación, pero le he persuadido de que no lo hiciera mientras haya esperanzas de que disminuya la tumefacción. Ha accedido.

p Me ha movido a esto un sentimiento puramente estético. Si el joven escapa con vida, ¿para qué desfigurarle, sacándole el ojo?

p El herido se agita, delira, sin cesar; hay que permanecer constantemente a su lado. Le dedico mucho tiempo. Me da mucha lástima su juventud, y quiero arrebatárselo, si puedo, a la muerte.

p Ayer he pasado varias horas en la sala después de mi turno; es el herido más grave. Presto atención a su delirio. A veces delira como si estuviera relatando algo. Me he enterado de mucho de su vida, pero hay momentos en que blasfema atrozmente. Sus juramentos son terribles. No sé por qué me duele oír de sus labios palabrotas tan horrorosas. Anatoli Stepánovich dice que no vivirá. El viejo gruñe: "No comprendo cómo se puede admitir en el ejército a muchachos que son casi unos niños. Es indignante".

p 30 de agosto

p Korchaguin no ha recobrado aún el conocimiento. Yace en una sala especial, donde se coloca a los moribundos. A 221 su lado, casi sin apartarse de él ni un instante, permanece la enfermera Frosia. Resulta que le conoce. Hace mucho tiempo, trabajaron juntos. ¡Con qué cariñosa solicitud cuida a este enfermo! Ahora, yo también me doy cuenta de que su estado es desesperado.

p 2 de septiembre

p Son las once de la noche. El día de hoy ha sido para mí magnífico. Mi enfermo, Korchaguin, ha recobrado el conocimiento, ha vuelto a la vida. Ha pasado la crisis. Durante estos dos últimos días no he ido a casa.

p No puedo aún describir mi alegría: se ha salvado uno más. En mi sala habrá una muerte menos. En nuestro trabajo agotador lo más grato es el restablecimiento de los enfermos. Me toman afecto, como si fueran niños.

p Su amistad es sencilla y sincera, y, cuando nos separamos, a veces, hasta lloro. Podrá parecer un poco ridículo, pero es verdad.

p 10 de septiembre

p Hoy he escrito la primera carta de Korchaguin a sus familiares. Les dice que está levemente herido, que pronto se restablecerá e irá a visitarles.

p Korchaguin ha perdido mucha sangre; está pálido, como el algodón en rama, y aún muy débil.

p 14 de septiembre

p Korchaguin ha sonreído por primera vez. Tiene una sonrisa simpática. Habitualmente, es de una seriedad impropia de sus pocos años. Se repone con asombrosa rapidez. Es amigo de Frosia. Con frecuencia la veo junto a su cama. Se ve que ella le ha hablado de mí, que, naturalmente, me ha ensalzado más de la cuenta, y el herido me recibe con sonrisa apenas perceptible. Ayer me preguntó:

p — ¿Qué manchas negras son ésas que tiene usted en la mano, doctor?

p No le dije que eran las huellas de sus dedos, que, durante el delirio, apretaban mi mano, haciéndome ver las estrellas.

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p 17 de septiembre

p La herida en la frente de Korchaguin tiene buen aspecto. A los médicos nos asombra la paciencia, verdaderamente infinita, con que el herido soporta las curas. De ordinario, en casos semejantes, la gente prorrumpe en quejidos y se pone caprichosa. Este calla, y cuando le untan con yodo la desgarrada herida, se pone en tensión como una cuerda de guitarra. Con frecuencia, pierde el sentido, pero en todo el período de cura no ha dejado escapar ni un solo lamento.

p Ya todos saben que cuando Korchaguin gime, es que ha perdido el conocimiento. ¿De dónde saca su tenacidad? No lo sé.

p 21 de septiembre

p Por primera vez han sacado a Korchaguin, en el sillón con ruedas, a la terraza grande del hospital. ¡Cómo miraba el jardín!, ¡con qué avidez aspiraba el aire fresco! En su cabeza, vendada, únicamente quedaba al descubierto un ojo, que, brillante e inquieto, contemplaba el mundo como si lo viese por vez primera.

p 26 de septiembre

p Hoy me han llamado abajo, a la sala de visitas, donde me esperaban dos muchachas. Una de ellas es muy guapa. Me pidieron que les permitiera ver a Korchaguin. Se llaman Tonia Tumánova y Tatiana Buranóvskaya. El nombre de Tonia me era conocido. A veces, Korchaguin lo repetía en su delirio. Permití la entrevista.

p 8 de octubre

p Por primera vez, Korchaguin pasea ya por el jardín, sin ayuda de nadie. Continuamente me pregunta cuándo se le dará de alta. Le he contestado que pronto. Ambas amigas vienen a ver al herido todos los días de visita. Ya sé por qué no gemía y por qué no acostumbra a quejarse. A mi pregunta, respondió:

p — Lea la novela El Tábano; entonces lo sabrá.

p 14 de octubre

p Korchaguin ha sido dado de alta. Nos despedimos muy afectuosamente. Le han quitado la gasa del ojo, dejándole 223 sólo vendada la frente. El ojo ha quedado inútil, pero su aspecto exterior es normal. Me ha dolido mucho separarme de este buen camarada.

p Así ocurre siempre: se curan y se marchan de nosotros, para, posiblemente, no volver a vernos más. Al despedirse, Korchaguin dijo:

p — Mejor hubiera sido perder la vista del ojo izquierdo. ¿Cómo voy a tirar ahora?

p Aún continúa pensando en el frente.

p El primer tiempo, después de haber sido dado de alta en el hospital, Pável vivió en casa de Buranovski, donde se había alojado Tonia.

p Pável intentó en seguida atraer a Tonia al trabajo general. La invitó a una asamblea del Komsomol de la ciudad. Tonia accedió, pero cuando salió de la habitación donde se había vestido, Pável se mordió los labios. Se había ataviado elegantemente, con una exquisitez deliberada, y Pável no se decidía a llevarla consigo adonde se reunían sus cantaradas.

p Entonces se produjo el primer choque. Cuando Korchaguin le preguntó por qué se había vestido así, la muchacha se ofendió.

p — Yo nunca me adapto al tono general; si te es violento ir conmigo, me quedaré.

p Aquel día, a Pável le causó dolor verla tan compuesta entre las descoloridas guerreras y las blusitas. Los muchachos recibieron a Tonia como a una extraña. Ella, sintiendo esto, miraba a todos desdeñosa y provocativa.

p El cargador Pankrátov, secretario del Komsomol en el embarcadero comercial, muchacho de anchas espaldas, vestido con burda camisa de lienzo, llamó aparte a Pável, fijó en él sus ojos hostiles y, mirando de soslayo a Tonia, le dijo:

p — ¿Has sido tú quien ha traído a esa muñeca aquí?

p — Sí —le respondió ásperamente Korchaguin.

p — Hum... —profirió Pankrátov—. Tiene un aspecto poco adecuado para nosotros, parece de la burguesía. ¿ Cómo la han dejado entrar?

p Pável sintió el latir del pulso en las sienes.

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p — Es mi camarada, la he traído yo, ¿comprendes? No es una persona hostil a nosotros; si bien es verdad lo que dices respecto a su vestimenta, pero, en este caso, el hábito no hace al monje. Yo sé muy bien a quién se puede traer aquí, y no hay por qué buscar tres pies al gato, camarada.

p Quería añadir algo grosero, pero, comprendiendo que Pankrátov expresaba la opinión general, se contuvo y dirigió toda su indignación contra Tonia.

p "¡Ya se lo decía! ¿Para qué diablos esta ostentación?"

p Aquella tarde comenzó a desmoronarse su amistad. Con un sentimiento de amargura y de asombro observaba Pável cómo se rompía aquella amistad, al parecer tan sólida.

p Transcurrieron unos días y cada entrevista, cada conversación iba introduciendo más frialdad y sordo desagrado en sus relaciones. El individualismo barato de Tonia se le hacía insoportable a Pável.

p Ambos comprendían la necesidad de la ruptura.

p Aquel día habían ido al Jardín Kupécheski, alfombrado de pardas hojas secas, para decirse mutuamente la última palabra. Estaban de pie, junto a la balaustrada, en la abrupta orilla; abajo, espejeaba la masa gris del Dniéper; río arriba de la mole del puente, venía despacio un remolcador, chapoteando cansino el agua con las paletas de sus ruedas y arrastrando dos panzudas barcazas. El sol poniente pintaba de oro la isla Trujánov y, del brillante color de las ascuas, los cristales de las casitas.

p Tonia miró a los dorados rayos y dijo con profunda tristeza:

p — ¿Es posible que nuestra amistad se extinga como se apaga ahora ese soí?

p Pável la miró fijamente, arrugó el entrecejo y respondió en voz queda:

p — Tonia, ya hemos hablado de eso. Tú, como es natural, sabes que te he querido, y mi amor puede renacer aún; pero, para ello, tú debes estar con nosotros. Yo no soy ahora el Pavlusha de antes. Y seré un mal esposo si tú consideras que debo pertenecerte a ti antes que al Partido. Yo perteneceré ante todo al Partido, y después a ti, a los demás seres queridos.

p Tonia miró apenada el azul del río, y sus ojos se anegaron de lágrimas.

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p Pável contempló su conocido perfil, sus espesos cabellos castaños, y una oleada de compasión por la muchacha querida e íntima en otro tiempo afluyó a su corazón.

p Con cuidado, le puso la mano en el hombro.

p — Arroja todo lo que te ata. Ven a nosotros. Remataremos juntos a los señores. Tenemos muchas buenas’ muchachas, que con nosotros llevan todo el peso de la cruenta lucha y que con nosotros soportan todas las privaciones. Ellas, quizás, no sean tan cultas como tú, pero, ¿por qué no quieres estar a nuestro lado? Dices que Chuzhanin te quiso poseer por la fuerza, pero ese tipo es un degenerado, y no un combatiente. Dices que te han recibido con hostilidad, pero, ¿por qué te vestiste como si fueras a un baile burgués? Te cegó el orgullo, pensaste: "No me adaptaré al ambiente de las guerras sucias”. Encontraste en ti audacia para amar a un obrero, pero no puedes amar la idea. Me da pena separarme de ti, y quisiera conservar un buen recuerdo de tu persona.

p Pável calló...

p Al día siguiente, Korchaguin vio en la calle una orden firmada por el presidente de la Cheka provincial, Zhujrái. Su corazón se estremeció. A duras penas logró llegar hasta el marino, pues no le dejaban. Armó tal “jaleo” que los centinelas se disponían ya a arrestarle. Pero, con todo, se salió con la suya.

p Fiódor le recibió bien. Un obús le había arrancado un brazo. Inmediatamente se pusieron de acuerdo respecto al trabajo.

p — Juntos aplastaremos aquí a la contrarrevolución, hasta que te encuentres con fuerzas para volver al frente. Ven mañana mismo —le dijo Zhujrái.

p La lucha con los guardias blancos polacos había terminado. Los ejércitos rojos, que se encontraban casi junto a los muros de Varsovia, agotadas todas sus fuerzas materiales y físicas, lejos de sus bases, no pudieron tomar la última línea y retrocedieron. Ocurrió el "milagro del Vístula”, como los polacos llamaban a la retirada de los rojos de Varsovia. La Polonia blanca de los pañis continuó en pie. De momento, no se logró realizar el sueño de la República Socialista Soviética Polaca.

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p El país, inundado en sangre, exigía una tregua.

p Pável no pudo verse con los suyos, ya que la pequeña ciudad de Shepetovka fue ocupada de nuevo por los guardias blancos polacos y se convirtió en la frontera temporal del frente. Se entablaron negociaciones de paz. Pável se pasaba día y noche en la Cheka cumpliendo diferentes misiones. Vivía en la habitación de Fiódor. Al enterarse de la ocupación de su ciudad natal por los polacos, Pável entristecióse.

p — ¿Qué, Fiódor, será posible que mi madre quede al otro lado de la frontera, si el armisticio termina en esto?

p Fiódor le tranquilizó:

p — Seguramente, la frontera pasará por el Goriñ, a lo largo del río. De manera que la ciudad quedará con nosotros. Pronto lo sabremos.

p Las divisiones se trasladaban del frente polaco al Sur. Aprovechando la tregua, Wrangel había avanzado desde Crimea. Y mientras la República ponía en tensión todas sus fuerzas en el frente polaco, las hordas de Wrangel, siguiendo el curso del Dniéper, avanzaban de Sur a Norte, abriéndose paso hacia la provincia de Ekaterinoslav.

p El país lanzó sus tropas a Crimea, aprovechando el fin de la guerra contra los polacos, para aplastar aquel último nido de la contrarrevolución.

p Por Kíev, en dirección al Sur, pasaban los trenes cargados de hombres, de carretas, de cocinas de campaña, de cañones. En la Cheka del sector ferroviario se desarrollaba un trabajo febril. Todo aquel torrente de trenes abarrotaba las estaciones, originando “taponamientos”, y, por carencia de vías libres, el tráfico quedaba interrumpido. Los aparatos escupían tirillas de papel con imperiosos telegramas. En ellos se ordenaba dejar paso a esta o aquella división. Se arrastraban las cintas sin fin, salpicadas de rayitas, y en cada una de ellas se decía: "fuera de todo turno... como orden militar... inmediatamente, dejar vía libre. ..” Y casi todos los telegramas recordaban que, en caso de incumplimiento, los culpables serían juzgados por el consejo de guerra revolucionario.

p Y la responsabilidad de los “taponamientos” recaía sobre la Cheka del sector ferroviario.

p En ella irrumpían, agitando sus revólveres, los jefes de las unidades, exigiendo que se diera salida inmediata 227 a sus trenes, de acuerdo con este o aquel telegrama del jefe del ejército, número tal y tal.

p Ninguno de ellos quería escuchar que era imposible satisfacerles. "¡Revienta, pero danos salida!" Y comenzaba un torneo de terribles blasfemias. En los casos extraordinariamente graves, llamaban con urgencia a Zhujrái. Y entonces, los hombres, acalorados, dispuestos a matarse a tiros unos a otros, se calmaban.

p La figura férrea de Zhujrái, serena y tranquila, y la voz dura, que no admitía objeciones, obligaban a meter en las fundas los revólveres empuñados.

p Pável salía de la habitación al andén con un dolor punzante en la cabeza. El trabajo de la Cheka le destrozaba los nervios.

p Un día, en una plataforma cargada de carros de municiones, Pável vio a Seriozha. Bruszhak se desplomó sobre él, casi le tiró al suelo y le abrazó con fuerza.

p — ¡Pavka! ¡Diablo, te he reconocido en seguida! Los amigos no sabían qué preguntarse ni qué decirse.

p ¡Les habían ocurrido tantas peripecias durante aquel tiempo! Se preguntaban, y sin esperar contestación, se respondían ellos mismos. Y no oyeron los silbidos de la locomotora. Deshicieron el abrazo cuando ya el tren se arrastraba lentamente.

p ¿Qué le iban a hacer? El encuentro se interrumpía por la marcha creciente del tren; Seriozha gritó algo a su amigo y corrió por el andén, agarrándose a la puerta abierta del vagón de mercancías; varias manos le cogieron y tiraron de él para adentro. Y Pável, plantado en el andén, le vio alejarse, y sólo entonces recordó que Seriozha, por hallarse ausente de la ciudad natal, no sabía nada de la muerte de Valia, y que él, aturdido por el encuentro, no se lo había dicho.

p "Que marche tranquilo; es mejor que no lo sepa”, pensó Pável. Ignoraba que veía a su amigo por vez postrera. Seriozha, de pie en el techo del vagón y exponiendo su pecho al viento de otoño, tampoco sabía que marchaba al encuentro de la muerte.

p — Siéntate, Seriozha —trataba de persuadirle Doroshenko, un soldado rojo con el capote quemado por la parte de la espalda.

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p — No te preocupes; el viento y yo somos amigos. Deja que sople —le respondía riendo Seriozha.

p Y una semana más tarde, en la otoñal estepa ucraniana, cayó en el primer combate.

p Desde lejos, una bala perdida vino rauda a su encuentro.

p Seriozha se estremeció del golpe. Dio unos pasos bajo el dolor ardiente que le desgarraba los pulmones, se tambaleó, sin un grito abrazó el aire, después apretó con fuerza sus manos contra el pecho e, inclinándose, como si se dispusiera a saltar, se desplomó pesadamente. Y sus ojos azules se clavaron en la inmensidad de la estepa.

p La tensión nerviosa que requería el trabajo en la Cheka repercutió en la débil salud de Pável. Los dolores que le producía la contusión se hicieron cada vez más frecuentes y, por fin, después de dos noches de insomnio, perdió el conocimiento. .

p Entonces se dirigió a Zhujrái:

p — ¿Qué piensas, Fiódor, sería justo que yo pasara a otro trabajo? Siento grandes deseos de ir a los talleres principales, a trabajar en mi profesión, pues me doy cuenta de que para aquí soy una tuerca floja. En la comisión me han dicho que no soy útil para el servicio militar. Pero esto es peor que el frente. Los dos días que hemos pasado exterminando a la banda de Sutir han acabado de hacerme trizas. Debo descansar de los tiroteos. Comprenderás, Fiódor, que no puedo ser un buen chekista, cuando apenas si me tengo en pie.

p Zhujrái miró preocupado a Pável.

p — Sí, tienes mal aspecto. Habría que haberte sacado de aquí antes. La culpa la tengo yo, que, absorbido por el trabajo, no he prestado la atención debida a tu estado de salud.

p Como resultado de esta conversación, Pável se encontró en el Comité provincial de la Juventud Comunista con un papel en el que se decía que él, Korchaguin, era puesto a disposición de dicho Comité.

p Un chaval vivaracho, con la gorra bizarramente echada sobre la nariz, recorrió el papel de un vistazo y guiñó el ojo a Pável con picardía:

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p — ¿De la Cheka, eh? Agradable institución. No te preocupes, nosotros te encontraremos un traba julo en un dos por tres. Estamos muy necesitados de muchachos. ¿A dónde quieres ir? ¿Quieres trabajar en el Comité provincial de abastos? ¿No? Como quieras. ¿Quieres ir a la base de agitación del embarcadero? ¿No? Es una lástima. Se trata de un buen puesto: dan ración de choque.

p Pável interrumpió al muchacho.

p — Quiero ir al ferrocarril, a los talleres principales. El chaval le miró asombrado.

p — ¿A los talleres principales? —^le dijo—. Hum... Allí no nos hace falta gente. Bueno, ve a Ustinóvich. Ella te dará trabajo en algún sitio.

p Después de una breve conversación con la joven de tez morena, se decidió que Pável fuera a los talleres como obrero y secretario de la Juventud Comunista.

p Y mientras tanto, a las puertas de Crimea, en la estrecha garganta de la península, junto a la vieja frontera que en un tiempo separaron a los tártaros de Crimea de los cosacos de Zaporozhie, se elevaba con sus imponentes fortificaciones la recia fortaleza de Perekop, restaurada por los guardias blancos.

p Tras Perekop, en Crimea, sintiéndose en completa seguridad, se ahogaba en los vapores del vino el viejo mundo condenado a muerte, arrojado allí desde todos los confines del país.

p Y una húmeda noche de otoño, decenas de millares de hijos del pueblo trabajador entraron en las frías aguas del estrecho para pasar el Sivash durante la noche y atacar por la espalda al enemigo, metido en sus fortificaciones. Entre aquellos miles de combatientes iba también Iván Zharki, llevando cuidadosamente su ametralladora sobre la cabeza.

p Y cuando al amanecer se agitó Perekop, como estremecido por una fiebre loca, cuando, a través de las alambradas, miles de hombres se lanzaron en ataque frontal, en la retaguardia de los blancos, en la península Litóvskaya escalaban la costa las primeras columnas que habían cruzado el Sivash. Y uno de los primeros en salir a la rocosa orilla fue Iván Zharki.

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p Se entabló un combate sin precedentes por su encono. La caballería de los blancos se lanzaba con ímpetu salvaje y bestial contra los hombres que salían del agua. La ametralladora de Zharki vomitaba la muerte, sin detener ni una vez su tableteo. Y bajo la lluvia de plomo caían montones de hombres y de caballos. Y con rapidez febril, Zharki metía nuevos y nuevos discos en el arma.

p Perekop tronaba con sus centenares de cañones. Parecía que la propia tierra se desplomaba en un abismo sin fondo; y, surcando con alarido salvaje el cielo, volaban, portadores de la muerte, millares de proyectiles, que estallaban en pequeñísimos fragmentos. La tierra removida, ulcerada, saltaba hacia arriba, ocultando el sol con sus negros surtidores.

p La cabeza del reptil fue aplastada, y en Crimea entró el torrente rojo; entraron, terribles en su último golpe, las divisiones del 1er Ejército de Caballería. Presa de un terror convulsivo y dominados por el pánico, los guardias blancos asaltaban los barcos dispuestos a hacerse a la mar.

p La República prendía en las destrozadas guerreras, allí donde late el corazón, los áureos circulillos de las Ordenes de la Bandera Roja, y entre aquellas guerreras estaba la del joven comunista ametrallador I van Zharki.

p La paz con los polacos fue firmada, y la ciudad, como esperaba Zhujrái, quedó en poder de la Ucrania Soviética. El río, que corría a unos treinta y cinco kilómetros de la ciudad, convirtióse en frontera. Una memorable mañana de diciembre de 1920, Pável llegó a los lugares conocidos.

p Salió al andén cubierto de nieve, miró rápidamente al rótulo Shepetovka 1 y torció inmediatamente a la izquierda, hacia el depósito de máquinas. Preguntó por Artiom, pero él no estaba allí. Ciñóse bien el capote y, a través del bosque, se dirigió de prisa hacia la ciudad.

p Al oír llamar a la puerta, María Yákovlevna, volvió la cabeza e invitó a pasar. Y cuando asomó un hombre cubierto de nieve, en el que reconoció a su amado hijo, se llevó las manos al corazón, y enmudeció de alegría.

p Se apretó con toda la fuerza de su cuerpo delgadito al pecho del hijo y, cubriendo su rostro de una lluvia de besos, lloró lágrimas de felicidad.

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p Y Pável, abrazándola, miraba el rostro de la madre, surcado de arrugas, torturado por la pena y por la espera, y, sin decir palabra, aguardó a que se calmase.

p La felicidad volvió a brillar en los ojos de la anciana, que tanto había sufrido. Durante algunos días, la madre no hacía más que hablar y mirar al hijo, al que ya no esperara. Y su alegría no tuvo límites cuando, al cabo de unos tres días, Artiom irrumpió por la noche en la habitacioncilla, con la mochila a la espalda.

p A la pequeña casita de los Korchaguin regresaban los ausentes. Después de duras pruebas y vicisitudes reuníanse los hermanos, que habían escapado de las garras de la muerte...

p — ¿Qué vais a hacer ahora? —preguntó María Yákovlevna a sus hijos.

p — ¡La emprenderemos otra vez con los cojinetes, madrecita! —respondió Artiom.

Y Pável, después de pasar dos semanas en casa, regresó a Kíev, donde le esperaba el trabajo.

* * *
 

Notes