AMIGO INOLVIDABLE [5•*
p La puerta del balcón está abierta. En la habitación, antes siempre cálida, como un nido, entra el frío de la tarde. El viento agita la cortina, que oscila, levantándose perezosamente, como una vela a medio arriar. Sobre el receptor de radio blanquea una toalla estrujada por alguien. Parece un conejo blanco que, inmóvil, presto a saltar, hubiese apretado a la espalda sus largas orejas.
p Pasa por la mente el recuerdo de una clara mañana de septiembre en Sochi, dos años atrás: la casa en la calle Oréjovaya, los frutos rojizos en el pequeño jardín inundado de sol, el apacible cuarto de paredes pulcramente enjalbegadas y el simpático y familiar rostro sobre el fondo blanco de las almohadas, muy ahuecadas.
p Un conejo blanco yace entre los pliegues de la manta. Los dedos cetrinos y nerviosos de Kolia [5•** Ostrovski acarician tiernamente las largas y sedeñas orejas del roedor. Kolia se ríe alegremente, y sus blancos dientes brillan como el azúcar. Sobre la mesa hay un montón de manzanas gruesas, jugosas y rubicundas, cuyo maravilloso aroma se esparce por toda la casita. El conejo blanco, moviendo graciosamente sus blandas orejas, lame con su rosada lengüecita la cariñosa mano del hombre.
p Siento un intenso deseo de cerrar los ojos y ver otra vez la calurosa mañana de abril, llena de sol y de la fragancia de las manzanas. Al principio, el pensamiento rechaza la tristeza, como si no pudiera comprender lo acaecido y decirse categóricamente: "¡Ha ocurrido lo irreparable!".
p Pero la realidad acaba venciendo: los ojos ven con despiadada claridad el rostro inmóvil ya para siempre. La lucha postrera por la vida lo ha consumido, lo ha 6 secado como seca las hojas el tórrido viento del desierto. Se ha compadecido únicamente de la bella y despejada frente y del abundoso y sedoso pelo castaño. La pequeña y chupada cara la corona esa frente luminosa, grande y combada como una cúpula. Parece que tras ella sigue bullendo la ardiente fantasía del artista, llena de pasión revolucionaria, de insaciable interés y de amor por la vida... Pongo la mano en la despejada frente, todavía tibia y hasta húmeda, como si, después de trabajar alegre e intensamente, Nikolái se hubiese sumido en la inmovilidad para descansar unos instantes. Se tiene la impresión de que un leve suspiro va a levantar, como si estuviera vivo, su flaco pecho, en el que relumbra la orden de Lehin.
p En interminable procesión, niños, jóvenes y ancianos pasan durante tres días, de la mañana a la noche, ante el féretro, cubierto de flores y coronas. Sí, es la despedida con quien abandona la tierra.
p Nikolái Ostrovski no sólo vive en sus libros: él mismo es una imagen heroica, una de las personalidades más brillantes y fuertes de nuestra época.
p La naturaleza fue despiadada con él: lo privó de la salud, de los brazos, las piernas y la vista. Pero él se sobrepuso a la impotencia del cuerpo, a la enfermedad incurable, a la pena, a la debilidad y al abatimiento y, como vencedor, afirmó la vida, la creación y la lucha. La voz de este ardoroso bardo de la juventud bolchevique cantó con maravillosa fuerza lírica a todo el País de los Soviets y al mundo entero la combativa y luminosa canción de la lucha y la victoria del socialismo.
p ¡Fuera los recuerdos dolorosos! Dejémoslos a un lado, rechacemos ese tributo inevitable a lo efímero de la existencia física y pongamos los ojos en el inagotable y poderoso manantial de la vida...
p Un ventoso y frío día de comienzos de la primavera de 1932 fui a ver a Nikolái Ostrovski, que vivía a la sazón en Moscú, en Miortvi Pereúlok [6•* .
p El piso, grande, estaba atestado de vecinos. Ruido y apreturas. La gente iba y venía por los pasillos, los niños gritaban, y en algún sitio tecleaba tediosamente una má 7 quina de escribir, recordando el picotear del pájaro carpintero.
p Cualquiera hubiese dicho: "¡Madre mía!... ¡Las condiciones se las traen! ¡Como especiales para un escritor!"
p Se abrió la puerta.
p En la cama yacía un hombre tapado hasta el pecho con mantas y chales. Vi una abundosa mata de pelo castaño, una frente despejada y un rostro exangüe, flaco, demacrado, sobre el fondo de unas altas almohadas.
p Sus finos párpados temblequearon levemente. Las pestañas, espesas, proyectaban unas sombras azulosas sobre las chupadas mejillas. Las manos, delgadas, céreas, casi transparentes, yacían sobre la manta.
p Sabía yo que Nikolái Ostrovski era inválido, pero no me lo imaginaba tan acabado.
p Me pareció tan débil, tan impotente, que resolví súbitamente marcharme, para no molestarle, y dejar para otro día nuestra conversación.
p En aquel instante entró en el cuarto una anciana delgada y animosa, de ojos castaños y rostro cordial y sonriente.
p — ¿Quién ha venido, madre? —dijo una voz sorda y joven, que sonaba con fuerza.
p La madre se lo dijo.
p — ¡Ah!... ¡Magnífico! ¡Acerqúese, acerqúese!
p Una sonrisa encantadora dejó ver sus dientes niveos. Cada rasgo de su semblante parecía iluminado y evidenciaba juventud y optimismo. En los primeros instantes se me antojó que sus grandes ojos negros también brillaban expresivos. Pero pronto advertí que el brillo aquel se debía al denso color de la retina. Sin embargo, durante la conversación me olvidaba a menudo de que los ojos de Kolia no veían: tan atento y alegre era su semblante, reflejaba, como un espejo, la tensión de su pensamiento.
p Hablábamos del primer libro de la novela "Así se templó el acero”, que se disponía a publicar la revista "La Joven Guardia" [7•* . Nikolái preguntó, con ansia, qué impresión nos habían producido sus personajes.
p — Creo que Pavka [7•** es un muchacho aceptable —dijo 8 con humor, y en sus labios apareció una sonrisa deslumbrante—. No pienso ocultar que a Nikolái Ostrovski lo une con Pavka Korchaguin la más estrecha amistad. Pavka es obra de mi mente y de mi sangre... Pero... ¿sabe lo que me interesa?, ¿no parece mi novela una simple autobiografía?. .. ¿La historia de una vida, por decirlo así?... ¿Eh?
p Su sonrisa se apagó de pronto, sus labios se apretaron, y su semblante adquirió una expresión severa y dura.
p — Planteo adrede la cuestión tan categóricamente porque quiero saber si lo que hago está bien, si es bueno y útil para la sociedad. Hay multitud de casos que son interesantes sólo de por sí. Uno puede incluso admirarlos, como si estuviese ante un escaparate, pero, en cuanto se aparta, se olvida. Eso debe temerlo todo escritor, sobre todo si es novel, como yo.
p Le dije que sus temores, en ese aspecto, eran infundados.
p Me cortó blandamente:
p — Convengamos en que ño hay que tranquilizarme por bondad. A mí se me pueden decir las cosas sin andarse por las ramas, con toda crudeza. Soy militar, desde que era chico sé mantenerme en la silla... y ahora tampoco saldré despedido por las orejas...
p Aunque sus labios temblequearon y su sonrisa era tierna y turbada, vi de pronto con la mayor claridad que su espíritu era fuerte, inquebrantable. Me sentí muy feliz de poder darle un alegrón.
p Le hablé de toda una galería de personajes de la literatura rusa y occidental que habían venido a mi mente mientras trababa conocimiento con Pável Korchaguin. Muchos, cincelados por artistas geniales, habían contribuido a forjar la voluntad y la conciencia de generaciones. Tras aquellas imágenes de la literatura rusa y mundial se hallaban la historia de las relaciones sociales, las tragedias de la sociedad y del individuo, y la gloria secular de las realizaciones supremas de la cultura humana.
p Ante aquella galería de personajes grandes y gloriosos, Pável Korchaguin podía sentirse seguro, imbuido del sentimiento de su propia dignidad. Aquel joven templado en el crisol de la guerra civil no tenía por qué sentirse confundido y turbado ante los eméritos “ancianos”. 9 Tampoco tendría que inclinar la cabeza e implorar, por decirlo así, un hueco en los vergeles de la literatura. Poseía algo que no tenían los demás: en su joven corazón alentaban una fuerza inagotable y una insaciable pasión de lucha, y en su mente se encendían las ideas más avanzadas y nobles acerca de la libertad y la dicha del género humano.
p Naturalmente, Pável Korchaguin era enemigo inconciliable de cualquier Rastignac [9•* , pero el amor a la libertad de los héroes de Pushkin, Byron o Stendhal era afín a su espíritu. Claro que donde más almas afines — hermanos mayores y amigos— encontraría Pavka Korchaguin sería entre los personajes de Máximo Gorki.
p Nos tuteábamos ya, la conversación saltaba a veces de un tema a otro, pero volvíamos inevitablemente a la novela. Nikolái manifestó gran interés por las correcciones que Mark Kólosov [9•** y yo hacíamos en el texto. Cuando le dije que habíamos tachado algunas frases " preciosistas”, se echó a reír alegremente y se burló con malicioso humor de las palabras y giros desafortunados. Luego dijo de pronto, serio y pensativo:
p — ¿Sabes de dónde salen esas frases torpes? Dirás que de la falta de cultura. Y tendrás razón, pero no te olvides que hay otra causa: mi soledad en la labor creadora. .. He empezado solo, por mi cuenta y riesgo. ¡Qué alegría me da saber que, en adelante, tendré camaradas en mis actividades literarias!
p Preguntó qué tal le había salido la composición de la novela en su conjunto y de los distintos pasajes, así como el diálogo y las descripciones de la naturaleza, si había logrado pintar un realce a las cualidades de los personajes y qué “fallos” tenía en cuanto a lenguaje, comparaciones, metáforas, epítetos, etc., etc.
p Sus preguntas evidenciaban que no sólo había leído y meditado en torno a los problemas de la creación artísticas, sino también que en muchos de ellos poseía opiniones bien maduras.
10p El tiempo pasaba sin que nos diésemos cuenta. Reiteradas veces había querido despedirme, temerosa de que Nikolái pudiera fatigarse. Pero cualquier palabra u observación que considerábamos finales, encendían de nuevo la plática. Esta, como he dicho, pasaba de un tema a otro, como suele suceder cuando conversan dos personas que acaban de conocerse, pero retornaba siempre a la novela, a sus futuros capítulos, y al trabajo del autor, que estaba preparando la segunda parte.
p Nikolái me habló de sus preocupaciones, se marcaba plazos y tareas, y yo, a la vista de aquella energía verdaderamente inagotable y de su optimismo me olvidaba incluso de darle ánimos, de confortarlo.
p ¿Para qué? Me sentía infinitamente feliz de que en nuestra revista, en "La Joven Guardia”, hubiese aparecido un escritor komsomol veterano, un artista bolchevique, de extraordinario temple ideológico y moral y talento lozano y poderoso.
p Por eso, lejos de querer limitarle, sentía el deseo de ayudarle a ampliar sus planes: tenía ante mí una persona fuerte, voluntariosa y bien templada.
p Me parece estar oyendo su voz profunda, henchida de felicidad y orgullo:
p — ¡De nuevo estoy en filas!... ¡Eso es lo principal! ¡De nuevo estoy en filas!... ¡Qué vida tan maravillosa se me abre!...
p Mientras regresaba yo a casa, sonaban en mis oídos, como la melodía de una canción, aquellas palabras: "¡Qué vida se me abre!"
p En los encuentros que siguieron, hasta que Nikolái partió para Sochi, se reveló ante mí con mayor profundidad todavía el modo de pensar y el carácter de aquel hombre tan magnífico y valeroso.
p La vida en Moscú, en aquel piso superpoblado, no era nada fácil. Además de los sufrimientos físicos, que no había aprendido de golpe a ocultar con tanto arte, lo agobiaban las preocupaciones y los disgustos. El presupuesto de la familia era ultramodesto. Por más que Olga sipovna se esforzaba por ocultar al hijo las constantes dificultades monetarias, por más que se afanaba en torno a él, siempre animosa y bromista, Nikolái, con su fina y aguda intuición, lo adivinaba todo.
11p — Le digo:’"Lo comprendo todo, todo, madre, así que no vengas con argucias, no pintes de color de rosa nuestra situación financiera”. Y ella me responde: "Mira, no te metas en mis asuntos de vieja”. En fin, se pone a bromear, y yo no quedo a la zaga.
p Pero había cosas de las que, pese a su firmeza, no podía desentenderse con bromas: por ejemplo, la habitación, húmeda y fría. Estando tan enfermo no podía continuar viviendo en ella.
p La redacción de "La Joven Guardia" pidió al Comité Central del Komsomol que enviara a Nikolái Ostrovski a Sochi. En el verano de 1932, el escritor salió para el Sur acompañado de su familia.
p La víspera me escribió la siguiente carta:
p "Querida camarada Anna: Mañana, a las 10, salgo para el Sur. Han hecho todo lo posible para que reúna fuerzas y pueda continuar desplegando la ofensiva. Quiero vivir en Sochi hasta finales de otoño. Resistiré mientras quede pólvora".
p Por “ofensiva” sobreentendía su trabajo en el segundo libro de la novela "Así se templó el acero”. Y aquello no eran palabras hueras, sino la denominación real del complejo, difícil y a veces torturante proceso al que Nikolái Ostrovski llamaba "mi trabajo".
p Yo recordaba a menudo sus manos flacas y amarillentas, que descansaban siempre sobre la manta, aquellas manos de ciego, nerviosas y sumamente sensibles. Una terrible artritis (fue una de las causas de su muerte) se había adueñado, invencible, de su pobre cuerpo.
p En cierta ocasión (poco antes de su partida para Sochi), me dijo, bromeando como siempre:
p — Los hombros y los codos me parece que no son míos, es una sensación muy extraña...
p Luego se sonrió entre triste y burlón, levantó sobre la manta las manos, movió los dedos y agregó:
p — Esto es todo lo que me queda, toda mi hacienda. Y con ellas tengo que arreglarme.
p Antes, parcamente, como siempre que hablaba de su enfermedad, me había contado que, durante cierto tiempo, escribió con ayuda de una pauta de cartón.
p — No resulta muy cómodo, y lo peor es que no se ve nada, pero se puede utilizar.
12p A comienzos de agosto de 1932, Nikolái me envió una carta desde Sochi. La había escrito con lápiz, valiéndose de una pauta de cartón. Las líneas, excesivamente rectas, y las letras, inclinadas de modo poco natural, me hicieron imaginarme qué esfuerzo físico y de voluntad le habría costado aquello. Decía así: "5 de agosto. Sochi. Primórskaya, 18.
p Querida camarada Anna: Vivo, en compañía de mi madre, a orillas del mar. Me paso horas y más horas escribiendo en el jardín, al pie de un roble, aprovechando los días buenos (lo que sigue es ininteligible)... la cabeza la tengo clara. Me apresuro a vivir, camarada Anna, para no tener que lamentar días perdidos; la ofensiva, detenida por la necia enfermedad, de nuevo se despliega. Deséame la victoria".
p La fuerza y la tensión de la “ofensiva” se percibe en esa línea: "Me apresuro a vivir para no tener que lamentar días perdidos".
p Nikolái enfermó a poco de llegar a Sochi. La enfermedad le parecía una “necia” pérdida de tiempo y un obstáculo, completamente insoportable, en el camino hacia su meta. Su indomable voluntad ayudaba al organismo, quebrantado, a sobreponerse a la dolencia.
p Apenas repuesto, Nikolái ponía de nuevo a prueba su firmeza y escribía una carta "de su puño y letra”. Me lo imaginé tendido a la densa sombra del roble, sin querer siquiera pensar en el descanso, dictando horas y más horas a sus secretarios voluntarios. Tenía la frente perlada de sudor, sus tupidas cejas se movían con excitación, los párpados le temblaban, y sus finos dedos pellizcaban la manta. Tosía a menudo, estaba ya cansado de dictar, pero su mente, anhelosa de trabajo después de los "días perdidos" por causa de la enfermedad, tendía ansiosamente a recuperar las jornadas de inactividad forzosa. La frente le ardía, el corazón se le quedaba en suspenso: veía el campo de batalla, la tierra trepidaba, estremecida por los cascos de los fogosos caballos, y los intrépidos jinetes volaban como un torbellino, aniquxlando a los enemigos del pueblo trabajador. Nikolái Ostrovski veía el Moscú de los primeros años de construcción pacífica, el Congreso del Komsomol en el Gran Teatro y los encuentros con los amigos de combate.
13p "De prisa, de prisa... Me apresuro a vivir..."
p La publicación del segundo libro de "Así se templó el acero" se inició en el número de "La Joven Guardia" correspondiente a enero de 1933.
p Las cartas de aquella época evidencian que Nikolái pagó el "despliegue de la ofensiva" muy caro, con cada gota de su sangre, con todos sus nervios.
p "Me dedico al estudio. Solo me resulta difícil. No dispongo de los libros necesarios. No hay gente calificada, pero, de todos modos, me doy cuenta de que se ensancha mucho el marco de mi diminuta experiencia y aumenta mi bagaje cultural... ¿Cómo he vivido los tres últimos meses? He quitado mucho tiempo al estudio de la literatura para entregarlo a la juventud. De un artesano solitario me he convertido en un hombre de masas. En mi casa se celebran reuniones del Buró del Comité. Dirijo un círculo de activistas del partido y soy el presidente del consejo distrital de cultura. Resumiendo, me he acercado a la labor práctica del partido y soy ya un muchacho útil. Verdad es que consumo muchas energías, pero, en compensación, la vida es más alegre. Me rodean los komsomoles.
p He organizado un círculo literario y lo dirijo lo mejor que puedo. El Comité del Partido y el del Komsomol prestan una gran atención a mi trabajo. Los activistas del partido me visitan con frecuencia. Percibo el pulso de la vida. He sacrificado conscientemente estos meses a la práctica local para palpar lo del día de hoy, lo actual".
p Más adelante decía:
p "No obstante, leo mucho. He leído "La piel de zapa”, de Balzac, “Recuerdos”, de V. N. Fígner, “Preludio”, de Guerman, "El último de los udegués”, "Peldaño abrupto”, "Anna Karénina”, "Herencia literaria”, todos los números de "Crítica literaria”, "Nido de hidalgos”, de Turguénev, etc.".
p Un camarada a quien di a leer la carta —no recuerdo quién— exclamó atónito:
p — Oye, ¡pero si es un héroe! Si no supiera quién escribe, creería que se trata de un joven con una salud a prueba de bomba.
p Cuan grave fue su enfermedad lo supimos más tarde. A comienzos de 1934 escribió:
14p ".. .He estado a punto de morir... Durante todo un mes se desarrolló una lucha enconada. Ahora todo eso ha quedado atrás y recupero fuerzas día tras día.. ."
p La novela "Así se templó el acero" se iba haciendo más y más popular entre las masas de lectores, y Ostrovski recibía cada día más cartas en las que le decían que era muy difícil conseguir su libro.
p "Camarada Anna: Quiero pediros a ti y a Mark Kólosov que ayudéis a hacer una edición masiva del libro. Recibo decenas de cartas de las organizaciones del Komsomol de Ucrania y de otras regiones. En todas se quejan de lo mismo: el libro no se puede conseguir, se ha sumergido en el mar de lectores. Casi todos leen la novela en la revista "J.G.”. Un ejemplo: en la ciudad de Shepetovka no hay ni un solo ejemplar del libro".
p La novela no sólo adquirió gran difusión, sino que era popular en el verdadero sentido de la palabra-. La solicitaban en todas las bibliotecas, se hablaba de ella en todas las reuniones juveniles, y sus personajes eran los más queridos.
p Los visitantes acudían en verdadera peregrinación a la casita de Nikolái Ostrovski en Sochi, en la calle Oréjovaya. Miles de personas entraban en el pequeño jardín en el que yacía el escritor. Cuando fui a verle en octubre de 1934, me dijo, con su habitual humor:
p — ¿Sabes?, como escritor tengo una suerte loca: como ves, no tengo que ir en busca de héroes, ellos mismos vienen a verme. Mi única desgracia es que no puedo verlos. Pero eso hace que los sienta con mucha mayor fuerza y me emocione más su presencia. Por otra parte, puedes estar bien segura de que no se me escapa nada interesante.
p Oigo hablar de su trabajo a multitud de personas: metalúrgicos, mineros, fundidores de acero, electricistas, maquinistas de locomotora, fogoneros, contadores, maestros, actores y pintores. ¡Y qué gente tan magnífica dirige nuestros koljoses!.. . ¡Hay jefes de equipo koljosianos que le muestran a uno la vida como si la tuvieran en la palma de la mano! ¡Qué caracteres! El alma rebosa de gozo al ver los conocimientos y la experiencia de la vida que poseen. ..
p El realista, el hombre entregado al trabajo práctico 15 hablaba siempre en él, pues no en vano había pasado en su vida por una escuela tan dura. Al mismo tiempo que señalaba con júbilo y orgullo todo bello rasgo de los demás, percibía con mucha mayor agudeza que muchos videntes toda mezquindad de espíritu. La chabacanería, la estulticia y la vanidad, en todas sus manifestaciones, le ofendían como si las sufriera directamente.
p En una carta del año 1934 comentaba:
p ".. .Aunque, a decir verdad, mi vida es ahora mucho más alegre y “feliz” que la de muchos que vienen a verme, seguramente, por curiosidad. Poseen un cuerpo sano, pero su vida es incolora y triste. Aunque sus ojos ven, su mirada es indiferente y, sin duda, aburrida. Seguramente me creen infeliz y se dicen: "No quiera Dios que i me vea en su sitio”, pero yo pienso en su indigencia y en que por nada del mundo me cambiaría por ellos".
p ¿Qué se puede añadir a estas líneas tan elocuentes?
p Antes, decía ya: "el día me resulta corto”. Comenzaba siempre la jornada acariciando planes, lleno de desbordante energía, optimismo y noble tesón.
p Era difícil, no digo ya quebrantar, sino hacer vacilar en él, por poco que fuera, aquella fuerza de la vida. Si sufría algún contratiempo, los amigos siempre se enteraban por casualidad, pasado ya algún tiempo.
p Nikolái ansiaba regresar a Moscú para estar más cerca de sus amigos.del campo literario, de las fuentes de información y de las consultas que necesitaba y para ponerse a escribir su nueva novela, "Nacidos de la tempestad".
p A comienzos de diciembre de 1935, logramos que destinaran a Nikolái un apartamento en la calle de Gorki, 40.
p A pesar de nuestras amistosas represiones, Nikolái "no se apeaba del burro”, como decíamos en broma: trabajaba quince horas diarias, derrochaba gran cantidad de energías en el trato con multitud de personas y dormía poco. Cuando, durante mi última visita a Sochi, lo "reprendí" por ello, imprimió a su rostro una cómica expresión de culpabilidad, se puso a suspirar y balbuceó excusas absurdas.
p Por unos instantes conservé la seriedad, pero acabé soltando la carcajada, y todo mi sermón se perdió en vano.
p — Ya ves que soy incorregible —dijo Nikolái.
16p Pero la tensión y el derroche de energías trajeron sus consecuencias: en agosto de 1935, la salud de Nikolái empeoró mucho súbitamente.
p "Por mi tenacidad, la vida me devolvió una felicidad inmensa, maravillosa, magnífica, y olvidé todas las advertencias y amenazas de mis esculapios. Me olvidé de que mis fuerzas físicas son muy exiguas. Una vertiginosa cadena sin fin humana: jóvenes komsomoles, personas destacadas de las fábricas y las minas, heroicos constructores de nuestra felicidad, atraídos hacia mí por "Así se templó el acero”, reanimaron el fuego, que parecía extinguirse. Y de nuevo volví a ser un apasionado agitador y propagandista. Olvidaba a menudo hasta mi puesto en la formación, en el que se me había ordenado que trabajara más con la pluma que con la lengua.
p La salud pérfida, traicionó otra vez: rodé inesperadamente al borde de un peligroso abismo.
p A pesar del peligro, no pereceré tampoco esta vez, aunque sólo sea porque no he cumplido aún la tarea que me ha marcado el Partido. Mi deber es escribir "Nacidos de la tempestad”. Y no sólo escribirlo, sino poner en el libro todo el fuego de mi corazón. Debo escribir el guión de la versión cinematográfica de "Así se templó el acero”. He de escribir un libro para los niños: "La infancia de Pavka”. Y escribiré sin falta una obra acerca de la dicha de Pável Korchaguin. Eso, trabajando intensamente, me llevará cinco años. Por eso debo orientarme a vivir esos cinco años, como mínimo. ¿Te sonríes? Mira, no hay más remedio. Los médicos se sonríen también, con desconcierto y asombro. No obstante, el deber está por encima de todo. Así que me pronuncio por cinco años más, como mínimo. Dime, Anna, ¿dónde encontrarás un loco que auiera marcharse de la vida en una época tan maraviosa como la nuestra?
p Quiero regresar a Moscú en otoño... Saludos a todos los amigos de "La Joven Guardia" ".
p En su carta, nuestro amigo se equivocó en una sola cosa: ¡Ni siquiera me pasó por la cabeza "sonreír"! La vitalidad y la fuerza de resistencia eran en él tan grandes, y su optimismo tan contagioso, que no abrigué ninguna duda de que cumpliría su plan "mínimo”. Así sería, sin falta. ¿Podía, acaso, ocurrir lo contrario?
17p En noviembre de 1935, recibí una carta de Nikolái en la que me anunciaba muy contento:
p ".. .Dentro de unos días vendrá un miembro del gobierno para hacerme entrega de la orden. Eso retrasará mi partida. Además, todavía tengo que obtener la autorización médica para trasladarme a Moscú, ya que me siento algo indispuesto otra vez. Cuando todo se ponga en claro te escribiré con detalle y te diré la fecha exacta".
p Nos afanábamos para preparar el apartamento que Nikolái había de ocupar en la calle de Gorki, 40.
p Un buen día, en medio del ajetreo y las prisas habituales de la jornada en la. redacción, me dijeron que me llamaban por teléfono desde Sochi. En la calle soplaba la nevasca. El viento ululaba en la chimenea, de algún sitio llegaban música, silbos y chasquidos, toda una mezcolanza cacofónica de vagos sonidos y voces.
p De pronto, la voz sorda y profunda de Kolia Ostrovski vibró joven, clara y tan cercana como si me estuviese hablando desde Arbat:
p — Sí, sí... Salgo para Moscú... Llegaré el 11 de diciembre. En cuanto nos veamos celebraremos en el vagón mismo una reunión del "Estado Mayor Central"... Me contarás todas tus novedades y yo te pondré al corriente de las mías... ¡Trabajo que no quieres ver!...
p Recuerdo el 11 de diciembre, aquel día invernal en el que un. pequeño grupo de camaradas fuimos a Sérpujov para recibir allí a Kolia Ostrovski. Nevaba. La locomotora, alta y vocinglera, irrumpió de pronto en la espesa niebla.
p Cuando el tren se detuvo, nos precipitamos hacia un vagón oficial verde claro. Una mujer joven y carirredonda saltó al andén.
p — Diga, ¿va en este vagón Nikolái Ostrovski?
p — Sí, en este vagón —respondió, sonriente, la mujer.
p El compartimento en el que yacía Kolia estaba oscuro y caliente.
p La débil luz del pasillo proyectaba en el rostro de nuestro amigo unas sombras azulosas. Kolia parecía haber adelgazado, pero se reía tan contagiosamente, sus dientes brillaban tanto y su cara flaca, de finas facciones, era tan expresiva, que, como siempre, me olvidé de su enfermedad.
18p — ¡Aquí tenéis a un soldado que se reincorpora a filas! —dijo en broma Nikolái, pero en su voz percibí una nota de jubiloso orgullo.
p Nos habló de sus encuentros con los jóvenes durante el viaje.
p Aprovechando unos instantes en que nos quedamos solos, me dijo con voz entrecortada:
p — No puedes imaginarte cuan grande era mi deseo de ver las caras de esos maravillosos jóvenes... ¡Sentía con tanta fuerza su presencia, me eran tan cercanos y queridos, que, a veces, me parecía que los estaba viendo!... Naturalmente, en aquellos instantes pensaba que no había mozo más feliz que yo. Pero, si los hubiese visto, habría podido expresar con mayor fuerza a mis queridos komsomoles todo el cariño que les tengo.
p Traté de imprimir un giro distinto a la conversación, pero Kolia movió las cejas con expresión tenaz: por lo visto quería acabar de expresar sus pensamientos.
p — ¡Anda y entiende, a veces, la sicología de los médicos! —continuó, y una sonrisa irónica y paciente a la vez apareció fugaz en sus labios—. Resulta que a un ciego se le puede hacer una operación para que vea cinco o seis días, pero no más... Creo que se llama resección de la pupila. En fin, no es eso lo importante. Naturalmente, he renunciado a ese favor. La gente no comprende que con esas cosas no me empuja adelante, sino atrás. He sabido sobreponerme a todas las emociones negativas relacionadas con mi ceguera, pero los médicos, movidos por su amor al hombre, están dispuestos a donarme sufrimientos todavía mayores. Veros a todos vosotros, queridos amigos, y luego, ¿qué?... No; yo he vencido la oscuridad, me he habituado a vivir despreciando esa tara física, por lo tanto, queridos camaradas médicos, no me creéis sobrecargas complementarias.
p Durante el camino lo dejamos solo varias veces, paita no fatigarlo. Pero, mientras conversábamos en el pasillo, del oscuro compartimento nos llegaba de vez en cuando alguna palabra alegre e ingeniosa, intercalada siempre muy a propósito.
p Días después nos vimos en el nuevo apartamento de Kolia.
19p En la espaciosa habitación, de techo muy alto, hacía calor: dos grandes estufas eléctricas mantenían allí la temperatura del mediodía estival: unos veinticinco o veintiséis grados sobre cero.
p Kolia vestía una camisa ucraniana blanca, con bordados, y, como siempre, yacía sobre altas almohadas. Nunca le había visto con tan buen aspecto. La camisa aquella le favorecía mucho. Un leve rubor teñía sus chupadas mejillas; su sedoso pelo castaño se ondulaba sobre la despejada frente; los dientes le brillaban, y una sonrisa muy especial, reconcentrada y feliz, iluminaba su semblante. Todos los que nos hallábamos entonces en la habitación, sus amigos, que tanto cariño le teníamos, nos mirábamos unos a otros alegremente: tan grande, maravillosa e inagotable era la vitalidad reflejada en sus facciones.
p La conversación se mantenía casi a gritos, salpicada de bromas. De pronto, uno de los presentes preguntó a Kolia si las visitas no armaban mucho ruido.
p — ¡Qué va! ¡Hay que celebrar con alegría el estreno del nuevo apartamento! —respondió, riéndose...
p En cierta ocasión pasé a verle por la tarde, cuando él acababa de terminar su jornada de trabajo... Vestía la habitual guerrera militar de paño y parecía fatigado. Le pregunté cuántas horas había trabajado aquel día.
p — Poco, muy poco... —respondió, para engañarme, pero luego acabó confesando—: Unas diez horas. ¿No te parece bien? No sabes qué ansia sentía, cómo echaba de menos el trabajo... ¡Te juro que más que un enamorado a su novia!... Además, ya sabes tú lo que siente uno después del trabajo... La secretaria se marchó, me puse a pensar en la escena siguiente, y lo vi todo con tanta claridad, que me hubiese puesto otra vez a dictar... En tales instantes no hay persona más feliz que yo... Pero ¿no soy, acaso, un mozo feliz?... ¡Lo soy, ya lo creo!...
p Recordó que, en cierta ocasión, estando en Sochi, lo había visitado una periodista norteamericana.
p — Se me agarró como una garrapata: dígame esto, explíqueme lo otro... ¡Era una individua la mar de latosa!. .. Luego quiso “controlar” el funcionamiento de mi corazón, mi estado de salud, etc., etc. Yo la escuchaba con toda paciencia, pero, al final, le pregunté para qué 20 quería tantos datos de mí, pecador. Se puso a divagar: "Sabe, por consideraciones de humanismo, de amor y compasión al prójimo...” Comprendí que quería presentarme como un héroe, como un estoico apartado de las preocupaciones terrenas... y me entraron ganas de meterle una buena bronca... Pero me limité a decirle que no había que enfocar así la "descripción" de mi vida y le expliqué por qué me creía útil a la sociedad.
p Nikolái no podía soportar la compasión ni, la condescendencia y no toleraba que se le tratara sentimentalmente, como a un enfermo. Se hubiera burlado duramente de cualquiera que se hubiese puesto a compadecerle lloriqueando. Pero era muy sensible y captaba en seguida el menor cambio de humor de sus familiares y amigos.
p Conocía el secreto de dar ánimos a los demás. Al hacerlo, decía palabras muy sencillas, pero más fuertes que cualquier ardoroso discurso de simpatía. Procuraba poner en claro la razón de los disgustos de los demás y luego aconsejaba con palabras parcas, señalando con mucho tacto por qué, en su opinión, no había que criar mala sangre.
p Esta capacidad de calar en todo objetiva y seriamente, pero con pasión, era una de sus mayores virtudes.
p Todos los que le vieron, aunque sólo fuera una vez, saben cómo trabajaba. Siento mucho no haber estado en Moscú las semanas que antecedieron a su muerte. Sus secretarias me contaron con qué intensidad, pese a estar mortalmente enfermo, trabajó en los últimos días de su vida. Ellas se cansaban, escribiendo al dictado en dos y tres turnos, pero él no se daba punto de reposo, y, con la tenacidad de un combatiente, se apresuraba a dar fin a la primera parte de su novela "Nacidos de la tempestad”. Había prometido al Comité Central del Komsomol terminar la novela para mediados de diciembre, y cumplió su palabra.
p Tenía el día rigurosamente programado. Por la mañana trabajaba con gran intensidad unas cuantas horas: dictaba a la secretaria y, luego, le hacía releer varias veces lo escrito... Seguía un breve descanso, para la comida, y, después, otra vez al trabajo. Luego venía la lectura de los periódicos y las novedades literarias o los clásicos. Le gustaba oír leer con expresividad. En su 21 rostro se reflejaba en tales ocasiones una atención concentrada e ingenua, casi infantil. Terminaba el día oyendo la radio: música y las noticias de última hora.
p Un día, sus amigos oímos en su habitación un concierto que era algo así como un regalo de Radio Moscú. Lo componían obras que gustaban particularmente a Nikolái. Cuando el concierto terminó, dijo blanda y pensativamente:
p — Ahí tenéis la felicidad... ¿Podía sospechar yo que alguna vez oiría un concierto dedicado a mí?, ¿eh?...
p Después nos pusimos a charlar de música. Nikolái recordó que en la infancia se detenía a veces bajo las ventanas de las casas en las que tocaban el piano.
p — Es un instrumento que siempre me atrajo y maravilló. Claro que yo no podía siquiera soñar en tener un piano, pero, cuando aprendí a tocar el acordeón, me sentía orgulloso de que mis manos hicieran sonar una u otra canción. ¡Qué cariño le tenía al acordeón!... En el frente no me separé de él... ¡Cómo ayuda la canción en el combate!
p Se puso a recordar los "tristes años" en que trabajaba de “chico” en la cantina de la estación de su ciudad natal.
p — Era un trabajo muy duro: trae esto, llévate lo otro, corre, vuela... Sí, veía la vida muy desde abajo, ¿sabes?, como se ven las botas sucias de los transeúntes por las ventanas de un sótano. ¡No podría contar la gente perdida que desfiló ante mis ojos!
p La conversación pasó a las imágenes femeninas de "Nacidos de la tempestad”. Kolia se puso a hablar con mayor calor todavía que antes. Quería mostrar en la novela un amor y una amistad grandes, profundos, una actitud verdaderamente moral y humana hacia la mujer cantarada.
p — Puede haber amistad sin amor, pero el amor sin amistad, sin camaradería, sin intereses comunes, es mezquino. .. Eso no es amor; es, simplemente, placer egoísta, un juguete. En fin, es cosa ya del pasado y lo puedo decir sin que sea jactancia: en mis mocedades, las chicas me miraban... pero, desgraciadamente, yo era tímido y torpe... Me miraba alguna Marusia o alguna Olesia, de 22 ojos azules o negros... Huelga decir cuan grato es mirarse en esos ojos...
p Se rió larga y sordamente, entregándose por un instante a los recuerdos.
p — ¿Sabes?... —dijo al cabo de unos instantes—. Tonia Tumánova me escribió una carta hace poco, es decir, no Tonia... En fin, ya me entiendes, la que fue el prototipo de Tonia. Imagínate, no me ha olvidado...
p Nikolái se calló súbitamente y, durante unos minutos, guardó silencio y permaneció inmóvil, sumido en sus pensamientos; sus tupidas pestañas negras temblequeaban levemente. Luego, pareció sacudirse su ensimismamiento y se puso a hablar de Tonia Tumánova. No había tenido suerte. El ingeniero con el que se había casado resultó ser una persona débil y mala. Se separaron, y ella vivía sola. Era maestra, y sus dos hijos iban a la escuela.
p — Era una chica buena y cordial, pero no valía para la lucha. Eso ocurría a muchos: no sabían luchar por la causa común y no lograron encarrilar su vida.
p Un día, apenas vi a Nikolái, me di cuenta de que estaba muy pálido y parecía sentirse indispuesto. Después de "cerrarse a la banda" por cierto tiempo, respondió a mi insistente pregunta:
p — Me duelen los ojos... Por lo visto debe ser una inflamación. Sobre todo me duele el ojo derecho, me vuelve loco... ¿Nunca se te ha metido en el ojo carbonilla? Pues mira, yo siento a veces como si tuviera el ojo lleno de ese maldito polvo... que se revuelve allí, y lastima el ojo, lo desgarra... Hace poco me vio un profesor...
p Guardó silencio unos instantes, dejó escapar una tos seca y continuó con voz ahogada:
p — Propone, para evitarme sufrimientos... extirparme los globos de los ojos... "¿Qué? —le pregunté—, ¿me coserán los párpados o me pondrán ojos artificiales... de cristal?" ¡Fu!
p Su rostro se crispó. Se mordió con fuerza el labio, cerró los ojos y pareció contraerse, como reuniendo todas sus fuerzas movido por el tenaz deseo de aguantar, de vencer el dolor.
p — Le dije que yo debía pensar no sólo en mí, sino también en las personas con quienes me comunicaba... 23 —continuó Kolia, tras un penoso silencio—. "Mire, le dije, ¿cree que a mis amigos les agradará ver a un galán. .. con esos... ¡diablos!... ojos artificiales?...” ¡No puedo!... "No, le dije, por más que sufra a veces, me quedo con mis ojos, que, aunque ciegos, son negros. ¿Cierto?"
p Sus dedos, finos, nerviosos, que siempre parecían hablai su propio lenguaje, apretaron mi mano. Lo que más temía yo en aquellos instantes era "ponerme llorona”, pues él no lo soportaba. Tomé en mis manos sus dedos fríos, como ateridos, y, bromeando, en el tono más tierno que pude, le dije que si fuera, por ejemplo, rojo como el cobre y narigudo como el chico del cuento de Perrault no le querríamos menos.
p Se sonrió. Le gustaba bromear y sabía hacerlo, se alegraba de las chanzas de los demás y se reía tan contagiosamente, que sólo un hipocondríaco sin remedio habría podido permanecer impasible.
p — Necesito tirar otros cinco años —decía sencilla y seriamente—, pues el segundo y el tercer libro de " Nacidos de la tempestad" suponen un trabajo colosal.
p Guardó silencio unos instantes, exhaló un leve suspiro y dijo con aire soñador:
p — Sí... habría que vivir otros cinco años... y luego... en fin... Si quedaba fuera de combate, por lo menos sabría que la ofensiva había triunfado.
p “Ofensiva”, “combate”, "tesón”, “victoria” y “filas” eran sus palabras predilectas, y las pronunciaba con mucho énfasis y pasión. Un día se lo dije. Se sonrió y frunció lentamente sus pobladas y largas cejas, como hacía siempre que se sumía en profundos y gratos pensamientos.
p — ¿Cómo no me van a gustar esas palabras, cuando son para mí la expresión principal de la vida?....
p Recuerdo qué dicha iluminaba su rostro cuando el Ministerio de Defensa le hizo entrega de la cartilla militar.
p — ¡Me consideran un combatiente en filas!... No todo está perdido para mí...
p En cierta ocasión hablamos de la amistad. De pronto, Kolia preguntó por qué Mark Kólosov y yo le visitábamos poco, relativamente. Había mucha gente que iba 24 a verle casi cada día. Le dije que no estimaba necesario visitarle a menudo, cada día. En primer lugar, no queríamos fatigarle, pues el trato con la gente consumía muchas energías físicas y espirituales. En segundo lugar, no queríamos quitar tiempo a otros, para quienes era muy útil tener relaciones con él, por ejemplo, los jóvenes. ¿Acaso lo importante era el número de visitas? El artista necesitaba incluso quedarse solo, meditar, pensar sin que nadie le estorbara, conversar con sus personajes vis a vis, por decirlo así. Para él, tales horas eran especialmente importantes y necesarias, ya que tenía que dedicarse a la creación artística "en compañía”, y eso era doblemente difícil, por no decir más. Teníamos en cuenta todas esas circunstancias y por ello seguiríamos ateniéndonos a nuestra costumbre de no prodigar las visitas. En cuanto a nuestra amistad y cariño, habíamos dado, en mi opinión, bastantes pruebas de ellos, ¿no era cierto?
p — ¡Cierto, cierto! —confirmó emocionado.
p La conversación no tardó en tomar otro giro. No recuerdo cómo pasó a versar sobre la vasta correspondencia de Nikolái. Se animó, recordó muchas cartas muy interesantes, originales documentos humanos que " alegraban el alma”, y, luego, me explicó que tenía bien ordenada toda su correspondencia.
p — Si alguna vez tienes que revisar mis papeles, lo encontrarás todo con gran facilidad, cada papel tiene su sitio... Me gusta el orden, soy militar...
p Todos los que le conocimos de cerca sentiremos siempre, al recordarle, la amargura de la pérdida irreparable, como si nos hubieran arrancado parte del corazón. La agudeza del dolor la mitigará el tiempo, naturalmente, pero su profundidad no amenguará nunca.
p A Nikolái Ostrovski no se le puede olvidar. Nunca lo olvidarán sus amigos y nunca lo olvidarán millones de lectores. Jamás se borrará de la memoria su imagen, saturada de elevado valor y de fidelidad a la causa del socialismo. Era un hombre de raro encanto, y de una simpatía y una pureza verdaderamente conmovedoras.
p 1936
25ASI SE TEMPLO EL ACERO
26Notes
[5•*] De Recuerdos de Nikolái Ostrovski. (N. de la Edit.)
[5•**] Kolia: diminutivo de Nikolái.
[6•*] Hoy calle de Nikolái Ostrovski. (N. de la Edit.)
[7•*] Anna Karaváeva, conocida escritora soviética, era en los años del 30 redactara de la revista La Joven Guardia. (N. de la Edit.)
[7•**] Pavka: diminutivo familiar de Pável.
[9•*] Joven ambicioso y arribista, personaje de las novelas de Balzac. (N. de la Edit.)
[9•**] Escritor y crítico. En los años del 30 fue subdirector jefe de la Editorial "La Joven Guardia”. (N. de la Edit.)
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