p Medianoche. Hacía ya tiempo que el último tranvía había pasado, arrastrando su ruinoso cuerpo. La luna inundaba de luz mortecina el alféizar de la ventana. Sus rayos cubrían de una colcha azulada la cama, dejando en la penumbra el resto de la estancia. En la mesa del rincón, bajo la pantalla de la lámpara de despacho, brillaba un pequeño círculo de luz. Rita se inclinó sobre un voluminoso cuaderno, sobre su diario.
p "24 de mayo”, trazó la afilada punta de su lápiz.
p "De nuevo trato de escribir mis impresiones. De nuevo un espacio en blanco. Ha pasado mes y medio y no he escrito ni una sola palabra. Tendré que conformarme con estas pocas líneas.
p ¿Cómo encontrar tiempo para escribir mi diario? Ahora es de noche y escribo. El sueño huye. El camarada Segal pasa a trabajar en el CC. La noticia nos ha apenado a todos. Nuestro Lazar Alexándrovich es un hombre formidable. Sólo ahora comprendo qué gran tesoro constituía para todos su amistad. Como es natural, con la marcha de Segal se deshace el círculo de estudio del materialismo dialéctico. Ayer estuvimos en su habitación hasta bien avanzada la noche y comprobamos los éxitos de nuestros “ahijados”. Asistió también Akim, secretario del Comité provincial de la Juventud Comunista, como asimismo el antipático Tufta, responsable del registro de militantes. ¡No puedo soportar a este sabelotodo! Segal estaba radiante. Su discípulo, Korchaguin, dio un baño enorme a Tufta en Historia del Partido. Sí, estos dos meses no han pasado en vano. No da pena gastar energías cuando se obtienen tales resultados. Según se rumorea, Zhujrái pasa a trabajar a la Sección Especial de la zona militar. No sé la causa.
p Lazar Alexándrovich me ha confiado a su alumno.
p — Termine lo empezado —dijo—, no se detenga a 235 mitad de camino. Usted, Rita, y él podrán aprender uno de otro. El muchacho no ha roto aún del todo con la indisciplina. Vive de sentimientos que se agitan en su interior, y los torbellinos de estos sentimientos le desvían. Por lo que conozco de usted, Rita, creo que será para él el maestro más apropiado. Le deseo éxito. No se olvide de escribirme a Moscú —añadió Segal al despedirnos.
p Hoy, han enviado del CC a Zharki, nuevo secretario del Comité del distrito de Solómenka. Le conozco del ejército.
p Mañana Dmitri traerá a Korchaguin. Voy a describir a Dubava. Talla media. Fuerte y musculoso. Miembro del Komsomol desde el año 18, y del Partido desde el 20. Es uno de los tres excluidos del Comité provincial de la Juventud Comunista, por pertenecer a la "oposición obrera" [235•* . El estudio con él no ha sido fácil. Cada día daba al traste con el plan, agobiándome a preguntas, apartándome del tema. Entre Yuriénieva, mi segunda alumna, y Dubava tenían lugar frecuentes altercados. Ya la primera tarde, mirando a Olga de pies a cabeza, observó:
p — No llevas el equipo completo, vieja. Te faltan pantalones guarnecidos de cuero, espuelas, gorra a lo Budionny y sable, pues, dé lo contrario, no hay forma de saber lo que eres.
p Olga tampoco se quedó corta en sus epítetos, y tuve que separarlos. Me parece que Dubava es amigo de Korchaguin... Por hoy basta. A dormir".
p Un calor sofocante abrasaba la tierra, caldeando —hasta hacer que quemasen— las férreas barandillas del puente sobre la estación. La gente subía a él jadeante, extenuada por el calor. El puente era utilizado, sobre todo, por los que venían a la ciudad desde la barriada ferroviaria.
p Desde el último peldaño, Pável vio a Rita. La muchacha había llegado a la estación antes que él y miraba a la gente que descendía por la escalera.
236p Pável se detuvo a unos tres pasos de Ustinóvich. Rita no se había dado cuenta de su presencia. Pável la examinaba con curiosidad extraña; llevaba una blusa a rayas, corta falda azul, de tejido barato, y una cazadora de cuero sobre los hombros. Una mata de cabellos rebeldes enmarcaba su bronceado rostro. Tenía la cabeza ligeramente echada hacia atrás y los ojos entornados a causa de la cegadora luz del sol. Por primera vez miraba Korchaguin de tal manera a su amiga y maestra, y por primera vez pensó que Rita no era solamente un miembro del buró del Comité provincial, sino que... E irritado al sorprenderse en tan “pecaminosos” pensamientos, la llamó:
p — Hace una hora entera que te estoy mirando, y tú no me ves. Ya es hora de marchar; el tren está a punto de partir.
p Se acercaron al andén por la entrada para los ferroviarios.
p El día anterior, el Comité provincial había designado a Rita su representante en una de las conferencias comarcales. Para que la ayudase, enviaron con ella a Korchaguin. Era imprescindible tomar el tren, empresa nada fácil. La estación en las horas de salida de los escasos trenes, se encontraba en poder de los cinco de la omnipotente comisión de embarque, sin un pase de la cual nadie tenía derecho a entrar en el andén. Todos los accesos y salidas los ocupaban los soldados de un destacamento, a las órdenes de la comisión. El tren, abarrotado por completo, sólo podía llevarse a una décima parte de los que querían marchar. Nadie deseaba quedarse y esperar, durante días y más días, la casual llegada de un nuevo tren. Miles de personas asaltaban los pasillos, tratando de abrirse paso hacia los inaccesibles vagones verdes. En aquellos días, la estación sufría un verdadero asedio, .que a veces degeneraba en una lucha a brazo partido.
p Pável y Rita se afanaban en vano por llegar al andén.
p Pável, que conocía todas las entradas y salidas, llevó a su compañera a través de la sala de equipajes. Con trabajo, llegaron hasta el vagón N°4. Junto al estribo del mismo, conteniendo a la compacta multitud, había un chekista, derretido de calor, que repetía por centésima vez:
237p — Les digo que el vagón está abarrotado, y a los topes y al techo, de acuerdo con las órdenes recibidas, no dejamos subir a nadie.
p La gente, enfurecida, le presionaba, metiéndole en las narices los billetes entregados por la comisión de embarque para el vagón N°4. Ante cada vagón restallaban, entre los empujones, injurias atroces y gritos coléricos. Pável se daba cuenta de que tomar aquel tren de la manera habitual no era posible, sin embargo, había que marchar, so pena de perderse la conferencia.
p Llamó a Rita aparte y le comunicó su plan de acción: él se metería en el vagón, abriría la ventanilla y metería por ella a Rita. De otro modo, tendrían que quedarse en el andén.
p — Dame tu cazadora, es mejor que cualquier credencial.
p Pável cogió la cazadora de cuero y se la puso. Metió su revólver en el bolsillo de la misma, dejando deliberadamente al descubierto la culata con el cordón. Después de depositar la mochila con las provisiones a los pies de Rita, se dirigió al vagón. Empujando a los pasajeros sin la menor ceremonia, se agarró al pasamanos.
p — ¿Eh, camarada, a dónde vas?
p Pável volvió la cabeza hacia el fornido chekista.
p — Soy de la Sección Especial de la zona militar. Ahora comprobaremos si todos los que están en el vagón tienen billetes de la comisión de embarque —dijo Pável en tono que no dejaba lugar a duda acerca de sus atribuciones.
p El chekista miró el bolsillo del que sobresalía el revólver, se enjugó con la manga el sudor de la frente y dijo con tono hastiado:
p — Bueno,- comprueba, si es que puedes meterte.
p Trabajando con los codos, con los hombros y, en algunos sitios, con los puños, encaramándose de los hombros de los pasajeros, subiéndose a pulso a las literas superiores y soportando una granizada de insultos, Pável llegó por fin al centro del vagón.
p — ¿A dónde, diablos, vas? ¡Maldito seas tres veces! —le gritó una mujer muy gorda, cuando, al bajar, le pisó la rodilla. La mujer se había incrustado con su mole de siete puds en el borde de la litera inferior y tenía entre 238 sus piernas un bidón de aceite. En todas las literas había bidones semejantes, cajones, sacos y cestos- En el vagón no se podía respirar.
p A las imprecaciones de la mujer, Pável respondió con la pregunta:
p — ¿Dónde está su billete de embarque, ciudadana?
p — ¿Qué? —respondió la mujer, mostrando los dientes al revisor inesperado.
p De la litera superior asomó una cabezota de hampón que rugió con voz de contrabajo:
p — Vaska, ¿qué tipo es ese que se ha presentado aquí? Dale una hoja de ruta para el cementerio.
p Sobre la cabeza de Korchaguin apareció algo informe, que, seguramente, era Vaska. Un mocetón de velludo pecho clavó en Korchaguin sus ojos bovinos.
p — ¿Por qué te metes con la mujer? ¿Qué billete te hace falta?
p De la litera lateral pendían cuatro pares de piernas. Sus dueños estaban sentados abrazados, comiendo animada y ruidosamente pepitas de girasol. Allí, al parecer, viajaba una unida cuadrilla de especuladores empedernidos, de bandidos de ferrocarril con mucha escuela. No había tiempo para liarse con ellos. Eira preciso meter a Rita en el vagón.
p — ¿De quién es este cajón? —preguntó Korchaguin a un ferroviario de edad madura,’ señalando hacia una caja de madera que había junto a la ventanilla.
p — De esa joven —dijo el ferroviario, señalando a unas gruesas piernas, enfundadas en medias marrón, que pendían de la litera.
p Era preciso abrir la ventanilla. El cajón lo impedía. No había dónde dejarlo. Pável lo cogió y se lo entregó a su dueña, que estaba sentada en la litera superior.
p — Sosténgalo por un minuto, ciudadana, voy a abrir la ventanilla.
p — ¿Quién te manda tocar las cosas de los demás? —comenzó a chillar la muchacha de nariz aplastada, cuando Korchaguin dejó el cajón sobre sus rodillas.
p — Motka, ¿por qué ese ciudadano arma tanto jaleo? —agregó, pidiendo ayuda a su vecino. Este, sin bajar de la litera, empujó a Pável en la espalda con el pie, calzado con sandalia.
239p — ¡Eh, tú, cucaracha, lárgate de aquí, si no quieres que te ponga un ojo a la funerala!
p Pável aguantó en silencio el puntapié en la espalda. Y, mordiéndose los labios, abrió la ventanilla.
p — Camarada, apártate un poco —rogó al ferroviario.
p Dejando sitio libre, Pável retiró uno de los bidones y se pegó a la ventanilla. Rita se encontraba junto al vagón y le dio rápidamente la mochila. Pável la dejó caer sobre las rodillas de la mujer del bidón, se inclinó y, cogiendo a Rita de los brazos, tiró de ella hacia sí. Antes de que el soldado rojo del grupo de protección se diese cuenta de aquel quebrantamiento de las ordenanzas y pudiera impedirlo, ya se encontraba Rita en el vagón. El soldado rojo, torpón de movimientos, no pudo hacer nada, y, tras de soltar un terno, se apartó de la ventanilla. Al ver aparecer a Rita en el vagón toda la cuadrilla de especuladores promovió tal alboroto, que la muchacha se turbó y llenóse de alarma. No tenía dónde permanecer de pie y se tenía en el borde de la litera inferior, sujetándose con las manos a la barra de la superior. De todas partes llovían las injurias. Arriba, la voz de contrabajo rugió:
p — ¡Vaya un canalla! El mismo se ha colado y arrastra a la fulana consigo.
p Alguien, oculto también arriba, gritó con voz chillona:
p — Motka, dale en la cara...
p La chavalota quería dejar caer el cajón sobre la cabeza de Pável. Alrededor no había más que rostros ajenos y rufianescos. Pável sintió que Rita se encontrara allí, pero era preciso instalarse como fuera.
p — Ciudadano, quita tus sacos del pasillo; aquí se pondrá la camarada —dijo, dirigiéndose a aquel a quien llamaban Motka; pero en respuesta oyó una frase tan cínica, que todo se sublevó en su interior. Sobre la ceja derecha sintió unas punzadas frecuentes y dolorosas— Espera, canalla, que ya me las pagarás —dijo al bribón, conteniéndose con dificultad; pero inmediatamente, desde arriba, le dieron una patada en la cabeza.
p — ¡Vaska, dale más mecha! —azuzaban desde todos lados.
p Todo lo que durante tanto rato había contenido en sí Pável, estalló, y, como siempre en tales ocasiones, sus movimientos se hicieron impetuosos y bruscos.
240p — ¿Qué os habéis creído, atajo de especuladores, pensáis que vais a burlaros? —y alzándose a pulso, como sobre muelles, Pável alcanzó la segunda litera y asestó un terrible puñetazo en la jeta insolente de Motka. Le golpeó con tal fuerza que el especulador cayó sobre las cabezas de los que se encontraban en el pasillo.
p — ¡Bajad de la litera, víboras, que os voy a matar como a perros! —gritó furioso Korchaguin, agitando el revólver ante las narices de los cuatro tipos.
p La cosa tomaba un giro completamente distinto. Rita lo observaba todo con atención, dispuesta a disparar contra quien intentase agarrar a Korchaguin. La litera superior quedó libre en un instante. La rufianesca " cofradía" evacuó presurosa al departamento contiguo.
p Después de acomodar a Rita en la litera libre, le susurró:
p — Espera aquí, voy a terminar de ajustar las cuentas a ésos.
p Rita le detuvo:
p — ¿Acaso vas a pelearte con ellos?
p — No, ahora vengo —la tranquilizó Korchaguin.
p Pável volvió a abrir la ventanilla y por ella saltó al andén. Unos minutos más tarde, se encontraba en la oficina de la Cheka de transportes, junto a la mesa de Burmeister, su antiguo jefe. El letón, después de escucharle, dio la orden de desalojar el vagón y comprobar los documentos de todos los viajeros.
p — ¡No os decía yo que los trenes salían ya al andén cargados de especuladores! —gruñía Burmeister.
p Un destacamento compuesto de diez chekistas desalojó el vagón. Pável, recordando sus viejos tiempos, ayudó a comprobar la documentación de todos los viajeros. Al marchar de la Cheka, no había perdido el contacto con sus amigos, y como secretario de un colectivo de la juven tud, había enviado a trabajar a la Cheka de transportes a muchos de los mejores jóvenes comunistas. Después de terminar la comprobación, Pável volvió a donde se encontraba Rita. El vagón lo llenaron nuevos pasajeros: gente que iba en comisión de servicio y soldados rojos.
p En el rincón de la tercera litera sólo quedaba sitio para Rita; todo lo demás estaba abarrotado de paquetes de periódicos.
241 242 243p — No tiene importancia, nos arreglaremos como sea —dijo Rita.
p Él tren se puso en marcha.
p Tras la ventanilla apareció por un instante la tía gordinflona, entronizada en un montón de sacos. Se la oyó gritar:
p — Mañka, ¿dónde está mi bidón?
p Sentados en el estrecho espacio, separados de los vecinos por los bultos, Rita y Pável comían a dos carrillos pan y manzanas, recordando alegremente el episodio recién ocurrido, aunque no era del todo regocijante.
p El tren se arrastraba lentamente. Los desvencijados vagones, con más carga de la que podían soportar, retemblaban, haciendo crujir y chirriar sus carrocerías resecas. El atardecer envolvió al vagón en su azur. Tras él, la noche cubrió de negro las ventanillas. Y el vagón se hundió en las tinieblas.
p Rita, muerta de cansancio, se quedó dormida, reclinada la cabeza sobre la mochila. Pável, sentado en el borde de la litera con las piernas colgando, fumaba. También él estaba cansado, pero no había dónde acostarse. Desde la ventana, le acariciaba el frescor de la noche. Una brusca sacudida del tren despertó a Rita. La muchacha vio el fuego del cigarrillo de Pável. "Es capaz de estarse sentado así hasta la mañana. No quiere molestarme”, pensó.
p — ¡Cantarada Korchaguin! Deje a un lado el convencionalismo burgués y acuéstese a descansar —le dijo en tono de broma.
p Pável se echó a su lado, y, con deleite, estiró las entumecidas piernas.
p — Mañana tendremos un montón de trabajo. Duerme, pendenciero —aconsejó Rita, y su brazo se ciñó confiado al cuerpo del amigo. Pável sintió en la mejilla el suave roce de sus cabellos.
p Para él, Rita era intangible. Era su amiga y camarada de lucha por un mismo objetivo, su comisario; pero, con todo, era también mujer. Esto lo había sentido Pável por vez primera junto al puente, y por ello le emocionaba tanto aquel abrazo. Sentía la respiración profunda y acompasada y, muy cerca, sus labios. La proximidad 244 engendró un deseo irresistible de encontrarlos. Con un esfuerzo de voluntad, estranguló el deseo."
p Rita, como si adivinara sus sentimientos, se sonrió en la oscuridad. Ella ya había vivido la alegría de la pasión y el horror de la pérdida. A dos bolcheviques había dado su amor; y ambos le habían sido arrebatados por las balas de los guardias blancos. Uno de ellos era un gigante valeroso, jefe de brigada; el otro, un muchacho de ojos claros.
p Pronto el traqueteo de las ruedas arrulló a Pável. Y durmió hasta la mañana, hasta que le despertó el rugido de la locomotora.
p Rita comenzó a regresar tarde a su habitación. En su cuaderno, que abría rara vez, aparecieron algunas nuevas y breves anotaciones:
p 11 de agosto
p Hemos terminado la conferencia provincial. Akim, Mijailo y otros se han marchado a Jarkov, a la conferencia de Ucrania. Sobre mí ha recaído todo el trabajo administrativo. Dubava y Pável han recibido el nombramiento de miembros del Comité provincial. Desde que le enviaron de secretario al Comité del Komsomol del distrito Pecherski, Dmitri ya no viene por las tardes a las clases. Le han recargado de trabajo. Pável aún se esfuerza por estudiar, pero unas veces yo no tengo tiempo, y otras, le envían a él & algún sitio. A causa de haberse agudizado la situación en el ferrocarril, se moviliza constantemente a los camaradas. Zharki vino ayer a verme; está descontento porque le hemos quitado a los muchachos, dice que a él mismo le hacen muchísima falta.
p 23 de agosto
p Hoy, cuando iba por el corredor, vi que en la puerta de la administración se encontraban Pankrátov, Korchaguin y un desconocido. Me acerqué y oí que Pável decía:
p "Sí, hay allí unos tipos que no me daría pena el gastar una bala con ellos. "Usted —me han dicho— no tiene derecho a inmiscuirse en nuestras disposiciones. Aquí el dueño es el Comité ferroviario forestal y no su 245 Komsomol”. Y tiene una jeta, hermanos... ¡Ahí es donde se han emboscado los parásitos!...” Y oí un terno escogido. Pankrátov, al darse cuenta de mi presencia, dio un codazo a Pável. Este se volvió y, al verme, mudó de color- Sin mirarme a la cara, se marchó inmediatamente. Ahora pasaré mucho tiempo sin verle por mi despacho. El sabe bien que yo no perdono a nadie las blasfemias.
p 27 de agosto
p Ha habido reunión cerrada del buró. La situación se complica. Por ahora no puedo escribirlo todo: no se puede. Akim ha llegado sombrío de la comarca. Ayer, junto a Téterev, de nuevo hicieron descarrilar un tren de víveres. Me parece que voy a tener que abandonar mi diario. Todo me sale como a retazos. Espero a Korchaguin. Le he visto. El y Zharki crean una comuna de cinco".
p Durante el día, cuando Pável estaba en el taller, le llamaron por teléfono. Rita le comunicó que tenía la tarde libre y que no había acabado de estudiar las causas de la derrota de la Comuna de París.
p Por la tarde, al acercarse al portal de la casa en la calle Kruglo-Universitétskaya, Pável miró hacia arriba. La ventana de Rita estaba iluminada. Luego de subir corriendo la escalera, como siempre, dio un puñetazo a la puerta y entró sin esperar contestación.
p En la cama, donde ninguno de los muchachos ni siquiera tenía derecho a sentarse, yacía un hombre con uniforme militar. Su pistola, cartera de campaña y gorra con la estrella se hallaban sobre la mesa. A su lado, abrazándole estrechamente, estaba sentada Rita. Hablaban con animación... Rita volvió hacia Pável su rostro radiante.
p Soltándose del abrazo, el militar se levantó.
p — ¿No os conocéis? —preguntó Rita, saludando a Pável—. Es...
p — David Ustinóvich —dijo simplemente, por ella, el militar, estrechando con fuerza la mano de Korchaguin.
p — Su llegada ha sido una gran sorpresa —rió Rita.
El apretón de manos de Korchaguin fue frío. Como una chispa de pedernal, fulguró en sus ojos la profunda
246 ofensa. Tuvo tiempo de ver cuatro cuadrados en la bocamanga de David.p Rita quería hablar, pero Korchaguin la interrumpió:
p — Me he acercado en un vuelo para decirte que hoy trabajo en la descarga de leña en los muelles, así que no me esperes... De todos modos, viene bien, ya que tienes visita. Bueno, me voy, los muchachos me están esperando abajo.
p Pável desapareció tras la puerta tan súbitamente como había aparecido. En la escalera resonaron sus rápidas pisadas. Abajo oyóse un sordo portazo. Se hizo el silencio.
p — Algo le pasa —respondió Rita, insegura, a la interrogante mirada de David.
p .. .Bajo el puente una locomotora lanzó un profundo suspiro, soltando de su pecho poderoso un enjambre de luciérnagas de oro. Su torbellino caprichoso voló hacia arriba y se apagó en el humo.
p Apoyado en la barandilla, Pável contemplaba las titilantes luces multicolores de los farolillos de señales. Cerró los ojos.
p "No comprendo, camarada Korchaguin, ¿por qué le duele a usted tanto que Rita tenga marido? ¿Acaso ha dicho ella alguna vez que no lo tenía? ¿Y si lo hubiera dicho, qué? ¿Por qué de repente se ha afectado tanto? Y usted, querido amigo, consideraba que no existía nada, a excepción de la amistad basada en la idea... ¿Cómo es que no vio usted eso? ¿Eh? —se interrogaba Korchaguin con ironía—. ¿Y si no es su marido? David Ustinóvich puede ser su hermano, su tío... Entonces tú, monstruo, en vano te has enfurecido contra ella. Se ve que eres un canalla, como cualquier otro. Se puede saber si es su hermano. Supongamos que es su hermano o su tío, ¿qué le dirás entonces? ¡No, no irás más a verla!"
p El rugido de una sirena cortó sus pensamientos.
p "Ya es tarde, hay que ir a casa. Basta de pensar en tonterías".
p En Solómenka (así se llamaba el distrito obrero ferroviario), cinco camaradas habían creado una pequeña comuna. Los componentes eran: Zharki, Pável, un checo rubio y alegre apellidado Klavichek, Nikolái Okunev, 247 secretario del Komsomol del depósito de máquinas, y Stiopa Artiujin, agente de la Cheka del ferrocarril, que hacía poco era aún calderero de los talleres de reparación media.
p Consiguieron una habitación. Durante tres días, después del trabajo, estuvieron pintando, blanqueando y fregando. Armaron tal alboroto con los cubos, que los vecinos se figuraron que había estallado un incendio. Ellos mismos hicieron las camas, rellenaron de hojas de arce, en el parque, los colchones de arpillera y, al cuarto día, adornada con un retrato de Petrovski y un enorme mapa, la habitación resplandecía de blancura aún inmaculada.
p Entre las dos ventanas había un estante con libros. Dos cajones tapizados con cartón hacían las veces de sillas, y un cajón más grande, de armario. El centro de la habitación la ocupaba una enorme mesa de billar sin paño, traída a hombros desde la sección de servicios comunales del Soviet. Durante el día servía de mesa, y por la noche, de cama para Klavichek. Todos aportaron cuanto tenían. El ordenado Klavichek hizo un inventario de todo lo que poseía la comuna y quiso clavarlo en la pared, pero, ante la unánime protesta de los demás, renunció a ello. En la habitación, todo era de todos. El salario, la ración y los casuales paquetes de víveres recibidos, todo se repartía por igual. Como propiedad personal quedaron únicamente las armas. Los comuneros decidieron unánimemente que el miembro de la comuna que infringiera la ley sobre la anulación de la propiedad y defraudara la confianza de los camaradas, sería excluido. Okunev y Klavichek insistieron en que se añadiera que también sería desahuciado.
p El día de la apertura de la comuna se congregó allí todo el activo del Komsomol del distrito. En el patio vecino se pidió prestado un samovar enorme; gastaron en el té todas sus reservas de sacarina, y, después de terminar con el contenido del enorme recipiente, tronaron a coro:
p
El mundo está lleno de lágrimas,
La vida llena de dolor,
Hasta que empuñemos las armas...
p Talia, la de la fábrica de tabaco, dirigía. Un pañuelo rojo, ligeramente ladeado, ceñía sus cabellos. Sus ojos eran picaros como los de un chiquillo travieso. Nadie había podido conseguir aún mirarse de cerca en ellos. Talia Lagútina tenía una risa contagiosa. A través de su juventud en flor, la joven empaquetadora miraba al mundo desde la radiante cima de sus dieciocho abriles. Su mano alzóse, y el estribillo estalló, vibrante como un toque de clarines:
p
Nuestro canto rebelde será
La roja bandera que nos guiará
Por la senda del trabajador,
Hasta el Soviet redentor...
p Se fueron tarde a sus casas, despertando con sus voces las calles silenciosas.
p Zharki tendió la mano hacia el teléfono.
p — ¡Más bajo, muchachos, no se oye nada! —gritó a los bulliciosos jóvenes que se habían reunido en la habitación del secretario general.
p Las voces bajaron dos tonos.
p — Al aparato. ¡Ah! ¿Eres tú? Sí, sí, ahora. ¿El orden del día? El mismo: transporte de la leña desde los muelles. ¿Qué? No, no ha sido enviado a ningún sitio. Aquí está. ¿Le llamo? Bien.
p Zharki hizo una señal a Pável para que se acercara, y le dijo, al pasarle el auricular:
p — La cantarada Ustinóvich quiere hablar contigo. Korchaguin oyó la voz de Rita:
p — Creí que no estabas. Casualmente tengo la tarde libre. Ven. Mi hermano estuvo aquí de paso; hacía dos años que no nos veíamos.
p ¡Su hermano!
p Pável no escuchaba sus palabras. Recordaba aquella tarde y lo que había decidido por la noche en el puente. Sí, había que ir hoy mismo a verla y quemar las naves. El amor traía muchas inquietudes y pesares. ¿Acaso era tiempo para hablar de él?
p La voz en el auricular exclamó:
p — ¿Es que no me oyes?
249p — Sí, sí, te escucho. Bien. Después de la reunión del buró.
p Y colgó el auricular.
p La miró directamente a los ojos, y apretando el borde de la mesa de roble, dijo:
p — Seguramente, no podré venir más.
p Lo dijo y vio cómo se levantaron asombradas las tupidas pestañas. El lápiz detuvo su carrera por la hoja de papel y cayó inmóvil sobre el cuaderno.
p — ¿Por qué?
p — Cada vez es más difícil encontrar tiempo. Tú misma sabes que ahora los días son duros para nosotros. Es una lástima, pero habrá que dejarlo estar.
p Prestó oído a sus últimas palabras y sintió su falta de consistencia.
p "¿Para qué te andas por las ramas? ¡No tienes valor para decir con franqueza la verdadera razón!"
p Y Pável continuó pertinaz:
p — Además, hace tiempo que quería decirte que te comprendo mal. Mira, cuando estudiaba con Segal, todo lo retenía en la cabeza, pero contigo no puedo de ninguna manera. Cada vez iba desde aquí a ver a Tókariev, para que me explicara las cosas. Mi caldero no funciona. Debes buscar un alumno de más mollera.
p Y volvió la cabeza, rehuyendo la mirada atenta de Rita. Luego concluyó testarudo:
p — Por lo tanto, nosotros no podemos gastar tiempo en vano.
p Se levantó, apartó cuidadoso la silla con el pie y miró detenidamente la cabeza inclinada, el rostro lívido, iluminado por la pequeña lámpara. Luego, se encasquetó la gorra.
p — Bueno, ¡salud, camarada Rita! Es una lástima que te haya importunado tantos días. Mejor hubiera sido decírtelo en seguida. Me reconozco culpable.
p Rita le tendió maquinalmente la mano y, llena de estupor por su frialdad inesperada, tan sólo pudo decir:
p — No te echo la culpa, Pável. Me he merecido lo de hoy, pues no he sabido tratarte ni hacerme comprender.
p Pável sintió que las piernas le obedecían con dificultad. 250 Cerró la puerta sin ruido. Junto al portal, se detuvo: aún podía volver y explicarle... Mas ¿para qué? ¿para recibir en la cara el trallazo de una palabra despectiva y verse de nuevo allí, junto al umbral? ¡Jamás!
p En las vías muertas crecían los cementerios de vagones desvencijados y de locomotoras frías. El viento arremolinaba el serrín menudo en los depósitos de leña vacíos.
p Y en torno a la ciudad, por las sendas del bosque y por los profundos barrancos, rondaba, con paso felino, la banda de Orlik. Durante el día permanecía escondida en los caseríos cercanos, en los ricos colmenares del bosque, y por las noches se arrastraba hasta las vías, las destruía con sus garras y, después de realizar su espantoso trabajo, volvía a arrastrarse a su guarida.
p Y, frecuentemente, descarrilaban los corceles de acero. Saltaban hechas astillas las cajas de los vagones, moría aplastada la gente, que dormía, y el cereal precioso se mezclaba con la sangre y la tierra.
p La banda caía sobre los apacibles pueblecillos. Las gallinas huían de la calle, a la desbandada, cacareando medrosas. Restallaba una bala perdida. Crujía, como ramiza pisoteada, el breve tiroteo junto a la casita blanca del Soviet local. Los bandidos corrían por las calles sobre sus caballos cebados y mataban a sablazos a quienes caían en sus manos. Descargaban los sablazos acompañando el golpe de un jadeo, como cuando se parte leña. Tiraban rara vez. Economizaban los cartuchos.
p Desaparecían con la misma rapidez con que se habían presentado. La banda tenía en todas partes sus ojos y oídos. Estos ojos perforaban la casita blanca del Soviet local, observándola desde el patio de la morada del pope o desde la ventana de la espaciosa y confortable mansión de algún kulak. Y de allí a los matorrales del bosque se tendían hilos invisibles. Al bosque afluían cartuchos, carne de cerdo fresca, botellas de azulado aguardiente y, además, todo aquello que se transmitía en voz baja al oído de los atamanes pequeños y, después, por una red complicadísima, al del propio Orlik.
p La banda contaba en total con unos doscientos o trescientos matones, pero no se podía conseguir cazarla. 251 252 253 vidida en varios grupos, operaba simultáneamente en dos o tres distritos. Era imposible encontrar a todos. El bandido nocturno era, durante el día, pacífico campesino que andaba ajetreado en su hacienda, daba forraje a su caballo y, con la sonrisa en los labios, chupaba su pipa junto a la puerta, acompañando con torva mirada a las patrullas de caballería.
p Perdida la tranquilidad y el sueño, Alexandr Puzyrievski galopaba raudo con su regimiento por tres distritos. Infatigable y tenaz en la persecución, a veces alcanzaba la cola de la banda de Orlik.
p Y un mes más tarde, Orlik retiró su cuadrilla de dos de las comarcas. El bandido se agitaba ya en un cerco estrecho.
p La vida en la ciudad proseguía su marcha cotidiana. En los cinco mercados bullía un indescriptible hormiguero humano. Allí, imperaban dos tendencias: una sacar todo lo que se pudiera; la otra, dar lo menos posible. Allí operaban, poniendo en juego todas sus marrullerías y habilidades, granujas y rufianes de todos los pelajes. Como pulgas, saltaba de un lado para otro una gentuza ágil, en cuyos ojos se reflejaba todo, menos conciencia. Allí, como en un estercolero se reunía toda la inmundicia de la ciudad, con la única aspiración de “desplumar” a algún novato. Los escasos trenes vomitaban de sus entrañas montones de gente cargada con sacos. Y toda aquella plaga se dirigía a los mercados.
p Por la tarde, éstos quedaban desiertos y las callejas y las filas negras de los puestos y tiendas tomaban un aspecto desolado.
p No todos los valientes se arriesgaban a adentrarse por la noche en aquel barrio muerto, donde detrás de cada tienda se escondía, mudo, el peligro. Y, frecuentemente, por la noche resonaba un disparo de revólver, como un martillazo sobre hojalata, y alguna garganta se ahogaba en su propia sangre. Y cuando llegaba el grupo de milicianos de los puestos vecinos —aisladamente no iban—, ya no encontraban a nadie, salvo el retorcido cadáver. Los granujas ya estaban lejos del lugar del crimen, y el ruido había barrido, como el viento el polvo, a todos los moradores nocturnos del barrio del mercado.
254p Allí en frente se encontraba el cine Orion, La calle y la acera, llena de gente, estaban inundadas de luz eléctrica.
p En el salón zumbaba la máquina de cine. En la pantalla, amantes desgraciados se mataban mutuamente, y los espectadores prorrumpían en alaridos salvajes cuando se cortaba la cinta. En el centro y en los suburbios parecía que la vida no había salido de su cauce habitual, e incluso allí dónde se encontraba el cerebro del poder revolucionario —en el Comité provincial— todo marchaba como de costumbre. Pero esta tranquilidad era aparente.
p Sobre la ciudad se cernía la tormenta.
p Su proximidad era conocida por muchos de los que, desde todas partes, entraban en ella disimulando trabajosamente el fusil bajo la zamarra campesina. Tampoco era un secreto para quienes, disfrazados de especuladores, llegaban en los techos de los vagones y, en lugar de dirigirse al mercado, llevaban sus sacos a las calles y casas grabadas en su memoria.
p Sí, ellos lo sabían. En cambio, en los barrios obreros, ni siquiera los bolcheviques, recelaban la proximidad de la tormenta.
p En la ciudad, únicamente cinco bolcheviques estaban enterados de estos preparativos.
p Los restos de las bandas de Petliura, obligados por el Ejército Rojo a internarse en la Polonia blanca, se disponían, en estrecha colaboración con las misiones extranjeras de Varsovia, a tomar parte en la sublevación que se preparaba.
p Con los restos de los regimientos de Petliura se formaba, en secreto, un grupo de incursión.
p El comité central de los facciosos también tenía su organización en Shepetovka. La constituían cuarenta y siete personas —la mayoría contrarrevolucionarios activos en el pasado—, a quienes la Cheka local había dejado confiadamente en libertad.
p La organización era dirigida por el pope Vasili, el teniente Vínnik y el oficial de Petliura, Kusmenko. Las hijas del pope, el hermano y el padre de Vínnik, y Samotinia, que se había infiltrado en las oficinas del Comité Ejecutivo, se encargaban del espionaje.
255p Se había decidido que en la noche de la sublevación se arrojarían granadas en la Sección Especial fronteriza, se libertaría a los detenidos y, a ser posible, se ocuparía la estación.
p En la gran ciudad —centro de la futura sublevación— se verificaba con el mayor secreto la concentración de oficiales, y en los bosques de las afueras se reunían las cuadrillas de bandidos. De allí, gente ducha y de confianza era enviada a Rumania y al mismo Petliura.
p Hacía seis noches que el marino de la Sección Especial de la Zona no dormía ni un solo minuto- Era uno de los bolcheviques que lo sabían todo. Fiódor Zhujrái experimentaba la sensación del hombre que sigue la pista a una fiera dispuesta a saltar.
p No se podía gritar, ni dar la señal de alarma. La alimaña sangrienta* debía ser muerta. Sólo entonces sería posible el trabajo pacífico, sin tener que volver constantemente la cabeza hacia cada arbusto. Ño se debía espantar a la fiera. En esta lucha mortal, próxima a entablarse, sólo la sangre fría del combatiente y su firmeza al asestar el golpe darían la victoria.
p Llegaba la hora.
p En la ciudad, en el laberinto de la conspiración, decidieron: "Mañana por la noche".
p Aquellos cinco bolcheviques que lo sabían todo se adelantaron: "No, hoy por la noche".
p Al anochecer, mudo, sin silbidos, salió del depósito de máquinas un tren blindado, y con el mismo silencio se cerraron tras él los enormes portones.
p Los aparatos se apresuraban a transmitir telegramas cifrados, y, allí a donde éstos llegaban, los guardianes de la República, olvidando el sueño, destrozaban los avisperos.
p Akim llamó por teléfono a Zharki.
p — ¿Se ha asegurado las reuniones de las células? ¿Sí? Bien. Vente ahora mismo a la reunión con el secretario del Comité del Partido. El problema de la leña está peor de lo que pensábamos. Cuando llegues, hablaremos —dijo Akim a Zharki con voz rápida y firme.
256p — Vaya, si continuamos así, muy pronto el problema de la leña acabará por volvernos locos a todos —gruñó Zharki, colgando el auricular.
p Ambos secretarios salieron del automóvil en que Litke les había llevado rápidamente. Al subir al segundo piso, comprendieron en seguida que la reunión no la motivaba la leña.
p En la mesa del administrador había una Maxim, en torno a la cual estaban atareados los ametralladores de la unidad especial. En los pasillos se encontraban, silenciosos, los centinelas del activo del Partido y del Komsomol de la ciudad. Tras la ancha puerta del despacho del secretario general terminaba la reunión extraordinaria del buró del Comité provincial del Partido.
p Por el ventanillo entraban los cables de dos teléfonos de campaña.
p Se hablaba en voz baja. Zharki encontró a Rita y a Mijailo en la habitación de Akim. Rita, como cuando era comisario de compañía, llevaba gorro de soldado rojo, í^lda caqui y, por encima de la cazadora de cuero, un correaje del que colgaba un pesado máuser.
p — ¿A qué viene todo eso? —preguntó asombrado Zharki.
p — Es una alarma de ensayo, Vania. Ahora iremos a vuestro distrito. La concentración, a la señal de alarma, será en la 5a Escuela de Infantería. Los muchachos acudirán allí directamente, desde las reuniones de célula. Lo fundamental es hacer las cosas sin que nadie se aperciba —le explicó Rita.
p En el bosque de los Cadetes todo estaba en silencio.
p Los robles, gigantes centenarios, se elevaban altos y silenciosos. Dormía el estanque, cubierto de bardana y de ortigas acuáticas. Callaban las anchas y descuidadas alamedas. En el centro del bosque, tras la alta tapia blanca, se alzaba el edificio de la Escuela de Cadetes. En él estaba ahora instalada la 5a Escuela de Oficiales^^1^^ de Infantería del Ejército Rojo. Era a altas horas de la noche. El piso superior del pabellón estaba a oscuras. Aparentemente, todo se hallaba en calma. Daba la impresión de que, detrás de la tapia, todos dormían. Pero, entonces, ¿por qué estaban abiertas las puertas metálicas, y qué era aquello, parecido a dos enormes ranas, que se encontraba 257 junto a ellas? No obstante, la gente que se dirigía allí desde los diferentes rincones del distrito ferroviario sabía que en la escuela nadie dormía, pues se había dado la señal de alarma nocturna. Llegaban allí directamente de las reuniones de célula, después de una breve información. Marchaban sin conversar, de uno en uno o por parejas, pero no en grupos superiores a tres hombres. Y en el bolsillo de todos ellos se encontraba, sin falta, el carnet con el encabezamiento "Partido Comunista (bolchevique)" o "Juventud Comunista de Ucrania”. Sólo mostrando tales carnets se podía pasar por las puertas de hierro.
p En el salón de actos había ya mucha gente. Todas las luces estaban encendidas. Las ventanas habían sido tapadas con lonas de tiendas de campaña. Los bolcheviques allí reunidos fumaban tranquilamente, bromeando acerca de lo convencional de la alarma, pues nadie la sentía. Pensaban que los reunían simplemente, por si acaso, para mantener la disciplina de las unidades especiales. Pero los combatientes fogueados, al entrar en el patio de la escuela, percibieron que aquello no se parecía en absoluto a una alarma de ensayo. Todo se hacía con demasiado sigilo. Se oyeron quedas voces de mando y las secciones de alumnos formaron en el parque en completo silencio. Las ametralladoras eran llevadas a brazo. Desde fuera no se veía ni una sola luz en los pabellones.
p — ¿Se espera algo serio, Mitiay? —preguntó Korchaguin a Dubava en voz baja.
p Mitiay estaba sentado en la repisa de la ventana, al lado de una muchacha desconocida. Korchaguin la había visto fugazmente, hacía tres días, en el despacho de Zharki.
p Dubava, bromeando, dio a Pável unas palmaditas en el hombro:
p — ¿Cómo, dices que se te ha subido el corazón a la garganta? No te preocupes, ya os enseñaremos a pelear. ¿No la conoces? —dijo, señalando con la cabeza a la muchacha—. Se llama Anna, no sé su apellido, pero puedo decirte que es la responsable de la base de agitación.
p Escuchando la irónica presentación de Dubava, la muchacha examinaba a Korchaguin, mientras arreglaba un rizo rebelde que había escapado de debajo del pañuelo color lila.
258p Sus ojos se encontraron con los de Korchaguin, y el duelo mudo duró unos segundos. Sus ojos, negros azulencos, chispeaban provocativos. La muchacha tenía tupidas pestañas. Pável pasó su mirada a Dubava. Y sintiendo que se le subían los colores, frunció descontento el ceño.
p — ¿Quién de vosotros agita a quién? —preguntó Pável con sonrisa forzada.
p En la sala se oyó ruido. El jefe de la compañía, subiéndose a una silla, gritó:
p — ¡Comunistas de la 1* compañía, a formar en esta sala! ¡Vivo, vivo, camaradas!
p En la sala entraron Zhujrái, el presidente del Comité Ejecutivo provincial y Akim, que acababan de llegar. La sala estaba abarrotada de gente, formada en filas.
p El presidente del Comité Ejecutivo provincial se subió a la tarima en la que se encontraba la ametralladora de estudio y, levantando la mano, dijo:
p — Camaradas, os hemos reunido aquí para una misión seria y responsable. Ahora se puede decir lo que ayer no se podía comunicar aún, pues se trataba de un secreto militar. Para mañana por la noche, en nuestra ciudad y en otras ciudades de Ucrania, se prevé el estallido de una sublevación contrarrevolucionaria. La ciudad está plagada de oficiales. En torno a ella se concentran las partidas de bandidos. Algunos de los facciosos han logrado infiltrarse en el grupo blindado, donde trabajan de chóferes. Pero la Cheka ha descubierto el complot y, para hacerle frente, hemos movilizado a toda la organización del Partido y de la Juventud. En colaboración con las unidades probadas de los alumnos de la Escuela de Infantería N°5 y con los destacamentos de la Cheka, actuarán el 1er y 2° batallones comunistas. Los alumnos ya han salido, ahora os ha llegado el turno a vosotros, camaradas. Se dan quince minutos para recibir las armas y formar. El camarada Zhujrái dirigirá la operación. Los jefes recibirán de él instrucciones concretas. Huelga indicar al batallón comunista la seriedad del momento presente. Nosotros debemos hacer abortar hoy el movimiento sedicioso preparado para mañana.
p Un cuarto de hora más tarde, el batallón, ya armado, formaba en el patio de la escuela.
259p Zhujrái recorrió con la mirada las filas inmóviles.
p Tres pasos delante de la formación había dos hombres con correaje: el jefe del batallón, Meniailo, fundidor de los Urales, de talla gigantesca y, a su lado, el comisario Akim. A la izquierda estaban alineadas las secciones de la 1a compañía. Delante de ella se encontraban el jefe y el comisario de la misma. A su espalda, hallábanse las filas silenciosas del batallón comunista. En total, trescientas bayonetas.
p Fiódor dio la señal.
p — ¡En marcha!
p Trescientos hombres marchaban por las calles desiertas.
p La ciudad dormía.
p En la calle Lvóvskaya, frente a la Díkaya [259•* , el batallón hizo alto. Allí debían comenzar sus operaciones.
p Silenciosamente eran acordonadas las manzanas de casas. El Estado Mayor se instaló en el soportal de una tienda.
p Por la calle Lvóvskaya, alumbrando la carretera con su faro pirata, bajaba desde el centro de la ciudad un automóvil. Se detuvo junto al Estado Mayor.
p Esta vez, Litke traía en el coche a su padre. El comandante saltó del auto, y, en letón, lanzó a su hijo varias frases entrecortadas. El coche salió disparado y, en un santiamén, desapareció tras la curva de la calle Dmítrievskaya. Hugo Litke era todo ojos. Sus manos se habían fundido con el volante, que viraba de continuo, bien a la derecha, bien a la izquierda.
p ¡Ajajá, allí sí que era necesaria su velocidad endiablada! A nadie se le ocurría meterle dos noches de arresto por sus virajes locos.
p Hugo volaba por las calles como un meteoro.
p Zhujrái, a quien el joven Litke había trasladado en un periquete de un extremo al otro de la ciudad, no pudo por menos de expresar su aprobación:
p — Si hoy, Hugo, a la velocidad que vas, no matas a nadie, mañana serás dueño de un reloj de oro.
260p Hugo no cabía en sí de gozo.
p — Y yo que pensaba pasarme diez días arrestado por el viraje..
p Los primeros golpes fueron dirigidos contra la casa en que se encontraba el Estado Mayor de los conspiradores. Los primeros detenidos y los documentos incautados fueron entregados a la Sección Especial.
p En la calle Díkaya, en la casa N° 11 del callejón que llevaba el mismo nombre extraño, vivía un tal Tsiurbert. Según los datos de la Cheka, dicho individuo desempeñaba un importante papel en el complot de los blancos. En manos del tal Tsiurbert obraban las listas de los grupos de oficiales que debían actuar en el distrito de Podol.
p Litke había ido en persona a la calle Díkaya para detener a Tsiurbert, pero no lo encontró en su vivienda, cuyas ventanas daban a un jardín, separado del antiguo convento de monjas por una tapia. Según los vecinos, Tsiurbert no había estado en casa aquel día. Se realizó un registro, y, como resultado de él, fue encontrado un cajón de granadas de mano, junto con las listas y direcciones de - los encartados en el complot. Después de ordenar que se preparara una emboscada, Litke se detuvo por un instante junto a la mesa, examinando los documentos hallados.
p En el jardín estaba de centinela un joven alumno de la Escuela de Infantería. Desde su puesto veía la iluminada ventana. Era desagradable permanecer solo en aquel rincón. Tenía un poco de miedo. Habíasele ordenado vigilar la tapia que rodeaba el jardín. Pero la luz tranquilizadora de la ventana estaba lejos. Además, aquella luna del diablo alumbraba muy de tarde en tarde. En la oscuridad, los arbustos parecían seres vivos. El alumno tanteaba con la bayoneta en torno a su persona: el acero pinchaba en el vacío.
p "¿Para qué me habrán puesto aquí? De todas formas nadie va a escalar una tapia tan alta. ¿No será mejor que me acerque a la ventana a echar un vistazo?”, pensaba el centinela. Después de lanzar una última ojeada a lo alto de la tapia, salió del rincón, que olía a moho. Se detuvo por un momento junto a la ventana. Litke estaba recogiendo rápidamente los papeles y se disponía a salir de 261 262 263 la habitación. En aquel preciso momento, en lo alto de la tapia apareció una sombra. Su dueño veía al centinela junto a la ventana y al otro hombre, que había en la abitación. Con agilidad felina, saltó la sombra a un árbol y después a tierra. Luego, se acercó sigilosamente a su víctima, levantó impetuosa el brazo y el centinela se desplomó. La daga marina le había penetrado en el cuello hasta la empuñadura.
p El disparo en el jardín produjo entre la gente que acordonaba el barrio el efecto de una descarga eléctrica.
p Seis hombres corrieron hacia la casa, atronando la calle con el pisar de sus botas.
p Litke yacía muerto en el sillón. Su cabeza, bañada en sangre, había caído sobre la mesa. El cristal de la ventana estaba roto. Pero el enemigo no había conseguido recuperar los documentos.
p Junto a la pared del convento resonaron precipitados disparos. Era el asesino, que, al saltar a la calle, había emprendido la huida, disparando su pistola, hacia los descampados de Lukiánovskie. Pero no logró escapar: una bala cortó su desesperada carrera.
p Durante toda la noche tuvieron lugar registros generales. Centenares de personas no inscritas en los librosregistro de las casas, y a las que se ocuparon documentos sospechosos y armas, fueron conducidas a la Cheka. Allí trabajaba una comisión seleccionadora, que clasificaba a los detenidos.
p En algunos lugares, los conjurados opusieron resistencia armada. En la calle Zhiliánskaya, durante el registro de una de las casas, fue muerto, en el acto, Antosha Lébedev.
p Aquella noche, el batallón de Solómenka perdió cinco hombres, y la Cheka se quedó sin Yan Litke, viejo bolchevique y fiel guardián de la República.
p La sublevación había sido aplastada antes de estallar.
p Aquella misma noche, en Shepetovka detuvieron al pope Vasili, a sus hijas y al resto de la pandilla.
p Pasó la alarma.
p Pero un nuevo enemigo amenazaba a la ciudad: la paralización en los ferrocarriles y, tras ella, el frío y el hambre.
El pan y la leña lo decidían todo.
Notes
[235•*] Grupo anarco-sindicalista, antipartido, en el seno del Partido Comunista (Bolchevique) de Rusia. Surgió en 1920 y activó su labor antipartido en el período de la discusión acerca de los sindicatos (1920-1921). Recibió una réplica resuelta en el X Congreso del Partido. (N. de la Edil.)
[259•*] Dikaya: En ruso, salvaje. (N. de la Edit.)
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