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Capítulo cuarto
 

p La lucha de clases, aguda y despiadada, ardía en toda Ucrania. Cada vez era mayor el número de los que empuñaban las armas, y cada contienda engendraba nuevos combatientes.

p Los días tranquilos para los pequeños burgueses pertenecían ya a un pasado lejano.

p Giraban los remolinos de la tormenta, sacudiendo, con los cañonazos, las vetustas casitas de los vecinos, que se 90 apretaban a las paredes de los sótanos o en las trincherillas cavadas por ellos mismos.

p La provincia había sido invadida por la avalancha de las bandas de Petliura, de diferentes colores y matices: grandes y pequeños atamanes, diferentes Gólubs, Arcánguels, Anguels, Gordis y un sinnúmero de otros bandidos.

p Los antiguos oficiales, los socialrevolucionarios ucranianos de derecha y de izquierda, cualquier aventurero decidido que hubiese logrado reunir una banda de matones se declaraba atamán y, a veces, desplegando la bandera amarilla y azul de Petliura, tomaba el poder en los límites de sus fuerzas y posibilidades.

p De estas bandas de todo pelaje, reforzadas por los kulaks y los regimientos de Galitzia del cuerpo de ejército del atamán Konovaliets, formaba sus regimientos y divisiones el "atamán supremo Petliura”. En aquella hez de socialrevolucionarios y kulaks irrumpían los destacamentos de guerrilleros rojos, y entonces la tierra retemblaba bajo centenares y miles de cascos de caballos, de carretas y armones de artillería.

p En aquel abril del turbulento año 19, el pequeñoburgués, mortalmente asustado y aturdido, al despegar por la mañana sus soñolientos ojos/y abrir las ventanas de su casita, preguntaba inquieto al vecino que se había despertado antes:

p — Avtonom Petróvich, ¿qué poder hay en la ciudad?

p Y Avtonom Petróvich, tirándose del pantalón, miraba asustado a derecha e izquierda.

p — No lo sé, Afanas Kirílovich. Por la noche han llegado unos. Veremos: si saquean a los judíos, es que son los de Petliura; y si resultan ser “camaradas”, lo sabremos en seguida por la manera de hablar. Precisamente, estoy observando para saber qué retrato colgar, a fin de no meterme en un lío, pues, ¿sabe?, Guerásim Leóntievich, mi vecino, no se fijó bien y colgó el retrato de Lenin. De pronto, entraron en su casa tres tipos de Petliura. En cuanto vieron el retrato, la emprendieron con el dueño. Le soltaron unos veinte latigazos. "¡Hijo de perra, cerdo comunista, le decían, te vamos a desollar vivo!" Y por mucho que trató de justificarse, y por mucho que gritó, no le sirvió de nada.

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p Cuando veía venir por la carretera un grupo de hombres armados, el pequeño burgués cerraba las ventanas y se escondía. Por si acaso...

p Los obreros miraban con odio contenido la bandera amarilla y azul de los vándalos de Petliura. Impotentes frente a aquella ola de chovinismo separatista ucraniano, tan sólo se reanimaban cuando en la ciudad se introducían en cuña las unidades rojas de paso, que se defendían ferozmente de los amarillos-azules que les asediaban por todas partes. Por un par de días rojeaba la bandera querida sobre el edificio del Ayuntamiento, pero la unidad se marchaba,’y de nuevo se extendían las tinieblas.

p Ahora, el dueño de la ciudad era el coronel Gólub, "ornato y prez" de la división de Zadnieprovie.

p El día antes, su destacamento de dos mil matones había entrado solemnemente en la ciudad. El señor coronel iba a la cabeza del destacamento, montando un magnífico potro negro, y, a pesar del cálido sol de abril, llevaba capa caucasiana, gorro de Zaporozhie, de astracán, con la parte superior púrpura, guerrera circasiana y el armamento completo: puñal y sable de plata repujada.

p El señor coronel era un hombre bien parecido, de cejas negras y rostro pálido, ligeramente amarillento a causa de incontables borracheras. Entre sus dientes sostenía una pipa. Antes de la revolución, el señor coronel había sido ingeniero agrónomo en las plantaciones de una fábrica de azúcar, pero aquella vida era aburrida, no podía compararse con la situación de un atamán, y el agrónomo apareció en la superficie del río revuelto del país, convertido ya en el señor coronel Gólub.

p En el único teatro de la ciudad se organizó una suntuosa velada en honor de los llegados. Toda la “flor” de la intelectualidad afecta a Petliura asistió a la fiesta. Estaban allí unos maestros ucranianos, las dos hijas del pope —la bella Anna y su hermana menor, Dina—, algunos hidalgüelos de poca monta, ex empleados del conde Pototski, un grupo de pequeños burgueses, que se llamaban a sí mismos "cosacos libres”, y los secuaces ucranianos de los socialrevolucionarios.

p El teatro estaba abarrotado. Las maestras, las hijas del pope y las burguesitas, luciendo trajes nacionales 92 ucranianos de vivos colores y flores bordadas, con collares y cintas de diferentes tonos, se encontraban rodeadas de un enjambre de oficiales que hacían resonar sus espuelas y parecían sacados de esos viejos cuadros que representan a los cosacos de Zaporozhie.

p La banda de música del regimiento atronaba la sala. En el escenario se preparaban febrilmente para la representación de Nazar Stodolia  [92•* .

p No había fluido eléctrico. Al señor coronel se lo comunicaron en el Estado Mayor. El coronel, que se disponía a honrar con su presencia la velada, escuchó a su ayudante, el alférez Palianitsia, en realidad ex alférez Poliántsev, y le dijo con tono negligente, pero imperioso:

p — Que haya luz. Revienta, pero encuentra a un mecánico y pon en marcha la fábrica de electricidad.

p — A sus órdenes, mi coronel.

p El alférez Palianitsia no reventó y encontró electricistas.

p Una hora más tarde, dos elementos de la banda condujeron a Pável a la fábrica de electricidad. De la misma forma llevaron allí al mecánico y al maquinista.

p Palianitsia dijo conciso:

p — ¡Si antes de las siete no hay luz, os ahorcaré a los tres! —y señaló con la mano hacia una viga de hierro.

p Estas conclusiones, formuladas brevemente, surtieron su efecto, y en el plazo indicado se dio la luz.

p Se encontraba ya la velada en pleno apogeo, cuando hizo su aparición el señor coronel con su amiga y patrona, la hija del dueño del restaurante, joven de pecho opulento y cabellera pajiza.

p Su acaudalado padre la había enviado a educarse al liceo de la capital de la provincia.

p Después de tomar asiento en los puestos de honor del palco proscenio, el señor coronel indicó con un ademán que se podía comenzar, e inmediatamente se levantó el telón. Ante los espectadores apareció fugaz la espalda del director de escena, que salía corriendo de las tablas.

p Durante el espectáculo, los oficiales que asistían a la fiesta, como asimismo sus respectivas damas, se emborra 93 94 95 charon a conciencia, en el ambigú, con anisado y vodka casero conseguidos por el omnipresente Palianitsia, regalándose también con toda clase de manjares obtenidos por medio de requisas. Hacia el final del espectáculo todos estaban como cubas.

p Palianitsia saltó a la escena, agitó teatralmente la mano y anunció:

p — Respetable público, en seguida comenzaremos el baile.

p En la sala aplaudieron unánimemente. Todos salieron al patio, con el fin de dar la posibilidad a los soldados del regimiento, movilizados para proteger la velada, de sacar las sillas y dejar libre la sala.

p Media hora más tarde, en el teatro reinaba una batahola de todos los diablos.

p Los oficiales de Petliura, borrachos, bailaban frenéticos las danzas populares ucranianas con las bellezas de la localidad, rojas como la grana a causa del calor, y el golpear de sus pesadas botas militares hacía retemblar las paredes del viejo teatro.

p Mientras tanto, por la parte del molino, entraba en la ciudad un destacamento de caballería.

p En el lindero, el puesto de soldados de Gólub, provisto de una ametralladora, al ver acercarse la caballería, se alarmó y lanzóse hacia la máquina. Resonó el chasquido metálico de los cerrojos de los fusiles. En la noche restalló un grito brusco:

p — ¡Alto! ¿Quién vive?

p De la oscuridad avanzaron dos figuras confusas, y una de ellas, acercándose a la guardia, rugió con voz bronca y aguardentosa:

p — Soy el atamán Pavliuk, con mi destacamento: ¿ Vosotros sois de Gólub?

p — Sí —respondió un oficial.

p — ¿Dónde puedo acantonar con mi gente? — preguntó Pavliuk.

p — Ahora mismo preguntaré por teléfono al Estado Mayor —le contestó el oficial y desapareció en la pequeña casita próxima a la carretera.

p Un minuto más tarde, salió corriendo y ordenó:

p — Quitad la ametralladora del camino, muchachos, dejad paso libre al señor atamán.

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p Pavliuk tiró de las riendas, frenando el caballo cerca del teatro iluminado, en torno al cual iba y venía una muchedumbre bulliciosa.

p — ¡Vaya!, aquí están de jarana —observó, volviéndose al capitán de cosacos que se había detenido a su lado—. Apeémonos, amigo, y aprovechemos la ocasión para echar también nosotros una canita al aire. Nos buscaremos dos hembras guapetonas, aquí las hay a montones. ¡Eh, Stalezhko —gritó—, aloja a los muchachos en las casas! Nosotros nos quedamos aquí. La escolta que me siga. —Y, pesadamente, desmontó del caballo, que se tambaleó al impulso de su amo.

p Dos soldados del ejército de Petliura, armados de fusiles, pararon a Pavliuk junto a la entrada.

p — ¿Tiene usted billete?

p Pero el atamán les lanzó una mirada despectiva y apartó a uno de ellos de un empujón con el hombro. Tras él, con la misma cortesía, se colaron unos doce hombres de su destacamento. Los caballos los dejaron allí mismo, atados a la valla.

p La gente reparó al instante en los recién llegados. En particular se destacaba, por su enorme corpulencia, Pavliuk, vestido con guerrera de oficial, de buen paño, pantalones azules de la Guardia y peludo gorro circasiano. Del correaje que cruzaba el pecho del atamán colgaba una pistola máuser y de uno de sus bolsillos asomaba una granada de mano.

p — ¿Quiénes son ésos? —susurraron los que se encontraban en torno al corro de los danzantes, donde, en aquel momento, el ayudante de Gólub bailaba con bizarría a un ritmo endemoniado.

p Con él giraba como una peonza la hija mayor del pope. La falda, que se levantaba en abanico, dejaba al descubierto, ante los encandilados guerreros, los pantalones de seda de la mujer, olvidada ya de todo decoro.

p Apartando a empujones a la multitud, Pavliuk entró en el corro donde estaban bailando.

p El atamán clavó sus turbios ojos en las piernas de la hija del pope, pasóse la lengua por los resecos labios y atravesó el corro en dirección a la orquesta. Se detuvo junto a la rampa y, agitando su fusta trenzada, ordenó:

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p — ¡Venga, el gopak  [97•* , con brío!

p El director de la banda de música no hizo caso a estas palabras.

p Entonces, Pavliuk levantó la mano y le cruzó la espalda de un fustazo. El director saltó, como si le hubiera picado una serpiente.

p La música se interrumpió de golpe, y el salón quedó callado como por arte de magia.

p — ¡Qué insolencia! —exclamó indignada la hija del dueño del restaurante—. Tú no debes permitir eso —dijo, apretando nerviosamente el brazo a Gólub, sentado a su lado.

p Gólub se levantó pesadamente, apartó con el pie una silla que se encontraba delante de él, dio tres pasos hacia Pavliuk y se detuvo a unas pulgadas del atamán. Le había reconocido al instante. Tenía aún cuentas pendientes con aquél su competidor al poder en la comarca.

p Hacía una semana que Pavliuk había echado la zancadilla al señor coronel, de la forma más guaría que imaginar se puede.

p En lo más empeñado del combate contra un regimiento rojo, que no era la primera vez que zurraba a los hombres de Gólub, Pavliuk, en vez de atacar a los bolcheviques por la retaguardia, irrumpió en un pueblecillo, arrolló los débiles destacamentos rojos de protección y, situando como barrera parte de sus fuerzas, organizó allí un saqueo sin precedentes. Como era natural y correspondía a un verdadero partidario de Petliura, el pogrom afectó a la población judía.

p Mientras tanto, los rojos hicieron polvo el flanco derecho de Gólub y se marcharon.

p Y ahora, aquel insolente capitán irrumpía allí y se atrevía, por añadidura, a pegar en presencia del señor coronel al propio director de su banda de música. No, aquello no podía tolerarlo. Gólub comprendía que si no frenaba ahora al atamancillo, engreído, su autoridad en el regimiento quedaría por los suelos.

p Mirándose fijamente cara a cara, ambos rivales guardaron silencio por algunos instantes.

p Con los dedos crispados en la empuñadura del sable 98 y palpando con la otra mano la pistola que llevaba en el bolsillo, Gólub gritó:

p — ¿Cómo te atreves a pegar a mi gente, villano?

p La mano de Pavliuk se deslizó lentamente hacia la máuser.

p — Cuidado, pan Gólub, cuidado, que puede usted dar un tropezón. No me pise el callo predilecto, que me irritaré.

p Estas palabras desbordaron el cáliz de la paciencia.

p — ¡Agarradles, tiradles del teatro y propinad a cada uno veinticinco latigazos! —gritó Gólub.

p Los oficiales del coronel se lanzaron, como una jauría de galgos, contra Pavliuk y sus hombres.

p Restalló un disparo, como si hubiera caído al suelo una bombilla eléctrica, y por el salón se agitaron revolviéndose, al igual que dos jaurías de perros furiosos, los que luchaban. En la ciega pelea se asestaban sablazos, se agarraban del pelo y de la garganta, y las mujeres, más muertas que vivas, chillaban como lechones, huyendo de los que peleaban.

p Unos minutos más tarde, los hombres de Pavliuk, desarmados, fueron arrojados a la calle a golpes y a empujones.

p Pavliuk había perdido el gorro en la reyerta, también le habían desarmado y puesto la cara hecha una lástima; el atamán estaba frenético. Montó a caballo con su destacamento y galopó por la calle.

p Se había aguado la fiesta. Después de lo sucedido, nadie deseaba seguir allí. Las mujeres se negaron rotundamente a bailar y exigieron que las llevaran a sus casas, pero Gólub se encabritó.

p — No dejéis salir a nadie del salón, poned centinelas en las puertas —ordenó.

p Palianitsia cumplía apresuradamente las órdenes.

p A la lluvia de protestas, Gólub respondía testarudo:

p — Baile hasta la mañana, respetables señoras y señores. Yo mismo bailaré el primer vals.

p La música comenzó de nuevo a tocar, pero, con todo, fue imposible seguir la diversión.

p Apenas había podido el coronel dar una vuelta completa al círculo, con la hija del pope, cuando los centinelas irrumpieron por las puertas, gritando:

p — ¡Los de Pavliuk están cercando el teatro!

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p Los cristales de la ventana próxima al escenario, que daba a la calle, volaron con estrépito en distintas direcciones. Por el desencajado marco asomó el hocico chato de una ametralladora, que se movía despacio de un lado para otro, apuntando a las figuras que se agitaban, y huyendo de ella, como del diablo, todos retrocedieron precipitadamente al centro del salón.

p Palianitsia disparó contra la bombilla de mil bujías que lucía en el techo, la cual, estallando como una bomba, dejó caer sobre todos una lluvia menuda de cristal.

p Todo quedó sumido en la oscuridad. En la calle gritaron:

p — ¡Salid al patio! —y una blasfemia terrible acompañó a la exclamación.

p Los gritos salvajes e histéricos de las mujeres, las furiosas voces de mando de Gólub, que se agitaba por el salón tratando de reunir a sus desconcertados oficiales, los disparos y los gritos en la calle, todo aquello fundíase en fantástica barabúnda. Y en medio de aquella confusión, nadie apercibióse de que Palianitsia, que se había escurrido como una anguila, saliendo por la puerta falsa a la calle desierta, galopaba hacia el Estado Mayor de Gólub.

p Media hora más tarde, se desarrollaba en la ciudad un verdadero combate. El estampido continuo de los disparos y el tableteo frecuente de las ametralladoras estremecían la quietud de la noche. Los pequeños burgueses, completamente atontados, saltaban de las camas tibias y pegaban sus narices a las ventanas.

p Los disparos iban acallándose. Tan sólo en el extremo de la ciudad ladraba, entrecortadamente, una ametralladora.

p El combate amainaba. Despuntaba el día...

p Rumores de pogrom recorrieron la ciudad. Llegaron también a las casuchas de los judíos, pequeñas, bajitas, con ventanas torcidas, amontonadas desordenadamente sobre el sucio talud que descendía hasta el río. En aquellos cajones, con nombre de casas, vivían, como sardinas en lata, los judíos pobres.

p En la imprenta, en que llevaba ya más de un año trabajando Seriozha Bruszhak, los cajistas y demás obreros eran judíos. Seriozha les había tomado cariño, como si 100 fueran parientes suyos. Todos ellos se mantenían en unida familia frente al patrono, el cebado y fatuo señor Blumshtéin. Entre el patrono y los obreros de la imprenta se desarrollaba una lucha continua. Blumshtéin trataba de .sacarles todo el jugo posible y de pagarles cuanto menos mejor, y más de una vez, por estas razones, se cerraba la imprenta por dos o tres semanas, al declararse los obreros en huelga. Trabajaban allí, en total, catorce hombres. Seriozha, que era el más joven de todos ellos, se pasaba doce horas diarias dando vueltas al volante de la máquina de imprimir.

p Aquel día, Seriozha apercibióse de la inquietud de los obreros. Los últimos meses, preñados de alarma, la imprenta trabajaba de pedido en pedido. Imprimían los llamamientos del "atamán supremo".

p Méndel, un cajista tuberculoso, llamó aparte a Seriozha.

p Fijando en él sus ojos tristes, le dijo:

p — ¿Sabes que va a haber pogrom en la ciudad? Seriozha le miró asombrado:

p — No, no lo sabía.

p Méndel puso su mano seca y amarillenta en el hombro de Seriozha y le dijo confiado, como un, padre a su hijo:

p — Habrá pogrom, es un hecho. Van a asesinar a los judíos. Y yo te pregunto: ¿quieres ayudar a tus camaradas en esta desgracia, o no?

p — Naturalmente que quiero, si puedo. Habla, Méndel Los cajistas prestaron oído a la conversación.

p — Eres un muchacho excelente, Seriozha, te creemos, pues tu padre también es obrero. Corre a casa y habla con él, pregúntale si está de acuerdo en esconder a algunos viejos y mujeres, nosotros acordaremos de antemano quién va a ocultarse en tu casa. Después habla con tu familia, entérate en casa de quién más se puede refugiar gente. Por ahora, estos bandidos no tocan a los rusos. Corre Seriozha, el tiempo apremia.

p — Bien, Méndel, no te preocupes; ahora.mismo voy en un vuelo a buscar a Pavka y a Klimka; en sus casas darán albergue, sin duda alguna, a los vuestros.

p — Aguarda un momento —dijo intranquilo Méndel, deteniendo a Seriozha, que se disponía a salir—. ¿ Quiénes son Pavka y Klimka? ¿Les conoces bien?

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p Seriozha asintió, seguro, con un movimiento de cabeza.

p — ¿Cómo no? Somos uña y carne. El hermano de Pavka Korchaguin es tornero.

p — ¡Ah, Korchaguin! —profirió, tranquilizado, Méndel—. A ése le conozco, hemos vivido en una misma casa, Se puede confiar en él. Ve, Seriozha, y regresa cuanto antes con la contestación.

p Seriozha salió disparado de la imprenta.

p Tres días después del combate entre el destacamento de Pavliuk y los hombres de Gólub, comenzó el pogrom.

p Derrotado, Pavliuk huyó de la ciudad y ocupó el pueblecillo vecino, después de haber perdido en el combate nocturno unos veinte hombres. Las bajas de Gólub ascendían a otros tantos.

p A los muertos se los llevó apresuradamente al cementerio y se los enterró aquel mismo día, sin gran pompa, pues no había de qué vanagloriarse. Los dos alemanes se habían dado de bocados, como dos perros vagabundos, y no era conveniente armar ruido con los entierros. Palianitsia quiso enterrar a los muertos con bulla, declarando a Pavliuk bandido rojo, pero contra esto objetó el comité socialrevolucionario, encabezado por el pope Vasili.

p El choque nocturno había provocado malestar en el regimiento de Gólub, sobre todo en la centuria de escolta del coronel, donde era mayor el número de muertos, y para acabar con aquel estado de ánimo y elevar la moral, Palianitsia propuso a Gólub "aliviar la existencia”, como solía decir en tono de burla al hablar de los pogromos. Demostró a Gólub la necesidad de ello, argumentando con el descontento entre las fuerzas. Entonces, el coronel —que en un principio no quería turbar la quietud de la ciudad en vísperas de su boda con la hija del dueño del restaurante— accedió, bajo la presión de Palianitsia.

p En verdad, al coronel le turbaba un poco aquella operación, pues había ingresado en el partido socialrevolucionario. Por otra parte, sus enemigos podrían desacreditarle, diciendo que el coronel Gólub era dado a los pogromos, e irremisiblemente contarían al "atamán supremo" atrocidades acerca de su persona. Pero, de momento, Gólub casi no se encontraba en dependencia de aquél, abasteciéndose con su destacamento por su cuenta y riesgo. Además, el "atamán supremo" sabía perfectamente qué clase 102 de pájaros eran los que estaban a su servicio, y, en más de una ocasión, él mismo había pedido dinero, procedente de lo que ellos llamaban requisas, para las necesidades del “directorio”. Además, en cuanto a su fama de organizador de pogromos, ésta era ya bastante sólida; Gólub podía añadirle muy poco.

p El pillaje comenzó por la mañana temprano.

p La pequeña ciudad flotaba en la bruma gris anterior a la amanecida. Las calles que envolvían serpenteantes los míseros barrios judíos, parecían muertas. Las ventanas, ciegas, tenían corridos los visillos y cerrados los postigos.

p Desde la calle parecía que los barrios-dormían con el sueño profundo del alba, pero en las casitas nadie pegaba ojo. Las familias, vestidas, amontonadas en cualquier cuartucho, se preparaban para la desgracia que se cernía sobre ellas; tan sólo los niños, que no comprendían nada, dormían apacible y tranquilamente en brazos de sus madres.

p Aquella mañana, Salomiga, jefe de la escolta del coronel —hombre moreno, de cara de gitano y con una cicatriz morada en la mejilla, recuerdo de un sablazo—, se vio y se deseó para despertar a Palianitsia, ayudante de Gólub.

p Al ayudante le era difícil despertarse. De ninguna de las maneras podía desprenderse de aquel sueño absurdo. Continuaba arañándole la garganta el diablo retorcido y giboso que no le había dejado en paz durante toda la noche. Y cuando, por fin, levantó la cabeza, que parecía querer estallar de dolor, comprendió que era Salomiga, que le despertaba.

p — Levántate, cólera —le decía Salomiga, zarandeándole por el hombro—. Ya es tarde, es hora de empezar. ¡Podías haber bebido aún más!

p Palianitsia acabó de despertarse, se sentó en la cama y, torciendo la boca a causa de los ardores, hijos del alcohol, soltó un escupitajo amargo.

p — ¿Qué es lo que hay que empezar? —dijo, mirando a Salomiga con ojos estúpidos.

p •— ¿Cómo que qué? Hay que destripar a los judíos. ¿No lo sabes?

p Palianitsia recordó: sí, era cierto, habíase olvidado por completo. El día anterior había estado bebiendo, 103 hasta caerse de espaldas, en el caserío adonde fuera el señor coronel, con su novia y unos cuantos amigos, de borrachera.

p A Gólub le era conveniente desaparecer de la ciudad durante el pogrom. Después podría decir que había habido una confusión durante su ausencia, y, mientras tanto, Palianitsia tendría tiempo de arreglarlo todo a las mil maravillas. ¡Oh, aquel Palianitsia era un gran especialista en cuanto "al alivio" se refería!

p El ayudante se volcó un cubo de agua en la cabeza y, con ello, recobró la facultad de pensar. Después se agitó por el Estado Mayor, dando distintas órdenes.

p La centuria de escolta ya estaba a caballo. El cauto Palianitsia, a fin de evitar posibles complicaciones, ordenó que se,estableciera un cordón para aislar la ciudad del barrio obrero y de la estación.

p En el jardín de la finca de los Leschinski se emplazó una ametralladora, que enfilaba el camino.

p Caso de que los obreros trataran de entrometerse, serían recibidos con una lluvia de plomo.

p Cuando hubieron terminado todos los preparativos, el ayudante y Salomiga montaron a caballo.

p Antes de partir, Palianitsia dijo:

p — Espera, se me olvidaba. Trae dos carretas: le llevaremos a Gólub alguna cosita de dote. Jo... jo... jo... El primer botín, como siempre, para el jefe, y la primera mujer, ja-ja-ja, para mí, para el ayudante. ¿Has comprendido, alcornoque?

p Lo último se refería a Salomiga.

p Este le miró fijamente con su ojo amarillento, que despedía chispas.

p — Bastará para todos.

p El ayudante y Salomiga marcharon carretera adelante, seguidos por la desordenada banda de los hombres de la escolta.

p Se iba disipando la niebla de la mañana. Junto a una casa de dos pisos, con un rótulo herrumbroso en el que se leía: Mercería de Fux, Palianitsia tiró de las riendas.

p Su yegua gris, de finos remos, golpeó nerviosa el empedrado.

p — Vaya, con la ayuda de Dios comenzaremos por aquí —dijo Palianitsia, saltando del caballo.

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p — ¡Eh, muchachos, desmontad! —ordenó, voryiéndose a los hombres de la escolta que le habían rodeado—. Comienza la función —aclaró—. Muchachos, no saltéis los sesos a nadie: para ello habrá tiempo; si no tenéis muchas ganas, absteneos también, hasta la tarde, de meteros con las mujeres.

p Uno de los hombres de la escolta protestó mostrando sus dientes fuertes:

p — ¿Pero, cómo, alférez, y si es por mutuo acuerdo?

p Los que le rodeaban relincharon. Palianitsia miró aprobador, con admiración, al que había hablado.

p — Naturalmente, si es por mutuo acuerdo, ¡ refocilaos! Nadie tiene derecho a prohibirlo.

p Acercándose a la puerta de la tienda, Palianitsia le asestó un fuerte puntapié, pero las sólidas hojas de roble ni se estremecieron siquiera.

p No debían haber empezado por allí..El ayudante dobló la esquina y, sujetando el sable, se dirigió hacia la puer-ta del piso de Fux. Salomiga le siguió.

p En la casa oyeron en seguida el batir de los cascos de los caballos contra el pavimento; y cuando se hubo acallado junto a la tienda y a través de la pared llegaron a sus oídos las voces, los corazones se paralizaron y los cuerpos parecieron quedar yertos. En la casa había tres personas.

p El acaudalado Fux había huido de la ciudad el día anterior, en unión de su mujer e hijas, dejando en la casa, para que cuidara de sus bienes, a la sirvienta Riva, muchacha apacible y tímida, de diecinueve años de edad. Para que no tuviera miedo en el piso vacío, Fux le propuso que se trajera a sus ancianos padres y que vivieran allí los tres hasta su regreso.

p El astuto comerciante tranquilizó a Riva, que se oponía débilmente, diciéndole que quizás no hubiera pogrom, pues ¿qué iban a quitarles a los pobres? Y cuando él volviese le regalaría un corte de vestido.

p Los tres prestaban oído con la esperanza torturante de que quizás pasasen de largo; podía ser que se hubieran equivocado, podía también ocurrir que aquellos hombres no se hubiesen detenido junto a su casa y que, simplemente, fueran figuraciones suyas. Pero, como refutando tales 105 esperanzas, unos golpes sordos resonaron en la puerta de la tienda.

p El viejo Péisaj, llena de hebras de plata la cabeza y con ojos azules, infantiles y asustados, susurraba una oración junto a la puerta que conducía a la tienda. Rogaba al todopoderoso Jehová con toda la pasión de un fanático convencido. Le imploraba que impidiera la desgracia que se cernía sobre aquel hogar. La vieja, que se encontraba a su lado, no oyó al principio, por el susurro de la oración, el ruido de los pasos que se acercaban.

p Riva se escondió tras el aparador de roble, en la habitación más apartada.

p El golpe brusco y brutal en la puerta repercutió con temblor convulsivo en el cuerpo de los viejos.

p — ¡Abrid! —Resonó un golpe más fuerte que el primero, en unión de las blasfemias de los enfurecidos hombres..

p Pero los viejos no encontraban fuerzas para levantar la mano y descorrer el pestillo.

p Desde el exterior comenzaron a golpear frecuentemente con las culatas de los fusiles, y la puerta saltaba en sus goznes, crujiendo al ceder.

p La casa se llenó de hombres armados que registraban todos los rincones. La puerta de la tienda fue forzada de un culatazo. Entraron allí y descorrieron los cerrojos del portón de la calle.

p Comenzó el saqueo.

p Una vez que las carretas estuvieron cargadas hasta arriba de telas, calzado y demás objetos robados, Salomiga se dirigió a la casa en que se alojaba Gólub. Al regresar de nuevo a la tienda, oyó un grito salvaje.

p Palianitsia, dejando a los suyor que saqueasen el establecimiento, había entrado en la habitación. Mirando de arriba a abajo con sus ojos verdosos de rata a los tres seres que allí se encontraban, se dirigó a los viejos:

p — ¡Largo de aquí!

p Mas, ni la madre ni el padre se movieron. Palianitsia avanzó unos pasos y, lentamente, desenvainó el sable.

p — ¡Mamá! —gritó la muchacha con voz que partía el alma.

p Aquel grito fue el que oyó Salomiga.

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p Palianitsia se volvió a sus acompañantes que habían acudido al oír los alaridos, y les ordenó conciso, señalando a los viejos:

p — ¡Echadlos de aquí! —Y después que ambos ancianos fueron sacados de la habitación por la fuerza, dijo a Salomiga que se había acercado a él—: Aguarda detrás de la puerta, yo tengo que hablar dos palabritas con la muchacha.

p Cuando el viejo Péisaj se lanzó hacia la puerta al oír los gritos de su hija, un pesado golpe en el pecho le arrojó contra la pared. A causa del dolor, el viejo quedó sin respiración, pero en aquel momento, la anciana Toiba, eternamente mansa, sé aferró como una loba a Salomiga.

p — ¡Huy, déjeme! ¿Qué hace usted?

p Hacía esfuerzos por llegar a la puerta, y Salomiga no podía arrancar aquellos dedos seniles aferrados convulsivamente a su capote.

p Péisaj se recobró y abalanzóse en ayuda de su mujer.

p — ¡Déjeme, déjeme!.,. ¡Ay, hija mía!

p Entre los dos apartaron a Salomiga de la puerta. El bandido sacó colérico de su cinto el revólver y con la culata de hierro golpeó la cabeza cana del viejo. Péisaj cayó sin exhalar la más leve queja.

p Y de la habitación llegaban los desgarradores gritos de Riva.

p Cuando sacaron de la casa a Toiba, que se había vuelto loca, la calle se llenó de espantosos alaridos y voces de auxilio.

p En la casa cesaron los gritos.

p Al salir de la habitación, Palianitsia, sin mirar a Salomiga, que ya había empuñado la manija, le detuvo:

p — No vayas, se ha asfixiado: la tapé un poco con la almohada —y pasando por encima del cadáver de Péisaj, pisó el líquido oscuro y viscoso.

p — Vaya, la cosa no ha empezado del todo bien — escupió dirigiéndose hacia la puerta.

p En silencio le siguieron los restantes, y sus botas dejaban sangrientas huellas en el piso de la habitación y en los peldaños de la escalera.

p En la ciudad ya se había desencadenado el saqueo. Estallaban breves peleas de lobos entre los bandidos, por el reparto del botín. En algunos sitios se elevaban los 107 sables desenvainados con rapidez. Y casi en todas partes se reñía a brazo partido.

p De la cervecería sacaron a la calle unas barricas de roble de diez cubos de capacidad.

p Después comenzaron a meterse en las casas.

p Nadie oponía resistencia. Corrían por los pequeños cuartuchos, registraban rápidamente los rincones y salían cargados como muías, dejando a sus espaldas montones revueltos de trapos y las plumas de las almohadas y colchones destripados. En la primera tarde no hubo más que dos víctimas: Riva y su padre; pero la noche trajo consigo la inevitable catástrofe.

p Hacia el anochecer, toda la abigarrada banda de chacales se emborrachó hasta perder el sentido. Ofuscados por los vapores del vino, los hombres de Petliura esperaban la oscuridad.

p La oscuridad desata las manos. En las negras tinieblas es más fácil aplastar a un ser humano: incluso los chacales aman la noche, pues también ellos atacan sólo a los que no tienen salvación.

p Muchos no olvidarán nunca aquellas dos noches y tres días terribles. ¡Cuántas vidas truncadas y destruidas, cuántas cabezas jóvenes se cubrieron de canas en aquellas horas sangrientas, cuántas lágrimas vertidas! Y no se sabe si fueron más felices los que quedaron vivos con el alma desgarrada, con la espantosa tortura de la vergüenza y de las mofas imborrables, con la pena, imposible de describir, con la amargura por la irreparable pérdida de los seres queridos. Indiferentes a todo, hacia atrás las engarfiadas manos, yacían en los angostos callejones jóvenes cuerpos de muchachas torturadas, maltrechas, destrozadas.

p Tan sólo junto al río, en casa del herrero Naúm, los chacales, que se lanzaron sobre su joven mujer, Sara, encontraron una resistencia desesperada. El herrero, atlético, rebosante del vigor de los veinticuatro años y con músculos de acero, no entregó a su compañera.

p En una pelea breve y terrible, en la casucha, volaron como dos sandías podridas las cabezas de dos hombres de Petliura. Imponente en su ira de hombre desesperado, el herrero defendió con furia su vida y la de Sara, y por largo rato restallaron los secos estampidos de los disparos junto al río, adonde habían acudido los hombres 108 de Gólub al olfatear el peligro. Cuando se le acabaron las municiones, Naúm mató a Sara con la última bala y lanzóse al encuentro de la muerte con la bayoneta en ristre. Cayó, segado por la granizada de plomo, en el primer peldaño, aplastando la tierra con su cuerpo poderoso.

p En caballos cebados aparecieron en la ciudad los kulaks de las aldeas cercanas, cargaron sus carros con aquello que más les gustó y, acompañados de sus hijos y de los familiares que tenían en el destacamento de Gólub, apresuráronse para hacer dos o tres viajes.

p Seriozha Bruszhak, que en unión de su padre, había ocultado en el sótano y la buhardilla a la mitad de sus camaradas de la imprenta, regresaba a su patio, a través del huerto, cuando vio a un hombre que corría por la carretera.

p Un viejo judío, vestido con levita remendada y de largos faldones, cqrría jadeante, con el rostro lívido por el terror, agitando las manos. Detrás, dándole alcance rápidamente, inclinándose para asestar el golpe, volaba un hombre de Petliura montado en caballo gris. Al oír a su espalda el resonar de los cascos del bruto, el viejo alzó las manos, como defendiéndose. Seriozha se lanzó impetuoso a la carretera, abalanzóse hacia el caballo y cubrió al viejo con su propio cuerpo.

p — ¡No le toques, bandido, perro!

El jinete, no queriendo detener el sablazo, golpeó de plano la rubia cabeza del joven.

* * *
 

Notes

[92•*]   Drama de Taras Shevchenko. fJV. de la Edit.)

[97•*]   Danza nacional ucraniana. (N. de la Edit.)