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Capítulo tercero
 

p Tonia estaba de pie, junto a la abierta ventana. Nostálgica, miraba el jardín, conocido y amado, los tilos, altos y hermosos, que lo circundaban, estremecidos ligeramente por el vientecillo acariciador. Y no podía creer que durante un año entero no había visto la finca querida. Parecíale que tan sólo ayer había abandonado todos aquellos lugares, conocidos desde la infancia, y haber regresado el día aquel en el tren de la mañana.

p Nada había cambiado: las mismas hileras de groselleros, amorosamente cuidados, las mismas sendas, trazadas geométricamente, bordeadas de pensamientos, las flores predilectas de mamá. En el jardín, todo estaba limpio y aseado. Por doquier percibíase la mano rigurosa del silvicultor experto. Y a la muchacha le aburrían aquellos senderitos limpios, que parecían trazados a cordel.

p Tonia tomó la novela que estaba leyendo, abrió la puerta de la terraza, descendió al jardín, empujó la pintada puertecilla de la cerca y, lentamente, encaminóse hacia el estanque de la estación, situado al lado del depósito del agua.

p Pasó por el puentecillo y salió al camino, semejante a una alameda. A la derecha se encontraba el estanque, enmarcado por sauces y espesos mimbrales. A la izquierda comenzaba el bosque.

p Tonia se dirigió hacia el estanque, situado en la vieja cantera, pero al ver abajo, junto al agua, una caña de pescar que asomaba, se detuvo.

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p Inclinándose sobre el torcido tronco de un sauce, apartó unos mimbres con la mano y vio a un muchacho tostado por el sol, descalzo y con los pantalones arremangados hasta más arriba de las rodillas. A su lado se encontraba un oxidado bote de hoja de lata con lombrices. El muchacho, absorto en su ocupación, no se dio cuenta de que Tonia le miraba fijamente.

p — ¿Acaso se pesca aquí? Pavka volvió la cabeza enfadado.

p Sujetándose al sauce, muy inclinada hacia el agua, había una muchacha desconocida. Llevaba marinera blanca, con cuello azul a rayas, y falda corta de color gris claro. Los ribeteados calcetines ceñían sus bronceadas piernas, de armoniosas líneas, rematadas por unos zapatitos marrón. Sus cabellos castaños estaban recogidos en una gruesa trenza.

p La mano que sostenía la caña tembló ligeramente, el flotador se inclinó y de él partieron círculos concéntricos que se expandieron por la espejeante lámina del agua.

p Y la vocecilla dijo emocionada, desde atrás:

p — Pican, ¿lo ve?, pican.

p Pável se desconcertó por completo y tiró de la caña. Entre salpicaduras de agua apareció la lombriz, retorciéndose en el anzuelo.

p "¡Vaya, ahora no podrá uno pescar ni en broma! El diablo ha traído aquí a esta fulana”, pensó irritado Pavka, y, para disimular su torpeza, tiró el anzuelo más lejos, entre dos matas de bardana, precisamente allí donde no había que haberlo hecho, pues el anzuelo podía engancharse en una raíz.

p Pavka se dio cuenta y, sin volver la cabeza, gruñó a la muchacha, que estaba sentada arriba:

p — ¿Por qué alborota usted? Así todos los peces se asustan.

p Y oyó arriba la voz jocosa y burlona:

p — Ya hace tiempo que les ha asustado su aspecto. ¿Acaso se puede pescar de día? ¡Ay, valiente pescador!

p Aquello era ya más de lo que podía soportar Pavka, esforzado hasta entonces en guardar las buenas formas. Se levantó, echóse la gorra sobre la frente, cosa que en él era síntoma de cólera, y, eligiendo las palabras más corteses, profirió:

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p — Mejor sería, señorita, que se metiera usted en cualquier otro sitio, ¿no le parece?

p Los ojos de Tonia se entornaron ligeramente, chispeando con fugaz sonrisa.

p — ¿Acaso le molesto?

p En su voz no había ya nada de burla, sino un algo cordial, conciliador, y Pavka, que se disponía a soltar unas cuantas groserías a aquella "señorita , surgida no se sabía de dónde, sintióse desarmado.

p — ¡Qué más da! Mire si quiere —accedió y, sentándose, clavó de nuevo sus ojos en el flotador. Este se había pegado a la bardana, y veíase a las claras que el anzuelo se había enganchado en una raíz. Pavka no se decidía a tirar de él.

p "Si se ha enganchado, no podré arrancarlo. Y ésta, como es natural, se va a reír. Ojalá se marche”, pensaba.

p Pero Tonia, acomodándose en el sauce torcido, que se balanceaba -ligeramente, dejó el libro sobre sus rodillas y se puso a observar a aquel muchacho grosero, de ojos negros, que la había recibido con tan poca amabilidad y que, deliberadamente, no le hacía el menor caso.

p Pavka veía bien en el espejo del agua la imagen de la muchacha. Ella leía y él tiraba ligeramente del hilo enganchado. El flotador se sumergía: el hilo, al encontrar resistencia, se ponía tirante.

p "¡Se ha enganchado el maldito!”, se dijo y, mirando de soslayo, vio en el agua la riente carita.

p Dos jóvenes estudiantes del séptimo año del liceo cruzaron el puentecillo junto al depósito del agua. Uno de ellos —hijo del ingeniero Sujárko, jefe del depósito de máquinas—, necio mequetrefe de diecisiete años, albino y pecoso, al que en la escuela habían apodado Shurka el Pecas, llevaba una buena caña de pescar y sostenía, con petulancia, un cigarrillo entre los dientes. Junto a él caminaba Víctor Leschinski, joven apuesto y de aspecto feble.

p Sujárko, haciendo guiños e inclinándose hacia Víctor, le decía:

p — Esta muchacha tiene algo de picante, aquí no encuentras otra igual. Te aseguro que es una persona román-ti-ca. Estudia en Kíev, el sexto curso, y ha venido a pasar el verano con su padre. El ,padre es el inspector 65 forestal de aquí. Es conocida de mi hermana Lisa. En cierta ocasión, hice llegar a sus manos una cartita de elevados tonos, ¿sabes?, diciéndole que estaba locamente enamorado de ella y que esperaba con inquietud su respuesta. E incluso le endosé unos versos adecuados, de Nadson.

p — ¿Y ella, qué? —preguntó Víctor, curioso. Sujárko, un poco turbado, prosiguió:

p — Se hace la interesante, ¿sabes?, se lo tiene creído. No gastes tinta en vano, me dijo. Pero al principio siempre ocurre así. En estos lances soy pájaro fogueado. ¿Sabes?, no me gusta pasear por la calle mucho tiempo, arrullando y haciendo la rueda. Es mucho mejor ir por las tardes a las barracas de los obreros que reparan la vía. Allí, por tres rublos, puedes escoger una chávala que te relames de gusto. Y sin el menor coqueteo. He estado allí con Valka Tíjonov, ¿conoces al maestro de vías y obras?

p Víctor contrajo la cara con una mueca de desprecio.

p — ¿Tú haces semejantes bajezas, Shura?

p Shura mascó el cigarrillo, escupió y dijo burlón:

p — Vaya un casto José. Sabemos lo que tú haces. Víctor, interrumpiéndole, le preguntó:

p — ¿Me presentarás a esa muchacha?

p — No faltaba más, aprieta el paso, no sea que se marche. Ayer, por la mañana, también ella estaba pescando.

p Los amigos se fueron acercando a Tonia. Sujárko se quitó el cigarrillo de la boca e hizo una amanerada reverencia.

p — Buenos días, mademoiselle Tumánova. ¿Qué, está usted pescando?

p — No, miro cómo pescan —respondió Tonia.

p — ¿No se conocen ustedes? —dijo Sujárko con premura, tomando a Víctor del brazo—. Mi amigo Víctor Leschinski.

p Víctor, turbado, dio la mano a Tonia.

p — ¿Y por qué no pesca usted hoy? —preguntó Sujárko, tratando de entablar conversación.

p — No me he traído la caña —respondió Tonia.

p — Ahora en seguida traeré otra —apresuróse a decir Sujárko—. Mientras tanto, pesque usted con la mía.

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p Había cumplido la palabra dada a Víctor de presentarle a Tonia, y ahora trataba de dejarlos solos.

p — No, vamos a estorbar. Aquí ya están pescando — repuso Tonia.

p — ¿A quién vamos a estorbar? —preguntó Sujarko—. ¿Ah, a ése? —sólo en aquel momento se había dado cuenta de que Pavka estaba sentado junto al arbusto—. A ése lo echo yo de aquí en un dos por tres.

p Y, sin dar tiempo a que Tonia pudiera impedirlo, Sujarko se acercó a Pavka, que pescaba más abajo.

p — Recoge la caña ahora mismo —ordenó Sujarko a Pavka—. Venga, rápido, rápido —agregó al ver que Pavka continuaba pescando tranquilamente.

p Pavka levantó la cabeza y miró a Sujarko con ojos que no auguraban nada bueno.

p — ¡Habla más despacio! ¡Y no me chilles!

p — ¿Qué? —bramó enfurecido Sujarko—. ¿Cómo te atreves a discutir conmigo, piojoso desgraciado? ¡Largo de aquí! —y propinó un fuerte puntapié al bote con las lombrices, el cual, dando vueltas por el aire, fue a caer al agua. Las gotas salpicaron el rostro de Tonia.

p — Sujarko, ¿cómo no le da vergüenza? —exclamó la muchacha.

p Pavka se 1/evantó de un salto. Sabía que Sujarko era hijo del jefe del depósito de máquinas, en donde trabajaba Artiom, y que si ahora golpeaba su mofletuda y rojiza jeta, el estudiante se quejaría a su padre y la cosa llegaría, irremisiblemente, a Artiom. Este era el único motivo que le frenaba, impidiéndole a justar le las cuentas en el acto.

p Sujarko, comprendiendo que Pavka estaba a punto de golpearle, se abalanzó hacia él y, con ambas manos, le dio un fuerte empujón en el pecho. Pavka, que se encontraba de espaldas al agua, vaciló hacia atrás, agitando los brazos, pero pudo guardar el equilibrio y no cayó al estanque.

p Sujarko era dos años mayor que Pavka y tenía fama de pendenciero y camorrista de punta.

p Pavka, al ser golpeado en el pecho, perdió por completo los estribos.

p — Conque sí, ¿eh? ¡Pues, toma! —y con un movimiento corto de su puño asestó a Sujarko un contundente 67 golpe en la mitad de la cara. Después, sin dejarle que se recobrase, se aferró a la cazadora de uniforme del liceo, tiró de él hacia sí y lo arrastró hasta el agua.

p Con agua hasta las rodillas, mojados sus relucientes zapatos y sus pantalones, Sujarko trataba con todas sus fuerzas de desprenderse de las atenazantes manos de Pavka. Este empujó al estudiante y saltó a la orilla.

p Sujarko, enfurecido, se abalanzó hacia él, dispuesto a despedazarle.

p Al saltar a la orilla y hacer frente con rapidez a Sujarko, que le atacaba, Pavka recordó:

p "Apoyarse en la pierna izquierda, la derecha en tensión y ligeramente doblada. El golpe debe asestarse no sólo con el puño, sino con todo el cuerpo, de abajo arriba, en la barbilla".

p ¡Rrrras!...

p Rechinaron los dientes. Lanzando un alarido por el terrible dolor en la barbilla y el que se produjera al morderse la lengua, Sujarko agitó torpemente los brazos y, como una piedra, cuan largo era, se hundió ruidoso en las aguas del estanque.

p En la orilla, Tonia reía a mandíbula batiente.

p — ¡Bravo, bravo! —gritaba dando palmadas—. ¡Magnífico!

p Pavka cogió la caña, tiró de ella y, arrancando el hilo, que se había enganchado, saltó al camino.

p Al marcharse, oyó que Víctor decía a Tonia:

p — Ese es el más tirado de los golfos; se llama Pavka Korchaguin.

p En la estación comenzó a reinar la inquietud. De la línea llegaban rumores diciendo que los ferroviarios empezaban a declararse en huelga. En la gran estación vecina, los obreros del depósito de máquinas promovieron un conflicto. Los alemanes habían detenido a dos maquinistas, sospechando que traían proclamas. Entre los obreros, ligados al campo, provocaron gran indignación las requisas y el regreso de los terratenientes a sus fincas.

p Los látigos de los policías rurales del hetmán flagelaban las espaldas de los campesinos. En’la provincia se desarrollaba el movimiento guerrillero. Había ya unos 68 diez destacamentos de guerrilleros, organizados por los bolcheviques.

p En aquellos días, Zhujrái no conocía el descanso. Durante su permanencia en la ciudad, había llevado a cabo un gran trabajo. Había trabado amistad con muchos obreros ferroviarios, frecuentaba las veladas v donde se reunía la juventud y había creado un fuerte grupo de ajustadores del depósito de máquinas y de obreros de la serrería mecánica. Trató de tantear a Artiom. Cuando le preguntó qué pensaba de la causa de los bolcheviques y del Partido, el corpulento tornero le respondió:

p — Mira, Fiódor, yo entiendo poco de eso de los partidos; pero si hace falta ayudar, siempre estoy dispuesto. Puedes contar conmigo.

p Fiódor quedó satisfecho con eso: sabía que Artiom era un muchacho de confianza y si decía una cosa, la cumplía. Veíase que aún no estaba a la altura del Partido. "No tiene importancia, los tiempecillos son tales, que pronto aprenderá”, pensaba el marino.

p Fiódor pasó de la fábrica de electricidad al depósito de máquinas. Era más conveniente trabajar allí, pues en la fábrica de electricidad estaba apartado del ferrocarril.

p El tráfico por la vía férrea era enorme. Los alemanes se llevaban a su país, en miles de vagones, todo lo saqueado en Ucrania: centeno, trigo, ganado...

p Inesperadamente, la policía del hetmán detuvo en la estación al telegrafista Ponomarenko. Le dieron en la comandancia una brutal paliza y, al parecer, habló de la agitación que llevaba a cabo Román Sidorenko, obrero del depósito de máquinas y camarada de Artiom 

p Durante el trabajo, fueron por Román dos alemanes y un oficial del ejército de Petliura, ayudante del comandante de la estación. Al acercarse al banco donde trabajaba Román, el oficial de Petliura, sin decir palabra, le cruzó el rostro con la nagaika.

p — ¡Vente con nosotros, canalla! Allí hablaremos unas palabritas. —Y, con espantosa sonrisa, tiró violentamente de la manga del tornero—. ¡Allí vas a agitar!

p Artiom, que trabajaba en el banco vecino, arrojó la lima y, avanzando con toda su mole sobre el oficial, 69 conteniendo la cólera que hervía en su interior, dijo con ronca voz:

p — ¿Cómo te atreves a pegar, víbora?

p El oficial retrocedió unos pasos, desabrochando la funda de la pistola. Un alemán bajito y corto de piernas se descolgó del hombro el pesado fusil de ancha bayoneta y, con seco chasquido, metió el cartucho en la recámara:

pHaití —ladró, dispuesto a disparar al menor movimiento.

p Y el gigantesco tornero se vio impotente frente a aquel mísero soldadito, sin poder hacer nada.

p Se los llevaron a los dos. A Artiom lo soltaron al cabo de una hora, pero a Román lo encerraron en el sótano de los equipajes.

p Diez minutos más tarde, ya nadie trabajaba en el depósito de máquinas. Los obreros se habían congregado en el jardín de la estación. A ellos se unieron los guardagujas y los obreros del depósito de material. Todos estaban terriblemente excitados. Alguien escribió una proclama, exigiendo que se pusiera en libertad a Román y a Ponomarenko.

p La indignación aumentó cuando el oficial de Petliura, que había acudido a la carrera al jardín, acompañado de un grupo de guardias, gritó, agitando la pistola:

p — ¡Si no volvéis inmediatamente al trabajo, os detendremos a todos! Y a más de uno lo pondremos de cara al paredón.

p Pero los gritos de los obreros encolerizados le obligaron a refugiarse en la estación. Desde la ciudad ya volaban por la carretera camiones cargados de soldados alemanes, llamados por el comandante de la estación.

p Los obreros comenzaron a dispersarse, dirigiéndose a sus casas. Todos abandonaron el trabajo, incluso el jefe de estación de guardia. Se ponía de manifiesto la labor de Zhujrái. Aquélla era la primera acción de masas en. la estación.

p Los alemanes emplazaron en el andén una ametralladora pesada que, sobre el trípode, parecía un perro de presa. Un cabo alemán estaba en cuclillas junto a ella, con la mano apoyada en la culata.

p La estación quedó desierta.

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p Por la noche comenzaron las detenciones. También fue detenido Artiom. Zhujrái no había pasado la noche en. casa, y no pudieron encontrarle.

p Encerraron a todos en un enorme almacén de mercancías y les presentaron el ultimátum: reintegrarse al trabajo o un consejo de guerra.

p En la línea, casi todos los obreros ferroviarios estaban en huelga. Durante aquel día no había pasado ni un solo tren, y a unos ciento veinte kilómetros combatía un fuerte destacamento guerrillero, que había cortado las vías y volado los puentes.

p Por la noche llegó a la estación un tren de tropas alemanas, pero el maquinista, su ayudante y el fogonero huyeron de la locomotora. Además del tren militar detenido en la estación, otros dos trenes esperaban salida.

p Se abrieron las enormes puertas del almacén y entró un teniente alemán, que hacía de comandante de la estación, acompañado de su ayudante y un grupo de soldados.

p Él ayudante llamó:

p — ¡Korchaguin, Polentovski, Bruszhak! Ustedes saldrán ahora mismo formando equipo en uno de los trenes. El que se niegue será fusilado en el acto. ¿Qué, van ustedes?

p Los tres obreros asintieron sombríos con un movimiento de cabeza. Los llevaron conducidos a la locomotora. A continuación, el ayudante gritó los apellidos del maquinista, del auxiliar y del fogonero para otro tren.

p La locomotora resoplaba irritada, despidiendo luminosas chispas, entre profundos jadeos, y, hundiéndose en las tinieblas, corría veloz por los rieles hacia las profundidades de la noche. Artiom, después de echar combustible al hogar, cerró de un puntapié la puertecilla de hierro, bebió un trago de agua de una tetera de retorcido pitorro, que estaba sobre un cajón, y se dirigió al viejo maquinista Polentovski:

p — ¿Qué, los llevamos, padrecito?

p El maquinista pestañeó irritado bajo las hirsutas cejas.

p Sí, cuando te ponen una bayoneta en la espalda, no tienes más remedio.

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p — Hay que abandonarlo todo y huir de la locomotora —propuso Bruszhak, mirando de soslayo al soldado alemán que iba sentado en el ténder.

p — Yo también pienso lo mismo —gruñó Artiom—, pero tenemos al tipo ese a la espalda.

p — Sí —dijo vagamente Bruszhak, alargando la sílaba y asomándose a la ventanilla.

p Polentovski acercóse a Artiom y le susurró muy quedo:

p — No podemos llevarlos, ¿comprendes? Allí están combatiendo, los sublevados han volado los rieles. Y estos perros, si nosotros les llevamos, los despacharán en un abrir y cerrar de ojos. ¿Sabes, hijito? Yo, en tiempos del zar, no he conducido trenes en las huelgas. Y ahora no lo haré tampoco. Nos cubriríamos de vergüenza por toda la vida si llevásemos adonde están los nuestros a los que van a asesinarlos. El equipo de la locomotora huyó; arriesgaron la vida, pero, con todo, los muchachos se fugaron. No se puede, de ninguna de las maneras, conducir nuestro tren al lugar de destino. ¿Qué opinas tú?

p — Estoy de acuerdo, padrecito, ¿pero qué vamos a hacer con ése? —y señaló con la mirada al soldado.

p El maquinista frunció el ceño, enjugóse con estopa la sudada frente y miró con inflamados ojos al manómetro, como si confiara en encontrar allí respuesta a la angustiosa pregunta. Luego, en el paroxismo de su desesperación, blasfemó colérico.

p Artiom volvió a beber agua de la tetera. Ambos pensaban en lo mismo, pero ninguno de ellos se decidía a manifestarse el primero. Artiom recordó las palabras de Zhujrái:

p "¿Qué piensas, hermanito, respecto al Partido Bolchevique y a la idea comunista?"

p Recordó igualmente la respuesta que él le había dado.

p "Siempre estoy dispuesto a ayudar, puedes confiar en mí..."

p "Buena ayuda —concluyó—, llevar una expedición de castigo. .."

p Polentovski, inclinándose sobre el cajón de las herramientas, juntó su hombro al de Artiom y pronunció con esfuerzo:

p — Ya ése hay que liquidarlo. ¿Comprendes?

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p Artiom sintió un escalofrío. Polentovski, rechinando los dientes, añadió:

p — No hay otra salida. Lo despacharemos, tiraremos el regulador y las palancas al fuego, pondremos la locomotora en velocidad menguante y saltaremos.

p Y como si arrojara de sus espaldas un pesado fardo, Artiom dijo:

p — Está bien.

p Artiom, inclinándose al oído de Bruszhak, le comunicó la decisión tomada,

p Bruszhak no respondió en seguida. Cada uno de ellos arriesgaba mucho. Todos dejaban la familia en casa. La de Polentovski era numerosa: en su hogar quedaban nueve personas. Pero los tres reconocían que no se podía llevar a los alemanes.

p — Bueno, estoy de acuerdo —dijo Bruszhak—, ¿pero quién va a...? —No completó la frase, comprensible para Artiom.

p Este se volvió hacia el viejo, que andaba ajetreado con el regulador, e hizo un movimiento de cabeza, como diciéndole que también Bruszhak estaba de acuerdo con su parecer, pero, seguidamente, torturado por la cuestión sin decidir aún, se acercó a Polentovski.

p — ¿Cómo vamos a hacerlo? El viejo miró a Artiom.

p — Comienza tú. Eres el más fuerte. Le daremos un golpecillo con la barra, y se acabó. —El viejo estaba muy emocionado.

p Artiom frunció el ceño.

p — No podré. No puedo hacerlo. Pues, si te paras a mirar, el soldado tampoco tiene la culpa. A él también le han arreado bajo la amenaza de las bayonetas.

p Los ojos de Polentovski centellearon.

p — ¿No tiene la culpa, dices? Pero tampoco la tenemos nosotros de que nos hayan traído aquí por la fuerza. Llevamos una expedición de castigo. Estos inocentes van a fusilar a los guerrilleros, ¿y aquéllos qué, son culpables?. .. ¡Ay, mantequilla! Eres fuerte como un oso, pero vales para poco...

p — Bien, lo haré —dijo Artiom con voz ronca, cogiendo la barra. Pero Polentovski susurró:

p — Dámela a mí, mi mano es más segura. Tú coge la 73 pala y súbete al ténder a echar carbón. Si es necesario, le atizas un palazo al alemán. Y yo haré como si fuera a partir el carbón.

p Bruszhak asintió con la cabeza:

p — Bien, viejo —y se situó junto al regulador.

p El alemán, con gorra de paño, de cerquillo rojo, estaba sentado en el extremo del ténder, el fusil entre las piernas, fumándose un cigarro puro. De tarde en tarde, lanzaba una mirada a los obreros que trabajaban en la locomotora.

p Cuando Artiom se encaramó a remover el carbón, el centinela no concedió importancia a ello. Y después, cuando Polentovski, como si deseara apartar los grandes pedazos de carbón que había en el extremo del ténder, le rogó por señas que se apartara, el alemán lo hizo dócilmente, bajando hacia la puertecilla que conducía a la cabina de la locomotora.

p El golpe, sordo y breve, que partió el cráneo del alemán hizo a Artiom y a Bruszhak el efecto de una quemadura. El cuerpo del soldado se desplomó como un saco en el tambor.

p La gorra de paño gris se teñía rápidamente de sangre. Resonó el ruido metálico producido por el fusil al chocar con la barandilla de hierro.

p — Listo —susurró Polentovski, arrojando la barra, y, contraídos convulsivamente los músculos del rostro, añadió—: Ahora, para nosotros, ya no hay marcha atrás.

p Su voz quebróse, pero, al instante, rompiendo el silencio que les oprimía a todos, comenzó a gritar:

p — ¡Destornillad el regulador, vivo!

p Diez minutos más tarde todo estaba hecho. La locomotora, privada de dirección, iba perdiendo velocidad.

p Las oscuras siluetas de los árboles que flanqueaban la vía entraban, brincando pesadamente, en el luminoso círculo de la locomotora, para volver a perderse al momento en las ciegas sombras. Los faros, forzándose por horadar las tinieblas empotrábanse en su tupido velo y sólo arrebataban a la noche unos pocos metros. La locomotora, como si hubiera agotado sus últimas fuerzas, jadeaba con creciente dificultad.

p — ¡Salta, hijito! —oyó Artiom a su espalda la voz de Polentovski, y distendió los dedos que se aferraban al 74 pasamanos. Su cuerpo poderoso voló hacia adelante, por la inercia, y sus pies chocaron con fuerza contra la tierra, que salió disparada a su encuentro. Después de dos pasos a la carrera, cayó pesadamente dando una voltereta.

p De ambos estribos de la locomotora, otras dos sombras saltaron a la vez.

p En casa de los Bruszhak reinaba la tristeza. Antonina Vasílievna, madre de Seriozha, llevaba cuatro días consumida por la inquietud. No tenía noticias de su marido. Sabía que, en unión de Korchaguin y Polentovski, había sido atrapado por los alemanes para formar la brigada de uno de los trenes. La víspera habían estado en la casa tres tipos de la policía del hetmán, y, entre groserías y maldiciones, la habían interrogado.

p A través de sus palabras, adivinaba confusamente que había ocurrido algo malo y, cuando se marchó la policía, la mujer, atormentada por una incertidumbre angustiosa, se echó el pañuelo a la cabeza y dispúsose a ir a casa de María Yákovlevna, con la esperanza de saber, por ella, noticias de su marido.

p La hija mayor, Valia, que estaba limpiando la cocina, preguntó a su madre, al ver que salía:

p — ¿Vas lejos, mamá?

p Antonina Vasílievna miró a su hija con ojos anegados en lágrimas y respondió:

p — Voy a casa de los Korchaguin. Quizás allí sepan algo del padre. Si viene Seriozha, dile que vaya a la estación, a casa de los Polentovski.

p Valia, abrazando cariñosamente a su madre, la tranquilizaba, acompañándola hasta la puerta:

p — No te inquietes, mamá.

p María Yákovlevna recibió a la Bruszhak con la afabilidad de siempre. Ambas mujeres esperaban oír, una de la otra, algo nuevo, pero después de las- primeras palabras, la esperanza se desvaneció.

p En casa de los Korchaguin también había habido registro por la noche. Buscaban a Artiom. Al marcharse, los policías habían ordenado a María Yákovlevna que, en cuanto volviera su hijo, lo comunicase a la comandancia.

75

p La madre se había asustado terriblemente por la visita nocturna de la patrulla. Estaba sola en casa. Pavka, como de costumbre, trabajaba de noche en la fábrica de electricidad.

p Pavka llegó a casa por la mañana temprano. Al oír el relato de su madre acerca del registro nocturno y de la busca de Artiom, sintió que una inquietud agobiante, por su hermano, se apoderaba de todo su ser. A pesar de la diferencia de caracteres y la severidad aparente de Artiom, los hermanos se querían entrañablemente. Era el suyo un cariño sobrio, sin mutuas confesiones, y Pável tenía clara conciencia de estar dispuesto a hacer todo sacrificio que pudiera redundar en beneficio de su hermano.

p Sin descansar, corrió a la estación, al depósito, en busca de Zhujrái, pero no lo encontró, y entre los obreros conocidos no pudo averiguar nada acerca de los que se habían marchado en la locomotora. La familia del maquinista Polentovski tampoco tenía la menor noticia. Pavka encontró en el patio a Borís, el hijo menor de Polentovski. Por él supo que, durante la noche, también había habido registro en su casa. Buscaban al padre.

p Así, sin haberse enterado de nada, regresó Pavka a su hogar, donde esperaba su madre; se desplomó rendido sobre la cama e, inmediatamente, sumergióse en una ola de sueño intranquilo.

p Al oír que llamaban, Valia volvió la cabeza hacia la puerta.

p — ¿Quién es? —inquirió, al tiempo que descorría el pestillo.

p En la puerta abierta apareció la pelirroja y desgreñada cabeza de Márchenko. Klimka debía haber venido a -todo correr. Jadeaba y estaba congestionado de la carrera.

p — ¿Está tu mamá en casa? —preguntó a Valia.

p — No, ha salido.

p — ¿A dónde?

p Me parece que a casa de los Korchaguin. —Valia, agarrándole de la manga, detuvo a Klimka, que ya se disponía a nartir disparado.

76

p El muchacho la miró indeciso.

p — Es que traigo algo para ella, ¿sabes?

p — ¿Qué es lo que traes? —dijo Valia, acosando al muchacho—. Venga, habla pronto, oso rojo, habla, que me estás martirizando —ordenó la muchacha con tono imperioso.

p Klimka se olvidó de toda precaución, como asimismo de la orden categórica de Zhujrái de entregar la esquela personalmente a Antonina Vasílievna, y, sacando del bolsillo un manoseado trozo de papel, se lo entregó a la muchacha. No podía negar nada a la rubia hermanita de Seriozha, porque el pelirrojo Klimka sentía una vaga inclinación por aquella excelente muchacha. Si bien es verdad que el modesto pinche de cocina no hubiera confesado por nada del mundo, ni aun a sí mismo, que le gustaba Valia. Dio el papel a la chica y ésta leyó apresuradamente:

p "Querida Tonia: No te inquietes. Todo marcha bien. Estamos sanos y salvos. Pronto tendrás más noticias. Di a los restantes compañeros que todo ha salido felizmente, que no se inquieten. Destruye esta nota, Zajar".

p Después de leer la esquela, Valia se abalanzó sobre Klimka:

p — Oso rojo, queridito mío, ¿de dónde has sacado esto? Di, ¿de dónde lo has sacado, osezno patizambo? —Y con todas sus fuerzas zarandeaba al desconcertado Klimka, que ni tan siquiera se dio cuenta de que cometía una segunda ligereza.

p — Me lo ha dado Zhujrái en la estación. —Y recordando que no había que haber hablado de esto, añadió—: Pero me dijo que no se lo entregase a nadie.

p — ¡Bueno, bien, bien! —rió Valia—. No se lo diré a nadie. Anda, pelirrojo, corre a casa de Pavka y allí encontrarás a mi madre. —La muchacha empujó dulcemente por la espalda al pinche de cocina.

p Un segundo después, la azafranada cabeza de Klimka cruzaba fugaz la puerta del jardín.

p Ninguno de los tres fugitivos regresó a su domicilio. Una noche, Zhujrái fue a casa de los Korchaguin y contó a María Yákovlevna lo ocurrido en la locomotora. Tranquilizó como pudo a la asustada mujer, comunicándole que los tres se habían alojado lejos, en una aldea 77 apartada, en casa del tío de Bruszhak, y que allí estaban seguros; regresar, de momento, como era natural, no podían, pero la situación de los alemanes era crítica y en un futuro próximo se podía esperar un cambio.

p Todo lo ocurrido unió más entrañablemente aún a las familias de los que se habían marchado. Con gran alegría leían las raras cartas que les enviaban, pero las casas estaban más vacías y silenciosas.

p Zhujrái entró una vez, como por azar, en casa de la vieja mujer de Polentovski y le dio dinero.

p — Aquí tiene, madrecita, una ayuda del marido. Ú nicamente, tenga cuidado, ni una palabra a nadie.

p La vieja le estrechó agradecida la mano:

p — Gracias, de lo contrario hubiera sido una calamidad completa, no tenía nada que llevar a la boca de los chicos.

p Este dinero era parte del dejado por Bulgákov al marchar.

p "Vaya, vaya, veremos lo que pasa más adelante. Aunque la huelga fracasó, por el temor al fusilamiento, y aunque los obreros trabajan, el fuego ya se ha encendido, ya no se le puede apagar, y esos tres son unos bravos, ésos son proletarios”, pensaba con admiración el marino, mientras se dirigía desde casa de los Polentovski hacia el depósito de máquinas.

p En la vieja herrería, cuya pared ahumada alzábase a un lado del camino, en las afueras de la aldea Vorobiova Balka, Polentovski, junto a la garganta de fuego del horno, entornados ligeramente los ojos, a causa de la cegadora luz, daba vueltas con las largas tenazas a un pedazo de hierro, que ya estaba al rojo.

p Artiom apretaba la palanca que pendía del travesano del techo y que inflaba el fuelle de cuero.

p El maquinista, sonriendo bonachón por entre el bigote y la barba, decía:

p — El obrero de profesión no se pierde ahora en la aldea; puede encontrar todo el trabajo que quiera. Trabajaremos una semana o dos y quizás podamos enviar a los nuestros un poco de tocino y harina. Los campesinos, hijito, siempre han honrado a los herreros. Nos 78 cebaremos aquí como burgueses, je-je. Pero Zajar es capítulo aparte: se aferra más a la vida campesina, se ha enfangado en la tierra, con su tío. Vaya, en fin de cuentas es lógico. Tú y yo, Ártiom, no tenemos dónde caernos muertos; somos, como suele decirse, proletarios por los siglos de los siglos, je-je; y Zajar se ha partido en dos, tiene un pie en la locomotora, y el otro en la aldea.

p Tanteó con las tenazas el lingote de hierro al rojo y añadió, ya serio, pensativo:

p — Y nuestro asunto es muy peliagudo, hijito. Si no echan pronto a los alemanes, tendremos que largarnos a Ekaterinoslav o a Rostov; de lo contrario, nos cogerán de las agallas y nos colgarán entre el cielo y la tierra, como dos y dos son cuatro.

p — Sí —gruñó Ártiom.

p — ¿Cómo estarán allí los nuestros, no les importunarán los gaidamaki  [78•* ?

p — Sí, padrecito, buen lío hemos armado. Ahora Hay que renunciar al hogar.

p El maquinista sacó de la fragua un pedazo de hierro, azulado y candente, y, colocándolo rápido en el yunque, gritó:

p — ¡Venga, hijito, golpea!

p Ártiom agarro el pesado macho que se encontraba junto al yunque, tomó impulso y, a la media vuelta, golpeó. Un haz de brillantes chispas esparcióse por la herrería con leve crepitar, iluminando por un instante los oscuros rincones.

p Polentovski daba la vuelta al lingote al rojo, y, bajo los golpes poderosos, el hierro se aplastaba dócilmente, como cera reblandecida.

p La noche oscura respiraba con cálido viento.

p El lago estaba abajo, sombrío y enorme; los pinos que lo circundaban movían sus vigorosas testas.

p "Parecen seres vivos”, pensaba Tonia. La muchacha 79 yacía en una hondonada cubierta de hierba, en la orilla de granito. Arriba, en lo alto, sobre la hondonada, estaba el bosque, y abajo, al pie mismo de la escarpa, el lago. La sombra de las peñas que lo rodeaban hacía aún más oscuras sus orillas.

p Aquél era el rinconcillo predilecto de Tonia. Allí, a una versta de la estación, en las viejas canteras abandonadas, donde en otros tiempos brotaron unos manantiales, se habían formado ahora tres lagos de agua corriente. Abajo, junto a la pendiente que llevaba al lago, se oía un chapoteo. Tonia levantó la cabeza y, apartando las ramas con la mano, miró: de la orilla, hacia el centro del lago, nadaba con enérgicas brazadas un cuerpo bronceado y flexible. Tonia veía la espalda morena y la cabellera negra del que se bañaba. Resoplaba como una foca, partiendo el agua con cortas brazadas, se volvía, se zambullía, luego buceó y, por fin, cansado, cerrando los ojos bajo la luz brillante del sol, quedó inmóvil sobre la espalda, los brazos en cruz, un poco combado el cuerpo.

p Tonia soltó la rama. "No es decente lo que estoy haciendo”, pensó burlona, y comenzó a leer.

p Embebida en la lectura del libro que le diera Leschinski, Tonia no se apercibió de que alguien había saltado el saliente de granito que separaba la explanada del bosque, y sólo cuando cayó en el libro una piedrecilla desprendida por los pies del que saltara, estremecióse por la sorpresa, levantó la cabeza y vio a Pavka Korchaguin de pie en la explanada. El muchacho estaba asombrado por aquel encuentro inesperado y, lleno de confusión, se disponía a marcharse.

p "Era él quien se bañaba”, pensó Tonia, lanzando una mirada a los mojados cabellos de Pavka.

p — ¿Qué, la he asustado? No sabía que estaba usted aquí, he venido a parar a este lugar por casualidad. —Y, dicho esto, Pavka se agarró al saliente. También había reconocido a Tonia.

p — No me molesta usted. Si quiere, incluso podemos hablar un rato.

p Pavka miró extrañado a Tonia.

p — ¿De qué vamos a hablar nosotros?

p Tonia sonrió.

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p — Pero, ¿qué hace usted ahí de pie? Puede sentarse aquí —y señaló una piedra—. Diga, ¿cómo se llama?

p — Soy Pavka Korchaguin.

p — Yo me Hamo Tonia. Ya nos conocemos. Pavka estrujaba turbado la gorra.

p — ¿Así pues, se llama usted Pavka? —rompió Tonia el silencio—. ¿Y por qué Pavka? No es bonito, suena mejor Pável. Yo le llamaré así. ¿Y suele usted venir aquí con frecuencia a... —iba a decir "a bañarse”, pero, no queriendo descubrirle que lo había visto nadando, añadió—: a pasear?

p — No, no con gran frecuencia; sólo cuando tengo un rato libre —respondió Pável.

p — ¿Trabaja usted en algún sitio? —inquirió Tonia.

p — Trabajo de fogonero en la fábrica de electricidad.

p — Diga, ¿en dónde ha aprendido usted a pelear con tanta maestría? —preguntó inesperadamente Tonia.

p — ¿Qué le importan a usted mis riñas? —gruñó Pável.

p — No se enfade usted, Korchaguin —profirió la muchacha, al ver que a Pavka le había disgustado su pregunta—. Me interesa mucho. ¡Fue un gran golpe! No se puede pegar tan despiadadamente —y estalló en carcajadas.

p — ¿Es que le da a usted lástima? —preguntó Pável.

p — No, en absoluto, por el contrario, Sujarko recibió su merecido. Y a mí la escena me produjo gran placer. Dicen que usted se pelea a menudo.

p — ¿Quién lo dice? —preguntó Pável, poniéndose en guardia.

p — Víctor Leschinski. El afirma que es usted un camorrista profesional.

p Pável se ensombreció.

p — Víctor es un canalla, un mírame y no me toques. Que dé las gracias porque no le sacudí entonces. Oí lo que le dijo de mí, pero no quise mancharme las manos.

p — ¿Por qué habla usted así, Pável? No está bien —le interrumpió Tonia.

p Pável se irritó.

p "¿A qué diablos habré entablado conversación con esta tipa extravagante? —pensó—. Vaya una mandona: “Pavka” no le gusta; que no diga palabrotas".

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p — ¿Por qué le tiene usted rabia a Leschinski? — preguntó Tonia.

p — Porque es una señorita con pantalones, un hijo de señor, ¡maldita sea su estampa! Las manos me están pidiendo a gritos que pegue a esa gente. Trata de pisarme los dedos porque es rico y todo lo puede, pero a mí me importa un bledo su riqueza; si me toca, aunque no sea más que un pelo, recibirá en seguida su merecido, todo de una vez. A los tipos como ése hay que enseñarles con el puño —dijo excitado.

p Tonia sintió haber sacado a relucir en la conversación el nombre de Leschinski. Se veía a las claras que aquel muchacho tenía cuentas viejas que ventilar con el estudiante de aspecto feble, y la muchacha pasó a un tema más tranquilo: comenzó a preguntar a Pável por su familia y acerca de su trabajo.

p Sin que él mismo se diera cuenta, comenzó a responder con todo detalle a las preguntas de la muchacha, olvidándose de sus deseos de marcharse.

p — Diga, ¿por qué no continuó estudiando? —inquirió Tonia.

p — Me echaron de la escuela.

p — ¿Por qué? Pavka enrojeció.

p — Le eché tabaco en la masa de Pascua al pope, y me pusieron de patitas en la calle. El pope era un bicho, no me dejaba vivir, —Y Pável se lo contó todo.

p Tonia le escuchaba con curiosidad. Pável, olvidado de su turbación, contaba a Tonia, como si fuera un antiguo conocido, que su hermano no había vuelto; ninguno de los dos apercibióse de que, en conversación animada y cordial, llevaban varias horas sentados en la explanada. Por fin, Pavka recobróse y se levantó de un salto.

p — Ya es hora de ir al trabajo. ¡Buena la he hecho! Me he estado aquí, charlando por los codos, y tengo que encender las calderas. Danilo va a armar un escándalo. —Y profirió nervioso—: Ea, adiós, señorita, ahora debo arrear a toda marcha para la ciudad.

p Tonia se levantó rápidamente, poniéndose la chaqueta.

p — También es hora de que yo vaya a casa, vamos juntos.

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p — No, no, yo voy a ir corriendo, no va usted a aguantar mi paso.

p — ¿Por qué? Veamos quién corre más. Pavka la miró con desdén.

p — ¿En competición? ¡¿Cómo va usted a competir conmigo?!

p — Bueno, ya lo veremos; salgamos primero de aquí. Pável saltó la piedra, dio la mano a Tonia, y ambos corrieron hacia el bosque, para salir a la vereda ancha y llana que conducía a la estación.

p Tonia se detuvo en medio del camino.

p — Bueno, ahora vamos a echar la carrera: una, dos y tres. ¡Atrápeme! —Y partió rauda como una centella. Con enorme rapidez aparecían y desaparecían fugaces las suelas de sus zapatitos, el viento hacía ondear su chaquetilla azul.

p Pável corrió tras ella, ligero como un gamo.

p "En un dos por tres la echaré mano”, pensó Pável, corriendo tras la chaqueta fugaz, pero no alcanzó a la muchacha hasta que no llegaron al final de la vereda, cerca de la estación. Chocó contra ella con ímpetu y" la abrazó con fuerza.

p — ¡Te he cazado, pajarito! —gritó alegre, respirando con fatiga.

p — Suélteme, me hace daño —defendióse Tonia.

p Ambos permanecían de pie, jadeantes; sus corazones latían con fuerza, y Tonia, que se había agotado en la loca carrera, imperceptiblemente, como por azar, apretóse contra Pável, y con ello se convirtió en un ser querido del muchacho. Fue tan sólo un instante, pero le quedó grabado para siempre en la memoria.

p — Nadie había podido alcanzarme —dijo Tonia desprendiéndose del abrazo.

p Se separaron inmediatamente. Y, agitando la gorra en señal de despedida, Pável corrió hacia la ciudad.

p Cuando Pável abría la puerta del cuarto de máquinas, Danilo, que ya andaba ajetreado en torno a las calderas, volvió la cabeza irritado.

p — Podías haber venido más tarde. ¿Crees acaso, que yo debo encender el fuego por ti?

p Pero Pavka le dio, alegre, unas palmadas en el hombro y dijo conciliador.

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p — En un momento estará el fuego en marcha, viejo. —Y se puso a trabajar junto a las pilas de leña.

p A eso de la media noche, cuando Danilo, tumbado sobre la leña, roncaba como un caballo, Pável, después de engrasar con la aceitera todo el motor, se limpió las manos con estopa y, sacando del cajón la entrega número sesenta y dos de Giuseppe Garibaldi, se absorbió en la lectura de la emocionante novela sobre las interminables aventuras del legendario jefe de los "camisas rojas" napolitanos.

p "Ella miró al duque con sus bellos ojos azules..."

p "Esta tiene también los ojos azules —recordó Pável—. Es una muchacha singular, no se parece a ésas, a las ricas —pensó—, y corre como el mismo diablo".

p Sumido en sus recuerdos acerca del encuentro tenido aquella tarde, Pável no oía el ruido creciente del motor; éste se estremecía por la tensión, el enorme volante giraba vertiginoso, y el soporte de hormigón, sobre el que estaba asentado aquél, trepidaba con fuerza.

p Pavka lanzó una mirada al manómetro, cuya aguja había rebasado en varios grados la línea roja.

p — ¡Ah, maldito! —exclamó Pável, levantándose del cajón, como impulsado por un resorte, para lanzarse hacia la palanca de escape; le dio dos vueltas, y al otro lado de la pared del cuarto de máquinas silbó el vapor que, por el tubo, salía al río. Luego de bajar la palanca, Pável pasó la correa a la rueda que movía la bomba.

p Pável miró a Danilo; éste, con la boca muy abierta y emitiendo por la nariz sonidos terribles, dormía apaciblemente.

p Medio minuto más tarde, la aguja del manómetro había vuelto a su posición normal.

p Al despedirse de Pável, Tonia se encaminó a su casa. Pensaba en su reciente encuentro con aquel muchacho de ojos negros y, sin saberlo ella misma, estaba contenta de lo ocurrido.

p "¡Cuánto fuego y tenacidad hay en él! Y no es, en absoluto, tan tosco como yo me figuraba. En todo caso, no se parece en nada a esos estudiantes babosos.. ."

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p Era de otra especie, de un medio con el cual, hasta entonces, Tonia no había tenido trato íntimo.

p ”Se le puede domar —pensaba—, y será una amistad interesante".

p Al llegar a casa, Tonia vio a Lisa Sujarko y a Nelly y Víctor Leschinski, sentados en el jardín. Víctor leía. Al parecer, la estaban esperando.

p Después de saludar a todos, sentóse en el banco. En la conversación, vacía y frivola, Víctor se sentó al lado de Tonia y le preguntó en voz baja:

p — ¿Ha leído usted la novela?

p — ¡Ah, sí, la novela! —recordó de pronto Tonia—; La he... —Estuvo a punto de decirle que se había dejado olvidado el libro junto al lago.

p — ¿Qué, le ha gustado? —Víctor escrutó su rostro.

p Tonia quedó un momento pensativa, dibujando con la puntita del zapato una figura intrincada en la arena del sendero; luego, levantó la cabeza y le miró.

p — No, he comenzado otra novela más interesante que la que me dio usted.

p — ¡Ah, sí! —alargó las sílabas Víctor, resentido—. ¿Y quién es el autor? —preguntó.

p Tonia le miró con ojos que destellaban burlones.

p — Nadie...

p — ¡Tonia, di a tus invitados que pasen al comedor, el té está servido! —llamó la madre desde el balcón.

p Cogiendo del brazo a las dos muchachas, Tonia se dirigió hacia la casa. Y Víctor, que las seguía, rompíase la cabeza con las palabras dichas por Tonia, sin comprender su sentido.

p Aquel primer sentimiento que, sin ser consciente aún, había irrumpido de pronto en la vida del joven fogonero, constituía algo nuevo, incomprensible y emocionante. Pavka, tan atrevido y turbulento, perdió el sosiego.

p Tonia era la hija del inspector forestal, y éste era para Pável igual que el abogado Leschinski.

p Criado en la miseria y en el hambre, Pável mantenía una actitud hostil ante aquellos que, a su parecer, eran ricos. Pável apreciaba su sentimiento con cautela y reserva. Estimaba que Tonia no era sencilla y comprensible como Galina, la hija del cantero, y la trataba con desconfianza, dispuesto a responder ásperamente a cualquier 85 burla o desdén hacia él, el fogonero, por parte de aquella muchacha culta y bonita.

p Hacía una semana que Pável no veía a la hija del inspector forestal, y aquel día decidió ir al lago. Pasó premeditadamente por delante de la casa, confiando en verla. Al bordear despacio la cerca de la finca, advirtió al final la conocida marinera. Cogió una pina caída junto a la cerca y la lanzó a la blusa blanca.

p Tonia volvió con rapidez la cabeza. Al reconocer a Pável, corrió a la cerca. Sonriendo alegremente, le dio la mano.

p — Por fin ha venido usted —dijo gozosa—. ¿Dónde ha estado metido durante todo este tiempo? Yo estuve en el lago, había olvidado allí un libro. Pensaba que iría usted por allá. Pase a mi jardín.

p Pavka movió negativamente la cabeza.

p — No.

p — ¿Por qué? —Sus cejas se enarcaron con asombro.

p — Su padre quizás la riña. Pagará usted por mi culpa. ¿A santo de qué, dirá, has traído aquí a ese andrajoso?

p — Está usted diciendo tonterías, Pável —se enfadó Tonia—. Entre inmediatamente. Mi padre nunca dirá nada, usted mismo podrá convencerse. Vamos.

p Tonia corrió hacia el portillo, seguida de Pável, que no las tenía todas consigo.

p — ¿Le gusta a usted leer? —preguntó la muchacha cuando se hubieron sentado junto a una mesa redonda, empotrada en el suelo del jardín.

p — Me gusta mucho —se animó Pável.

p — ¿Qué libro de todos los que ha leído le gusta más? Pável lo pensó un poco y respondió:

p — Giuseppa Garibaldi.

p — Giuseppe Garibaldi —corrigió Tonia—. ¿Le gusta mucho ese libro?

p — Sí, me he leído ya sesenta y ocho entregas. Cada vez que cobro, me compro cinco de ellas. ¡Qué hombre ese Garibaldi! —exclamó con admiración Pável—. ¡Ese sí que era un héroe! ¡Así me gusta a mí! Mucho tuvo que luchar contra sus enemigos, pero siempre consiguió la victoria. ¡Recorrió todos los países! Si viviera ahora, yo me uniría a él. Reclutaba su gente entre los obreros y luchaba siempre por los pobres.

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p — Si quiere, le mostraré nuestra biblioteca —dijo Tonia, y le tomó del brazo.

p — No, a la casa sí que no entro —denegó rotundamente Pável.

p — ¿A qué viene esa testarudez? ¿O es que tiene usted miedo?

p Pável miró sus pies descalzos, que no brillaban por su limpieza, y se rascó el cogote.

p — Y su mamaíta o su papá, ¿no me echarán a la calle?

p — Deje de una vez de hablar así, o me enfadaré de "verdad —dijo Tonia irritada.

p — Como quiera, pero Leschinski no me deja entrar en su casa; con la gente de mi clase habla en la cocina. Una vez estuve allí, por un asunto, y Nelly ni me permitió pasar a la habitación, seguramente, para que no le estropeara las alfombras. El diablo sabe. . . —sonrió Pável.

p — Vamos, vamos. —Tonia asióle por los hombros y le empujó cariñosamente hacia la terraza de entrada.

p A través del comedor, le llevó a una habitación en la que había un enorme armario de roble. Tonia abrió las puertas del mueble. Pável vio varios centenares de libros, ordenados en hileras, y se asombró de aquella riqueza nunca vista.

p — Ahora, encontraremos un libro interesante para usted, y prometerá venir siempre a casa por ellos. ¿De acuerdo?

p Pavka asintió gozosamente con la cabeza.

p — ¡Me gustan los libros!

p Pasaron varias horas muy gratas y alegres. Tonia le presentó a su madre. Ello no resultó tan terrible como él se imaginaba, y a Pável le agradó la madre de Tonia.

p La muchacha llevó a Pavka a su habitación y le mostró sus novelas y libros de texto.

p Junto al tocador había un pequeño espejo. Llevando hacia él a Pável, Tonia le dijo, riéndose:

p — ¿Por qué tiene usted los cabellos tan alborotados? ¿No se los corta ni peina nunca?

p — Cuando están muy largos, me pelo al rape. ¿Qué hacer con ellos? —se justificaba torpemente Pavka.

p Tonia, sin dejar de reír, cogió un peine del tocador, y, con rápidos movimientos, peinó los desordenados rizos del muchacho.

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p — Vaya, ahora parece completamente otro —decía la muchacha, mirando a Pável—. Y debe cortarse el pelo a la moda, pues va por ahí como un oso.

p Tonia examinó con mirada crítica la descolorida camisa rojiza y los pantalones viejos, pero no dijo nada.

p Pável se dio cuenta de la mirada y sintióse disgustado por su vestimenta.

p Al despedirse, Tonia le invitó a visitar la casa cuando quisiera. Y le obligó a dar palabra de acudir dos días después para ir a pescar juntos.

p Pável salió al jardín por la ventana, de un salto: no quería pasar otra vez por las habitaciones y encontrarse de nuevo con la madre de Tonia.

p La ausencia de Artiom se dejó sentir en casa de los Korchaguin: el salario de Pável no era suficiente para cubrir las necesidades del hogar.

p María Yákovlevna decidió hablar con su hijo para decirle si no debería ella ponerse a trabajar de nuevo, aprovechando que los Leschinski necesitaban una cocinera. Pero Pável protestó:

p — No, mamá, yo encontraré trabajo suplementario. En la serrería hacen falta obreros. Trabajaré allí medio día, y con esto tendremos bastante para los dos; pero tú no vayas a trabajar, si no Artiom se enfadará conmigo, dirá: no pudo pasarse sin enviar a la madre al trabajo.

p La madre alegó razones, demostrando que era necesario que ella trabajara, pero Pável se mantuvo en sus trece y María Yákovlevna hubo de ceder.

p Al día siguiente, ya trabajaba Pável en la serrería, poniendo a secar las tablas recién aserradas. Allí encontró a dos muchachos conocidos: Mishka Levchukov, con el que había estudiado en la escuela, y Vania Kuleshov. Pável y Misha se pusieron a trabajar juntos, a destajo. El salario que ganaban era bastante bueno. Pável pasaba el día en la serrería y por la tarde se dirigía corriendo a la fábrica de electricidad.

p A fines del décimo día, Pável trajo a su madre el dinero ganado. El muchacho calló indeciso unos instantes y, por fin, dijo:

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p — ¿Sabes, mamá? Cómprame una camisa azul de satén, como la que tenía el año pasado, ¿recuerdas? En esto se marchará la mitad del dinero, pero yo ganaré más, no temas. La camisa que llevo ya está vieja... — decía justificándose, como si pidiera perdón por su ruego.

p — Naturalmente, naturalmente, la compraré hoy mismo, Pavka, y mañana la coseré. Es cierto que no tienes camisa nueva. —Y María Yákovlevna miró con cariño a su hijo.

p Pável se detuvo junto a la peluquería y, palpando el rublo que llevaba en el bolsillo, entró.

p El peluquero, muchacho avispado, al ver al que acababa de entrar, hizo un movimiento habitual con la cabeza, indicándole el sillón.

p — Siéntese.

p Al tomar asiento en el mullido y cómodo sillón, Pável vio en el espejo una fisonomía que reflejaba turbación y desconcierto.

p — ¿Al rape? —preguntó el peluquero.

p — Sí, es decir, no, córteme el pelo. Vaya, ¿cómo llaman ustedes a esto? —e hizo un gesto desesperado con la