p Los rojos presionaban tenazmente a las unidades del "atamán supremo" Petliura. El regimiento de Gólub fue llamado al frente. En la ciudad no quedaron más que un pequeño destacamento de protección de la retaguardia y la comandancia.
p La gente comenzó a recobrarse. La población judía, aprovechando la tregua temporal enterró sus muertos, y en las casuchas de los barrios judíos apareció de nuevo la vida.
p En las tardes tranquilas se oía un tronar confuso. No lejos de allí se combatía.
109p Los ferroviarios se marchaban de la estación a las aldeas, en busca de trabajo.
p El liceo se cerró.
p En la ciudad fue declarado el estado de guerra.
p La noche era desagradable y sombría.
p En noches así, incluso pupilas dilatadas no pueden vencer la oscuridad, y la gente camina a tientas, a ciegas, con riesgo de romperse la cabeza en cualquier cuneta.
p El pequeño burgués sabe que en tiempos tales hay que permanecer quietecito en casa y no encender la luz en vano. La luz puede atraer a algún importuno. En la oscuridad se está mejor, más tranquilo. Hay personas que nunca se están quietas. Bien, que vayan de un lado para otro, él no tiene nada que ver con ello. El no irá. Pueden estar ustedes seguros, no irá.
p Y en una de esas noches iba por la calle un hombre.
p Al llegar a la casita de Korchaguin, dio unos golpecillos cautos en el marco de la ventana, y, al no recibir contestación, llamó con más fuerza e insistencia.
p Pavka soñaba que un ser extraño, no parecido a un hombre, le apuntaba con una ametralladora; él trataba de huir, pero no había a dónde, y la ametralladora tableteaba terriblemente.
p Tintineaba el cristal por los insistentes golpes.
p Levantándose de un salto, Pável se acercó a la ventana, esforzándose por ver al que llamaba. Pero, a excepción de una silueta confusa y oscura, no distinguió nada.
p Pável estaba solo. La madre había marchado a casa de su hipa mayor, cuyo marido trabajaba de maquinista en la fábrica de azúcar. Y Artiom trabajaba de herrero en la aldea vecina, golpeando con el macho para ganarse el pan.
p Sólo Artiom podía llamar.
p Pável decidió abrir la ventana.
p — ¿Quién es? —dijo en la oscuridad.
p Tras la ventana se movió la figura, y una voz de bajo, áspera y sofocada, respondió:
p — Yo, Zhujrái.
p Dos manos descansaron sobre el alféizar, y al nivel del rostro de Pável surgió la cabeza de Fiódor.
110p — He venido a pasar la noche en tu casa. ¿Me admites, hermanito? —dijo muy quedo.
p — Naturalmente —respondió cordial Pável—. No faltaba más. Entra por la ventana.
p La corpulenta figura de Fiódor se metió por la ventana.
p Después de cerrarla, Fiódor no se apartó en seguida de ella.
p Permaneció unos instantes escuchando, y cuando la luna asomó por entre las nubes y columbróse el camino, Fiódor lo observó atentamente y se volvió hacia Pável.
p — ¿No despertaremos a tu madre? Seguramente, estará durmiendo.
p Pável dijo a Fiódor que en la casa no había nadie más que él. El marino sintióse menos cohibido y comenzó a hablar más fuerte.
p — Esos asesinos la han tomado conmigo en serio. Ajustan cuentas por los últimos hechos en la estación. Si los compañeros estuvieran más unidos, podríamos haber dispensado una buena acogida a los "pellizas grises”, durante el pogrom. Pero, ¿comprendes?, la gente aún no se decide a lanzarse al fuego. Fracasó la cosa. Ahora me persiguen. Dos veces han dado batidas para cazarme. Hoy he estado a punto de caer. Me acerqué a la casa, ¿ comprendes?, naturalmente por los huertos, y me detuve pegado al pajar. Vi que en el jardín había alguien arrimado a un árbol; la bayoneta le delató. Yo, como es de comprender, solté las amarras. Y he atracado en tu casa. Aquí, hermanito, echaré el ancla por unos días. ¿No tienes nada en contra? Muy bien.
p Zhujrái, resoplando, se quitó las botas, salpicadas de barro.
p Pável se alegró de la llegada de Zhujrái. En los últimos tiempos, la fábrica de electricidad no trabajaba y el muchacho, solo en la casa desierta, se aburría.
p Se acostaron. Pável se quedó dormido en seguida, pero Fiódor pasó mucho tiempo aún fumando. Después, levantóse de la cama y, pisando silenciosamente con sus pies descalzos, se acercó a la ventana. Observó largo rato la calle; volvió a la cama y, vencido por el cansancio, se durmió. Su mano, metida debajo de la almohada, descansaba sobre el pesado Colt, transmitiéndole su calor.
111 112 113p La inesperada llegada nocturna de Zhujrái y la vida conjunta con él durante aquellos ocho días fueron muy importantes para Pável. Por vez primera oyó de labios del marino tantas cosas emocionantes, significativas, nuevas, y aquellos días fueron decisivos en la vida del joven fogonero.
p El marino, forzado a la inactividad por dos emboscadas, aprovechaba el tiempo para transmitir a Pável toda la vehemencia de su furia y su ardiente odio a "los de la bandera azul y amarilla”, que habían asolado la comarca. Y el muchacho le escuchaba ávidamente.
p Zhujrái hablaba de un modo claro, preciso,. comprensible y sencillo. Para él no había nada que no tuviese solución. El marino conocía firmemente su senda, y Pável comenzó a comprender que toda aquella madeja de diferentes partidos con bellos nombres —socialrevolucionarios, socialdemócratras, partido socialista polaco— eran feroces enemigos de los obreros, y que sólo un partido revolucionario e inconmovible luchaba contra todos los ricos: el Partido de los bolcheviques.
p Antes, Pável se enredaba desesperadamente en aquella madeja.
p Y aquel hombre fuerte, bolchevique convencido, curtido por los vientos del mar, miembro del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique) desde el año 1915, el marinero del Báltico, Fiódor Zhujrái, hablaba de la cruel verdad de la vida al joven fogonero, que le escuchaba hechizado.
p — Yo, hermanito, también era en mi infancia, sobre poco más o menos, como tú —decía—. No sabía qué hacer de mis fuerzas; mi naturaleza rebelde pugnaba por salir de mi interior. Vivía en la pobreza. Al mirar a los hijos ahitos y engalanados de los señores, sentíame embargado por el odio. Frecuentemente les golpeaba sin piedad, pero eso no traía más resultado que las palizas terribles que me propinaba mi padre. Luchando aisladamente es imposible cambiar la vida. Tú, Pavlusha, reúnes todas las condiciones para ser un buen luchador de la causa obrera, pero eres muy joven y tienes una idea muy vaga de la lucha de clases. Yo, hermanito, te hablaré del verdadero camino, pues sé que tienes madera y de ti saldrá algo de provecho. A los mansos y a los currutacos no los puedo 114 tragar. Ahora ha comenzado el incendio en toda la tierra. Se han rebelado los esclavos y hay que hundir la vida vieja. Pero para ello, hace falta gente temeraria, no niños mimados, sino gente fuerte, de la que cuando llega el momento de la pelea no se esconde en los agujeros, como las cucarachas de la luz, y pega implacablemente.
p Zhujrái dio un fuerte puñetazo sobre la mesa.
p Luego se levantó; con las manos hundidas en los bolsillos y el ceño fruncido, comenzó a recorrer la habitación, de un extremo a otro.
p A Fiódor le agobiaba la inacción. Sentía mucho el haberse quedado en aquella ciudad y, considerando inútil permanecer en ella por más tiempo, había decidido en firme cruzar el frente para reunirse con las unidades rojas.
p En la ciudad quedaba un grupo de nueve miembros del Partido, que debería llevar el trabajo.
p "Os arreglaréis también sin mí, no puedo permanecer por más tiempo con los brazos cruzados. Basta, así y todo he perdido ya diez meses”, pensaba irritado Zhujrái.
p — ¿Quién eres Fiódor? —le preguntó en una ocasión Pável.
p Zhujrái se levantó, metióse las manos en los bolsillos. Al pronto, no había comprendido la pregunta.
p — ¿Acaso no sabes quién soy?
p — Pienso que eres bolchevique o comunista — respondió Pável en voz.baja.
p Zhujrái se echó a reír burlón, dándose una palmada en el ancho pecho enfundado en la camiseta de marino.
p — Eso está claro, hermanito. Ello es tan cierto como que bolchevique y comunista son una misma cosa. —Y de pronto se puso serio—. Ya que comprendes esto., recuerda que no se debe hablar de ellos en ninguna parte, si no quieres que me saquen las tripas. ¿Has comprendido?
p — Sí, lo he comprendido —respondió Pável con firmeza.
p En el patio se oyeron voces, y la puerta abrióse, sin que nadie hubiese llamado previamente. La mano de Zhujrái, se deslizó rápida al bolsillo, pero al instante salió de él. En la habitación entró Seriozha Bruszhak con la cabeza vendada, delgado y pálido. Tras él entraron Valia y Klimka.
115p — ¡Salud, diablillo! —sonrió Seriozha, tendiendo la mano a Pável—. Hemos venido los tres a visitarte. Valia no me deja salir solo, tiene miedo. Y Klimka tampoco deja sola a Valia, también tiene miedo. A pesar de que es pelirrojo, comprende cuando es peligroso dejar salir a ciertas personas.
p Valia, bromeando, le tapó la boca con la mano.
p — Vaya un charlatán, hoy no deja vivir a Klimka. Este rió bonachón, mostrando sus dientes blancos.
p — ¿Qué se puede exigir de un enfermo? Tiene el puchero averiado, por eso desatina.
p Todos estallaron en una carcajada unánime.
p Seriozha, aún no repuesto del golpe, se acomodó en la cama de Pavka, y de pronto, entre los amigos, se entabló una conversación animada. Seriozha, siempre alegre y optimista y ahora quieto y abatido, contaba a Zhujrái cómo le golpeó el soldado de Petliura.
p Zhujrái conocía a todos los que habían venido a visitar a Pável. Más de una vez había estado en casa de los Bruszhak. Le gustaba aquella juventud que aún no había encontrado su camino en el torbellino de la lucha, pero que manifestaba ya claramente la tendencia de su clase. Y escuchaba atento los relatos de los jóvenes sobre cómo cada uno de ellos había ayudado a los judíos a ocultarse en su casa, salvándoles del pogrom. Aquella tarde, el marino habló mucho de los bolcheviques, de Lenin, ayudando a cada uno de los muchachos a comprender lo que sucedía.
p Ya era bien avanzada la tarde cuando Pável acompañó a sus visitantes hasta la puerta.
p Zhujrái se marchaba.por las tardes y regresaba pof la noche. Antes de partir, se ponía de acuerdo con los camaradas que iban a quedarse respecto al trabajo que éstos tendrían que realizar.
p Aquella noche Zhujrái no regresó. Al despertarse por la mañana, Pável vio la cama vacía.
p Embargado por cierto presentimiento vago, Korchaguin, vistióse con rapidez y salió de casa. Después de cerrar la puerta y de dejar la llave en el sitio convenido, se encaminó a casa de Klimka, con la esperanza de averiguar allí algo acerca de Fiódor. La madre de Klimka, mujer rechoncha y de rostro ancho, picado de viruelas, estaba lavando ropa. Al preguntarle Korchaguin si sabía 116 dónde se encontraba Fiódor, la mujer respondió con voz alterada:
p — ¿Qué, crees que no tengo otra cosa que hacer que preocuparme de tu Fiódor? Por su culpa, diablo asqueroso, le han puesto a Zozulija la casa patas arriba. ¿Qué falta te hacía a ti ese Fiódor? ¿Qué compañías son ésas? ¡Vaya unos amigos q’ue os habéis juntado! Klimka, tú.. . —Y la mujer restregaba la ropa con encono.
p La madre de Klimka tenía la lengua afilada, mordaz. De casa de Klimka, Pável se dirigió a la de Seriozha. Allí manifestó su inquietud. Valia terció en la conversación.
p — ¿Por qué te preocupas? Quizá se haya quedado en casa de algún conocido. —Pero en su voz no había seguridad.
p Pável permaneció poco tiempo en casa de los Bruszhak. A pesar de que intentaron persuadirle para que se quedara a comer, se marchó.
p Acercóse a casa con la esperanza de ver a Zhujrái.
p La puerta tenía el candado puesto. Embargado por un sentimiento penoso, se detuvo: no sentía deseos de entrar en la casa vacía.
p Estuvo algunos minutos reflexionando en el patio y, guiado por un impulso confuso, se dirigió al pajar. Luego de encaramarse a las vigas del techo y apartar corr la mano los encajes de las telarañas, sacó de un rincón escondido la pesada pistola Manlicher, envuelta en el trapo.
p Al salir del pajar, sintiendo en el bolsillo el emocionante peso de la pistola, se encaminó a la estación.
p Allí no pudo saber nada de Zhujrái y, de regreso, al cruzar frente a la conocida finca del inspector forestal, aminoró el paso. Con vaga esperanza, miró a las ventanas, pero la casa y el jardín estaban desiertos. Cuando la finca quedó atrás, volvió la cabeza para mirar los senderos del jardín, cubiertos de hojas secas del año anterior. El jardín parecía abandonado y desierto. Se percibía que faltaba la mano cuidadosa del dueño, y la desolación y el silencio que reinaban en el viejo caserón aumentaron la tristeza de Pável.
p Su último altercado con Tonia había sido más serio que todos los anteriores. Había ocurrido de modo inesperado, hacía casi un mes.
117 118 119p Mientras caminaba lentamente hacia la ciudad con las manos hundidas en los bolsillos, Pável iba recordando cómo había surgido el incidente.
p En uno de sus encuentros casuales en el camino, Tonia le invitó a su casa.
p — Mis padres se marchan a casa de los Bolshanski a celebrar el santo del dueño. Yo estaré sola en casa. Ven, Pavlusha, leeremos el interesante libro de Leonid Andréiev Sashka Zhiguliov. Ya lo he leído, pero con placer lo volveré a hacer contigo. Pasaremos la tarde muy bien. ¿ Vendrás?
p Debajo del gorrito blanco, que apresaba sus espesos cabellos castaños, sus ojazos miraban especiantes a Korchaguin.
p — Iré.
p Y se separaron.
p Pável corrió a sus máquinas, y por el pensamiento de que le esperaba toda una tarde con Tonia, parecíale que los fogones ardían con luz más brillante y que los leños chisporroteaban con más alegría.
p Aquella misma tarde, cuando llamó, fue Tonia quien le abrió la puerta principal. La muchacha le dijo un poco turbada:
p — Tengo visita. No les esperaba, Pavlusha, pero no debes marcharte.
p Korchaguin se volvió hacia la entrada, disponiéndose a salir.
p — Vamos —dijo Tonia, cogiéndole de la manga—. Les será útil conocerte. —Y, echándole el brazo por el hombro, le condujo, a través del comedor, a su cuarto.
p Al entrar a la habitación, Tonia se dirigió a los jóvenes allí sentados y les dijo sonriendo:
p — ¿No os conocéis? Mi amigo, Pável Korchaguin.
p En torno a la pequeña mesa del centro de la habitación se encontraban: Lisa Sujarko, estudiante del liceo, bonita, morena, con boca de trazo caprichoso y peinado coquetón, un ) oven larguirucho, con aseada chaqueta negra, cabellos alisados y brillantes por la gomina y ojos grises de mirada aburrida, al que Pável no conocía, y, entre ellos, Víctor Leschinski, luciendo su elegante cazadora de estudiante del liceo. Víctor fue la primera persona que Pável vio al abrir Tonia la puerta.
120p Leschinski reconoció en el acto a Korchaguin y sus cejas finas, en forma de flechas, se enarcaron en un gesto de asombro.
p Pável permaneció unos segundos callado junto a la puerta, abrasando a Víctor con ojos que no prometían nada bueno. Tonia se apresuró a romper aquel embarazoso silencio, invitando a Pável a pasar. A continuación, dirigiéndose a Lisa, dijo:
p — Voy a presentaros.
p Lisa, examinando con curiosidad a Pável, se levantó.
p Pável volvióse bruscamente y, por el comedor en penumbra, se dirigió rápido hacia la salida. Tonia le alcanzó ya en la terracilla y, cogiéndole de los hombros, le dijo con voz emocionada.
p — ¿Por qué te marchas? Yo quería adrede que te conocieran.
p Pero Pável retiró de sus hombros las manos de Tonia y repuso con aspereza:
p — No hay por qué exhibirme ante mequetrefes. No me agrada su compañía. Quizás a ti te sean agradables, pero yo les odio. No sabía que tenías amistad con ellos; de lo contrario, no habría venido jamás a tu casa.
p Tonia, conteniendo su indignación, le interrumpió:
p — ¿Quién te ha dado derecho para hablarme asi? Yo no te pregunto quiénes son tus amigos ni quién va a tu casa.
p Pável, al descender los peldaños que conducían al jardín profirió en tono brusco:
p — Bueno, que te visiten, pero yo no vendré más. —Y corrió hacia el portillo de la cerca.
p Desde entonces no había vuelto a ver a Tonia. Durante el pogrom, cuando Pável y el mecánico ocultaban en la fábrica de electricidad a las familias judías que buscaban salvación, el disgusto con Tonia había sido relegado al olvido. Pero ahora sentía de nuevo deseos de verse con ella.
p La desaparición de Zhujrái y la soledad que le esperaba en la casa le oprimían. La cinta gris de la calzada, en la que aún no se había secado el barro de la primavera, con los baches llenos de una especie de gachas pardas, torcía a la derecha.
121p Detrás de una casa de desconchadas paredes, llenas de manchones, que sobresalían absurdamente hasta la misma carretera, se cruzaban dos calles.
p En el cruce, junto a un quiosco destrozado, con la puerta hundida y el rótulo Venta de aguas minerales vuelto del revés, Víctor Leschinski se despedía de Lisa.
p Reteniendo la mano de la muchacha entre la suya y mirándola expresivamente a los ojos le decía:
p — ¿Irá usted? ¿No me engañará?
p Lisa respondió coqueta:
p — Sí, sí, espéreme.
p Y, al marcharse, le sonrió con sus ojos castaños, prometedores y lánguidos.
p Cuando hubo recorrido unos diez pasos, Lisa vio a dos hombres que salían a la carretera desde una curva. Delante, marchaba un obrero fornido, ancho de pecho, con chaqueta desabrochada que dejaba al descubierto su camiseta de marino, gorra negra, encasquetada hasta las cejas, y un ojo amoratado.
p El obrero, calzado con botas marrón, de caña corta, caminaba con paso firme, combadas ligeramente las piernas.
p A unos tres pasos de él, casi hincándole la bayoneta en la espalda, le seguía un soldado de Petliura, con capote gris y dos cartucheras al cinto.
p Por debajo del gorro peludo, dos ojos estrechos y vigilantes miraban a la nuca del detenido. Los bigotes del soldado, amarillos por el tabaco, se erizaban a ambos lados.
p Lisa, aminorando un poco el paso, cruzó al otro lado de la carretera. Y detrás de ella, salió a ésta Pável.
p Al torcer a la derecha, camino de casa, también había visto a aquellos dos hombres.
p Sus piernas parecieron echar raíces en la tierra. En el que iba delante reconoció en el acto a Zhujrái.
p "¡He aquí por qué no ha regresado!"
p Zhujrái se acercaba. El corazón de Korchaguin latía con terrible fuerza. Sus pensamientos se sucedían con rapidez vertiginosa; no podía apresarlos y darles forma. El plazo para la decisión era demasiado breve. Pero una cosa aparecía clara: Zhujrái estaba perdido.
122p Y, al mirar a los que venían, Pável perdióse en el torbellino de sentimientos que le embargaban.
p "¿Quehacer?"
p En el último instante se acordó de que llevaba la pistola en el bolsillo. Cuando pasaran, no tenía más que disparar contra la espalda del soldado, y Fiódor se vería libre. Y esta decisión instantánea puso fin a la danza de sus pensamientos. Apretó los dientes hasta sentir dolor. Apenas ayer, Fiódor le decía: "Y para esto hace falta una gente temeraria..."
p Pável miró rápidamente hacia atrás. La calle que conducía a la ciudad estaba desierta. En ella no había un alma. Delante se apresuraba por pasar una figura femenina, envuelta en un abrigo corto de entretiempo, que no impediría nada. Pável no podía ver la otra calle, al lado del cruce. Sólo a lo lejos, en el camino de la estación, se vislumbraban siluetas humanas.
p Pável se acercó al margen de la carretera, Zhujrái vio a Korchaguin cuando éste se encontraba a unos pasos de distancia.
p Le miró de reojo. Las cejas espesas temblaron. Le reconoció y, de la sorpresa, acortó el paso. Su espalda tropezó con la punta de la bayoneta.
p — ¡Eh, tú no te pares, si no quieres que te caliente con la culata! —gritó el soldado con áspera voz de falsete.
p Zhujrái, apretó el paso. Quería decir algo a Pável, pero se contuvo y, como en señal de saludo, movió la mano.
p Temiendo atraer la atención del soldado de bigotes amarillentos, Pável, dejando que pasara Zhujrái, se volvió hacia otro lado, como si le fuera indiferente lo que ocurría.
p Pero un pensamiento angustioso le atravesó el cerebro: "Si disparo contra él y fallo, la bala puede darle a Zhujrái. . ."
p ¿Acaso se podía pensar cuando el soldado estaba ya junio a él?. . .
p Los acontecimientos se desarrollaron como sigue: el soldado de amarillentos bigotes llegó a la altura de Pável; Korchaguin se lanzó inesperadamente contra él y, agarrando el fusil, lo inclinó hacia el suelo con brusco movimiento.
123p La bayoneta rechinó al rascar las piedras.
p El soldado, que no esperaba aquella agresión, quedó un instante perplejo, pero inmediatamente tiró del fusil con todas sus fuerzas. Echando sobre el fusil, todo el peso de su cuerpo, Pável retenía el arma. Sonó estruendoso un disparo. La bala dio en una piedra y, silbando, saltó de rechazo a la cuneta.
p Al oír el disparo, Zhujrái apartóse de un salto y se volvió. El soldado trataba ferozmente de arrancar el fusil de las manos de Pável. Lo hacía girar retorciendo las muñecas del muchacho, pero Pável no soltaba el arma. Entonces, el soldado, enfurecido, derribó a Pável de un empujón. Pero esta tentativa de recuperar el arma tampoco dio resultado. Al caer sobre la calzada, Pável arrastró consigo al soldado, y no había fuerza capaz de hacer que el muchacho soltara el fusil en aquel momento.
p En dos saltos, Zhujrái se plantó al lado. Su puño de hierro describió un arco y cayó sobre la cabeza del soldado, y un segundo después, éste, arrancado de Pavka, que yacía en el suelo, se desplomaba en la cuneta como un pesado fardo, luego de recibir en la cara un par de golpes que parecían haber sido asestados con una maza de plomo.
p Aquellas mismas manos fuertes levantaron a Pável del suelo y le pusieron en pie.
p Víctor, que se había alejado unos cien pasos del cruce, iba silbando La donna e movile, qual piuma al vento, Estaba aún bajo la influencia de la entrevista con Lisa y de la promesa hecha por la muchacha de acudir al día siguiente a la fábrica abandonada. Entre los conquistadores empedernidos del liceo se rumoreaba que Lisa Sujarko era una muchacha audaz en cuestiones de amor.
p El insolente y presuntuoso Semión Salivánov había dicho a Víctor, en cierta ocasión, que había poseído a Lisa. Y, aunque Leschinski no creía del todo a Semión, Lisa era. de todas maneras, muy interesante y seductora, por lo que decidió convencerse, al día siguiente, de si Salivánov le había dicho la verdad.
p "Si viene, seré audaz, pues ella permite que se la bese. Y si Semión no me ha mentido...” Sus pensamientos se interrumpieron. Se hizo a un lado, para dejar paso a dos 124 soldados de Petliura. Uno de ellos, montado en un caballejo de cortada cola, balanceaba en su mano un cubo de lona: seguramente, iba a abrevar el caballo. El otro, con chaquetón y anchísimos pantalones azules, agarrado con una mano a la rodilla del jinete, le contaba algo alegremente.
p Después de dejarles pasar, Víctor se disponía a seguir su camino, cuando el disparo que sonó en la carretera le detuvo. Al volver la cabeza, vio que el jinete, espoleando su caballo, se dirigía al galope hacia el lugar del disparo. El otro soldado le seguía a la carrera, sujetando el sable con la mano.
p Leschinski cor,rió tras ellos, y cuando ya se encontraba cerca de la carretera, oyó otro disparo. De detrás de la esquina, el jinete se lanzó alocadamente sobre Víctor. Aguijoneando al caballo con los talones y golpeándole con el cubo de lona, metióse impetuoso en el primer portón y gritó a los que se encontraban en el patio:
p — ¡Muchachos, a las armas, ahí han matado a uno de los nuestros!
p Un minuto más tarde, del patio salieron corriendo algunos hombres, cargando los fusiles. Víctor fue detenido.
p En la carretera se habían congregado varias personas. Entre ellas se encontraba Víctor y Lisa, a la que también detuvieron en calidad de testigo.
p Cuando Zhujrái y Korchaguin pasaron corriendo por delante de ella, el susto dejó a la muchacha clavada en el sitio. Con asombro, reconoció en el atacante del soldado al muchacho que había querido presentarle Tonia.
p Zhujrái y Korchaguin saltaron, uno tras otro, la cerca de una de las fincas e, inmediatamente, en la carretera entró raudo un jinete. Al ver a Zhujrái, que huía con el fusil, y al soldado que se esforzaba por levantarse del suelo, galopó hacia la cerca.
p Zhujrái volvióse, se echó el fusil a la cara y disparó contra él. El jinete volvió grupas espantado.
p Moviendo con dificultad sus labios sangrantes, el soldado relataba lo ocurrido.
p — ¿Qué has hecho, idiota, dejar que en tus propias barbas se escape un detenido? Ahora recibirás veinticinco baquetazos en las posaderas.
125p El soldado, defendiéndose, repuso colérico:
p — Veo que eres muy inteligente. ¡Lo has dejado escapar en tus propias barbas! ¿Quién podía adivinar que aquel maldito mocoso se lanzaría contra mí como un loco?
p También Lisa fue interrogada. Dijo lo mismo que el soldado, pero ocultó que conocía al agresor. Sin embargo, a todos los que se hallaban en la carretera los llevaron a la comandancia.
p A la caída de la tarde, fueron puestos en libertad, por orden del comandante.
p Este propuso acompañar personalmente a Lisa a su domicilio, pero la muchacha no aceptó el ofrecimiento. El comandante olía a aguardiente y su proposición no predecía nada bueno.
p Víctor acompañó a Lisa.
p La estación estaba lejos y, al ir con Lisa, cogidos del brazo, Víctor se alegraba del incidente.
p — ¿Sabe usted quién liberó al detenido? —le preguntó Lisa, cuando se acercaban a la casa.
p — No, ¿cómo voy a saberlo?
p — ¿Recuerda aquella tarde en que Tonia quiso presentarnos a un joven?
p Víctor se detuvo.
p — ¿A Pável Korchaguin? —preguntó asombrado.
p — Sí, parece que su apellido era Korchaguin. ¿ Recuerda que se marchó de. forma muy extraña? Pues él ha sido.
p Víctor se quedó de piedra.
p — ¿No se equivoca usted? —preguntó a Lisa.
p — No, recuerdo perfectamente su fisonomía.
p — ¿Y por qué no se lo ha dicho usted al comandante? Lisa se indignó:
p — ¿Piensa usted que yo puedo cometer semejante canallada?
p — ¿Qué es lo que usted considera una canallada? ¿Cree usted que es una canallada decir quién atacó al soldado?
p — ¿Y piensa usted que eso es honrado? Usted se olvida de lo que ellos hacen. ¿No sabe cuántos judíos huérfanos hay en el liceo? Y quiere usted que yo delate a Korchaguin. Se lo agradezco, no pensaba que era usted así.
p Leschinski no esperaba semejante contestación. No 126 entraba en sus cálculos el disgustarse con Lisa, y trató de desviar la conversación.
p — No se enfade, Ljsa, ha «ido una broma. No sabía que era usted una mujer de principios tan rígidos.
p — Su broma ha resultado pesada —respondió secamente Lisa.
p Junto a la casa de los Süjarko, Víctor preguntó al despedirse:
p — ¿Acudirá usted, Lisa? Y oyó su vaga respuesta:
p — No sé.
p Al dirigirse a la ciudad, Víctor reflexionaba: "Vaya, si mademoiselle lo considera deshonesto, yo mantengo una opinión completamente distinta. Naturalmente, a mí me da lo mismo quién libere a quién".
p A él, a un Leschinski, noble polaco de abolengo, le eran repugnantes éstos y aquéllos. De todas formas, pronto llegarían las legiones polacas y entonces habría un poder verdadero, el poder noble de la República Polaca. Pero en aquel caso concreto existía la posibilidad de liquidar al canalla de Korchaguin. Le retorcerían el pescuezo en un dos por tres.
p Víctor se había quedado solo en la ciudad. Vivía en casa de su tía, mujer del subdirector de la fábrica de azúcar. El padre, la madre y Nelly hacía tiempo que vivían en Varsovia, donde Segismundo Leschinski ocupaba una posición destacada.
p Al llegar a la comandancia, Víctor atravesó la puerta, que se encontraba abierta.
p Poco después, acompañado de cuatro soldados, salió en dirección a casa de los Korchaguin.
p Señalando la iluminada ventana, dijo en voz baja:
p — Aquí es —y, dirigiéndose al alférez que se encontraba a su lado, preguntó—: ¿Puedo marcharme?
p — Cuando guste. Nos las arreglaremos solos. Gracias por el servicio.
p Víctor echó a andar rápidamente por la acera.
p Pável, después de recibir el último golpe en la espalda, tropezó con los brazos extendidos contra la pared de la oscura habitación a la que le habían conducido. A tientas 127 encontró una especie de camastro, donde se sentó, agotado, apaleado y deprimido.
p Le habían detenido cuando menos se lo esperaba "¿ Cómo pudieron saber los de Petliura que había sido él? Nadie le había visto. ¿Qué pasaría ahora? ¿Dónde estaría Zhujrái?"
p Pável se había despedido del marino en casa de Klimka. Luego se dirigió a casa de Seriozha, y Zhujrái quedó esperando a que anocheciera, para salir de la ciudad.
p "Que bien que haya escondido la pistola en el nido de los cuervos —pensaba Pável—. Pues si la hubieran encontrado, significaría mi fin. ¿Pero cómo habrán podido enterarse?" Y esta última pregunta le torturaba con su incertidumbre.
p Los. soldados de Petliura pudieron aprovecharse bien poco de los bienes de los Korchaguin. El traje y el acordeón se los había llevado su hermano a la aldea. La madre habíase llevado consigo el baulillo, y a los hombres que registraban los rincones les quedaron muy pocas cosas.
p En cambio, Pável no olvidaría en la vida el camino de su casa a la comandancia. La noche era oscura como boca de lobo. El cielo estaba cubierto de nubes, y, empujado con puñetazos implacables por los costados y la espalda, caminaba inconscientemente, en cierto estado de sopor.
p Tras la puerta se oyeron voces. En la habitación contigua se alojaba la guardia de la comandancia. Por debajo de la puerta penetraba una franja brillante de luz. Korchaguin se levantó y recorrió a tientas la habitación. Frente al, camastro palpó una ventana con sólida reja dentada. La empujó con la mano: estaba fuertemente empotrada. Allí, al parecer, había habido antes una despensa.
p Acercándose a la puerta, permaneció inmóvil, como cosa de un minuto, prestando atención. Después empujó ligeramente el picaporte. La puerta rechinó escandalosa.
p — ¡No está engrasada la maldita! —barbotó Pável.
p Por la estrecha rendija abierta vio, en el borde de un camastro, unas piernas bastas y con los dedos de los pies torcidos. Pável empujó un poco más el picaporte y la puerta chirrió desgarrando ya los oídos. Del camastro se levantó una figura soñolienta y desgreñada que, rascándose ferozmente con los cinco dedos la cabeza piojosa, comenzó a soltar por la boca sapos y culebras. Cuando la 128 retahíla de palabrotas, pronunciadas en tono negligente y monótono, hubo terminado, la figura, tocando el fusil que tenía en la cabecera, sentenció con flema:
p — Cierra esa puerta, y como vuelvas a asomarte te meteré todo el peine en los.. .
p Pável cerró la puerta. En la habitación vecina reían a carcajadas.
p Aquella noche pensó en muchas cosas. La primera tentativa de intervenir en la lucha había terminado muy desgraciadamente para él. De buenas a primeras le habían echado la zarpa y encerrado, como a un ratón en una ratonera.
p Y cuando, sentado, quedó sumido en inquieto duermevela, surgió la imagen de la madre, su rostro delgado y cubierto de arrugas, con los ojos tan conocidos y amados. Un pensamiento cruzó su mente: "¡Qué bien que ella no esté!, ¡menos penas!"
p De la ventana se proyectaba sobre el piso un cuadrado gris.
La oscuridad se iba desvaneciendo poco a poco. Llegaba Ja aurora.
Notes
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