p La idealizaci�n de la peque�a producci�n nos revela otro rasgo caracter�stico de la cr�tica rom�ntica y populista: su car�cter peque�oburgu�s. Hemos visto c�mo el rom�ntico franc�s y el 213 rom�ntico ruso trasforman, de manera id�ntica, la peque�a producci�n en una “organizaci�n social”, en una “forma de producci�n”, oponi�ndola al capitalismo. Vimos tambi�n que esta oposici�n nada encierra en s� misma, salvo una comprensi�n muy superficial; aisla artificial y falsamente una forma de la econom�a mercantil (el gran capital industrial), y la condena, idealizando de manera ut�pica otra forma de la misma econom�a mercantil (la peque�a producci�n). La desgracia, tanto de los rom�nticos europeos de comienzos del siglo xrx como la de los rom�nticos rusos de fines de siglo, consiste en que inventan cierta peque�a explotaci�n abstracta al margen de las relaciones sociales de producci�n y pasan por alto un insignificante detalle: que esa o^nue�a explotaci�n, la del continente europeo de los a�os 1820-1830 � la hacienda campesina rusa de los a�os 1890-1900, existe, en realidad, en las condiciones de la producci�n mercantil. En la pr�ctica, el peque�o productor ensalzado por los rom�nticos y los porjulistas no es m�s que un peque�o ¡burgu�s que se encuentra con las mismas relaciones contradictorias que los otros miembros de la sociedad capitalista, y lucha como ellos para defenderse, cosa que, por una parte, produce constantemente una peque�a minor�a de prandes burgueses y por otra arroja a la mayor�a hacia las filas del proletariado. En realidad, como cada uno lo ve y s^be, no existen productores peque�os que no se encuentren entre estas dos clases antag�nicas; y esta posici�n intermedia condiciona necesariamente el car�cter espec�fico de la peque�a burgues�a, su dualidad, su duplicidad, la atracci�n que ejerce sobre ella la minor�a que sale victoriosa de la lucha, su hostilidad hacia los " fracasados”, es decir, la mayor�a. Cuanto m�s se desarrolla la econom�a mercantil, tanto m�s intensa y n�tidamente se ponen de relieve esas condiciones, m�s claro se torna el hecho de que la idealizaci�n de la peque�a producci�n expresa s�lo un punto de vista reaccionario, peque�oburgu�s.
p No hay que enga�arse en cuanto a la significaci�n de estos t�rminos que el autor de la Cr�tica de algunas tesis de econom�a pol�tica aplicaba precisamerte a Sismondi. TVlss t�rminos no dicen, de manera alguna, que �ste defendiese a lo., peque�os burgueses retr�grados. No los defiende en parte, alguna: ruiier’ ubicarse en el punto de vista de las clases laboriosas en general; expresa su simpat�a por todos los representantes de estas clases; se 214 al^egra, por ejemplo, con la promulgaci�n de una legislaci�n del trabajo fabril; ataca al capitalismo y se�ala sus contradicciones. En una palabra, su punto de vista es id�ntico al de los populistas actuales.
p Pero entonces: ¿en qu� se funda su caracterizaci�n de peque�o burgu�s? Precisamente en que no comprende el v�nculo entre la peque�a producci�n (a la que idealiza) y el gran capital (al que ataca). Precisamente en que no ve que su favorito, el peque�o productor, el campesino, se va convirtiendo, en la realidad, en un peque�o burgu�s. Nunca hav que olvidar la siguiente aclaraci�n que demuestra c�mo las teor�as de diferentes escritores expresan los intereses y puntos de vista de diferentes clases:
p “No debe pensarse que por principio la peque�a burgues�a aspira a hacer triunfar sus intereses ego�stas de clase. Por el contrario, cree que las condiciones espec�ales de su emancipaci�n son las condiciones generales, las �nicas que pueden salvar a la sociedad moderna y evitar la lucha de clases. Tampoco debe creerse que todos los representantes de la democracia son tenderos o gente que se entusiasma con ellos. Pueden estar a un mundo de distancia de �stos, por su cultura y su posici�n individual. Lo que los hace representantes de la peque�a burgues�a es que, en cuanto a mentalidad, no van m�s all� de los l�mites que les impone el sistema de vida; que, por lo tanto, se ven te�ricamente impulsados hacia los mismos problemas y las mismas soluciones que impulsan a aqu�llos en la pr�ctica: el inter�s material y la situaci�n social. Tal es, en general, la relaci�n que media entre los representantes pol�ticos y literarios de una clase, y la clase por ellos representada" (C. Marx: El dieciocho brumario de Luis Bonaparte, traducido por Baz�rov y Step�nov, p�gs. 179-180) [214•* .
p Por ello resultan muy c�micos aquellos populistas que creen que cuando se se�ala su car�cter peque�oburgu�s, es s�lo con el objeto de decir algo especialmente ponzo�oso, que no se trata m�s que de un procedimiento pol�mico. Esta actitud muestra que no comprenden las ideas generales de sus adversarios, y sobre todo 215 no comprenden los fundamentos mismos de esa cr�tica del capitalismo, con la cual todos ellos "est�n de acuerdo”, y su diferencia de la cr�tica sentimental y peque�oburguesa. Por s� sola, esa bien marcada tendencia de los populistas, de soslayar el problema mismo de estas dos formas de cr�tica, de su existencia en Europa occidental, de la actitud que adoptan hacia la cr�tica cient�fica, muestra con claridad por qu� los populistas no quieren comprender esta diferencia [215•* .
p Ilustremos lo expuesto mediante un ejemplo. En la parte bibliogr�fica de la revista R�sskaia Misl [215•** de 1896, n�m. 5 (p�gs. 229 y sigs.), leemos que "en los �ltimos tiempos apareci� y crece con sorprendente velocidad un grupo" entre la intelectualidad que, en principio, es absolutamente hostil al populismo. El se�or cr�tico se�ala en pocas palabras las causas y el car�cter de esa hostilidad, y no se puede dejar de advertir, con reconocimiento, que expone con suma fidelidad la esencia de ese punto de vista hostil al populismo [215•*** . El se�or cr�tico no comparte ese punto de vista. No comprende que las ideas sobre los intereses de clase, etc., puedan obligarnos a negar "los ideales populares" “( simplemente populares, y no populistas": ibid., p�g. 229), que consistir�an en el bienestar, la libertad, la conciencia del campesinado, o sea, de la mayor�a de la poblaci�n.
_p “Seguramente se nos objetar�—dice el se�or cr�tico—, como se ha objetado a otros, que los ideales de un autor campesino [se 216 trataba de ciertos deseos expresados por un campesino] son ideales peque�oburgueses, y que por ello nuestra literatura, hasta ahora, ha expresado y defendido los intereses de la peque�a burgues�a. Pero esto no es m�s que un espantajo, ¿y a qui�n si no a aquellos que tienen el horizonte y¡ el nivel intelectual de la esposa de un comerciante de Zamoskvor�chie [216•* se puede asustar con semejante espantajo... ?”
p ¡Est� dicho con energ�a! Pero sigamos m�s adelante:
p “... El criterio b�sico, tanto de las condiciones de convivencia social del hombre, como de las medidas sociales concientes, no consiste en categor�as econ�micas, sobre todo, copiadas de pa�ses ajenos y formadas en otras circunstancias, sino en la felicidad y el bienestar material y espiritual de la mayor�a de la poblaci�n. Y si tal forma de vida y tales medidas destinadas a sostenerla y a desarrollarla conducen a esa felicidad, pueden ustedes llamarlas peque�oburguesas, o de cualquier otra manera; las cosas no cambiar�n por ello: esta forma de vida y estas medidas ser�n, a pesar de todo, esencialmente progresistas, y por eso mismo representar�n el supremo ideal accesible a la sociedad en las condiciones y en el estado en que se encuentra” (ib., p�gs. 229-230; la cursiva es del autor).
p ¿No ve acaso el se�or cr�tico que en su entusiasmo pol�mico ha saltado por encima del problema?
p Despu�s de declarar con toda severidad que acusar al populismo de ser peque�oburgu�s es simplemente agitar un " espantajo”, no aporta ninguna prueba en apoyo de esta afirmaci�n salvo la siguiente tesis incre�blemente sorprendente: "El criterio [...] no consiste en categor�as econ�micas, sino en la felicidad de la mayor�a”. ¡Y esto es como si se dijese: el criterio del tiempo no consiste en las observaciones meteorol�gicas, sino en lo que siente la mayor�a! ¿Y qu� son—cabe la pregunta—esas "categor�as econ�micas”, sino una formulaci�n cient�fica de las condiciones econ�micas y de vida de la poblaci�n, no de "la poblaci�n" en general, sino de determinados grupos de la misma, que ocupan determinado lugar en el r�gimen existente de la econom�a social? Al contraponer a "las categor�as econ�micas" la tesis, que no puede ser m�s abstracta, sobre "la felicidad de la mayor�a”, el se�or cr�tico 217 borra sencillamente toda la evoluci�n de la ciencia social, desde fines del siglo pasado, y vuelve a la ingenua especulaci�n racionalista que ignora la existencia de relaciones sociales determinadas y su desarrollo. [De un solo plumazo borra todo lo valioso que obtuvo el pensamiento humano, al precio de b�squedas seculares, al esforzarse por comprender los fen�menos sociales! Y habi�ndose desembarazado as� de todo batraje cient�fico, el se�or cr�tico na considera remeJto el problema. En efecto, concluve as�: “Si tal r�gimen [...] lleva a esa felicidad, cualquiera sea el nombre qu� se le d�, las cosas no cambiar�n por ello”. iNo faltaba m�s! La cuesti�n es justamente saber cu�l es ese r�gimen. Pero si el pror>io autor acaba de se�alar que contra los hombres que ve�an en la econom�a campesina un r�gimen especial “(producci�n popul">r”. o romo se quiera) se han opuesto otros que afirman que no «p trataba de un r�gimen especial, sino de un r�gimen peaue�ohiirgu�s de los comunes, semejante al de toda peque�a producci�n rn un pa�s de econom�a mercantil y de capitalismo. Y si de la nrimera concepci�n surge autom�ticamente que “ese r�gimen" “(la producci�n popular”) ’lleva a la felicidad”, de la segunda rnncepci�n surge, tambi�n autom�ticamente, que “ese r�gimen" (el peque�oburgu�s) lleva al capitalismo, y a ninguna otra cosa; arroja “a la mayor�a de la poblaci�n" a las filas del proletariado v convierte a la minor�a en burgues�a rural (o industrial). ¿No es evidente que el se�or cr�tico ha disparado al aire y, bajo los efectos de la detonaci�n, acept� como probado lo que niega la segunda concepci�n, tan despiadadamente motejada de “simple espantajo"?
Si hubiera querido analizar con seriedad la segunda concepci�n, es evidente que habr�a tenido que probar, de dos cosas, una: que la "peque�a burgues�a" es una categor�a cient�fica incorrecta, que es posible imaginarse el capitalismo y la econom�a mercantil •fin peque�a burgues�a (como lo hacen los se�ores populistas, retornando enteramente al punto de vista de Sismondi); o que esa categor�a es inaplicable a Rusia, es decir, que en nuestro pa�s no hay capitalismo, ni dominio de la econom�a mercantil; que los peque�os productores no se trasforman en productores d*> mercanc�as; que en su medio no tiene lugar el proceso se�alado, por o� cual la mayor�a se vuelca al proletariado y se afirma "la independencia" de la minor�a. Al ver que atribuye la comprobaci�n del car�cter peque�oburgu�s del populismo a un frivolo deseo de 218 “ofender” a los se�ores populistas, y al leer en seguida la frase citada sobre el “espantajo”’, recordamos involuntariamente la famosa sentencia: “¡Por favor, Kit K�tich! ¿Qui�n podr�a ofenderlo? ¡Usted mismo ofender�a a cualquiera!" [218•*
Notes
[214•*] V�ase C. Marx y F. Engels, ob. cit., p�g. 178. En las ediciones de 1897 y 1898 debido a la censura Lenin no menciona el nombre de Marx y presenta la cita remitiendo al lector a la obra de N. B�ltov (J. Plej�nov) Ensayo sobre el desarrollo de la concepci�n monista de la historia, En la ed;. ci�n de 1908 se refiere ya abiertamente a Marx. (Ed.)
[215•*] Por ejemplo, Efrussi escribi� dos art�culos sobre “c�mo consideraba Sismondi el desarrollo del capitalismo" (R�sskoie Bogatstvo, n�m. 7, p�g. 139), y a pesar de ello, no comprendi� absolutamente nada de c�mo lo consideraba Sismondi. El colaborador de R�sskoie Bogatstvo no advirti� el car�cter peque�oburgu�s del punto de vista de Sismondi. Y como Efrussi, sin duda, conoce a Sismondi, y conree precisamente (como veremos m�s abajo) al representante de la teor�a moderna que caracteriz� a Sismondi como sabemos; y como quiere tambi�n “estar de acuerdo" con el representante de la teor�a moderna, resulta que su incomprensi�n adquiere un sentido determinado. El populista no pod�a advertir en el rom�ntico lo que no ve�a en s� mismo.
[215•**] V�ase V. I. Lenin, ob. cit., tomo I, nota 6. (Ed.)
[215•***] Desde luego, esto suena de manera muy extra�a: ¡¡elogiar a una persona por haber trasmitido fielmente pensamientos ajenos!’ ¿Pero qu� se le va a hacer? Entre los polemistas habituales de R�sskoie Bogatstvo y del viejo Nov�te Slovo^^24^^ de los se�ores Krivenko y Vorontsov, esta clase de pol�mica es, en efecto, una rara excepci�n.
[216•*] Zamoskvor�chto, barrio d« Mosc�. (Ed.)
[218•*] Kit K�tich, apodo de Tit T�tich, rico comerciante, personaje de la comedia de A. Ostrovski. PaRnr In.i vidrios rotos. Lenin daba el nombre de Kit K�tich a los magnates capitalistas. (Ed.)