A SMITH Y DE SISMONDI ACERCA DE LA RENTA
NACIONAL?
p ¿En qu� consiste, pues, el error fundamental de Sismondi, que lo ha conducido a todas esas deducciones?
p Tom� �ntegra de Adam Smith la teor�a de la renta nacional y de la divisi�n de �sta en dos partes Ha de los obreros y la de los capitalistas). No s�lo no agreg� nada a las tesis de �ste, sino que dio inclusive un paso hacia atr�s al omitir la tentativa ( infructuosa) de A. Smith de demostrar te�ricamente esa idea. Sismondi parece no percibir la contradicci�n que existe entre esa teor�a y la de la producci�n en general. En efecto, seg�n la teor�a por la cual el valor se deduce del trabajo, en el valor de un producto 143 entran tres partes componentes: la que compensa la materia prima y los instrumentos de trabajo (capital constante); la que compensa el salario o la manutenci�n de los obreros (capital variable) ; y el “sobrevalor” (mieux valu�, al decir de Sismondi). Tal es—en lo que respecta a su valor—el an�lisis que hace A. Smith de un producto aislado, y que Sismondi reproduce. Cabe preguntarse: ¿de qu� manera el producto social, integrado por suma de productos aislados, puede estar compuesto �nicamente de las dos �ltimas partes? ¿Qu� se hizo de la primera parte, el capital constante? Como vimos, Sismondi no ha hecho m�s que dar vueltas en torno del problema, en tanto que A. Smith dio respuesta al mismo. Afirm� que dicha parte existe de modo independiente nada m�s que en el producto aislado. Pero si se toma en consideraci�n todo el producto social, en su conjunto, se ver� que esa parte se descompone, a su vez en salario y sobrevalor precisamente para los capitalistas que producen ese capital constante.
p Al dar esta respuesta, A. Smith no explic�, sin embargo, por qu� al descomponer el valor del capital constante—de las m�quinas, por ejemplo—vuelve a dejar a un lado, otra vez, el capital constante, o sea, en nuestro caso, el hierro del que est�n hechas las m�quinas, los instrumentos usados en ellas, etc. Si el valor de cada producto incluye una parte que compensa el capital constante (y as� lo reconocen todos los economistas), entonces su exclusi�n de cualquiera de las ramas de la producci�n social es completamente arbitraria. "Cuando A. Smith dice que los instrumentos de trabajo se descomponen en salario y ganancia, se olvida de agregar [dice el autor de El capital]: y en capital constante, que ha servido para su producci�n. Smith sencillamente nos remite de Poncio a Pilatos, de un producto a otro, y de �ste a un tercero" [143•* , sin darse cuenta de que a pesar de ello el problema no var�a en absoluto. Esta respuesta de A. Smith (aceptada por toda la econom�a pol�tica anterior a Marx) no es m�s que un simple af�n de eludir el problema, de esquivar la dificultad. Y en este punto est� realmente la dificultad. Est� en que los conceptos capital y renta no pueden ser trasferidos en forma directa del producto individual al producto social. Los economistas lo reconocen diciendo que, desde el punto de vista social, “el capi- 144 tal para uno se trasforma en renta para otro" (ver m�s arriba, Sismondi). Pero esta frase no hace m�s que formular la dificultad, sin resolverla [144•* .
p La soluci�n est� en que cuando este problema se enfoca desde el punto de vista social, ya no se puede hablar de productos en general, sin tener en cuenta su forma material. Se trata, en efecto, de la renta social, o sea, del producto destinado al consumo. Pero no cualquier producto puede ser utilizado para el consumo personal: las m�quinas, el carb�n, el hierro, etc., no son consumidos por personas sino en el proceso productivo. Desde el punto de vista de un empresario individual, tal distinci�n era superflua: cuando dec�amos que los obreros consumir�n el capital variable, ten�amos en cuenta que cambiar�an en el mercado los art�culos de consumo por el dinero que los capitalistas hab�an obtenido por las m�quinas fabricadas por los obreros y con el que les pagaron. Aqu�, el trueque de m�quinas por cereal no nos interesa. Pero desde el punto de vista social, tal trueque ya no puede ser sobrentendido: no se puede decir que toda la clase de los capitalistas, que produce las m�quinas, el hierro, etc., las vende y de este modo las realiza. La cuesti�n reside, precisamente, en saber domo se opera esa realizaci�n, es decir, la recuperaci�n de cada una de las partes del producto social. Por ello, en todo razonamiento acerca del capital social y de la renta—o, lo que es lo mismo, de la realizaci�n del producto en la sociedad capitalista—se debe comenzar por distinguir esos dos aspectos totalmente diferentes del producto social: los medios de producci�n y los art�culos de consumo. Los primeros pueden ser consumidos s�lo en el proceso productivo y los segundos s�lo personalmente. Los primeros s�lo pueden servir de capital; los segundos deber�n convertirse en renta, es decir, ser destruidos por el consumo de los obreros y de los capitalistas. Los primeros quedan �ntegramente 145 en poder de los capitalistas; los segundos se distribuyen entre los obreros y los capitalistas.
p Una vez establecida esta divisi�n y corregido el error de Adam Smith, quien hab�a excluido del producto social su parte constante (es decir, la parte que repone el capital constante), se aclara el problema de la realizaci�n del producto en la sociedad capitalista. Es evidente que no se puede hablar de una realizaci�n de los salarios por el consumo de los obreros, y de una realizaci�n del sobrevalor por el consumo de los capitalistas, y conformarse con eso [145•* . Los obreros pueden consumir el salario, y los capitalistas el sobrevalor, s�lo cuando el producto consiste en art�culos de consumo, es decir, s�lo en uno de los sectores de la producci�n social. Pero no pueden “consumir” un producto consistente en medios de producci�n: deben cambiarlo por art�culos de consumo. Ahora bien, ¿por qu� parte (en valor) de los art�culos de consumo pueden cambiar su producto? Es evidente que s�lo por la parte constante (el capital constante), puesto que las otras dos constituyen el fondo de consumo de los obreros y de los capitalistas que producen los art�culos de consumo. Este cambio, al realizar el sobrevalor y los salarios en las industrias que producen los medios de producci�n, realiza con ello mismo el capital constante en las industrias que producen art�culos de consumo. En efecto: para el capitalista productor—digamos—de az�car, la parte del producto que debe reponer el capital constante (o sea, la materia prima, materiales auxiliares, la maquinaria, los edificios, etc.) existe en forma de az�car. Para realizar esta parte es preciso obtener, en lugar de este art�culo de consumo, los correspondientes medios de producci�n. En consecuencia, la realizaci�n de esta parte se efectuar� mediante el cambio de art�culos de consumo por productos que sirven de medios de 146 producci�n. Queda ahora sin explicar la realizaci�n de una sola parte del producto social, es decir, la del capital constante en el sector que provee los medios de producci�n. Parcialmente, ella se realiza por el hecho de que una parte del producto, en su forma natural, entra de nuevo en la producci�n (por ejemplo, una parte del carb�n extra�do por una empresa hullera se invierte, a su vez, en la extracci�n de carb�n; el cereal cosechado por granjeros es utilizado de nuevo para la siembra, etc.); y parcialmente, mediante el intercambio entre diferentes capitalistas de este mismo sector: por ejemplo, para producir hierro es necesario carb�n de piedra y para la producci�n de carb�n de piedra es necesario hierro. Los capitalistas que producen uno u otro, realizan, intercambi�ndolos, la parte de esos productos destinada a la reposici�n de su capital constante.
p Este an�lisis (que acabamos de exponer—repetimos—en la forma m�s sucinta, por las razones se�aladas m�s arriba) es el que ha resuelto la dificultad de la cual ten�an conciencia todos los economistas y que formulaban con la siguiente frase: ’lo que es capital para uno es renta para otro”. Nos ha mostrado, adem�s, cuan err�neo es reducir la producci�n social �nicamente al consumo personal.
p Podemos ahora pasar al an�lisis de las conclusiones que Sismondi (y otros rom�nticos) extrajo de su err�nea teor�a. Pero antes citaremos el juicio que sobre Sismondi emiti� el autor del an�lisis mencionado, despu�s de haber hecho el estudio m�s minucioso y completo de la teor�a de A. Smith, a la que Sismondi nada nuevo agreg�, y en cambio pas� por alto la tentativa de Smith, de justificar su contradicci�n.
“Sismondi, que se ocupa especialmente de la relaci�n entre capital y renta, y que, en realidad, hace de su concepci�n especial de esta relaci�n la differentia specifica de sus Nouveaux principes, no escribe ni una sola [cursiva del autor] palabra cient�fica acerca de esto, no contribuye en un �pice al esclarecimiento del problema" (Das Kapital, II, S. 385, 1-te Auflage) [146•* .
Notes
[143•*] V�ase, C. Marx, El capital, Buenos Aires, Ed. Cartago, 1957, t. H, p�g. 292 y t. III, p�gs. 712-713. (Ed.)
[144•*] Se�alamos aqu� s�lo la esencia de la nueva teor�a que ha proporcionado esta soluci�n, y reservamos otro lugar para una exposici�n m�s detallada. V�ase Das Kapital, II Band, III Abschnitt. (V�ase C. Marx, ob. cit., t. II), sec. III, p�g. 275. Ed.) Para m�s detalles, v�ase El desarrollo del capitalispno, cap. I. (V�ase V. I. Lenin, ab. cit., t. III. En las ediciones de 1897 y 1898 Lenin cita aqu� al libro de M. I. Tug�n-Baranovski Las crisis industr�ales, parte II. En la edici�n de 1908 se�ala su propio libro, El desarrollo del capitalismo en Rusia cuya primera edici�n apareci� en 1899. Ed.)
[145•*] Y as� razonan nuestros economistas-populistas, los se�ores V. V. y N.-on. M�s arriba nos detuvimos deliberadamente, muy en detalle, sobre los errores de Sismondi en torno del problema del consumo productivo y personal, y de los art�culos de consumo y los medios de producci�n (A. Smith estaba mucho m�s cerca de esa diferencia que Sismondi). Quisimos mostrar al lector que los representantes cl�sicos de esta err�nea teor�a percib�an su insuficiencia, ve�an la contradicci�n y hac�an tentativas por encontrar una salida. En cambio, nuestros “originales” te�ricos no s�lo nada ven, nada sienten, sino que ni siquiera reconocen la teor�a ni la historia del problema acerca del cual peroran con tanto ardor.
[146•*] V�ase C. Marx, ob. cit., t. II, p�g. 304. (Ed.)