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VIII
EL PROGRAMA POPULISTA EN MATERIA DE POL�TICA INDUSTRIAL
 

p Como los proyectos y medidas pr�cticas van vinculados siempre al descubrimiento de lo “agradable” y alentador en la realidad, se comprende a priori qu� deseos se expresan en el Estudio acerca 449 de la industria kustar. Porque el Estudio ha reducido todos los “hechos agradables” a embellecer el trabajo asalariado en la peque�a explotaci�n y a ensalzar las agrupaciones, escas�simas y unilaterales, de los peque�os patronos. Estos deseos, que repiten las habituales recetas populistas, sorprenden, por una parte, por su car�cter contradictorio y, por otra, por la excesiva exageraci�n de “medidas” ordinarias trasformadas por medio de frases en la soluci�n de grandes problemas. Al comienzo mismo del Estudio, en la introducci�n inclusive, antes de exponer los datos del censo, encontramos ya enf�ticas reflexiones, en las que se dice que “la tarea del cr�dito kustar" consiste en “eliminar [¡sid] la falta de dinero”. Se habla tambi�n de la “organizaci�n cooperativa del intercambio entre la producci�n y el consumo" (p�g. 8), de “la difusi�n de los arteles”, de la organizaci�n de dep�sitos de los kustares, consultorios t�cnicos, escuelas t�cnicas, etc. (p�g. 9). Estas reflexiones se repiten muchas veces en el libro. “Hay que reorganizar la econom�a de la industria de modo que el kustar tenga dinero; dicho m�s sencillamente, emancipar al kustar del kulak" (p�g. 119). “La tarea de nuestro tiempo" consiste en llevar a cabo “la emancipaci�n de los kustares a trav�s del cr�dito”, etc. (p�g. 267). “Es preciso racionalizar los procesos del cambio”, preocuparse “de implantar en el seno de la econom�a agr�cola campesina bases racionales para el cr�dito, el cambio y la producci�n" (p�g. 362); son necesarias “una organizaci�n econ�mica del trabajo" (¡sic¡, p�g. 363), “una organizaci�n racional de la econom�a nacional”, etc., etc. Como ven, se trata de la conocida panacea populista, pegada al censo del cual nos ocupamos. Y como refirmaci�n definitiva de su ortodoxia populista, los) autores no dejan de condenar la econom�a monetaria en general, ense�ando al lector que la artesan�a “presta un gran servicio a la econom�a nacional, y aseguran a esta �ltima la posibilidad de evitar la trasformaci�n de la econom�a natural en econom�a monetaria”. “Los intereses vitales de la econom�a nacional requieren que las materias primas producidas por ella sean elaboradas en el propio lugar, de ser posible sin la ingerencia del dinero en los procesos del cambio" (p�g. 360).

p El programa populista est� expuesto aqu� tan plenamente y con tal franqueza, que no deja nada que desear. Hemos dicho "el programa populista" pues lo que nos interesa, no es lo que diferencia a los autores del \Estudio de los otros populistas, sino, por el contrario, lo que hay de com�n entre ellos. Lo que nos interesa, es el 450 programa populista pr�ctico sobre las industrias kustares en gener^]. Es f�cil ver que en el Estudio se ponen de relieve precisamente los rasgos fundamentales de ese programa: 1) condenaci�n de la econom�a, monetaria y simpat�as por la econom�a natural v la artes?n�a nrimitiva; 2) diversas medicas para avudar a la peaue�a producci�n campesina, como el cr�dito, el desarrollo de la t�cnica, etc.; 3) formaci�n de agrupaciones y asociaciones de todo g�nero < ntre los patronos y los peque�os patronos: sociedades para adquirir materias nrirnas v alquilar dep�sitos de sociedades de pr�stamos, de ahorro v de cr�dito, de consumo, de producci�n; 4) “ organizaci�n del trabajo”, frase usual en todos los buenos prop�sitos populistas. Examinemos, pues, este programa.

p En primer lugar, en lo que concierne a la condenaci�n de la econom�a rronetaria reviste un car�cter plenamente plat�nico por ’o que se refiere a la industria. Inclusive en la provincia de Perm, la artesan�a lia sido desplazada ya en tal grado a un segundo plano r>or la producci�n mercantil y se encuentra en una situaci�n tan lamentable, aue en el mismo Estudio leemos que es dpseable “emancipar al kustar de la dependencia”; exactamente, eliminar la dependencia del artesano respecto del cliente consumidor, “ mediante la b�squeda de medios para ampliar la propia zona de venta m�s all� de los l�mites de la demanda para el consumo local" (p�g. 33). Dicho con otras palabras: ¡se condena en teor�a la econom�a monetaria, y se aspira en la pr�ctica a trasformar la producci�n artesanal en econom�a mercantil! Tampoco esta contradicci�n es en absoluto exclusiva del Estudio, sino aue es propia de todos los proyectos populistas: por mucho que combatan a la econom�a mer<-pntil (monetaria), la realidad, expulsada por la puerta, entra por la ventana, y las medidas que propugnan no har�n otra cosa aue desarrollar la econom�a mercantil. Un ejemplo de ello es el cr�dito. En sus¡ planes y deseos, los populistas no eliminan la econom�a mercantil. El Estudio, por ejemplo, no dice una palabra acerca de que las reformas propuestas no deben basarse en la producci�n mercantil. Por el contrario, lo �nico aue desea son bases racionales del camihio, una organizaci�n cooperativa del cambio. La econom�a mercantil seguir� existiendo; lo �nico aue debe hacerse es reformarla sobre bases racionales. Una uton�a que no es nueva, ni mucho menos y que ha tenido destacad�simos defensores en la vieja literatura econ�mica. La inconsistencia te�rica de esta utop�a ha sido probada hace ya mucho, por lo que no es necesario detenerse 451 en esta cuesti�n. ¿No ser�a mejor que, en vez de enunciar frases absurdas sobre la necesidad de “racionalizar” la econom�a, empezaran por “racionalizar” su propia idea sobre la econom�a real, las verdaderas relaciones econ�mico-sociales entre esta masa de “ kustares”, tan heterog�nea y diversa, cuyo destino quieren decidir desde arriba nuestros populistas de modo tan burocr�tico y ligero? ¿ Acaso la realidad no nos muestra a cada paso que las medidas pr�cticas de los populistas, concebidas de acuerdo con las recetas de las supuestas ideas “puras” acerca de la “organizaci�n del trabajo”, etc., s�lo conducen en la pr�ctica a ayudar y estimular al “mujik emprendedor" al peque�o fabricante o al mayorista, en general a todos los representantes de la peque�a burgues�a? Esto no tiene nada de casual, no es resultado de la imperfecci�n o del fracaso de algunas empresas. Por el contrario, sobre la base general de la econom�a mercantil, es inevitable y necesario que quienes utilicen el cr�dito, los dep�sitos, los bancos, el asesoramiento t�cnico, etc., sean, ante todo y sobre todo, los peque�os burgueses.

p Mas si eso es as�—podr�n objetarnos—, si los populistas, de modo inconciente y contra su voluntad, contribuyen con sus medidas pr�cticas al desarrollo de la peque�a burgues�a y, por consiguiente, del capitalismo en general, ¿por qu� han de atacar su programa las personas que reconocen por principio el desarrollo del capitalismo como un proceso progresista? ¿Acaso es razonable atacar programas pr�cticamente �tiles porque sea err�nea o—dig�moslo con mayor suavidad—discutible su envoltura ideol�gica, cuando nadie niega la “utilidad” de la instrucci�n t�cnica, del cr�dito, de las asociaciones y agrupaciones entre los productores?

p Estas objeciones no son inventadas. Se dejan o�r constantemente, de una u otra forma y por uno u otro motivo, para responder a las pol�micas entabladas contra el populismo. No diremos aqu� que tales objeciones, aunque est�n bien fundamentadas, no impiden en modo alguno que el solo hecho de convertir los proyectos peque�oburgueses en una sublime panacea social, causa enorme da�o a la sociedad. Nos proponemos plantear la cuesti�n sobre el terreno pr�ctico de las necesidades inmediatas y urgentes de nuestra �poca, y valorar el programa populista desde este punto de vista premeditadamente estrecho.

p A pesar de que muchas medidas populistas reportan un provecho pr�ctico al contribuir a desarrollar el capitalismo, en su conjunto resultan: 1) inconsecuentes en grado superlativo; 2) 452 doctrinarias y esquem�ticas, y 3) mezquinas, en comparaci�n con las tareas aut�nticas que plantea ante nuestra industria el capitalismo en desarrollo. Explicaremos esto. Hemos se�alado, en primer lugar, la inconsecuencia de los populistas como hombres pr�cticos. Al lado de las medidas mencionadas, que son caracterizadas corrientemente como pol�tica econ�mica liberal y que figuraron siempre inscritas en las banderas de los dirigentes de la burgues�a de Occidente, los populistas no abandonan su intenci�n de frenar el desarrollo econ�mico existente, de impedir’ el progreso del capitalismo, de apoyar la peque�a producci�n, que languidece en la lucha contra la gran producci�n. Los populistas defienden las leyes y las instituciones que obstaculizan la libertad de movilizaci�n de la tierra y la libertad de desplazamiento, y que mantienen el cerrado car�cter estamental de los campesinos, etc. ¿Existe, se pregunta, alg�n fundamento razonable para frenar el desarrollo del capitalismo y de la gran industria? Por los datos del censo hemos visto que la decantada “independencia” de los kustares no es una garant�a contra el sometimiento al capital comercial, contra la explotaci�n en su peor forma; que, en la pr�ctica, la situaci�n de la gran masa de estos kustares “independientes” es con frecuencia m�s lamentable que la de los obreros asalariados de los kustares; que sus ingresos son sorprendentemente insignificantes; que las condiciones de trabajo (por el estado sanitario y la duraci�n de la jornada) son en extremo insatisfactorias; que la producci�n se halla fraccionada, es primitiva desde el punto de vista t�cnico y no est� desarrollada. ¿Existe, se pregunta, alg�n fundamento razonable para mantener las leyes polic�acas que refuerzan los “v�nculos con la tierra”, que prohiben romper esos v�nculos, ante los que tanto se enternecen los populistas?   [452•*  Los datos del “censo de kustares" de 1894-1895 en la provincia de Perm prueban claramente la absoluta falta de sentido de una fijaci�n artificial de los campesinos a la tierra. Esta fijaci�n no hace m�s que disminuir sus ingresos—los cuales, 453 cuando existen los “v�nculos con la tierra”, son inferiores en m�s de la mitad a los ingresos de los no agricultores—, rebajar su nivel de vida, acentuar la dispersi�n y el aislamiento de los productores, desperdigados por las aldeas, y aumenta su impotencia ante cada mayorista y cada peque�o patrono. Al mismo tiempo, la fijaci�n a la tierra frena el desarrollo de la agricultura, sin estar en condiciones, no obstante, de impedir que aparezca la clase de la peque�a burgues�a rural. Los populistas rehuyen plantear la cuesti�n como sigue: ¿frenar o no el desarrollo del capitalismo? Prefieren hablar de “la posibilidad de otros caminos para la patria”. Pero, por cuanto se trata de las medidas pr�cticas m�s inmediatas, todo hombre de acci�n se coloca, con ello, sobre el terreno del camino actual  [453•* . ¡Hagan cuanto les venga en gana para “arrastrar” la patria a otro camino! Esa labor no suscitar� cr�tica alguna (excepto la de la risa). Mas no defiendan lo que frena artificialmente el desarrollo, no escondan tras un torrente de frases acerca de “otro camino" el problema de eliminar los obst�culos que se alzan er el camino actual.

p Otra circunstancia que debe ser tenida en cuenta al valorar el programa pr�ctico de los populistas consiste en lo siguiente: hemos visto ya que los populistas se esfuerzan por formular sus deseos del modo m�s abstracto, de presentarlos como exigencias abstractas de la ciencia “pura”, de la justicia “pura” y no como necesidades reales de clases reales, que tienen intereses bien determinados. El cr�dito—necesidad vital de todo propietario y peque�o patrono en la sociedad capitalista—es considerado por el populista como un elemento del sistema de organizaci�n del trabajo; las uniones y agrupaciones de los patronos son presentadas como expresi�n embrionaria de la idea de la cooperaci�n en general, de la idea de la "emancipaci�n de los kustares”, etc., a pesar de que todo el mundo sabe que esas uniones persiguen, en realidad, objetivos que nada tienen en com�n con tan elevadas materias y tienden simplemente a incrementar los ingresos de estos peque�os patronos, afianzar su posici�n y aumentar sus beneficios. Presentar as� los adocenados deseos burgueses y peque�oburgueses como panaceas sociales no hace m�s que debilitarlos, despojarlos de su nervio vital, 454 quitarles toda actualidad, toda posibilidad de realizaci�n. El populista se esfuerza por presentar los problemas vitales de cada patrono, mayorista o comerciante (el cr�dito, las uniones, la ayuda t�cnica) como problemas generales situados por encima de los intereses particulares. Se imagina que con ello aumenta su importancia y los engrandece; pero en la pr�ctica, lo que hace es trasformar esta obra viva, que interesa a determinados grupos de la poblaci�n, en una aspiraci�n filistea, en una elucubraci�n de gabinete, en una burocr�tica "reflexi�n acerca de las ventajas”. La tercera circunstancia est� tambi�n estrechamente unida a todo esto. Al no comprender que medidas pr�cticas como el cr�dito y el artel, la asistencia t�cnica, etc., expresan las necesidades del capitalismo en desarrollo, el populista no sabe hacerse int�rprete de las necesidades generales y fundamentales de dicho desarrollo, y las sustituye por medidas mezquinas, casuales e indecisas, que, tomadas aisladamente, no puedenj ejercer la menor influencia y est�n condenadas a un inevitable fracaso. Si el populista fuera consecuente consigo mismo y se hiciera francamente int�rprete de las necesidades del desarrollo social por el camino capitalista, sabr�a distinguir las condiciones generales, las exigencias generales de ese desarrollo; ver�a que si existieran esas condiciones generales (la principal de las cuales, en el caso que nos interesa, es la libertad de la industria), se realizar�an por s� solos todos sus ilusorios peque�os proyectos y medidas; es decir, con la actividad de las propias personas interesadas, en tanto que el desconocimiento de esas condiciones generales y la presentaci�n exclusiva de medidas pr�cticas de car�cter absolutamente particular conducir�n por fuerza a machacar en hierro fr�o. Examinemos, a t�tulo de ejemplo, el problema de la libertad de la industria. Por un lado, este problema es tan general y fundamental entre todos los relativos a la pol�tica industrial, que su an�lisis resulta singularmente oportuno. Por otro lado, las particularidades espec�ficas de la provincia de Perm vienen a confirmar con interesantes datos la importancia cardinal de este problema.

p Como se sabe, la vida econ�mica de la provincia de Perm se caracteriza fundamentalmente por la existencia de la industria minera, que le ha impreso un sello especial. La historia de la colonizaci�n de la provincia y su situaci�n actual est�n ligadas a la situaci�n y los intereses de la industria minera de los Urales. "En general, los campesinos fueron asentados en los Urales a fin de que trabajaran para los fabricantes”, leemos en una carta de B�bushkin, 455 de la f�brica de Nizhnie-Sergui, publicada en los Trnbaioi de la Comisi�n investigadora de las industrias de kustares  [455•* . E^tas ingenuas palabras expresan con gran exactitud el extraordinario p^oel aue desempe�an los propietarios de las f�bricas en la vida de la provincia, su imnortancia como terratenientes y fabricantes a la vex, acostumbrados a dominar de modo absoluto e ilimitado, a disfrutar una situaci�n de monopolistas, cuva industria renosa sobre «u dprerho de propiedad v no sobre el capital v la corrnetencia. Lo<¡ nrineinios monopolistas sobre los aue se fund� la industria minera de los Urales tuvieron exoresi�n legal en el conorido art�nilo 394 del tomo Vil del C�digo (Reglamento mineroV art�rulo del m�e tantn se r�a hablado v se habb en las obras dedicados a los Urales. Esta ley, promulgada en 1806, subordina en primer lugar la apertura de cualquier f�brica en las ciudades de las regiones mineras a la autorizaci�n de la administraci�n de minas, y, en segundo lugar, prohibe la apertura en las zonas fabriles de " todas las manufacturas y f�bricas cuva producci�n T>rinrir>al se basa en la combusti�n del carb�n o de la le�a”. En 1861, los fabricantes dn los Urales insist�an de modo especial en que esta lev fuera incluida entre las condiciones de liberaci�n de los campesinos, v el art�culo 11 del Reglamento relativo a los obreros de la industria minera repite una exigencia semeiante   [455•** . En el informa d» la Direcci�n del Banco de la industria kustar correspondiente a 1895 se dice, entre otras cosas: "Sin embargo, las a^eias m�s frecuentes oue llegan contra la prohibici�n realizada por los funcionarios del Departamento de Minas y por los propietarios de las f�bricas 456 llamadas de posesi�n"   [456•* , de abrir establecimientos cuya producci�n necesita combustibles en los distritos bajo su jurisdicci�n, as� como contra todo g�nero de restricciones en la producci�n de las industrias de elaboraci�n de los metales" (Estudio, p�g. 223). Por lo tanto, los Urales siguen conservando aun hoy, las tradiciones inmutables de "los buenos tiempos de anta�o”, y la actitud hacia la peque�a industria campesina est� all� en completa armon�a con la "organizaci�n del trabajo" que garantiz� a las f�bricas una poblaci�n obrera fabril fijada a la localidad correspondiente. Estas tradiciones han sido descritas con todo detalle en una informaci�n aparecida en el n�m. 183 de Permskie Gubi�rnskie Vi�domosti de 1896   [456•** , reproducida en el ’Estudio y calificada con raz�n de "muy significativa”. Hela aqu�: "El ministerio de Agricultura y de Bienes del Estado ha propuesto a los industriales de los Urales que examinen la posibilidad de que los establecimientos metal�rgicos adopten medidas para fomentar la industria kustar en dicha regi�n. Los industriales comunicaron al ministerio que el desarrollo de la industria kustar en los Urales causar� perjuicios al desarrollo de la gran industria, ya que aun hoy, a pesar del d�bil desarrollo de las industrias kustares, su poblaci�n no puede proporcionar a las f�bricas la cantidad necesaria de obreros   [456•*** , y que, cuando los 457 habitantes puedan ganar su vida en sus propias casas, las f�bricas correr�n el riesgo de quedar totalmente paralizadas” (Estudio, p�g. 244). Esta informaci�n determin� de los autores del Estudio la siguiente exclamaci�n: “Es muy cierto, la condici�n primera e inexcusable de todo tipo de industria, grande, mediana o peque�a, es la libertad de la industria [...]. En nombre de la libertad de la industria, todas sus ramas deben ser iguales en derechos desde el punto de vista jur�dico [...]. Las industrias kustares que producen objetos de metal deben ser liberadas en los Urales de todas las trabas excepcionales creadas por la reglamentaci�n fabril para limitar su desarrollo natural” (ib�d. La cursiva es nuestra). Leyendo esta emocionante y just�sima defensa de la “libertad de la industria" hemos recordado la conocida f�bula del metaf�sico que no se decid�a a salir de la zanja en que hab�a ca�do, y preguntaba si la cuerda que le tend�an era una “simple cuerda"   [457•* . Y los populistas de Perm, al hablar de la libertad de la industria, de la libertad de desarrollo del capitalismo, de la libertad de competencia, preguntan despectivos qu� es la libertad de la industria, y contestan que es una simple reivindicaci�n burguesa. Ellos se elevan mucho m�s en sus deseos; no quieren la libertad de competencia (¡qu� deseo burgu�s m�s ruin y estrecho!), sino la “organizaci�n del trabajo"... Pero basta que esos sue�os al estilo de Man�lov choquen “cara a cara" con la prosaica y desnuda realidad para que el mal olor de una “organizaci�n del trabajo" haga olvidar al populista los “ perjuicios" y “peligros” del capitalismo y “la posibilidad de otros caminos para la patria”, y lo mueva a implorar la “libertad de la industria”.

p Repetimos que consideramos profundamente justo este deseo y creemos que semejante punto de vista (defendido no s�lo por el Estudio, sino poco menos que por todos los autores que han abordado la cuesti�n) hace honor a los populistas. Pero—¡y qu� le vamos a hacer, si es imposible elogiar a los populistas sin que aparezca en el acto un gran “pero”!—... pero debemos hacer dos observaciones esenciales sobre esta cuesti�n.

p Primera. Podemos estar seguros de que la enorme mayor�a de los populistas rechaza indignada nuestra justa identificaci�n de la “libertad de la industria" con la “libertad del capitalismo”. 458 Dir�n que la abolici�n de los monopolios y de los restos del r�gimen de la servidumbre es “sencillamente” la reivindicaci�n de igualdad de derechos, el inter�s de “toda” la econom�a nacional en general, y de la campesina en particular, y en modo alguno del capitalismo. Sabemos que los populistas dir�n eso. Pero ser� falso. Han trascurrido ya m�s de cien a�os desde que la “libertad de la industria" era considerada de modo tan abstracto e idealista, viendo en ella el “ derecho del hombre" fundamental y natural (comp�rese con las palabras subrayadas en el Estudio). La reivindicaci�n de “libertad de la industria" ha sido formulada y proclamada en varios pa�ses: en todas partes esta reivindicaci�n apareci� como la expresi�n de la incompatibilidad que exist�a entre el capitalismo en desarrollo y las supervivencias de los monopolios y de las reglamentaciones. En todas partes esa reivindicaci�n ha servido de consigna a la burgues�a progresista y ’ha conducido s�lo al triunfo completo del capitalismo. La teor�a mostr� despu�s cuan ingenua es la ilusi�n de considerar que la “libertad de la industria" es una exigencia de la “raz�n pura”, una exigencia de la “igualdad de derechos" abstracta, y demostr� que el problema de la “libertad de la industria" es un problema propio del capitalismo. El ejercicio de la “libertad de la industria" no es, ni mucho menos, una trasformaci�n solamente “jur�dica”; es una profunda reforma econ�mica. La reivindicaci�n de “libertad de la industria" expresa siempre la discordancia entre las normas jur�dicas (que reflejan las relaciones de producci�n ya caducas) y las nuevas relaciones de producci�n, que se han desarrollado a pesar de las viejas normas, que han surgido de ellas y que exigen su abolici�n. Si la situaci�n existente en los Urales provoca ahora un grito general reclamando la “libertad de la industria”, significa que las reglamentaciones, monopolios y privilegios de que los se�ores terratenientes-fabricantes se benefician por tradici�n, son un estorbo para las relaciones econ�micas actuales, para las fuerzas econ�micas existentes. ¿Y cu�les son esas relaciones y esas fuerzas? Son las relaciones propias de la econom�a mercantil. Son las fuerzas del capital, que dirige la econom�a mercantil. Recuerden, aunque s�lo sea, la “confesi�n” antes citada del populista de Perm: ’Toda nuestra industria kustar est� entrelazada con los capitales privados”. Pero aun sin esta confesi�n, los datos del censo de kustares hablan por s� mismos con suficiente elocuencia.

p Segunda observaci�n. Felicitamos a los populistas por su defensa de la libertad de la industria. Pero hacemos depender esa 459 felicitación realizaci�n consecuente de esa defensa. ¿Es eme la “liberad de la industria" consistir� exclusivamente en harer derogar la. prohibici�n existente en los Urales pira abrir establecimientos cuva producci�n principal se basa en la combusti�n del carb�n, o de la le�a? ¿Es que la prohibici�n para el campesino de salir de la comunidad para dedicarse a cualquier oficio o empresa, no representa una limitaci�n mucho m�s esencial de la “libertad de la industria"? ¿Acaso la falta de libertad pira desplazarse, el ro reconocimiento por la. lev del derecho de cada ciudadano de elep�r romo lusar de residencia cualquier comunidad urban^ o rural del p^�s, no restri�a la libertad de la industria? ;Es oue el cerrado car�cter estamental de la comunidad rural v la imposibilidad de oue entren en ella personas que pertenecen a las clases comercial e industrial, no restringe la libertad de la industria?, etc., etc. Hemos mencionado las restricciones a la libertad de la industria m�s importantes, generales v difundidas que influyen sobre toda Rusia ’r en primer t�rmino sobre toda la masa campesina. Si las industrias "o-vnndp, mediana y peque�a" deben ser iguales en derechos, ¿acaso la intima, de ellas no debe recibir los mismos derechos a la enajenaci�n de tierras de que gozan las primeras? Si las leves mineras de los Urales son “trabas excepcionales que limitan el desarrollo patnral”, ¿acaso no son tambi�n "trabas excepcionales" la cauci�n solidaria, la no enajenaci�n de los nadiel, las leyes estamentales especiales y las normas de migraci�n, de trasferencia, de industrias y ocupaciones? ¿Es que no "limitan el desarrollo natural"?

p He aau� precisamente, el centro del problema: el populismo i-«n revelado tambi�n en este caso la indecisi�n y la dualidad t°n peculiarrs de toda ideolog�a Kleinb�rger  [459•* . Por un lado, los populistas no niegan que en nuestra vida existen numerosos vest¡e;ios ’V una. "organizaci�n del trabajo" que tiene su origen en la �po^a feudal y que se halla en la m�s flagrante contradicci�n con el r�crmen econ�mico actual, con todo el desarrollo econ�mico y cult’iral del pa�s. Por otro lado, no pueden dejar de ver que este r�gimen econ�mico y este desarrollo amenazan con pplastar al penue�o nrnductor, y, temiendo por la suerte de este palad�n de sus " ideahs”, tratan de frenar la historia, de detener el desarrollo, piden y ruegan oue "se prohiba" y "no se permita”, encubriendo este lamentable balbuceo reaccionario con frases acerca de la “ 460 reorganizaci�n del trabajo”, que han de sonar inevitablemente como una amarpa burla.

p Para el lector est� ya claro ahora, por supuesto, la objeci�n principal v b�sica que liaremos al programa pr�ctico de los populistas en las cuestiones de la industria moderna. Las medidas populistas son progresistas en cuanto forman parte o coinciden con la trasformaci�n denominada libertad de la industria (en el amplio sentido de la palabra) desde los tiempos de Adam Smith. Pero, en primer lugar, en ese caso no habr� en ellas nada “ populista”, nada que apove especialmente la peque�a producci�n y “los caminos especiales" para la patria. En segundo lugar, esto parte positiva del programa populista m’erde su fuerza y es adulterada P! sustituir la cuesti�n general v fundamental de la libertad de la industria por proyectos y medidas parciales y sin importancia. Pero como los deseos populistas contradicen la libertad de la industria al tratar de frenar el desarrollo contempor�neo, son reaccionarios e insensatos, y su realizaci�n s�lo puede acarrear perjuicios. Tomemos algunos ejemplos. El cr�dito. El cr�dito es una instituri�n que corresponde a una circulaci�n mercantil altamente desarrollada, de las mercanc�as y de los hombres. La “libertad de la industria" conduce inevitablemente a la creaci�n de instituciones de cr�dito comercial, a la desaparici�n del cerrado car�cter estamental de los campesinos, a su acercamiento a las cl°ses m�e usan m�s los cr�ditos, a la libre formaci�n de sociedades de cr�dito por los mismos interesados, etc. Por el contrario, ¿avi� valor pueden tener las medidas de cr�dito ofrecidas a los “mujiks” por los miembros de los zemstvos y dem�s “intelectuales”, cuando las lcves y las instituciones colocan al campesino en una situaci�n que exclnue la circulaci�n mercantil normal y desarrollada, en una situaci�n donde la responsabilidad material (base del cr�dito), es remplazada por algo mucho m�s f�cil, realizable, accesible y com�n.. . el vago en trabajo? En esas condiciones, las medidas tendientes a desarrollar el cr�dito seguir�n siendo siempre plantas ex�ticas, extra�as, trasplantadas a un terreno completamente inadecuado; ser�n un proyecto irrealizable, que s�lo pueden concebir ?o�’ idores intelectuales como Man�lov y funcionarios bienintencionados, del que se r�en y se reir�n los verdaderos traficantes de capital monetario. Para que no se nos diga que hacemos afirmaciones gratuitas, recordaremos la opini�n de Eg�nov (art�culo citado), a quien nadie puede acusar de... “materialismo”. Al hablar de los 461 almacenes de los kustares dice: “inclusive con la situaci�n local m�s favorable, el almac�n jfijo, y adem�s �nico en todo un distrito, no sustituye ni puede sustituir al comerciante, siempre en movimiento y personalmente interesado”. En cuanto al banco de kustares de Perm, leemos: para recibir un pr�stamo, el kustar debe presentar una rolicitud al banco o a un agente de �ste, y dar los nombres de los fiadores. El agente se traslada al lugar de residencia del kustar, comprueba su declaraci�n, recoge datos detallados acerca de su producci�n, etc. “y remite todo ese mont�n de papeles a la Direcci�n del Banco por cuenta del kustar”. Una vez decidida la concesi�n del pr�stamo, el Banco env�a (por intermedio de su agente o de la administraci�n del subdistrito) un contrato. Cuando el deudor lo firma (con el aval del jefe del subdistrito) y lo devuelve al Banco, �ste le gira el dinero. Si es un artel quien solicita el pr�stamo, hace falta una copia del contrato suscrito por sus componentes al constituirlo. Los agentes deben controlar que los pr�stamos sean invertidos precisamente para los fines que fueron concedidos, que los negocios de los clientes marchen bien, etc. “Es evidente que el cr�dito bancario no puede ser considerado en modo alguno asequible para los kustares; se puede afirmar con seguridad que el kustar prefiere con mucho m�s agrado suscribir un contrato de cr�dito con un rico de la localidad que someterse a todas las pruebas descritas, abonar los gastos postales, notariales y subdistritales, esperar meses enteros desde el momento en que necesit� el pr�stamo hasta el d�a en que lo recibe y estar vigilado durante todo el plazo en que debe amortizarlo” (p�g. 170 del art�culo citado). Lo mismo que es absurda la idea populista de no se sabe qu� cr�dito anticapitalista, son incoherentes, torpes y poco eficaces esas intentonas (con medios in�tiles) de hacer por mediaci�n de “intelectuales” y de funcionarios aquello que en todas partes y en todos los tiempos ha sido de la competencia de los comerciantes. Instrucci�n t�cnica. Creemos que ya no hace falta hablar de esto... Recordemos �nicamente el proyecto, digno de “eterna memoria”, de nuestro conocido escritor progresista se�or luzhakov, de establecer en Rusia las escuelas-granjas, para que los campesinos y las campesinas no pudientes paguen con trabajo el importe de su instrucci�n, sirviendo, por ejemplo, de cocineros y lavanderas   [461•* ... Arteles. Mas, ¿qui�n ignora que los obs- 462 t�rnlos fundamentales para su generalizaci�n residen en las tradiciones de esa misma “organizaci�n del trabajo”. refHada tamb�n en las leyes mineras de los Urales? ¿Qui�n ignora eme la realizaci�n completa de la libertad de la industria conducir� por doquier a un florecimiento y un desarrollo sin precedentes de las uniones v agrupaciones de todo g�nero? Resulta extraordinariamente c�mico ver que el populista intenta presentar a su contrincante cono enemigo del artel, de la uni�n, etc., en general. ¡Eso s� ctue es descargar las culpas propias en cpbez^^0^^ ai^na! El rrHo del nroblema reside en que para buscar la idea de la uni�n v los medios para realizarla no hay que mirar hacia atr�s, al pasado, a la artesan�a patriarcal y a la peque�a producci�n—m�e engendran entre los productores el m�ximo aislamiento, la disnevsi�n v la ignorancia, sino hacia adelante, al futuro, hacia el desarrollo del gran capitalismo industrial.

Coloremos perfectamente el ol�mpico desprecio que siente el populista por este programa de pol�tica, industrial, opuesto al snvo propio. ¡“Libertad de la industria"! ¡Qu� deseo burgu�s m�s viejo, estrecho y manchesteriano^^52^^   [462•* ! El populista est� seguro de que esto constituye para �l un �benonndener StanrJ.’piinkt  [462•** , de que ha logrado situarse por encima de los intereses transitorios v unilaterales que sirven de base a sus deseos, de que ha sabido elevarse hasta alcanzar ideas m�s profundas y puras acerca de la “organizaci�n del trabajo"... En realidad, lo �nico m�e ha hecho es descender de la ideolog�a burguesa progresista a la ideolog�a peque�oburguesa reaccionaria, que vacila irrpotente entre el af�n de acelerar el desarrollo econ�mico contempor�neo v de contenerlo, entre los intereses de los peque�os patronos v los intereses del trabajo. En la cuesti�n que nos ocupa, estos �ltimos coinciden con los intereses del gran capital industrial.

* * *
 

Notes

[452•*]   El Estudio habla tambi�n con gran �nfasis de la utilidad de la comunidad rural y de los perjuicios que encierra la “libertad de movilizaci�n" de la propiedad de la tierra, lo que conducir�a, seg�n ellos, a la aparici�n del “proletariado” (pag. 6). Esta ant�tesis de la comunidad—la libertad de movilizaci�n de la tierra—acent�a precisamente el rasgo m�s reaccionario y perjudicial de la “comunidad”. Ser�a interesante saber si se encontrar�a, aunque fuera en un solo pa�s capitalista, un “proletario” con un salario de 33 o de 50 rublos al a�o que no fuese incluido entre los indigentes.

[453•*]   Y que este camino actual consiste en el desarrollo del capitalismo no lo niegan, por lo que sabemos, ni siquiera los propios populistas, ni el se�or N.-on, ni el se�or V. V., ni el se�or luzhakov, etc., etc.

[455•*]   Oo. XVI, p�gs. 594-595. Citado en el lihro La industria kustar. 1, 140.

[455•**]   V�ase La industria kustar, I, 18-19; Estudio, p�gs. 222, 223. 244; Informes y estudios relativos a la industria de los Gustares, edici�n del ministerio de Bienes del Estado y de Agricultura, art�culo de Eg�nov en el vol. III. Al publicar el art�culo de Eg�nov, el ministerio advierte en una nota aue las opiniones del autor "discrepan esencialmente de los rjuntos de vista y de los datos del Departamento de Minas”. En el distrito de Krasnoufimsk. por ejemplo, fueron clausuradas cerca de 400 herrer�as en virtud de las leyes citadas. V�ase Trabajos de la Comisi�n investigadora de las industrias de kustares op. XVI, art�culo de V. Belov: La industria kustar de los Urales en relaci�n con la industria minera. El autor informa que los kustares esconden sus m�quinas llevados por el temor a las severas leyes. ¡Un kustar construv� un horno de fundici�n sobre ruedas para poder ocultarlo con mavor facilidad! (p�g. 18 del art�culo citado).

[456•*]   Las f�bricas “de posesi�n" se levantaban en terrenos cedidos por el Estado junto con los campesinos, ex siervos del Estado, que formaban un todo con el inmueble y en el cual trabajaban como obreros. Las f�bricas pertenec�an a particulares sobre la base de un “derecho de posesi�n" ( restrineido) implantado por un ukase de Pedro I (1727) y s�lo pod�an ser vendidas junto con los campesinos-siervos con la autorizaci�n del ministerio del qvie depend�an. Este tipo de “posesi�n” fue abolido en 1861 junto con el r�gimen de servidumbre.

Los “campesinos de posesi�n" eran una categor�a de campesinos explotados en la Rusia feudal de los siglos xvm y xix. Eran utilizados como mano de obra servil en las manufacturas y s�lo pod�an ser vendidos junto con �stas. (Ed.)

[456•**]   Permskie Gubi�rnskie Vi�domosti (“Anales de la provincia de Perm”), peri�dico oficial que apareci� en Perm, primero como semanario y luego como diario, de 1838 a 1917. (Ed.)

[456•***]   Como explicaci�n para el lector, se�alaremos que la estad�stica de nuestra industria minera ha hecho constar ya muchas veces que, en comparaci�n con el producto obtenido, la cantidad de obreros ocupados en los Urales es much�simo mayor que en las zonas mineras del sur o de Polonia. Los baios salarios—resultado de la fijaci�n de los obreros a la tierra—mantienen a los Urales en un nivel t�cnico incomparablemente inferior al del sur y de Polonia,

[457•*]   Referencia a la f�bula de I. Jemnister El metaf�sico, cuyo personaje central es un fervoroso admirador de la teor�a pura. (Ed.)

[459•*]   Peque�oburguesa. En alem�n en el original. (Ed.)

[461•*]   V�ase el art�culo siguiente. (Presente tomo, p�gs. 463-496. Ed.)

[462•*]   Habr� gente, sin duda, oue piense que la “libertad de la industria" excluye med’das como las leyes fabriles, etc. Por “libertnd de la industria" Sfi entiende la eliminaci�n de los obst�culos, heredados del r>nsndo, ron que choca el desarrollo del capitalismo. Por su parte, la legislaci�n fabril lo mismo eme las dem�s medidas de la llamada SozialnoUtik [pol�tica social. Ed.] contempor�nea, presunone un profundo desarrollo del capitalismo y, :i su vez. impulsa ese desarrollo.

[462•**]   Punto de vista superado. (Ed.)