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EXPLORACIÓN
DE LA CUENCA DEL RIO
LA PLATA
 

JESUÍTAS Y PAULISTAS

p Los historiadores de agrología del siglo XIX son unánimes en afirmar que los jesuítas obtuvieron mucho mejores resultados que los destacamentos armados en el sometimiento de los indios que habitaban en los valles del bajo Paraná y del Paraguay y en las estepas y "bosques ralos" del Gran Chaco. Pero en el Brasil tuvieron que vencer obstáculos políticos que no encontraron ni en Hispanoamérica ni en el Canadá francés, donde se habían fijado las mismas metas. En consecuencia, no sólo sucumbió su obra en Sudamérica, sino que se infligió, además, un demoledor golpe a la propia Compañía de Jesús, y el golpe vino de Lisboa, capital del Estado católico más reaccionario.

p Los jesuítas convertían a los indios al cristianismo apoyándose, concretamente, en el decreto del papa Pablo III de 1537, según el cual eran proclamados "hombres verdaderos, capaces de profesar la fe católica y recibir los sacramentos”. Pero en la mayor parte de las iglesias se les negaba la comunión, alegando "su estupidez innata, su ignorancia y su maldad" (M. Dobrizhoffer). Los plantadores organizaron bandeiras para capturar y reducir a la esclavitud tribus enteras, ya que los esclavos africanos eran caros.

p Los jesuítas, que agrupaban a los indios en comunas cristianas cuyos miembros, según las leyes portuguesas vigentes a la sazón, no podían ser reducidos a la esclavitud, eran acusados por los plantadores paulistas de atentar al patrimonio colonial y hacían cuantos esfuerzos podían para arrebatarles esa mano de obra. Los paulistas les tenían tanto odio como a los “forasteiros”. Por lo demás, la organización de los jesuítas daba pie para acusarlos de forasteros, pues los religiosos de esta Compañía se consideraban a sí mismos hijos de la Iglesia católica, es decir, universal, y no subditos de este o aquel Estado, incluido el portugués, aunque hubiesen nacido en él. Los jesuítas eran odiados, en tanto que peligrosísimos competidores, por sus "hermanos de armas”, monjes de otras órdenes y el clero secular. Los franciscanos, los dominicos y otros “frais” y “padres” se ponían siempre del lado de los paulistas y los cazadores septentrionales de esclavos, instigaban el odio de los legos a los jesuitas, expulsaban a éstos y a sus 294 feligreses indios de las iglesias y bendecían la reducción de éstos a la esclavitud.

p Cuando los jesuítas lograron formar, en fin de cuentas, entre los cursos medios del Paraná y el Uruguay algo así como un Estado teocrático, la riqueza de la misión, en torno de la cual habíanse reunido centenares de miles de agricultores indios, fue conscientemente exagerada por sus enemigos. Pero es un hecho histórico el que los jesuítas lograron hacer trabajar en plantaciones de cultivos especiales y en campos de pan, bajo su vigilancia, a los indios de las tribus que preferían morir antes que trabajar para los plantadores laicos.

Los primeros jesuítas llegaron a Bahía en 1549 y se establecieron entre los indios del litoral. Desplegaron su actividad de norte a sur, a lo largo del San Francisco, hasta las fronteras de la provincia de San Paulo. Las comunas cristianas indias que los jesuítas organizaron alrededor de sus misiones surgieron con asombrosa rapidez en la franja oriental de la Meseta del Brasil, principalmente en la cuenca superior del Paraná.

LOS JESUÍTAS EN LA CUENCA DEL PARANÁ

En los años 90 del siglo XVI fueron enviados cinco jesuítas, entre los que se encontraban el portugués Ortega y el escocés Fields, a “civilizar” a los indios del sudeste del Brasil. Estos habían recorrido durante varios años las selvas y sabanas de las cuencas del Paranapanema y otros afluentes del Paraná superior, fundaron allí dos misiones y, en la zona del Guaira, bautizaron a miles de guaraníes. El éxito movió al gobierno español a entregar oficialmente a la Compañía de Jesús "la solución del problema de los indios del La Plata": le fue concedido todo el poder eclesiástico y seglar y, además, se prohibió a los españoles, bajo severas penas, penetrar en los territorios de las misiones. Ahora bien, las misiones debían establecerse no en "tierra de paz”, es decir, no en posesiones de colonos, sino en "tierra de guerra”, o aún por conquistar, donde no había poblados españoles. Así se conciliaban sobre el papel los bandos rivales: para los jesuitas se abría vasto campo de acción, y los seglares no sufrían ningún daño. La "conquista espiritual" era declarada en este decreto único medio legal de ampliar las fronteras de la colonia. Para someter a los indios se levantó una línea de misiones jesuíticas mantenidas por la Compañía que, además, pagaba a la corona cierta suma por cada alma convertida al cristianismo, y no una línea de fuertes que exigía grandes gastos. "Huelga demostrar cuan ventajoso era este 295 sistema para el Gobierno”, escribe el historiador Boehmer. "Y huelga demostrar también cuan ventajoso era este sistema para los propios jesuitas”, decían sus enemigos de todas las creencias, incluidos los católicos.

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p En 1610 se fundó la primera reducción o, como suelen decir hoy, “reservación”, y, siendo más exactos, campo de concentración para indios, pero sin alambradas. Diez años después, en el territorio de Guaira, en la margen izquierda del Paraná medio, los “padres” tenían ya 13 grandes poblados en los que residían unos 100.000 indios conversos. Entonces los jesuitas afrontaron el establecimiento de la segunda provincia de misiones en la margen derecha del Paraná medio, desde donde penetraron, en los años 20, en la región situada entre los ríos Paraná y Uruguay medio.

p A partir de 1624 los jesuitas comenzaron a afianzarse en la orilla izquierda del Uruguay con el fin de abrirse paso al sur, 296 hacia el mar, a través de este río. Ya en 1630 los jesuítas poseían en la cuenca del La Plata cuatro vastas comarcas con veintisiete reducciones: la de Guaira, en la orilla izquierda del Paraná, la de la margen derecha del Paraná medio, que ya era denominada por entonces país del Paraguay, la de Entre Ríos, y, por último, la de la orilla izquierda del Uruguay. Pisando literalmente los talones a los jesuítas, desde el este y el noreste avanzaban sus enemigos, los paulistas. Las reducciones de los jesuítas parecieron a estos “mamelucos” integrados en bandeiras "magníficos territorios para su espantosa industria de la caza y, en honor de la verdad sea dicho, sabían cautivar esclavos mejor aún que almas los jesuítas" (H. Boehmer).

p Empujados por los paulistas, los jesuítas desalojaron Guaira y se replegaron al sur, Paraná abajo y hacia el Uruguay. Según datos del padre Montoya, durante la retirada de Guaira él llevaba a su cargo a 12.000 indios, que recorrieron unos 1.200 kilómetros hasta el lugar elegido para un nuevo poblado; por el camino murieron 8.000. Sin embargo, los paulistas tampoco dejaron allí en paz a la misión. Desde 1635 fueron apareciendo, casi todos los años, en la orilla izquierda del Uruguay, destruyendo y saqueando las nuevas “reducciones” y llevándose cautivos a los indios. Entonces la Compañía de Jesús logró, al fin, de España el permiso para armar a los indios y formar con ellos tropa regular. Eso protegió las misiones contra la incursión de paulistas del este. Pero la Compañía hubo de perder la esperanza de ampliar su territorio hacia el este, hasta el océano  [296•34 . El Estado de los J e s u i t a s quedó cortado del mar y no pudo extenderse taTnpoco al sur, ya que las orillas del La Plata, donde los indios hacía tiempo que habían sido exterminados, estaban consideradas por la metrópoli como "tierra de paz”. Digamos de paso que la superficie de la región donde los jesuitas tenían poder ilimitado medía 180.000 kilómetros cuadrados; habría allí hasta treinta poblados que alejaban a mediados del siglo XVIII a unos 100.000 indios.

p ¿Cómo explicar el éxito de las prédicas de los jesuitas entre los “salvajes”, en tanto que los frailes de otras órdenes obtenían resultados insignificantes? La respuesta debe buscarse en las fuentes de la historia procedentes de enemigos declarados o de observadores neutrales, contemporáneos de ellos, o de exploradores 297 que visitaron las misiones después de la expulsión de los jesuitas y conversaron con los moradores de raigambre, y no en las cuentas rendidas de los propios jesuitas, que invocaban el amparo de la virgen María.

p Los jesuitas enviaban a indios ya conversos y especialmente adiestrados a explorar las rutas más cómodas que llevaban adonde se encontraban sus hermanos paganos de las selvas o las sabanas, se granjeaban la confianza de éstos y les contaban la tranquila y regalada vida que llevaban. Luego, cuando los “salvajes” ya estaban preparados, llegaban los “padres” en persona. Para "captar almas" hacían valiosos regalos a los jefes, y a los demás les daban cuchillos, cascabeles, “quincallerías” y, cuando el terreno ya estaba abonado, camisas bautismales. Los jesuitas se llegaban a los lugares de estacionamiento de los cazadores y recolectores nómadas de frutos y plantas silvestres o entraban en los poblados de los agricultores y pescadores al son de violines, flautas o incluso de pequeñas orquestas: "No tardaron en darse cuenta de que a los indios les gustaba la música más que otra cosa y aprovecharon con habilidad esa inclinación”. Una vez bautizado en masa y civilizado espiritualmente el rebaño de indios, llevaban a los nómadas a la zona de las viejas misiones, o a poblados de indios sedentarios, si éstos eran bastante grandes, u organizaban en grupos de poblados el centro de otra misión.

Esa era la marcha ordinaria de la "conquista espiritual" hasta que España concedió el permiso de formar tropas de indios para hacer frente a los colonos organizados en bandeiras. Entonces no sólo detuvieron a los paulistas, sino que pasaron a la ofensiva contra los indios que se negaban a adoptar de grado la fe cristiana. "Bien es verdad que, a partir del siglo XVIII, los jesuitas... hacían a veces entradas en los territorios poblados por paganos —escribe Boehmer—, y durante esas correrías los paganos, sobre todo sus hijos, eran capturados prisioneros y llevados varias jornadas de camino de sus viviendas. Así pues, la "caza de almas" obtuvo cierta semejanza con la caza de hombres que practicaban los viejos bandeirantes de la provincia de San Paulo”.

VIAJE DE SEPP AL ESTADO DE LOS JESUÍTAS

p El jesuíta tirolés Antonio Sepp, enviado a una de las misiones del La Plata, dejó una valiosa descripción de la misma por dar una idea clara de la vida de los indios bajo los auspicios de los misioneros y estar escrita por un miembro de la Compañía y no 298 por un calumniador de los jesuítas  [298•35 . El viaje de Sepp al interior del continente comenzó el 1 de mayo de 1961 desde una "bahía solitaria" de la orilla septentrional del La Plata, donde el tirolés encontró a veinte religiosos de su Compañía que dirigían una de tantas expediciones mercantiles para llevar en doce grandes barcas con trescientos remeros indios a Buenos Aires producción manufacturera y agrícola de la misión y traer a ésta hierro y sal, las dos únicas mercancías que necesitaban (en tiempos de Sepp se organizaba una expedición anual de este tipo).

p La ruta iba aguas arriba del Uruguay. Las barcas, parecidas a balsas, eran de fondo plano, se desmontaban fácilmente y podían levantarse sin gran esfuerzo para sortear bajíos y barras o sacarlas a la orilla para bordear los reciales. En cada barca había un camarote para dos o tres personas. "Los padres pueden rezar, leer y escribir tranquilamente en ellas. .. porque los trescientos remeros indios... no cantan, ni gritan, ni hablan. Impulsan a fuerza de remo la pequeña flotilla corriente arriba en medio de un silencio de ultratumba...” La navegación duró cuatro semanas, y en ese tiempo Sepp no vio una sola vez indicios de viviendas. Pasado un majestuoso recial, barrera natural que defendía del sur a los jesuítas, comenzaba el territorio de la misión. El 1 de julio Sepp vio en una loma de la margen izquierda del Uruguay una ciudad protegida con muros y un foso, la de Yapeya  [298•36 , por entonces residencia del "gran padre”, jefe de todas las misiones del La Plata.

p Una extensa superficie plantada de palmeras estaba rodeada por todas partes de construcciones de piedra y madera: una iglesia inmensa y los edificios de un seminario y manufacturas, donde los indios hilaban y tejían, confeccionaban prendas, hacían vajilla, herramientas, objetos del culto y hasta relojes y tipos de imprenta para componer libros de contenido eclesiástico, que también estampaban. Al lado estaban los almacenes, el arsenal, el hospital, la cárcel y la oficina del corregidor indio. Y a cierta distancia, grupos de cabanas de barro situadas en cuadrados regulares. En cada habitación se apiñaban familias numerosas con perros, gatos, ratas y ratones, amén de miles de cucarachas...”, y la " insoportable fetidez de estas cabanas dio náuseas" a Sepp. En 299 cambio, "en el cementerio crecen naranjos, limoneros y palmas”, los “padres” tienen a su disposición jardines, viñas y huertos. Fuera de la ciudad hay plantaciones de tabaco, algodón, caña de azúcar y trigales pertenecientes a la Compañía; todo se mantiene en un orden ejemplar; los campos de riego entregados a los indios se encuentran entre las plantaciones y "ofrecen un aspecto miserable”.

p “Excepto los vestidos de las mujeres, muy baratos por cierto, todo lo que utilizan los cristianos... incluso el único cuchillo que recibe el joven matrimonio cuando monta su propio hogar, es propiedad de Dios”. Los niños y los adultos estaban siempre vigilados. A las niñas les enseñaban a hilar y tejer, y a los niños a leer y escribir en la lengua de los guaraníes; estaba rigurosamente prohibido enseñarles el español para que no pudieran relacionarse con los seglares. Los matrimonios se contraían a indicación de los “padres”; en tiempo de Sepp, la edad matrimonial era de 14 años para las chicas y 16 para los chicos a fin de que "los adolescentes no incurrieran en el pecado carnal" (para finales de la dominación de los jesuítas se disminuyó el tope de edad matrimonial a 11 y 13 años respectivamente).

p El indio cristiano tenía prohibido, so pena de muerte, salir de los límites del territorio de la misión, si no era enviado por los “padres”. Tenía que trabajar cuatro días a la semana "para Dios”, y los otros dos para él, si no coincidían con alguna fiesta. Por la mañana, después de oír misa, los indios salían formados en partidas, cantando oraciones, a trabajar a los campos. Por la tarde volvían de la misma guisa a la ciudad. Se pasaban las fiestas rezando o disfrutando de "castas diversiones y entretenimientos”, principalmente oyendo música eclesiástica. Bailar estaba prohibido.

p Inseparablemente ligados a los cuidados paternales por los feligreses iban los castigos paternales por las mínimas faltas. Según expresión de los historiadores de la Compañía de Jesús, "los padres dejaban a los pieles rojas en estado de infantilismo perpetuo”. Y cuando estos “niños” cometían, desde el punto de vista de los “padres”, delitos, los ponían en la picota, los azotaban, los encerraban en mazmorras y, en todos los casos, les hacían ayunar y arrepentirse públicamente, como manda la Iglesia.

Recordemos que Sepp habla de una misión ejemplar que, en sus tiempos, era “capital”. Otras misiones de la cuenca del La Plata podían ser más pobres, tener menos producción propia para abastecerse; pero los jesuítas las organizaban en todas partes como empresas que debían rendir, y por regla general rendían, ingresos no pequeños para aquellos tiempos.

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RESULTADOS GEOGRÁFICOS DE LA LUCHA
POR LA CUENCA DEL RIO LA PLATA

p El resultado geográfico más importante de la lucha entre paulistas y jesuítas fue que la parte meridional de la Meseta del Brasil y, en general, la cuenca del La Plata al este del Paraguay y el Paraná inferior fue en el siglo XVII la parte más explorada del continente. Fueron descubiertos y recorridos en toda su longitud los dos grandes ríos que forman el Paraná: el Paranaíba (cerca de 900 km) y el Río Grande (más de 1.200 km) que nace en las laderas septentrionales de Serra de Mantiqueira, cubierta de selva (su cumbre, Agulhas Negras, de 2.821 metros es, por su altura, la segunda de la Meseta del Brasil). Se exploró todo el Paraná medio hasta su confluencia con el Paraguay (como sabemos, el Paraná inferior fue recorrido varias veces ya en el período de la conquista). Además del Iguazú, conocido desde 1542, se descubrieron y exploraron todos los afluentes grandes por la izquierda del Paraná: el Tieté, el Paranapanema, el Ivai y el Pequiri. Claro que eso se hizo con guías, remeros y mozos de cuerda indios que cargaban con los fardos y las ligeras embarcaciones para bordear los numerosos reciales.

p El Uruguay, mejor dicho, su curso bajo, se conocía desde la navegación de Sebastián Cabot. Los jesuítas y los bandeirantes exploraron todo el Uruguay (1.650 km), descubrieron sus grandes tributarios Ibicui y Río Negro y cruzaron en distintas direcciones Serra Geral, extremo sudoriental de la Meseta del Brasil. Sin embargo, los bandeirantes denominaron Río Grande del Sur al breve Jacui, que ellos descubrieron, y no al Uruguay. El Jacui fluye desde Serra Geral al sur, tuerce al este a los 30° de latitud sur y, en la desembocadura, forma la laguna de los Patos, de una superficie de más de 10.000 km2, de manera que en el curso bajo parece un río inmenso (la laguna y el río juntos miden 700 km nada más). Una vez descubierto este río, los bandeirantes fueron al sur y al oeste hasta el Uruguay medio.

p En 1680 los paulistas fundaron en la orilla septentrional del La Plata, cerca de la desembocadura del Uruguay, la factoría de Sacramento, que fue objeto de acalorada disputa entre España y Portugal ya que, sin ningún género de dudas, se encontraba al oeste de la línea de demarcación de 1494. Al intentar unir Sacramento por vía fluvial con la colonia establecida junto a la laguna de los Patos, la bandeira de paulistas salió en 1715 de la orilla de la laguna rumbo a oeste. Pero a su encuentro avanzaban desde Río Grande del Sur partidas armadas de indios conversos 301 al mando de jesuítas que deseaban, como ya sabemos, obtener una salida, controlada por ellos solos, al mar. No se llegó a desencadenar una guerra. Los bandeirantes se replegaron, Lisboa mandó una nota de protesta a Madrid, y los jesuítas se vieron obligados a retroceder a la orilla izquierda del Uruguay medio.

p La cuenca del Río Negro, eje geográfico de la actual república del Uruguay, y la franja de litoral comprendida entre el La Plata y el Río Grande del Sur, quedaron de hecho el territorio "de nadie”, si bien los brasileños seguían pretendiendo a él, y en 1724 comenzaron a construir al este de Sacramento la ciudad de Montevideo. Los españoles de Buenos Aires los expulsaron de allí y acabaron de construir Montevideo en 1726, dejando cortado definitivamente a Sacramento de Río Grande del Sur.

p En los años 30 proseguían los choques motivados por la disputa en torno a Banda Oriental; en 1737 se decidió conservar temporalmente la situación creada hasta que fue regulada por el Tratado de Madrid del 13 de enero de 1750. La línea de demarcación hispano-portuguesa de 1494 fue anulada definitivamente: en lugar del "meridiano papal”, frontera matemática, ambas partes proclamaron el establecimiento de fronteras naturales, por las que se reconocían "las fuentes y los cauces de los ríos y las grandes montañas”.

p La descripción de las fronteras en el tratado es testimonio de lo bien que se conocían en 1750 los sistemas del Paraná y del Uruguay y las divisorias entre ellos y los ríos brasileños de la zona del litoral. Al sudeste, la frontera comenzaba junto a la "Laguna Castellana”, o sea, la Laguna Mirim, al sur de la de los Patos, que comunica con ella por un angosto brazo (por consiguiente, Portugal renunciaba a la orilla del La Plata, incluida la colonia de Sacramento). Luego la frontera seguía por la divisoria del Río Negro y los otros ríos que mueren en la laguna de los Patos, desciende por el Ibicui hasta el Uruguay y sube por éste y el Pepiri Guazú hasta sus fuentes; pasa por una baja divisoria al Iguazú y, por éste, baja al Paraná. Se eleva por el Paraná y su afluente derecho, el Igurey (Iguatemi), hasta su nacimiento; pasa por la Serra de Amambay, que hace de divisoria, y desciende por el Api, tributario del Paraguay, y, finalmente, asciende por éste hasta la desembocadura del Jaurú, es decir, hasta el extremo meridional de la meseta de Mato Grosso. El sector siguiente quedaba sin explorar, y la frontera convencional pasaba en línea recta desde el Jaurú, al oeste, hasta los cursos superiores de los afluentes izquierdos del Guaporé, del sistema del Amazonas.

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p La margen derecha del Paraguay, excepto las fuentes, pertenecía indiscutiblemente a España, y los bandeirantes no iban allá. El propio Paraguay era una vía fluvial bien explorada desde mediado el siglo XVI, pero de sus afluentes derechos no se conocían más que el Pilcomayo y el Bermejo. De los tributarios derechos del bajo Paraná, los españoles habían explorado en el siglo XVII el río Salado, por cuyo valle pasaba la ruta comercial a Chile.

Los jesuítas llegaron al Gran Chaco, en la margen derecha del Paraguay, por los años 90 del siglo XVII. Y en los años 20 del siglo XVIII fundaron varias misiones de indios chiquitos entre los 16° y 19° de latitud sur. Cuando los hubieron “ apaciguado”, los jesuitas dejaron expedita la ruta comercial entre las misiones peruanas y laplateñas. Más al sur sometieron a los abipones (1747) y los reunieron en varias misiones del curso bajo del Bermejo. Los descubrimientos geográficos de los jesuitas en la margen derecha del Paraguay fueron insignificantes. En cambio, uno de los jesuitas, el austríaco Martin Dobrizhoffer, se dio a conocer por la descripción que hizo de los abipones (Historia de los abipones, Viena, 1784), que es una de las fuentes más importantes para estudiar la vida de los indios del Gran Chaco de fines del período colonial, cuando ya montaban a caballo.

AZARA, PRIMER EXPLORADOR CIENTÍFICO
DEL RIO LA PLATA

p Los cabecillas de las bandeiras eran, en el mejor de los casos, medio analfabetos. Los jesuitas, aun los más instruidos, no tenían interés por las ciencias naturales. Destacaban entre ellos algunos lingüistas y etnógrafos, pero apenas había naturalistas. Dedicados a la caza de esclavos y a la "captura de almas”, los paulistas y los jesuitas llegaron a conocer bastante a fondo, como ya hemos visto, la red fluvial y el relieve de la cuenca del La Plata al este del Paraguay y nada más. Sus predecesores, los españoles, obtuvieron durante la conquista del bajo Paraná y del Paraguay y durante las búsquedas de camino a las "montañas de plata”, una idea de lo más general del Gran Chaco y de la depresión del río La Plata.

El primer geógrafo que puso comienzo a una vasta exploración científica de. la cuenca del La Plata fue el militar español Félix de Azara. En 1781, cuando tenía 35 años, fue enviado a prestar servicio a Buenos Aires y trabajó en diversas zonas laplateñas hasta 1802. No se limitaba a reunir mapas, datos y otras fuentes topográficas de archivos sobre la 303 red fluvial de ese extenso territorio, si bien realizó una labor extraordinaria en este sentido. Dirigió personalmente trabajos de topografía en la zona oriental de la cuenca del bajo Paraná y en la margen izquierda del Paraguay y Paraná. Se pasó montado a caballo la mayor parte de los veinte años que permaneció en el país, cumpliendo distintas misiones y reuniendo por afición datos de historia natural. Viajó por Entre Ríos y la depresión del La Plata, en la zona tropical y en la templada, y dejó una descripción múltiple de la Pampa Húmeda y Seca y del Chaco Austral. Su Viaje a través de la América Meridional, obra clásica en cuatro volúmenes (con atlas), se publicó en París en 1809.

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Notes

 [296•34]   En 1640 los paulistas expulsaron a los jesuitas de su provincia, y en 1653 les permitieron volver con la condición de que no se inmiscuyeran en las relaciones entre colonos e indios.

 [298•35]   Por indicación de H. Boehmer, la descripción de Sepp fue publicada en 1768 en Nuremberg en forma de anexo a la versión alemana de la Historia del Paraguay del explorador jesuita francés Francois Xavitr de Charlevoix.

 [298•36]   En los mapas del siglo XX se lee Yapega; allí, cerca de la desembocadura del río Ibicui, están las ruinas de la misión de los jesuítas.