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LA INQUISICIÓN EN EL SIGLO XX
 

p A fines del siglo XIX surgió entre los clérigos y los creyentes una corriente por la renovación de la Iglesia, por su adaptación activa a las condiciones de la sociedad capitalista moderna. Esa corriente se conoce con el nombre de modernismo.

p El modernismo, entre cuyos enemigos acérrimos figuraba Pío X, no fue una doctrina única. Revisando los postulados teológicos tradicionales, los modernistas consideraron la religión como cuestión de conciencia, como algo que crea el propio hombre. En opinión de algunos, los ritos eclesiásticos no cuadraban con el cristianismo, y las revelaciones bíblicas eran leyendas; ellos negaron que los dogmas fueran verdades eternas, y la Iglesia, una 377 institución divina. Otros no reconocían la potestad suprema del Papa y su infalibilidad, y hasta rechazaron la divinidad de Cristo y los milagros que se le atribuían, así como el dogma del pecado original y la doctrina acerca de la existencia del infierno y de los suplicios de ultratumba. Las posiciones de los modernistas tenían muchos puntos de contacto con las sustentadas por los teólogos protestantes. En política, los modernistas compartían los criterios del radicalismo cristiano; también había entre ellos adeptos del socialismo cristiano  [377•45 .

p La rápida extensión del modernismo en Francia (Pío X lo llamó "enfermedad francesa”), Italia, Alemania, Inglaterra y los EE.UU. amedrentó seriamente a los jerarcas eclesiásticos italianos, en cuyo medio eran fuertes las tradiciones medievales. Los clérigos italianos, que controlaban el aparato central de la Iglesia Católica -la curia romana- y, según la tradición establecida, eligían de su propio medio al Papa, temieron que la victoria de las tendencias modernistas los privaría de su posición privilegiada en la Iglesia. El gobierno de Pío X se singularizó por una lucha encarnizada contra los herejes de comienzos del siglo XX: modernistas y católicos sociales.

p Pío X dedicó una atención particular a las actividades de la Congregación de la Inquisición, movilizándola para la lucha contra el modernismo. Una de las primeras actas del nuevo Papa fue el decreto Romanis Pontificibus del 17 de diciembre de 1903, por el que encargó al Santo Oficio de seleccionar candidatos para los cargos episcopales, y al cabo de poco tiempo le encomendó también la concesión de indulgencias.

p El decreto pontificio Lamentabili, publicado el 3 de julio de 1907, condenó las concepciones modernistas v, anatematizó 65 errores del modernismo. La encíclica Pascendi gregis, del 8 de septiembre del mismo año, lo hizo aún con mayor amplitud, ordenando instituir en todas las diócesis de la Iglesia Católica los "comités de vigilancia" para perseguir la actividad y los escritos de los modernistas.

p Por indicación directa de Pío X se fundó una organización secreta denominada Comunidad pía (Sodolitium Pianum), que también se conoce con el nombre de Sapinier; esa 378 entidad dirigida por el prelado Beninni, hombre de confianza del sumo pontífice, atisbo y vigiló a todos los jerarcas eclesiásticos, sin exceptuar a los cardenales, para saber si no simpatizaban con el modernismo. En la Iglesia volvió reinar una atmósfera de miedo, sospechas recíprocas, denuncias, acusaciones anónimas e intrigas. Los jerarcas culpables eran destituidos, perseguidos por la Congregación de la Inquisición y, en caso de “impenitencia”, excomulgados y anatematizados. En 1910, Pío X implantó el juramento antimodernista (“juramento de fidelidad a la fe”), que debían prestar obligatoriamente los profesores de las Facultades de Teología católicas, los clérigos antes de recibir el grado siguiente, todos los empleados de las curias episcopales y de las instituciones vaticanas, los predicadores y las cabezas de las congregaciones monacales. Al mismo tiempo, las protestas contra los métodos inquisitoriales de persecución de’ los disidentes obligaron al Papa a cambiar, por ser odioso, el nombre de la Santa Congregación de la Inquisición romana y universal. En virtud de la constitución del Sapienti Concilio del 29 de junio de 1908, se denominaba desde entonces Santa Congregación del Santo Oficio. Pero no por ello cambió el carácter de su actividad, pues bajo el nombre nuevo seguía ejerciendo su vieja función de combatir todo lo progresista dentro y fuera de la Iglesia.

p Pío X contempló con mucho recelo el desarrollo de los amplios movimientos democristianos en pro de las reformas democrático-burguesas. En Italia, ese movimiento propugnó la participación activa de los católicos en la vida política del país, contrariamente a la orientación del Vaticano al boicoteo del Estado italiano. Además, el sumo pontífice quiso impedir a la posible influencia socialista en las filas del movimiento.

p En 1906 propuso disolver la organización católica de masas Opera dei congressi y excomulgó al sacerdote Rómulo Murri, líber democristiano, incluyendo sus escritos en el índice de libros prohibidos. En 1910 sufrió represiones análogas la organización democristiana francesa Sillón. fundada en 18S9 por un grupo de católicos con Marc Sangniers a la cabeza, que se manifestaba por la reconciliación de la Iglesia con la república y contra la alianza de aquélla y la reacción. Esa entidad dejó de actuar por orden de Pío X.

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p Los escritos de los modernistas fueron a parar al índice de libros prohibidos. Corrieron esta suerte todas las obras del abad francés Alfred Loisy, el libro Historia antigua de la Iglesia de Louis Duchesne, los trabajos Los dogmas católicos, La verdad divina del cristianismo y Los tiempos nuevos y la fe antigua de Hermann Schell, etc.

p Al tiempo que reprimía drásticamente las tendencias democráticas en la Iglesia y en el movimiento clerical, Pío X prosiguió la política de su predecesor, León XIII, encaminada a vigorizar la alianza con la gran burguesía de Italia y otros países. En Italia, el Vaticano vio con buenos ojos las medidas represivas tomadas por el Gobierno contra los trabajadores que luchaban por sus derechos. Aprobó la ocupación de Trípoli por Italia en 1911 y participó en el saqueo de esa nueva colonia italiana a través del Banco di Roma vaticano. Pío X apoyó también las anexiones coloniales de Francia, pero a principios del siglo XX tuvo un conflicto agudo con el Gobierno francés, que desembocó en la ruptura de las relaciones diplomáticas entre Francia y el Vaticano en 1904. Para atizar el fanatismo religioso de los católicos franceses, el Vaticano canonizó en 1909 a Juana de Arco, quemada en tiempos pasados por fallo del tribunal de Inquisición.

p El odio a la Francia republicana echó a Pío X en brazos de Alemania y Austria. Después del comienzo de la primera guerra mundial confió manifiestamente en la victoria de las potencias de Europa Central sobre la Francia y la Italia “ateas”; en cuanto a esta última, no le había perdonado todavía el haber arrebatado a la Santa Sede su poder seglar en 1870.

p Pío X no llegó a ver los resultados de aquel conflicto bélico mundial, pues murió poco después de su comienzo. El nuevo Papa, Benedicto XV (1914-1923), durante la guerra simpatizó igualmente con Alemania y Austria.

p La victoria de la Gran Revolución Socialista de Octubre en Rusia asustó y desconcertó al Vaticano y a los jerarcas católicos de todos los países del mundo. Los dos papas siguientes —Pío XI (1922-1939) y Pío XII (1939-1958)— fueron en extremo reaccionarios, antisoviéticos y anticomunistas. En tiempos de Pío XI, la Iglesia, solidarizándose con la burguesía ^obre la base común de la hostilidad al comunismo y a la URSS, actuó como fiel aliada del 380 imperialismo mundial, el fascismo y el nazismo. Pío XI se reconcilió con el Estado italiano; por el Tratado de Letrán, que firmó en 1929 con Mussolini, se restableció el Estado pontificio, Ciudad del Vaticano.

p En 1929-1930, el mismo pontífice llamó a una “cruzada” contra el joven Estado soviético. En 1931 publicó una nueva encíclica social titulada Quadragesimo anno, en la que oponía al socialismo y al comunismo el régimen corporativo fascista como orden cristiano ideal. Pío XI aseguró el apoyo de la Iglesia Católica al dictador Franco, aliado de Hitler y Mussolini; bendijo la agresión fascista a Etiopía, las represiones de Hitler contra los obreros y el movimiento democrático de Alemania y la anexión nazi de Austria y Checoslovaquia.

p Esa política anticomunista por excelencia se aplicó con un ímpetu aún mayor en tiempos de Pío XII. Durante la segunda guerra mundial, ese pontífice simpatizó con las potencias fascistas, esperando que saldrían vencedoras de la contienda y acabarían con la URSS y con el comunismo. En su mensaje de Navidad de 1942 anunció, evidentemente para complacer a los fascistas y los nazis: "La Iglesia, impulsada siempre por motivos religiosos, condenó diversas formas de socialismo marxista. Las condena también ahora...” Cuando el valeroso Ejército Rojo empezó a destrozar las ordas fascistas y se vislumbró la derrota ineludible de Hitler y sus secuaces, Pío XII trató de salvar los regímenes fascistas, contribuyendo a sus tentativas de concertar una paz separada a espaldas de la URSS, y cambió de orientación en favor de los círculos anticomunistas y antisoviéticos de los Estados Unidos e Inglaterra.

p La paz establecida después de la capitulación del bloque de potencias fascistas no concordaba con los intereses del sumo pontífice. Durante la contienda, muchos creyentes y militantes católicos participaron activamente, a contrapelo del Vaticano, en el movimiento antifascista de la Resistencia. A raíz de la segunda guerra mundial surgieron en varios países de Europa Occidental los gobiernos de la unidad nacional, en que participaron tanto católicos-democristianos como comunistas. Entre los trabajadores católicos se acentuó notablemente la tendencia a la unidad sindical con los comunistas y los socialistas.

p Esos fenómenos inquietaron en extremo al Vaticano. Pío XII, invocando el fantasma del comunismo, empujó las 381 esferas gobernantes de los EE.UU. e Inglaterra a romper abiertamente con la coalición antifascista, y consideró como su triunfo personal el comienzo de la "guerra fría”. El santo padre aplaudió la expulsión de los comunistas de los gobiernos de la unidad nacional en Italia y Francia, el Plan Marshall, la creación del bloque agresivo de la OTAN, la "caza de brujas" en los EE.UU. y el desenfreno de la histeria anticomunista, instigada por los círculos reaccionarios, en otros países capitalistas.

p Vastos sectores católicos que habían pasado por el crisol de la lucha antifascista durante la guerra mundial se mostraron reacios a la orientación anticomunista del Vaticano. Contrariamente a las directrices de la jerarquía eclesiástica, millones de creyentes votaron por los candidatos comunistas en las elecciones parlamentarias de Italia, Francia y otros países capitalistas, lucharon por la paz y la unidad sindical, condenaron la agresiva política de las potencias imperialistas. Para refrenarlos, hacerles seguir el rumbo anticomunista, Pío XII puso en juego los viejos medios probados de lucha de la Iglesia Católica contra sus adversarios: excomuniones, anatemas, advertencias, amonestaciones y otras penas eclesiásticas.

p No debe producir extrañeza, pues, que ese pontífice adoptara una actitud particularmente cariñosa hacia la Congregación Suprema del Santo Oficio.

p Así, declaró poco después de la segunda guerra mundial, al hacer uso de la palabra ante los empleados de dicha Congregación: Vuestros deberes, mis queridos hijos, son muy pesados no sólo desde el punto de vista de las tareas inmensas que afrontáis, sino también y ante todo a causa de la responsabilidad que recae sobre vosotros y de que tengáis que ser muy enérgicos para cumplir tareas de responsabilidad. Vuestra santa y pía labor es desconocida por muchos, otros tienen una idea tergiversada de ella. Sin embargo, el Señor contempla con satisfacción vuestra causa santa y, al ver que trabajáis con mucho celo en su honor, en honor de su Iglesia, en beneficio del alma y en aras de la salvación de la sociedad, os prodiga generosamente su ternura, que nos inspira a otorgar de todo nuestro corazón patrio la bendición apostólica a todos los aquí presentes  [381•46 .

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p En 1949, por orden de Pió XII, que conforme a la tradición antigua encabezaba la Congregación del Santo Oficio, esta última excomulgó oficialmente a los comunistas y prohibió a los creyentes, en virtud del ya citado canon 1.399 del Código de Derecho Canónico, "publicar, divulgar o leer los libros, reseñas, periódicos u octavillas que apoyen la doctrina o la actividad de los comunistas, así como escribir en las indicadas ediciones”. Pero ese decreto no causó a los fíeles la impresión que esperaba el Vaticano. Millones de católicos seguían respaldando a los comunistas. Testimonio de ello fue el aumento continuo (también después de dicho decreto) del número de votos a favor de los candidatos comunistas en las elecciones parlamentarias de países católicos como Italia y Francia.

p La política anticomunista, procapitalista y proimperialista del Vaticano chocó con una resistencia cada vez mayor en el propio medio clerical. En 1953, la Congregación del Santo Oficio prohibió, incluyéndolo en el índice, el libro No estamos de acuerdo del sacerdote italiano Zeno Saltini, fundador y director de una colonia para niños sin hogar, víctimas de la segunda guerra mundial, denominada Societá del Nomadelfi. El Vaticano acusó a Saltini de favorecer a los comunistas. La policía del Gobierno democristiano cerró la colonia y expulsó a sus pupilos, mientras que las autoridades eclesiásticas ordenaron a Saltini cesar su actividad filantrópica.

p Don Zeno fue llamado a comparecer ante el cardenal Pizzardo, secretario de la Congregación del Santo Oficio. La aspiración a establever la justicia en la tierra aleccionó al sacerdote el cardinal inquisidor- es una " herejía comunista”, porque de ser posible esto, dejaría de ser necesaria la expiación y, a la par, la Iglesia misma. La doctrina eclesiástica enseña que es preciso soportar el mal y creer en la justicia de ultratumba. Los sufrimientos en la tierra, en el infierno terrenal, serán holgadamente recompensados después de la muerte, en el paraíso. Saltini preguntó al inquisidor: si esto es así, ¿por qué el Papa y los cardenales, el propio Pizzardo en particular, eluden por todos los medios los sufrimientos terrenales, prefiriendo gozar de los bienes mundanos? ¿Acaso no creen en el paraíso y no desean verse allí?

p Considerando poco convincentes los argumentos del inquisidor, Saltini publicó su libro No estamos de acuerdo.

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p Dirigiéndose al monseñor Montini, subsecretario de Estado del Vaticano entonces y Papa (Pablo VI) después, escribió en esa obra suya: "Seis millones de italianos viven en la miseria y padecen hambre, no porque al Estado le falten recursos sino porque éstos se gastan en interés de la casta dominante, en particular para mantener a los policías y carabineros, llamados a imponer la obediencia a los hambrientos. Tenga presente, Excelencia, que el estómago es cosa de interés divino"  [383•47 .

p Don Zenp flageló airadamente el lujo exorbitante del palacio pontifical, a la nobleza vaticana de moral dudosa, enfrascada en las intrigas, y el nepotismo papal, que coexisten perfectamente desde hace siglos con la miseria horripilante del pueblo. Si los frutos de la doctrina de Cristo son estos, no vale la pena ser cristiano: con esta deducción lógica concluyó el sacerdote Zeno Saltini su acta acusatoria contra el Vaticano y el gobierno clerical.

p El Vaticano incluyó en el índice el libro de Saltini y le exigió que “abjurara” de sus errores. El rebelde obedeció, pero en 1955 ahorcó los hábitos en señal de protesta contra las acciones del Vaticano.

p En 1953, por acuerdo de la Congregación del Santo Oficio se suprimió en Francia la institución de sacerdotes obreros, surgida a fines de la segunda guerra mundial por iniciativa del episcopado francés para combatir la influencia comunista en la clase obrera.

p El episcopado había seleccionado con este fin un grupo de clérigos jóvenes para enviarlos, después de la instrucción anticomunista pertinente, a empresas industriales en calidad de simples obreros y sacerdotes a la vez, esperando que así se elevaría sr prestigio en el medio obrero. Con ello se quería refutar el hecho notorio de que la Iglesia sirve de instrumento a los capitalistas y demostrar la supuesta disposición del clero para defender en serio a los obreros contra la explotación capitalista.

p La maniobra de los eclesiásticos sufrió un franco descalabro. Muchos sacerdotes “fabriles” emperazon a sentir el sincero respeto a los comunistas y actuaron en un frente único con ellos. Algunos sufrieron represiones policíacas. Había quienes ingresaron en el partido comunista.

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p El Vaticano reconoció su derrota y resolvió disolver la susodicha institución, que había defraudado la confianza y las esperanzas de los anticomunistas clericales. En septiembre de 1953, el cardenal Pizzardo, cabeza del Santo Oficio, ordenó en nombre de Pío XII al episcopado francés retirar a los sacerdotes obreros de las empresas y enviarlos a los conventos con fines de “reeducación”.

p Ante las protestas de los propios sacerdotes y de sus numerosos partidarios, así como por miedo a incrementar la exacerbación de los trabajadores, el Santo Oficio accedió a no tomar medidas severas contra los sacerdotes inobedientes a condición de que se abstuvieran de criticar el Vaticano.

p Sin embargo, la actitud relativamente “suave” de la Inquisición eclesiástica hacia los sacerdotes obreros no le impidió continuar persiguiendo a los militantes católicos culpables de inobediencia a la orientación reaccionaria de la Iglesia, que predominó en tiempos de Pío XII. Durante su pontificado, en los años de "guerra fría”, se introdujeron en el índice de libros prohibidos todas las producciones de André Gide, Jean-Paul Sartre y Alberto Moravia, así como obras de Simone de Beauvoir y de otros muchos escritores distinguidos de nuestro tiempo. Fueron sometidos a censura y condenados también algunos trabajos del teólogo y paleontólogo Teilhard de Chardin, que trataba de reconciliar la religión con la ciencia. El anticomunismo, el odio a todo lo progresista, en primer lugar a los países socialistas, el apego a los dogmas medievales caducos, el miedo al progreso científico, la prosternación ante el imperialismo norteamericano y la persecución de los clérigos liberales -fenómenos muy típicos para el gobierno de Pío XII- originaron un descontento profundo en el propio clero e hicieron que millones de creyentes volvieran la espalda a la Iglesia. Ese descontento se exteriorizó después de la muerte de Pío XII, durante el pontificado de su sucesor, Juan XXIII (1958-1963).

p Juan XXIII pasó a la historia del Papado como reformador eclesiástico e iniciador de la política de “ adaptación” (aggiornamentó) de la Iglesia a las condiciones actuales. Apartándose de la política francamente anticomunista de su predecesor, inspiró y encabezó a los partidarios de la reforma eclesiástica, que acabó por vencer en el II Concilio Vaticano.

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p Con la entronización de Juan XXIII comenzó en la cúspide vaticana una lucha porfiada entre los adeptos del nuevo Papa y los adictos a la política seguida por el tinado Pío XII, que controlaban la curia romana, incluyendo la Congregación del Santo Oficio. Esta última estaba dirigida desde 1953, después de la muerte de Pizzardo, por el reaccionario inveterado cardenal Alfredo Ottaviani.

p Nótese que Juan XXIII no fue siempre ni en todos los aspectos consecuente en sus planes de aplicación de una política nueva; sus adversarios influyentes en la curia romana lograron imponerle más de una vez su propio punto de vista. Presionado por ellos, el sumo pont fice confirmó en 1959 la excomunión de los comunistas, p oclamada en 1949 por Pío XII, aprobó las sanciones dirigidas contra los sacerdotes obreros y admitió que fueran condenadas e incluidas en el índice varias obras opuestas a la política reaccionaria de la Iglesia.

p Así, poco después de la elección del nuevo Papa, a fines de 1958, la Congregación del Santo Oficio puso en el índice el libro del clérigo italiano Lorenzo Milani, capellán de la parroquia de San Donato  [385•48 . En el acta de acusación del “santo” tribunal contra ese libro, publicada por L’Osservatore Romano, se decía: "Para ganar prestigio y poder influir sobre jóvenes proletarios, Milani no ha encontrado nada mejor que compartir el clasismo más rígido y exasperado, el método de lucha sindical y política, la rebelión contra la sociedad, tal como está estructurada y organizada actualmente, la denigración sistemática de militantes católicos en los campos social y político y la denigración, no menos sistemática y despiadada, de la burguesía considerada constantemente como enemigo número uno de las gentes pobres"  [385•49 . Como se ve, la Inquisición vaticana censuró al sacerdote Milani por la única causa de que hubiera osado -¡partiendo de los criterios cristianos!- ponerse del lado de los trabajadores y manifestarse contra la burguesía. A la Inquisición pontifical le era imposible dejar de condenar una “fechoría” tan escandalosa.

p “Así pues -señaló el órgano del Vaticano, refiriéndose al “caso” de Milani-, se repite la dura experiencia 386 que ha dado frutos tan amargos en otros países en el curso de estos últimos años: sacerdotes que se lanzan decididamente al combate para iluminar las almas con mensaje evangélico y acaban por hacer suyos los criterios y la práctica inspirados, completa o parcialmente, por una ideología radicalmente antitética al Evangelio”.

p Este reconocimiento sorprendente por su franqueza pone de manifiesto la impotencia ideológica de la doctrina católica deletérea, seca y estéril, en contraste con la ideología floreciente, viva y triunfante de la clase obrera: el marxismo.

p En 1962, pasó a figurar en el famoso índice de libros prohibidos el titulado El Concilio, reforma de la caridad, del jesuíta Riccardo Lombardi.

p ¿Qué delito había perpetrado el jesuita Lombardi para hacerse acreedor a una pena eclesiástica tan severa? ¿En qué consistió su grave pecado?

p Precisemos que no se trata de un miembro cualquiera de la Compañía de Jesús, sino de uno de sus dirigentes más prestigiosos. Lombardi forma parte del consejo de La Civilíá Cattolica, revista jesuita que se edita en Roma, y fue asesor del Papa Pío XII. Como enemigo furibundo del comunismo y de todo lo progresista pronunció durante muchos años discursos propagandísticos por la radio italiana, ganando el titulo de "micrófono de Dios”.

p En los años cincuenta encabezó la "cruzada por la gran restitución" de los comunistas al gremio de la Iglesia. Pero en vano se desgañitó, en centenares de llamamientos radiales, por conseguir que los comunistas abdicaran sus convicciones y volvieran a abrazar el catolicismo. La cruzada jesuita fracasó estrepitosamente. Lombardi y sus auxiliares no pudieron registrar ni un solo caso de “restitución”. Por lo visto, esa derrota movió a Lombardi a revisar "con enfoque crítico" sus criterios ortodoxos.

p El susodicho libro, dedicado al próximo concilio, se publicó a fines de 1961 y fue como una explosión de bomba para el Vaticano. Lombardi exigía “reformar” todo el sistema de gobierno de la Iglesia Católica. En sus esferas dirigentes -decía el jesuita- prevalece el arribismo vergonzoso, los "santos padres" se preocupan por su propio bien más que por los asuntos de la Iglesia; en la curia romana falta la "libertad de opiniones”, los culpables de “crítica” son castigados duramente, los prelados llevan 387 una vida lujosa, indignando a los fieles; el cónclave es una institución anacrónica y debe ser sustituido por un senado de la Iglesia Católica en que estén representados no sólo los prelados sino también los dirigentes legos de las organizaciones y partidos clericales de masas. Por último, Lombardi instaba a formular cierto "manifiesto cristiano" para oponerlo al "manifiesto comunista”. El “protestante” jesuita estimó, no sin razón, que las encíclicas sociales y otros "manifiestos cristianos" similares, que abundan en la literatura eclesiástica, no causan la imperesión necesaria a los creyentes modernos.

p Lombardi presentó su obra, ornada de una nota dedicatoria, al sumo pontífice en una audiencia especial. Aunque, a juzgar por todos los indicios, los criterios de Lombardi respondían a los anhelos de Juan XXIII, el cardenal Ottaviani logró incluir el libro en el índice.

p No bien había amainado el escándalo producido por el libro de Lombardi cuando se publicó en Roma otro, Los sacerdotes son hombres, del monje franciscano Sixto Pelaya, que posteriormente fue castigado por la Iglesia con la misma dureza que aquel jesuita. Pelaya clamó por la abolición del celibato obligatorio de los sacerdotes, considerando que mutilaba espiritual y físicamente a los clérigos. Pero no fue este planteamiento el que provocó la conmoción entre los jerarcas vaticanos.

p Pelaya reprobó el apoyo prestado por la Iglesia Católica a las clases explotadoras gobernantes. La Iglesia se ha convertido en partido político reaccionario -dijo-; ha vinculado estrechamente sus destinos a los capitalistas y terratenientes, y por ello está separada del pueblo y sufre un daño irreparable.

p El franciscano azotó también, con igual apasionamiento, las especulaciones de los cardenales y otros dignatarios del Vaticano. He aquí un pasaje de su libro: ’"Hechos escandalosos que pasan a ser del dominio público todos los días y en que están comprometidos varios príncipes de la Iglesia confirman nuestras acusaciones. Queremos hacer ver que muchos jerarcas eclesiásticos no corresponden a sus puestos, y muchos se aferran a sus oficios aunque adolecen de defectos espirituales y físicos o tienen variadas relaciones financieras y amorales bien notorias, que cubren de oprobio a todo el clero”.

p Ese libro sincero concluye con las palabras 388 siguientes: "Todo el mundo conoce las costumbres de la Edad Media. Los Torquemada siempre son de moda. Ahora ya no están en condiciones de atormentar cuerpos, pero continúan atormentando almas y conciencias. Enjuician a inocentes, impidiendo que se defiendan... Los sacerdotes se hallan en una situación peor que los esclavos antiguos: al comparecer ante el gran inquisidor, no tienen derecho a decirle: "¡Atorméntame, pero antes escucha!”

p Con ello, el franciscano Pelaya adivinó perfectamente su propia suerte. Tan pronto como apareció en los mostradores de las librerías el libro faccioso, el "gran inquisidor" cardenal Ottaviani expulsó de la orden franciscana a su autor e incluyó en el índice el propio libro.

Pero se trataba ya de las convulsiones postreras de un sistema desesperadamente caduco. Las represiones prodigadas por el cardenal Ottaviani, sus gritos desaforados contra el comunismo y sus exhortaciones a no apartarse en lo más mínimo de los dogmas, postulados y prejuicios antiguos no hacían más que ahondar las contradicciones en el campo católico. Se estaba desmoronando el viejo régimen colonial. Los pueblos de Asia y África se despertaron para iniciar la vida independiente. Se enarboló la bandera del socialismo en Cuba. El campo socialista fue creciendo y cobrando más y más vigor. El hombre, un comunista soviético, voló por primera vez al Cosmos. El mundo había pasado al período de una revolución científico-técnica grandiosa. Centenares de millones de personas de todas las razas y continentes se adentraban por el camino del saber. En tales circunstancias, el viejo edificio eclesiástico, ornado de dogmas medievales, parecía anacrónico incluso a muchos clérigos. Ellos clamaron en su mayoría por los cambios, la renovación y las reformas, pero algunos llamaron también a adaptarse no sólo al mundo de hoy, que cambia a nuestros ojos, sino también al que nos espera indefectiblemente mañana, un mundo renovado, exento de ignorancia y explotación..

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Notes

[377•45]   Véase M. M. Sheinman. El Vaticano y el catolicismo a fines del siglo XIX y principios del XX. M., 1958, pp. 33-34.

[381•46]   véase Atti e discorsi di Pió XII, v. XIII. Cittá del Vaticano, 1950, pp. 370-371.

[383•47]   Don Zeno Saltini. Non siamo d’accordo. Torino, p. 23.

[385•48]   Don L. Milano. Esperienze pastorali. Milano, 1958.

[385•49]   L’Osservatore Romano, 20 de diciembre de 1958, p. 1.