p Como resultado de la revolución francesa, que acabó con el régimen feudal en Francia y entregó el poder a una nueva clase explotadora, la burguesía, fueron socavados los pilares seculares de la Iglesia Católica, se apartaron de ella grandes masas de creyentes y el clero de varios países se vio privado de su propiedad territorial. Napoleón asignó a la Iglesia francesa el miserable papel de criada dócil del emperador, obligándola a rezar tedeums en su honor y a prosternarse ante un soberano laico con un servilismo tal que nunca había manifestado ante el señor divino.
p La Iglesia Católica perdió su poder de antes no sólo dentro del imperio napoleónico. En España, el país más católico de todos y baluarte de la Contrarreforma, las Cortes de Cádiz abolieron en 1812 la Inquisición y quitaron a la Iglesia sus privilegios feodales y derechos especiales. Y para colmo, los pueblos de países de ultramar, de las colonias americanas de España, se alzaron a la lucha contra sus opresores bajo las consignas de la revolución francesa, odiosas a la Iglesia, amenazando con suprimir el poderío del clero, privarlo de su influencia y de las riquezas que había venido acumulando a lo largo de siglos.
p En 1814 se restauró en Europa el "orden antiguo”, el altar y el trono recuperaron sus derechos de antes y resurgió la Inquisición en España, Portugal y los dominios papales. La reacción se impuso a las fuerzas del “mal”, pero no se podía ni hablar de restauración completa del pasado. Esto lo comprendían no sólo los monarcas restituidos, sino también muchos eclesiásticos, inclusive el sumo pontífice. El retorno completo al pasado amenazaba con un estallido aún más terrible, que tendría probablemente consecuencias devastadoras irreversibles.
p Así pues, aunque en los dominios papales se intentó después de la restauración exterminar todo lo “francés” e incluso se prohibieron con tal motivo la vacunación y el alumbrado de las calles, y la Inquisición resucitada enjuició en 1815 a 737 detenidos por acusación de herejía, el Papa Pío VII se vio precisado a emplear métodos distintos a los usados por sus predecesores. En 1816 prohibió a la Inquisición aplicar el tormento a sus víctimas y equiparó el procedimiento inquisitorial a la actividad de los 373 tribunales civiles. Más aun, el Santo Oficio romano anuló en el mismo año la sentencia de muerte pronunciada por la Inquisición de Rávena a Salomón Moyse Viviani, acusado de haber abrazado el cristianismo y apostatado después para volver a profesar el judaismo. Pío VII señaló, en el decreto de revocación, que "la ley divina no es por su naturaleza la misma que la ley humana, es una ley de dulzura y de persuasión; la persecución, el exilio, las cárceles sólo convienen a los profetas falsos y a los apóstoles de las falsas doctrinas. Compadezcamos al hombre que no ve la luz, e inscluso al que se niega a verla. La causa de su ceguera puede servir los designios profundos de la providencia" [373•43 . Las declaraciones como ésta eran pura hipocresía, ya que en los dominios papales no se había dejado de perseguir a los republicanos, de torturar y ejecutar no sólo a "profetas y apóstoles falsos”, sino también a republicanos de filas y partidarios de la unificación de Italia. De todos modos, la Santa Sede tuvo que abolir la Inquisición en 1835. Las cárceles del Estado pontificio contaban entonces con 13.000 presos políticos, pero ellos estuvieron a cargo de la policía secreta papal, que no se decidía ya a acusarles de herejía. En el siglo XIX era más “decoroso” ejecutar a semejantes presos por fallo del tribunal policíaco antes que aplicarles la pena de fuego por orden de la Inquisición odiosa.
p Así pues, el Papado suprimió los tribunales inquisitoriales locales, pero dejó intacta la Congregación de la Inquisición romana y universal, que seguía cumpliendo su función tradicional de excomuniones y de publicación del índice de libros prohibidos, cuya nueva edición salió a luz en el mismo año de 1835. Figuraba allí, en particular, una obra del abad francés Lamennais, excomulgado por su liberalismo, titulada Palabras de un creyente. Lamennais exigió separar del Estado a la Iglesia y conceder la libertad de conciencia, de prensa y de enseñanza. Fue uno de los fundadores del socialismo cristiano, nueva doctrina sediciosa, en Francia. La Santa Sede empleó contra el nuevo heresiarca las armas probadas de anatemas y maldiciones.
p En 1846 se entronizó en el Vaticano Pío IX. Su 374 gobierno duró 32 años (fue uno de los más largos en la historia de la Iglesia Católica). El nuevo Papa personificaba las fuerzas más reaccionarias del catolicismo, que trataron de conservar sus privilegios feudales y el poder seglar de los sumos pontífices. Ese oscurantista, enemigo irreconciliable de la unificación de Italia, de la democracia, la ciencia y el progreso, encontró a un digno protector en la persona del emperador francés Napoleón III; las tropas francesas enviadas a Roma a petición del Papa reprimieron brutalmente a la población del Estado pontificio que clamaba por las libertades democráticas y exigía expulsar de Italia a los invasores franceses y austríacos [374•44 .
p El socialismo y el comunismo asustaban ya a los pontífices de Roma no menos que, en tiempos pretéritos, las herejías medievales. Posteriormente, el Papado se puso de acuerdo con la burguesía, su adversario reciente, para combatir esas doctrinas, que infundían igual pavor a los burgueses y a los vicarios de Cristo. Pero ese acuerdo tardó en realizarse. Mientras tanto, el Papado tuvo que tragar más de un cáliz de la amargura por la voluntad de su futura aliada...
p En 1865, Pío IX publicó el Syllabus (Silabo de los errores más importantes de nuestro tiempo). En este manifiesto sui generis de la Inquisición eclesiástica del siglo XIX, la cabeza de la Iglesia Católica anatematizaba y excomulgaba a los simpatizantes con el panteísmo, el naturalismo, el racionalismo, el liberalismo, el protestantismo y el socialismo. El Syllabus condenó y maldijo a cuantos exigían separar del Estado a la Iglesia, negaban el poder seglar de los papas, consideraban el Derecho seglar superior al canónico y defendían la libertad de conciencia. Uno de los 80 “errores” enumerados en dicho documento estaba formulado así: "Anatematizado sea el que diga que el sumo pontífice puede y debe transigir y ponerse de acuerdo con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”. En el Syllabus, el Papa llamó “locura” a la libertad de conciencia, y "error hediondo" a la libertad de palabra.
p Cabe señalar también, como otros hitos notables del gobierno de Pío IX, que ese pontífice proclamó el dogma de la "inmaculada concepción" de la Virgen María, puso en el catálogo de santos al inquisidor español Pedro Arbués, 375 monstruo asesinado en 1485 por los parientes de sus víctimas, y consiguió que el I Concilio Vaticano aprobara, en 1870, el dogma de la infalibilidad de los papas.
p Por ello no tiene nada de extraño que Pío IX completara el índice de libros prohibidos con los nombres de destacados escritores de su tiempo, tales como Alejandro Dumas (padre), Heinrich Heine, Victor Hugo, Emile Zola y Ernest Renán.
p Pero el viejo régimen feudal, que el Papa venía defendiendo con tantas energías y tanto fanatismo durante decenios, estaba a punto de derrumbarse. En 1870, cuando deliberaba en Roma un concilio ecuménico (I Concilio Vaticano), las tropas italianas liberaron la Ciudad Eterna y con ello se acabó la historia del Estado pontificio, surgido más de mil años atrás.
p El “infalible” Pío IX se declaró preso del Vaticano; excomulgó solemnemente y anatematizó al rey italiano Victor Emmanuel, a Cavour, jefe del Gobierno de Italia, al héroe nacional italiano Garibaldi y a otros muchos luchadores decididos por la unificación del país. El Papa declaró también el boicoteo al nuevo Estado italiano, que lo había privado del poder seglar y de sus posesiones territoriales “legítimas”. Además, exhortó a los católicos a no pagar impuestos al nuevo Estado y a abstenerse de la participación en la vida política del país. Utilizó contra el Estado italiano unificado y sus políticos todo el rico y variado surtido de maldiciones, anatemas y excomuniones, pero esas armas “divinas” eran ya poco eficientes. La Inquisición papal no podía más que "sacudir el aire”, no estaba con fuerzas para recluir a gentes en sus mazmorras, torturarlas y llevarlas al quemadero, como ocurrió en "los buenos tiempos idos”, cuando el pontífice romano ejercía la potestad eclesiástica y secular.
p A Pío IX, el último Papa “feudal”, le sucedió León XIII (1878-1903), el primer Papa “burgués”. El nuevo pontífice continuó boicoteando el Estado italiano -el Vaticano no podía perdonarle la “depredación”, el haberle arrebatado el poder seglar- y al mismo tiempo trató de restablecer el prestigio del Papado por medio de una alianza con la burguesía internacional. Se ofreció a aliarse y colaborar con la burguesía en la lucha contra el movimiento socialista creciente. En 1891, León XIII publicó su Rerum novarían, primera encíclica social de la Iglesia Católica, 376 dirigida contra el socialismo, el comunismo y el movimiento obrero revolucionario. Condenó en ella la lucha de clases, oponiéndole la colaboración entre las clases, y declaró sagrada, intangible y dada por Dios la propiedad privada capitalista. El Papa favoreció a la creación de los sindicatos “amarillos”, fíeles a los capitalistas, y de nuevas organizaciones católicas laicas y partidos clericales que debían combatir el movimiento socialista. Llamó a los clérigos: "¡Salid de las sacristías e id al pueblo!”
p Esa orientación hacia la burguesía estaba acompañada por el resurgimiento del tomismo medieval. León XIII proclamó oficialmente los dogmas de Tomás de Aquino doctrina oficial del catolicismo moderno. El Papado ofrecía sus servicios a la burguesía, pero quedaba fiel a la concepción medieval del mundo.
Por otra parte, puesto que León XIII llamaba a los eclesiásticos a ocuparse activamente del "problema social”, se reforzaron las posiciones de los partidarios del socialismo cristiano. Esto no pudo dejar de asustar los círculos mas conservadores del clero y de la burguesía. Cualquier socialismo, incluso el clerical, fue un verdadero espantajo para ellos, y por eso exigieron poner a raya a los reformadores cristianos desmesuradamente radicales. León XIII lo hizo, precisamente, en su encíclica Graves de Communi, publicada en 1901, que censuraba el "socialismo católico" e instaba a someter al severo control de la Iglesia todas las organizaciones católicas de masas.
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