p Esos estados de ánimo, ese deseo de cambios, el afán de amoldarse a las condiciones de la segunda mitad del siglo XX, predominaron en el II Concilio Vaticano (1962- 1965). Allí lograron imponerse a sus adversarios los 389 llamados renovadores, que exigían renovar la fachada de la Iglesia Católica, reformar su estructura, suprimir sus instituciones odiosas, tales como la Congregación del Santo Oficio y el índice de libros prohibidos, y renunciar a la política de excomuniones y anatemas. Los renovadores se pronunciaban por un diálogo con los herejes protestantes, ortodoxos, musulmanes, budistas y judíos-, por el reconocimiento de los adelantos científicos, por una política más flexible en el plano social y el apoyo a los países en vías de desarrollo. También fueron partidarios de iniciar un diálogo con los marxistas y otros ateos, estimando que la condenación eclesiástica del comunismo y la anatematización de los comunistas eran más nocivas que útiles para la Iglesia.
p Los adeptos de la orientación reaccionaria de antes -tradicionalistas y conservadores presididos por el cardenal Ottaviani, cabeza de la Congregación del Santo Oficiosufrieron en el Concilio un fracaso rotundo.
p Uno de los primeros en criticar allí la Congregación del Santo Oficio fue el obispo inglés Roberts. Exigió establecer "una Inquisición sobre la Inquisición" y declaró a los periodistas, en el centro de prensa del Concilio: "Los miembros del Santo Oficio emplean métodos tales que si se encontrasen en Gran Bretaña serían llevados inmediatamente al tribunal. Sería bueno que la Inquisición de hoy no se pareciera a la del Medievo. Por mi parte, no veo muy claramente la diferencia. Desde luego que en el siglo XX es más difícil asesinar y encarcelar, pero la Inquisición continúa estropeando las reputaciones y destruyendo las carreras" [389•50 .
p No menos virulentamente comentó la actividad del departamento de Ottaviani el cardenal alemán Frings, miembro de la presidencia del Concilio. "Su modo de actuar -dijo el 25 de octubre de 1963- no se adapta ya a la época actual y es causa de escándalo en el mundo" [389•51 .
p Los padres conciliares premiaron con aplausos la declaración de Frings. Ottaviani, enfurecido, pidió la palabra para responder y dijo, apenas disimulando su indignación: "Ante todo, protesto con vigor y vehemencia 390 contra lo que se ha dicho aquí a propósito del Santo Oficio. Esto ha ocurrido sin duda por pura ignorancia; empleo intencionadamente esta palabra para no decir otra contraria a la caridad. Se comete un error enorme al ignorar que el Santo Oficio se ha asegurado siempre el concurso de las autoridades más eminentes y más sólidas. Atacando el Santo Oficio se ofende al propio Papa, que es su prefecto" [390•52 .
p Pero la tentativa de encubrirse con el prestigio del sumo pontífice resultó ineficiente para el inquisidor. Pablo VI, que había sucedido a Juan XXIII en la Santa Sede, comunicó al cardenal Frings que compartía su punto de vista sobre el Santo Oficio.
p El abad suizo Hans Küng, teólogo y profesor de la Universidad de Tubinga, se pronunció en una reunión del Concilio (octubre de 1964) por la supresión del índice y el cese de los procesos inquisitoriales.
p En 1964, algunas editoriales católicas publicaron en francés e italiano el libro Index Romanus [390•53 . Su autor, el militante católico Hans Kuehner exigía abolir el índice, diciendo que "es ridículo, fósil y se ha desacreditado para siempre; es el único libro que se debe prohibir”. Esa acta acusatoria circuló ampliamente entre los padres conciliares. Desde la tribuna del Concilio insistieron en la supresión del índice, aplaudidos por el auditorio, el obispo francés Huyghe, su colega alemán Cleven y otros oradores [390•54 .
p “La Iglesia está siempre retrasada -declaró en el Concilio, el 28 de septiembre de 1965, el arzobispo D’Souza (de la India)-. Sólo ahora tratamos de pronunciarnos por la libertad religiosa, instaurada hace ya 150 años en la mayoría de los países. Tuvimos que esperar 40 años después de El Manifiesto Comunista de Carlos Marx hasta que el Papado publicase la encíclica Rerum Novarum. Habíamos conocido la condenación de Galileo. Pero esa sentencia no es única en su género. También fueron condenados Lamennais, Freud, Teilhard de Chardin, etc. Digamos 391 aquí: debemos evitar desde ahora toda condenación y toda inclusión en el índice” [391•55 .
p Galileo fue mencionado también por otros participantes en el Concilio, que exigieron su rehabilitación. El obispo francés Elchinger acusó a la Iglesia de sostener una actitud retrógrada hacia la cultura y la ciencia. "En la historia de los tiempos modernos ^dijo el prelado-, el caso de Galileo sigue siendo un símbolo de todas esas deficiencias. No se diga inconsideradamente que esto forma parte de la historia antigua. La condenación de ese hombre no ha sido revocada. Muchos científicos aún atribuyen a la Iglesia la misma actitud de los teólogos que hace cuatro siglos condenaron a ese científico grande y honesto. Sería un gesto elocuente si la Iglesia, con motivo del cuarto centenario del nacimiento de Galileo accediera humildemente a rehabilitarlo. El mundo de hoy no espera de la Iglesia sólo buenas intenciones. Espera hechos" [391•56 .
p Al convercerse de que los padres conciliares estaban por la abolición del “santo” tribunal y el índice, Ottaviani cambió de táctica. Aferrándose a su puesto, anunció que obedecería a las resoluciones del Concilio. En octubre de 1965, en ocasión de su 75 aniversario concedió una interviú a un reportero del periódico italiano Corriere della Sera, diciendo en particular lo siguiente: "Soy un gendarme encargado de guardar la caja fuerte con tesoros. ¿Piensa usted que cumpliría mi deber si vacilara, tapara un ojo, abandonara mi puesto? Setenta y cinco años, querido hijo mío, son setenta y cinco años. Los he vivido defendiendo determinados principios y determinadas leyes. Si dices al viejo gendarme que las leyes serán modificadas, el viejo gendarme hará cuanto de él dependa para que esto no ocurra. Pero si las leyes son alteradas a pesar de todo, Dios dará sin duda fuerzas al viejo gendarme para defender los valores nuevos en que tiene fe. Después de que las nuevas leyes se conviertan en tesoro de la Iglesia, enriqueciendo su caja fuerte, prevalecerá por encima de todo el solo principio: servir a la Iglesia. Y ese servicio significa la obediencia a sus leyes. Obediencia ciega. Pues soy ciego" [391•57 .
392p El inquisidor ya había cegado casi enteramente, pero estaba tan enérgico y tan apegado a su puesto como antes. Nadie dio crédito a sus declaraciones hipócritas de que estaba dispuesto a cambiar de rumbo. Los padres conciliares de sobra sabían que el inquisidor supremo de la Iglesia no era un hombre de fiar, y, como veremos a continuación, no se equivocaban sobre este particular.
p El 18 de noviembre de 1965, accediendo a los deseos de los padres conciliares, el Papa Pablo VI anunció en el Concilio la reforma de la curia romana. "En prueba de nuestras palabras -dijo- podemos comunicar que dentro de poco se publicarán los nuevos Estatutos del Santo Oficio" [392•58 .
p En fin, el 7 de diciembre, L’Osservatore Romano, órgano del Vaticano, publicó el decreto pontificio Intégrete Servandae, que daba otro nombre a la Congregación del Santo Oficio y establecía varias normas nuevas de su actividad. La Inquisición antigua fue transformada en Congregación para la doctrina de la fe, se le quitó el título de “suprema” y se suprimió el puesto de comisario y fiscal de la Inquisición. Se encomendó a la nueva Congregación el examen de doctrinas y opiniones nuevas, para lo cual debía estudiar esas doctrinas y estimular su discusión en "congresos científicos”. El decreto le reservó el derecho de condenar las doctrinas contrarias a la fe, pero podía dictar el fallo correspondiente sólo teniendo en cuenta la opinión del obispo local. En el decreto se prometía hacer públicos los Estatutos de la Congregación, pero esta promesa no ha sido cumplida hasta ahora y los Estatutos siguen siendo estrictamente secretos.
p En virtud del mismo decreto, la Congregación podía como anteriormente, someter a censura los libros, pero estaba obligada a estudiar "minuciosamente en adelante" las obras sospechosas antes de condenarlas. Se otorgaba el derecho de defensa al autor y se debía avisar del proceso al obispo de la diócesis a que pertenecía el acusado. El decreto no contenía ni una sola palabra sobre el índice s [392•59 .
p Ese documento pontificio causaba una impresión doble. 393 Por una parte, significó determinados cambios en la actividad de la Inquisición vieja. De otro lado, puesto que la Iglesia había cambiado ya reiteradamente el rótulo de la Inquisición sin alterar su esencia, se manifestaba la opinión de que también esta vez todo seguiría a la antigua. Y con tanta mayor razón por cuanto se confirmó que el oscurantista Ottaviani permanecería en el puesto de cabeza de la nueva Congregación. En febrero de 1967, Pablo VI le dirigió una carta afectuosa expresando la esperanza de que el cardenal serviría aún durante muchos años a la Iglesia con tanto celo como antes. En ese mensaje, el sumo pontífice llamó a Ottaviani su "antiguo superior y maestro" [393•60 . Esto se refería al período de 1929-1937, cuando Ottaviani fue subsecretario de Estado del Vaticano, y el propio Papa (prelado Montini a la sazón) estaba a sus órdenes como colaborador del secretariado de Estado.
p Pero aun cuando el Papa hubiera querido, en efecto, dejar a su antiguo superior y maestro en el mismo puesto, y abstenerse de la introducción de cambios sustanciales en la actividad del “santo” tribunal, no lo habría conseguido de todos modos.
p El rumbo al diálogo con otras Iglesias y con los disidentes, incluyendo los ateos, emprendido por el Concilio Vaticano II, obligaba prácticamente a condenar la Inquisición y sus métodos. La nueva orientación era incompatible con la vieja política de excomuniones y anatemas. La Inquisición antigua estaba condenada a desaparecer; este fallo del Concilio no figuraba en sus resoluciones, pero se desprendía de ellas con toda claridad.
p Inmediatamente después de ser reorganizada la Congregación del Santo Oficio llovieron sobre el Vaticano las preguntas de episcopados locales a. propósito del índice: si quedaba en vigor o se suprimía. El decreto pontificio Integrae Servandae guardaba silencio sobre este particular. Pero después del Concilio, al Vaticano no le era posible conservar el índice. La propia jerarquía eclesiástica insistía en su abolición. El "viejo gendarme" Ottaviani no pudo resistir el imperativo de la época y remató con sus propias manos una obra tan afín y cara a su corazón.
p El 14 de junio de 1966, el cardenal Ottaviani, que 394 seguía encabezando la Congregación para la doctrina de la fe, publicó una “notificación” oficial declarando suprimido el índice. Y advertía que la lectura de los libros condenados por el mismo continuaba siendo un pecado, pero el culpable ya no corría el peligro de ser castigado por la Iglesia.
p L’Osservatore Romano dedicó a la supresión del índice un artículo de fondo, una especie de réquiem en el que ensalzaba los "méritos históricos" del “difunto” en la lucha contra la herejía y contra los "errores de la prensa”.
p “¿Pero no habrá ya condenaciones solemnes como la inclusión de libros en el índice? -preguntaba el órgano del Vaticano y respondía en seguida, tranquilizando a sus lectores: -La notificación anuncia que la Santa Sede, conforme a las exigencias de la ley natural y al mandato divino, se reserva el derecho de condenar públicamente un libro que ofende la fe y las buenas costumbres, pero lo hará únicamente si el autor se niega a enmendar el libro" [394•61 .
p El cardenal Ottaviani comentó su propia notificación de la manera siguiente: "Desde ahora no se pondrá en el índice ni un solo libro. El índice quedará como documento histórico; cualquiera que lo desea podrá utilizarlo como guía" [394•62 .
p Así tocó a su fin el índice de libros prohibidos, por medio del cual la Inquisición católica trató en vano, durante más de cuatro siglos, de obstruir la marcha ascensional de la historia.
p La Santa Sede condena también ahora los libros que no le convienen, pero la Iglesia ha dejado de imputar la herejía a los autores y lectores de los libros condenados, de anatematizarlos y maldecirlos, de privarlos del reino de los cielos. ¡Los tiempos han cambiado!
p Pero volvamos a Ottaviani. El "viejo gendarme" sacrificó el índice, pero no se proponía en modo alguno renunciar a otros atributos de su poder. El 24 de junio de 1966 envió a los episcopados de todos los países una carta circular secreta en la que estaban formulados los 10 errores heréticos, que en opinión del cardenal cometía la Iglesia como resultado del II Concilio Vaticano. He aquí ese Syllabus nuevo. Se rechaza la tradición eclesiástica, 395 haciendo hincapié en la Sagrada Escritura como fuente principal de revelación divina. 2. Se afirma que la doctrina de la fe puede modificarse, es decir, se puede revisarla con arreglo a la situación histórica concreta. 3. Se rebaja y se desatiende el papel de la Iglesia como instrumento de salvación de los creyentes. 4. No se reconoce la verdad objetiva absoluta, eterna e inmutable, ya que es enfocada desde posiciones de relativismo; se afirma erróneamente que la verdad debe cambiar’ paralelamente a la evolución de la conciencia y de la historia. 5. Se atenta contra la propia figura de Jesucristo. Hay quienes tratan de explicar por causas naturales su inmaculada concepción, sus milagros y su resurrección. 6 y 7. Se revisan muchos planteamientos de la teología de los sacramentos. 8. Se pone en duda el carácter verídico de la doctrina del pecado original. 9. Se revisan varios preceptos morales. 10. Se manifiesta un entusiasmo nocivo en la política ecumenista, resultando el deslizamiento hacia el protestantismo.
p Ottaviani pidió a los obispos examinar esos errores heréticos y presentar a fines de año, en la Congregación para la doctrina de la fe, sus consideraciones sobre los modos de combatirlos, manteniendo estrictamente, en secreto todo ello. Sin embargo, esa acción enfilada contra los renovadores fracasó con estruendo. Datos sobre la circular de Ottaviani vieron luz en la prensa católica francesa. Contrariamente a la prescripción del inquisidor, el episcopado francés hizo pública su respuesta a la carta, en la que negaba en redondo la existencia de los errores arriba enumerados. Los obispos de la inmensa mayoría de los países rechazaron a su vez las inculpaciones del cardenal. Las cosas se pusieron de tal modo que el Vaticano se vio precisado a revelar el secreto, publicando la circular de Ottaviani [395•63 . El inquisidor, completamente aislado, seguía aferrándose a su puesto, pero los días de su poder ya estaban contados.
p El 8 de enero, L’Osservatore Romano publicó un breve comunicado diciendo que el cardenal Ottaviani, proprefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, había presentado su dimisión y que el Papa Pablo VI la había aceptado, nombrando en lugar del dimitido al cardenal yugoslavo Francisco Seper.
396p A diferencia de Ottaviani, Seper fue nombrado prefecto de la Congregación, es decir, se le encomendó el cargo desempeñado formalmente hasta entonces por el Papa. Esa innovación significó que el sumo pontífice dejaba de cargar con la responsabilidad directa por la actividad de la antigua Inquisición.
p En 1975, conforme al nuevo reglamento sobre los miembros del cónclave, Ottaviani fue excluido del mismo por haber alcanzado la edad de 80 años.
p Así concluyó la carrera del cardenal Ottaviani, último inquisidor de la Iglesia Católica, que había ejercido esas funciones a partir de 1953.
p El actual prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe, cardenal Seper, es considerado como renovador. En una declaración para la prensa hecha en julio de 1968 describió con mucho optimismo la actividad de ese organismo. "Mis impresiones -dijo- son excelentes. He podido constatar que mi congregación no es un oficio misterioso, un espantajo, como se piensa a menudo incluso entre los católicos. Aquí se trabaja intensamente para el bien de la Iglesia. Todas las decisiones se toman de manera colegial y colectiva en el curso de reuniones semanales a niveles diversos; se intenta en primer lugar contribuir a las investigaciones teológicas antes que condenar los errores doctrinales... Como en todas las ciencias, un progreso en la teología es posible y necesario a condición de que queden intactos la sustancia y el sentido de la verdad revelada, tal como la propone el magisterio auténtico de la Iglesia” [396•64
p Las aseveraciones tranquilizadoras y optimistas del cardenal Seper no corresponden a la realidad.
p La Congregación para la doctrina de la fe continúa amenazando con sanciones a los teólogos que no convienen al Vaticano. En 1968 exigió responsabilidad al teólogo suizo Hans Küng, ya conocido al lector, que se había opuesto a la encíclica pontificia Humanae Vitae dirigida contra el control sobre los nacimientos. Küng se negó a comparecer ante la Congregación en calidad de acusado e incluso declaró públicamente: "Desde el ignominioso proceso de Galileo hasta hoy, la Inquisición ha causado más daño que todos nosotros, teólogos renovadores, tomados en 397 conjunto. Digo “Inquisición” en vez de Congregación para la doctrina de la fe, como está denominada ahora, porque no ha habido cambios algunos. La Inquisición existió, la Inquisición sigue existiendo. Las reformas conciliares han sido congeladas por la curia romana" [397•65 .
p Los renovadores más decididos, cuyo número aumenta por días en la jerarquía eclesiástica, identifican fundadamente la Congregación para la doctrina de la fe con la Inquisición antigua, y la acusan de frenar el proceso de renovación de la Iglesia. La prensa suiza publicó en diciembre de 1968 una declaración firmada por 40 teólogos católicos prestigiosos (el holandés Eduard Schillebeeckx, el suizo Hans Küng, los franceses Chenu e Yves Congar, los norteamericanos John McKenzie y Ronald Murphy, etc.), que exigían renovar el personal de la Congregación porque, en la presente etapa, éste "no refleja la variedad legítima de escuelas teológicas y del modo de pensar moderno”.
p “Nos damos cuenta -citamos la declaración- de que los teólogos también podemos equivocarnos en nuestras indagaciones. Pero estamos convencidos de que nuestras opiniones teológicas erróneas no pueden corregirse por los medios de coacción. Esperamos que nuestra libertad sea respetada siempre que proclamemos o publiquemos nuestras concepciones teológicas argumentadas...” [397•66 .
p Las manifestaciones de este género obligan al Vaticano a maniobrar y le arrancan algunas concesiones. Así, por ejemplo, en el mismo año 1968, cuando estaba en su apogeo la polémica entre los partidarios y los adversarios de la Congregación para la doctrina de la fe, el cardenal austríaco Franz Kónig, jefe del Secretariado del Vaticano para asuntos de los no creyentes, causó sensación al declarar ante el Congreso de los laureados con el premio Nobel en Lindau que la Iglesia estaba dispuesta a rehabilitar a Galileo. Kónig llamó a los científicos a colaborar con la Iglesia y prometió "eliminar todas las barreras y todos los estorbos creados por el pasado”. Además, hizo constar la siguiente: "El proceso de Galileo es quizás uno de los mayores obstáculos que durante varios siglos cerraron todas las vías de reconciliación de la religión y las ciencias naturales. Su condenación se percibe hoy de 398 una manera particularmente dolorosa, porque todos los intelectuales —creyentes o no creyentes— estiman que Galileo tenía razón: que sus descubrimientos científicos, precisamente, constituyen el sólido fundamento de la mecánica y la física modernas”. El Vaticano necesitó todavía 11 años más para revisar el caso de Galileo. Tan sólo en noviembre de 1979, el Papa Juan Pablo II reconoció en una intervención ante los cardenales que la Inquisición obligó al sabio por la fuerza, atormentándolo, a renunciar las teorías de Copé rnico.
p Ese es el verdadero sentido de la “infalibilidad” de la Iglesia.
p La crisis interna de la Iglesia Católica se profundiza y es cada vez más aguda. "Las tensiones institucionales de la Iglesia Católica ^lecía el periodista católico Henri Fesquet- saltan a la vista y no hay casi ningún discurso del Papa donde no se repitan las palabras “ dolor”, “tristeza”, “inquietud”, “congoja”... No hay ni un solo dogma, esencial o marginal, que no se ponga en tela de juicio. La crisis es de orden doctrinal (es decir, filosófico y teológico a la vez), espiritual, sicológico, pastoral, sacerdotal, litúrgico y disciplinario. Esa crisis toca a todo el mundo, desde el Papa hasta el último de los fieles" [398•67 .
p La Civiltá Cattolica, en un editorial publicado a comienzos de 1969 trató de tranquilizar a sus lectores con los alegatos a que en el pasado la Iglesia Católica experimentó varias conmociones internas "aún más radicales”, saliendo vencedora de cada una. Baste recordar -decía esa revista del Vaticano- a los hermanos mendicantes (fraticelli), a los espirituales y los valdenses, a Wyclif, Hus, Lutero, Calvino, a los jansenistas y los modernistas.
p ¿En qué consiste la crítica que se hace actualmente a la Iglesia "desde el interior"? Según La Civiltá Cattolica, la Iglesia es acusada de ser “autoritaria” y no democrática, de tener lazos estrechos con el sistema de explotación capitalista y subordinarse a los intereses del Estado burgués. La revista se queja de que la crítica de la jerarquía eclesiástica sea resuelta y violenta, carezca de humildad y caridad cristianas, sea irreverente para 399 con la misma jerarquía. "Para nadie es un secreto la existencia, dentro de la Iglesia “institucional”, de una Iglesia “catacumbal”, “subterránea”, que reúne a los disidentes, algunos de los cuales, por desgracia, se sienten ya espiritualmente fuera de la Iglesia “ institucional” ’ [399•68
p La revista del Vaticano deducía de todo ello que las acusaciones formuladas por los disidentes contemporáneos son "serios errores”, si bien contienen también " exigencias reales, fermentos vitales e intenciones válidas" [399•69 .
p Ese editorial de La Civiltá Cattolica es muy sintomático, pues demuestra que la Iglesia oficial ya no está en condiciones de emplear contra sus adversarios los métodos inquisitoriales, no puede excomulgarlos.
p Sin embargo, el Vaticano no ha renunciado de ninguna manera la dirección tradicionalmente autoritaria del mecanismo eclesiástico y sigue lanzando destemplados gritos y amenazas contra los círculos clericales rebeldes, aquellos, en particular, que abogan por transformaciones más eficientes y decididas en la esfera social. Así, por ejemplo, el Papa Pablo VI condenó públicamente en Bogotá (Colombia), en 1968, a los católicos y sacerdotes de izquierda que luchan contra la oligarquía y el imperialismo. Otro testimonio es el restablecimiento, en 1975, de la censura eclesiástica para los escritos y declaraciones del clero. Como se dice en el decreto de la Congregación para la doctrina de la fe titulado Sobre la vigilancia de los pastores de la Iglesia respecto a los libros [399•70 , la supresión del índice de libros prohibidos en 1966 no significaba la renuncia a la censura de las publicaciones, ya que la requerían, según el mismo decreto, los intereses de la moral de los creyentes. Ahora ese control se ha restablecido oficialmente para todos los clérigos, que pueden publicarse sólo con el consentimiento de sus superiores y cada libro debe llevar, como antes, las fórmulas medievales de censura eclesiástica Imprimatur y Nihil obstat. Por el decreto se ha implantado nuevamente el cargo de censor de libros en las diócesis y órdenes monacales.
400p En el mismo documento se trataba de someter al control de la Iglesia las manifestaciones de seglares. "Los fíeles -decía- no pueden escribir en los diarios, ni en los periódicos y otras publicaciones que atacan manifiestamente la religión católica o la moral, si no por motivo justo y razonable; los clérigos y monjes pueden escribir sólo con la aprobación del Ordinario del lugar" [400•71 . En el decreto no hay ninguna mención de los castigos que han de sufrir los fieles y clérigos en caso de desobediencia. Esto es del todo natural, dado que el Vaticano ya no puede castigar a nadie.
El “santo” tribunal aún subsiste, bajo el rótulo de Congregación para la doctrina de la fe, pero ya no infunde miedo a nadie y sus anatemas dejan tranquilos incluso a los teólogos más inquietos. La Inquisición ha muerto, es un cadáver, que difícilmente se podrá resucitar. Porque los milagros, digan lo que digan los teólogos tradicionales, no se producen ni aun en la Iglesia.
p Así pues, hemos concluido nuestro relato sobre la Inquisición, cuya actividad es como hilo de engarce de la historia del catolicismo. Nuestro libro es tan sólo una crónica sucinta de esa institución; está lejos de abarcar todas las épocas y países en que actuaron los inquisidores, todas sus fechorías. El autor, partiendo de hechos y documentos históricos, quiso revelar los rasgos más sobresalientes y típicos de la actividad del “santo” tribunal, sacar a luz sus raíces sociales, mostrar por qué motivos y en interés de qué clases perpetró sus monstruosos crímenes, cuáles fueron las causas que lo hicieron desaparecer de l^i escena histórica.
p La Inquisición de la Iglesia Católica es cosa del pasado, pero sus “tradiciones”, sus métodos y su espíritu sobreviven. El Estado burgués moderno se vale de ellos y los emplea con una sutilidad y perfidia no inferiores a las manifestadas por los "perros de Cristo" en la remota época medieval.
p Ilegitimidad flagrante, torturas y violencias, asesinatos sin formación de causa, ferocidades de todo género, 401 terrorismo y genocidio, todo eso ha servido y sirve al Estado burgués en su lucha contra los combatientes por los derechos de los trabajadores y contra los pueblos avasallados. ¿Acaso no tratan así las autoridades norteamericanas a la población negra, a los huelguistas, estudiantes y presos políticos? En las mazmorras de Chile sufren miles de antifascistas y demócratas, sometidos a tormentos y violencias, privados de su dignidad de hombre. Se comportan como bárbaros, respecto a la población negra sojuzgada, los racistas de la República Sudafricana y Rhodesia Meridional.
p Deben ser condenadas severamente las tropelías de los invasores israelíes en las tierras árabes ocupadas. Es imposible leer sin horror las declaraciones de las numerosas víctimas del terrorismo sionista ante la Comisión especial de la ONU encargada de investigar los crímenes de Israel y las infracciones de los derechos de los árabes en los territorios ocupados. La tortura con hierro incandescente y electricidad, el arrancamiento de uñas y la castración figuran entre los medios usados por los círculos gobernantes israelíes para romper la resistencia de los árabes. Según datos de la misma Comisión, cincuenta mil árabes han perdido sus casas, tierras y bienes en Jerusalén, y once mil estaban recluidos en 19 cárceles israelíes. Todo ello recuerda las atrocidades de la Inquisición, entre cuyas víctimas figuraron los judíos españoles. Pero ¿acaso puede esta circunstancia justificar los crímenes, más monstruosos aún, de los sionistas israelíes?
Los imperialistas, los colonizadores y los explotadores son inhumanos. Sean cuales fueren la nacionalidad o religión a que pertenezcan, nadie ni nada puede cohonestar sus barbaridades. Están condenados por la historia y deberán ceder el lugar a un mundo nuevo, el mundo comunista, donde el género humano encontrará, por fin, su libertad y justicia auténticas.
402Notes
[389•50] Citado según H. Fesquet. Diario del Concilio. Tutto il Concilio giorno per piorno. Milano. 1967. p. 258.
[389•51] Ibíd., p. 291.
[390•52] Ibíd.
[390•53] H. Kuehner. Index Romanus. Roma, 1964.
[390•54] H. Fesquet. Diario del Concilio. Tullo U Concilio giorno per piorno, pp. 517-518.
[391•55] Ibíd., p. 857.
[391•56] Ibíd., p. 660.
[391•57] Corriere de la Sera, 28 de ocrubre de 1965.
[392•58] H. Fesquet. Diario del Concilio. Tutto U Concilio giorno per giorno, p. 1.059.
[392•59] Véase L’Osservatore Romano, 6 y 7 de diciembre de 1965.
[393•60] Informations Catholiques Internationales. 15 de marzo de 1967, pp. 5-6.
[394•61] L’Osservatore Romano, 15 de junio de 1966.
[394•62] History Today, 1966., Ms 10, p. 719.
[395•63] La Civilta Cattolica, 5 de noviembr de 1966, p. 34.
[396•64] Informations Catholiques Internationales, 15 de julio de 1968, p. 27.
[397•65] Paese Sera, 28 de diciembre de 1968.
[397•66] Neue Zürcher Zeitung, 17 de diciembre de 1968.
[398•67] Le Monde, 11 de diciembre de 196X.
[399•68] La Cinta Cattolica, 1 de febrero de 1969, p. 213.
[399•69] Ibíd., p. 214.
[399•70] L’Osservatore Romano, 10 de abril de 1975, p. 1.
[400•71] Ibíd., p. 2. 400
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