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“ARREPENTIMIENTO" DE GALILEO
 

p En 1543, el astrónomo aficionado polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), absolutamente desconocido por aquel entonces, publicó su obra titulada De Revolutionibus Orbium Coelestium. Aunque estaba dedicada al Papa Pablo III y guardaba el respeto tradicional a los cánones eclesiásticos, el cuadro del mundo que ofrecía fue distinto de raíz al bíblico-ptolemeico, generalmente reconocido en aquellos tiempos, según el cual la Tierra es el centro del Universo. Como dijera Engels, la publicación de esa obra inmortal significó "el acto revolucionario con que las Ciencias Naturales declararon su independencia y parecieron repetir la acción de Lulero cuando éste quemó la bula del Papa...”  [347•23 

p Al principio, los jerarcas de la Iglesia Católica no se fijaron mucho en el descubrimiento de Copérnico, ya que en el prefacio a su trabajo, escrito por el teólogo protestante Osiander, editor del libro, los planteamientos del gran astrónomo polaco se presentaban como mera hipótesis. Más aún, los primeros en atacar el sistema copernicano fueron Lutero y Calvino. Los teólogos católicos, en cambio, tardaron medio siglo en comprender, después de tropezar con la concepción herética del Universo profesada por Giordano Bruno, que el sistema heliocéntrico de Copérnico socavaba las piedras sillares de la mundividencia religiosa.

p Del mismo modo enjuició la teoría copernicana Galileo Galilei (1564-1642), cuyos descubrimientos confirmaron la tesis fundamental de su predecesor polaco: la Tierra gira alrededor de su eje. En 1621 escribió al príncipe de Cesi, partidario suyo: "Sospecho que los descubrimientos astronómicos señalarán el entierro o, mejor dicho, el juicio final de una filosofía falsa"  [347•24 , entendiendo por esta última 348 los puntos de vista teológicos sobre la estructura del Universo.

p En los albores del siglo XVII, los descubrimientos de Copérnico y Galileo dividieron a los eclesiásticos en dos campos hostiles: los partidarios y los adversarios del sistema heliocéntrico. En los países católicos de aquella época, muchos científicos fueron a la vez eclesiásticos, miembros de diversas órdenes monacales. Algunas obras suyas criticaban las leyendas bíblicas y, difundiéndose entre los clérigos, originaron una confusión en su medio, que por lo demás se encontraba en el estado de efervescencia continua a causa de la cisma eclesiástica, de las guerras religiosas y la critica de los dogmas de la Iglesia por los humanistas de la época del Renacimiento.

p Uno de los primeros en darse cuenta del peligro que representaba para la Iglesia el descubrimiento de Copérnico y Galileo fue, en el mundo católico, el ya mencionado cardenal Bellarmino (1542-1621), coautor activo del asesinato de Giordano Bruno y jefe de la Congregación del Santo Oficio del período a que nos referimos.

p Según el filósofo norteamericano contemporáneo B. Dunham, Bellarmino "figura entre los inquisidores más formidables porque fue uno de los más instruidos. Se hizo famoso por su exigencia de quemar a los jóvenes herejes por la consideración de que cuanto más tiempo vivieran tanto mayor sería su maldición. Pero al afirmar que la innovación de Copérnico estropearía el plan cristiano de salvación, no dijo más que la verdad. Los inquisidores se equivocan en muchas cosas, tienen una idea absolutamente errónea de los valores, pero no se equivocan casi nunca cuando se trata de tendencias. Predicen el futuro de una idea al modo como un perro adivina la existencia de una huella...”  [348•25 

p Al principio, la Santa Sede y la Inquisición romana encabezada por Bellarmino intentaron lograr una especie de acuerdo de transacción con Galileo y sus partidarios, en las condiciones siguientes: los científicos presentarían sus descubrimientos como hipótesis, sin oponerlos a la Biblia y sin tratar de refutar la versión bíblica de la creación del mundo, en cuyo caso la Iglesia y la Inquisición les dejarían en paz, absteniéndose de toda persecución o castigo.

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p Sin embargo, Galileo y sus numerosos partidarios (los hubo también en el medio de jerarcas eclesiásticos), rechazando esa componenda, irrumpieron atrevidamente en la esfera de la teología, vedada para ellos. Insistieron en que sus descubrimientos no eran una hipótesis dudosa sino una verdad absoluta y se debía considerarlas como tales, pues se daban perfecta cuenta de que la ciencia podría adquirir su sentido y significación auténticos, y desarrollarse con todo éxito, únicamente cuando se sacudiera los grilletes de la teología y dejara de ser su servidora para pasar al servicio de la verdad objetiva.

p El partido de la Contrarreforma encabezado por el sumo pontífice, los jesuítas y los jerarcas dominicos recogió el guante arrojado por Galileo y decidió darle una lección. Se ordenó a la Inquisición reparar en el “caso” de Galileo, y ésta, fiel a su tradición inmanente, empezó a buscar datos que demostrasen el carácter herético de las concepciones del científico. Esos datos los proporcionaron, como de costumbre, los delatores (el dominico Tomás Caccini y otros).

p Después de enterarse de que en Roma se preparaba un proceso contra él, Galileo se dirigió a’ la Santa Sede, provisto de cartas de recomendación al Papa y a los cardenales, escritas por su patrón Cosimo II, gran duque de Toscana. Tuvo la esperanza de conseguir el reconocimiento de sus descubrimientos, considerándolos exentos de todo incompatible con lo que era a su entender doctrina cristiana verdadera. Pero mientras defendía sus puntos de vista en los aposentos de dignatarios pontificiales en Roma, la Inquisición encargó a sus censores dictaminar sobre las dos tesis fundamentales de la teoría copernicana propugnadas y desarrolladas por Galileo: el Sol es el centro del Universo e inmóvil exteriormente con respecto al desplazamiento; la Tierra no es el centro del universo ni es inmóvil, sino que se mueve también ella misma con un ciclo de movimiento de veinticuatro horas.

p En cuanto a la primera tesis, los censores declararon- al unísono que era "necia y absurda en el aspecto filosófico y herética desde el punto de vista formal, por contradecir obviamente las máximas de la Sagrada Escritura en muchos lugares suyos, tanto respecto al sentido de lo dicho en la Escritura como a la interpretación general por los santos padres y los doctos teólogos”.

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p Con la misma unanimidad se pronunciaron sobre la segunda tesis, diciendo que ella "debe someterse a la misma censura en el aspecto filosófico; considerada desde el punto de vista teológico, es por lo menos un extravío en las cuestiones de fe"  [350•26 .

p Ese dictamen se firmó el 24 de febrero de 1616, y el día 5 del mes siguiente, la Congregación del índice de libros prohibidos acordó, por encargo de la Inquisición, condenar la doctrina copernicana acerca del Universo.

p Galileo regresó a Florencia poco después. De lo que le pasó en Roma puede juzgarse por los documentos publicados del Santo Oficio, que por lo demás contienen una información contradictoria al respecto. En algunos se dice que se le prescribió dejar de defender la herejía copernicana; según otros, todo se limitó a las “exhortaciones” del cardenal Bellarmino a no entrar en conflicto con la Iglesia sobre este particular. El propio Bellarmino entregó a Galileo un certificado, suscrito por su propia mano con fecha del 26 de mayo de 1616, diciendo que Galileo no había abjurado y que sólo se le había "anunciado la declaración hecha por nuestro Señor (el Papa. /.(?.) y publicada por la Santa Congregación del índice, en la que se contiene que la doctrina atribuida a Copérnico acerca de que la Tierra se mueve en torno al Sol y que el Sol está en el centro del mundo sin desplazarse del oriente al occidente, es contraria a la Sagrada Escritura y por esto no puede ser defendida ni admitida"  [350•27 .

p Esos documentos ponen en claro una cosa: al entrevistarse con Bellarmino y con el Papa Pablo V, que también quiso conversar con Galileo, éste experimentó una presión encaminada a imponerle la renuncia a defender, por lo menos en público, la teoría heliocéntrica. Puesto que la Inquisición la había declarado contraria a la doctrina de la Iglesia, cualquier desobediencia en este plano amenazaba con serias molestias e incluso con la hoguera (la suerte de Giordano Bruno era un vivo recordatorio de ello). En tales circunstancias, Galileo decidió ser prudente, evitar el riesgo y cumplir las exigencias del Papa y de Bellarmino. Estos últimos, a su vez, teniendo en cuenta el gran prestigio e 351 influencia de Galileo, optaron por un acuerdo “amistoso”, absteniéndose de imponerle la abjuración humillante y la condenación de la doctrina copernicana. Así pues, la primera colisión del científico y el Santo Oficio culminó en una especie de compromiso.

p Poco después se evidenció que Galileo no se proponía subordinarse al Santo Oficio, ya que continuó defendiendo y propagando los puntos de vista censurados por la Iglesia.

p Pero lo hizo de manera indirecta; en vez de propugnar sus propios descubrimientos y los de Copérnico a cara descubierta, recurrió a rodeos. En sus trabajos nuevos se manifestaba dócil a la Iglesia e incluso reprobaba el copernicanismo, pero de una manera tal que al lector le fuera claro que lo que reprobaba en realidad no eran sus propias concepciones ni las de Copérnico, sino el punto de vista eclesiástico sobre este particular. Puede servir de ejemplo de ese lenguaje esópico, muy usado por los científicos en la lucha contra la teología durante el período de Renacimiento, el siguiente pasaje de una composición de Galileo sobre los cometas (El contraste), publicada en 1623: "Por cuanto el movimiento atribuido a la Tierra, que como católico pío considero falso a todas luces y no conforme a la verdad, explica perfectamente multitud de fenómenos diversos, supongo que ese movimiento, por falso que sea, explica también hasta cierto grado el fenómeno de los cometas”.

p En el mismo año 1623 en que vio la luz El contraste pasó a instalarse en la Santa Sede, bajo el nombre de Urbano VIII, el cardenal Maffeo Barberini, amigo antiguo de Galileo. Confiando en la protección del nuevo Papa, el científico empezó a defender con mayor atrevimiento sus criterios. En 1630 llegó a Roma con un nuevo manuscrito titulado Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolomeico y copernicano. En esta obra se nos presentan tres personajes: Salviati, Sagredo y Simplicio. El primero es partidario del sistema copernicano, el segundo aparece como presidente neutral de la disputa y el tercero defiende la teoría ptolomeica (eclesiástica) del Universo. Aunque la disputa se sostiene, como diríamos ahora, "a un nivel teórico muy alto" y el autor expone la argumentación de los polemistas con la máxima objetividad, es obvio de qué lado está, aunque sólo sea porque ha bautizado de Simplicio (Simplón) al abogado del punto de vista eclesiástico. Ese 352 Simplón concluye diciendo, después de agotar todos los argumentos de los jesuítas, peripatéticos e inquisidores contra el sistema copernicano, que no aceptaría por nada del mundo ese sistema, aun cuando correspondiera a la realidad, porque lo detesta. Dios es omnipotente, no está subordinado a ninguna ley y sus caminos son inescrutables": éstas son las principales objeciones "de peso" con que Simplicio replica; prácticamente, al propio Galileo, que bajo el nombre de Salviati discute con él, poniendo de manifiesto la absurdidad, ridiculez e inconsistencia científica completa de su adversario.

p Esa pildora amarga para la Iglesia llevaba una envoltura dulce en forma de prefacio y epílogo, en los que el autor precavido presentaba su obra como ¡elogio a la condenación eclesiástica de la doctrina copernicana! Esta circunstancia, probablemente, y el hecho de que dicha doctrina se expusiera en el Diálogo como hipótesis, como uno de los puntos de vista (confrontado con otro, el eclesiástico), permitieron a Galileo obtener de la censura inquisitorial el permiso de publicar la obra, que salió a luz en Florencia en 1632, en italiano  [352•28 , y se agotó pronto. Los adversarios de Galileo de nuevo se pusieron furiosos. Los jesuítas y otros detractores se empeñaron en inculcar a Urbano VIII que ese libro era muy peligroso para toda la cristianidad, "más horrible, y más funesto para la Iglesia, que los escritos de Lulero y Calvino”; su autor presentaba bajo las apariencias de Simplicio punto menos que al propio Papa, oponía descaradamente el prestigio de la ciencia al de la Iglesia, etc. A los enemigos de Galileo no les costó mucho trabajo convencer al sumo pontífice de que el autor del Diálogo había abusado de su confianza, había incurrido en herejía y debía ser castigado severamente. No bien habían transcurrido unos cuantos meses desde la publicación del Diálogo cuando el Papa prohibió su venta y dispuso que la Inquisición presentara nuevamente a Galileo la acusación de errores heréticos.

p Fernando II, gran duque de Toscana, al que estaba dedicado el Diálogo, trató de interceder por Galileo ante Urbano VIII por intermedio de Niccolini, embajador del ducado en Roma, pero el santo padre, enojado al extremo, replicó al diplomático florentino: "Vuestro Galileo ha 353 emprendido un camino falso y osa discurrir sobre las cuestiones más importantes y peligrosas de cuantas puedan suscitarse en nuestro tiempo”. Varios días después, Niccolini se aventuró de nuevo a hablar con el Papa a propósito de Galileo y escuchó en respuesta lo siguiente: "Galileo propugna las opiniones condenadas desde hace ya 16 años y se ha comprometido en un asunto complejo. Se trata de una cosa muy peligrosa y el libro es en extremo nocivo. El caso es peor de lo que piensa el gran duque, ruego se lo escriba. No debe tolerar que Galileo pervierta a sus alumnos transmitiéndoles concepciones peligrosas”.

p Al comunicar a Florencia sus conversaciones con Urbano VIII, Niccolini anotó: "La actitud del Papa hacia nuestro pobre Galileo no puede ser peor"  [353•29 .

p El 30 de septiembre de 1632, el inquisidor florentino avisó a Galileo que la Inquisición romana le ordenaba presentarse inmediatamente en Roma. El científico tenía 68 años, estaba enfermo y en los dominios papales hacía estragos la peste. Alegando estas circunstancias pidió que su causa fuera examinada en Florencia, donde podía contar con la protección del gran duque. Compadeciendo a Galileo, Fernando II trató de inclinar al Papa a ser más benévolo para con él, pero no se atrevió a entrar en conflicto con la Santa Sede. De modo que el anciano se vio constreñido a obedecer a la citación y partió para Roma.

p Se hospedó en el palacio del embajador florentino Niccolini y fue interrogado cuatro veces por los inquisidores.

p ¿Qué .actitud sostuvo ante las acusaciones lanzadas por la Inquisición? Si no se declaraba culpable y no abjuraba de sus opiniones auténticas, corría el riesgo de ser quemado como Giordano Bruno. De confesar y abjurar de ellas, cometería en cierto modo un acto de traición. En tales circunstancias optó por un tercer camino: contrariamente a los hechos evidentes, negó en redondo que compartiera la doctrina copernicana después de 1616, año en que fue declarada herética por la Inquisición.

p Los inquisidores presentaron a Galileo el fallo del “santo” tribunal fechado en el 25 de febrero de 1616, que le prohibía no sólo enseñar o defender las concepciones de Copérnico, sino también exponerlas. El incumplimiento de ese mandato implicaba supuestamente la reclusión carcelaria. 354 Pero el texto del indicado fallo está en pugna con la carta de Bellarmino del 26 de mayo de 1616, en que se hacía constar únicamente que Galileo había sido avisado de la prohibición de defender o compartir la doctrina copernicana, pero no se decía nada sobre la prohibición de enseñarla o exponerla, ni que Galileo había contraído en este aspecto compromiso alguno con la Inquisición. Muchos investigadores sacan de ello la conclusión -la única justa- de que el documento del 25 de febrero fue falsificado por los inquisidores para comprometer al acusado.

p Interrogado por primera vez el 12 de abril de 1633, dijo a los inquisidores: "Por lo que respecta al problema discutible concerniente al movimiento de la Tierra, la Congregación del índice decidió que semejante punto de vista sobre la inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra era absolutamente contrario a la Sagrada Escritura y sólo podía admitirse como hipótesis, como criterio de Copérnico... Me informó de ese dictamen el cardenal Bellarmino, quien sabía que yo, como Copérnico, reconocía esa concepción como hipótesis... Me dijo que la opinión de Copérnico interpretada afirmativamente contradecía la Sagrada Escritura y, por tanto, era inadmisible compartirla o defenderla, pero sí se podía aceptarla como hipótesis y escribir de ella en este sentido... No puedo recordar, por haber ocurrido esto muchos años atrás, si me dijeron o transmitieron algo más, y no sé si recordaría lo dicho en el caso de que se me lo leyera. Digo francamente lo que recuerdo, porque no creo haberme apartado en algo de lo que me fuera comunicado...”

p El comisario principal y acusador de la Inquisición declaró a Galileo lo siguiente: en el mandato que le había mostrado Bellarmino se indicaba que "no debía en modo alguno compartir la mencionada opinión, ni defenderla, ni tampoco enseñarla”. Pero Galileo lo negó: "Según recuerdo, el mandato decía: "ni compartir, ni defender”, y así precisamente estaba expresado en la nota de Bellarmino. Es posible que figuraran también otras dos expresiones, que ahora se me presentan: "ni enseñar" y "en modo alguno”, pero no lo recuerdo. No las he retenido en la memoria porque, supongo, no se mencionan en el certificado a que me ajustaba y cuyas indicaciones retengo en la memoria”.

p En cuanto a la acusación de haber obtenido por engaño 355 de Ricardi, primer censor de la Congregación del índice, el permiso de publicar su trabajo, sin avisarle de la prescripción de Bellarmino, dijo así el científico: "No hubo ninguna necesidad de ello, ya que en mi libro no hago pasar por verdadera ni defiendo en modo alguno la doctrina que postula el movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol; al contrario, pruebo la opinión opuesta, mostrando que las razones de Copérnico son precarias y poco convincentes"  [355•30 .

p Después del tercer interrogatorio, Galileo fue detenido y encerrado en un aposento del palacio de la Inquisición; bien que no estaba encarcelado, le separaba del calabozo un solo paso...

p Mocolani, comisario de la Inquisición, se esforzó durante 18 días por “persuadir” con amenazas a Galileo. El 20 de abril de 1633, el científico declara a los inquisidores que al reflexionar sobre sus preguntas leyó otra vez el Diálogo y éste le pareció como una obra nueva de autor ajeno. Reconoció que algunos pasajes de la obra, por su fuerza de expresión podían corroborar la "opinión falsa" antes que facilitar su refutación.

p Niccolini seguía rogando al Papa que aliviara la suerte del preso de la Inquisición, pero tropezó invariablemente con una negativa rotunda. "Repito una vez más -dijo Urbano VIII al diplomático florentino- que es imposible admitir relajación alguna para Galileo. Que Dios le perdone el haber entrado en cuestiones relacionadas con doctrinas nuevas y con la Sagrada Escritura. Siempre es mejor seguir las doctrinas generalmente reconocidas... El señor Galileo fue amigo mío, conversamos a menudo sin ceremonia y comimos juntos, pero se trata de la fe y de la religión"  [355•31 .

p Es más, el 16 de junio de 1633, en una reunión secreta de la Congregación del Santo Oficio, Urbano VIII ordenó, según se lee en un acta, interrogar a Galileo amenazándole con la tortura.

p El 20 de junio fue interrogado otra vez y, según testimonio de Niccolini, se le anunció que al día siguiente sería sometido a "un interrogatorio y una prueba”. El día 356 21 se sometió al científico a un interrogatorio “severo” (y el último). ¿Fue torturado entonces o la cosa quedó en amenazas? Los autores clericales sostienen que no se le aplicó el tormento. Pero en la sentencia de la Inquisición se dice explícitamente que Galileo fue sometido a una "prueba severa" (este término significaba tortura en el lenguaje de los inquisidores). Sea como fuera, los inquisidores lograron doblegar a Galileo y arrancarle, el 21 de junio de 1633, una declaración en que reconocía "justa e indudable" la doctrina de Ptolomeo.

p El 21 de junio, el tribunal de la Inquisición dictó una sentencia que condenaba a Galileo. Al día siguiente se le dio lectura en la iglesia de Santa María sobre la Minerva y allí mismo pronunció el penitenciado su “abjuración”. La sentencia rezaba:

p “Nosotros... diáconos y cardenales, por la gracia de Dios, de la Santa Iglesia en la sede apostólica, nombrados inquisidores generales contra toda perversión herética que pueda aparecer en la sociedad cristiana ecuménica.

p Puesto que tú, Galileo, de 70 años de edad, hijo del florentino Vincenzo Galilei, fuiste acusado en 1615 en este santo tribunal de considerar como verdadera y propagar en el pueblo una doctrina falsa según la cual el Sol se encuentra en el centro del Universo y es inmóvil, y la Tierra gira alrededor del eje con un ciclo de revolución de veinticuatro horas; de tener discípulos a los que enseñabas esa doctrina; de mantener correspondencia sobre este particular con algunos matemáticos alemanes; de haber editado varias cartas acerca de las manchas solares, en las que declarabas verdadera la susodicha doctrina.

p Te hacían ver sin cesar tu error, poniéndote objeciones con arreglo a la Sagrada Escritura, pero respondías que la Sagrada Escritura estaba fuera de tu entendimiento. En fin, vio la luz un ejemplar de tu obra en forma de carta a uno de tus antiguos alumnos, en que a tenor con los disparates de Copérnico desarrollabas algunos planteamientos contrarios al sentido común y a la Sagrada Escritura. En consecuencia de lo dicho, este santo tribunal, deseoso de precaver a las gentes del daño y la tentación provenientes de tu conducta y peligrosos para la pureza de la santa fe, por orden de nuestro Señor y de los eminentísimos señores cardenales de toda la Inquisición suprema y universal sometió al examen la hipótesis copernicana sobre la 357 inmovilidad del Sol y el movimiento de la Tierra, y los teólogos calificadores formularon los dos postulados siguientes:

p 1. Considerar que el Sol es el centro del Universo e inmóvil significa una opinión absurda, falsa en el aspecto filosófico y en extremo herética, porque contradice evidentemente la Sagrada Escritura.

p 2. Considerar que la Tierra no es el centro del Universo ni inmóvil significa una opinión absurda, falsa en el aspecto filosófico y contraria también, desde el punto de vista teológico, al espíritu de la fe.

p Mas puesto que de momento queríamos ser condescendentes contigo, se decidió en la Santa Congregación, reunida el 25 de febrero de 1616, que el eminentísimo cardenal Bellarmino te inculcara que debías abjurar plenamente de la susodicha doctrina falsa; lo mismo se te repitió también a través de un comisario del santo tribunal, en presencia del notario y testigos, so pena de reclusión carcelaria, que en adelante no hablaras ni escribieras en favor del sistema copernicano condenado; luego te dejó que te fueses.

p Después, a fin de erradicar definitivamente una herejía tan nefasta e impedir que penetrase en la Iglesia Católica y le causara un daño fuerte, la Santa Congregación editó un índice-decreto por el cual se prohibían todos los libros que tratasen de esa doctrina falsa y contraria a la Escritura divina.

p En el pasado año de 1632 apareció un libro, editado en Florencia, cuyo título prueba que eres su autor. Ese libro se denomina Dialogo de Galileo Galilei delle due massimi sistemi del Mondo Tolemaico e Copernicano. La Santa Congregación supo por la impresión del mismo que la doctrina falsa acerca del movimiento de la Tierra iba cobrando vigor cada día más. El libro arriba mencionado reveló, después de su examen minucioso, que, habiendo transgredido evidentemente la amonestación impuesta, continuabas defendiendo opiniones maldecidas y condenadas ya por la Santa Iglesia. En dicho libro te ingenias de diversos modos para insinuar que el problema no ha sido resuelto por completo y que la opinión de Copérnico es muy probable, pero esto es ya de por sí un error tremendo, porque de ninguna manera puede ser probable lo que la Santa Iglesia ha calificado definitivamente de falso y contrario a la Sagrada Escritura.

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p Por lo tanto, llamado a presentarte aquí por nuestra disposición, compareciste ante el santo tribunal y reconociste bajo juramento en un interrogatorio que el aludido libro había sido compuesto y publicado por ti mismo. Reconociste también que habías empezado a escribirlo 10 ó 12 años atrás, ya después de la susodicha amonestación, y al pedir permiso para publicar tu obra no habías prevenido a los censores que te estaba prohibido compartir el sistema de Copérnico y propagarlo comoquiera que fuera.

p Del mismo modo confesaste que el texto de la indicada obra estaba compuesto de manera que el lector pudiera más bien dejarse convencer por los falsos argumentos aducidos y ponerse del lado de la doctrina falsa; para justificarte alegas que el escribir una obra en forma de diálogo te dejaste llevar por el deseo de infundir la máxima fuerza a las pruebas en favor de tus opiniones, y dices que cualquier persona que discurra sobre alguna materia se aficiona a una tesis predilecta tanto más rápidamente cuanto mayores esfuerzos se requieran para demostrarla y menos consistente sea, aunque parezca probable.

p Por último, cuando se te había otorgado un plazo conveniente para que pudieras justificarte, llamaste nuestra atención al certificado que te había entregado el eminentísimo cardenal Bellarmino accediendo a tu petición y, como decías, para protegerte contra la calumnia de los enemigos que hacían correr el rumor de que hubieras abjurado de tus convicciones y hubieras sido castigado por el santo tribunal; y el certificado demostraba que no habías abjurado en modo alguno de tus opiniones ni habías sido castigado, que sólo se te había anunciado la resolución de la Santa Congregación del índice diciendo que la doctrina acerca del movimiento de la Tierra y la inmovilidad del Sol contradecía la Sagrada Escritura y en virtud de ello no podía ser defendida ni propagada.

p Puesto que en ese certificado no se mencionaban los dos puntos del decreto, conviene pensar, como dijiste tú, que en los 14 ó 16 años transcurridos los olvidaste y por esta razón no hiciste mención de la susodicha amonestación. Todo ello no lo dices para disculparte de tu error, sino con el fin de atribuirlo a la vana soberbia antes que a la mala intención.

p Pero esta circunstancia, en vez de mitigar tu falta sólo ha agravado tu culpa, pues confirma que te estaba 359 prohibido compartir la doctrina contraria a la Sagrada Escritura, a pesar de lo cual osaste discurrir sobre ella, defenderla e incluso presentarla como probable. Tampoco habla en tu favor el permiso que arrancaste por arte y astucia sin decir una palabra al censor acerca de la amonestación.

p Nos pareció que no habías confesado con toda franqueza tu intención y por eso creímos necesario someterte a una prueba severa (es decir, a la tortura -7.G.), en la que pese a tus deposiciones y explicaciones anteriores respondiste como católico auténtico. Por consiguiente, habiendo examinado y discutido maduramente todos los aspectos de tu causa, y tomando en consideración tus deposiciones y excusas, así como la esencia de las reglas canónicas, hemos concluido con respecto a ti lo siguiente:

p Habiendo llamado en ayuda el nombre de nuestro Señor Jesucristo y de su gloriosa madre Virgen María, en virtud de este fallo definitivo nuestro dictado en sesión de la corte deliberativa y en común con nuestros venerables maestros de teología y doctores en ambos Derechos, nuestros consejeros en este tribunal, con respecto a tu causa, que nos han revelado el excelente Carlos Sincero, doctor en ambos Derechos y fisca-acusador del santo tribunal, por una parte, y tú mismo, Galileo Galilei, acusado en este proceso, por otra, disponemos lo que sigue:

p A consecuencia del examen de tu culpa, y de que la has reconocido, te sentenciamos y te declaramos, Galileo, que este santo tribunal te considera fuertemente sospechoso de herejía, como poseído de la falsa idea, contraria a la Escritura Sagrada y divina, de que el Sol es supuestamente centro de la órbita terrestre y no se mueve del Oriente al Occidente, mientras la Tierra es móvil y no constituye el centro del Universo. Te reconocemos también rebelde a la autoridad eclesiástica, que te ha prohibido exponer, defender y presentar como probable una doctrina reconocida falsa y contraria a la Sagrada Escritura.

p Por esta razón estás sujeto a todas las penitencias y castigos que los santos cánones y otras leyes generales y particulares imponen por los crímenes de este género.

p Podrás librarte de ellos únicamente cuando abjures ante nosotros de todo corazón y con la fe sincera, maldigas y detestes tanto los errores y herejías arriba mencionados como, 360 en general, todo error y toda herejía contrarios a la Iglesia Romana Católica, empleando las expresiones que consideremos oportunas.

p Mas para que un pecado tan grave y pernicioso como el tuyo y tu rebeldía no queden impunes, y no puedan ponerte aún más insolente en el futuro, sino que, por el contrario, sirvan de ejemplo y prevención a otros, hemos dispuesto prohibir el libro titulado Diálogo de Galilea Galilei y recluir a ti mismo sine díe en la cárcel del santo tribunal. Para tu arrepentimiento salvador prescribimos que por espacio de 3 años leas una vez por semana 7 salmos de penitencia.

p El derecho de aminorar, modificar o derogar, completa o parcialmente, cualquiera de los castigos y penitencias arriba indicados queda reservado a nosotros.

p Así decimos, pronunciamos, anunciamos como fallo, disponemos y sentenciamos por el poder que nos está dado, del modo óptimo y con todo entendimiento nuestro”.

p Después de anunciada la sentencia, Galileo leyó el texto siguiente de su abjuración: "Yo, Galileo Galilei, hijo de Vincenzo Galilei, florentino, presentándome personalmente a la edad de 69 años ante el tribunal, hincado de rodillas ante ustedes, altos y venerables señores cardenales de la república cristiana ecuménica, teniendo ante mis ojos el santo Evangelio, al que toco con mis propias manos, juro que he creído siempre, creo ahora y, con la ayuda de Dios, creeré en adelante en todo lo que contiene, predica y enseña la santa Iglesia Católica y Apostólica. Pero puesto que este santo tribunal me amonestó legítimamente hace ya mucho tiempo para que abandonara la falsa opinión de que el Sol se encuentra en el centro del Universo y es inmóvil, no compartiera esa opinión, ni la defendiera, ni tampoco la enseñase de ningún modo, verbalmente o por escrito, mientras que yo he escrito e imprimido un libro en que expongo la doctrina condenada y aduzco argumentos fuertes en su favor, si bien no hago la conclusión definitiva, en virtud de todo esto se me ha reconocido fuertemente sospechoso de herejía, es decir, de suponer y creer que el Sol constituye el centro del Universo y es inmóvil, y la Tierra no es centro y se mueve.

p Por esto, deseando desterrar de sus pensamientos, reverendísimos señores cardenales, lo mismo que del entendimiento de todo cristiano auténtico, esa sospecha planteada 361 legítimámente contra mí, abjuro de todo corazón y con la fe sincera y maldigo, detestándola, la susodicha herejía, error o secta disconforme con la Santa Iglesia.

p Juro no hablar ni discurrir nunca en adelante, verbalmente o por escrito, sobre materias, cualesquiera que sean, susceptibles de resucitar la sospecha planteada contra mí, y cuando conozca a alguien poseído de una herejía o sospechoso de ella, me obligo a designarle a este santo tribunal, o al inquisidor, o al ordinario del lugar más próximo. Además, juro y prometo acatar y cumplir estrictamente todos los castigos y penitencias que me ha impuesto o imponga este santo tribunal.

p Si falto (guárdeme Dios) a algo contenido en estas palabras, testimonios, juramentos y promesas, me someteré a todos los castigos y penitencias establecidos por los santos cánones y otras disposiciones generales y particulares contra los crímenes de este género. Que me ayuden en esto Dios y su santo Evangelio, al que toco con mis propias manos.

p Yo, nombrado Galileo Galilei, he abjurado, he prestado juramento y me he obligado, según se dice arriba. En fe de lo cual pongo mi firma al pie de esta fórmula de mi abjuración, que he leído en voz alta para que todos se enteren, palabra por palabra. 22 de junio de 1633, en el monasterio de la Minerva en Roma.

p Yo, Galileo Galilei, he abjurado de lo susodicho con mi propia firma"  [361•32 .

p Según una leyenda, Galileo profirió después de abjurar: "¡Y sin embargo se mueve!" No se sabe si pronunció en efecto estas palabras (las encontramos por primera vez en las memorias escritas por su discípulo Vincenzo Viviani 12 años después de la muerte del maestro). En todo caso, se ha establecido a ciencia cierta que la abjuración no le hizo cambiar de concepciones. Dijo así: "Tengan cuidado, teólogos, si desean convertir en dogma de fe la cuestión del movimiento o reposo del Sol y la Tierra... Ustedes mismos proporcionan un terreno a las herejías, por estimar sin fundamento alguno que la Escritura dice lo que les conviene y exigir que los hombres instruidos se retracten de su propia opinión y de las pruebas irrefutables... De los dos sistemas uno es claro, y el otro, oscuro; el que no ha cegado debe saber 362 distinguir lo blanco; pues díganme francamente: ¿qué les parece blanco?”  [362•33 .

p La sentencia y la abjuración de Galileo se dieron a conocer en todo el mundo cristiano, y fueron leídas públicamente en la catedral de Florencia, en presencia del clero y de los amigos y parientes del condenado.

p Galileo fue declarado "preso de la Inquisición”. Se le prohibieron todas entrevistas, salvo en presencia de inquisidores, y tampoco pudo escribir o leer algo sin el visto bueno de los mismos. En 1634 murió su hija y en 1637 perdió la vista.

p Sólo nueve años después de la condenación de Galileo, cuando estaba ya a punto de morir, dejó de ser vigilado por la Inquisición.

p Falleció el 8 de enero de 1642. Los inquisidores trataron de adueñarse de los papeles del difunto e impedir que fuera enterrado en un cementerio consagrado por la Iglesia.

p Las obras de Galileo estkvieron vedadas durante varios siglos por orden de la Iglesia. Sólo en 1835 dejaron de figurar, lo mismo que las de Copérnico, Kepler y otros célebres descubridores de fenómenos cósmicos, en el índice de libros prohibidos. Sin embargo, la Iglesia consideró hasta el último tiempo como justificada y “legítima” la condenación de Galileo por el Santo Oficio.

p El ya mencionado Marino Marini afirmó en su obra publicada en 1850 que difícil era encontrar una sentencia más sabia y justa que la pronunciada por la Inquisición en el caso de Galileo  [362•34 .

p Los abogados modernos de la Inquisición se muestran más “diplomáticos”. "¿Qué le ocurrió a Galileo? -pregunta el jesuíta Domenico Mondrone en la revista La Civiltá Cattolica, revista del Vaticano-. No fue un divorcio entre la ciencia y la fe, que nunca dejaron de ser los mejores amigos... El desacuerdo surgió entre teólogos y científicos... Los teólogos tuvieron una preocupación pánica por la Escritura. Galileo tuvo la imprudencia de meterse con la Sagrada Escritura"  [362•35 . Según Mondrone, si Galileo hubiera sido más prudente, no 363 se habría promovido ningún proceso, tanto más por cuanto creía profundamente en Dios y era hijo fiel y sincero de la Iglesia.

p Luigi Firpo, otro defensor de la Inquisición, insiste en que sólo dos circunstancias del “caso” de Galileo son indudables: el carácter ortodoxo de la creencia religiosa del condenado y su obediencia sincera a las imposiciones de la autoridad eclesiástica, así como el hecho de que su condenación no fuera nunca oficial, ya que no estaba confirmada por el Papa "desde la cátedra”, en cuyo caso las declaraciones del sumo pontífice tienen el carácter de infalibles. A juicio de Firpo, todo lo demás en el “caso” de Galileo es una "tierra de nadie”, poblada de espejismos equívocos y patrañas insidiosas  [363•36 .

p Los documentos relacionados con el proceso de Galileo que se aducen en este libro refutan las divagaciones de Marini, Mondrone, Firpo y otros paladines de la Inquisición. ¿Gomo se puede hablar de la ortodoxia de Galileo en las cuestiones de la religión si sus descubrimientos socavaban la piedra angular de la doctrina eclesiástica: fe en el carácter verídico de la Biblial Por esto, precisamente, fue condenado por la Inquisición. Mueve a risa el aserto de Firpo respecto a que la sentencia acusatoria del “santo” tribunal no era “ oficial”. La Inquisición estaba encabezada por el Papa, dictaba sus sentencias con el consentimiento del sumo pontífice y éste las aprobaba. Los trabajos del gran científico fueron incluidos en el índice de libros prohibidos; a cualquiera que los leyera se le castigaba automáticamente con la excomunión. Todo ello se hacía en virtud de actos oficiales de la Santa Sede 

p En cuanto a la persecución de Galileo por la Inquisición, no se trata en modo alguno de una "tierra de nadie”, sino de la tierra de la Iglesia. Los papas, los jerarcas eclesiásticos y los inquisidores enjuiciaron y reprimieron a Galileo y a otros científicos, causando un daño irreparable al desarrollo de la ciencia y, por tanto, al progreso social. "Una de las consecuencias más graves de la condenación de Galileo para Italia -citamos al filósofo progresista Antonio Banfi- consistió en haber quitado toda eficiencia a las investigaciones científicas, por lo que nuestra cultura sufrió 364 durante mucho tiempo y sufre todavía, especialmente en el campo de la filosofía"  [364•37 .

Pero el lector aún tendrá la ocasión de conocer las revelaciones más recientes de jerarcas eclesiásticos a propósito del caso de Galileo.

* * *
 

Notes

[347•23]   F. Engels. Introducción a la "Dialéctica de la Naturaleza”. C. Marx y F. Engels, Obras, t. 20 p. 347.

[347•24]   Citado según G. A. Gúrev. La doctrina de Copérnico y la religión. M., 1961, p. 76.

[348•25]   B. Dunham. Héroes and Herética..., p. 314.

[350•26]   Citado según M. Ya. Vygodski. Galileo y la Inquisición, parte I, p. 167.

[350•27]   Ibid., p. 198.

[352•28]   El Diálogo ha sido publicado también en ruso (M.-L., 1948).

[353•29]   G. A. Gúrev. La doctrina de Copérnico y la religión, pp. 98-99.

[355•30]   G. A. Gúrev. La herejía copernicana en el pasado y en el presente. M., 933, pp. 130-131.

[355•31]   Ibíd., p. 49.

[361•32]   Ibíd., pp. 98-102.

[362•33]   G. Galilei. Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, pp. 329-332.

[362•34]   Véase M. Marini. Galilea e l’Inquisizione, p. 141.

[362•35]   La Civiltá Cattolica, 6 de julio de 1963, p. 33.

[363•36]   L. Firpo. // processo de Galileo. Nel quarto centenario della numitu di Galileo Galilei. Milano, 1966, p. 85.

[364•37]   A. Banfi. Vita di Galileo Galilei. Milano. 1962, p. 6.