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EL CRIMEN Y EL CASTIGO DE GIORDANO BRUNO
 

p El 17 de febrero de 1600, en la Plaza de Flores (Campo di Fiori) de Roma fue quemado, por orden de la Inquisición pontifical, Giordano Filippo Bruno, uno de los pensadores más insignes del Renacimiento. Entonces acababa de cumplir los 52 años, habiendo pasado ocho en la cárcel de la Inquisición.

p Giordano Bruno nació en Ñola, cerca de Ñapóles, en 1548. A la edad de 15 años fue admitido en la orden dominica en esta misma ciudad. Formalmente, quedó dominico hasta el fin de sus días, pero odiaba apasionadamente a los "perros de Cristo" y lo daba a conocer con bastante franqueza en sus obras. Por ejemplo, un personaje de Cantus Circaeus de Bruno pregunta cómo se puede identificar entre la multitud de especies de perros la más rabiosa, verdaderamente canina y no menos famosa que el cerdo. Circe responde: "Es la misma especie de bárbaros 332 que reprueba y agarra con los colmillos aquello que no comprende. Podrás identificarlos porque esos perros mezquinos, notorios ya por su aspecto exterior, ladran de manera abyecta a todos los desconocidos, aunque sean virtuosos, y se muestran suaves con los conocidos, aunque sean bellacos rematados de la más baja categoría"  [332•7 .

p La actitud de Bruno hacia el estado monacal en su conjunto aparece en otra obra suya titulada El arte de persuasión: "El que hace mención de un monje designa con esta palabra la superstición, la codicia y avidez personificadas, la encarnación de la hipocresía y en cierto modo la combinación de todos los vicios. Si quieres expresar todo esto con una sola palabra, di: “monje”" "  [332•8 .

p El reino de Ñapóles estuvo supeditado entonces a la corona española. Sin embargo, ni el rey español ni el sumo pontífice lograron establecer allí una Inquisición permanente, impidiéndolo la resistencia de los napolitanos, que defendían sus fueros tradicionales. Ese reino dio asilo a los judíos y moros evadidos de España y se refugió allí el filósofo español Juan Vives, que criticaba la Iglesia desde posiciones de la Reforma. La herejía protestante y, desde mucho antes, la valdense, estaban ampliamente difundidas entre los napolitanos.

p Así pues, en Ñapóles no hubo tribunales permanentes de la Inquisición. Sin embargo, la Santa Sede logró de vez en cuando enviar allí inquisidores provisionales, que con el apoyo de tropas españolas perseguían a los herejes.

p En 1560-1561, los inquisidores romanos organizaron una cruzada contra los valdenses napolitanos. Entonces se hizo particularmente famoso por sus atrocidades el inquisidor Panza, que torturó y ejecutó sin hacer distinciones a hombres, mujeres y niños.

p Se ha conservado el relato de un contemporáneo sobre el aniquilamiento de herejes en la ciudad de Montalto, por orden de los inquisidores pontificiales: "Me propongo informar de la horrible represión judicial que padecieron hoy, el 11 de junio, al amanecer, los luteranos. A decir verdad, sólo puedo comparar esa ejecución con la degollina de reses. Los herejes estaban acorralados, como un rebaño, en una casa. 333 El verdugo entraba, escogía a uno de ellos, lo arrastraba afuera, echaba un pañuelo (benda, como se dice aquí) en su rostro, le conducía a una plaza cercana, lo ponía de rodillas y le cortaba la garganta con el cuchillo. Luego le arrancaba el pañuelo ensangrentado, volvía a la casa para llevar a otro y lo mataba de la misma manera. Así fueron acuchillados todos sin excepción, ochenta y ocho hombres en total. ¡Imagínense un espectáculo tan horripilante !

p No puedo contener las lágrimas al describirlo. Y no hubo ni una sola persona que, al ver cómo se verificaba la ejecución, se sintiera con fuerzas para asistir y contemplar. Es imposible imaginarse la tranquilidad y la valentía manifestadas por los herejes cuando iban al suplicio. Algunos predicaron la misma fe que profesamos todos nosotros, aunque les condujeron a la muerte, pero la mayoría murió persistiendo inflexiblemente en sus creencias. Los ancianos arrastraron la muerte con calma, sólo unos cuantos jóvenes dieron muestras de pusilanimidad. Me estremezco hasta ahora al recordar cómo el verdugo, con el cuchillo entre los dientes y el pañuelo ensangrentado en las manos, vestido con una coraza cubierta de sangre, entraba en la casa y arrastraba una víctima tras otra, exactamente como el carnicero saca a la oveja destinada a ser sacrificada.

p En cumplimiento de lo ordenado anteriormente se habían preparado los carros para llevar los cadáveres, que después fueron descuartizados y expuestos en todos los caminos, de un extremo a otro de Calabria.

p En Calabria se detuvo a 1.600 herejes, de los cuales han sido ejecutados hasta el presente ochenta y ocho... No he oído que hayan hecho algo malo. Son gentes sencillas e ignorantes, que sólo pueden manejar la azada y el arado y, como he dicho, han demostrado ser creyentes en la hora mortal"   [333•9 .

p No sabemos si el joven Bruno simpatizaba con esos herejes, pero sí se sabe a ciencia cierta que se interesó mucho por la ciencia y fue lector asiduo de libros prohibidos por la Iglesia. Esta circunstancia llamó la atención de los inquisidores. Para escapar a sus persecuciones, Bruno se fue del monasterio, a la edad de 28 años, y se dirigió al Norte de Italia vía Roma. Durante los 13 años siguientes 334 vive en Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, donde entra en contacto con destacados humanistas, enseña la filosofía y escribe sus numerosos trabajos, en los que coloca las primeras piedras de la crítica científica de la religión, refutando los dogmas aristotélico-clericales, y sienta las bases del ateísmo científico o de la "filosofía nueva”, como denominaba él mismo su doctrina.

p Los espías de la Inquisición vigilaron cada paso de Bruno. La Santa Sede consideró que era un enemigo peligroso de la Iglesia y esperó un momento oportuno para reprimirle.

p Esa oportunidad se ofreció en 1591, habiendo llegado Bruno a Venecia por invitación del patricio Giovanni Mocenigo, para que le enseñara el arte de la memoria. Mocenigo formaba parte de la élite gobernante de la República Veneciana; en 1583 fue miembro del Consejo de sabios para las herejías, que controlaba la actividad de la Inquisición veneciana. Cabe en lo posible por tanto que ese aristócrata, que entregó a Bruno al tribunal inquisitorial un año después, actuara desde el primer momento como agente provocador del Santo Oficio.

p Venecia estuvo entonces en el apogeo de su prosperidad. Se respetaron allí las ciencias y florecieron sociedades científicas y academias diversas. Entre los partenaires comerciales de Venecia figuraron tanto Estados católicos como países protestantes y musulmanes, y la república se mostraba bastante indulgente con las doctrinas heréticas y con los escritores, científicos y filósofos que criticaron la Iglesia. Venecia fue entonces uno de los centros editores mayores de Europa Occidental, con la particularidad de que se imprimían allí no sólo obras teológicas ortodoxas. La república abrió sus puertas a muchos judíos huidos de España.

p Por cierto que también allí actuó la Inquisición, pero ésta fue una policía política sui generis, que defendía en primer lugar los intereses nacionales.

p La Inquisición veneciana se estableció en el siglo XV y estuvo encabezada al principio por tres inquisidores, miembros del Consejo de los Diez, que ejercía el poder supremo en la república. Por encargo de este órgano, los inquisidores se dedicaban al espionaje.

p A diferencia de otras inquisiciones, la veneciana se abstenía de celebrar los autos de fe (por lo demás, en Venecia no había lugares apropiados para ellos), prefiriendo 335 aniquilar a sus víctimas en secreto. Los presos se encontraban en una cárcel adyacente al palacio de los Dux. Las ejecuciones se efectuaban allí mismo, y los cadáveres se arrojaban al canal. En algunos casos se llevaba al supliciado en una góndola al mar, donde estaba esperando otra góndola, a la que debía pasar el condenado. En cuanto se ponía sobre la plancha colocada entre ambas embarcaciones, los remeros empezaban a remar y la víctima desaparecía en el agua.

p La cárcel de la Inquisición veneciana, donde fue a parar Giordano Bruno después de su detención, se ha conservado sin experimentar cambios sensibles. He aquí como la describió en sus memorias un viajero ruso del siglo XIX: " Después de visitar la iglesia mayor volvemos por las salas del senado y cuatro pórticos para entrar en la sección más terrible del palacio: la cámara de los diez gobernantes misteriosos de la república y los tres inquisidores... Ante la entrada de la sala donde sentábanse los secretarios y donde los acusados esperaban la vista de la causa, y los condenados la sentencia, se han conservado los orificios en forma de fauces de león para echar denuncias... Una puerta de roble parecida al armario conduce a un cuarto pequeño que los tres inquisidores habían elegido para sus reuniones; el único adorno restante de ese formidable centro de gobierno de la república es un cuadro con imágenes fantásticas de toda clase de ejecuciones, colgado de una pared.

p Junto al aposento de los inquisidores hay varios pasillos angostos que conducen a las celdas donde se guardaron los archivos y fueron torturados a veces los presos; en un rincón se ve la puerta fatal por la que se pasaba al puente de los Suspiros, cuyo nombre evoca la tristeza, al calabozo del otro lado del canal, a los sótanos profundos del palacio y a los piombos  [335•10  instalados bajo el techo de plomo, cuyos presos desfallecían de calor. Pero esta última reclusión, destinada a los reos de menos importancia, no era tan horrible... Hay que bajar al fondo de los pozos para tener idea cabal de cuan espantosos eran esos calabozos, donde languidecían en la humedad y la oscuridad absoluta las víctimas de la venganza de los decenviros  [335•11  y desaparecían 336 sin dejar rastro los que habían provocado su recelo. Todavía se ofrecen a la vista el sillón de piedra en que se hacia sentar a los condenados para estrangularlos con un dogal echado desde el respaldo, y un orificio abierto en las bóvedas, por el que el cadáver se trasladaba a una góndola para llevarlo al canal Orfano apartado y hundirlo...”  [336•12 

p En el siglo XVI, la Inquisición veneciana estuvo encabezada por el nuncio apostólico, el patriarca de Venecia y el propio inquisidor. El nombramiento del primero incumbía al Papa, y de los demás, al Dux de la república. En los tribunales provinciales participaba uno de los tres senadores designados al efecto. El senador abría y cerraba las reuniones, vetaba las decisiones del tribunal que considerase contrarias a los intereses de la república, se preocupaba por la información completa del senado y autorizaba o prohibía la publicación de documentos eclesiásticos, incluyendo las bulas pontificias.

p La actividad de la Inquisición veneciana no suscitaba particular entusiasmo en Roma. El Papa Pío IV hacía constar con desagrado que "la Señoría no se muestra lo suficientemente severa en los casos de herejía revelados en Venecia, Verona y Vicenza. Es preciso ser más duro y aplicar medicinas mejores que las empleadas hasta ahora. El Estado se encuentra en la proximidad directa de países heréticos. Hay que tomar las medidas de precaución para impedir que esta pestilencia se infiltre a través de las fronteras. Toda herejía revelada deberá castigarse sin piedad. El hecho de que permanezcan en Padua muchos estudiantes alemanes, herejes abiertos, que contagian a otros y abusan de la tolerancia, prueba que no se han tomado hasta ahora las medidas pertinentes"   [336•13 .

p El Papado aspiró a establecer su control sobre la Inquisición veneciana. En 1555, Pablo IV trató de conseguirlo por intermedio del inquisidor supremo (jefe de la Congregación del Santo Oficio) Michele Ghisilieri. Este envió a Venecia al cardenal e inquisidor Felice Peretti con la siguiente instrucción:

p “La obligación principal del Santo Oficio consiste en 337 defender la causa y el honor de Dios contra los profanadores, la pureza de la Santa Religión Católica contra todo hedor de herejía y contra los que van sembrando cisma, sea en la doctrina o en las personas u obras de ésta. Además, debe estar siempre vigilante en la defensa de la Inmunidad Eclesiástica y de los derechos de la Santa Sede apostólica...

p Hay que reclutar con particular esmero a espías secretos entre las gentes de que se puede fiar y que deben avisar de los escándalos que se producen en Venecia, tanto entre los seculares como entre los eclesiásticos, de las blasfemias y otras insolencias contra las cosas sagradas.

p El inquisidor general no depende del Nuncio, sino directamente de la suprema Inquisición de Roma, y más en particular de la Santidad de Nuestro Señor. Con todo esto, por el mayor respeto al sumo pontífice, es preciso informar de todos los acontecimientos importantes de cada día, especialmente si se trata de cosas nuevas que puedan interesar a la Santa Sede...

p Los venecianos repugnan el Tribunal de la Inquisición, ya que pretenden ejercer la soberanía sobre el estado eclesiástico, lo que no concuerda con el orden y los estatutos de la Inquisición. Además, les gusta la libertad licenciosa, que es demasiado grande en esa ciudad, y menosprecian la doctrina de la religión y los dogmas. Y como no viven como deben vivir los cristianos, existe un gran peligro de que se rompa el hilo tirándolo demasiado y surjan complicaciones menores o mayores...

p No cabe duda de que la causa de Dios debe ser defendida. Con todo esto, Dios desea que sus ministros la sostengan contra la depravación de los hombres en este mundo. Hay que oponerse con mayor celo y vigor a la corrupción, que por desgracia es tan grande en Venecia. En cuanto a las pretensiones de los venecianos respecto al estado eclesiástico, conviene cerrar los ojos ante algunas cosas, ya que la Providencia divina indicará a la Santa Sede los medios de extirpar las raíces de tales inconveniencias, que causan gran perjuicio a la Santa Iglesia. Puesto que no se puede erradicar todos los abusos, debe preocuparse por lo menos que ellos no vayan creciendo, y si se ofrece una ocasión oportuna para talar un ramo de esa pretendida jurisdicción, no hay que omitirla sino ir á su encuentro con buena resolución, pero sin olvidarse de la prudencia...

p De cuanto ocurre se debe siempre avisar especialmente al 338 Tribunal de Roma, pero de una manera tal que no se pierda tiempo en largas descripciones de la materia, porque a menudo desaparece, por decirlo así, la buena voluntad de ejecución a causa de poner demasiado empeño en los informes. Se debe, cuando esto es posible, remediar las cosas ordinarias sin esperar las instrucciones de Roma...”  [338•14 

p Aunque Peretti no logró someter la Inquisición veneciana al control del Santo Oficio, su actividad era sin duda peligrosa para Giordano Bruno. Esto lo confirmaron los sucesos posteriores.

p El 23 de mayo de 1592, Mocenigo envió al inquisidor su primera denuncia contra Giordano Bruno a la que siguieron otras dos con fechas del 25 y 26 de mayo. El filósofo fue detenido y encarcelado.

p El Tribunal de la Inquisición procedió inmediatamente a la recogida de deposiciones de testigos y a los interrogatorios del preso con el fin de demostrar sus concepciones heréticas y la propaganda de las mismas y, sobre esta base, entregarlo al pontífice romano para que reprimiera al hereje. Pero Bruno rechazó todas las acusaciones y se negó a declararse culpable.

p Los interrogatorios estuvieron a cargo del inquisidor veneciano Gabriele Saluzzi acompañado del nuncio apostólico Ludovico Taberna y Aloiso Fuscari, miembro del Consejo de Sabios apoderado para combatir las herejías.

p Correos especiales llevaron a Roma copias de las actas de los interrogatorios. El 12 de septiembre de 1592, la Inquisición romana exigió oficialmente la entrega de Giordano Bruno. El tribunal veneciano dio su conformidad y pidió la autorización del Consejo de Sabios, pero éste se la negó. Roma persistió en su demanda, amenazando con romper las relaciones con la república e imponerle un interdicto.

p El 7 de enero de 1593, por temor a que las medidas represivas de la Santa Sede pudieran causar daño al comercio veneciano, la república decidió entregarle a Bruno.

p El Papa Clemente VIII, sucesor de Pablo IV, que había fallecido poco antes, dio muestras de viva alegría al enterarse de esa noticia por boca del embajador veneciano Paruta.

p El 19 de febrero de 1593, el preso aherrojado emprendió el camino de Roma; fue transportado por mar bajo la escolta 339 de buques de guerra (para el caso de un ataque de la flota turca). Lo acompañó en calidad de guardia principal el dominico Hippolytus Maria Beccaria, al que esperaba ya en Roma el puesto de general de la orden de los "perros de Cristo”. Posteriormente, Beccaria participó de la manera más activa en la vista de la causa de Giordano Bruno, exhortándole a confesar sus errores y arrepentirse.

p Después de llegar a Roma, el 27 de febrero de 1593, Bruno fue recluido en la cárcel de la Inquisición. Pero el primer interrogatorio tardó en efectuarse hasta el 16 de diciembre de 1596. Es decir. Bruno estuvo enterrado prácticamente durante casi cuatro años en los sótanos del “santo” tribunal romano, que esperaba sacar de ello el doble provecho: “ablandecer” al preso, doblegar su voluntad de resistencia, por una parte, y de otro lado ganar tiempo para estudiar detalladamente las numerosas obras del filósofo y hallar en ellas algo que probara el carácter herético de sus concepciones.

p La Congregación del Santo Oficio que enjuició a Giordano Bruno estaba integrada por los prelados siguientes, todos en el rango de cardenal: el dominico Sanseverino, ex inquisidor supremo; Madrucci, inquisidor supremo y ex comisario apostólico para los asuntos de la Inquisición en Alemania; Pedro Deza, conocido por los crímenes que había perpetrado al desempeñar el cargo de inquisidor general en España; Pinello, hombre de una ferocidad y avaricia remarcables; Sarnino, encargado del índice de libros prohibidos; Sfondrato, hijo ilegítimo del Papa Gregorio XIV (se decía de él que en un año de gobierno de su padre acaparó por saqueo más riquezas que otros conseguían en un decenio); Camillo Borghese, el futuro Papa Pablo V; el datario Sasso y el jesuíta Roberto Bellarmino, homúnculo (era de baja estatura) cruel, uno de los ideólogos de la Contrarreforma, que posteriormente tomó parte relevante en el proceso de Galileo.

p Todos esos príncipes de la Iglesia odiaban a Bruno y estaban firmemente decididos a castigarlo con toda dureza. Pero no les interesaba tanto la represión física de ese gran filósofo y humanista como la espiritual; anhelaron más que nada su suicidio espiritual y esperaron conseguirlo haciendo que se condenara a sí mismo, se arrepintiera, abjurara de sus ideas y se reconciliara con la Iglesia, es decir, se sometiera a la Santa Sede. El logro de ese objetivo equivaldría a una victoria sobre todos los humanistas y los filósofos que 340 criticarón la Iglesia y la religión, pues Bruno fue considerado por ellos, con plena razón, como uno de sus jefes ideológicos más inteligentes y audaces.

p El 16 de diciembre de 1596, la Inquisición dispuso iniciar el interrogatorio de Bruno "a base de las tesis extraídas de sus escritos”. El filósofo respondió a los inquisidores de manera evasiva, diciendo que no había sustentado nunca los puntos de vista heréticos incriminados ni los exponía en sus obras. En vista de que el preso se negaba en redondo a reconocer su culpa y “reconciliarse” con la Iglesia, el tribunal acordó, el 24 de marzo de 1597, que fuera interrogado “fuertemente”, es decir, sometido a la tortura.

p A juzgar por las actas conservadas de los interrogatorios, el tormento no surtió efecto. El filósofo manifestó una firmeza acorde con su doctrina.

p A fines de 1598 se produjo en Roma una inundación; el agua penetró en la cárcel y Bruno por poco se ahogó. Pero esto no repercutió de ninguna manera en su proceso, que los inquisidores reanudaron poco después con redobladas energías.

p A fin de obtener datos demostrativos de la “culpabilidad” de Bruno se valieron de un método tradicional y probado en la práctica inquisitorial, poniendo a su celda a varios provocadores para poder dictar en base a sus deposiciones una sentencia acusatoria. Este método se empleó contra Bruno tanto cuando estaba recluido en Venecia como en Roma. Las deposiciones de los provocadores se citan prolijamente en la Exposición sucinta de la causa seguida a Giordano Bruno a propósito de sus juicios sobre la fe católica sagrada y de la reprobación que manifestaba respecto a ella y a sus servidores, compuesta por los inquisidores en 1597.

p Reproducimos seguidamente algunos párrafos de esa fuente, de la sección que trata de la existencia de muchos mundos, muy típica para la técnica de instrucción usada por el “santo” tribunal:

p “82. Giovanni Mocenigo, delator: "He oído varias veces de Giordano, en mi casa, que existen mundos infinitos y que Dios crea sin cesar mundos infinitos, porque, como está dicho, quiere todo lo que puede”.

p 83. El mismo, siendo interrogado: "Afirmó muchas veces que el mundo es eterno y que existe multitud de mundos. Dijo también que todas las est’ Has son mundos y que lo 341 afirmaba en sus libros publicados. Una vez señaló, al discurrir sobre esta materia, que Dios necesita del mundo tanto como el mundo necesita de Dios; que Dios no seria nada si no existiera el mundo, y por eso no hace más que crear mundos nuevos”.

p 84. El fraile Celestino, vecino de celda de Giordano en Venecia, ha delatado: "Giordano dijo que existe multitud de mundos, todas las estrellas son mundos, y el creer que sólo existe este mundo es crasa ignorancia”. Ha invocado como testigos a los vecinos de celda Giulio de Salo, Francesco Vaia y Matteo de Orio.

p 85. El mismo fraile declaró al ser interrogado: "Insistió en que existe una cantidad inmensa de mundos y que cuantas estrellas se ven son mundos”.

p 86. El fraile Giulio arriba mencionado: "He oído de él que todo es mundo, toda estrella es mundo, y que por encima y por debajo existen muchos mundos”. No fue interrogado otra vez.

p 87. Francesco Vaia el Napolitano: "Dijo que existen muchos mundos, hay una gran confusión de mundos, y todas las estrellas son mundos”. No fue interrogado otra vez, ha muerto.

p 88. Francesco Graziano, vecino de celda en Venecia: "En sus conversaciones afirmó que existen muchos mundos; que este mundo es una estrella y así parece a otros mundos, de la misma manera que los astros, mundos también, nos lucen como estrellas. A mis objeciones replicó que discurre como filósofo, porque no existen otros filósofos además de él y en Alemania no se reconoce ninguna filosofía además de la suya propia”.

p 89. El mismo, siendo interrogado: "Una vez por la noche llevó hacia la ventana a Francesco el Napolitano y le mostró una estrella, diciendo que ella es un mundo y que todas las estrellas son mundos”.

p 90. Matteo de Silvestris, vecino de celda: "Dijo a continuación que el mundo es eterno, que existen miles de mundos y cuantas estrellas se ven son mundos”.

p 91. El mismo, siendo interrogado otra vez: "Me enseñó muchísimas veces que todas las estrellas que se ven son mundos”.

p 92. El acusado, en el tercer interrogatorio: "En mis libros en particular, pueden revelarse los puntos de vista consistentes generalmente en lo siguiente. Estimo que el 342 Universo es infinito, como obra del poderío infinito de Dios. Porque considero indigno de la gracia y el poderío divinos que Dios, siendo capaz de crear además de este mundo otro y otros mundos infinitos, hubiera creado un mundo finito. Congruentemente, he declarado que existen mundos infinitos parecidos al de la Tierra que, junto con Pitágoras, creo sea un astro semejante a la luna, a los planetas y a otras estrellas, cuyo número es infinito. Estimo que todos esos cuerpos son mundos innumerables, que forman un conjunto infinito en espacios infinitos, llamado Universo infinito, en el cual se encuentran los mundos infinitos. De ello se infiere de manera indirecta que la verdad está en pugna con la fe. Asocio con ese Universo la providencia universal, gracias a la cual vive, crece, se mueve y se perfecciona cualquier cosa en el mundo. Se encuentra en el mundo como el alma en el cuerpo. Todo está en todo y en cualquier parte, y a esto lo llamo naturaleza, sombra y vestidura de la divinidad. Lo entiendo también de manera que Dios por su meollo, su presencia y su poderío se encuentra de modo inexpresable en todo y por encima de todo: no como parte o alma, sino bajo una forma inexplicable”.

p 93. En el duodécimo interrogatorio: "Por todos mis escritos y por mis manifestaciones, que podrían comunicar personas competentes y dignas de confianza, se ve lo siguiente: estimo que este mundo y otros, los mundos en su conjunto, nacen y se liquidan. También este mundo, es decir, el globo terráqueo, tuvo principio y puede tener fin, a semejanza de otros astros que son mundos como éste, tal vez mejores o incluso peores; son astros como lo es también este mundo. Todos ellos nacen y mueren como seres vivos compuestos de principios contrarios. Esto es lo que opino sobre las creaciones universales y particulares, y estimo que por todo su ser dependen de Dios”.

p 94. En el interrogatorio decimocuarto respondió esencialmente en el mismo sentido acerca de la multitud de mundos, diciendo que existen mundos infinitos en un espacio vacío infinito, y alegando pruebas   [342•15 .

p El 4 de febrero de 1599, la Congregación del Santo 343 Oficio, reunida bajo la presidencia del Papa Clemente VIII, despuso lo siguiente respecto a la causa de Bruno:

p “Los padres teólogos -Bellarmino, padre general de la mencionada orden de los frailes predicadores, y el comisariodeberán inculcar a dicho fraile Giordano que sus proposiciones son heréticas y contrarias a la fe católica, y que ellas han sido declaradas tales no sólo ahora, sino que también fueron reprobadas y condenadas por los padres de la antigüedad, la Iglesia Católica y la Santa Sede apostólica. Si las rechaza como tales, quiere abjurar y se manifiesta dispuesto, que sea admitido para penitencia con las penas debidas. Si no, fijar el plazo de cuarenta días para el arrepentimiento, que se suele conceder a los herejes impenitentes y pertinaces. Que todo ello se haga del mejor modo posible y en la debida forma"  [343•16 .

p Como se ve por el texto arriba citado, la Inquisición presentó a Bruno un ultimátum: reconocer sus errores, abjurar y quedar con vida o ser excomulgado y morir.

p Bruno optó por lo segundo. A pesar de las torturas y los sufrimientos que venía padeciendo desde hacía más de siete años, se negó categóricamente a declararse culpable. Sin embargo, los inquisidores aún confiaban en que podrían quebrantar la voluntad férrea de su preso y conseguir que se arrepintiera. Esperaron, además, obtener la victoria en el año 1600, declarado año conmemorativo “santo”. El arrepentimiento de un hereje tan notorio como Giordano Bruno debería probar el triunfo de la Santa Sede sobre su adversario. Mientras tanto, un interrogatorio siguió a otro, sin que Bruno se dejara arredrar, como puede juzgarse por las actas conservadas del “santo” tribunal. En una de ellas, fechada en el 21 de octubre de 1599, se lee lo siguiente: "Fraile Giordano, hijo del finado Giovanni de Ñola; sacerdote de la orden de los frailes predicadores y maestro en teología sagrada. Ha dicho que no debe ni quiere arrepentirse, no tiene nada de que pueda arrepentirse, no ve razón alguna para que se arrepintiera y no sabe de qué debe arrepentirse"  [343•17 .

p La Inquisición encargó a Hippolytus Maria Beccaria, general de la orden dominica, y al Fiscal General de la 344 misma, de conversar por última vez con el preso para “persuadirle”. Pero esa conversación, lo mismo que todas las anteriores, no rindió el efecto esperado.

p El 20 de enero de 1600, el Tribunal de la Inquisición tomó la decisión definitiva sobre la causa de Bruno. Su fallo terminaba con las palabras siguientes: "El Papa Clemente VIII, nuestro Padre Santísimo, dispuso y ordenó llevar a cabo esta causa, observando lo que debe ser observado, pronunciar la sentencia y entregar a dicho fraile Giordano al poder secular"  [344•18 .

p Ese mandato pontificio decidió la suerte del filósofo.

p El 8 de febrero de 1600, el tribunal dio lectura a la sentencia en la iglesia de Santa Inés, en presencia de Bruno acompañado de un verdugo. En la sentencia firmada por Roberto Bellarmino y otros cardenales inquisidores se exponían detalladamente las circunstancias del proceso. Su parte dispositiva rezaba:

p “Decimos, pronunciamos, sentenciamos y te declaramos, fraile Giordano Bruno, ser hereje impenitente, pertinaz y obstinado, y por esto debes incurrir en todas las censuras eclesiásticas y penas de los santos cánones, leyes y constituciones tanto generales como particulares que se imponen a tales herejes manifiestos, impenitentes, pertinaces y obstinados; y como tal te degradamos verbalmente y declaramos que deberás ser degradado en efecto, como ordenamos y mandamos, de todas las órdenes eclesiásticas mayores y menores en que hayas sido constituido conforme a las disposiciones de los santos cánones, y deberás ser apartado, como te apartamos de nuestro foro eclesiástico y de nuestra santa e inmaculada Iglesia, de cuya misericordia has demostrado ser indigno; y deberás ser entregado, y te entregamos al tribunal secular, a la Corte del Mons. Gobernador de Roma, aquí presente para castigarte con la pena debida, pero rogándole al mismo tiempo eficazmente que digne mitigar el rigor de las leyes concernientes a la pena de tu persona, que esté exenta del peligro de muerte o de mutilación de miembros.

p Además, condenamos, reprobamos y prohibimos todos los libros y escritos tuyos arriba mencionados y otros, como heréticos, erróneos y rebosantes de muchas herejías y errores, ordenando que en adelante todos los que se encuentran 345 ahora o se encuentren en el futuro en manos del Santo Oficio sean deshechos y quemados públicamente en la plaza de San Pedro, delante de la escalera, y como tales sean puestos en el índice de libros prohibidos, y hágase como ordenamos.

p Así decimos, pronunciamos, sentenciamos, declaramos, degradamos, mandamos y ordenamos, excomulgamos, entregamos y rezamos, procediendo en esto y en lo demás de un modo incomparable menos duro que de rigor podemos y debemos.

p Lo pronunciamos nosotros, cardenales inquisidores generales firmantes...”  [345•19 

p Bruno escuchó con calma el fallo inquisicitorial. " Probablemente -replicó-, ustedes tienen más miedo al pronunciar la sentencia que yo al escucharla”.

p Luego se procedió a la ceremonia de la maldición del condenado. Reproducimos su descripción por el jesuita Pravetta, que estuvo presente en la iglesia de Santa Inés:

p “Los clérigos arrastraron a Giordano Bruno, i sostenido por los brazos, hacia el altar. Vestía todos los hábitos que había recibido conforme a los grados de ordenación, desde el de novicio hasta las insignias de sacerdote. El obispo encargado de la ceremonia de la degradación llevaba el palio, una vestidura blanca de encaje, una estola de color rojo y la casulla sacerdotal. Tenía en la cabeza una mitra sencilla, y en las manos, el báculo pastoral. Se acercó al altar y se sentó sobre un banco episcopal portátil, de cara a los jueces seculares y al público.

p Giordano fue obligado a tomar en las manos algunos objetos sagrados que se emplean generalmente durante el servicio divino, como si se aprestase a efectuar una solemnidad religiosa. Luego le hicieron prosternarse ante el obispo, y éste pronunció la fórmula tradicional: "Por el poder de Dios todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo, y por el de nuestra dignidad, te quitamos el hábito de sacerdote, te degradamos, excomulgamos y expulsamos de toda orden clerical y te privamos de todos títulos”.

p Acto seguido, el obispo cortó con el instrumento apropiado la piel en los dedos pulgar e índice de ambas manos de Giordano, para borrar toda huella de la unción que había recibido al dársele órdenes. Después 346 de ello arrancó al condenado el hábito sacerdotal y, por último, quitó las huellas de la tonsura, pronunciando las fórmulas obligatorias para la ceremonia de la degradación   [346•20 .

p El filósofo fue ejecutado en la Plaza de Flores de Roma, el 17 de febrero de 1600.

p Se sabe que los verdugos llevaron a Bruno, con la mordaza en la boca, al lugar de ejecución, le sujetaron con una cadena de hierro al poste clavado en el centro del quemadero y le ciñeron con una cuerda húmeda, que bajo la acción del fuego se contraía, cortando la piel. Sus últimas palabras fueron éstas: "Muero como mártir por mi propia voluntad”.

p Todas las obras de Bruno pasaron al índice de libros prohibidos y figuraron incluso en la última edición del mismo, la de 1948.

p Ahora en el lugar de la hoguera que consumió a Bruno se alza un monumento, inaugurado el 9 de junio de 1889.

p Bruno escribió: "La muerte en un siglo otorga la vida en todos los siglos venideros”. Y tuvo razón, porque con su firmeza, con su fidelidad a la cosmovisión científica y defensa de sus bases se granjeó el respeto y cariño de las futuras generaciones. Los comunistas veneran la memoria de ese gran pensador, llamado por Palmiro Togliatti uno de los predecesores del comunismo científico.

p Los clericales venían insistiendo hasta fechas recientes en que la represión de Bruno había sido “legítima”. El cardenal Mercad afirmó cínicamente en 1942 al comentar aquel proceso: "La Iglesia pudo, debió intervenir e intervino; los documentos del proceso demuestran su legalidad... Si se tiene que registrar una condenación (es decir, el asesinato, la quema de Bruno. -I.G.), la razón de ésta no radica en los jueces, sino en el imputado"  [346•21 .

p En el mismo sentido se expresó en 1950 el historiador jesuíta Luigi Cicuttini: "El modo con que la Iglesia intervino en el caso de Bruno se justifica por el momento en que debió actuar; pero el derecho de intervenir en este caso y en todos 347 los casos similares de cualquier época es un derecho natural que no está sujeto a la influencia de la historia"  [347•22 .

Así fue, hasta muy recientemente, la actitud de la Iglesia respecto al asesinato de Giordano Bruno.

* * *
 

Notes

[332•7]   Ibíd., p. 62.

[332•8]   Ibíd.

[333•9]   Ibíd., pp. 72-73.

[335•10]   Piombo (voz italiana) significa plomo en castellano.

[335•11]   Miembros del Consejo de los Diez.

[336•12]   Citado según V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno v la Inquisición, p. 281.

[336•13]   Ibíd., p. 278.

[338•14]   Ibíd., pp. 275-276.

[342•15]   Exposición sucinta de la causa seguida a Giordano Bruno a propósito de sus juicios sobre la fe católica sagrada y de la reprobación que manifestaba respecto a ella y a sus servidores, traducida y comentada por A. Gorfunkel. "Problemas de la historia de la religión y del ateísmo”, t. 6, M., 1958, pp. 373-375.

[343•16]   Giornale critico della filosofía italiana, vol. VI, Messina, 1925, p. 131.

[343•17]   Citado según V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno y la Inquisición, p. 258.

[344•18]   dómale critico delta filosofía italiana, 1925. pp. 133, 135.

[345•19]   Ibíd., pp. 137-138.

[346•20]   Citado según V. S. Rozhitsin. Giordano Bruno y la Inquisición pp. 373-374.

[346•21]   Angelo Mercati. // sommario del processo di Giordano Bruno con appendice di Documenti suull’eresia e l’inquisizione a Modena nel secólo XVI Citta del Vaticano, 1942, p. 52.

[347•22]   Luigi Cicuttini. Giordano Bruno. Milano, 1950, p. 46.