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FIN INFAUSTO
 

p Los "cristianos nuevos" acogieron con entusiasmo la liberación del yugo español, lograda por Portugal en 1640, esperando que con la retirada de España cesaría la actividad de la Inquisición o, por lo menos, disminuiría el celo inquisitorial. Pero la realidad no confirmó sus esperanzas.

p El inquisidor mayor Francisco de Castro y Joáo de Vasconcellos, miembro del Consejo de la Inquisición, quedaron fieles al monarca español. La Santa Sede, que durante el conflicto hispano-portugués estuvo a la expectativa, absteniéndose de precisar su posición hasta el desenlace del mismo, negó a Joáo IV (1640-1656) el derecho de nombrar obispos en Portugal. Al mismo tiempo, la Universidad de Sorbona se pronunció en el sentido de que el rey estaba facultado para nombrar obispos sin el previo consentimiento del Papa, pero el Consejo de la Inquisición reprobó ese dictamen de los teólogos parisienses por considerarlo herético  [315•39 .

p Los portugueses lograron sacudirse la “tutela” española, pero no pudieron liberarse de la orden jesuita, esa mina de acción retardada que les dejó en herencia la patria de Loyola. .La Compañía de Jesús cobró en Portugal una fuerza inmensa, convirtiendo el país, como solía decirse entonces, en "el Paraguay de Europa"  [315•40 . Los jesuítas controlaban la Inquisición y continuaban siendo ávidos de sangre, como asimismo de dinero, de los “herejes” tradicionales (“cristianos nuevos”).

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p Por cierto que entre aquéllos hubo algunas excepciones. El jesuíta Antonio Vieira (1618-1697), consejero del rey Joáo IV, llamó a su soberano a que dejara de perseguir a los "cristianos nuevos”, para consolidar con su ayuda la economía portuguesa. En 1646 presentó al rey una memoria titulada A favor de las gentes del pueblo y sobre la mudanza de los estilos del Santo Oficio y del fisco  [316•41 , en la que decía que Portugal, para luchar con España en aras de la independencia, necesitaba de dinero, y que ese dinero podía procurarse con éxito, tanto en Portugal como en otros lugares, sólo por medio del desarrollo del comercio, y que no había hombres más apropiados para el comercio que los poseedores de capitales y trabajadores como eran los "cristianos nuevos”.

p En otro informe (Propuesta hecha al rey D. Joáo IV en que se representaba el miserable estado del Reino y la necesidad que tenía de admitir a los mercaderes judíos que andaban por diversas partes de Europa  [316•42 ), el mismo Vieira hacía ver al monarca las inmensas ventajas que obtendría Portugal si acordara la acción conjunta con los comerciantes judíos de origen portugués residentes en el extranjero, que disponían de grandes capitales y tenían relaciones comerciales ramificadas.

p Joáo IV no tenía nada en contra de seguir los consejos de Vieira, en particular porque los "cristianos nuevos" establecidos en Francia, los Países Bajos e Inglaterra se daban cuenta de que la unión con España amenazaría con el terror inquisitorial a los residentes en Portugal, y por eso se manifestaron solidariamente en apoyo de la independencia portuguesa. En virtud de ello, precisamente, la Inquisición portuguesa, que soñaba con reunificarse de nuevo con la española, instó a seguir persiguiendo a los "cristianos nuevos”. En 1647, Joáo IV recurrió a los servicios del "cristiano nuevo" Duarte da Silva para comprar a los Países Bajos unos cuantos buques de guerra necesarios para defenderse contra España, pero el “santo” tribunal encarceló a Silva, haciendo abortar por tanto el proyectado negocio. Después de permanecer algún 317 tiempo en la cárcel de la Inquisición, Silva fue deportado al Brasil. El Santo Oficio se ensañó asimismo en Manuel Fernandez Vila-Real, "cristiano nuevo" también y hombre de confianza del rey, que en nombre de éste había entablado contactos con el cardenal Richelieu, partidario de la independencia portuguesa. Vila-Real fue detenido por la Inquisición y, pese a las protestas del monarca, arrojado a la hoguera.

p Experimentando aún el rey una penuria aguda de dinero, los "cristianos nuevos" se ofrecieron en 1649 a construir 36 buques de guerra (galeones) por un monto de 1.250.000 cruzados, para proteger la flota mercante de Portugal que circulaba entre Lisboa y el Brasil, a condición de que se dejara de confiscar sus bienes. Joáo aceptó la propuesta y prohibió por decreto especial al Santo Oficio toda confiscación de bienes pertenecientes a los portugueses o extranjeros acusados de herejía o de judaismo, o penitenciados por la misma razón. La Inquisición se negó a obedecer y apeló a Roma. El sumo pontífice, que aún trataba de ganar el favor de España y no reconocía a Joáo IV en tanto que rey, anuló en 1650 el decreto del monarca portugués. Este prefirió obedecer, por temor a que se complicaran más sus relaciones con la Santa Sede. Por lo demás, esto no le impidió apropiarse del dinero. Los «"cristianos nuevos" fueron desvalijados y engañados brutalmente, una vez más, por la corona portuguesa. Sin embargo, la Inquisición no pudo perdonarle una “ofrenda” tan soberbia; las denuncias que seguía enviando a Roma para acusarlo de connivencia con los judaizantes culminaron en un triunfo: el Papa excomulgó a Joáo IV y a todos los que habían contribuido a la edición del decreto real de 1649. Después de la muerte de Joáo, en 1657, la Inquisición recobró la plenitud del poder y reanudó la persecución de los "cristianos nuevos" y de cuantos se habían pronunciado en su defensa.

p En 1663 fue detenido, por acusación de favorecer a los judaizantes, el jesuíta Antonio Vieira. Al cabo de cuatro años se evadió a duras penas de las mazmorras de la Inquisición para huir a Roma, donde con el apoyo del regente portugués don Pedro II prosiguió los esfuerzos por inclinar la sede apostólica a restringir las atribuciones del “santo” tribunal portugués. En 1674, gracias a las generosas aportaciones en metálico de los "cristianos 318 nuevos”, logró que la Santa Sede resolviera prohibir a la Inquisición portuguesa la celebración de autos de fe, el procesamiento y la condenación de quienquiera que fuera, y le ordenara transferir en adelante a Roma todos los casos de acusación de herejía. Ese mandato del Papa significaba prácticamente el cese de la Inquisición en Portugal. Pero los inquisidores ya se habían puesto de acuerdo con el regente Pedro II, prometiéndole apoyar su aspiración al trono. El regente se negó a cumplir el mandato pontificio y prohibió su promulgación en Portugal. El conflicto duró hasta 1681, cuando la sede apostólica derogó su fallo anterior para autorizar de nuevo la actividad del “santo” tribunal. La Inquisición portuguesa celebró su victoria con autos de fe grandiosos en Lisboa, Coímbra y Evora.

p En la primera mitad del siglo XVIII, entre los procesados por la Inquisición hubo también todo género de monjes dementes y de curas que habían "vendido sus almas al diablo”. En 1725, el tribunal de Lisboa quemó al sacerdote Manuel Lopes de Carvalho, que se llamaba a sí mismo Cristo resucitado y clamaba por la ejecución de los inquisidores. En 1740 se envió al quemadero a la monja Teresa por sus "relaciones criminales con el diablo”. En el año siguiente experimentaron el "suplicio de hoguera" los sacerdotes Antonio Hebre Loureiro, que se hacía pasar por un mesías, y Pedro de Rates Henequim, por afirmar que había pasado un rato en el paraíso, cuyos habitantes "hablaban en portugués”. En 1748 se consumió en las llamas la monja Maria Teresa Inacia, que también mantenía "relaciones criminales con el diablo”. En el mismo año, la Inquisición enjuició, por el "concubinato con el diablo”, a la monja Maria de Rosario; la acusada confesó en el curso de la instrucción, que el diablo le había hecho siete hijos: perritos, gatitos y monstruos. Los procesos de este tipo ocuparon un lugar notable en la actividad del “santo” tribunal, sobre todo en el siglo XVIII   [318•43 . Todos esos "herejes impenitentes" fueron evidentemente alienados o’ víctimas de éxtasis religioso, que es lo mismo. Prueba de ello es precisamente su “ impenitencia”: ninguno de ellos abjuró bajo tortura de sus ideas delirantes; y, como es notorio, la Inquisición no se apiadaba de los “impenitentes”...

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p Creyérase que no había fuerza capaz, de sofrenar a la Inquisición portuguesa y que sus crueles represiones no cesarían nunca. El pueblo estaba acostumbrado a las hogueras y atribuía tradicionalmente sus infortunios a las maquinaciones de los herejes y de su protector, el diablo. Los gobernantes eran cautivos de la Compañía de Jesús, en el plano espiritual; sólo individuos muy perspicaces entre ellos pudieron prever, atendiendo a algunas voces audaces provenientes de Francia, que exigían "aplastar el reptil”, el fin cada vez más próximo no solamente de la Inquisición, sino también del viejo régimen consustancial a ella.

p Por paradójico que parezca (la historia tiene afición a paradojas de este género), el primero en asestar un golpe serio a la Inquisición fue un hombre que de joven había figurado entre los “familiares” del “santo” tribunal y por ello conocía perfectamente sus secretos. Se llamaba Sebastiáo José Carvalho e Meló (1699-1782) y pasó a la historia con el nombre de marqués de Pombal. De 1739 a 1745 desempeñó el cargo de secretario de las embajadas portuguesas en Londres y Viena, donde se hizo partidario del absolutismo ilustrado y enemigo de los jesuítas. En 1750, con la entronización de José’I fue nombrado primer ministro y permaneció en ese puesto hasta el fallecimiento del rey (en 1777). Pombal demostró ser un reformador inteligente y audaz. Restringió el poder de los clérigos, sometió al control gubernamental la actividad de la Inquisición, contribuyó por todos los medios al crecimiento de la industria, reformó la instrucción pública y favoreció el desarrollo de las ciencias. En 1755, Lisboa fue destruida por un fuerte terremoto. Los eclesiásticos, como siempre, trataron de sacar provecho de ese desastre debido a fenómenos naturales, inculcando a los creyentes que el terremoto era el castigo de Dios por las acciones del primer ministro ateo. En 1758 tuvo lugar un atentado contra la vida del rey. En 1760, Pombal rompió las relaciones con la Santa Sede y entregó a los tribunales al jesuíta Gabriel Malagrida, el adversario más activo del Gobierno.

p Malagrida fue un italiano que residió durante mucho tiempo en Portugal. En tanto que confidente de las familias aristocráticas defendió siempre sus intereses, denigrando frenéticamente cuanto de progresista y avanzado 320 había en aquella época. Según la expresión de John Smith, biógrafo de Pombal del siglo pasado, fue "un entusiasta de la peor descripción  [320•44 .

p Ese fanático, que se oponía más que nadie a las reformas de Pombal, aprovechó el terremoto para arremeter furiosamente conta el primer ministro. En 1756, el jesuita publicó un panfleto titulado Juicio de la verdadera causa del terremoto  [320•45  en el que decía: "Sabed, Lisboa, que los destructores de nuestras casas, palacios, iglesias y monasterios, la causa de la muerte de tantas gentes y de las llamas que devoraron tantos tesoros, no son cometas, estrellas, vapores, exhalaciones ni otros fenómenos naturales similares, sino tus pecados abominables"  [320•46 . Malagrida llamó a hacer penitencia en vez de reconstruir la capital. Todo ello se hacía a contrapelo del Gobierno, que había prohibido explicar el terremoto por causas sobrenaturales. Además llamó en casas aristocráticas a derrocar el Gobierno y predicó la misma idea, bajo forma metafórica, en otro panfleto suyo, Tratado sobre la vida e imperio del Anticristo, entendiendo por este último a Pombal.

p El primer ministro ordenó a la Inquisición que incoara un proceso contra Malagrida y expulsó al inquisidor mayor José, hijo ilegítimo del rey, sustituyéndolo por su propio hermano Paolo de Carvalho. Encerrado en la cárcel del “santo” tribunal, Malagrida siguió anatematizando a Pombal y al mismo tiempo escribió una composición harto curiosa sobre la Heroica y milagrosa vida de la gloriosa Sta. Ana, madre de la Virgen María, dictada por esa Santa con la asistencia, aprobación y ayuda del augustísimo Soberano y de su santísimo hijo [Jesucristo], cuya tesis principal era la siguiente: Ana se hizo santa ya cuando se encontraba en el vientre de su madre. En vista de esa afirmación evidentemente herética, el inquisidor mayor se apresuró a presentar a su autor la acusación de apostasía.

p En septiembre de 1761, la Inquisición pronunció la 321 sentencia, que decía: "El padre Gabriel Malagrida fue reconocido culpable de herejía, de haber afirmado, enseñado, escrito y defendido proposiciones y doctrinas opuestas a los justos dogmas y a la doctrina propuesta y enseñada por la Santa Iglesia. Siendo hereje y enemigo de la fe católica, ha incurrido, en virtud de la presente sentencia, en la mayor excomunión y demás penalidades establecidas por la ley contra semejantes criminales; los inquisidores ordenan por tanto que ese hereje y autor de herejías nuevas, convicto de falsedad e hipocresía, que reitera y profesa obstinadamente los mismos errores, sea depuesto y degradado de sus órdenes, conforme a las reglas y normas de los santos cánones, y entregado, con el capote de infamia sambenito a la justicia secular, implorando apasionadamente que dicho criminal sea tratado con bondad e indulgencia, sin pronunciarle la sentencia de muerte y sin la efusión de sangre"   [321•47 .

p Ese fallo, claro está, fue una comedia interpretada conforme a los mejores modelos de procedimiento judicial de los “santos” tribunales, con la única diferencia de que execraba a un partidario acérrimo de la propia Inquisición.

p El 21 de septiembre de 1761, Malagrida, que había cumplido los 73 años, fue agarrotado y quemado después, en la plaza de Roció.

p Con motivo de esa ejecución Pombal hizo amplia propaganda de su política en el extranjero mediante la publicación de panfletos, folletos y libros en francés e inglés en los que se sacaba a luz la actividad obscurantista de los clérigos portugueses.

p En 1768, el primer ministro ordenó quemar las listas de "cristianos nuevos”, que servían de base para los procesos fabricados por la Inquisición. En 1771 fueron prohibidos los autos de fe; varios años después se quitó al Santo Oficio el derecho de censura, se anularon los certificados de "pureza de sangre" y se prohibió el uso de los términos "cristiano nuevo" y "gente del pueblo”. Los "cristianos nuevos" fueron igualados en todos los derechos con los demás portugueses. En 1774 se prohibió al “santo” tribunal emplear la tortura.

p Según el nuevo reglamento, la Inquisición quedó 322 independiente respecto a la Santa Sede. En las cuestiones de procedimiento estaba obligada a seguir la práctica de la justicia secular. Los procesados tenían derecho a la defensa y era obligatorio hacer públicos los nombres de los testigos de cargo.

p Así pues, las reformas de Pombal redujeron a la nada la actividad de la Inquisición, si bien el reformador no se atrevió a suprimirla oficialmente. Esas reformas tuvieron por resultado, entre otras cosas, la solución definitiva del problema de los judíos en Portugal. La igualación en derechos de los "cristianos nuevos" y el cese de su persecución les permitieron asimilarse completamente al resto de la población, es decir, se hizo realidad lo que ellos venían deseando desde hacía varios siglos, a pesar de las barreras artificiales puestas por el sanguinario “santo” tribunal. La asimilación se consumó con tanta rapidez que al cabo de unos cuantos decenios después de las reformas de Pombal no había ya en Portugal ninguna huella de los "cristianos nuevos”.

p El poder de Pombal terminó en 1777, al morir el rey José I y entronizarse su hija demente María, que restituyó a la Iglesia Católica sus privilegios de antes.

p María despidió a Pombal. Fue detenido, acusado de abusar de su puesto y condenado a muerte. Pero la reacción no osó ejecutar al gran reformador y la pena capital se permutó por la reclusión perpetua. Murió en 1782.

p El derrocamiento de Pombal y el triunfo de la reacción reavivaron el Santo Oficio. Pero en vez de perseguir a los "cristianos nuevos”, como hacía antes, acosó a los partidarios de los enciclopedistas franceses. En 1778 reprimió a José Anastasio da Cunha, poeta y profesor de matemáticas de la Universidad de Coímbra, cuyos versos panteístas le parecían heréticos. Cunha pasó siete años en la cárcel de la Inquisición; tuvo que confesar sus errores y reconciliarse con la Iglesia para evitar un castigo más severo. Murió poco después de recobrar la libertad.

p Cayeron víctimas de la Inquisición el escritor Francisco Mello y los poetas Antonio Dinis y Manuel María Barbosa de Bocage. Este último, por sus obras " subversivas y ateas" fue reprimido dos veces: en 1797 y 1803. El sacerdote Francisco Manuel de Nascimento, poeta y filólogo, para salvarse del “santo” tribunal huyó al extranjero en 1785. Al cabo de siete años regresó a la patria, 323 pero la Inquisición seguía amenazando con reprimirle y se vio precisado a expatriarse de nuevo poco después.

p La actividad represiva del “santo” tribunal prosiguió hasta 1808, año en que las tropas francesas al mando del general Junot invadieron Portugal. El rey Joáo VI se fugó con su corte al Brasil, abandonando a su suerte el país ocupado por los invasores. Los franceses suprimieron la Inquisición para ganar el apoyo de los portugueses de vanguardia.

p El Santo Oficio se restableció, por poco tiempo, después de la derrota de Napoleón. En 1821, el Gobierno provisional nacido de una revolución liberal acabó definitivamente con la Inquisición portuguesa y los lisbonenses destruyeron el edificio del “santo” tribunal.

p Así se concluyó en Portugal la actividad de esa institución malhechora, que duró, con pequeños intervalos, poco menos de tres siglos.

p Al hacer un balance de la actividad inquisitorial, los historiadores de la Inquisición suelen calcular el número de víctimas de la misma.

p Veamos, pues, cuántas víctimas pesan en la conciencia de la Inquisición portuguesa. Según adelantábamos, han llegado hasta nosotros unos 40.000 expedientes del “santo” tribunal. Por regla general, cada una de las “causas” se refería a varias personas. Cierto número de expedientes había desaparecido. Entonces, ¿cuántos “ herejes” pasaron por las mazmorras de la Inquisición? ¿Cien mil? ¿Doscientos mil? Es poco probable que alguien pueda jamás decirlo con precisión.

p La investigadora inglesa Mary Brearley aduce los siguientes datos parciales, que sólo atañen al tribunal de la Inquisición de Lisboa: de 1536 a 1821 fueron quemados vivos en la capital portuguesa 355 hombres y 221 mujeres; torturados, 6.005 hombres y 4.960 mujeres; murieron encarcelados, 706 hombres y 546 mujeres. Total: 12.793 personas, incluyendo 5.727 mujeres  [323•48 .

Naturalmente, estas cifras parecen insignificantes en comparación con el número de asesinados por cualquiera de las dictaduras fascistas que hacían o hacen estragos en diversos países del mundo capitalista. En los 35 años 324 de régimen fascista de Salazar hubo probablemente en Portugal no menos ejecutados y torturados, que durante toda la actividad de la Inquisición portuguesa. En el aspecto cuantitativo, el terrorismo de la reacción burguesa ha rebasado sensiblemente las fechorías del “santo” tribunal, pero "como una máquina que destruyó cuanto de valioso había en la vida del pueblo, la Inquisición fue sin igual"  [324•49 . Desde este punto de vista, la Inquisición portuguesa cabía perfectamente en la regla general.

* * *
 

Notes

[315•39]   Véase J. A. Llórente. Histoire critique de ilnquisition d’Espagne, t. 2, pp. 206-207.

[315•40]   Paraguay era una especie de feudo de los jesuítas en Hispanoamérica, donde avasallaron a los indios guaraníes.

[316•41]   A. Vieira. A favor de "gente da nasao" sobre a mudanca dos estilos do Santo Oficio e do fisco. 1646.

[316•42]   A. Vieira. Proposta feita a el reí D. Joáo IV em que se representava o miseravel estado do Reino e a necessidade que tinha de admitir os judeus mercadores que andavam por diversas partes de Europa.

[318•43]   J. Oliveira Martins. Historia de Portugal. Lisboa, 1968, pp. 480 485

[320•44]   J. Smith. Memoirs of the Marquis of Pombal, vol. II, London, 1843, p. 16.

[320•45]   Juizo da verdadeira causa do terremoto.

[320•46]   Citado según T. D. Kendnck. The Lisbon Earthquake, London, 1956, p. 89.

[321•47]   J. Smith. Memoirs of the Marquis of Pombal, v. II, pp. 13-14.

[323•48]   M. Brearley. Hugo Gorgeny, Prísoner of the Lísbon Inquisition, p. 11.

[324•49]   Véase J. Smith. Memoirs of the Marquis of Pombal, v. II, p. 39.