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LA SANGRIENTA EPOPEYA DE LA
SUPREMA ESPAÑOLA
 
LA “NUEVA” INQUISICIÓN PONE MANOS A LA OBRA
 

p La gloria siniestra de la Inquisición española ha eclipsado las atrocidades de los inquisidores de otros países. Las cruentas fechorías de la Suprema se comentan en centenares de libros; historiadores de España y otras naciones escriben y escribirán de ella no sólo para relatar, en provecho de las generaciones venideras, sus crueldades, sino también para explicarlas, sacar a luz las complejas raíces que originaron y alimentaron ese órgano represivo al servicio de la Iglesia y de la corona española.

p En España, la Inquisición alcanzó su “apogeo”. Los “santos” tribunales españoles sirvieron de ejemplo para los de todo el mundo cristiano.

p Efectivamente, en ningún otro país la actividad de la Inquisición fue tan feroz y omnímoda, ni se reunían en ésta con tanta “perfección” rasgos de la policía eclesiástica y la política (estatal), como ocurrió en la España gobernada por monarcas católicos.

p Es digna de atención la circunstancia de que en Castilla, la Inquisición como organismo permanente, no existió, en general, hasta la segunda mitad del siglo XV. Porque Castilla encabezó durante varios siglos la lucha por la liberación de España, dominada por los moros, y no podía permitirse tener un “santo” tribunal, cuyas operaciones de sangría habrían debilitado sensiblemente las posiciones 231 castellanas frente al adversario en vez de reforzarlas. En Aragón, el primer tribunal inquisitorial funcionó a partir de 1233 en Lérida, fundado por el obispo Bernardo. La Inquisición aragonesa, instituida oficialmente por el sumo pontífice en 1238, desplegó una actividad particularmente enérgica en las diócesis contiguas a Francia (Urgel, Barcelona, Gerona y la ya mencionada Lérida).

p En la segunda mitad del siglo XIV desempeñó el cargo de inquisidor de Aragón el dominico Nicolás Eymerico, perseguidor implacable de los espirituales, de los herejes de toda laya, los judaizantes, las brujas y demás enemigos verdaderos e imaginarios de la Iglesia. Ese clérigo pasó a la historia como autor de una de las obras teológicas más aborrecibles, denominada Guía para inquisidores (Directorium inquisitorum), segunda Biblia de los colaboradores y “ familiares” del “santo” tribunal. El celo excesivo de Eymerico provocó una ola de indignación entre los aragoneses, en vista de lo cual su rey Juan I tuvo que renunciar a sus servicios e incluso expulsarlo del país.

p Los inquisidores aragoneses se reactivaron en el siglo XV, poniendo gran empeño en la caza de los partidarios de Wyclif y otros herejes y reprimiéndolos como procedía. Pero en Aragón (y menos aún en Castilla), la herejía no había tomado todavía amplias proporciones. La causa hay que buscarla probablemente en las peculiaridades del feudalismo español (ausencia de la servidumbre, carácter limitado del poder real, poderío de la nobleza, fueros de las ciudades) y en la guerra de varios siglos contra los moros, que absorbía toda la energía de la sociedad española medieval, incluyendo sus capas más pobres.

p La situación cambió radicalmente en el último cuarto del siglo XV, debido sobre todo a los tres acontecimientos siguientes: unión de Aragón y Castilla, que se constituyeron en Reino de España y anexaron la corona siciliana y navarra; fin del dominio moro en la parte sur de la Península Ibérica, con el centro en Granada, y reunificación de esas tierras con España; y por último, descubrimiento y conquista de América, que determinaron la transformación de España en la primera y más grande potencia colonial del mundo, soberana de los mares y poseedora de tesoros incalculables.

p Por paradójico que parezca, esa fantástica elevación de la nación redundó en perjuicio del pueblo español. Para gobernar esa nueva potencia, surgida inesperadamente y con 232 una rapidez extraordinaria como conglomerado de tierras heterogéneas dispersas por el mundo entero, hubo que consolidar el poder real, sacrificando los privilegios y libertades tradicionales de estamentos diversos.

p La corona española identificaba sus intereses con los de la Iglesia y utilizó la doctrina católica para reforzar sus propias posiciones. Al liberarse de los moros Granada, el monarca español agregó a sus títulos el de soberano “católico”. Con el descubrimiento de América y la entronización de Carlos V, emperador de Alemania, en España, ésta pasa a ser la potencia más grande del mundo occidental. Españoles son los papas elegidos (dos veces durante la segunda mitad del siglo XV), las tropas españolas campan por sus respetos en Roma. Ahora no es ya la Santa Sede, sino España la que aspira a ser un modelo de Estado cristiano, a poner en práctica los ideales de la Iglesia y propagarlos entre los pueblos paganos del mundo, incluyendo los territorios descubiertos y conquistados de América. En ello sueñan los reyes católicos españoles, convencidos de que son iguales e incluso superiores a los papas. España inspira e inicia la Contrarreforma, para salvar la Iglesia y el mundo católico con las manos de los jesuítas.

p Para alcanzar estas metas, la monarquía española no tuvo escrúpulos en emplear cualquier medio disponible. La Inquisición fue precisamente el medio más apropiado, un instrumento “milagroso” consagrado por el prestigio de la Iglesia y siempre eficaz a lo largo de siglos.

p La actividad de la Inquisición adquirió una importancia particular para la Iglesia al agudizarse en extremo la lucha ideológica con el protestantismo. Puesto que el líder de la Contrarreforma en España fue prácticamente el propio rey, la Inquisición no dejó de prosperar, aniquilando tanto a los enemigos de la Iglesia como a los del monarca. El poder real se percató de que la Inquisición era instrumento seguro de represión e intimidación de sus adversarios y no se separó de ella hasta mediados del siglo XIX.

p La ideología medieval católica, utilizada como arma por la monarquía española, excluía la tolerancia religiosa. La Iglesia dominante exigió la obediencia absoluta de toda la población, considerando que cualquier desviación de la doctrina religiosa oficial "socavaba sus pilares”. Usó de todo su poderoso arsenal de medios represivos para causar espanto a los culpables y sospechosos de herejía. Sólo 233 despues de las guerras religiosas que siguieron a la Reforma, la Santa Sede dio su conformidad para una “convivencia” relativamente pacífica con los protestantes, pero tan sólo en los países donde el partido católico no había podido imponerse manu militari a sus adversarios ideológicos.

p Actuando en interés del poder real, la Inquisición exterminó y saqueó a los judíos y moros y, de paso, quitó a las ciudades y estamentos españoles sus fueros medievales...

p Como dijo con gran fuerza de expresión Carlos Marx, "fue el tiempo en que Vasco Núñez Balboa enarboló la bandera de Castilla en las costas de Darién, Cortés lo hizo en México, y Pizarro, en el Perú; fue el tiempo en que la influencia de España dominó incompartidamente en Europa, y la imaginación fogosa de los ibéricos estuvo ofuscada por las visiones rutilantes del Eldorado, de las hazañas de caballeros y la monarquía mundial. Entonces, precisamente, desaparecieron los fueros españoles bajo el tintineo de las espadas, en los torrentes de oro y en el siniestro resplandor de las nogueras de la Inquisición"  [233•1 .

p La “nueva” Inquisición se instituyó en España en los años 1478-1483. Le precedieron los acontecimientos siguientes. En 1474, después de la muerte de Enrique IV, se entronizó en Castilla su hermana Isabel I, esposa de Fernando V, rey de Sicilia e hijo de Juan II, rey de Aragón, al que debía suceder en el trono. En 1479 falleció Juan II y sus posesiones pasaron a Fernando. Así pues, bajo el cetro de aquel matrimonio se encontraban ya Castilla, Aragón y Sicilia, y a partir de 1492, cuando fue reconquistada Granada, toda la parte sur de España.

p En 1477, Isabel y Fernando confirmaron los privilegios y poderes del inquisidor siciliano Barberis, que se había presentado en Sevilla. Ese juez eclesiástico aconsejó al matrimonio real instituir en España la Inquisición, que contribuiría a vigorizar el poder monárquico. Lo apoyó Alonso de Hojeda, prior del monasterio dominico de Sevilla, diciendo que la Inquisición era necesaria, en primer lugar, para luchar contra los marranos. También abogó fervientemente por el establecimiento del “santo” tribunal Nicolás 234 Franco, nuncio del Papa en España, que esperaba sacar provecho de ese proyecto  [234•2 .

p El 1 de noviembre de 1478, el Papa Sixto IV, hombre codicioso y lascivo (según el historiador español Castelar, lo único que puede decirse en su favor es que no tuvo relaciones bochornosas con sus hijos  [234•3 ), autorizó por medio de una bula especial a Fernando e Isabel para establecer en Castilla la Inquisición, investida del derecho de detener y juzgar a los herejes (entendiéndose por tales, en primer lugar, los "cristianos nuevos”) y de confiscar su propiedad a favor de la corona española, la Santa Sede y los inquisidores. En septiembre de 1480 fueron nombrados inquisidores los dominicos Miguel Morillo y Juan de San Martín.

p El 2 de enero de 1481, el “‘santo” tribunal se instaló en el monasterio dominico de Sevilla y puso manos a la obra. Los "cristianos nuevos" estaban dominados por el pánico. Muchos cambiaron de nombre y de domicilio, tratando de esconderse en casas de amigos o parientes. Otros liquidaron con toda prisa sus negocios y huyeron al extranjero.

p El tribunal inquisitorial inició su actividad por una disposición que obligaba a todas las autoridades seculares a detener, en el curso de 15 días, a los moros y judíos que hubieran mudado de domicilio, a llevarlos a Sevilla y a confiscar su propiedad  [234•4 . Ayudaron a poner en práctica esa disposición los destacamentos armados de la Santa Hermandad, creados en 1476, que cumplían directamente las órdenes del rey (estuvieron al mando de un hermano de Fernando).

p Los "cristianos nuevos" detenidos fueron llevados de todos los ámbitos de Castilla a Sevilla, para ser recluidos en monasterios y en el castillo de Triana. Pronto se desencadenaron las ejecuciones en masa. Los que se negaban a declararse culpables fueron excomulgados y condenados al quemadero. A los penitentes se les castigó con latigazos, la reclusión carcelaria, la confiscación de los bienes y la privación de todos los derechos.

p En el afán de echar la zarpa a los "cristianos nuevos" acomodados, que habían pasado a la clandestinidad al desencadenarse la primera oleada de terror a principios de 235 1481, los inquisidores publicaron en el mismo año un edicto "de favor”, prometiendo indultar y dejar intactos los bienes a todos los "cristianos nuevos" culpables de apostasía que se presentaran voluntariamente en el “santo” tribunal para confesar su culpa y abjurar. Los que habían picado en el anzuelo se vieron precisados a comprarse la vida al precio de una vil traición, comunicando a sus verdugos el nombre, la posición, el lugar de residencia y otras señas personales de cuantos parecían ser los “apóstatas” o sospechosos de apostasía. Los pusilánimes que aceptaban hacer semejantes declaraciones fueron de todos modos a la hoguera, ya que después de aniquilar a los apóstatas impenitentes, la Inquisición procedía del mismo modo con aquellos cómplices suyos, incriminándoles, según la fórmula tradicional, la reincidencia en herejía, con su secuela inevitable de la pena de muerte, la confiscación de todos los bienes del condenado y su entrega a las autoridades seglares.

p Cuando había expirado el plazo "de favor”, los inquisidores sevillanos editaron un nuevo edicto, que ordenaba a todos los habitantes del reino a delatar en el plazo de tres días, so pena de excomunión, a los individuos sospechosos de herejía judaica. En el mismo edicto se enumeraban, para “alumbrar” a los delatores, los 307 indicios demostrativos de la apostasía de "cristianos nuevos”.

p Dichos edictos reportaron a los inquisidores una rica cosecha. Miles de "cristianos nuevos" se entregaron voluntariamente al “santo” tribunal; otros miles cayeron en manos de la Inquisición por las deposiciones de aquéllos, y miles también fueron detenidos en virtud de las denuncias de "cristianos viejos”. La labor de la Inquisición iba cobrando una amplitud cada vez mayor. Los dos inquisidores nombrados en 1480 no bastaban ya para cumplirla, y por esto, el 11 de febrero de 1482, el Papa Sixto IV designó a otros varios, entre los que encontramos por primera vez el nombre del monje dominico Tomás Torquemada, confesor del matrimonio real y partidario decidido de extirpar la herejía “judaizante”.

p Mientras tanto, la Santa Sede experimentaba una presión contradictoria: por una parte, los "cristianos nuevos" trataron de inclinar al Papa y a sus allegados, por medio de dones generosos (del soborno), a que limitasen el poder de la Inquisición española, estableciendo en el Vaticano una especie de instancia independiente a la que pudieran apelar las 236 víctimas inculpables del “santo” tribunal; de otro lado, la corona española exigió la subordinación completa de éste y la no intervención de la Santa Sede en su actividad, prometiendo al Papa, como compensación, una parte de los bienes confiscados a los “herejes”.

p Las porfiadas instancias de la corona española, que era ya casi el único baluarte, en Occidente, del Papado corrompido hasta el fondo, produjeron efecto. El 2 de agosto de 1483, Sixto IV promulgó un decreto instituyendo en Castilla un "santo tribunal permanente bajo la dirección del inquisidor general (supremo), nombrado por el Papa conforme a la recomendación de la corona española, pero subordinado en todas sus acciones exclusivamente a esta última”.

p El inquisidor general fue autorizado para nombrar, con el consentimiento de la corona, a inquisidores provinciales.

p El puesto de inquisidor general se encomendó a Tomás Torquemada, que se titulaba a sí mismo de la manera siguiente: "Nos Fr. Thomás Torquemada, de la Orden de los Predicadores, Prior del Monasterio de la Santa Cruz de Segovia, confesor del rey y de la reina nuestros Señores, e Inquisidor general en todos sus Reinos y señoríos contra la herética parvedad dado, y diputado por la Santa Sede apostólica"  [236•5 

p Como se infiere de ese texto, Torquemada fue nombrado por la Santa Sede, que junto con la corona española carga con la responsabilidad de las atrocidades cometidas por aquél.

p Así pues, la corona española adquirió en la Inquisición, consagrada por la autoridad eclesiástica suprema, un instrumento de terror, y desde entonces pudo aplastar eficientemente a todos sus adversarios.

p El 17 de octubre de 1483, el Papa hizo extensivos los poderes del inquisidor general de Castilla a Aragón, Valencia y Cataluña. La Inquisición se conocía en esas regiones desde el siglo XIII, pero a fines del XV, debido al desarrollo de las ciudades y de la administración autónoma, decayó y era prácticamente inactiva. La corona tuvo que ejercer fuerte presión para que las Cortes locales accedieran a reconocer los poderes de Torquemada en sus respectivas regiones, cuya población adoptó una actitud bastante hostil hacia los 237 representantes del inquisidor general, simpatizando abiertamente con las víctimas del “santo” tribunal.

En el mismo año, Fernando V instituyó el Consejo Supremo de la Inquisición bajo la presidencia del inquisidor general, sobre todo al objeto de resolver los asuntos relacionados con la confiscación de la propiedad de los herejes. Con ello se constituyó definitivamente en España el Supremo Tribunal de la Santa Inquisición (la Suprema), cuya actividad sangrienta duró tres siglos y medio.

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p Como queda dicho, las primeras víctimas de la Inquisición española fueron los "cristianos nuevos" (marranos).

p Investigadores clericales y anticlericales han escrito no pocas páginas para probar, los primeros, que los marranos eran hipócritas y embusteros, pues hacían culto de Jesucristo en público pero en secreto adoraban a Moisés, y los segundos, que por el contrario eran cristianos leales y ortodoxos, separados definitivamente del judaismo. Semejantes indagaciones y disputas son estériles, tanto más por cuanto se sacan de ellas conclusiones erróneas a todas luces. Quienes achacan a los marranos la hipocresía, la profesión secreta del judaismo justifican ipso facto las acciones de la Inquisición; en este caso, la responsabilidad por el asesinato de los marranos se transfiere de los verdugos a sus víctimas. Los partidarios del punto de vista contrario acusan la Inquisición de haber perseguido a gentes inocentes; esto supone que si los marranos hubieran sido efectivamente judíos disimulados, su persecución habría sido justificada. Pero los marranos aparecieron por efecto de la drástica persecución de la población judía. Les habían obligado por la fuerza a renegar de su religión para abrazar otra, y ahora se ensañaban en ellos con el pretexto de que no lo habían hecho sinceramente.

p El problema de los moriscos (moros convertidos por la fuerza al cristianismo) no revestía un carácter tan “ universal” como el de los judíos. Fue más bien un problema local, puramente español. La Iglesia Católica no imputaba a los árabes (aunque son semitas, como los judíos) el haber crucificado a Cristo, ni otros crímenes similares, excepto la heterodoxia, el culto del "profeta falso" Mahoma. Tampoco se podía incriminarles la acumulación de tesoros, puesto 238 que los moros residentes en España eran principalmente artesanos y campesinos. Sin embargo, también ellos sufrieron persecuciones.

p Oficialmente, los moriscos, como asimismo los marranos, fueron acusados de ser cristianos “insinceros”, de profesar en secreto su religión antigua; esto equivalía a la acusación de herejía y, por tanto, les amenazaba el exterminio total.

p Pero veamos las causas ocultas (y auténticas) del genocidio aplicado por la corona española y la Iglesia a la población judía y mora en sus posesiones.

p Por lo que respecta a los judíos, su persecución se inspiraba ante todo en un objetivo muy concreto: adueñarse de sus bienes. Además, según adelantábamos, la corona pudo utilizar el instrumento mortífero que era la Inquisición contra cualquier adversario del absolutismo. La persecución de los campesinos y artesanos moros, que trabajaron para los grandes, socavaba el poderío de estos últimos, en beneficio de la corona.

p Los defensores contemporáneos de la Inquisición española presentan post datum una explicación más “noble”, afirmando que los judíos y moros fueron perseguidos en aras del logro y reforzamiento de la unidad nacional de España, que esas gentes trataban de socavar exponiendo la sociedad española al peligro de descomposición. ¿Pero dónde están las pruebas de que los judíos y moros lo pretendían en efecto? Esas pruebas no existen, ninguno de sus adversarios en los siglos XV y XVI se lo reprochó.

El absolutismo español, que por su crueldad evoca las despotías de Oriente, acabó con los judíos y los moros, pero no consiguió establecer la unidad nacional ni quitar a las ciudades todos sus fueros. Como señalara Marx, la monarquía absoluta, que por primera vez entre todos los Estados feudales surgió en España, "hizo cuanto de ella dependía para impedir el surgimiento de intereses comunes, determinados por la división del trabajo en escala nacional y por la variedad del intercambio interior, los cuales constituyen precisamente la única base posible para el establecimiento de un sistema de gobierno uniforme y una legislación común"  [238•6 . La Inquisición, con su dócil 239 servició a la monarquía absoluta española contribuyó a la aplicación de esa política antinacional.

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Notes

[233•1]   C. Marx. La España revolucionaria. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 10, p. 431.

[234•2]   Véase J. A. Llórente. Histoire critique de l’Inquisition d’Espagne, t. I, pp. 143-144.

[234•3]   Véase K. Kustódiev. El último auto de fe en Sevilla. En: Ruski véstnik, 1863, octubre, p. 482.

[234•4]   Véase F. Ingegneri. Torquemada. Milano, 1966, p. 11.

[236•5]   Véase J. A. Llórente. Histoire critique de l’lnquisition d’Espagne, t. II, p. 493.

[238•6]   C. Marx. La España revolucionaria. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 10, p. 432.