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JUAN HUS Y JERÓNIMO DE PRAGA,
VICTIMAS DE LA INQUISICIÓN CONCILIAR
 

p En los albores del siglo XV, la Iglesia Católica presentaba un cuadro bastante lamentable. Proseguía aún el "gran cisma" eclesiástico: había dos papas—uno en Aviñón y el otro en Roma—, entre los que se libraba una lucha furiosa.

p En 1409, el Concilio de Pisa quitó la tiara a los papas Benedicto XIII y Gregorio XII (de Aviñón y de Roma, respectivamente), eligiendo en sustitución a Alejandro V. Pero los papas derrocados, lejos de reconocer la resolución de ese foro, anatematizaron a todos sus participantes. Así pues, el Concilio de Pisa agravó el gran cisma en vez de eliminarlo: después de él, tres papas (y no dos, como antes) aspiraron al título de vicario de Jesucristo. Alejandro V murió un año después de su elección. Le sucedió, bajo el 203 nombre de Juan XXIII, el antiguo pirata Baltasar Cossa, "cínico y perverso, dado a lujurias antinaturales”, según la definición de Marx   [203•59 . Muchos consideraron ilegal la instalación de Cossa en la Santa Sede  [203•60 . Al cabo de poco tiempo, Juan, derrotado en una guerra con el rey napolitano, se evadió de Roma para establecerse en Florencia.

p La porfiada contienda por la tiara apostólica fue tan sólo uno de los aspectos de la crisis que afectaba tanto a la cúspide como al clero inferior de la Iglesia Católica. Pese a las hogueras de la Inquisición, en el seno de la Iglesia aumentó la oposición a la jerarquía eclesiástica; en todas partes se exigió privarla de sus colosales riquezas mundanas, en particular de la propiedad territorial. A principios del siglo XV, el centro de esa oposición se constituyó en Bohemia, donde los clérigos encabezados por Juan Hus (1369-1415), continuador de J. Wyclif  [203•61 , con el apoyo de los campesinos checos, la pequeña nobleza, los plebeyos urbanos y otros ciudadanos, estigmatizaron la vida lujosa del clero superior, su codicia y la venta de indulgencias y se opusieron a los feudales y nobles alemanes. Para hacer frente a los husitas se formó una unión de los feudales alemanes, con el emperador Segismundo a la cabeza, y los jerarcas eclesiásticos con el Papa al frente.

p Con el fin de poner término a las discordias en la Iglesia y dar al traste con la herejía husita, Segismundo y Juan XXIII convocaron en Constanza el XVI Concilio Ecuménico. Este foro se inauguró el 5 de noviembre de 1414 en presencia de 3 patriarcas, 29 cardenales, 35 arzobispos, más de 150 obispos, 124 abades, 578 doctores en teología y otros muchos eclesiásticos, acompañados por una servidumbre numerosísima (unas 18.000 personas). Entre los delegados seglares figuraron el emperador Segismundo, los representantes de 10 reyes, más de 100 condes y príncipes, 2.400 caballeros y 116 representantes de ciudades. En total, 204 acudieron a Constanza -entre los participantes en el Concilio, sus servidores y escoltas militares, los invitados, los artistas errantes (los flautistas solos sumaron 1.400) y las prostitutas- cerca de 100.000 personas  [204•62 . Fue, en efecto, uno de los concilios más representativos de la Iglesia Católica.

p El orden del día del Concilio incluía tres puntos fundamentales: lucha contra la herejía, restablecimiento de la unidad de la Iglesia Católica y reformas eclesiásticas.

p El Concilio de Constanza duró tres años. Sus deliberaciones fueron muy tumultuosas, hubo muchas controversias agudas. Se subordinó al Concilio y presentó su abdicación el Papa Gregorio XII. Pero Benedicto XIII, el Papa de Aviñón, se negó a reconocer la autoridad del Concilio; encontró asilo en España, donde continuó insistiendo, aunque sin éxito, en su derecho a llevar la tiara pontificial. Juan XXIII, acusado de varios delitos, huyó de Constanza, pero fue detenido, regresado a esa ciudad (en 1415) y fue recluido en un castillo. Recuperó la libertad sólo tres años después, por orden del Papa Martín V, instalado en la Santa Sede por el mismo Concilio.

p El suceso más dramático y, según los cronistas, “ memorable”, del foro de Constanza fue la vista de la causa del pensador y humanista Juan Hus, distinguido representante del movimiento por la Reforma en Bohemia, y su ejecución, típicos para la actividad de la Inquisición conciliar.

p Hus fue llamado por Juan XXIII a comparecer ante el Concilio; ya había sido excomulgado y anatematizado por la Iglesia, pero continuaba, con el apoyo de la población, la propaganda por la Reforma en Praga. Decidió presentarse en el Concilio, con tanta mayor razón por cuanto él mismo había exigido reiteradamente la convocatoria de ese foro y tenía un salvoconducto otorgado por el emperador Segismundo, que le garantizaba la inmunidad. La negativa hubiera equivalido, en tales circunstancias, a una manifestación de cobardía, cosa inconcebible en un luchador por una causa justa como era Hus. Además, significaría reconocerse culpable de acciones heréticas, mientras que él mismo se consideraba un cristiano auténtico e imputaba 205 a los jerarcas eclesiásticos oponentes la dejación de la “verdadera” doctrina de Jesucristo.

p A los 25 días de su llegada a Constanza, Hus fue encerrado, por orden de Juan XXIII y de los cardenales, en el subterráneo de un convento dominico, en una celda oprobiosa contigua a la letrina (in quodam carcere juxta latrinas). Lo detuvieron sin hacer caso del salvoconducto extendido por el emperador Segismundo.

p El propio emperador, que figuraba entre los delegados al Concilio, declaró, con la escrupulosidad propia de los príncipes en los casos de esta índole, que el salvoconducto por él firmado tenía "una finalidad especial”, es decir, debía asegurar a Hus la "vista equitativa" de su causa en el Concilio y ofrecerle la posibilidad de defenderse ante los padres conciliares, pero de ningún modo exonerarlo del castigo por las convicciones heréticas. "Si alguien -dijo Segismundo- continuara obstinándose en su herejía, me encargaría personalmente de encender [la hoguera] y quemarlo"  [205•63 .

p Por lo demás, al emperador no le fue necesario en modo alguno justificarse ante Hus, porque, según los cánones eclesiásticos, el incumplimiento de cualquier promesa, tratado o acuerdo era justo y lícito si beneficiaba al Papa y a la religión. En cuanto a los herejes, la Iglesia eximía automáticamente a los creyentes de todo compromiso que hubieran contraído con ellos. En el caso dado, Segismundo bien podía no sentir el menor escrúpulo, pues la responsabilidad de sus acciones recaía sobre el propio Papa, vicario de Jesucristo en la Tierra...

p Al detener a Juan Hus, el Concilio se adjudicó las funciones de tribunal inquisitorial. Nombró jueces de instrucción y fiscales, los cuales pergeñaron un acta de acusación de 42 puntos contra el teólogo checo, encargando a los comisarios especiales de interrogar al recluso. Los interrogatorios duraron varios meses. En ese período precisamente huyó de Constanza, según adelantáramos, el Papa Juan XXIII.

p Cabía esperar que, una vez desaparecido de la escena Juan XXIII, Hus recobraría la libertad. Pero todo se 206 limitó a su traslado de una prisión a otra (de un monasterio dominico al castillo de Totleben) y a la sustitución de los comisarios del Papa fugitivo por otros nuevos.

p En Totleben, Hus estuvo aherrojado con grillos, y por la noche se le sujetaba además a una cadena fija en la pared. Al cabo de poco tiempo se recluyó en el mismo castillo a Juan XXIII, después de su detención, pero a diferencia del reformador checo le ofrecieron todo confort. Esto se explica perfectamente por la circunstancia de que el desgraciado Papa hacía de penitente, reconociendo todas las inculpaciones del Concilio; Hus, en cambio, insistió en su inocencia, es decir, en opinión de los eclesiásticos, se comportó como un hereje recalcitrante.

p Hus denunció la venalidad, el libertinaje, el afán de lucro y la avidez del clero. No por ello era hereje, ya que muchos padres conciliares censuraban los vicios de los clérigos, y el Concilio mismo había sido convocado para encontrarles un antídoto.

p La doctrina husita era herejía porque exigía al clero la estricta observancia de las virtudes cristianas proclamadas por la Iglesia. "¿Los jerarcas eclesiásticos dicen que son herederos de los apóstoles de Cristo?—preguntaba el pensador checo. Y respondía:—Si se portan como enseñó Cristo, así son, en efecto; de lo contrario, son mentirosos y embusteros. En este caso, el poder secular está facultado para privarlos de títulos y beneficios eclesiásticos”.

p Un cardenal veneciano señaló entonces, a propósito de las manifestaciones de Hus en el Concilio, que los herejes agregaban una porción de verdad a sus doctrinas falsas, para engañar a la gente simple  [206•64 . Pero no se podía engañar con archisabidas citas del Evangelio y de los trabajos de todos de los teólogos de fama, a los padres conciliares, que odiaban a Dolcino y a sus partidarios y habían condenado ya a Wyclif, predicador de ideas análogas. Se daban perfecta cuenta de que en la persona de Hus no se les presentaba un enemigo imaginario, sino verdadero, un adversario tremendo e intransigente.

p Y no les costó mucho trabajo probarlo. Porque Hus, además de maestro en Teología, fue autor formidable de tratados teológicos. Aun cuando estaba recluido en Constanza 207 siguió escribiendo, con la aquiescencia de los carceleros, sobre diversos aspectos de la doctrina eclesiástica. Y cada página nueva de sus trabajos proveía a sus enemigos de nuevos argumentos para acusarlo de herejía. "Denme dos líneas de un autor y le haré condenar”, dijo jactanciosamente, no sin razón, un inquisidor medieval  [207•65 . En efecto, el carácter contradictorio de la Biblia y de las numerosas disposiciones de los concilios y encíclicas y bulas de los papas hacía posible interpretar cualquier texto en perjuicio de su autor. Por lo que respecta a quienes intentaron verdaderamente criticar o poner en tela de juicio textos canónicos o manifestaciones y declaraciones oficiales del sumo pontífice, su osadía equivalía al suicidio: los inquisidores lanzaban al audaz a la hoguera, o bien lo encarcelaban hasta el fin de sus días, salvo que a semejante “hereje” le fallaran los nervios y abjurara en el último momento de sus "errores abominables”. Los enemigos de Hus no disponían de "dos líneas”, sino de un montón de obras suyas, de las que se podía arrancar fácilmente infinidad de citas demostrativas de la herejía de su autor.

p Así pues, no tiene nada de extraño que los padres conciliares amañaran sin darse grandes penas una acta acusatoria contra Hus, salpicada de citas de sus obras. Eso fue un juego de niños para los adversarios del rebelde checo, pero en vano se desvivieron por conseguir que reconociera sus "errores asquerosos”.

p Y el caso es que este último objetivo constituía la meta principal del proceso seguido a Hus. A comienzos de junio de 1415, terminada la formación de causa, se le trasladó encadenado al monasterio franciscano de Constanza, donde deliberaba el Concilio. El 6 de junio, Hus compareció ante los padres conciliares. El informe fiscal estuvo a cargo del obispo Lodi.

p Todas las tentativas del procesado de probar la inconsistencia de las acusaciones fueron rechazadas brutalmente por los “jueces”. Simplemente no le dejaban hablar. Le gritaban, lo escupían, lo colmaban de vilipendios, injurias y maldiciones. Los padres conciliares clamaban que era peor que un sodomita, lo trataban de Caín, Judas, turco, tártaro y judío. Lo comparaban con una "serpiente 208 rastrera" y "víbora lúbrica”. Interrumpían sus discursos con silbidos, pataleo y gritos: "¡A la hoguera!”

p Así continuó de día en día durante un mes, sin que se lograra intimidar y doblegar al acusado. Hus exigió valiente y tesoneramente que el Concilio examinara el asunto en esencia. "Prueben -dijo a sus jueces- que mis concepciones son heréticas, y las abdicaré”.

p El emperador Segismundo y los padres conciliares no escatimaron esfuerzos para obligar al preso a reconocerse culpable y abjurar de los supuestos errores heréticos. De conseguir que su víctima se arrepintiera en público, habrían asestado un golpe a los husitas en Bohemia. Pero Hus no se arredró. Como alternativa a las exigencias de los jueces accedió a jurar que no había compartido ni predicado nunca los errores incriminados, ni los compartiría o predicaría jamás. Pero el Concilio rechazó esa fórmula.

p Propuso otra: el acusado declara que no ha compartido nunca los errores en cuestión, pero a pesar de ello se desdice, retracta y abjura de ellos, así como acepta cualquier censura eclesiástica que el Concilio, "por su bondad" y en aras de la salvación del acusado mismo estime necesario imponerle. Hus replicó que no le era posible hacerlo sin pecar contra la verdad e incurrir en perjurio. Le dijeron que si accediera a abjurar en la forma prescrita por el Concilio, el responsable de esa abjuración sería el Concilio mismo; en cuanto al perjurio, cargarían con la responsabilidad los autores de la fórmula de abjuración. Hus se negó en redondo. Como en la mayoría de los casos de este género, no faltó un judas. Los enemigos de Hus lograron atraerse a un correligionario suyo, Stephan Palee, que aceptó ser testigo de cargo. Fueron aprovechados también algunos amigos de Hus, para incitarle a cumplir la voluntad del Concilio. El emperador Segismundo le exigió lo mismo. El teólogo checo rechazó todo acuerdo de transacción con sus enemigos. Prefería soportar el suplicio de quemadero, antes que renegar cobardemente de sus convicciones. Habiéndose convencido de que no podría obtener de Hus la autoacusación ni la abjuración, el Concilio lo declaró hereje impenitente; fue destituido de su dignidad sacerdotal, excomulgado y condenado a la hoguera.

p Se fijó la fecha de la ejecución: 6 de julio de 1415. En aquel día tuvo lugar el auto de fe más solemne de cuantos registra la historia de la inquisición.

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p Estuvieron presentes en la ceremonia todos los padres conciliares, el emperador Segismundo, acompañado de un séquito espléndido, los príncipes, caballeros y otros invitados de honor del Concilio. Durante el servicio divino, Hus estuvo junto a la puerta de la catedral, vigilado por guardias. Después, le condujeron al altar y se leyó la sentencia del Concilio. Hus negó en voz alta su culpabilidad.

p Luego le entregaron el llamado cáliz de redención y uno de los obispos pronunció la maldición siguiente: "¡Oh, Judas maldito! Puesto que has abandonado este concilio de paz y te has conciliado con los judíos, te quitamos este cáliz de redención”. A lo que Hus replicó soberbiamente: "Creo en el Dios Todopoderoso, en cuyo nombre soporto con paciencia este vilipendio, creo que no me quitará el cáliz de su redención y espero firmemente beber de él hoy en su reino"  [209•66 .

p Le dijeron que se callara, y como se negó, los guardias le taparon la boca con las manos. Siete obispos le quitaron el traje sacerdotal y le exhortaron de nuevo a abjurar. Hus declaró, volviéndose hacia los presentes, que no podía confesar los errores que no había compartido nunca. Entonces le impusieron silencio a gritos.

p Antes de entregar a un condenado a las llamas había que prepararlo pertinentemente para ese "auto de fe”. A Hus le I cortaron las uñas y el pelo en la cabeza. Luego le coronaron con una tiara de payaso hecha de papel y cubierta de demonios dibujados, en la que estaba escrito: "Es heresiarca”.

p El obispo que dirigía esas operaciones mágicas dijo a Hus: "Encomendamos tu alma al diablo”. Pero el mártir no dejó de parar dignamente cada golpe, con una firmeza y tenacidad que infundían respeto incluso a sus enemigos. "Y yo la encomiendo -replicó- al Señor Jesucristo que perdona todo"  [209•67 .

p Se produjo un ajetreo, y cayó de la cabeza de Hus el gorro de payaso. Entonces, uno de los guardias ordenó a un sacristán: "Ponle de nuevo ese gorro, para que se le pueda quemar con los demonios, sus dueños, a los que sirvió aquí en la tierra"  [209•68 .

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p En esto terminó la parte religiosa del auto de fe. Ahora se debía ejecutar al excomulgado, entregar a la hoguera su cuerpo “pecaminoso” para “salvar” su alma. Hus tuvo que apurar su cáliz de redención...

p El emperador Segismundo entregó a Hus al conde palatino Luis, y éste mandó al preboste de Constanza: "Tome a ese hombre, que hemos condenado los dos, y quémelo como hereje”.

p Pedro de Mladenovice (hacia 1390-1451), testigo ocular de la ejecución, dejó como ejemplo instructivo para los descendientes una descripción detallada de la misma. "El lugar de su suplicio fue una especie de prado en medio de los huertos de las afueras de Constanza. Así pues, le quitaron la ropa negra superior y quedó en camisa; luego le ataron firmemente con cuerdas, en seis puntos, a un rollo grueso, atando las manos a la espalda. Después de aguzar el rollo por un extremo lo clavaron en la tierra, y como Hus estaba de cara al Este alguien de los que allí se encontraban dijo: "No dejen que esté de cara al Este, porque es un hereje; vuélvanlo hacia el Oeste”.

p Así se hizo. Cuando lo ataron por el cuello con una cadena cubierta de hollín, la miró y dijo, sonriendo, a los verdugos: "El Señor Jesucristo, mi Redentor y Salvador, estaba atado con una cadena más dura y pesada. Y yo, miserable, no me avergüenzo de llevar por su santo nombre ésta”. Se puso bajo sus pies dos haces de leña (aún tenía los zapatos y un cepo en sus pies). Se amontanó leña mezclada con paja alrededor de su cuerpo, hasta la garganta. Antes de que fuera encendida se le aproximó el mariscal imperial Hoppe von Poppenheim en compañía del hijo del finado Clem [conde palatino Luis, hijo del emperador Ruperto II Clem], y exhortó al magistro a que abjurara de su doctrina y sus prédicas para salvar su vida. Pero el magistro Hus replicó, levantando los ojos al cielo: "Dios es testigo de que no he enseñado ni predicado nunca lo que se me atribuye y se me imputa por el falso testimonio. La intención principal de mi prédica y de todos los demás actos y escritos míos fue únicamente salvar a hombres del pecado. Y por esa verdad del Evangelio, sobre la que escribí y que prediqué en consonancia con las palabras y exposiciones de los santos doctores, quiero gustosamente morir hoy”. Después de oírlo, el mariscal y el hijo de Clem dieron unas palmadas y se retiraron. Los verdugos prendieron fuego y el maestro 211 empezó a cantar en voz alta: "Cristo, hijo del Dios vivo, perdónanos"  [211•69 .

p Se levantó viento, el fuego y el humo envolvieron su rostro y se calló. Los verdugos hurgaron durante mucho tiempo la hoguera en vías de extinción. Según la narración del mismo Pedro de Mladenovice, destrozaron con estacas la cabeza del mártir y cubrieron de tizones los pedazos. Encontraron el corazón en las entrañas, lo atravesaron con un palo agudo y lo quemaron con esmero. Desgarraron por medio de tenazas el cuerpo carbonizado, para facilitar el trabajo del fuego. Se arrojaron a la hoguera también los efectos personales del magistro de Praga. Cuando las llamas se habían apagado, los verdugos recogieron minuciosamente las cenizas e incluso la tierra del lugar de ejecución y las echaron al Rin, para que nada quedara del hereje quemado.

p Al otro día de la ejecución, los padres conciliares rezaron un tedeum, con la participación de Segismundo y la reina, los príncipes y otros altos dignatarios, 19 cardenales, 2 patriarcas, 70 obispos y todos los demás clérigos asistentes al Concilio.

p La ejecución de Hus provocó una oleada de ira en Bohemia. Fue una victoria pírrica para el Concilio. Pero en manos de éste se encontraba otro hereje, el teólogo checo Jerónimo de Praga, brazo derecho y compañero de lucha de Hus. Los padres conciliares decidieron imponer obediencia a Jerónimo y lograr que abjurara, para tomarse la revancha por el fracaso sufrido en el caso de Hus.

p Jerónimo fue igualmente partidario de Wyclif; propagó y defendió con brillantez sus ideas en las universidades de Alemania, Polonia, Francia e Inglaterra. Después de regresar a Praga, tras largas peregninaciones por Europa, Jerónimo se adhirió a Hus como su entusiasta admirador. Ese hombre, orador apasionado, polemista insuperable y conocedor magnífico de los textos teológicos, fue el terror de los papistas, que lo odiaron más que a Hus.

p Cuando éste emprendió su viaje a Constanza, Jerónimo estaba en Praga. La detención del maestro, su procesamiento y la amenaza de muerte que se cernía sobre él movió a Jerónimo a acudir en secreto a Constanza para arrancarlo a los padres conciliares o prestarle ayuda.

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p Al cabo de dos semanas se convenció de que sus esperanzas eran vanas y decidió volver a Bohemia. Pero fue apresado, camino de Praga, encadenado y llevado al Concilio, donde se le presentaron acusaciones análogas a las formuladas contra Hus. Puesto que se mostró impenitente fue recluido en una torre del cementerio de San Pablo, y permaneció allí aherrojado de pies y manos y encorvado, sin tener otro sustento que pan y agua.

p Después de ensañarse en Hus, los inquisidores la tomaron con su adepto. Pusieron gran empeño y al parecer salieron con la suya. Las amenazas e intimidaciones, la ejecución del compañero de lucha y amigo y las condiciones de reclusión horribles en que se encontraba Jerónimo, quebrantaron aparentemente su voluntad. El II de septiembre de 1415 declaró a los padres conciliares que estaba dispuesto a reprobar la doctrina de Wyclif y Hus, así como sus propios extravíos heréticos, abdicarlos y someterse a la voluntad del Concilio. El 23 de septiembre confirmó en éste su abjuración. Por acuerdo de los padres conciliares d bió ser desterrado a un monasterio de Suabia y, además, escribir a sus correligionarios de Bohemia una carta condenando la doctrina de Hus y sus propios errores heréticos. Jerónimo obedeció de nuevo y escribió la carta requerida.

p No obstante, seguía siendo preso de los padres conciliares. Esto dio pretexto a los amigos del continuador de Hus asistentes al Concilio exigir su liberación, mientras que sus enemigos, que constituían la mayoría, clamaron por un castigo más severo. Estos últimos lograron el nombramiento de una nueva comisión inquisitorial, lo que equivalía a la anulación del veredicto ya aprobado por el Concilio en el caso de Jerónimo.

p El nuevo interrogatorio dejó pasmados a los comisarios de la Inquisición: se les presentó el Jerónimo de días pretéritos, denunciador implacable de las lacras y vicios de la jerarquía eclesiástica, antipapista, amigo y continuador de Wyclif y Hus. Habiendo superado la debilidad momentánea, el preso "reincidió en la herejía”.

p El 23 de mayo de 1416 se le leyó a Jerónimo, en el Concilio, una nueva acta de acusación. Replicó, en medio de alaridos, exclamaciones furibundas e injurias de los padres conciliares, que se retractaba de su abjuración, arrancada bajo la amenaza de hoguera. Concedemos la palabra a un documento oficial del Concilio: "En cuanto a la 213 abjuración, leída públicamente en voz alta y firmada con la mano del propio Jerónimo, dijo éste que, en efecto, había suscrito inequívocamente la abjuración, pero lo había hecho por miedo al castigo de brasero. Dijo, sin embargo, que se había engañado como demente al firmar la susodicha abjuración y que le dolía en extremo haberlo hecho. Y en primer lugar, el haber abjurado de la doctrina de J. Hus y J. Wyclif y aceptado la condenación del primero, al que creía ser un hombre justo y santo. Cometió lo más abyecto...”  [213•70 

p La muy impresionante declaración de Jerónimo dejó atónitos a los padres conciliares. Poggio Bracciolini (1380-1459), secretario de la curia papal y delegado al Concilio, escribió a su amigo Leonardo Aretino: "Nunca he visto a un hombre tan elocuente, tan afín a los oradores de la antigüedad, como ese Jerónimo. Sus enemigos le presentaron toda una serie de acusaciones para demostrar que era hereje, pero se defendió con tanta gracia, discreción e inteligencia, que me faltan palabras para expresártelo... Su nombre es digno de la gloria inmortal.. "  [213•71 

p En la madrugada del 30 de mayo, el Concilio escuchó, después de la misa, el informe fiscal del obispo de Lodi contra Jerónimo, ese herético remcidente, que había pagado con la "negra ingratitud" la “condescendencia” del Concilio. "No fuiste torturado -exclamó en un arrebato de santa indignación el obispo, dirigiéndose al preso-. Quisiera que hubieras experimentado el tormento, porque te habría hecho vomitar todos tus errores; ese tratamiento te habría abierto los ojos, cerrados por el crimen"   [213•72 . El obispo de Lodi exigió a Jerónimo que confirmara su abjuración anterior, pero éste se negó, diciendo que se la habían arrancado bajo la amenaza de hoguera. Entonces el primer comisario Juan, patriarca de Constantinopla, dio lectura al veredicto de la Inquisición que declaraba hereje reincidente a Jerónimo, lo excomulgaba y lo anatematizaba. El Concilio confirmó unánimemente la 214 sentencia. Jerónimo se puso con sus propias manos una tiara de payaso, ornada de demonios. Como quiera que no fue sacerdote, holgaba la ceremonia de la destitución. Sólo quedaba entregar al hereje “separado” de la Iglesia a las autoridades seculares para que lo tratasen con el " sentimiento de misericordia cristiana”, es decir, que lo mandaran al otro mundo sin mutilaciones y sin efusión de sangre...

p Los preparativos de la ejecución habían concluido ya el día anterior. Los inquisidores sabían que, esta vez, Jerónimo no se dejaría intimidar por la hoguera. Terminada la lectura de la sentencia, lo llevaron del Concilio al lugar donde había sido quemado, diez meses atrás, Juan Hus y donde esperaba a su discípulo y continuador la corona de mártir.

p Así pues, el 30 de mayo de 1416, a las 10 de la mañana, el verdugo quitó a Jerónimo de Praga todos sus vestidos, envolvió con un pedazo de tela blanca sus caderas y lo ató a un poste rodeado de leña seca y paja. Según una leyenda, el ejecutor compasivo preguntó a su víctima si quería que encendiera el fuego por detrás de ella. El penitenciado rechazó ese “servicio”. "Ven aquí -dijo- y enciende ante mi cara; si tuviera miedo a tu fuego, nunca me habría presentado aquí"  [214•73 .

p Jerónimo se comportó con valor y firmeza hasta el último suspiro. Los inquisidores quemaron todos sus efectos personales y su cama de cárcel, echando las cenizas al Rin.

p El Concilio no se contentó con la ejecución de Hus y Jerónimo, ya que la herejía husita seguía extendiéndose a pesar de la muerte de sus adalides.

p La Inquisición conciliar decidió aniquilar también a Juan Chlumski, otro husita prestigioso, que había acompañado a su maestro en Constanza. Fue detenido, encerrado en un calabozo e interrogado con torturas. Las pruebas que le cupieron en suerte fueron superiores a sus fuerzas. Abjuró, y a este precio quedó con vida. Pero después de la heroica muerte de los jefes husitas, ese arrepentimiento arrancado por la fuerza no pudo influir en modo alguno sobre la marcha de los sucesos. Los husitas se mantuvieron firmemente en 215 Bohemia y la lucha contra ellos aún estaba en sus albores...  [215•74 

p Habiendo acabado con Hus y sus compañeros, el Concilio de Constanza se dedicó a la actividad “reformadora”, cuyos resultados fueron bastante pobres. Restringió en cierta medida las prerrogativas del Papa, amplió las atribuciones del colegio de cardenales. El Papa no podía ya gravar con nuevos impuestos los ingresos de la Iglesia, ni distituir o trasladar a prelados, ni tampoco apropiarse los bienes de los eclesiásticos muertos. Además, se decidió que el Concilio estaba por encima del Papa, y sus disposiciones eran obligatorias para éste (decisión herética desde el punto de vista de la doctrina católica ortodoxa). Papa someter al Papa a un control más severo por parte del clero superior, el Concilio de Constanza impuso a la sede apostólica la convocatoria periódica de concilios (se acordó que el próximo se convocaría al cabo de cinco años, el siguiente tendría lugar siete años después y los ulteriores se celebrarían cada 10 años).

p Sin embargo, Martín V y sus sucesores hicieron todo lo posible para resguardar su derecho al poder ilimitado, eludiendo el cumplimiento de los acuerdos y disposiciones del Concilio de Constanza susceptibles de limitar en cierto grado las prerrogativas de su cargo. La Inquisición continuó desempeñando un papel considerable en el reforzamiento del absolutismo papista. Con el asesinato de Hus y Jerónimo, el Concilio de Constanza confirmó y extendió virtualmente los poderes del Santo Oficio, reduciendo a la nada las tentativas de restringir la omnipotencia de los "vicarios de Jesucristo" en la tierra...

p Como se ve por la historia de la Inquisición, las disputas en torno a sus feroces "autos de fe" duraron siglos enteros, incluso en el seno de la propia Iglesia 216 Católica. El caso de Hus, que no es una excepción, suscita hasta hoy discusiones teológicas acaloradas.

p Ahora bien, ¿cómo enjuician en nuestros días los eclesiásticos o los historiadores clericales el asesinato de Hus por el Concilio de Constanza? En lo fundamental, hay dos puntos de vista sobre este particular. Uno de ellos justifica con pretextos diversos su ejecución. El ya citado F. Hayward, historiador de la Inquisición, califica a Hus de rebelde peligroso, cuyas prédicas amenazaban el orden social consagrado por la Iglesia e, ipso facto, por el propio Dios. La Iglesia no pudo tolerarlo, y la Inquisición tenía sobradas razones para aniquilar a Hus y a otros heresiarcas y sus continuadores. "Por cierto que -dice Hayward- uno se estremece de horror al pensar que un ser humano es quemado por sus ideas, aunque sean erróneas; pero de otro lado, es imposible negar el mal y los desórdenes que origina la propagación de esas ideas, sobre todo entre las masas fácilmente inflamables"  [216•75 .

p Así pues, el fin justifica los medios: esto es lo que sostiene el mencionado defensor de la Inquisición.

p Lo mismo opina el jesuita francés Joseph Gilí. Con una astucia típica para los frailes de la Compañía de Jesús afirma lo siguiente: "Sus apelaciones a la Escritura contra la Iglesia, sus intentos de limitar prácticamente la Iglesia al cuerpo invisible de los selectos, su falta de respeto para la jurisdicción y la autoridad eclesiásticas, su defensa obstinada de Wyclif, tantas veces condenado: todas estas consideraciones y otras más hacían necesario poner coto a su prédica en Bohemia, y posibles su condenación y su entrega al brazo secular. Dadas su sinceridad y piedad, esa condenación es aún más punzante y altamente lamentable, pero no por ello es intrínsecamente injusta con respecto a los criterios de la época"   [216•76 .

p De modo que en opinión del jesuita Gilí, el culpable de la ejecución de Hus fue el propio Hus. Se trata de una tesis harto conocida de la Inquisición medieval, -que achacaba a sus víctimas la responsabilidad de los crímenes que ella misma cometía, de todo lo que padecieron en sus mazmorras...

p Distinto es el punto de vista del monje benedictino belga 217 Paul De Vooght. Supone que Hus, católico ortodoxo, se convirtió en hereje, héroe nacional, rebelde y primer mártir de la futura idea protestante "a pesar de sí mismo”, por efecto de la coincidencia de varias circunstancias y casualidades adversas para él. Según ese benedictino, Hus fue un católico, un ortodoxo, y sólo por equivocación podía ser considerado como adversario de la Iglesia Católica. Y si fue quemado de todos modos, ese castigo lo merecieron igualmente sus jueces, los participantes en el Concilio de Constanza, que "proclamaron solemnemente como dogma de fe la herética, impía y escandalosa opinión de su superioridad sobre el Soberano Pontífice"  [217•77 .

p ¿Por qué se empeña Paul de Vooght en defender con tanto ardor a Hus contra el propio Hus? ¿Por simpatizar con el heresiarca de Praga? De ninguna manera. Simplemente estima que en nuestros tiempos, a la Iglesia Católica le será ventajoso rehabilitarlo en vista del peligro de "ver un día a Hus elevado al rango de estajanovista de honor de la propaganda bolchevique"  [217•78 .

p Paul de Vooght, a juzgar por su libro, discurre "a pesar de si mismo" aproximadamente así: Hus fue ejecutado por la Iglesia Católica; ergo, pertenece a ella y sólo a ella. Verdad es que se trata de un hijo pródigo de la Iglesia, pero ahora -¡pasados cinco siglos!- ha llegado el momento de restituirlo a su seno materno que perdona todo.

p De Vooght cuenta con adeptos. Otto Feger, archivero de Constanza, se dirigió en 1965 al Papa Pablo VI pidiendo oficialmente rehabilitar a Hus e incluso canonizarlo.

p Los tiempos han cambiado obviamente, también para la Iglesia Católica, y se trata de cambios enormes. El II Concilio Vaticano, con su llamada reforma católica puso cruz y raya en algunos acuerdos y disposiciones de los concilios de Constanza y de Trento. De haber vivido hasta nuestros días, Hus habría sido el héroe del concilio convocado por iniciativa del Papa “rojo” Juan XXIII. En ello, quizás, reside la explicación de por qué Roncalli, elegido Papa, optó por el nombre del mismo pirata Baltasar Cossa que había iniciado el Concilio de Constanza y había hecho preso suyo a Juan Hus. ¿No quiso Roncalli, 218 al tomar el nombre de Juan XXIII, borrar de la historia del catolicismo a Cossa? ¿No se proponía acaso, al convocar el II Concilio Vaticano, cancelar las odiosas decisiones sobre Hus y Jerónimo de Praga tomadas en Constanza?

Lo imposible se hace posible cuando la barca de San Pedro hace agua...

* * *
 

Notes

[203•59]   Archivo de Marx v Engels, t. VI, p. 215.

[203•60]   En la lista oficial de la Iglesia, B. Cossa-Juan XXIII figura como antipapa. Esto permitió al cardenal Roncalli, elegido Papa en 1959, tomar el nombre de Juan XXIII.

[203•61]   John Wyclif (1320-1384), teólogo inglés, impugnó el principio de la infalibilidad de los papas, rechazó el culto de los santos y el comercio de indulgencias y exigió que la Iglesia renunciara a la propiedad territorial. La Iglesia Católica condenó la doctrina de Wyclif como herética. Pero su autor, protegido por el rey inglés, evitó la suerte de otros heresiarcas y falleció de muerte natural.

[204•62]   J. Gilí. Constance et Bale-Florence. Paris, 1965, pp. 41-42.

[205•63]   Véase John Hus at the Council of Constance. Translated from the Latín and the Czech with notes and introduction by Matthew Spinka. New York and London, 1965, p. 180.

[206•64]   The Council of Constance. The Uniflcation of the Church. Translated by Louise Ropes Loomis. New York—London, 1961, p. 284.

[207•65]   Paul de Vooght. L’IIérésie de Jean Huss. Louvain, 1960, p. Vil.

[209•66]   John Hus ai the Council of Constance, p. 230.

[209•67]   Ibíd., p. 231.

[209•68]   Ibíd., p. 232.

[211•69]   Ibíd., pp. 232-233.

[213•70]   Citado según B. M. Rukol. La carta de Poggio Bracciolini a Leonardo Aretino y el relato de Pedro de Mladenovice como fuentes sobre Jerónimo de Praga. En: Memorias científicas del Instituto de Eslavística, t. I M 1948, p. 357.

[213•71]   Documenta Mag. Joannis Hus. Vitam, doctrinam, causam in Constantiensi Concilio Actam el controversias de religione in Bohemia annis 1403-1418 motas. Edidit Franciscus Palacky. Pragae, 1869, p. 629.

[213•72]   Véase H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Middle Ages v. 2, p. 504.

[214•73]   Véase B. M. Bukol. La Carta de Poggio Bracciolini a Leonardo Aretino..., p. 345.

[215•74]   Durante el período comprendido entre 1420 y 1431, el Papa Martín V y el emperador Segismundo emprendieron cinco cruzadas contra los husitas indómitos, pero no lograron imponérseles. El Papado y el emperador tuvieron que hacer concesiones a los calistinos, ala derecha del movimiento husita integrada por ciudadanos y nobles. La alianza con los elementos acomodados del movimiento permitió derrotar a los taboritas (ala radical de los husitas), que representaban el campo campesino-plebeyo.

[216•75]   F. Hayward. The Inquisition, p. 98.

[216•76]   J. Gilí. Constance et Bale-Florence, pp. 87—88.

[217•77]   Paul de Vooght. L’Hérésie de Jean Huss, p. 470.

[217•78]   Ibíd., p. XII.