p Quizás ninguna victima de la Inquisición atrajo tanta atención de los historiadores y teólogos como la célebre Doncella de Orleans, heroína nacional del pueblo francés, quemada en Rúan por acuerdo de un tribunal inquisitorial el 30 de mayo de 1431.
p Le han dedicado muchas páginas inspiradas Voltaire. Schiller, Anatole France, Mark Twain, Bernard Shaw, Anna Seghers y otros escritores conocidos. Pintores, escultores, compositores, artistas del teatro y cineastas han reproducido, cada uno a su manera, la imagen de la Doncella de Orleans. Han llegado hasta nuestros días muchos documentos relacionados con su proceso, incluyendo actas de los interrogatorios a que la sometieron los inquisidores. La diosa Clío se preocupó efectivamente por conservar para las generaciones venideras todo lo que vierte luz sobre la historia de Juana de Arco. Esa historia, como dice el filósofo contemporáneo norteamericano B. Dunham, "es sorprendente, porque, contrariamente a toda probabilidad, ocurrió realmente; es lamentable, porque hombres destruyeron en ella lo que deberían haber adorado; es instructiva, porque nos enseña a poner en duda todo lo que creemos, todo excepto la supremacía de valores esenciales" [218•79 . Estas palabras se deben a un hombre que ha experimentado en sí el crimen judicial llamado Comisión del senador McCarthy, organismo afín al tribunal inquisitorial que condenó a Juana de Arco, pues ambos juzgaron y castigaron a quienes defendían los intereses de la nación, del pueblo.
p Juana de Arco fue quemada viva cuando apenas había cumplido los 19 años. La condenaron supuestamente por brujería y herejía, pero en realidad se trató, de la represión contra una patriota, cuyo único “crimen” consistió en haber 219 alzado al pueblo francés en defensa de su patria contra los ingleses, que ocuparon una parte considerable de Francia. La Doncella de Orleans fue una "hija fiel del Señor”, y sin embargo sucumbió en la hoguera.
p La juzgó un tribunal inquisitorio al servicio de los ingleses, que buscaron la muerte de Juana para asestar un golpe sensible a sus adversarios franceses. Asi pues, el proceso seguido a la joven campesina lorenesa -revistió un acusado carácter político, bien que se le imputaban falsamente crímenes contra la Iglesia y la fe católica.
p En el plano del procedimiento judicial, el caso de Juana de Arco parece ser muy típico para la Inquisición. Reunía todos los elementos propios del “santo” tribunal (excepto la tortura): acusaciones y testigos falsos, interrogatorios con trampas y parcialidad, condenación a la muerte, arrepentimiento del acusado y sustitución de la pena capital por la reclusión carcelaria, reincidencia en la herejía y, por consiguiente, quema del “hereje” en la hoguera.
p Pero antes de pasar al propio proceso recordemos en rasgos generales quién fue, en realidad. Juana y por qué causas se vio en el banquillo de acusados del “santo” tribunal ruanés.
p Nació hacia 1412 [219•80 en la aldea de Domrémy en Lorena (Este de Francia). Sus padres eran campesinos.
p A la edad de 17 años, esa pastora analfabeta decidió que Dios le había encomendado la alta misión de liberar su patria de los ingleses y ayudar a Carlos, que aspiraba al trono, a hacerse rey de Francia. La situación del pretendiente a la corona y sus partidarios fue, al parecer, desesperada. Los ingleses con sus aliados, los borgoñones, habían ocupado todo el país, a excepción de Orleans y el territorio contiguo. Tenían en sus manos París y contaban con el apoyo de la mayoría de los dignatarios eclesiásticos. Creyérase que sólo un milagro podía salvar a Carlos. En tales circunstancias apareció en su campo, paralizado por el abatimiento y la confusión, una joven campesina enérgica, rebosante de la fe fanática en la victoria y, además, encantadora, que afirmaba haber oído las “voces” de santos llamándola a encabezar las tropas francesas y a expulsar a los ingleses de Francia. Carlos y sus consejeros, tras largas 220 vacilaciones e intrigas, se decidieron a entregar su suerte a las delicadas manos de la muchacha. Razonaron muy sencillamente: esa niña inocente, esa joven guerrera virgen [220•81 , ligada por nexos misteriosos con los santos, poderosos representantes del otro mundo, podia entusiasmar con su ejemplo a otros campesinos rasos de Francia, alzarlos a la lucha contra los ingleses. Los sucesos posteriores evidenciaron que ese cálculo era completamente justo.
p Adviértase, sin embargo, que en su actitud hacia la doncella de Domrémy, Carlos y su corte manifestaron cierto temor a pillarse los dedos. Se le confiaron únicamente después de someterla a una comprobación pertinente; es decir, después de que fuera interrogada minuciosamente para esclarecer si no era hechicera. Los teólogos, juristas y consejeros de Carlos que habían efectuado con esmero esa comprobación durante todo un mes en Poitiers, concluyeron unánimemente que Juana era una cristiana ortodoxa, digna de confianza, y que por consiguiente convenía ofrecerle la posibilidad de combatir por la causa del rey francés. La joven se puso a la cabeza de un ejército de 10.000 hombres, que infligió una derrota a los ingleses que asediaban Orleans, haciéndoles retroceder. Poco después, los franceses capitaneados por un adalid tan extraordinario (y no sólo para aquellos tiempos) liberaron Reims, donde al aspirante al trono se coronó solemnemente con el nombre de Carlos VIL
p A los ojos del pueblo y de la corte real, esas victorias inesperadas eran un milagro, debido a que Dios tenía confianza en Juana y apoyaba por su conducto a los franceses en la lucha contra los ingleses. El rey y la corte obsequiaron a su salvadora; en el pueblo, la gloria de la Doncella de Orleans (se le había dado ya ese título) creció con rapidez de relámpago. Bien entendido que las victorias de las armas francesas tuvieron un efecto completamente distinto 221 en el campo de los ingleses y sus aliados borgoñones. Los ingleses atribuían esas victorias al sortilegio, afirmando que Juana tenía contactos con Satanás y actuaba con su apoyo y por su incitación. Amenazaron a la pastora de Domrémy, convertida en heroína nacional, con un castigo cruel, sin sospechar siquiera que esa amenaza no tardaría en convertirse en realidad.
p El 23 de mayo de 1430, cuando no había transcurrido un año desde la victoria de Orleans, los borgoñones hicieron prisionera a Juana de Arco en una escaramuza sostenida cerca de París (las tropas francesas trataron en vano de expulsar de allí a los ingleses).
p Naturalmente, Carlos VII podía, si lo deseaba, rescatar a su redentora (era cosa habitual en aquella época). Pero los reyes agradecidos existan sólo en los cuentos populares. Carlos no movió un dedo para sacar del cautiverio a la heroína. Tampoco manifestó interés por su destino Regnault de Chartres, arzobispo de Reims. A esos altos personajes, precisamente, se dirigieron ante todo los borgoñones, pidiendo rescate. ¿Por qué fue traicionada la Doncella de Orleans? Porque Juana, adorada por el pueblo, amenazaba los intereses de clase de esos proceres. Y ocurrió que la "providencia misma" eliminaba de su camino ese obstáculo. Si en efecto tenía contactos con los santos, que la salvasen ellos si lo querían.
p Los ingleses, en cambio, no escatimaron las 10.000 libras pedidas por los borgoñones. Juana debió pagar con su vida las derrotas infligidas a los ingleses. Pero prefirieron perpetrar ese crimen con las manos de los franceses, o, más exactamente, del clero francés venal.
p Por lo demás, los eclesiásticos mismos ansiaron con igual celo ajustar las cuentas a la “hechicera”. Tres días después de la captura de Juana, Martín Billorini, vicario general de la Inquisición en París, escribió al duque de Borgoña: "Como verdadero católico, Usted debe extirpar los errores y escándalos contra la fe. Pues en relación con cierta mujer denominada Virgen se han cometido multitud de errores, resultando la perdición de muchas almas. Por lo tanto, vista la autoridad que nos ha conferido la Santa Sede de Roma, le mandamos, bajo todas las penas de derecho, poner a nuestra disposición a Juana, acusadamente sospechosa de haber perpetrado varios crímenes heréticos, a fin de proceder contra ella como es debido. Dado en 222 París, bajo nuestro sello del oficio de la santa Inquisición" [222•82 .
p Por mucho que agradara a los ingleses entregar a Juana a manos de la Inquisición parisiense y celebrar un “lindo” auto de fe en una de las plazas de París, prefirieron eludir el riesgo de provocar la indignación de sus habitantes. Optaron por un lugar más seguro, alejado de la zona de operaciones militares: la ciudad de Rúan, capital de Normandía, donde se encontraban el rey inglés Enrique VI, menor de edad, y su corte. La dirección del proceso se encomendó a Cauchon (se pronuncia como la palabra francesa cachón, que significa cerdo en español), obispo de Beauvais y miembro del consejo real inglés.
p Juana cayó prisionera cerca de Compiégne, que formaba parte de la diócesis de Beauvais, y por esta razón estaba sujeta formalmente a la jurisdicción de su obispo. Aunque Pedro Cauchon, partidario ferviente de los ingleses, se había fugado de Beauvais que se encontraba en manos de los franceses, esto no fue óbice para que hiciera de inquisidor y empezara la formación de causa contra Juana de Arco, acusada de hechicería, idolatría, contactos con los demonios y otros crímenes de lesa fe. Para que nadie pusiera en duda el derecho de Cauchon de ser inquisidor en el caso de Juana, sus poderes fueron confirmados por los teólogos de la Universidad de París, considerada como instancia suprema en materia de Derecho Canónico (se solía llamar a ese centro docente "faro de todas las ciencias, extirpador de la herejía, ciudadela de la fe católica e hijo mayor de los reyes”). Respaldaron el dictamen universitario todos los jerarcas eclesiásticos y teólogos que estaban del lado de los ingleses y se oponían a Carlos VII.
p Cauchon fue un dignatario clerical bastante prestigioso. Durante cierto tiempo enseñó en la Universidad de París e incluso figuró en el puesto de rector de la misma. Asistió al Concilio de Constanza y poseía el título honorífico de referendario pontificial. Los ingleses tuvieron en alta estima sus servicios: fue miembro del consejo real de Inglaterra y persona de confianza del duque de Bedford,. tío y tutor del pequeño Enrique VI. Ávido de dinero y de honores de todo género, pérfido e implacable, Cauchon quiso aprovechar con fines arribistas el caso de Juana de 223 Arco, tanto más por cuanto los ingleses le prometieron como recompensa la mitra de arzobispo de Rúan.
p Acometiendo con mucho celo el cumplimiento de las funciones de inquisidor, nombró un tribunal inquisitorial compuesto de 12 teólogos de renombre (según el número de apóstoles); además, invitó a participar en el proceso, en calidad de expertos, a unas 125 personas: 16 doctores y 6 bachilleres en Teología, el capítulo de la catedral de Rúan, 2 licenciados en Derecho Canónico, 11 juristas del tribunal de Rúan, 2 abades y otros muchos eclesiásticos. A lo largo de los cinco meses que duró la vista de la causa, esa tribu de prelados franceses vivió a cuenta de los ingleses. Según cálculos de historiadores, el proceso costó a éstos 10.000 libras (agregúese a ello el rescate pagado por Juana, de 10.000 libras también). Los ingleses hicieron compensar esos gastos a la población de las regiones de Francia que habían ocupado.
p Desempeñó las funciones de copresidente del tribunal el dominico Juan Lemaítre, inquisidor de Rúan, cuyos poderes fueron confirmados por Juan Graverent, gran inquisidor de Francia. En esa constelación soberbia de jerarcas eclesiásticos y teólogos, tan solo uno, el abad Nicolás Gouperland. manifestó dudas acerca de si un tribunal compuesto de adversarios manifiestos de Carlos Vil era competente para juzgar a Juana de Arco, partidaria del rey. Para quitar a otros las ganas de impugnar los poderes de Cauchon, Gouperland fue excluido del tribunal y encerrado en el castillo de Rúan; le dijeron que sería ahogado en el agua si persistía en sus dudas. Los demás “jueces” cumplieron con fervor sus deberes inquisitoriales con arreglo a las instrucciones de Cauchon y Lemaitre.
p El “santo” tribunal trabajó en el castillo de Beauvreuil, donde se encontraba también Juana, recluida en un sótano bajo la vigilancia de guardias ingleses. El mismo castillo sirvió de residencia al pequeño rey Enrique VI y a su corte.
p El tribunal celebró seis reuniones plenarias; Cauchon y sus edecanes interrogaron nueve veces a Juana en su celda.
p Los inquisidores imputaron a la Doncella de Orleans todos los pecados mortales. ¿Había oído ciertas “voces”? Por supuesto que eran voces de demonios. ¿Había tratado de huir de su calabozo? Estaba consciente, claro es, de su culpabilidad. Y en cuanto a su hábito de llevar el traje 224 masculino, ¿no lo hacía, acaso, por orden del diablo? Afirmaba que era virgen. La sometieron a un examen humillante, efectuado por la señora Bedford en persona, esposa del regente inglés. Le griiaron, le amenazaron con las penas terrenales y divinas trafaron de intimidarla con los instrumentos de tortura, exigieron que confesara...
p Puesto que por la noche permanecieron invariablemente en la celda de Juana tres soldados ingleses, la muchacha no se quitaba el traje masculino; ergo, era una hechicera. Por último, instalaron en su celda a un provocador, el sacerdote Nicolás Loiseleur, quien se hizo pasar por paisano y amigo de Juana. Sostuvo con ella charlas “sinceras”, dando consejos acerca de cómo debía responder a las preguntas de los inquisidores; mientras tanto, en el sótano contiguo escuchaban a Juana, pegando las orejas a un orificio, Cauchon y el jefe militar inglés Warwick.
p Creyérase que esa máquina inquisitorial formidable, montada por el inhumano Couchon y sus protectores ingleses, debía quebrantar a Juana, someterla a la voluntad d0 sus torturadores, hacerla reprobar la causa que defendía y abjurar de ella. Pero la joven campesina lorenesa, " debilitada por las miserias de su prisión cruel y obligada a contestar día tras día a las sutiles y astutas preguntas de sus jueces cuidadosamente seleccionados, no perdió nunca la presencia de ánimo ni la claridad de intelecto. Se le tendieron trampas ingeniosas, pero las evadió casi por instinto. Llovieron sobre ella cuestiones susceptibles de confundir a doctos teólogos; media docena de disputantes acalorados la asaltaron a la vez, interrumpiendo sus réplicas; el desorden fue a veces tan inmenso que los notarios [encargados de extender actas] se declaraban incapaces de trabajar en esas condiciones" [224•83 .
p La Doncella de Orleans evitó la tortura, porque Cauchon y sus colaboradores lograron, al fin y al cabo, confundirla con preguntas artificiosas y obtener así los datos apetecidos para una sentencia acusatoria.
p Juana insistió en que tenía contactos directos con la Iglesia “triunfante” -es decir, “celestial”-, y que sólo cumplía los mandatos de ángeles, santos, beatos y Dios.
p “¿Y qué tal con la Iglesia Militante aquí en la Tierra?” 225 —preguntaron astutamente los inquisidores. ¿Si Juana se consideraba su hija dócil? Respondió así: estoy dispuesta a obedecer a la Iglesia Militante si actúa con arreglo a los mandatos de Dios.
p Esto bastaba ya para incriminarle, en la "última advertencia caritativa antes de la imposición de sentencia”, una herejía malévola: "Has dicho que si la Iglesia te ordenara hacer lo contrario de lo que crees haber oído de Dios, no la obedecerías por nada en el mundo... Los sabios doctores estiman sobre este punto que eres cismática y malintencionada respecto a la unidad y autoridad de la Iglesia; eres apóstata y, hasta el momento actual, hereje obstinada e inveterada en cuanto a la fe" [225•84 .
p A comienzos de mayo de 1430, los inquisidores guiados por Cauchon y Lemaitre formularon sus acusaciones contra Juana de Arco.
p Antes de promulgar y comunicar a Juana el acta acusa; toria, el tribunal lo envió a 58 teólogos residentes en el territorio ocupado por los ingleses, así como al capítulo de Rúan y a la Universidad de París, pidiendo su visto bueno. Todos los expertos e instancias consultados sancionaron las acusaciones formuladas por el “santo” tribunal, si bien la Universidad acompañó su consentimiento de la siguiente salvedad: considerar justas las acusaciones contra Juana, a condición de que estén “probadas”. Cauchon y sus colegas, los inquisidores, no dudaron de haber probado enteramente la culpa de la procesada.
p El 23 de mayo de 1431 se la hizo comparecer ante el tribunal. Cauchon le leyó los documentos y la exhortó a reconocer su culpa, a ser penitente y abjurar de sus extravíos criminales si quería salvar su alma y evitar el suplicio de hoguera. Pero Jauna, mostrándose refractaria a las presuasiones y amenazas, se negó en redondo a declararse culpable de pecado alguno. Habida cuenta del carácter “inveterado” de su herejía, el tribunal dispuso excomulgarla y quemarla.
p El día 24 se celebró en Rúan un auto de fe en presencia del cardenal Beaufort, otras autoridades eclesiásticas superiores y dignatarios ingleses de alto coturno. Cauchon leyó de nuevo a Juana el veredicto del tribunal y llamó a que se arrepintiera y abjurara. Entonces ocurrió algo 226 inesperado: la máquina de la Inquisición obró sus efectos finalmente, y Juana, cediendo a presión interminable, se manifestó dispuesta a abjurar, con tal que la trasladasen a la cárcel parroquial, donde estaría libre de la presencia de soldados ingleses, que no la dejaban sola en la celda. Habiendo prometido cumplir su petición, Cauchon le leyó la fórmula de abjuración y la obligó, casi por la fuerza, a poner una cruz (en lugar de firma) al pie del texto. Esa abjuración contenía un punto en que la penitenciada reconocía haber cometido un grave pecado "transgrediendo la ley divina, la santa Escritura y los derechos canónicos, llevando vestidos disolutos, deformes y deshonestos, contrarios a la decencia natural, y el pelo cortado en redondo a guisa de hombre, contrariamente a toda honestidad del sexo femenino...” [226•85
p Acto seguido se leyó a Juana una nueva sentencia: esta vez estaba condenada a prisión perpetua sin más comida que pan y agua. En ello terminó el auto de fe. Pero en lugar de instalarla en la cárcel parroquial, según estaba prometido, la entregaron de nuevo a los ingleses. Estos la sujetaron con cadenas y volvieron a lanzarla a los sótanos del castillo de Beauvreuil.
p A diferencia de los inquisidores, que podían considerar como victoria, y como recompensa por sus negras acciones, el arrepentimiento de Juana y su sumisión a la autoridad de la Iglesia, los ingleses no estaban entusiasmados, ni mucho menos, con el desenlace del proceso de su enemigo mortal, la Doncella de Orleans. Juana de Arco viva, si bien condenada, penitente y vigilada por soldados de Inglaterra, implicaba todavía un grave peligro para el aspirante inglés a la corona francesa. No les convenía nada menos que su ejecución, de lo que avisaron inequívocamente a Cauchon y otros inquisidores. Como mostraron los sucesos ulteriores, los “jueces” accedieron muy de buen grado a los deseos de sus patronos ingleses.
p En el mismo día en que Juana fue reinstalada en la cárcel, después del auto de fe, la visitaron Juan Lemaitre y otros inquisidores. Los "santos padres" seguían amenazándola con castigos severos por la desobediencia. Cediéndoles, 227 accedió a ponerse un vestido femenino, pero adviértase una circunstancia interesante: le dejaron su traje masculino, metido en un saco.
p Es difícil decir exactamente qué le ocurrió durante los días siguientes, mientras permanecía en la cárcel bajo la custodia de los ingleses. De dar crédito a la declaración hecha por el monje dominico Martín Ladvenu en el curso de la revisión de la causa de Juana en 1450, la reclusa se vio constreñida a ponerse de nuevo el traje masculino porque, después del auto de fe, los soldados ingleses trataron de deshonrarla [227•86 . El testimonio del dominico Ladvenu es digno de confianza, puesto que fue confesor de Juana en aquellos días.
p El 28 de mayo, Juana dijo a los inquisidores, que habían acudido de nuevo a su celda: "No he hecho nada contra Dios o la fe. Llevaré de nuevo vestido de mujer, si ustedes lo desean, pero en cuanto a lo demás, no voy a cambiar”. Estas palabras implicaban la muerte (responsio mortífera, según la terminología de la Inquisición).
p Se trataba evidentemente de un caso de reincidencia, y Cauchon declaró a la presa, en tono amenazador: "Sacaremos de ello las conclusiones necesarias" [227•87 .
p Al día siguiente, Cauchon anunció al “santo” tribunal que Juana "ha sido seducida nuevamente por el Príncipe de la mentira y -¡qué dolor!- ha recaído como el perro que retorna a su vómito" [227•88 . El tribunal dispuso: excomulgar a Juana de Arco, como hereje reincidente, y “liberarla”, poniéndola "a disposición" de las autoridades seculares.
p Juana de Arco fue ejecutada el 30 de mayo de 1431 en la Plaza del Mercado Viejo de Rúan, adonde la habían llevado de la cárcel en un carro ignominioso escoltado por guardias ingleses.
p Se le puso en la cabeza una mitra de papel en la que estaba escrito: "Hereje, reincidente, apóstata, idólatra”, y la condujeron a la hoguera. Los cronistas señalan que durante la ejecución, Cauchon sollozó, probablemente, por alegría. ¡Tenía asegurada ya la mitra del arzobispo de Rúan! Cuando 228 el fuego había consumido el vestido de la infeliz, las leñas en llamas fueron descartadas para que la muchedumbre pudiera ver el cadáver carbonizado y cerciorarse de que Juana era mujer. Después, su cuerpo fue incinerado, y las cenizas echadas al Sena.
p No hemos dicho nada sobre cómo se comportó Juana en el día de su ejecución porque no cabe en lo posible restablecer esos pormenores. Según testimonio de sus partidarios, subió valiente y orgullosamente a la hoguera, y según sus adversarios, confesó sus errores y prorrumpió en sollozos. Cauchon y los ingleses lanzaron calumnias contra la Doncella de Orleans aun después de su ejecución, imputándole todo género de crímenes contra la fe, diversas crueldades y actos deshonrosos.
p En 1894, el republicano Joseph Fabre propuso al parlamento francés instituir en honor de Juana de Arco una fiesta nacional: el día 5 de mayo, fecha de la liberación de Orleans. Esa moción suscitó acalorados debates parlamentarios. Los anticlericales recordaron a los eclesiásticos su responsabilidad por la muerte de Juana, mientras que éstos achacaron a sus adversarios todos los pecados mortales. El arzobispo G. Soulard exhortó en tono exaltado a los republicanos: "Guarden a Cauchon y colóquenlo en el Panteón al lado de Voltaire”. A lo que Fabre replicó: "Pedro Cauchon es suyo, y suya es la multitud de hombres de Iglesia que fueron sus cómplices. ¡Guárdenlo! ¡Guárdenlos!" [228•89 .
p Por temor a que Juana se convirtiera en heroína republicana y para aprovechar su popularidad en interés de la Iglesia, el Vaticano inició en 1897 el proceso de su beatificación. En 1909, el Papa Pío X la declaró beata, y en 1920 fue canonizada por Benedicto XV. Entre las incontables víctimas de la Inquisición, Juana de Arco es por ahora la única honrada postumamente con una distinción tan alta...
p Hoy, los eclesiásticos no escatiman tinta para probar la santidad de Juana. El teólogo francés contemporáneo Ruyssen, con un empaque remarcable reprocha a los "historiadores no creyentes" el no poder comprender la " naturaleza divina" de la Doncella de Orleans, pues explican —ignorantes—, todos sus actos por causas naturales, mientras que fueron dictados por la voluntad del Altísimo... [228•90 Cabe 229 preguntar a Ruyssen, ¿por qué, entonces, el Altísimo dejó que su elegida fuera quemada por Cauchon?
p Existe una literatura eclesiástica amplísima dedicada a Juana de Arco. La lucha en torno a la Doncella de Orleans se libra sin cesar a lo largo de los siglos, y ahora es tan intensa como antes.
p Los apologistas de la Inquisición insinúan que el único culpable de la trágica suerte de Juana era Cauchon. Veamos, por ejemplo, lo que dice al respecto Fernando Hayward: "Si Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, no hubiera sido un dócil servidor de Enrique VI, rey de Inglaterra, la Iglesia nunca habría acusado, por su propia volundad, a la Doncella de ser hereje y hechicera, y ésta no se habría convertido nunca en mártir, en heroína de Domrémy" [229•91 . Hayward "se olvida" de que, además de Cauchon, participaron en el proceso de Juana 125 teólogos distinguidos e incluso la Universidad de París, "ciudadela del catolicismo" en Francia.
p Regnault de Chartres, arzobispo de Reims y superior de Cauchon (Beauvais formaba parte de su diócesis), escribió poco después de la muerte de Juana que su ejecución era "testimonio de la justicia divina" [229•92 . En rigor, toda la Iglesia francesa aprobó el fallo del tribunal inquisitorial de Rúan. No se opuso a él (es decir, le dio el visto bueno) la Santa Sede. Tampoco lo objetó Carlos VIL
Los partidarios de la Inquisición bien pueden recortar, complementar y tergiversar la historia. Sin embargo, hagan lo que hagan, no conseguirán ocultar que la Iglesia lanzo a la hoguera a Juana de Arco, heroína nacional de Francia, cuyo proceso representa una de las páginas más ignominiosas en la actividad del “santo” tribunal.
Notes
[218•79] Barrows Dunham. Héroes and Herelics. A Política/ Historv of Western Thought. New York, 1964, pp. 248-249.
[219•80] No se ha logrado establecer exactamente el año de nacimiento de Juana.
[220•81] "...Entre las cualidades estupendas de Juana, su virginidad parecía ser la más impresionante de todas. Fue de por sí un hecho excepcional, ya que las mozas aldeanas se casaban temprano o daban al primer amante afortunado lo que se solía llamar, por un grato eufemismo, la rose. Pero la virginidad de Juana fue mucho más que una rareza sociológica. Unida a la conciencia de la misión que ella proclamaba ardientemente, esa virginidad la asociaba, pese a sus propios intentos (fue humilde), a la Virgen, Madre de Dios" (B. Dunham. Héroes and Heretics..., p. 250).
[222•82] Citado según J. Fabre. Les hourreaux de Jeanne d’Arc el xa fe te nationale. París. 1915, pp. 35-36.
[224•83] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Middle Ages..., v. 3, p. 363.
[225•84] B. Dunham. Héroes end Heretics..., p. 258-259.
[226•85] Les procés de Jeanne la Pucelle. Manuscrit inédit legué par Benoit XIV a la Bibliothéque de l’Unirersilé de Bologne et publié par André Du Bois De La VWerabel. Saint-Briec, 1890, p. 32.
[227•86] La réhabilitation de Jeanne la Pucelle. L’enquete ordonnée pai Charles VII en 1450 et le Codici/le de Gillaume Bouille. Texte établi, traduit et annoté par P. Doncoer, S. J. et J. Lanhers. Paris, 1956, pp. 44-45.
[227•87] B. Dunham. Héroes and Herética...,’ p. 259.
[227•88] J. Michelet. Jeanne d’Arc. Paris, 1863.
[228•89] J. Fabre. Les bourreaux de Jeanne d’Arc..., p. 10.
[228•90] R. P. Ruyssen. Frunce religieuse du Xlle au XVe síecle. Pa/is, 1958, pp. 257-258.
[229•91] F. Hayward. The Inauisilion, p. 101.
[229•92] J. Fabre. Les bourreaux de Jeanne d’Arc..., pp. 13—14.
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