p El aparato de la Inquisición ofrecíí a los prncpes laicos y clericales la posibilidad de notó¿lo perseguir a los herejes auténticos -es decir, a quienesjse oponían efectivamente a la Iglesia o incumplían sujl prescripciones-, sino también reprimir, con el pretexto e»ec1oso de la lucha contra la herejía, a todo el que por lina u otra causa les pareciera inconveniente, o bien si querían adueñarse de su fortuna. Las amenazas y torturas fermitían a la Inquisición sacar a esos seudoherejes las ciadoras, que se consideraban prueba jurídica de su “culpa” y servían de base para castigarlos pertin^itemente.
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p Acusaciones de este género se formularon, en particular, contra los stedinger, campesinos que a fines del siglo XII se negaron a pagar el diezmo y otros tributos al arzobispo de Brema y por esta razón fueron excomulgados. El Papa Gregorio IX proclamó una cruzada contra ellos. En la bula titulada Voz en Roma, del 13 de junio de 1233, el sumo pontífice achacó a los stedinger "acciones inauditas y nunca vistas por su vileza”. El Papa decía: "Cuando en esa escuela de reprobos ingresa un individuo nuevo, se le presenta un fantasma en la imagen de rana, a la que algunos otros llaman sapo. Hay quienes la besan de la manera más asquerosa en el trasero, otros en la boca y sorben su lengua y saliva, introduciéndolas en su propia boca. El sapo es a veces de tamaño natural, otras veces alcanza las proporciones del ganso o 185 pato o incluso es tan grande como una estufa de cocina. En seguida aparece ante el neófito un hombre extraordinariamente pálido con ojos negros asombrosos, flaco y extenuado; no tiene carne alguna, consta sólo de huesos. El neófito besa a ese monstruo esquelético, y este beso arranca de su pecho todo recuerdo de la religión católica, toda idea de la fe. Luego los presentes se ponen a la mesa para comer, y después de terminada la comilona, de una estatua que hay junto a la mesa sale un gato negro, tan grande como un perro, y anda retrocediendo perezosamente, con la cola baja. Besan al gato los más dignos; aquellos que no tienen derecho a besarlo son eximidos por el maestro más veterano que, sin embargo, pide perdón al gato, mientras que otros se manifiestan dispuestos a obedecer y someterse a todas las órdenes del gato negro. Acto seguido se apagan las luces y comienzan orgías de la índole más abominable, sin contemplación del parentesco ni de nada. Si los varones prevalecen en número sobre las mujeres, ellos tienen comercio carnal entre sí, y las orgías ignominiosas cobran un carácter extremadamente antinatural. Del mismo modo proceden las mujeres cuando son más que los varones. Una vez que han satisfecho por un rato su lujuria encienden de nuevo las luces, y de un rincón oscuro sale un hombre cuya mitad superior resplandece con luz solar, pero la inferior es tan oscura como el gato negro que ya conocemos; el cuarto está iluminado por los rayos que despide la parte superior de ese hombre. El maestro más veterano arranca un trozo del vestido del novato y lo pasa al Lucifer diciendo: "Señor, he recibido esto y ahora te lo entrego”. El Lucifer replica: "Me has servido bien y me servirás aún mejor y más lealmente; paso a tu cargo lo que he recibido de ti”. Y en esto desaparece instantáneamente" [185•37 .
p Al atribuir a los stedinger todas esas abominaciones, Gregorio IX exigió castigar severamente a los servidores del diablo, "de ranas y gatos”. En la misma bula expresaba, lleno de indignación “legítima”: "¿Quién podría dejar de enfurecerse en vista de todas esas vilezas? ¿Quién sería capaz de contener su furia contra esos engendros de la ruindad? ¿Dónde está el fervor de Moisés, que exterminó en un día a 20.000 paganos? ¿Dónde está el celo del sacerdote Pinejás, quien atravesó con una sola lanza tanto a judíos como a 186 moabitas? ¿Dónde está el celo de Elias, que aniquiló con la espada a 450 servidores de Baal? ¿Dónde está el ahínco de Mateo, que exterminaba a judíos? Verdad es que si la tierra, las estrellas y todo lo existente se alzaran contra semejantes individuos y los exterminaran enteramente, sin hacer caso a la edad ni al sexo, ni aun entonces sufrirían el castigo digno de ellos. Si no se vuelven a la razón y no se tornan dóciles habrá que tomar las medidas más drásticas, porque donde la curación no ayuda, es preciso actuar a hierro y fuego; la carne podrida debe ser arrancada" [186•38 .
p Y la arrancó, en efecto. Cuarenta mil cruzados se pusieron en marcha para abalanzarse sobre las stedinger rebeldes y los aniquilaron a casi todos. Más de 6.000 campesinos perecieron bajo sus espadas.
p Acusaciones del mismo género se presentaron también a la Orden de los Templarios. En opinión del historiador francés M. Michelet, el proceso contra ésa fue el más grave de cuantos se siguieron en la Edad Media [186•39 . En definitiva, los tesoros incalculables de esa orden pasaron a los cofres de sus jueces, y los dirigentes de la misma, convictos de herejía inventada, expiraron en la hoguera o en los calabozos de la Inquisición.
p La Orden de los Templarios -o, como se llamaba oficialmente, Orden de los pobres caballeros de Cristo y del Templo de Salomón (Pauperes Commilitones Christi Templique Salomonici)- surgió a comienzos de 1118 en Jerusalén como fundación de los cruzados franceses. Fue una congregación de caballeros, en la que ingresaban miembros de las familias feudales más ricas de Francia. Aunque los templarios neófitos daban el voto de obediencia, pobreza y castidad, la ocupación principal de los miembros de esa orden (en esto no diferían en nada de otros monjes), era acumular riquezas mundanas por medio de la explotación de miles de siervos, que trabajaban en sus haciendas y castillos a guisa de frailes servidores. Esa congregación estuvo estructurada según el principio militar: los de rango inferior obedecían incondicionalmente a los superiores. El jefe (Gran Maestre) de la Orden tenía poder ilimitado; sus disposiciones se equiparaban a los mandatos de Dios. Los templarios indisciplinados eran castigados por sus jefes con la reclusión 187 en calabozos, el encadenamiento y el hambre. Los dones generosos, las exacciones y la copiosa “limosna”, - procedentes de todos los ámbitos del mundo cristiano- que completaban el erario de la orden, la destacaron con el tiempo como una de las más poderosas y ricas de la Iglesia Católica. En Francia, los templarios asumieron la función de banqueros del rey, que guardaba su tesoro en Temple, sede de la orden. En el siglo XIII, ésta poseía 9.000 castillos y le pertenecía la isla Chipre. Jerarcas eclesiásticos y gobernantes seculares temieron y envidiaron a los templarios.
p Los "pobres caballeros de Cristo" tuvieron la reputación de ser una de las órdenes más “seguras” de la Iglesia Católica. Se distinguían por la ciega fidelidad a la Santa Sede: al parecer, se podía acusarlos de cualquier cosa, menos de herejía.
p Algunos apologistas contemporáneos de la Iglesia Católica, movidos por el afán de justificar post datum el aplastamiento de la Orden del Templo le atribuyen los propósitos ocultos de someter a su poder poco menos que al mundo entero y aluden a que sus dirigentes tenían relaciones secretas con los musulmanes, en particular con los ismaelitas y con Hassan, jefe de la secta de los asesinos, supuestamente influido por el gnosticismo. Así, F. Hayward estima que "los templarios soñaron con una potencia mundial en que ellos desempeñarían un papel sobresaliente; por tanto no sería de extrañar que fueran partidarios de un sincretismo sui generis, fruto de la unión de las doctrinas cristiana y musulmana" [187•40 . Ni Hayward ni otros autores similares alegan prueba alguna en apoyo de sus asertos. Pero existen muchas pruebas de lo contrario, es decir, de que hasta la disolución de su orden, los templarios sirvieron de baluarte seguro del Papado.
p Por ello precisamente, como anotaba con toda razón Lea, los templarios "fueron los favoritos especiales de la Santa Sede, cuya política tuvo por objeto hacer de ellos una milicia que dependiera solamente de Roma, un instrumento apto para extender la influencia del Papa y romper la independencia de las iglesias locales. De ahí que llovieran sobre ellos privilegios e inmunidades: estuvieron exentos del impuesto que se cobraba sobre géneros comestibles, del 188 diezmo y toda clase de tributos; se había otorgado a sus iglesias y casas el derecho de asilo, y ellos mismos gozaron de la inviolabilidad concedida a los eclesiásticos; no pesaron sobre ellos obligaciones ni juramentos feudales de ningún tipo; se sujetaban exclusivamente a la jurisdicción de Roma; a los obispos les estaba prohibido excomulgarlos... En pocas palabras, los papas hacían todo lo posible para estimular su desarrollo y atarlos firmemente a la cátedra de San Pedro" [188•41 .
p A fines del siglo XIII, los templarios fueron expulsados de Palestina. Muchos regresaron a Francia, gobernada entonces por el rey Felipe IV el Hermoso, que trató de afianzar por todos los medios su poder sobre los señores feudales. Las riñas incesantes con ellos y la prolongada guerra contra los flamencos y los ingleses vaciaron el erario real. En busca de recursos, Felipe llegó al extremo de hacer de monedero falso, emitiendo moneda de baja ley. Además, confiscó los bienes de los judíos y los expulsó del país. Mas con todo ello no se resolvieron los problemas del rey insaciable: sus gastos fueron marcadamente superiores a los ingresos provenientes de los impuestos y saqueos. Entonces paró mientes en la Orden de los Templarios. La deuda de medio millón de libras que había contraído con ella le causaba una molestia particular. Empezó por tratar de imponer a la Orden, en calidad de Gran Maestre, a su propio hijo. Después de fracasado ese designio, el rey y sus consejeros osaron emprender una operación prometedora, aunque más arriesgada: acusar de herejía a los templarios, arrancarles, con la ayuda de la Inquisición, las confesiones pertinentes y sobre esta base confiscar sus riquezas a favor del erario real. Por supuesto que para dar visos de legalidad al saqueo, los saqueadores necesitaban la bendición del Papa, a quien estaban subordinados directamente los templarios. Felipe venció sin grandes dificultades ese obstáculo. El Papa Clemente V, ex arzobispo de Burdeos que se llamaba Bertrand de Got, había obtenido la tiara con el apoyo de Felipe y era hechura suya. Rechazado por Roma, Clemente V se instaló en Aviñón, donde estaba controlado prácticamente por el rey francés. Bien que esa tutela parecía onerosa al Papa, obedeció también en este caso a su 189 protector, accediendo a cubrir con la autoridad pontifical la represión de los templarios. Recuérdese que se trata del mismo Clemente V que con tanta saña persiguió a los “ apostólicos” y por cuya disposición fueron ejecutados con refinada atrocidad Dolcino y sus partidarios.
p Inspirado por la idea de apropiarse de los tesoros de los templarios, Felipe el Hermoso empezó a llevar a la práctica su alevoso plan, encargando a uno de sus allegados, el ministro Nogaret, y a Imbert, inquisidor de Francia, de recoger en secreto datos comprometedores sobre la Orden.
p El uno y el otro pusieron mucho celo e ingeniosidad en el cumplimiento de la comisión real. Tiene interés señalar que Nogaret fue nieto de un cátaro ejecutado en su tiempo por la Inquisición, circunstancia que tal vez contribuyera a su entusiasta participación en el aplastamiento de la Orden de los Templarios, baluarte de la Iglesia Católica. [189•42 En cuanto a Imbert, confesor personal del rey, era fiel en cuerpo y alma a su soberano.
p Nogaret e Imbert no tardaron en conseguir los datos comprometedores buscados. Entre los templarios, como en toda orden monacal, no faltaron aventureros y granujas dispuestos a hacer por una recompensa cualesquiera declaraciones contra cualquier persona. Además, ansiaban denunciar a la Orden sus antiguos miembros expulsados por faltas y delitos diversos. Y no les fue muy difícil hacerlo, ya que en el pueblo corría desde hacía ya mucho tiempo el rumor de que durante la ceremonia de admisión de nuevos miembros en la Orden se practicaban acciones antinaturales. El caso es que, a diferencia de otras órdenes monacales, en las que esa ceremonia se celebraba públicamente y de día, los templarios admitían a los neófitos en la madrugada, con el mayor secreto, en un local cerrado para extraños. Los adversarios de la orden afirmaron que el ingreso en la misma estaba acompañado de varias obscenidades y que en las reuniones del capítulo se efectuaban los ritos anticristianos introducidos por uno de los Grandes Maestres, agente secreto del "sultán babilonio”.
p El inquisidor encontró sin gran esfuerzo a testigos que confirmaron bajo juramento todos esos disparates fantásticos, y en base a ellos se fabricó una acusación contra la 190 Orden. Se le incriminaron los cinco errores heréticos siguientes: 1) al ingresar un neófito, el preceptor lo llevaba detrás del altar o a otro sitio secreto y lo hacía tres veces abdicar del Salvador y escupir en la cruz; 2) se le quitaban todos los vestidos, y el preceptor, según una versión, lo besaba tres veces en las posaderas, el ombligo y la boca, y según la otra, "en los ocho orificios”; 3) se le decía luego que el pecado de sodomía era loable; 4) la cuerda que los templarios llevaban día y noche sobre la camisa, como símbolo de castidad, se consagraba enroscando con ella un ídolo (cabeza de hombre provista de una barba larga), adorado por los dirigentes de la Orden; 5) los sacerdotes de la Orden no consagraban la hostia al celebrar misas [190•43 .
p De todas las acusaciones enumeradas, sólo una—la de sodomía—era quizás verídica, pero ni aun ella pudo servir de base para condenar la Orden, puesto que esa perversión se practicó ampliamente entre el clero (muchos papas y otros prelados se distinguieron en este aspecto). Las demás inculpaciones, gratuitas a todas luces, fueron fruto de la mezquina fantasía del rey francés y de sus cómplices, el ministro Nogarel y el inquisidor Imbert. No obstante, en el curso de la instrucción realizada por el Santo Oficio en el caso de los templarios se “probaron” todas las acusaciones.
p El 13 de septiembre de 1307, Felipe el Hermoso, alegando la petición del inquisidor, ordenó secretamente detener a todos los templarios residentes en Francia y secuestrar todos sus bienes, con el pretexto de que se proponían emigrar y llevarse sus tesoros.
p Esa orden, escrita en un tono extremadamente melodramático, correspondiente al estilo de la época, comenzaba con las palabras siguientes: "Una cosa amarga, deplorable y detestable, de la que da miedo pensar y tratar de entender, un crimen de perversidad execrable, una acción abominable, una infamia espantosa completamente inhumana, peor, fuera de toda humanidad, ha llegado a nuestros oídos por conducto de personas fidedignas y nos ha causado hondo estupor, ha hecho que nos estremeciéramos de horror profundo" [190•44 .
p No es difícil imaginarse la impresión que produjo a las 191 autoridades policíacas de Francia una orden redactada en expresiones como estas.
p La operación de captura de los templarios se realizó de manera maestra: casi todos los miembros de la Orden, inclusive el Gran Maestre Jacques de Molay (1244-1314) y su lugarteniente (visitador) Rugues de Péraud, fueron a parar a las mazmorras de la Inquisición. Sólo ocho evitaron la detención, por haberse suicidado [191•45 .
p El rey ordenó recluir a los detenidos en celdas incomunicadas. Los comisarios de la Inquisición tuvieron que interrogarlos uno a uno y prometerles que serían perdonados si reconocían su culpa, así como prevenir a los reclusos refractarios que les esperaba la tortura y, si persistían en la rebeldía, la hoguera. Se prescribió también presentar inmediatamente al rey las deposiciones de los templarios, selladas por los inquisidores.
p Por supuesto que meter entre rejas a todos los miembros de una orden tan poderosa y emérita, que nunca había sido acusada de facciosa, fue una empresa seria incluso para el rey francés y la Inquisición omnipotente. De ahí que en torno al proceso de los templarios se montara una campaña propagandística insólita en la actividad del Santo Oficio, con el fin de persuadir a la opinión pública de que los detenidos eran verdaderamente culpables de herejía.
p Un día después que casi todos los templarios y su Gran Maestre Jacques de Molay se vieran encerrados en las cárceles del “santo” tribunal, el inquisidor reunió en la Catedral de Nuestra Señora de París a los magistros de la Universidad parisiense y a los miembros del capítulo conciliar, para darles a conocer las acusaciones presentadas a la Orden.
p Al día siguiente, el 15 de septiembre, predicadores dominicos y funcionarios al servicio del rey anunciaron a los parisienses, en el jardín del palacio real, el descubrimiento de un “monstruoso” complot de los templarios contra la Iglesia y la fe católicas. El día 16, Felipe el Hermoso dirigió a todos los príncipes del mundo cristiano sendos mensajes notificando la revelación de la herejía templaría y pidiendo tomar las medidas pertinentes contra sus adeptos. El ministro Nogaret incluso movilizó a los trovadores, que 192 empezaron a denunciar en sus canciones los “crímenes” de los templarios. El escritor Fran9ois de Rué dedicó al mismo tema toda una novela.
p Mientras tanto, Imbert no perdió tiempo en vano. Del 19 de octubre al 24 de noviembre, sus colaboradores y él personalmente interrogaron, con sumo éxito, a 138 templarios. Todos, menos tres, reconocieron su culpa. De la misma manera eficaz avanzó la instructoria en las provincias.
p De los medios empleados por los inquisidores para arrancar confesiones a los reclusos puede juzgarse por el hecho de que muchos templarios sucumbieran durante la instrucción (36 en París, 25 en Sens, etc.).
p El historiador clerical Vacandard tuvo que reconocer, refiriéndose a la persecución de los "pobres caballeros de Cristo”, que "los tribunales de la Inquisición quizás nunca fueron más crueles que en el caso de los Templarios" [192•46 .
p El mayor éxito de Imbert consistió en haber conseguido que el Gran Maestre Molay no sólo “reconociera” la mayoría de las acusaciones presentadas, sino que también firmara una carta dirigida a todos los miembros de la Orden, en la que les avisaba de su confesión y les llamaba a seguir su ejemplo porque -decía- eran culpables de los mismos errores.
p En el acta de las deposiciones de Molay se señalaba: "El acusado jura no haber sufrido amenazas ni violencias”, es decir, torturas. Pero esta frase era un truco habitual de los inquisidores, diametralmente opuesto a la verdad. Muchos años después de la represión de los templarios se descubrió una carta de Molay, en la que se quejaba a sus amigos de haber sido torturado por la Inquisición, de habérsele arrancado la piel de la espalda, el vientre y los muslos [192•47 .
p Tan pronto como se logró obtener de Molay y otros templarios de alto rango las declaraciones “comprometedoras”, sus verdugos los arrastraron a Temple, sede antigua de la Orden, y los hicieron repetir esas declaraciones en presencia de los magistros y alumnos de la Universidad.
p Conforme se desplegaba el muelle de la instrucción, los cinco puntos iniciales de la acusación fueron completándose con nuevas circunstancias fantasmagóricas. Se les imputó 193 a los templarios la traición: el haber firmado un pacto secreto con el "sultán babilonio”, obligándose en caso de una nueva cruzada entregarle a todos los cristianos; se les inculpó también de hechicería, de quemar a sus cofrades muertos en herejía y hacer de sus cenizas un polvo que convertía a los neófitos en enemigos del cristianismo; si una muchacha seducida por un templario daba a luz, su hijo era frito, y de la grasa se hacía el ungüento para embadurnar los susodichos ídolos barbudos, y así por el estilo.
p El carácter necio y absurdo de las acusaciones presentadas a los templarios salta a la vista al leer las actas de sus interrogatorios. Aunque se les hicieron a todos las mismas preguntas, las respuestas fueron casi siempre diferentes. Algunos declararon que los jefes de la Orden les inculcaban el deísmo; otros, que se les hacía abjurar de Dios, o de la virgen María, o bien de Cristo, etc. Fueron igualmente contradictorias las deposiciones concernientes al “ídolo” antes mencionado.
p “Entre los que confesaron haberlo visto, únicamente dos, en el mejor de los casos, lo describieron de manera análoga, dentro de los límites sugeridos por los artículos de la acusación, que le atribuían la forma de cabeza. Algunas veces es una cabeza negra, otras es blanca; algunas veces se presenta con el pelo negro, otras lleva pelos blancos y negros mixtos, y de nuevo aparece con una larga barba blanca. Algunos testigos vieron su cuello y sus hombros cubiertos de oro; uno declaró que era un demonio al que nadie podía mirar sin estremecerse; al decir de otro, tenía en lugar de ojos carbúnculos... Según uno, tenía dos caras, y según otro, tres; uno declaró que tenía cuatro piernas: dos por atrás y dos por delante; otro dijo que era una estatua de tres cabezas. En algunos casos es una pintura, en otros una placa pintada, o una pequeña figura femenina que el preceptor saca por debajo de su vestido, o bien la estatua de un muchacho, de un codo de altura. De acuerdo con uno de los testimonios, el ídolo representaba un toro. A veces se lo llama Salvador y en otras ocasiones, Bafomet o Maguineth -corrupciones de Mahomet- y es venerado como Allah. Algunas veces es Dios, creador de todas las cosas, que hace florecer los árboles y germinar la hierba; otras veces es un amigo de Dios, que puede acercársele e interceder por el suplicante. A veces da respuestas y en algunos casos está acompañado o reemplazado por el diablo 194 en forma de un gato negro o gris o de un cuervo, que contesta a las preguntas. La ceremonia termina, como el aquelarre de brujas, con la introducción de demonios bajo las apariencias de bellas mujeres" [194•48 .
p Contradicciones similares figuran también en las deposiciones de los templarios sobre todos los demás puntos de la acusación. Pero los inquisidores y Felipe el Hermoso no se desconcertaron en lo más mínimo por esta circunstancia. Sabían perfectamente que todas esas acusaciones no valían un comino, pues habían sido inventadas por ellos mismos con el único fin de lograr la condenación de la Orden y adueñarse de sus riquezas y tesoros, fruto de los saqueos efectuados en el Oriente y de la explotación de miles de frailes servidores. Nos encontramos aquí con un fenómeno común de la sociedad clasista: un expoliador poderoso saquea a otro menos fuerte. Lo peculiar del caso es que ese bandidaje se operó con el pío pretexto de la extirpación de la herejía y estuvo sancionado por el Papa.
p Como ocurrió siempre cuando se revelaba una nueva herejía, la Inquisición, para agravar la culpa de los templarios no se contentó con hacer constar sus errores específicos (que ella misma había inventado), sino que también les atribuyó las creencias facciosas de otras doctrinas heréticas, condenadas anteriormente por la Iglesia. Se les incriminaba, en particular, el seguir los extravíos de los maniqueos, los gnósticos y otros heterodoxos del pasado. Bien que algunos detenidos lo reconocieron, huelga decir que sus confesiones, obtenidas por el celo del verdugo, no contenían ni pizca de verdad.
p En el curso de varios siglos, prestigiosos eclesiásticos trataron de probar lo que no era posible: la culpabilidad de los templarios como portadores de errores heréticos [194•49 . Porque aun si admitiéramos que en efecto eran herejes, el caso es que no tenían ningún rasgo de semejanza ni con sus predecesores ni con los que aparecieron posteriormente. Ninguno de los templarios detenidos (se contaron por miles), que habían “reconocido” los extravíos heréticos incriminados, trató de defenderlos; al contrario, 195 todos se retractaron de muy buen grado, y la única causa de que muchos fueran a la hoguera era su negativa a declararse culpables. "Un solo caso de obstinación -decía H. Ch. Lea- habría sido para Felipe y Clemente más valioso que todos los demás testimonios y habría constituido el punto central del proceso, pero no hubo ninguno. Todos los templarios quemados fueron mártires de otro género; esos hombres, que habían confesado bajo tortura sus errores heréticos, desistiendo luego de sus confesiones, prefirieron morir en la hoguera antes que persistir en la admisión que se les había arrancado. Parece que a los ingeniosos creadores de creencias heréticas para los templarios no se les ocurrió que debían construir una herejía cuyos adeptos, en vez de aceptar la muerte por ella, accedieran a ser quemados por docenas con tal que no se la atribuyera" [195•50 .
p Aun cuando no se dispusiera de otras pruebas de que las acusaciones presentadas a los templarios eran pura invención, el hecho de que no hubiera entre ellos ni un solo hereje “recalcitrante” es de por sí suficiente para rehabilitarlos.
p El Papa Clemente V aprobó las acciones de la Inquisición francesa contra los templarios, pero exigió someter sus bienes al control de dos cardenales, esperando, no sin razón, sacar una buena tajada para sí. Felipe no se opuso, ya que los cardenales designados por el sumo pontífice eran igualmente criaturas del rey francés.
p Así pues, una vez garantizado certeramente de que podría participar en el reparto de las riquezas de los templarios, Clemente V editó el 22 de noviembre de 1307 -antes de que tocara a su fin la instrucción del caso- una bula denominada Pastoralis praeminentiae, en la que amparaba las acciones de Felipe, afirmando que las acusaciones contra la Orden estaban probadas y que sus jefes habían reconocido los crímenes perpetrados. En la parte final de la bula se invitaba a todos los monarcas de Europa a seguir el ejemplo de Felipe, es decir, iniciar la persecución de la Orden.
p Sin embargo, pasados varios meses, Clemente V prohibió de repente a los inquisidores y obispos franceses llevar adelante la instrucción del caso de los templarios (al 196 parecer, por miedo a que Felipe le dejara sin la recompensa prometida), para encargarse personalmente de la misma.
p Ese comportamiento del Papa, ansioso de vender a mayor precio sus servicios, enfureció a Felipe. El rey francés incriminó al cabeza de la Iglesia Católica la connivencia con los herejes, lo que equivalía a la acusación de herejía.
p Felipe obligó, por intermedio del Inquisidor de Francia, al Gran Maestre Molay y a otros cuatro dirigentes de la Orden a inculparse de herejía ante los jerarcas eclesiásticos superiores del país. Molay confirmó de nuevo que los templarios habían abjurado subrepticiamente de Cristo y habían escupido en la cruz. En un nuevo mensaje, que por la fuerza envió a los templarios, les exoneraba de la obligación de guardar el secreto y ordenaba que, en virtud del voto de obediencia, confesaran “sinceramente” a los inquisidores sus criminales errores heréticos.
p Luego se reanudaron las negociaciones entre Felipe y Clemente V y se acordó que los bienes confiscados a la Orden estarían a disposición de los comisarios del Papa y del rey hasta el pronunciamiento de la sentencia. Felipe esperaba que, en definitiva, los tesoros de los templarios irían a parar a sus manos. El Papa, a su vez, acariciaba la esperanza de obtener una porción no desdeñable del botín. El acuerdo estipulaba también que los templarios detenidos por el rey se pondrían a la orden del Papa y serían juzgados por los inquisidores y obispos. La suerte del Gran Maestre Molay y de otros jerarcas de la Orden se encomendaba al arbitrio del propio Clemente V. Se convino en que la Orden sería condenada y disuelta en un concilio que se convocaría en 1310. Además, Felipe accedió a que Molay y otros 71 acusados, que habían reconocido su “culpa”, fueran interrogados por el Papa en persona y por la junta de los cardenales.
p Poco después de ese acuerdo, por orden de Felipe se enviaron de París a Poitiers los 72 templarios detenidos. El sumo pontífice no se atrevió a entrevistarse personalmente con Molay y otros jerarcas, por miedo a que se desdijeran de sus deposiciones y desenmascararan las acciones del propio Papa y de su protector, el rey de Francia. Dispuso por tanto dejar a mitad de camino a Molay y sus compañeros. Los presos restantes fueron llevados a Poitiers, donde algunos cardenales, hombres de confianza de Felipe, 197 los sometieron a un tratamiento previo, amenazando con quemarlos como a herejes reincidentes si se retractaban de sus confesiones anteriores. Sólo después de convencerse de que sus víctimas habían aprendido bien el papel asignado, aquellos cardenales presentaron a los templarios al cónclave presidido por el Papa; en esa audiencia, los infelices confirmaron enteramente las declaraciones falsas que les había arrancado la Inquisición.
p El Papa prodigó en seguida otras muchas bulas, vilipendiando de todas maneras a la Orden del Templo y exhortando a los príncipes cristianos a aplicarle las represiones más drásticas.
p Sin embargo, la persecución de los templarios chocó probablemente con una resistencia considerable entre los jerarcas eclesiásticos y los feudales. El Papa se vio precisado a maniobrar. El 12 de agosto de 1309 nombró una comisión, bajo la presidencia del arzobispo de Narbona, ofreciendo a los templarios reclusos la posibilidad de abogar por su Orden ante ese organismo. El Gran Maestre Molay y otros jerarcas del Templo se negaron a hacer declaraciones ante dicha comisión, alegando que estaban sujetos exclusivamente a la jurisdicción del Papa y no eran lo suficientemente competentes para asumir la función de abogados de su Orden. Pero entre los templarios rasos se encontraron hombres más valientes que sus jefes; muchos se desdijeron, ante la comisión, de las deposiciones arrancadas por medio de las amenazas y torturas.
p Uno de esos atrevidos, Aymeri de Villiers-le-Duc, declaró a la comisión: "Si debiera ser quemado, no lo soportaría, porque tengo demasiado miedo a la muerte... Reconocería bajo juramento, ante ustedes y ante quienquiera que sea, todos los crímenes que se imputan a la Orden; reconocería haber matado a Dios si se me lo demandara" [197•51 . Pero en vano juraron los templarios su inocencia ante los delegados del Papa. Era una voz clamante en el desierto. Los dignatarios clericales temblaban ante Felipe, y para no sufrir quemaduras estaban dispuestos a quemar a sus correligionarios, "caballeros de Cristo”, no importa si eran o no culpables de las acciones incriminadas.
p Mientras tanto, Felipe, enojado por la temeridad de algunos reclusos, cuyas manifestaciones en la comisión 198 del arzobispo de Narbona denunciaban el criminal procedimiento de la Inquisición que les había arrancado por la fuerza deposiciones afrentosas para la Orden, decidió poner fin al ajetreo en torno al caso de los templarios. Con la aquiescencia del Papa dispuso convocar los concilios locales para dictar el fallo a los acusados. El 10 de mayo de 1310 se inauguró en París el Concilio de Sens [198•52 bajo la presidencia del arzobispo Philipp de Marigny, hermano del ministro real Enguerrand y hombre de confianza del rey. El Concilio calificó de herejes reincidentes a los templarios que se habían retractado de sus declaraciones anteriores y seguían negando su culpa y ordenó a la comisión del arzobispo de Narbona entrégalos sin demora a las llamas. Pese a los esfuerzos de los representantes de la comisión por aplazar el suplicio, los 54 templarios que se habían declarado inocentes de herejía fueron llevados el mismo día, en carros, a un campo vecino al convento de San Antonio, donde murieron en medio de sufrimientos tremendos, consumidos por el fuego lento. Hay que decir, para honra de los ejecutados, que ninguno de ellos quiso salvar la vida al precio de una nueva “confesión” de herejía. Al cabo de varios días, el Concilio lanzó a la hoguera a otros cuatro templarios recalcitrantes. Otros concilios locales tampoco permanecieron de brazos cruzados: el de Reims quemó a nueve templarios y en Pont-de-1’Arc corrieron la misma suerte tres; varios “impenitentes” fueron ejecutados en Carcasona.
p Simultáneamente, los concilios reconciliaban con la Iglesia y ponían en libertad a quienes habían reconocido ser herejes y abjurado de la herejía. Ellos constituían la inmensa mayoría.
p Sin embargo, a diferencia de lo que ocurrió en Francia, donde Felipe y Clemente V, su hechura, lograron “probar”, con la ayuda de la Inquisición y recurriendo a las torturas e intimidaciones, la degeneración herética de la Orden, en otros países cristianos no se consiguió reunir pruebas igualmente “sólidas”. Los príncipes cristianos persiguieron muy de mal grado a los templarios, dándose perfecta cuenta de que la Orden no era culpable de los crímenes achacados. Puesto que en Inglaterra no se recogió al principio ningún dato que probara la herejía de la Orden, Clemente V 199 instó a torturar a los templarios. El rey Eduardo II, que iba a casarse con una hermana de Felipe el Hermoso, accedió a emplear la tortura; sin embargo, pese a que se obtuvieron por este procedimiento “pruebas” contra la Orden, sus miembros quedaron con vida. En Alemania y otros países, los templarios fueron atormentados sólo después de las exigencias amenazadoras de Clemente V, pero muy rara vez se llegó al extremo de quemarlos.
p En tales circunstancias se inauguró en octubre de 1311 en Vienne (cerca de Lyon) el XV Concilio Ecuménico, que decidió definitivamente la suerte de los templarios. Asistieron a ese foro, en un ambiente muy caldeado, unos 300 obispos de Francia, Italia, Hungría, Inglaterra, Irlanda, Escocia y otros países católicos. Clemente V, por temor a un atentado, llegó protegido por una fuerte guardia y a su vez aconsejó a Felipe que tomara precauciones.
p Lamentablemente, según dicen los representantes del Vaticano, los documentos del Concilio de Vienne se han perdido. Es sabido, sin embargo, que Clemente V tropezó allí con una seria resistencia a su propósito de lograr la condenación de la Orden del Templo. Sólo la aparición de Felipe el Hermoso en compañía de un buen destacamento armado impuso obediencia a los padres conciliares, pero el Papa tuvo que hacer una concesión sustancial. En su bula Vox in excelso, presentada al Concilio para exponer el “caso” de los templarios, reconoció, después de señalar que la Orden era sospechosa de herejía, que las pruebas reunidas no justificaban, desde el punto de vista canónico, su condenación definitiva. No obstante, exigió suprimirla, porque, según el reconocimiento de sus jefes, se había manchado con feas acciones. La Orden—decía el Papa—ha pasado a ser infame y odiosa, de modo que nadie deseará ahora ingresar en ella [199•53 .
p Accediendo a la demanda de Clemente V, el Concilio prohibió la actividad de los templarios. La suerte de cada uno se encomendaba a los concilios locales, sus bienes se entregaban a la Orden de los Hospitalarios. Muchos " caballeros de Cristo" permanecieron hasta sus últimos días en las cárceles de la Inquisición, otros —los “reincidentes”— sucumbieron en las hogueras. Los que quedaron en libertad 200 arrastraron una existencia lamentable, sustentándose con la limosna.
p Durante la instrucción, el Gran Maestre Molay y otros altos dignatarios de la Orden, para evitar la hoguera traicionaron prácticamente a sus cofrades, confirmando todas las acusaciones más absurdas de la Inquisición.
p Como queda dicho, el Papa prometió que los juzgaría en persona o por intermedio de sus representantes plenipotenciarios.
p Molay y sus compañeros de desgracia reclusos tuvieron que esperar el juicio papal durante siete años enteros, hasta el 18 de marzo de 1314. En ese día aparecieron en el cadalso erigido ante la Catedral de Nuestra Señora de París Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden; Geoffroy de Charnay, preceptor de Normandía; Hugues de Péraud, visitador de Francia, y Geoffroy de Gonneville, preceptor de Aquitania. Teniendo en cuenta que los cuatro habían reconocido sus errores heréticos y se habían arrepentido, el tribunal eclesiástico encabezado por tres cardenales representantes de Clemente V los condenó a cadena perpetua.
p Creyérase que el caso de los templarios tocaba a su fin, pero la suerte dispuso otra cosa. Uno de los cardenales no había terminado aún de dar lectura al veredicto, cuando Molay y Geoffroy de Charnay, vestidos con los abigarrados trajes bufones de pecadores penitentes, se levantaron de sus asientos y declararon en voz alta que no se daban por herejes en modo alguno, sino que se consideraban culpables de haber traicionado vergonzosamente a la Orden, acusándola, para salvar sus cabezas, de crímenes imaginarios. La Orden es pura y santa ^-dijeron-, y las acusaciones tramadas contra ella, como asimismo sus propias confesiones anteriores, son mentira y calumnia.
p Es fácil imaginarse el sobresalto producido entre los jueces por esas declaraciones de Molay y Charnay, que se habían decidido, si bien con retardo, a realizar una acción heroica. El auto de fe se suspendió inmediatamente y ambos criminales "reincidentes en herejía" fueron entregados al preboste de París, a quien se le ordenó quemarlos. Se montó de prisa una noguera, y al cabo de poco tiempo, antes de que se pusiera el sol, ambos herejes “impenitentes” fueron incinerados. Felipe contempló la ejecución desde la ventana de un palacio vecino. Hugues de Péraud y Geoffroy de Gonneville prefirieron a la gloria de mártires la reclusión 201 en los calabozos de la Inquisición, donde permanecieron hasta el fin de sus días.
p Los bienes y tesoros de los templarios, que por acuerdo del Concilio de Vienne debían pasar a la Orden de los Hospitalarios, quedaron en realidad en manos de la corona francesa y de los príncipes seculares, que se habían adueñado de ellos.
p Además de echar la zarpa a todos los tesoros de la Orden del Templo, Felipe extrajo una suma considerable de los hospitalarios, que se la pagaron en forma de compensación [201•54 . En total, según cálculos de algunos historiadores, la supresión de los templarios reportó a ese monarca francés una suma enorme: 12.000.000 de libras [201•55 . Pero esto pareció poco a Luis X, sucesor de Felipe, que se las arregló para obtener de los hospitalarios 50.000 libras más.
p Los autores del “caso” de los templarios sobrevivieron muy poco a sus víctimas. Clemente V falleció de lupus el 20 de abril de 1314, un mes después de la ejecución de Molay y Charnay, y el 29 de noviembre del mismo año sucumbió en una caza Felipe el Hermoso. La muerte de ambos protagonistas originó la leyenda de que Molay los había convocado, desde el otro mundo, para que se sometieran al juicio de Dios.
p La historia jugó una pasada aún peor a la casa real francesa. En tiempos de la revolución de 1789, Luis XVI fue recluido en Temple, antigua sede de los templarios en Francia. De allí, precisamente, se le llevó a la guillotina.
p Esa coincidencia fortuita dio motivo al historiador francés Rene Gilíes para hacer la siguiente observación: "El proceso de los templarios es uno de los acontecimientos históricos cuyas repercusiones se dejan sentir a lo largo de los siglos, sin que se pueda prever sus consecuencias finales. La hoguera de Jacques de Molay se reencarnó, cuatro siglos más tarde, en el cadalso en que el rey Luis XVI murió tan trágicamente como el Gran Maestre del Templo" [201•56 .
p Rene Gilíes tiene razón únicamente en el sentido de que la supresión de la Orden de los Templarios contribuyó al afianzamiento de la corona francesa, pero varios siglos después, cuando la monarquía ya había caducado, Luis XVI 202 tuvo que pagar con su cabeza tanto sus propios crímenes como los perpetrados por sus predecesores.
p Los panegiristas contemporáneos de la Iglesia se ven muy apurados cuando tratan del escandaloso caso de los templarios, en cuyo asesinato tomaron parte tan activa la Inquisición y el Papado. Marcel Lobet, uno de esos clericales, alega que los caminos del Señor son inescrutables. "Los templarios -dice filosóficamente-, que murieron como mártires en las llamas de las hogueras, expiaban tal vez los ardores intelectuales y carnales que habían quemado a muchos de sus hermanos en las campañas encendidas del Levante" [202•57 .
p La “fuerza” de semejantes argumentos consiste en que permiten descartar cualquier crimen de la Inquisición y la Iglesia, atribuyéndolos a la providencia divina...
Clemente V declaró en el Concilio de Vienne que "en adelante, y bajo pena de excomunión, no se pronunciará ya el nombre de la Orden, nadie se adherirá a ella, nadie llevará el traje templario" [202•58 . Esa disposición del vicario de Jesucristo en la Tierra no se cumplió. La Orden del Templo fue restablecida (si bien bajo forma de organización semilaica) en 1808 en Francia, mientras reinaba Napoleón I. Formalmente, sigue existiendo hasta la fecha como club aristocrático.
Notes
[185•37] J. Sprenger y E. Institoris. El martillo de las brujas, pp. 23—24.
[186•38] Ibíd., p. 24.
[186•39] Procés des Templiers publié par M. Michelet, v. I. París, 1841, p. IV.
[187•40] F. Hayward. The Inquisition, p. 69.
[188•41] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Mídale Ages..., v. 3, p. 241.
[189•42] Véase M. Lobet. La Tragique Histoire de l’Ordre du Temple. Bruxelles, 1954, p. 81.
[190•43] Véase H. Ch. Lea. A Historv of the Inquisition of the Middle Ages..., v. 3, p. 263.
[190•44] Citado según R. Gilíes. Lea Templiers sont-i/x coupahles? Leur histoire. Leur regle. Leur proces. Paris, 1957, p. 103.
[191•45] Véase Gerard de Sede. Les templiers sont parmi nous ou l’énigme de Gisors. Paris, 1962, p. 82.
[192•46] E. Vacandard. The Inquisition..., p. 136.
[192•47] Véase R. Gilíes. Les Templiers sont-ils coupables?..., p. 110.
[194•48] H. Ch. Lea. A Hislorv of the Inquisition of the Middle Ages..., v. 3, p. 270.
[194•49] Véase, por ejemplo, el libro del sacerdote y demonólogo contemporáneo norteamericano M. Summers: The Ceogruphy of Witchcraft, p. 374.
[195•50] H. Ch. Lea. A Historv of the Inquisition of the Middle Ages..., v. 2, p. 265.
[197•51] Citado según J. Lecler. Vienne. Paris, 1964, p. 33.
[198•52] París formaba parte de la diócesis de Sens.
[199•53] Véase J. Lecler. Vienne, p. 188.
[201•54] Ibíd., pp. 91-92.
[201•55] M. Lobet. La Tragique Hisloire de l’Ordre du Temple, p. 112.
[201•56] R. Gilíes. Les Templiers sont-ils coupables? 1957 pp. 10—11.
[202•57] M. Lobet. La Tragique Histoire du l’Ordre du Temple, p. 122.
[202•58] Véase R. Gilíes. Les Templiers sont-ils coupahlesT, p. 168.
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