163
LA PROLONGADA CAZA DE "BRUJAS"
 

p ¿De dónde salió el diablo? ¿Qué clase de criatura es? Estas preguntas carecen de respuesta satisfactoria en la Biblia.

p Todos los teólogos famosos, a partir de Ireneo, 164 prestaron atención al problema del diablo. La imagen de un gran tentador creada por ellos personifica el Mal. El diablo -alias Satanás, rey de las tinieblas, príncipe del infierno y gran tentador-, tal como lo presentan los ideólogos de la Iglesia, es el enemigo principal de Dios, su émulo y blasfemo. El diablo es un ángel caído, que por sus vicios ruines -envidia y orgullo- fue expulsado del cielo por Dios, y desde entonces, junto con otros ángeles proscritos parecidos a él, que integran su numeroso ejército satánico, se afana sin cansancio en todas partes por atraerse a los creyentes, apoderarse de sus almas. El diablo es astuto, cruel, despiadado, lascivo y feo; según la expresión de San Agustín, es "mono de Dios”. Pero al mismo tiempo rivaliza con el padre celestial: es un mago, hechicero y encantador estupendo, capaz de reencarnarse, de tomar el aspecto de ser humano, evaporarse, atravesar instantáneamente espacios inmensos, ofrecer bienes mundanos de todo género a los pecadores que le hayan "vendido el alma”, dotarles de aptitudes “dañinas”. Lee los pensamientos de los hombres, traslada de un lugar a otro sus cuerpos, engendra monstruos y se dedica a otros muchos tipos de actividad criminal y aborrecible. Si Dios, según la doctrina eclesiástica, es trino, el diablo es multifacético, sus faces criminales son incontables. Los inquisidores Sprenger e Institoris, especialistas clericales muy prestigiosos en demonología, autores del tristemente célebre manual de exterminio de las brujas publicado en 1487 con el nombre de El martillo de las brujas,  [164•13  afirman que el ser humano que haya pactado con el diablo vendiéndole el alma (trátese de un pactum expressum o implicitum), se convierte en criatura diabólica, en un hechicero o una bruja capaz de dañar a los circundantes, de causarles todo género de males.

165

p Pero la misma "criatura diabólica" puede producir no sólo efectos dañinos sino también otros agradables. Puede asegurar el amor, dar la belleza, curar de la esterilidad, enriquecer milagrosamente a quienes se presten a servirle en cuerpo y alma. Satanás observa escrupulosamente las cláusulas del pacto, no por nobleza sino por cálculo, pues de lo contrario nadie accedería a pactar con él.

p Como “demuestran” Sprenger e Institoris en El martillo de las brujas, el diablo es apto para tener comercio carnal con una mujer bajo la apariencia de varón (íncubo) o entregarse a un varón bajo la apariencia de hembra (súcubo). El corifeo teológico Tomás de Aquino aclara, en su Summa Theologica: los niños que nacen de la unión sexual entre el diablo y una mujer provienen del semen adquirido por aquél de otro varón. Aunque el diablo empuja a los creyentes a la lujuria, una de sus especialidades consiste en hacer impotentes a los varones.

p Las asechanzas sexuales del diablo son un tema predilecto de los teólogos e inquisidores medievales. El martillo de las brujas, obra de dos inquisidores papales aprobada por la Santa Sede y recomendada como guía en la lucha contra los hechiceros y las brujas, rebosa de vilezas de toda clase sobre este particular. Sólo el intelecto perverso y el sadismo de ambos autores pudieron dar lugar a esa bochornosa composición.

p Algunos teólogos afirmaron que Dios permite al diablo tentar al hombre y concede a éste último la libertad de opción. El hombre está en condición s de aceptar o rechazar las promesas del tentador. De ello se infería una importante conclusión “teórica”: el diablo es incapaz de hacer pecar, sólo puede inducir al pecado.

p Un intelecto crítico podía encontrar en la historia eclesiástica de Satanás y su poderío (como asimismo en otras leyendas bíblicas) no pocos puntos vulnerables. Parecía incomprensible que el Dios omnipotente, ubicuo, omnisciente y sabio pudiera en general admitir la existencia de Satanás; cómo y por qué no está en condiciones de dominarlo, por qué deja que existan las brujas y les permite cometer crímenes y vilezas, por qué las brujas no aprovechan sus relaciones con el diablo en interés propio, para enriquecerse. Estas y otras muchas preguntas similares confundían bastante a los propios eclesiásticos.

p Según Sprenger e Institoris, Dios deja que sean 166 embrujados seres inculpables para fomentar la ayuda mutua en la sociedad humana y para que sus miembros se preocupen más por aminorar el pecado en su medio.

p Los mismos inquisidores contestaron así a la pregunta de por qué las brujas no se enriquecen: porque, dóciles a la voluntad del demonio, están dispuestas a deshonrar y denigrar al demiurgo a cambio de la recompensa más mínima; además, no quieren ser ricas para no atraer la atención.

p Las hechiceras -explicaban los autores de El martillo de las brujas- están imposibilitadas de aniquilar a sus enemigos porque se lo impide el ángel bueno; no pueden causar daño a los inquisidores y otras personas oficiales, porque ellos cumplen las funciones de justicia pública  [166•14 .

p Pero en general, la Iglesia no estimulaba las dudas. Advertía a los creyentes que el "ansia desmesurada de saber" no le place a Dios, exigiendo creer ciegamente en la sabiduría de la providencia divina, cuyos caminos son inescrutables...

p Satanás tuvo en la Edad Media un prestigio particularmente alto, gracias a su popularización por la Iglesia. Los propios eclesiásticos contribuyeron en todas partes a su reforzamiento al hablar incesantemente, desde el ambón y en el confesonario, del poderío del diablo. El propio exorcismo empleado por ellos para "expulsar al demonio" de un poseso no podía menos de provocar un miedo supersticial a la figura repugnante, perversa y, al mismo tiempo, imponente del tentador del género humano. "Vete, espíritu malo, lleno de falacia y desafuero; vete, engendro de la mentira, proscrito por los ángeles; vete, serpiente, encarnación de la astucia y rebeldía; vete, expulsado del paraíso, indigno de la gracia divina; vete, hijo de las tinieblas y del fuego subterráneo eterno; vete, lobo rapaz y supino, colmado de ignorancia; vete, demonio negro; vete, espíritu de herejía, aborto del infierno, condenado al fuego eterno; vete, animal ruin, el peor de todos los existentes; vete, ladrón y rapiñador, rebosante de voluptiosidad y codicia; vete, jabalí salvaje y espíritu malo, condenado al suplicio eterno; vete, sucio seductor y borracho; vete, origen de todos los males y crímenes; vete, monstruo del género humano...”  [166•15 .

167

p Era bien probable que, al oír semejantes exorcismos, un creyente poseso pensara: "Quizás valga más pedir apoyo a ese poderoso personaje, que hace temblar a la misma Iglesia”. El psiquiatra ruso N. Speranski, autor de una interesante investigación sobre las brujas y la brujería, señaló que la intimidación continua con Satanás provocaba las consecuencias más desastrosas para la Iglesia. "Toda fuerza -dijo- mueve a inclinarse ante ella, y el catolicismo medieval dio a la imagen de Satanás una fuerza tal que, al fin y al cabo, empezó a infundir miedo incluso a su propia creadora, la Iglesia romana"  [167•16 .

p Pero el diablo fue (y sigue siendo) para la Iglesia tan necesario como Dios. La presencia del diablo permitía achacarle todas las debilidades y canalladas humanas, todos los defectos y vicios de la Iglesia y sus servidores. De ahí que éstos se esforzaran siempre con el mayor celo por probar su existencia.

p Al polemizar con los partidarios del sentido común convencidos de que los demonios y otras brujerías eran producto de la superstición de gentes ignorantes (en todas las épocas hubo bastantes personas sensatas), Tomás de Aquino les reprochó su ateísmo, “probando” que los demonios no sólo existen realmente, sino que también son capaces, "con la tolerancia de Dios”, de hacer los trucos más increíbles y fantásticos con seres humanos: trasladarlos en un instante a grandes distancias, etc. "Algunos afirman -citamos un tratado de ese "doctor evangélico"- que en el mundo no existe ninguna hechicería, excepto en la imaginación de las gentes que la atribuyen a fenómenos naturales de origen desconocido. Pero esto contradice la autoridad de los santos varones que dicen que los demonios, con la tolerancia de Dios, tienen poder sobre el cuerpo y la imaginación de los hombres; por esto, precisamente, pueden los hechiceros producir, con su ayuda, algunos fenómenos significativos.

p El origen de semejante opinión está en la incredulidad, porque ellos no creen que los demonios puedan existir en alguna parte, excepto en la imaginación popular. De sus divagaciones se desprende que el hombre atribuye a los demonios los miedos originados por su propia cabeza, y por cuanto una excitación fuerte de la fantasía da lugar en los sentidos a las imágenes en que uno piensa, por la misma razón los 168 hombres imaginan a veces ver demonios. Pero esto lo rechaza la fe auténtica, y nosotros que la seguimos creemos en que los demonios son ángeles caídos del cielo, capaces, debido a la sutilidad de su naturaleza, de hacer mucho de lo que nosotros no podemos, y en que hay gentes, llamadas cabalmente dañinas, que se lo “inducen”  [168•17 .

p Tomás afirmó también que los demonios pueden, con la tolerancia de Dios, agitar el aire, levantar viento y provocar la caida del fuego celestial"   [168•18 .

p Pero lo que verdaderamente sorprende no es esto, sino el hecho de que la Iglesia Católica siga insistiendo en la existencia del diablo en la segunda mitad del siglo XX. "El diablo cismático continúa sembrando discordias entre los cristianos—leemos en uno de los números correspondientes a 1966 de la revista Lumiére et Vie, órgano de la orden dominica-. Algunos cristianos estiman que el diablo ha logrado convencer a una parte de los creyentes de que él mismo no existe; es este el engaño suyo más astuto"  [168•19 .

p En 1968, la revista La Civiltá Cattolica, órgano oficial del Vaticano, sugirió con toda seriedad que dudar de la existencia de los ángeles y demonios significa pecar de insolencia. "Por supuesto -dijo-, no todas las acciones de los ángeles en los libros sagrados deben comprenderse textualmente. ...Pero, ¿acaso es lícito llegar a dudar enteramente de la existencia de los ángeles y demonios? La mayoría de los teólogos responderían que en este caso se pone en tela de juicio una de las máximas religiosas"  [168•20 .

p Volvamos a la Edad Media. Según la definición de los eclesiásticos, la herejía era la prédica de nuevos dogmas y el apego tenaz a los criterios religiosos erróneos y falsos. Pero no había manera de hacer extensiva esa definición a los acusados de hechicería, puesto que los hechiceros y las brujas no sostuvieron ni predicaron criterios heréticos, si bien estaban al servicio del diablo.

p Desde el punto de vista de la Iglesia, los herejes eran asimismo "servidores del diablo”, pues actuaban a su instigación. El obispo San Cipriano enseñó en el siglo III que el diablo es el “creador” de todo cisma eclesiástico y de toda herejía. Pero a diferencia del hechicero y la bruja, el 169 hereje, según los ideólogos de la Iglesia, perseguía fines más grandiosos y amenazantes. Pretendía derrumbar el régimen establecido, la Iglesia dominante, para sustituirla con su propia organización satánica, mientras que los hechiceros y brujas, lejos de plantearse tareas tan amplias, se limitaban, si es que así puede decirse, al sabotaje de corto alcance. La Iglesia los censuraba y castigaba, pero, hasta el siglo XIV, la persecución de la hechicería no tomó nunca grandes proporciones. Los procesos contra las brujas incumbían tanto a los tribunales seglares como a los eclesiásticos, lo que suponía una "jurisdicción mixta" (delictum mixti forí) Más aún, durante los dos primeros siglos de existencia de la Inquisición, los papas rechazaron reiteradamente sus tentativas de someter a su jurisdicción dichos procesos; destacando el carácter secundario de los mismos, advirtieron que serían una carga innecesaria para ella y estorbarían el cumplimiento de sus funciones directas de persecución de la herejía.

p Así, el Papa Alejandro IV instruyó a los inquisidores, en 1260: "La causa de la fe que ustedes tienen encomendada es tan importante que no conviene que se distraigan de ella para perseguir crímenes de otro género. Por consiguiente, es necesario aplicar el procedimiento inquisitorial a los procesos concernientes al sortilegio y hechicería únicamente cuando ellos huelen sin duda a herejía; en todos los demás casos hay que dejarlos a los tribunales establecidos al efecto anteriormente"  [169•21 .

p La hechicería y la brujería no podían ser objeto de persecuciones masivas y caer bajo la jurisdicción de los “santos” tribunales antes de convertirse en herejía, de "saber manifiestamente a herejía" (haeresiam manifesté sapii). El "pacto con el diablo" no convertía aún a un hechicero o una bruja en herejes, ya que faltaba un elemento importantísimo, sin el cual la herejía, en opinión de la Iglesia, era inconcebible: una organización conspirativa y secreta. Esa organización no existía, pero la crearon, o mejor, la inventaron los inquisidores. Su experiencia les sugería que no hay herejes sin organización. Las brujas y los hechiceros -decía la Iglesia- son soldados de Satanás, y por tanto pertenecen al "ejército satánico”, a la "sinagoga de Satanás”. Para la inteligencia perversa de los inquisidores 170 probaban la existencia de esa “sinagoga” los míticos " aquelarres de brujas”. Una vez elaborado ese esquema “genial”, no costaba trabajo confirmarlo. Todo inquisidor podía, con la ayuda del verdugo, obligar a cualquier mujer a reconocer que pertenecía a la "sinagoga de Satanás" y había participado en aquelarres, acusarla con tal motivo de herejía y lanzarla a la hoguera.

p Conforme se reforzaba la Inquisición en diferentes países del mundo cristiano, menudearon los;procesos inquisitoriales contra “hechiceros” y “brujas”, a los que, por medio de las amenazas y torturas, se arrancaban confesiones cada vez más monstruosas sobre la confabulación con Satanás, la perpetración de acciones ofensivas, heréticas e ignominiosas y de crímenes increíblemente abyectos. En 1324, el franciscano Richard Ledred juzgó en Irlanda a 12 personas (siete mujeres y cinco varones) inculpadas de hechicería. Se les hacía el cargo de renegar de Cristo, profanar los sacramentos, ofrecer sacrificios al diablo, que se les presentaba bajo las apariencias de un moro, o bien de un perro negro o un gato, y entregarse al libertinaje con él y sus amiguitos. Los acusados reconocieron haber cocido en el cráneo de un reo decapitado un brebaje compuesto de sesos de un niño pequeñito no bautizado, hierbas especiales y toda clase de cosas indeciblemente repugnantes, con el que embrujaban a cristianos ortodoxos. Algunos de los procesados lograron evadirse, los demás fueron quemados. En 1335, el inquisidor Pedro Gui de Tolosa juzgó a varias hechiceras, que le “confesaron” bajo tortura que tenían pacto con Satanás y habían volado al aquelarre, donde daban culto al príncipe del infierno personificado en un cabrón gigantesco, fornicaban con él, comían carne de niños pequeñitos, etc. Las acusadas se retractaron posteriormente de sus declaraciones, pero de todos modos no pudieron evitar la hoguera.

p Los procesos de este género originaban por doquier sentimientos de horror e indignación, infundían miedo, incredulidad y recelos a los creyentes, que se sentían indefensos e irremediablemente condenados; los convencían de que sólo la Iglesia y la Inquisición podían preservarles de las maquinaciones horripilantes de Satanás y su hueste abyecta.

p No había vilezas y crímenes que no fueran atribuidos a los hechiceros y brujas. La Inquisición les echaba la culpa tanto de los desastres debidos a fenómenos naturales -sequías, inundaciones, granizos, epizootias, tormentas y 171 epidemias de peste y otras enfermedades (muy frecuentes en la Edad Media)- como de los accidentes, incendios, robos no revelados, “maleficios”, esterilidad, partos prematuros, y así sucesivamente. La Inquisición armó una verdadera caza de brujas. Cualquier malévolo, maníaco, fanático o malhechor podía acusar a un vecino o conocido suyo, diciendo que éste, actuando por incitación del diablo le había causado daño a él o a su familia, o bien “maleficiado” su vaca o su gallo. A la Inquisición no le costaba mucho trabajo, después de echar la zarpa a ese “hechicero” o a esa “bruja”, conseguir por medio de la tortura que se reconocieran enteramente culpables de fechorías imputadas.

p La delación formaba una parte inalienable del sistema inquisitorio. Para denunciar a una bruja -y, por cierto, a cualquier hereje- era necesario un delator. No debe sorprendernos, pues, que la Iglesia estimulara al máximo las denuncias, equiparando a los soplones con los mártires caídos en aras de la fe, absolviendo sus pecados y premiándolos con sumas en metálico. Según S. Lozinski, la delación cobró con frecuencia un carácter epidémico y completamente alocado, especialmente cuando el propio soplón recelaba de ser sospechoso a los ojos de los paladines de la pureza religiosa. Así, por ejemplo, cierto Trois-Echelles anunció en 1576, poco antes de ser detenido, que podía delatar a 300.000 hechiceros y brujas   [171•22 . Los inquisidores no estmieron en condiciones de exterminar a tantas personas, quisiéranlo o no, pero 3.000 fueron detenidas, en virtud de las denuncias de Trois-Echelles, y condenadas a castigos severos.

p En la segunda mitad del siglo XIV, como puede juzgarse por los tratados demonológicos de aquel tiempo, los eclesiásticos tenían ya una concepción precisa acerca de la existencia de una secta herética de hechiceros y brujas, dirigida por Satanás con "la tolerancia de Dios”, que amenazaba con la perdición a los cristianos. Satanás recluta partidarios él mismo o a través de sus agentes. El agente seductor busca a una víctima, le promete la "dulce vida" y la invita a tomar parte en el aquelarre, conciliábulo secreto donde se pueden encontrar a gentes poderosas y satisfacer a gusto los antojos más sórdidos. Una vez obtenido el consentimiento, el reclutador entrega al seducido el 172 palo mágico de escoba y el ungüento hechicero, preparado de hígado de niños no bautizados y envuelto en un trapo, luego le promete pasar por su casa, tal vez en compañía de un “amigo” (el diablo), para ir al aquelarre. Ese “amigo” será el "preceptor personal" (daemon familiaris) del hereje ingresado en la criminal secta de hechiceros. Llega el día o, más exactamente, la noche en que el reclutador y su “amigo” se presentan ante el neófito, ponen ungüento sobre los palos, montan esos “caballos” y salen por la ventana o la chimenea a los “cielos”. El paso por la ventana cabe en lo posible, pero acaso puede imaginarse que ese trío saliera por la chimenea? Los inquisidores y los autores de infundios tan absurdos lo explicaban perfectamente: el “amigo” aparta y junta de nuevo, en un instante, los ladrillos de la chimenea...

p La fantasía patológica y perversa de los autores eclesiásticos, católicos píos, que escribieron sobre esos temas, pintaba un "cuadro detallado" del aquelarre de brujas. Allí, un neófito o una neófita, de cara a Satanás -monstruo velludo con los cascos de cabra, alas de murciélago y cola larga- reniega de Dios, de Cristo y de todos los santos y jura frecuentar la Iglesia y cumplir los ritos cristianos sólo para guardar las apariencias, pero profanarlos en secreto. Luego pisotea la cruz y la hostia y jura lealtad a Satanás; besa al diablo en el trasero, entregándole así definitivamente el alma. En cambio, el demonio dota al neófito de la capacidad de hechizar y cumple uno de sus deseos más ávidos.

p Según las afirmaciones de los eclesiásticos, en el aquelarre todo ocurre de una manera insólita para los hombres: al hacer profundas reverencias al diablo, le vuelven las espaldas; al bailar, las brujas se vuelven las espaldas unas a otras. A medianoche comienza el banquete tradicional, en que se tragan los manjares exquisitos preferidos por las brujas, tales como el sapo y el hígado, corazón y carne de niños no bautizados. Durante la orgía subsiguiente, las brujas y los demonios se entregan a las lujurias más monstruosas. El conciliábulo culmina en la "misa negra”. El diablo, que la celebra en persona, se mofa sacrilegamente del servicio divino cristiano, escupe a la cruz y la pisotea.

p Las publicaciones brujológicas de la Iglesia medieval abundaron en semejantes descripciones aborrecibles del aquelarre de brujas. La Iglesia inculcaba todo ello, pero 173 en variantes aún más asquerosas, a los creyentes para amedrentarlos e impedir la rebeldía.

p La acusación de pertenecer a la "banda diabólica" se presentaba principalmente a mujeres (“brujas”). Sprenger y Institoris decían, en El martillo de las brujas: "Nos referimos a la herejía de las brujas y no de los hechiceros; estos últimos no importan mucho”. Ese modo de ver correspondió a la tradición eclesiástica, que imputaba a la mujer el "pecado original”. Ambos inquisidores lo explicaron por la circunstancia de que, según ellos, las mujeres les llevan un buen trecho de delantera a los hombres en cuanto a la superstición, el espíritu de venganza, la vanidad, la falsedad, la pasión y la sensualidad insaciable. Por ello, concluían esos expertos varones muy entendidores en “brujería”, "es más correcto llamar a esa herejía no herejía de los hechiceros, sino de las brujas por excelencia, a fin de que el nombre provenga del más fuerte. Glorioso sea el altísimo, que ha preservado hasta ahora al género masculino de esa inmundicia. Quiso nacer y sufrir para nosotros en género masculino, y por ello nos dio esa preferencia"  [173•23 .

p Entre las mujeres quemadas como “brujas” hubo muchas enfermas mentales, histéricas y “posesas”. En la Edad Media citamos a S. Lozinski- "las mujeres prevalecieron numéricamente, porque no participaban en la guerra, ni en las discordias intestinas, ni en las empresas peligrosas, ni en las ocupaciones extenuantes, ni en el trabajo agotador nefasto para la salud, y en virtud de su exceso numérico llenaban los monasterios y las instituciones de beneficencia de todo género.

p Las mujeres enfermas fueron consideradas como las representantes más fuertes del diablo, y la Iglesia no escatimó esfuerzos para erradicar a esas herejes más peligrosas y contumaces, cometiendo sus crímenes abominables, al perseguir sus víctimas inocentes. Nunca ni en ninguna parte negó que una mujer condenada a la hoguera tuviera relaciones con el diablo, nunca la llamó enferma, y las voces proferidas por las víctimas enloquecidas fueron para ella la confesión de que la malhechora se había aliado realmente con el enemigo del género humano.

p Al quemar a mujeres como criminales peligrosísimas, la Iglesia afianzaba en la sociedad la idea de la brujería 174 y la demonomanía, sembrando a su alrededor la locura para hacerla víctima de sus propias apetencias devoradoras. En tanto que fuente de una superstición en extremo peligrosa y como distribuidora del pernicioso veneno de fantasmagorías entre todas las capas de la población, la Iglesia no podía, claro está, erradicar la obra que ella misma cultivaba"  [174•24 .

p Las "instrucciones para el interrogatorio de brujas”, escritas en la Edad Media por los inquisidores especializados en la lucha contra la brujería, nos dan a conocer las criminales acciones de esas "servidoras del diablo”. La “Instrucción” incorporada al Reglamento de la Tierra de Badén de 1588 aconsejaba obtener, primero, de la sospechosa de brujería el reconocimiento de que estaba enterada de la existencia de las brujas y de su “arte”, y luego interrogarla según el esquema siguiente:

p “¿No se le ocurría a ella misma hacer algunos de esos trucos, quizás los más insignificantes, como, por ejemplo, hacer perder la leche a una vaca, meter gusanos, provocar la niebla, etc.? ¿De quién y en qué circunstancias logró aprenderlos? ¿Desde cuándo se ocupa de ello, cuánto tiempo lo practica y por qué medios? ¿Qué tal su alianza con el espíritu maligno? ¿Se trataba de una promesa informal o sellada por el juramento? ¿Cómo era ese juramento?

p Si ha renegado de Dios, ¿en qué términos lo hizo? ¿En presencia de quién, con qué ceremonias, en qué lugar y tiempo, con firma o sin ella? ¿Entregó al malo un compromiso escrito? ¿Lo escribió con sangre (sangre de quién) o con tinta? ¿Cuándo se presentó a ella el diablo? ¿Le propuso casarse o simplemente quiso fornicar? ¿De qué manera se presentó? ¿Cómo estaba vestido y, sobre todo, cómo eran sus piernas? (Se sobrentendía que el demonio tenía las extremidades de cabra—"piernas provistas de cascos".—/. G.). ¿Si no ha advertido y no conoce en él algunos rasgos peculiares propios del diablo?”

p Luego se hace relatar, con muchísimos pormenores, a la supuesta bruja cómo se comportó ella y cómo se ingenió el diablo en el lecho conyugal. A continuación se hacen preguntas como éstas:

p “¿Cuándo celebró la boda con su amante? ¿Cómo estaba arreglada esa boda, quiénes asistieron a ella y qué comida 175 se servía? Especialmente, ¿qué platos de carne, de dónde se había tomado la carne, quién la había traído, qué aspecto y gusto tenía, era agria o dulce? (Se suponía que comían la carne de niños pequeñitos asesinados. —I.G.). ¿Hubo vino en su boda y de dónde lo había sacado? ¿Hubo músico? ¿Era ese músico un hombre o un demonio? ¿Qué aspecto tenía? ¿Estuvo sentado en la tierra o en un árbol, o bien permaneció de pie? ¿Qué propósitos tramaron en el mencionado conciliábulo y cuándo acordaron reunirse de nuevo? ¿Dónde celebraban sus juergas nocturnas: en el campo, en el bosque o en los sótanos? ¿Quiénes y cuándo asistieron a ellas?

p ¿Cuántos niños pequeños se comieron con su participación? ¿Dónde los obtenían? ¿A quiénes los tomaban, o bien los excavaban en el cementerio? ¿Los freían o los cocían? ¿Cómo se utilizaban la cabeza, las piernas, los brazos? ¿Si obtenían también de esos niños grasa y qué hacían con ella? ¿No se necesita la grasa infantil para originar tempestades? ¿Cuántas parturientas perecieron con su ayuda? ¿Cómo se hacía esto y en presencia de quién? ¿No se le ocurría ayudar a la exhumación de parturientas en el cementerio y para qué les servían? ¿Quiénes fueron los copartícipes y cuánto tiempo había que cocerlo? ¿Si no excavaba también abortos y qué hacían con ellos?

p Acerca del ungüento. Puesto que ha volado, ¿de qué medios se servía para ello? ¿Cómo se prepara ese ungüento y qué color tiene? ¿Sabe prepararlo ella misma? Todas las veces que necesitan la grasa humana cometen sin falta otros tantos asesinatos; y como quiera que obtienen grasa por cocción o derretimiento, es preciso preguntarles: ¿qué hacían con la carne humana cocida o frita?... Para ungüentos ¿necesitan siempre grasa de seres humanos muertos o vivos? También meten allí sangre humana, semilla de helécho, etc., pero la grasa es un componente de rigor, mientras que de otras cosas se puede prescindir a veces. Es de notar que la grasa obtenida de muertos sirve para causar la muerte a seres humanos y al ganado, y de vivos, para volar, provocar tempestades, nacerse invisible, etc.

p ¿Cuántas tempestades, heladas y nieblas se produjeron con su participación? ¿Cuánto tiempo duraron y qué daño infirieron en cada caso? ¿Cómo se hace esto y con la participación de quién? ¿Estuvo su amante (Satanás. I.G.) con ella en el interrogatorio? ¿La visitó en la cárcel?

p ¿Si procuraba hostias consagradas y de quiénes las 176 obtenía? ¿Qué hacía con ellas? ¿Recibía la sagrada comunión y la empleaba como convenía?...

p ¿De qué manera obtienen monstruos, para meterlos en las cunas en lugar de criaturas auténticas, y quiénes se los dan? ¿Cómo sacaba leche de las vacas y la convertía en sangre? ¿Cómo se puede ayudarles a recobrarse en este caso? ¿Es asimismo capaz de hacer segregar vino o leche a un sauce?

p ¿Cómo hacían los varones ineptos para las relaciones conyugales? ¿Qué medios se emplean para ello y cómo se puede socorrerlos? Y también ¿por qué procedimiento privaba de descendencia a jóvenes y viejos y cómo se podía socorrerlos?.. .”  [176•25 .

p Sólo una enferma mental, que se imaginase en efecto ser una bruja y estuviera dispuesta por ello a hacer cualesquiera declaraciones al dictado del inquisidor, podía “ confesar” voluntariamente, dar respuestas completas, para agrado del interrogador, a todas estas y otras muchas preguntas aturdidoras. En los demás casos, el único modo de obtener tales deposiciones era la tortura.

p Como se decía en una de las Instrucciones para el interrogatorio de brujas, "los servidores de la justicia divina podrán contar con las respuestas más deseables cuando venga el maestro Ay-ay, el niño cosquilleador, y haga cosquillas a las mujercitas del diablo confabuladas, puntual y esmeradamente, según todas las reglas del arte, con las tenacillas en los tiernos pies y manos, con la escalera y el potro"   [176•26 .

p Los inquisidores que acusaban de hechicería a las brujas solían hechizar, ellos mismos, para arrancarles declaraciones denunciadoras. Antes de proceder a las torturas celebraban una misa por el buen éxito de su empresa; daban de beber agua “santa” a las infelices en ayuno, para que "el diablo no pueda sujetarles la lengua durante la tortura”; fijaban en el cuerpo desnudo de las “brujas” una cinta "de una longitud igual a la talla del Salvador”, que supuestamente oprimía a las culpables "peor que las cadenas de toda clase”; pronunciaban exorcismos diversos para "abrir la boca" a las "mujercitas del diablo" recalcitrantes e indóciles.

177

p Previamente a la tortura, el verdugo quitaba con navaja todos los pelos en el cuerpo de la víctima, para que ésta no pudiera esconder la "carlita de Satanás" y nacerse insensible a los sufrimientos. Luego examinaba escrupulosamente el cuerpo buscando el "sello brujesco”, y tomando por tal cualquier lunar, cualquier mancha en el cutis. La presencia del "sello brujesco" se consideraba como prueba “ férrea” de la culpabilidad.

p El verdugo empezaba su “pío” trabajo con las torturas moderadas -“humanas”-, para pasar después a otras más refinadas y sutiles o, empleando el lenguaje de los padres inquisidores, “deshumanizadas”.

p Los inquisidores llamaron a no gastar cumplidos con las brujas, alegando que "la singularidad de estos casos exige tormentos singulares (por su crueldad. -7.G)" ( singularitas istius casus exposcit tormenta singularid)  [177•27 .

p ¿Acaso es necesario probar que todos los casos de acusación de brujería, de participación en la "sinagoga de Satanás" fueron falsos y se basaron exlusivamente en las deposiciones obtenidas con la ayuda del verdugo? Según parece, vale la pena hacerlo, porque también en nuestros tiempos salen a la luz trabajos “científicos” de los teólogos que defienden, muy en serio, la tesis eclesiástica tradicional sobre la existencia del diablo y de sus agentes en la tierra: brujas y hechiceros. Cabe mencionar, a título de ejemplo, las “investigaciones” denominadas Historia de la brujería y de la demonología y Geografía de la brujería del sacerdote católico norteamericano Montague Summers, que gozan de popularidad en Occidente; se publicaron por primera vez en la tercera década de nuestro siglo y desde entonces han sido reeditadas varias veces.

p En una anotación de la editorial universitaria (sic) norteamericana que publica los libros de Summers, se dice que éste "no está avergonzado de los formidables excesos cometidos por la Iglesia en los siglos XVII y XVIII; al contrario, defiende vigorosamente cuanto la Iglesia hizo para extirpar la brujería y la herejía"  [177•28 .

p También se inculpaba de brujería y se aplicaban torturas a niños. En 1628 fueron ejecutados en Wurzburgo dos niñas, de 11 y de 12 años, y dos niños de la misma edad, 178 que habían confesado bajo tortura su participación en la "sinagoga de Satanás"  [178•29 .

p Prestigiosos manuales de lucha contra la brujería - como, por ejemplo, los tratados De Magorum Daemonomania (1581) y Daemonolatreia (1595), escritos respectivamente por los inquisidores Jean Bodin y Nicolás Remy—recomendaban ejecutar a los niños convictos de "relaciones criminales con las brujas y el diablo"   [178•30 .

p Para los niños caídos en las manos de los verdugos de la Inquisición, el único medio de salvarse era hacer declaraciones contra sus padres. El juez francés Henri Boguet, autor del tratado demonológico Discours des Sorciers (fines del siglo XVI), describe el caso de cierto Guillermo Vuillermoz, acusado de hechicería en base a las declaraciones de su pequeño hijo Pedro: "Presenciar sus confrontaciones fue una experiencia extraña y horripilante. El padre estaba hecho un cascajo por el encarcelamiento, llevaba cadenas en las manos y los pies, gemía, gritaba y se arrojaba al suelo, en el afán de probar su inocencia. Recuerdo también que en los momentos de relativa calma a veces se dirigía con ternura a su hijo, diciéndole que a pesar de todo nunca dejaría de considerarlo niño suyo. Durante todo este tiempo, el hijo se mantenía firme, como si fuera insensible; creyérase que la Naturaleza le había pertrechado de armas contra sí mismo, contribuyendo a que por su culpa muriera ignominiosamente el hombre que le había dado la vida. Seguramente, creo, en ello se manifestó un juicio justo y secreto de Dios, quien no pudo admitir que un crimen tan detestable como la hechicería quedara oculto y no fuera sacado a luz"  [178•31 .

p Si los varones acusados de hechicería contaban con ciertas probabilidades mínimas de salvación, las mujeres no tenían ninguna. Nada ni nadie podía salvar a una mujer que por la inculpación de 4ierejía fuese presa de la máquina infernal de la Inquisición. Su suerte estaba predestinada. El jesuita Friedrich von Spee, que confesó a centenares de “brujas” recluidas en las mazmorras de la Inquisición en Wurzburgo, decía en su tratado Cantío criminalis 179 (1631): "Si el modo de vida de la acusada era malo, está claro que así se probaban sus relaciones con el diablo; si ella era pía y se comportaba ejemplarmente, es obvio que fingía, aparentando la piedad para que nadie pudiera sospecharla de estar en contacto con el diablo y de efectuar los viajes nocturnos al aquelarre. Si durante el interrogatorio manifiesta miedo, por cierto que es culpable: la conciencia la delata. Si, en cambio, convencida de su inocencia, se muestra tranquila, no cabe duda de que es culpable, porque, en opinión de los jueces, es propio de las brujas mentir con una tranquilidad descarada. Si se opone a las acusaciones y trata de justificarse, esto es un testimonio de su culpabilidad; si por el contrario, asustada y desesperada por las monstruosas imposturas que se levantan contra ella, pierde el ánimo y calla, nos encontramos con una prueba directa de su criminalidad... Si la infeliz atormentada hace bailar locamente sus ojos por experimentar sufrimientos insoportables, esto significa para los jueces que busca con los ojos a su diablo; si tiene los ojos inmóviles y queda tensa, por supuesto que ha encontrado a su diablo y le está mirando. Si se halla con fuerzas para soportar torturas horribles, entonces es respaldada por el diablo y hay que atormentarla más. Si no resiste y expira bajo tortura, es evidente que el diablo la ha matado para que no haga confesiones y no revele el misterio"  [179•32 .

p Sin embargo, no siempre los verdugos obtenían el resultado apetecido. "¡Es más fácil cortar leña que procesar a esas terribles mujeres!" -exclamó un juez bávaro del siglo XVII. En las actas de la Inquisición se menciona que algunas “brujas” soportaron las torturas sin cambiar de semblante y sin emitir un solo quejido, "aunque fueron sacudidas como una pelliza”. Todas esas atrocidades se efectuaban públicamente, en medio de gran concurrencia de gentes y en presencia de niños, con la particularidad de que los mirones estaban obligados a exteriorizar su aprobación.

p Junto con la Inquisición, comparten la responsabilidad por las fechorías y bestialidades indescriptibles propias de los procesos contra brujas los papas y los concilios eclesiásticos, que consagraron esos crímenes monstruosos.

p De los numerosos documentos que lo confirman citamos uno solo: la bula Summis desiderantis de Inocencio VIII. 180 Por esa disposición se investía de poderes ilimitados a los inquisidores Enrique Institoris y Jacobo Sprenger, tristemente célebres como los cazadores de brujas más sanguinarios, cuya riquísima experiencia de verdugos se halla resumida en El martillo de las brujas, manual de extirpación de la "generación satánica”, ya conocido por el lector.

p "Deseamos con toda el alma -anunció a los creyentes Inocencio VIII-, como requiere nuestro apostolado, que la fe católica aumente y florezca en nuestros días, en todas partes, y que la depravación herética sea expelida lejos de los fíeles. Hemos conocido últimamente, no sin amargo dolor, que en algunas partes de Alemania, especialmente en los territorios de Mainz, Colonia, Tréveris, Salzburgo y Brema, muchas personas de ambos sexos, prescindiendo de su propia salvación y renegando de la fe católica, se han abandonado a los demonios, Íncubos y súcubos, y con sus encantamientos, hechicerías, conjuraciones y otros actos supersticiosos, viciosos y criminales matan a niños aún en el seno de la madre, estropean la cría del ganado, el producto de la tierra, la uva de las vides y los frutos de los árboles, como asimismo echan a perder a hombres y mujeres, bestias de carga y animales de otras especies, viñedos, huertos, prados, pastizales, maíz, trigo y otros cereales; atormentan inexorablemente con tremendos dolores internos y externos a hombres y mujeres, bestias de carga y animales de otras especies; impiden efectuar el acto sexual a hombres y concebir a mujeres, los maridos no pueden conocer a sus mujeres ni éstas recibir a sus maridos; además y por encima de ello, renuncian sacrilegamente a la fe que es suya po el sacramento de bautismo, y por incitación del enemigo del género humano (Satanás—7.G.), no vacilan en perpetrar actos abominables de la índole más ruin y los excesos más asquerosos, exponiendo a peligro mortal sus propias almas, con lo cual ultrajan la Divina Majestad y son causa de peligrosas tentaciones para multitud de gentes. Aunque nuestros queridos hijos Enrique Institoris y Jacobo Sprenger, profesores de teología, de la orden de Frailes Predicadores, han sido delegados por cartas apostólicas como Inquisidores, y continúan siendo Inquisidores, el primero en las susodichas partes del Norte de Alemania, incluyendo las mencionadas provincias, ciudades, tierras, diócesis y otras localidades, y el segundo en algunos territorios contiguos al Rhin, hay en esos países no pocos clérigos y laicos que, 181 presumiendo excesivamente de su entendimiento, afirman sin vergüenza que, como en las susodichas cartas delegatorias no se nombran ni se indican específicamente esas provincias, ciudades, diócesis y localidades, ni tampoco son designados de manera detallada y particular ambos delegados y las fechorías de su incumbencia, esas fechorías no se cometen en dichas provincias y, por consiguiente, los susodichos inquisidores no tienen derecho legal a ejercer sus poderes de inquisición en las provincias, ciudades, diócesis, tierras y localidades arriba mencionadas y no pueden castigar, encarcelar y censurar a los culpables de los indicados crímenes y fechorías. Por esta razón, en dichas provincias, ciudades, diócesis, tierras y localidades quedan impunes-las abominaciones y excesos en cuestión, lo que supone un peligro manifiesto para muchas almas y amenaza con la pérdida de su salvación eterna. Pero estamos plenamente dispuestos a eliminar todos los obstáculos que pueden entorpecer de una u otra manera el trabajo de los Inquisidores, y nos consideramos en el deber, incitados especialmente por nuestro celo de la fe, de aplicar remedios potentes para prevenir que la pestilencia herética y otras torpezas destruyan con su veneno muchas almas inocentes. Por lo tanto, a fin de que las indicadas localidades no estén privadas del los beneficios del Santo Oficio, en virtud de nuestra autoridad apostólica decretamos: que no se ponga ningún obstáculo a los susodichos Inquisidores para que puedan corregij, detener y castigar a cualquier persona, como si las provincias, ciudades, diócesis y localidades, e incluso las personas y sus crímenes de este género, estuvieran nombrados y especificados en Nuestras Cartas. A más de ello, para mayor seguridad extendemos esos poderes a las localidades mencionadas y encomendamos a los susodichos Inquisidores, así como a nuestro querido hijo Juan Gremper, magistro de la diócesis de Constanza, corregir, multar, encarcelar y castigar a toda persona que encuentren culpable. Además, los investimos con las plenas y completas facultades para predicar la palabra de Dios en todas las iglesias, así como realizar cualesquiera otras acciones que consideren útiles y necesarias. Al mismo tiempo requerimos por Cartas Apostólicas a nuestro venerable Hermano, Obispo de Strasburgo, que anuncie solemnemente, en cuanto se lo pidan los susodichos Inquisidores, que no se permite a nadie estorbarles o causarles daño; deberá castigar sin derecho de 182 apelación a cuantos se les opongan, cualquiera que sea su posición, con la excomunión, la suspensión, la interdicción y otras penas aún más terribles, así como, en caso necesario, pedir la ayuda de la fuerza secular. A nadie sea permitido contradecir Nuestra Carta o tomar la osadía de actuar contrariamente a ella. Si alguien se atreve a hacerlo, que sepa que descargarán su ira contra él el Todopoderoso y los Apóstoles Pedro y Pablo.

p Dado en Roma, en la de San Pedro, el 9 de diciembre del año 1484 desde la Encarnación de Nuestro Señor, primer año de Nuestro Pontificado"  [182•33 .

p Vale la pena señalar que el Papa Inocencio VIII, autor de esta bula, tuvo la reputación de "un libertino ignorante y brutal, que sólo soñaba con las mujeres, el vino y el dinero"  [182•34 . Su bula es instructiva porque no sólo pone de relieve el carácter extraordinariamente pertinaz y cruel de la política aplicada por la Santa Sede para exterminar a las brujas, sino también denota que esa política chocaba con la resistencia en las localidades. Bastante gente, sin exceptuar a los sacerdotes, se oponía a los inquisidores, considerando como mero disparate los procesos contra brujas. Pero la Iglesia perseguía sañudamente a esos “cómplices” de la secta satánica. Porque el no creer en las facultades hechiceras de las brujas se calificaba de fyerejía. Sprenger e Institoris postularon competentemente, en El martillo de las brujas: "No creer en las operaciones de las brujas es la máxima herejía" ("Haeresis máxima est opera maleficarum) non credere"). Al cabo de 140 años, en 1623, el Papa Gregorio XV reprodujo las principales tesis de la bula de Inocencio VIII, que llamaban a exterminar a las brujas, en la llamada Constitución Omnipotentis Dei  [182•35 .

p Las iglesias protestantes rechazaron muchas supersticiones propias del catolicismo y denunciaron los crímenes de la Inquisición, pero, haciendo suya la demonología católica, persiguieron a las brujas con una tenacidad no menos fervorosa que la mostrada anteriormente por los miembros del “santo” tribunal. En esta materia, como señala Charles Williams, historiador de la brujería contemporáneo, no 183 hubo disensiones entre las iglesias católica y protestante. "Si nuestros padres se equivocaron sobre este particular, lo hicieron juntos. Católicos y protestantes disputaron a propósito del paraíso; por lo que respecta al infierno, opinaron casi lo mismo"  [183•36 .

La caza de brujas (los procesos contra las mujeres acusadas de brujería y su ejecución) duró desde la segunda mitad del siglo XV hasta el mismo período del XVIII, cuando decayó’ sensiblemente el poderío de la Iglesia Católica medieval.

p »

p Pudiera pregiHitarse por qué la caza de brujas comenzó

p en el umbral del mo, es decir, comparación con < lo atribuyen apeste que afectó

p enacimiento y continuó bajo el absolutisuna época relativamente ilustrada, en medievo primitivo. Algunos investigadores íuerra de los 100 años y a la epidemia de i Europa en el siglo XIV. Pero las guerras

p y epidemias tuviáfon lugar también anteriormente.

p A nuestro ^ui o, la persecución de las brujas fue consecuencia de la ucha multisecular de la Iglesia contra los herejes. Cor? su actividad represiva, la Inquisición creó un ambienteéde suspicacia general e infundió la manía de persecución a muchos jerarcas eclesiásticos y teólogos. La máquina de la Inquisición no pudo limitarse al exterminio de herejes; c ntinuó fraguando febrilmente otros asunEfictiqÁs a t< las luces, y la caza de brujas fue una va mina de o ó para ella. Los crímenes perpetrados en esa eÉtra justiciaron su existencia durante varios siglos más y contribuyeron a reforzar la influencia de la Iglesia sobre los creyentes.

p Nótese que en España y Portugal, donde la Inquisición estaba entregada a la persecución de judíos y moros convertidos al cristianismo, casi no hubo casos de represión de brujas.

p La caza de brujas y hechiceros en los países cristianos de Europa Occidental duró más de dos siglos, causando la muerte a más de 100.000 personas completamente inocentes, en su mayoría mujeres. Si se tienen en cuenta los parientes y amigos de las víctimas, privados de sus bienes y posición a raíz de los procesos seguidos a éstas, el número de castigados debe calcularse por millones.

Pero el mal no terminó ahí. Con la caza de brujas, la 184 Iglesia implantó prácticamente e hizo arraigar entre los creyentes la actitud inhumana para con la mujer, prejuicios monstruosos, la fe en las asechanzas infinitas del diablo, el misticismo delirante, la suspicacia y desconfianza generales, la dureza, crueldad e indiferencia ante los sufrimientos humanos, el espíritu de traición y, por último, el hábito de prosternarse ante el verdugo omnipotente. De esta manera fue creándose el "modo de vida" cristiano, que tanto entusiasmaba posteriormente a lof*£aladines de la 1 sociedad burguesa.

* * *
 

Notes

[164•13]   En ese "libro fatal de la Edad Media" (según la expresión certera de S. G. Lozinski) se dan instrucciones pormenorizadas para el exterminio de brujas y se describen detalladamente sus “crímenes” ignominiosos. Algunos teólogos lo consideran hasta ahora como pozo de nociones sobre la brujería. He aquí como se refiere a ese “trabajo”, monumento al fanatismo y oscurantismo religiosos, el sacerdote Montague Summers: "Incluso los que en nuestros días puedan considerar como fantásticas y en extremo irreales las páginas de ese manual enciclopédico, deberán reconocer la profundidad de la exposición, así como el incansable cuidado y la escrupulosidad con que se investiga y se interpreta claramente un tema casi infinito en todas sus ramificaciones y enredos sutilísimos" (M. Summers. The Geography of Witchcraft. Evanson and New York, 1958, p. 479).

[166•14]   Véase J. Sprenger y E. Institoris. El martillo de las brujas. M., 1932, p. 162.

[166•15]   Citado según J. Sprenger y E. Institoris. El martillo de las brujas, p. 44.

[167•16]   N. Speranski. Las brujas y la brujería. M., 1906, pp. 71—72.

[168•17]   Citado según N. Speranski. Las brujas y la brujería, p. 105.

[168•18]   Ibíd., p. 114.

[168•19]   Lumiére et Vie, 1966, N 78, p. 27.

[168•20]   La Civiltá Cattolica, 7 de diciembre de 1968, p. 468.

[169•21]   Citado según N. Speranski. Las brujas y la brujería, p. 129.

[171•22]   Véase J. Sprenger y E. Institoris. El martillo de las brujas, p. 42.

[173•23]   Ibíd., p. 132.

[174•24]   S. G. Lozinski. Historia del Papado, p. 245.

[176•25]   N. Speranski. Las brujas v la brujería, pp. 13—14.

[176•26]   Ibíd., p. 17.

[177•27]   Ibíd., p. 156.

[177•28]   M. Summers. The Geography of Witchcraft, p. 625.

[178•29]   Véase Ch. Williams. Witchcraft. Cleveland and New York 1969 p. 185.

[178•30]   Ibíd.. pp. 255-258.

[178•31]   Ibíd., pp. 258-259”.

[179•32]   Citado según N. Speranski. Las brujas y la brujería pp. 17—18, 20.

[182•33]   Citado según J. Sprenger y E. Institoris. El martillo de las brujas, pp. 46-47.

[182•34]   S. G. Lozinski. Historia del Papado, pp. 243—244.

[182•35]   M. Summers. The Geography of Witchcraft, p. 545.

[183•36]   Ch. Wilhams, Witchcraft, pp. 176-177.