p Los apóstatas que persistían en sus errores y no deseaban regresar al seno de la Iglesia Católica, los refractarios que se negaban a reconocer sus extravíos y a reconciliarse con la misma, los reconciliados que volvían a caer en herejía -es decir, los herejes reincidentes y los condenados en contumacia y detenidos después, eran excomulgados y "puestos en libertad" [144•39 por la Inquisición, que actuó en nombre y por encargo de la Iglesia.
p Lo de "poner en libertad”, fórmula inequívoca prima facie, implicaba la sentencia de muerte contra el acusado. Se le “libertaba” en el sentido de que la Iglesia dejaba de preocuparse por su salvación eterna y lo expulsaba de su seno. La “libertad” adquirida de este modo traía aparejados no sólo la muerte infame en la hoguera, sino también, según la doctrina eclesiástica, el suplicio eterno en el mundo de ultratumba. En opinión de los teólogos, era un castigo increíblemente duro, pero bien merecido por los que habían repudiado la tutela “materna” de la Iglesia, prefiriendo servir al diablo. Un hereje recalcitrante no podía contar con la compasión, la misericordia y el amor cristianos, estaba destinado a ser presa del gehena ígneo en sentido figurado y material. Pero los inquisidores preferían recargar ese trabajo infame sobre el poder civil. Diversos autores explican de manera diferente esos escrúpulos, tanto más insólitos por cuanto la Iglesia se ha adjudicado el derecho -esto se refiere no sólo a tiempos remotos, sino también, como hemos visto, a la actualidad- de imponer a los apóstatas toda clase de castigos, incluyendo la pena capital. Sería probablemente infundado y contrario a la lógica estimar que los inquisidores tenían escrúpulos en ejecutar ellos mismos a los herejes, si se tiene en cuenta que sometían a 145 sus víctimas a los tormentos más refinados, les hacían padecer hambre y frío, las flagelaban públicamente e incluso las acompañaban, cuando eran llevadas a la hoguera, incitando a los creyentes a meter más brazadas de ramaje seco en las llamas para que ardieran más “vivamente”.
p La explicación hay que buscarla en el deseo de la Iglesia de recargar la responsabilidad a las autoridades seculares y de hacer creer al mismo tiempo que ella no mataba a nadie, no vertía sangre. Así se manifestó la gazmoñería hipócrita propia de los verdugos. La Iglesia trató de encargar a las autoridades laicas de la persecución de los herejes ya antes de que instituyera la Inquisición, pero no pudo conseguirlo enteramente y por eso creó su propio organismo represivo, el Santo Oficio, dejando al poder civil el siniestro privilegio de pronunciar oficialmente las sentencias de muerte, de ejecutar, de pagar al verdugo.
p Así pues, en el caso de que un hereje no abjurase de sus convicciones "falsas y erróneas”, la Iglesia lo excomulgaba y lo ponía "en libertad”, entregándolo a las autoridades civiles para que fuera castigado debidamente ( debita animadversione puniendum). En tiempos posteriores iban adjuntas a esa prescripción las peticiones de tener piedad con el condenado. La piedad se manifestaba en estos casos en que al reo se le asfixiaba antes de la ejecución o se le ponía un cuello rellenado de pólvora que hacían explotar para que sus sufrimientos duraran menos.
p Sería inexacto decir que las autoridades seculares de los países católicos se prestaron siempre de buen grado, obediente y celosamente, a cumplir las funciones punitivas impuestas por la Iglesia. En muchos sitios, sobre todo durante los siglos XIII y XIV, se negaban por razones diversas a "proceder con los herejes como era costumbre”, es decir, enviarlos a la hoguera. Así ocurrió principalmente porque el poder seglar, al obedecer a las órdenes de la Inquisición, se transformaba de aliado de la Iglesia en su vasallo.’
p Esa contradicción no se daba en los países donde la Inquisición estuvo subordinada al poder real (por ejemplo, en España y Portugal). Por el contrario, en Francia, Alemania y las repúblicas y los principados de Italia, donde la Iglesia luchó por imponerse al poder civil, la actividad, o, más exactamente, el excesivo reforzamiento de la influencia del Santo Oficio provocaba de continuo la resistencia de 146 las autoridades seculares. En estos casos, la Santa Sede reaccionaba con urgencia y resolución. Los culpables de violar sus órdenes—en particular, negarse a llevar a la hoguera a los herejes—eran excomulgados, se ponía interdicto a las ciudades indóciles, y la sede apostólica llamaba a los creyentes a dejar de pagar los impuestos y de obedecer a esas autoridades.
p La afirmación de que la Iglesia no estaba facultada para entregar a los herejes a las autoridades seculares y exigir que los ejecutara, fue reconocida herética por el Concilio de Constanza y figuró en el acta acusatoria (punto 18) presentada a Juan Hus.
p Según adelantáramos, la abjuración de un hereje le convenía más a la Inquisición que su muerte heroica en la hoguera. "Dejemos de lado la preocupación por salvar el alma -dice H. Ch. Lea-. Un converso dispuesto a delatar a sus amigos fue más útil para la Iglesia que un cadáver carbonizado; por eso, no se escatimaron esfuerzos para conseguir la abjuración. Como había mostrado la experiencia, los fanáticos ansiaron frecuentemente el martirio y desearon ser quemados lo más pronto posible. Pero el inquisidor no tenía por objeto cumplir sus deseos. Sabiendo que el fervor cedía con frecuencia a la acción del tiempo y de los sufrimientos, al hereje obstinado prefería mantenerlo en la cárcel durante seis meses o un año, encadenado y en completa soledad; sólo podían visitarlo teólogos y legistas, para tratar de convertirlo, y su esposa e hijos, para inñuir en su corazón. Sólo después que todo esto resultara inútil, se le " ponía en libertad”. Aun entonces la ejecución se posponía por un día, para que pudiera abjurar, pero esto ocurrió rara vez, ya que los obstinados generalmente no se dejaban con vencer" [146•40 .
p Han llegado hasta nuestros días muchas descripciones de la ejecución de herejes hechas en aquella época. Se formó poco a poco un ritual peculiar que la Inquisición observó en todos los casos. Por regla general, se disponía realizar la ejecución en un día de fiesta y se llamaba a la población a asistir a ella. El que desatendiera esa invitación, o bien manifestara compasión o simpatía por la víctima, podía provocar la sospecha de herejía. La incineración 147 estaba precedida por el auto de fe que se efectuaba en la plaza central, engalanada con motivo de la fiesta, donde se celebraba una misa solemne y, después, se daba lectura al fallo dictado por la Inquisición a los apóstatas condenados.
p Los autos de fe tenían lugar varias veces al año, ejecutándose en algunos decenas de víctimas de la Inquisición. Los párrocos advertían de ese evento a los feligreses con un mes de anticipación, invitando a participar en él y prometiendo a los participantes una indulgencia por 40 días.
p En la víspera del auto de fe la ciudad se ornaba con banderas y guirnaldas de flores, los balcones se cubrían de tapices. En la plaza central colocábase un tablado, en el que se alzaban un altar bajo el baldaquín rojo y palcos para el rey o el gobernador local y otros notables laicos (incluyendo los militares) y eclesiásticos. La presencia de mujeres y niños era muy deseable. Puesto que los autos de fe duraban a veces de sol a sol, junto al tablado se construían retretes públicos para los invitados de honor.
p En vísperas se celebraba una especie de ensayo general del auto de fe. Por las calles principales de la ciudad desfilaba una procesión de feligreses encabezada por miembros de la congregación de San Pedro Mártir (inquisidor dominico italiano de Verona, asesinado en 1252, a causa de sus fechorías, por adversarios de la Inquisición y proclamado patrón de la misma). Esa cofradía se encargaba de preparar el auto de fe: construir el tablado, instalar el " lugar de trabajo" (“el quemadero”), donde se entregaba al fuego a los herejes impenitentes, etc. Les seguía la " milicia de Cristo”, o sea, todo el personal de la Inquisición del lugar, con sus soplones y confidentes vestidos de capuchas blancas y trajes talares, para que la gente no pudiera identificarlos. Dos hombres llevaban los pendones verdes [147•41 de la Inquisición; uno de éstos se fijaba en -el tablado del auto de fe, y el otro, junto al “ quemadero”.
p En la madrugada, la cárcel de la Inquisición parecía una colmena excitada. Los reclusos no tenían la menor idea de lo que les esperaba, de qué castigo se les había impuesto; esto se les daba a conocer sólo en el curso del auto de fe. Los carceleros preparaban a los condenados para las próximas solemnidades —es decir, para la ejecución—, 148 cortándoles el pelo, afeitándolos, poniéndoles ropa limpia, ofreciéndoles una comida opípara y, a veces, para que cobrasen ánimo, un vaso de vino. Acto seguido se les echaba un dogal al cuello y se introducía en sus manos atadas una vela verde. Preparados de este modo, salían a la calle, donde les esperaban los guardias y los “familiares” de los inquisidores. A los herejes particularmente malignos se les montaba en un burro, vueltos para atrás, y se les ataba al animal. Las víctimas eran conducidas hacia la catedral, donde se formaba la procesión. Sus participantes, los mismos del día anterior, llevaban esta vez los pendones de sus parroquias cubiertos, en señal de luto, con un crespón negro. Los soplones tenían en sus manos sambenitos y los maniquíes de los herejes que, condenados a la hoguera, habían muerto o escapado, o bien no habían sido detenidos.
p La procesión avanzaba lentamente en dirección a la plaza central, cantando himnos fúnebres religiosos. Los monjes y los “familiares” que acompañaban a los presos les exhortaban en voz alta a confesar sus pecados y a reconciliarse con la Iglesia. La gente contemplaba la procesión desde las ventanas de sus casas o en las calzadas de las calles. Siguiendo las indicaciones de los clérigos, muchos lanzaban injurias a los condenados, pero estaba prohibido tirarles objetos, porque como mostraba la experiencia, podían lesionar no sólo a los herejes sino también a sus acompañantes, soldados de la "milicia de Cristo”.
p Mientras tanto, acudían al lugar del auto de fe las autoridades seculares, los jerarcas eclesiásticos y los invitados, ocupando los asientos que les habían sido asignados en las tribunas, y la plaza se llenaba de curiosos (el número de mirones era siempre más que suficiente).
p Una vez llegada la procesión, se hacía sentar a los presos sobre los escaños de infamia, instalados en el mismo tablado, un poco más bajo que las tribunas de honor. Comenzaba la misa de difuntos, seguida por una prédica furibunda del inquisidor, tras lo cual se daba lectura a las sentencias. Los penitenciados apenas si captaban el sentido de esos fallos muy largos, que empezaban por citas de la Biblia y las obras de los padres de la Iglesia y se leían lentamente en latín. Si los condenados eran muchos, la lectura podía durar varias horas.
p El auto de fe culminaba en las ejecuciones. Se ponían el sambenito y el gorro de payaso a algunos, se azotaba a 149 otros, y los guardias y monjes arrastraban hacia el “quemadero” a otros más.
p El “quemadero” se encontraba en una plaza vecina, adonde pasaban, tras los condenados, las autoridades eclesiásticas y seculares y toda la muchedumbre. Un día antes se construía allí un cadalso, en cuyo centro había un poste al que se ataba al condenado, y se llevaban leña y ramaje seco, con los que se rodeaba el cadalso. Los monjes y “ familiares” que acompañaban a los condenados, trataban de arrancarles la abjuración en el último momento. El que accediera sólo podía avisar mediante un ademán, ya que con frecuencia era llevado al cadalso con una mordaza para impedir que propagase la herejía en público.
p Se encendía la hoguera y a los parroquianos más respetables se les concedía el derecho honorífico de meter ramas secas en las llamas; con ello multiplicaban sus méritos a los ojos de la Iglesia. Según una leyenda, Juan Hus, estando en la hoguera dijo a una viejecita empeñada en esa ocupación tan misericordiosa: "\Sancta simplicitasl"
p Los verdugos trataban de disponer la hoguera de manera que consumiera a la víctima sin dejar rastro, pero en algunos casos no lo lograban. Entonces destrozaban los restos carbonizados, convirtiéndolos en pedazos menudos, trituraban los huesos y entregaban al fuego otra vez ese amasijo horripilante. Las cenizas se recogían minuciosamente y se lanzaban al río. Los inquisidores querían impedir por este procedimiento que los herejes se llevaran los restos de sus mártires para adorarlos.
p Si el penitenciado moría antes de la ejecución, se quemaba su cadáver. Se incineraban también los restos de quienes habían sido condenados después de su muerte. En la práctica de las Inquisiciones española y portuguesa era costumbre entregar a las llamas efigies de los herejes condenados (ejecución in efigie). Esa ejecución simbólica se aplicaba a los condenados a cadena perpetua y a los que habían logrado fugarse de la cárcel o escapar a las persecuciones de la Inquisición.
p El Santo Oficio se valía de la hoguera también para aniquilar las obras de los apóstatas, los heterodoxos y los escritores indeseables para la Iglesia. Por indicación de los “santos” tribunales se arrojaban al fuego miles de obras teológicas facciosas, se hacían trizas implacablemente tas ediciones del Corán y el Talmud, así como 150 los escritos de los nestorianos, los maniqueos, los arrianos, los cataros y otros herejes, casi enteramente exterminados por los verdugos.
p ¿La Inquisición se consideraba impecable, incapaz de condenar a alguien sin fundamento, de llevar a la hoguera a un inocente? De ninguna manera. Nicolás Eymerico, por ejemplo, no negaba la posibilidad de que entre las victimas del Santo Oficio hubiera personas no culpables, pero al mismo tiempo enseñó que "un inocente condenado injustamente no debe quejarse de la sentencia de la Iglesia, que ha dictado su fallo a base de pruebas suficientes y no puede penetrar en los corazones; si su condenación se ha debido en parte a falsos testimonios, está obligado a aceptar la sentencia con resignación alegrándose de que le quepa en suerte morir por la verdad" [150•42 .
p Podría preguntarse -seguía discurriendo en el mismo plano Eymerico- si un creyente, calumniado por un testigo falso, puede lícitamente, para evitar la pena capital, darse por culpable de un crimen no perpetrado -es decir, de herejía- y por tanto cubrirse de oprobio. En primer lugar -explicaba el inquisidor-, la reputación de un hombre es un bien exterior; cada cual puede libremente sacrificarlo para evitar la tortura y los sufrimientos que ella supone, o salvar su vida, que es el bien más precioso de todos; en segundo lugar, con la pérdida de la reputación no se infiere daño a nadie [150•43 . Si ese condenado se niega a "sacrificar su reputación" reconociendo la acusación infundada, el confesor debe exhortarlo a soportar con humildad las torturas y la muerte, en cuyo caso se le asignará en el otro mundo la "inmortal corona de mártir" [150•44 .
p Esas disquisiciones de Eymerico patentizan la perversa moral de los inquisidores y sus patronos. En fin de cuentas -decían los abogados de la Inquisición-, el “santo” tribunal actúa con el beneplácito de Dios, que en última instancia es responsable de los actos de aquél. El Dios ubicuo, omnipotente y omnipresente puede, si lo desea, erigir al rango de santo a cualquier víctima de la Inquisición, asegurándole de este modo la felicidad eterna en los jardines paradisíacos. Y puesto que es así, los inquisidores pueden 151 atormentar y ejecutar, con la conciencia tranquila, a los enemigos verdaderos o ficticios de la Iglesia, como exigen los intereses de la "santa causa"...
p La actividad represiva de los tribunales inquisitorios, que funcionaron a lo largo de siglos en varios países, ejerció una influencia nefasta sobre la teoría y la práctica del procedimiento judicial civil, desterrando los gérmenes de la objetividad e imparcialidad propias del Derecho romano. Como señala con razón H. Ch. Lea, el procedimiento judicial inquisitorio, que se desarrollaba para exterminar la herejía, fue hasta fines del siglo XVIII, en la mayor parte de Europa, un método habitual aplicado contra todos los acusados. Para el juez secular, el acusado se encontraba fuera de la ley; se suponía invariablemente que era culpable, y se debía arrancarle la confesión a toda costa, por la astucia o la fuerza.
Así fue la máquina diabólica de la Inquisición, engendrada por la Iglesia, de cuya influencia “benéfica” sobre los destinos de la sociedad siguen hablando hasta ahora algunos defensores de la civilización cristiana.
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