p El mundo cristiano occidental fue al encuentro del segundo milenio sintiendo una angustia confusa. La cifra redonda de "1.000" implicaba misteriosos y funestos presagios. "Por toda Europa—dijo Hegel—se extendió el miedo general, provocado por la expectativa del próximo juicio final y por la creencia en la perdición inminente del mundo. El sentimiento de miedo sugería a los hombres acciones desprovistas de todo sentido. Algunos donaron todos sus bienes a la Iglesia y pasaron toda su vida en la penitencia, la mayoría se entregó al libertinaje y despilfarró su fortuna. Sólo la Iglesia salió beneficiada por esta sicosis colectiva, gracias a las donaciones y testamentos" [66•22 .
p El fin del mundo no llegaba, pero los elementos de efervescencia seguían creciendo. La descomposición del imperio carolingio, las luchas intestinas feudales y los incesantes conflictos con los árabes, los normanos y los húngaros resquebrajaban el régimen feudal anquilosado. Crecieron, lenta pero indeclinablemente, las ciudades, donde los de abajo levantaron cada vez más a menudo y con mayor audacia la voz de protesta contra los eclesiásticos, que esquilaban incansablemente sus ovejas. Otro elemento de efervescencia fue el propio Papado, que gracias a la protección de los feudales laicos —príncipes, reyes y emperadores—se había convertido en una gran fuerza internacional. Disponía de tierras y otros valores materiales y aspiraba a dominar el mundo feudal. Las apetencias hegemónicas del Papado provocaron su colisión con el poder laico, que para proteger sus intereses no desdeñaba recurrir al apoyo de los herejes.
p Bajo la acción de las leyes irrevocables del desarrollo histórico se pusieron en movimiento las fuerzas contradictorias de la sociedad feudal. Fue cambiando la correlación de las clases y las diferentes capas sociales, se tambalearon los pilares de la sociedad consagrados por la tradición, se revisaron los viejos conceptos y bs inmutables dogmas 67 eclesiásticos. Los movimientos antifeudales iban tomando la forma de herejías religiosas.
p Los primeros truenos sonaron, anunciando la tormenta, en el siglo X en Bulgaria, que resistía desesperadamente ante las tentativas de Bizancio de absorberla. Allí echó raíces profundas la doctrina bogomiliana, nueva herejía ligada con el paulicianismo, que reflejaba los estados de ánimo de los campesinos alzados contra el yugo feudal y nacional.
p Los bogomilos desaprobaron la riqueza y los bienes terrenales, considerando la pobreza como virtud suprema, y algunos negaron la propiedad privada. Además, fueron adversarios de los ritos eclesiásticos, los sacramentos, las reliquias, los iconos y la cruz; a su juicio, las iglesias y los monasterios eran la sede del diablo.
p Después de conquistada Bulgaria por Bizancio ocuparon los puestos dirigentes en la Iglesia búlgara los griegos impuestos por el Gobierno bizantino. A los ojos del pueblo, eran forasteros al servicio de Constantinopla. Los bogomilos participaron activamente en los levantamientos antibizantinos.
p Las autoridades eclesiásticas y seculares del Imperio Bizantino persiguieron a los bogomilos de la manera más drástica, por medio de la excomunión y los anatemas, la reclusión carcelaria, el exilio, la incineración y la confiscación de la propiedad. En 1111 fue quemado públicamente en Constantinopla Vasili, distinguido predicador de la doctrina bogomiliana. Sin embargo, las autoridades no lograron, ni aun recurriendo a un terror feroz, acabar con esa herejía, que subsistió en los Balcanes hasta el siglo XIV.
p En el siglo XI se alzó una nueva ola de movimientos heréticos en Italia y Francia. Estaban dirigidos principalmente contra el Papado y la jerarquía clerical, predicando el retorno a las tradiciones del cristianismo primitivo. Los herejes clamaron por la observancia estricta del principio evangélico "quien no trabaja no come”. Fueron en su mayoría campesinos y artesanos.
p Para desprestigiar las doctrinas heréticas a los ojos de la cristiandad la jerarquía eclesiástica les pegaba los afrentosos rótulos de viejas herejías de los siglos IV—VI, condenadas por los concilios ecuménicos y los padres de la Iglesia. Pero las nuevas herejías diferían sustancialmente de las viejas. Las herejías cristianas primitivas fueron corrientes 68 eclesiásticas por excelencia, que se formaban principalmente en la periferia del mundo cristiano y estaban enfiladas contra el régimen esclavista romano. Las nuevas, en cambio, surgían en las capas inferiores del pueblo en Europa Occidental, con carácter de oposición al yugo feudal y a la Iglesia en su conjunto.
p Algunos apologistas eclesiásticos tratan de presentarlas como una especie de infección llevada desde Oriente, de Bizancio, a Europa Occidental. Pero en realidad, pese a la existencia de contactos entre las herejías de ambas regiones, las ítalo-francesas del siglo XI nacieron y se desarrollaron principalmente entre los plebeyos, completamente analfabetos y no iniciados en las sutilezas teológicas.
p Como señaló justamente el historiador italiano R. Morghen, "hoy, esta identificación de la herejía aparecida en Europa después del año 1000 con el antiguo maniqueísmo no puede ya admitirse como tal" [68•23 .
p Los nuevos herejes se inspiraron exclusivamente en la Biblia, oponiéndola a la Iglesia y a la doctrina eclesiástica. Puesto que la Biblia pasaba a ser un arma peligrosísima en la lucha contra la Iglesia, ésta acabó por prohibir su lectura a los seglares, mediante una bula del Papa Gregorio IX, en 1231. Dicho interdicto se mantuvo formalmente hasta el II Concilio Vaticano.
p Las herejías occidentales surgidas a comienzos del segundo milenio de nuestra era se desarrollaron en una sociedad donde renacían las ciudades y aparecía el mercado, se perfilaba la tendencia a las agrupaciones de tipo nuevo, despertaba una nueva conciencia social, se delineaban los contornos de nuevos pueblos, como resultado de la mezcla de elementos étnicos diferentes, y se formaban en las ciudades clases nuevas, las cuales exigían los derechos que hasta entonces sólo pertenecieron a otras [68•24 .
p Como es notorio, el primero en comprender la complejidad social de esas herejías fue Engels, investigándolas .en su monografía La guerra campesina en Alemania, escrita en 1850. Las dividió en tres grupos: las herejías patriarcales, reaccionarias por su forma y contenido, con las que las comunidades campesinas aisladas (los pastores alpinos) reaccionaron 69 a la penetración del feudalismo; las urbanas, que representaban la oposición al feudalismo por parte de las ciudades que habían rebasado los límites del mismo; las campesino-plebeyas y las plebeyas, las más radicales, que desembocaban en levantamientos antifeudales armados.
p La herejía urbana herejía oficial de la Edad Mediaiba dirigida principalmente, como señalara Engels, contra los eclesiásticos, oponiéndose a sus riquezas y a su posición política. Del mismo modo que, posteriormente, la burguesía exigió un gobierno poco costoso, así también los artesanos medievales exigieron ante todo una Iglesia poco costosa. "La herejía burguesa, reaccionaria por su forma como cualquier otra que en el desarrollo ulterior de la Iglesia y los dogmas sólo es capaz de ver la degeneración, clamó por el restablecimiento del régimen sencillo de la Iglesia cristiana primitiva y la supresión del estamento sacerdotal cerrado. Esa estructura poco costosa eliminaba a los monjes, los prelados, la curia romana, en fin, todo cuanto había de gravoso en la Iglesia" [69•25 .
p A continuación, Engels definió de la manera siguiente la herejía campesino-plebeya: "Ella hacía suyas todas las exigencias de la herejía burguesa respecto a los sacerdotes, el Papado y el restablecimiento del régimen eclesiástico tal como fue en tiempos del cristianismo primitivo, pero iba incomparablemente más lejos. Exigió la restauración de la igualdad cristiana primitiva en las relaciones entre los miembros de la comunidad religiosa, y que esa igualdad fuera reconocida como norma también para las relaciones civiles. De la " igualdad de los hijos de Dios" deducía la igualdad civil e incluso, ya entonces, en parte la igualdad de los bienes. La igualación de la nobleza con los campesinos, de los patricios y los ciudadanos privilegiados con los plebeyos, la supresión de las rentas en trabajo y en especie o en dinero, y de los impuestos y los privilegios, la liquidación de las diferencias de propiedad más escandalosas, por lo menos. Estas eran las exigencias que se plantearon, con mayor o menor precisión, como deducciones necesarias de la doctrina cristiana primitiva" [69•26 .
p Durante los siglos XI-XIII, las herejías urbana y 70 campesino-plebeya estuvieron mezcladas en un torrente antifeudal único; la constitución bien explícita de cada una de ellas en corriente autónoma, tardó en realizarse hasta los siglos XIV y XV.
p Los focos principales de las nuevas herejías en la Europa Occidental del siglo XI fueron el Norte de Italia, Francia y, hasta cierto punto, Alemania. Sus masas campesinas exasperadas por los saqueos a que se entregaban los magnates laicos y clericales, se levantaron con creciente frecuencia contra los opresores y repudiaron la Iglesia oficial. En 997 y 1024 fueron escenario de amplias insurrecciones campesinas, respectivamente, en Normandía y Bretaña; para reprimirlas hubo que movilizar un nutrido ejército de caballeros. Los levantamientos campesinos volvieron a repertirse en Francia en 1095, abarcando todo el país.
p Se alzaron en armas masas campesinas en Inglaterra (1069—1071) y en Sajonia (1070), donde asaltaron haciendas reales y patrimoniales. Esas acciones llevaron aparejado el surgimiento de nuevas herejías, dirigidas contra los feudales laicos y clericales. A comienzos del siglo XI apareció la herejía de Leoutard de Champagne (en la provincia del mismo nombre), que llamaba a dejar de pagar el diezmo a la Iglesia. En 1022 estalló en Orleans y Tolosa un movimiento herético cuyos adeptos, según Llórente, "profesaron la doctrina de los maniqueos”. Una herejía similar se extendió en Arras, así como en Colonia y Bonn (Alemania).
p Al aplastar esos movimientos se practicaron por primera vez, en gran escala, las ejecuciones de herejes en la hoguera. Por acuerdo del sínodo local convocado en Orleans por orden del rey Roberto II de Francia (996—1031), en 1022 fueron condenados a la hoguera diez dirigentes heréticos que se habían negado a abjurar de su credo. Se encontraba entre ellos un tal Etienne, confesor de la reina Constancia, esposa de Roberto. En la obra de Juan Antonio Llórente leemos, en relación con ello: "...Y como prueba de hasta qué exceso de furor puede llevar a los hombres un fanatismo ciego, la misma reina, que había confesado sus debilidades a los pies del sacerdote Etienne, no temió alzar la mano contra él y pegarle rudamente con un palo en la cabeza, en el momento en que el cura salía de la catedral para ir al suplicio. Los condenados estaban ya en medio de las llamas cuando algunos gritaron que habían sido engañados y deseaban someterse a la Iglesia. Pero ya era 71 tarde; todos los corazones estaban cerrados a la piedad" [71•27 .
p Muchos herejes fueron ejecutados también en Colonia y Bonn.
p Este ejemplo se siguió poco después en Italia. En 1034, por orden del obispo Ariberto, en Milán fueron quemados públicamente Hiraldo de Monforte, jefe de los herejes del lugar, y muchos partidarios suyos. En el siglo XI, las ejecuciones de herejes tomaron carta de naturaleza en los países de Europa Occidental.
p Las persecuciones de los herejes resultaban poco eficientes, ya que la situación penosa de las masas populares —fuente de herejías—, lejos de mejorar, empeoraba continuamente. Era relativamente fácil reprimirlos por la fuerza, encarcelando o ejecutando a los dirigentes y los predicadores, y trasladando a los demás, por regla general, después de confiscar sus bienes. Los herejes se escondían en las zonas rurales o montañosas de difícil acceso. Al cabo de cierto tiempo, la herejía estallaba de nuevo con redoblado vigor en otro lugar y, a veces, bajo un nombre nuevo.
p A principios del siglo XII Francia volvió a ser conmovida por amplios movimientos heréticos dirigidos contra los ritos de la Iglesia y su nobleza. En el Sur encabezaron el movimiento Peter de Bruys y su discípulo, Henryk; en el Norte, Tanchelm von Flandern, que tenía muchos adeptos entre los artesanos flamencos. En 1113, una herejía que negaba la propiedad privada se extendió por la región de Soissons y, después, abarcó también la de Périgord [71•28 .
p La indignación por la conducta de la jerarquía eclesiástica, por su venalidad y libertinaje, se manifestó también en el movimiento de los patarinos, desarrollado por la plebe urbana de Milán a mediados del siglo XI. Como la mayoría de las sectas heréticas del mismo siglo, la Pataria se opuso a la simonía (compra y venta de cargos eclesiásticos), reprobó el acaparamiento de riquezas por los clericales y exigió el celibato del clero. Los patarinos lograron prevalecer por algún tiempo en Milán: expulsaron de la ciudad al arzobispo con sus allegados y cerraron las iglesias. Al principio, la Santa Sede apoyó a los patarinos, esperando subordinar 72 con su ayuda a los jerarcas eclesiásticos superiores. Pero después traicionó al movimiento, al ver que éste iba tomando un carácter demasiado radical. Su jefe, el monje Arnaldo, fue detenido y asesinado ferozmente por los clérigos. Los patarinos, perseguidos, tuvieron que retirarse de Milán y se dispersaron por diversas regiones del Norte de Italia.
p Sería erróneo pensar que la lucha de la Iglesia contra los movimientos heréticos en aquella etapa se sostuvo exclusivamente por medios violentos. Para afianzar su propia potestad y “sanear” el organismo eclesiástico podrido, curando sus lacras demasiado repugnantes, el Papado se valió también de otros medios. Puede servir de ejemplo la Reforma de Cluny (llamada así porque se ideó en el monasterio de Cluny, en Francia), que se aplicó en los siglos X y XI y consolidó notablemente el poderío económico y el prestigio de los Papas. Los reformadores de Cluny se opusieron a la investidura laica de los jerarcas eclesiásticos, que los subordinaba a los reyes y suprimía el control de los Papas; reprobaron la simonía, que, según la expresión gráfica del Papa Gregorio VII (1073—1085), convertía la Iglesia en una prostituta al servicio del diablo; flagelaron la relajación de los clérigos y monjes, su apego a los bienes mundanos, exigieron reformar los monasterios sobre la base de estatutos severos e independizarlos respecto a las autoridades seculares y a la potestad eclesiástica local, abogaron por el celibato de los monjes, la renuncia a la propiedad privada, la resignación y la obediencia.
p La Reforma de Cluny contaba con el apoyo de la nobleza feudal, que pretendía a su vez imponerse a los monasterios. En definitiva, muchos monasterios reformados se vieron en una situación de dependencia de los señores feudales locales, que les regalaban tierras y dinero [72•29 . Al mismo tiempo se instituyeron nuevas órdenes monacales -la cisterciense y la cartujana—, con estatutos muy severos.
Sin embargo, por austeras que fueran las normas de conducta prescritas al monacato, y drásticos los castigos con que la Iglesia amenazaba a los "moralmente corrompidos”, los monjes no fueron una excepción de la regla eclesiástica general, no llegaron a superar sus "debilidades carnales”.
73 Los teólogos solían atribuirlo a las asechanzas de los demonios poderosos. Las maquinaciones astutas de esos enemigos de Dios y del género humano fueron descritas con detalle por un abad del siglo XIII. He aquí algunos fragmentos de su relato: Apenas si suena la campana, llamando a los frailes a la misa, cuando el Demonio los sume en el sueño. Los monjes no se hallan con fuerzas para resistir, ya que por la noche los mismos demonios no les dejaron dormir. Como resultado, los frailes se desvelan por la noche y roncan en la Iglesia, durante el servicio divino. También otros intentos buenos tienen el mismo triste final. El abad se puso a leer una obra instructiva y, previendo las intrigas del malo, sacó una mano de debajo de la sotana y la mantuvo en el frío para no dormirse. Pero el Diablo empezó a morder, como una pulga, la mano del abad, por lo que éste tuvo que meterla de nuevo bajo a sotana. Este acto tuvo consecuencias nefastas: el abad entró en calor y se durmió. El espíritu maligno se mostraba particularmente activo cuando los monjes se ponían a trabajar: les asía por los brazos y las piernas, de modo que, paralizados, no podían moverse y permanecían sentados sin hacer nada. La ingeniosidad del Diablo era infinita: cuando los monjes se sentaban a la mesa, les incitaba a atracarse hasta vomitar, y en los días de grandes fiestas, cuando se servía vino, se ponían hechos una uva. "Se suele pensar—discurría el piadoso abad—que a todo hombre le atormenta un solo demonio. Esto es un craso error. Imagínate que estás sumergido enteramente en el agua; hay agua encima y debajo de ti, por la derecha y por la izquierda. Esta es una representación cabal de los espíritus inmundos que nos rodean y nos asedian por todas partes. Son innumerables, como las partículas de polvo que vemos en un rayo de sol; todo el aire está impregnado de ellos" [73•30 .p Pero si el Diablo es tan poderoso que los servidores de Dios se dejan vencer por él, ¿no significa esto que ellos se convierten ipso jacto en edecanes de Lucifer, y que la oración que sale de su boca pierde su virtud? Los herejes decían que sí y exigían exterminar el satánico ejército eclesiástico. El Papado les opuso una doctrina según la cual 74 los sacramentos guardan su vigor no importa si el sacerdote que los administra es un pecador o un devoto. Si bien esa doctrina justificaba a los fariseos clericales, los creyentes la aceptaron prácticamente, como asimilaron asimismo otras muchas doctrinas eclesiásticas que anulaban algunos postulados fundamentales de la cristiandad primitiva. La Iglesia lo obtenía en parte por la coerción, imponiendo por la fuerza su voluntad a los creyentes, pero también es forzoso reconocer que semejante doctrina, indulgente para con los vicios, resultaba atractiva a cierta parte de los feligreses. La Iglesia enseñó que el pecador podía salvarse valiéndose de los sacramentos—acciones mágicas tales como el rezo, la comunión y la confesión, poseedoras de una fuerza sobrenatural—, lo que convenía sobremanera a los todopoderosos.
p Otra medida que embotó temporalmente la oposición a la Iglesia por parte de los de abajo fueron las Cruzadas, que se dirigían al Oriente con el pretexto de liberar el Santo Sepulcro, y tenían por objeto, entre otros, combatir a los herejes en Europa.
p Entre los cruzados figuraron no sólo masas de caballeros ávidos de saquear, sino también muchos miles de pobres y dolientes que habían dado crédito a las palabras pronunciadas por el Papa Urbano II, iniciador de la I Cruzada, en el Concilio de Clermont: "Jerusalén es el ombligo de las tierras, es una tierra ubérrima en comparación con todas las demás, es como un segundo paraíso... Quien es triste y pobre aquí será alegre y rico allí" [74•31 . Los papas absolvieron los pecados a todos ellos, llamaron, como dijo Gregorio VII, a "adquirir a costa de pocos esfuerzos la felicidad eterna”.
p No cabe duda de que para las ambiciones de la Santa Sede, que aspiraba a dominar ante todo en los países europeos donde prevaleció el catolicismo, las Cruzadas fueron verdaderamente un hallazgo genial. Esgrimiendo la bandera de la liberación del Santo Sepulcro, el sumo pontífice se presentó como unificador de todos los soberanos cristianos; pudo canalizar por el cauce de las Cruzadas la desaforada anarquía feudal, que devastaba el campo, y, en general, a todos los revoltosos, impacientes, llevados por la avidez de riquezas terrenales. En caso de derrota, el vicario de San Pedro sólo se privaría de sus émulos y enemigos efectivos y potenciales, 75 mientras que la victoria sobre los infieles le prometía riquezas incalculables y la gloria eterna.
p Las Cruzadas (especialmente las primeras) reforzaron el prestigio del Papado, originando la ilusión de que podía aliviar los tormentos de los dolientes y miserables e infundiendo en muchas gentes la fe en el "reino milenario”. Aunque esos sueños y esperanzas se esfumaron en gran medida después de la I Cruzada, al evidenciarse que sólo se habían lucrado con ella la jerarquía eclesiástica y la cúspide de los cruzados, la idea de liberar el Santo Sepulcro reportó aún por largo tiempo a los papas dividendos materiales y espirituales.
p Sin embargo, la Reforma de Cluny y las Cruzadas sólo pudieron atenuar temporalmente las llamas del descontento general con el régimen religioso-social existente que se encendieron en el siglo XI. Las ascuas seguían ardiendo bajo la ceniza; una ráfaga de viento fuerte bastaría para que la hoguera llameara con redoblado vigor.
p Un nuevo peligro surgió donde menos se esperaba: entre los teólogos. El teólogo parisiense Pedro Abélard (1079—1142), testigo de la I Cruzada, encabezó el nuevo movimiento como teórico, mientras que su discípulo y continuador Amoldo de Brescia (1100—1155) asumió el papel de “práctico”.
p Abélard fue el primero que intentó, en su obra Sí y no (1122) y otros escritos, someter a una crítica racional la doctrina eclesiástica, revelando sus contradicciones. Destacó a primer plano la razón y proclamó el derecho de los creyentes a criticar a las autoridades de la Iglesia. El filósofo francés, como dijo uno de sus coetáneos, no deseaba creer en lo que no hubiera “desentrañado” previamente con su inteligencia [75•32 .
p El Papado y sus adeptos, en la persona del abad Bernardo de Clairvaux, opositor y enemigo principal de Abélard, consideraron que las ideas de éste conmovían las bases de la propia religión. Bernardo de Clairvaux señaló en una de las denuncias que enviaba a Roma que Abélard "en sus manifestaciones profana el cielo; socava la indestructibilidad de la creencia y la pureza de la Iglesia; trasciende de los límites puestos por nuestros padres, cuando escribe y discurre sobre la creencia, los sacramentos y la santa trinidad... En sus libros se revela como creador de la mentira y autor de dogmas tergiversados, demuestra ser hereje no tanto en los extravíos como en la 76 obstinada defensa de los errores. Ese hombre traspasa su creencia y destruye la fuerza de la cruz cristiana en la sabiduría de la palabra" [76•33 .
p Es sintomático que para comprometer a su adversario, Bernardo de Clairvaux le atribuyera las concepciones, condenadas por la Iglesia, de los heresiarcas Arrio, Pelagio y Nestorio. Posteriormente, la Inquisición se valió con frecuencia de ese método probado, que convertía al acusado en continuador de toda clase de doctrinas anatematizadas por la Iglesia, de las que él mismo a menudo ni siquiera había oído hablar.
p Abélard fue condenado, en Francia, por los concilios de Soissons (U21) y Sens (1140). El Papa Inocencio II impuso el "silencio eterno" a ese hereje, ordenó que fuera encerrado en un monasterio y que se quemaran sus libros "dondequiera que se hallasen" [76•34
p Las conferencias teológicas dadas por Abélard en París, en las que exponía sus puntos de vista facciosos, así como los escritos de ese teólogo gozaron de invariable éxito, la juventud universitaria parisiense le adoraba. Entre sus numerosos continuadores fue quizás el más inteligente el italiano Amoldo de Brescia. En su patria criticó acerbamente la jerarquía eclesiástica. Condenado por el Concilio de Letrán en 1139, tuvo que abandonar su ciudad natal. Para salvarse de las persecuciones fue a Francia y, después, a Suiza y Alemania. En 1145 apareció en Roma y se puso a la cabeza de la República antipapal, proclamada dos años antes. Amoldo exigió quitar al Papa el poder laico y confiscar la propiedad eclesiástica en provecho de las comunas, denunció las fechorías del Papado y de la nobleza feudal, azotó al clero superior y clamó por las reformas de la Iglesia, por la supresión del episcopado y la expropiación del clero. Después de que el Papa Adriano IV impusiera un interdicto a Roma, Amoldo se vio precisado a irse de la ciudad. Caído prisionero en manos del emperador Federico I Barbarroja, Amoldo de Brescia fue entregado al Papa y ahorcado por su orden. Pero esto le pareció insuficiente al Sumo Pontífice: ordenó incinerar el cadáver del ejecutado y echar al Tíber las cenizas.
p En las represiones de este género se manifestaba el miedo de los papas romanos a quienes ponían en tela de juicio 77 su prestigio y les criticaban desde posiciones del cristianismo primitivo.
En el siglo XII toman carta de naturaleza en la práctica de la Iglesia los métodos violentos de reprimir a sus adversarios ideológicos: torturas, vejámenes, asesinatos. Por el momento, esos medios se aplican únicamente a los oponentes más peligrosos para la Iglesia y no revisten todavía el carácter universal, es decir no afectan a la generalidad de los herejes. Pero la incapacidad de la Iglesia para aplastar los crecientes movimientos anticlericales y antifeudales, la renuncia a lograr un entendimiento con sus adversarios ideológicos y a modernizar, como diríamos ahora, la doctrina y la práctica eclesiásticas, así como la aspiración, cada vez mayor, de la Santa Sede a ponerse por encima del poder laico, a someterlo a su control y a convertirse en arbitro supremo de los destinos del mundo cristiano, todo ello en su conjunto generó la idea de dar una "solución difinitiva" al problema de la herejía, o sea, exterminar físicamente a todos los herejes sin excepción.
Notes
[66•22] G. W. F. Hegel. Siimtliche Werkc in 20 Bánden, Band 11. Die Philosophie der Geschichie. Stuttgart, 1928, S. 475.
[68•23] R. Morghen. Problémes sur ¡’origine de l’hérésie au Mayen Age. En: Revue Historique, 1966, v. 236, p. 3.
[68•24] Ibíd., p. 10.
[69•25] F. Engels. La guerra campesina en Alemania. C. Marx y F. Engels. Obras, t. 7, pp. 361-362.
[69•26] Ibíd., pp. 362-363.
[71•27] J. A. Llórente. Histoire critique da I’Inquisition d’Espagne, t. 1, París, 1817, p. 21.
[71•28] Véase Pedro Abélard. Historia de mis infortunios. Edición preparada por D. Drobaglav, N. Sídorova, V. I. Sokolov y V. S. Sokolov. M., 1959, pp. 186-187.
[72•29] Véase O. G. Chaikóvskaya. El movimiento de Cluny de los siglos X y XI, su carácter social y político. En: Problemas de la historia de la religión y del ateísmo, recopilación VIII. M., 1960, pp. 285—286.
[73•30] Beati Richalme speciosae vallis in Franconia Abbatis ord. Cisterciensis líber Revelationum de insidiis et versutüs Daemonum adversus honunes. En el libro: Thesaurus Aiiecdotorum novissimus. 6 Bde., Augsburg 1721—29, Bd. I, Pars II, columna 376 y otras.
[74•31] M. A. Zabórov. El Papado y las cruzadas. M., 1960, p. 41.
[75•32] Véase Historia de la filosofía. Bajo la redacción de M. A. Dínnik y otros, t. I. M.. 1957, p. 283.
[76•33] Pedro Abélard. Historia de mis infortunios, p. 137.
[76•34] Ibíd., pp. 153, 154.
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