p En el último cuarto del siglo XII, el centro de los movimientos heréticos se desplazó al Sur de Francia, donde las ciudades estaban libres de la dependencia feudal desde el siglo anterior.
p “En Languedoc—decía Marx—se mantuvieron los restos de los derechos urbanos y la administración municipal romanos; precisamente las ciudades, que después sufrieron en el mayor grado por la persecución feroz de los herejes, no estaban allí tan separadas como las alemanas e italianas, ni aisladas tanto de la aldea; estaban protegidas en todas partes contra los señores feudales... Incluso en Tolosa, sede de un conde todopoderoso, gobernaron un consejo municipal independiente y un comité de ciudadanos libres... En ese estado próspero permaneció la parte meridional de Francia desde los Alpes hasta los Pirineos" [77•35 .
p En las ciudades de esa "Tierra de Promisión" se difundieron más que en ninguna parte diversas herejías (ante todo, la doctrina de los cataros), que la Iglesia oficial trató de aplastar poniendo en juego todo su inmenso poderío.
78p El término “cátaro” apareció en la primera mitad del siglo XI y al cabo de poco tiempo se empleaba ya como sinónimo del hereje en general. Tenemos muy pocas nociones fidedignas sobre la doctrina de los cataros. Casi todos sus escritos fueron aniquilados por los clericales. En cuanto a las fuentes eclesiásticas, las calumnias e infundios prevalecen allí sobre los hechos auténticos. A juzgar por ellas, es forzoso concluir que el Papado execraba las herejías sin tener idea cabal de su esencia. El teólogo católico Shannon, conocedor de las fuentes papales relativas a las herejías de la Edad Media, señaló que ellas sólo daban una noción " extremadamente esquemática e insatisfactoria" sobre las doctrinas heréticas de aquel período [78•36 .
p Según los datos escasos que obran en nuestro poder, los cataros se opusieron a la Iglesia oficial desde posiciones del cristianismo primitivo. Como quiera que algunos rasgos de su doctrina evocaban el maniqueísmo, los clericales denominaron neomaniqueos a los cataros. También estos últimos estimaron que el bien (Dios o demiurgo de un mundo invisible ideal y justo) y el mal (Diablo o creador de todo lo material) son principios eternos. El cuerpo es obra del Diablo, en la que está recluida, como en un calabozo, el alma creada por Dios [78•37 .
p Según los cataros, todo el mal existente en la Tierra -las coacciones de toda clase, las injusticias y la desigualdad social—proviene del diablo, y por cuanto la Iglesia justifica el régimen injusto dominante, por la misma razón es cómplice y fautora de los crímenes que perpetra el príncipe de las tinieblas. Los cataros se dividían en preceptores (“perfectos”) y simplemente creyentes. Los primeros debían ser un dechado de virtudes evangélicas. Negaron la propiedad privada, como asimismo los ritos, el culto y la jerarquía de la Iglesia, y clamaron por la estricta observancia del voto de castidad.
p La vida de los “perfectos”, contrastada por la depravación moral y el afán de lucro de los eclesiásticos, fue la mejor propaganda en favor de la nueva creencia. Al resucitar en la práctica los ideales del cristianismo primitivo, la nueva herejía ganó adeptos entre los plebeyos urbanos y los campesinos, que aspiraban a sacudirse las insoportables 79 obligaciones feudales. Los cataros se comprometían a no matar, no mentir, no dar juramento. En la ceremonia de la iniciación asumían también otra obligación importante: no abdicar su religión "por miedo al agua, al fuego o a cualquier otro castigo”. Una vez caídos en manos de sus adversarios, defendieron valerosamente su credo y fueron con entereza a la hoguera.
p Los cataros de filas o “creyentes” podían gozar de los bienes mundanos, tener familia y propiedad, mas para “ salvarse”, para hallar el reino de los cielos, deberían pasar a la categoría de “perfectos”. Estos les sometían a tal objeto al rito de “consolación” (consolamentum).
p El número de “perfectos” sólo rayaba en 4.000 (incluso en el período de influencia máxima de los cataros), pero fueron verdaderos cabecillas y fanáticos, que influían enormemente sobre sus correligionarios.
p Al iniciar la lucha contra los cataros, los eclesiásticos se preocuparon sobre todo por exterminar a los “ perfectos”, para privarles del “consuelo” y, por tanto, de la “ salvación”.
p También se difundió mucho en Francia, Suiza e Italia la doctrina de Pedro Valdo, mercader de Lyon, influido por Amoldo de Brescia. La primera comunidad valdense surgió en 1176 y sus miembros se conocían al principio con el nombre de "leoneses pobres”.
p La Iglesia tuvo miedo a los herejes en primer lugar porque su doctrina atraía a las capas bajas del pueblo. Según manifestaciones de cierto Moneta de Cremona, testigo ocular, "entre los pobres hubo muchos que morían de hambre y que se espantaban e indignaban ante las riquezas incalculables de la Iglesia. Con sostenida atención, emocionados hasta el fondo del alma, prestaban oído a la "palabra de Dios" de los herejes, que clamaron por la renuncia de la Iglesia a los placeres mundanos y por el retorno a los tiempos en que la pobreza fue considerada como virtud máxima. Por ello no debe sorprendernos que los plebeyos urbanos se incorporasen a la secta de los cataros y a otras sectas heréticas, engrosándolas con nuevas fuerzas" [79•38 .
p En Languedoc, región meridional de Francia, los nuevos herejes tuvieron el apoyo de la nobleza, que no deseaba ceder sus derechos y libertades a los jerarcas eclesiásticos. 80 La jerarquía clerical, con su afán de obtener la parte leonina de los ingresos provenientes del comercio y acumular tesoros indignaba también a los artesanos y comerciantes. Al censurar el parasitismo de los eclesiásticos e instar a que renunciaran a las riquezas mundanas, los cataros encontraban el apoyo en todas las capas de la sociedad.
p La tentativa de reprimir a los cataros por medios “ pacíficos” tales como la excomunión y el anatema (pero sin excluir por completo la represión física) no daba a los eclesiásticos el resultado apetecido. Aunque los predicadores fieles a la Santa Sede echaban rayos en sus sermones contra esos " nuevos maniqueos”, y los concilios generales y locales se empeñaban en excomulgarlos, el número de sus adeptos aumentaba sin cesar. Shannon dice sobre este particular: "La política basada en la premisa de que los herejes eran en su mayoría unos simplones inducidos al error por ignorancia, y de que con la prédica de la justa doctrina de la Iglesia se podía volver a la razón rápidamente a los descarriados y hacerlos retornar a la religión de sus padres, estaba condenada al fracaso, ya que la experiencia había evidenciado la futilidad de esos píos deseos. Los esfuerzos del Papado por remediar los delitos de la jerarquía eclesiástica y el clero en las áreas infectas demostraron ser demasiado pequeños y tardíos" [80•39 .
p Bernardo de Clairvaux abogó ya celosamente por el exterminio físico de los herejes indóciles, valiéndose del poder secular.
p Según ese prelado, la Iglesia debía buscar y denunciar a los herejes para que el poder secular acabara con ellos por indicación del clero. Si las autoridades laicas obedecían los mandatos de la potestad clerical relativos a la lucha contra las herejías, quedaría reconocida por tanto la supremacía de la Iglesia y de la Santa Sede.
p Al exigir que el poder secular persiguiera a los herejes, Bernardo defendió también el derecho de la Santa Sede a poseer ambas espadas: la espiritual y la material. El Papa cede la segunda al poder laico, pero, en opinión de Bernardo, se reserva el derecho a usar de ella donde y cuando lo considere necesario [80•40 .
81p Como se infiere del programa de Bernardo, que los papas medievales hicieron suyo, la persecución de los herejes era una de las condiciones sine qua non de subordinación del poder seglar al Papado. Esto ayuda a comprender el lugar y significado de la futura Inquisición en la política general de la Santa Sede. Los papas instituyeron la Inquisición para fortalecer, en particular, sus propias posiciones respecto al poder seglar.
p El Papa Alejandro III fue el primero que trató de movilizar la Iglesia, en el III Concilio de Letrán de 1179, para extirpar, por medio del asesinato masivo de los apóstatas, la herejía profundamente arraigada en Languedoc. Además de lanzar los habituales anatemas contra los renegados, el Concilio anunció por primera vez el comienzo de una cruzada contra ellos, prometiendo la absolución de los pecados por dos años a cuantos participasen en la misma y la "salvación eterna" de los caídos en la lucha contra los herejes. La dirección de la cruzada se encomendó al abad Enrique de Clairvaux, elevado con tal motivo al rango de cardenal. Esa primera campaña organizada contra los albigenses (nombre que se dio a una rama de la herejía profesada por los cataros y otros heterodoxos, cuyo baluarte fue en Languedoc la ciudad de Albi), atrajo relativamente a poca gente. Después de devastar algunas regiones de Languedoc, los guerreros de Enrique volvieron a sus lares, mientras que el propio cardenal regresó a Roma para participar en la elección del sucesor del difunto Alejandro III.
p El nuevo Papa, Lucio III (1181—1185), fue igualmente partidario de medidas implacables contra los herejes. En el Concilio de Verona, convocado por él en 1184, dio lectura a una bula en la que prescribía erradicar las diferentes doctrinas heréticas (Ad abolendam diversarum haeresum pravitaterri). Ese documento pontificio ordenaba a los obispos desterrar a los herejes, confiscar sus bienes y condenarlos a la "deshonra eterna”, así como llamaba a limpiar los cementerios católicos de los restos de herejes que los profanaban. Aunque la bula no instaba a exterminar físicamente a los apóstatas, su objetivo era precisamente éste. Se sobrentendía que los herejes opondrían resistencia a la bula y, por tanto, se volverían rebeldes, dando pretexto a las autoridades laicas para aniquilarlos. El Concilio de Verona aprobó la bula de Lucio III. Este contaba con el apoyo del emperador Federico I Barbarroja, quien había prometido cumplir las indicaciones de los nuncios apostólicos 82 relativas a la lucha contra los renegados. Los herejes empezaron a ser perseguidos también en el Reino de Aragón. Varios monarcas y obispos interpretaron la mencionada bula y los acuerdos del Concilio de Verona como fundamento “legítimo” para saquear a los heterodoxos fingiéndose preocupados por la extirpación de sus doctrinas.
p En 1194 asumió el gobierno del condado de Tolosa, sito en Languedoc, Raimundo VI, que simpatizaba mucho con los cataros y les otorgaba su protección. La jerarquía católica de allí no estuvo en condiciones de combatir eficazmente a los cataros, ya que no podía apoyarse en las autoridades laicas. Para acabar con ese peligro se requerían acciones más enérgicas, que sólo podría emprender un Papa resuelto y fanático. Así fue Inocencio III, elegido en 1198.
p El nuevo Papa, procedente de una familia condal que poseía extensos territorios cerca de Roma, se había diplomado en las Universidades de Bolonia y Roma. Fruto de sus estudios escolásticos fue el tratado Acerca del desdén por el mundo y del estado desastroso del hombre, en el que trató de probar que todas las clases de la sociedad feudal sufrían en igual medida por el pecado original. La descripción bastante realista de los sufrimientos experimentados por los campesinos a causa de la explotación feudal demuestra que el autor conocía bien la realidad circundante. Decia así: "El siervo sirve eternamente, sufre amenazas, está cargado por la renta en trabajo, se siente oprimido por el trato brutal, pierde su patrimonio; si no tiene bienes propios le obligan a adquirirlos, y si posee algunos, se los quitan. Si el señor es el que tiene la culpa, el siervo responde por él; si el culpable es un siervo, la multa que paga va a parar al bolsillo del señor" [82•41 .
p Inocencio III se mostró partidario de las pretensiones extremas del Papado. Esto lo dio a conocer al ser elevado a la dignidad de Papa, eligiendo para su sermón el siguiente texto bíblico: "He aquí que hoy te doy autoridad sobre las naciones y sobre los reinos para intimarles que les voy a desarraigar, y destruir, y arrasar, y disipar; y a edificar, y plantar otros" [82•42 . Inocencio se llamó a si mismo rey de reyes, soberano de los soberanos, "sacerdote sempiterno, 83 según el orden de Melquisedec" [83•43 . Inventó el nuevo titulo del Papa: vicario de Jesucristo en la Tierra.
p Sumo pontífice a la edad de 38 años, Inocencio III desarrolló una ferviente actividad para convertir la Santa Sede en arbitro supremo de los destinos de toda la cristiandad. Selló alianzas con monarcas, excomulgó a los indeseables, tramó intrigas, persuadió, exhortó e hizo propaganda, despachando todos los años centenares de mensajes a los jerarcas eclesiásticos y soberanos seglares; sus legados, investidos de poderes ilimitados, infundieron pavor en muchas regiones de Italia, Alemania y Francia. Los reyes de Inglaterra, Aragón, Bulgaria y Portugal reconocían ser vasallos suyos.
p Por iniciativa de Inocencio III comenzó la IV Cruzada, cuyos participantes, en vez de "liberar el Santo Sepulcro”, asolaron el Bizancio cristiano, tomaron y saquearon Constantinopla (en 1204). El mismo Papa sancionó, en 1202, la institución de la Orden de los Portaespadas y bendijo a sus miembros para la conquista de Livonia. En 1215 llamó a los caballeros alemanes a emprender una cruzada contra los borusios. Por su orden también se inició una nueva cruzada contra los albigenses, con la que se dio comienzo al exterminio sistemático y masivo de los creyentes cuya religión divergiera de la doctrina eclesiástica oficial. Muchos investigadores atribuyen precisamente a ese Papa el papel de fundador de la Inquisición.
p Después de instalarse en la Santa Sede el 22 de febrero de 1198, ya en abril Inocencio III envió a Francia emisarios autorizados para organizar la persecución de los cataros. Llevaban consigo una instrucción pontifical en la que se decía: "Emplead contra los herejes la espada espiritual de excomunión, y si esto resulta inútil, emplead contra ellos la espada de hierro" [83•44 . Pero los emisarios del Papa no lograron obtener ningún éxito sustancial, ya que las autoridades laicas evidentemente ponían trabas a su actividad. En 1202 fueron a sustituirles los monjes cistercienses Pedro de Castelnau y Amoldo Amalric, investidos de plenos poderes para "destruir en cualquier lugar donde haya herejes todo lo destinado a la destrucción, e implantar todo lo destinado a la implantación”. Para ayudarles se enviaron de España varios predicadores, entre los cuales se destacaba por su celo el 84 monje agustino Domingo de Guzmán (1170—1221), futuro fundador de la Orden de Santo Domingo. Los legados pontificios prometieron a los señores y al rey francés, como recompensa por su concurso a la represión de los herejes, los bienes de estos últimos y la absolución de todos los pecados. En un mensaje personal al rey Felipe Augusto de Francia, el Papa le exhortó a levantar la espada contra "los lobos que hacen estragos en el rebaño del Señor”.
p Imitando a sus adversarios, los monjes fieles a la Santa Sede erraron descalzos y harapientos por Languedoc, llamando a sus habitantes a dar al traste con los herejes. Pero se esforzaron en vano. El rey francés no se atrevía a mandar tropas a los dominios del conde de Tolosa, cuya población no prestaba ningún apoyo activo a los agentes del Papa, si bien no ponía obstáculos a su actividad. Los legados apostólicos estuvieron a punto de desesperarse. Pedro de Castelnau dijo: "Sé que la causa de Cristo no prosperará en este país antes de que uno de nosotros sufra por la fe" [84•45 . Estas palabras fueron proféticas.
p Castelnau excomulgó al conde Raimundo por su renuncia a colaborar en la persecución de los herejes. En respuesta, uno de los allegados del conde asesinó al legado el \5de enero de 1208. Poco después, el 10 de marzo, Inocencio III se dirigió con un mensaje incendiario a los creyentes del mundo cristiano llamándoles a la venganza, a una cruzada contra el conde Raimundo y sus subditos. En el mensaje apostólico se decía: "Declaramos con tal motivo libres de sus obligaciones a todos los ligados con el conde de Tolosa por el juramento feudal, por los lazos de parentesco o cualesquiera otros, y autorizamos a todo católico para que, sin vulnerar los derechos del soberano (es decir, del rey francés), persiga al mencionado conde en persona, ocupe sus tierras y las posea. ¡Alzaos, guerreros de Jesucristo! ¡Exterminad el sacrilegio por todos los medios que os revele Dios! Tended lejos vuestras manos y pelead animadamente con los propagadores de herejía; tratadles peor que a los sarracenos, porque son peores que éstos. En cuanto al conde Raimundo... expulsad a él y a sus partidarios de sus castillos, quitadles sus tierras para que católicos ortodoxos puedan ocupar los dominios de los herejes" [84•46 . Inocencio trató de explicar por 85 qué el Dios “todopoderoso” necesitaba un ejército para ajustar las cuentas a los apóstatas. "Tened presente que, al daros origen, el Creador no necesitaba vuestros servicios. También ahora puede perfectamente pasarse sin vuestra ayuda, pero vuestra participación contribuirá a actuar con mayor éxito, mientras que vuestra inacción debilitará su omnipotencia" [85•47 . Además de otorgar a los cruzados la absolución de los pecados, el Papa les prometió algo más sustancial: la exención del pago de los intereses en concepto de deudas mientras participasen en la guerra contra los herejes.
p Esta vez Inocencio III logró juntar en el Norte de Francia un ejército de aventureros de toda clase, ávidos de bienes ajenos, con Simón de Mpntfort a la cabeza. Raimundo se mostró penitente, sea por miedo a la guerra contra Montfort o porque esperaba engañarle. A instancias del legado apostólico entregó sin combate a los cruzados las siete fortalezas más importantes y prometió cumplir todas las exigencias de Inocencio III. Le obligaron a presentarse en la ciudad de Saint-Gilíes, donde había sido asesinado Castelnau, y, desnudo hasta la cintura, comparecer ante el legado, que se encontraba en el atrio de la catedral, rodeado de obispos y en medio de una gran concurrencia de gente. El legado puso en el cuello de Raimundo una estola, atada al modo de nudo corredizo, y le introdujo en la catedral, como llevándolo de la rienda, mientras que los asistentes pegaban golpes en los hombros y la espalda del procer penitente. Ante el altar fue perdonado. Luego tuvo que descender a la cripta para rendir tributo al sepulcro de Pedro de Castelnau, cuya alma, como afirmaban los eclesiásticos, "se regocijó" al ver la humillación de su enemigo jurado.
p La dirección de la resistencia a los cruzados en Languedoc pasó a Roger, sobrino del conde Raimundo. Para combatirle salió de Lyon un ejército enorme, compuesto de 20.000 cruzados a caballo y 200.000 a pie, alentados por un nuevo mensaje del feroz Inocencio III: "¡Adelante, bizarros soldados de Cristo! Id con toda prisa al encuentro de los precursores del Anticristo y derribad a los servidores de la serpiente del Antiguo Testamento. Hasta ahora habéis combatido quizás por la gloria pasajera; hoy debéis combatir por la gloria eterna. Antes combatisteis por el mundo, ahora combatid 86 por Dios. No os prometemos nada aquí, en la Tierra, por vuestro armado servicio a Dios; no, entraréis en el Reino de los Cielos, esto sí os prometemos solemnemente”.
p Los cruzados avanzaron, sembrando la muerte, sin ’ ropezar con ninguna resistencia seria por parte de los cataros (pues les estaba prohibido matar); al apoderarse de la ciudad de Béziers, uno de los puestos fortificados de éstos, la convirtieron en cenizas y pasaron a cuchillo a sus 60.000 habitantes. Cuando se le preguntaba al legado papal Amoldo Amalric, cómo se podía distinguir a los herejes de los católicos ortodoxos, les respondía: "Aniquilad a todos ellos, el Señor reconocerá a los suyos”.
p Simón de Montfort dio muestras de la misma “clemencia” respecto a sus víctimas. No se apiadó ni aún de quienes deseaban volver a ser católicos. Al ordenar que se ejecutara a uno de esos apóstatas arrepentidos, explicó: "Si miente, será castigado así por su embuste; si dice la verdad, expiará con esa ejecución su antiguo pecado”.
p Después de Béziers le llegó el turno a Carcasona, donde se encontraban las fuerzas principales de Roger. Los cruzados asediaron la ciudad, que había refugiado a miles de moradores de las poblaciones circundantes. Como estaba bien fortificada, los "soldados de Jesucristo" recurrieron a un ardid. Propusieron a Roger sostener negociaciones de paz, pero en cuanto se presentó en el campamento le apresaron pérfidamente y al cabo de poco tiempo anunciaron que había "muerto de disentería”. Al verse privados de su jefe, los asediados aceptaron las condiciones de los asaltantes: retirarse de la ciudad, varones en calzón y hembras en camisa. El "gallardo ejército cristiano" irrumpió en Carcasona y entró a saco.
p Todas las fechorías de los cruzados se. conocen por boca de participantes en esas expediciones. Los historiadores clericales no pueden negar los hechos aducidos por testigos oculares, pero no escatiman argumentos para presentarlos de la manera más conveniente. Véase, por ejemplo, cómo A. Shannon interpreta las “hazañas” de los cruzados en Languedoc: "Fue un siglo crudo y en el ejército de los cruzados faltó incluso el mínimo de disciplina y cohesión propias de las milicias feudales. Por consiguiente, cuando esta hueste irrumpió desde el Norte en las ciudades de Languedoc, no se podía esperar de los jefes militares que dirigieran sus flechas únicamente contra los “perfectos”. Ocurrió pues, con demasiada frecuencia, que los fieles 87 cayeron junto con los herejes. Aunque las tragedias individuales e incluso de grupos eran comprensibles en tales circunstancias, la represión, el desvalijamiento y el asesinato de fieles clamaron por una drástica condenación, y el pontífice protestó vigorosamente contra semejantes excesos" [87•48 .
p De los comentarios de Shannon se infiere que las barbaridades perpetradas por los cruzados en Languedoc obedecían a "condiciones objetivas”; que los papas condenaron los excesos (si bien únicamente aquellos que afectaban a los católicos ortodoxos). Pero ¿acaso la cruzada contra los albigenses no fue organizada por el Papa? /Acaso los papas no inculcaron, durante dos decenios, a los cruzados que debían exterminar a hierro y fuego a los herejes, prometiéndoles en recompensa el Reino de los Cielos? ¿No fueron los pontífices de Roma, y la Iglesia en general, los responsables del genocidio de los cataros efectuado por los cruzados en Languedoc?
p Poco después de la caída de Carcasona surgieron discordias entre los cruzados, en relación con el reparto del botín. Algunos se fueron de Languedoc para regresar a casa. Con el fin de retener a Montfort en aquella región, Inocencio prometió entregarle parte de los dominios del conde de Tolosa y ordenó a los eclesiásticos que le pasaran los valores confiscados a los herejes. Sin contentarse con esas dádivas, Montfort, aparentemente preocupado por erradicar la herejía, continuó saqueando las ciudades y aldeas de Languedoc.
p Mientras tanto, Raimundo se había hecho fuerte en Tolosa y se entregó desde allí a un complicado juego con Inocencio III. Este último insistió en que el conde se empeñase personalmente en exterminar la herejía si no quería perder todos sus dominios y ser procesado como hereje. Raimundo se lo prometió, pero no por ello puso mayor celo en la persecución de los heterodoxos. Por orden del Papa, Montfort trató de apoderarse de Tolosa, pero fue rechazado. Raimundo se aseguró el apoyo del rey Pedro de Aragón, interesado en que el condado de Tolosa siguiera existiendo como tapón entre sus propios dominios y los del rey francés. Este último tampoco permaneció de brazos cruzados; con su enérgica ayuda, Montfort logró finalmente infligir una derrota a Raimundo. El conde de Tolosa se vio precisado a huir a Inglaterra. Pedro de Aragón sucumbió en un combate.
88p Inocencio III podía ya considerarse vencedor. Había aniquilado a los cataros y a sus protectores en Languedoc. Además, había puesto “orden” en las posesiones papales, depurándolas de los patarinos y subordinando a sus propios testaferros las comunas rebeldes que amparaban a los heterodoxos. Miles de herejes habían sido expulsados de las ciudades y privados de sus bienes y medios de subsistencia; muchos de los recalcitrantes habían perdido la vida...
p Sin embargo, los éxitos obtenidos no podían disimular los vicios que seguían corroyendo y socavando el organismo de la Iglesia Católica.
p Para discutir los asuntos eclesiásticos se inauguró en 1215 en Roma el XII Concilio Ecuménico (IV Concilio de Letrán), convocado por Inocencio III. Además de los patriarcas de Constantinopla y Jerusalén, conquistados por los cruzados, acudieron a él 71 metropolitanos, 412 obispos, más de 800 abades y priores y numerosos representantes de los prelados ausentes. Estuvieron presentes también los delegados de muchos monarcas europeos. Asistieron secretamente a ese foro el conde de Tolosa y su hijo, Raimundo el Menor, que abrigaban la esperanza de obtener el perdón de Inocencio III y los padres del Concilio y recuperar aunque fuera en parte las posesiones perdidas.
p El Concilio se proponía examinar las cuestiones siguientes: arribatamiento de la "Tierra Santa" a los infieles, reforma eclesiástica, abusos del clero y modos de combatirlos, erradicación de las herejías y apaciguamiento de las almas. El Concilio privó definitivamente a Raimundo de sus posesiones, prometiendo devolverlas en parte a su hijo a condición de que fuera "digno de ello”. Aprobó un decreto sobre la lucha contra las herejías (canon. 3), que obligaba a las potestades seglares y eclesiásticas a perseguir incesantemente a los herejes. Reproducimos a continuación ese documento, que sirvió de base jurídica para el establecimiento de la Inquisición:
p “Excomulgamos y anatematizamos toda herejía opuesta a la santa fe, ortodoxa y católica... Condenamos a todos los herejes, llámense como se llamen; difieren por la faz, pero están ligados por el rabo, ya que la vanidad les reúne. Todos los herejes condenados deberán ser entregados a las autoridades seculares competentes o a sus representantes para sufrir la pena merecida. Los clérigos serán degradados previamente de su orden. Los bienes de esos condenados, 89 si son laicos, serán confiscados, y si son clérigos, se atribuirán a la Iglesia que les daba su salario. Los simplemente sospechosos de herejía, que no puedan probar su inocencia en cuanto a los motivos de sospecha y a su comportamiento personal por una justificación adecuada, serán anatematizados... Si permanecen excomulgados durante un año, condéneselos como herejes. Que se advierta, exhorte y, en caso necesario, obligue por censura eclesiástica a los poderes seculares, sea cual fuere su función, si quieren ser fíeles y tener la reputación de tales, a prestar para defender la fe el juramento público, conforme a su potestad, de expulsar de las tierras sujetas a su jurisdicción a todos los herejes designados por la Iglesia. En adelante, cada vez que una persona sea promovida a un poder temporal, se le exigirá asumir este compromiso bajo juramento. Si un señor temporal requerido y advertido por la Iglesia descuida de limpiar sus tierras de esa herejía infecta, el obispo metropolitano y sus sufragáneos lo declararán excomulgado. Si continúa descuidando durante un año, se avisará de ello al soberano pontífice para que desligue a los vasallos de ese señor de la fidelidad al mismo y exponga su tierra a la invasión de católicos; que éstos, después de expulsar a los heterodoxos, tomen posesión de ella sin oposición y la mantengan en la puridad de la fe. Los derechos del señor quedarán intactos con tal que no haya hecho oposición o puesto obstáculos. La misma regla se observará respecto a los que no tienen soberano. Los católicos que tomen la cruz y se armen para expulsar a los herejes gozarán de la indulgencia y del santo privilegio que se conceden a los empeñados en la liberación de la Tierra Santa.
p Decretamos excomulgados a los que dan crédito a los herejes, los reciben, los defienden y les ayudan; estatuimos que todo el marcado de excomunión por tales faltas, que descuide de satisfacer durante un año, será declarado ipso facto infame e inepto para ninguna función pública o consejo, incapaz de ser elegido para estas funciones y privado del derecho de testificar. Que sea incluso “intestable”, es decir, privado del derecho de testar y de heredar por sucesión. Nadie puede ser constreñido a responderle en un negocio, cualquiera que sea, pero él mismo está constreñido a responder a otros... En cuanto a los que descuiden de evitar a los denunciados por la Iglesia, es preciso considerarlos excomulgados hasta una satisfacción digna. Los clérigos negarán a estos 90 apestados los sacramentos de la Iglesia; les descartarán de la sepultura cristiana y rechazarán sus limosnas y ofrendas, so pena de la pérdida de su oficio sin reintegración posible, salvo por indulto especial de la sede apostólica... Además, todo arzobispo u obispo debe visitar una o dos veces al año, en persona o por medio de su arquidiácono u otras personas honorables y competentes, su propia diócesis si ésta tiene la reputación de abrigar a herejes, donde hará jurar a tres o más hombres de buen testimonio, o incluso a todo el vecindario, si lo estima conveniente, que revelarían al obispo a quienes, que ellos supieran, eran herejes, a las gentes que tenían conciliábulos secretos y se apartaban en su vida o sus costumbres del comportamiento habitual de los fieles. Que el obispo haga comparecer en su presencia a los acusados; si ellos no pueden justificarse de la acusación o recaen en sus errores pasados después de justificarse, que sean castigados con penas canónicas. Todo el que rechace, sumido en una obstinación culpable, el lazo del juramento y se niegue a prestarlo, deberá en virtud de este mismo hecho calificarse de hereje. Queremos, mandamos y ordenamos a los obispos, en términos de rigurosa obediencia que velen atentamente por la aplicación de esas medidas en sus diócesis, si quieren evitar las sanciones canónicas. El obispo que dé muestras de negligencia o lentitud en la obra de expurgar su diócesis de los fermentos de herejía, manifestados por signos certeros, será depuesto del cargo episcopal y sustituido por un hombre idóneo, resuelto a extirpar la herejía" [90•49 .
p Esta disposición del IV Concilio de Letrán tiene una importancia excepcional, permitiendo establecer la responsabilidad de la Iglesia por la persecución de los disidentes. Los panegiristas católicos afirman que los herejes fueron perseguidos físicamente por las autoridades laicas y que la Iglesia no tenía nada que ver con eso. Pero la lucha de la Santa Sede contra los condes de Tolosa tuvo por objeto, precisamente, obligarlos a participar en la represión de los herejes. El texto arriba aducido del 3er canon aprobado por el IV Concilio de Letrán, muestra que la Iglesia lo imponía a todos los señores temporales so pena de excomunión y desposeimiento. ¿Acaso es posible, en vista de ello, sostener que la Iglesia no era en modo alguno responsable de la persecución de los herejes por las autoridades laicas?
91p El Concilio obligó a cada creyente a confesar a su párroco una vez al año, como mínimo, y a comulgar por lo menos en la Pascua. Los feligreses que prescindieran de estos ritos serían declarados herejes y se les privaría de la sepultura cristiana. Es del todo evidente que al decretarlo, el Concilio quería utilizar la confesión como fuente de datos sobre los herejes, y la comunión como medio de presión sobre los feligreses vacilantes.
p En el Concilio se examinaron también, además de las represiones, otros modos de combatir la herejía. Inocencio III y muchos jerarcas eclesiásticos se daban perfecta cuenta de que el progreso de la herejía se explicaba en parte por el decaimiento del prestigio moral de los clérigos. En particular, se dejaba sentir la corrupción de las órdenes monacales viejas, cuyos miembros eran considerados por la mayoría de los creyentes como lobos famélicos empeñados en la caza de ovejas. Además, por regla general, los monasterios obedecían a la voluntad de los señores locales más que a Roma. La Santa Sede no podía contar con que esos monasterios le prestarían un apoyo y ayuda eficaces en la lucha por la prioridad ante el poder secular. El Concilio adoptó varias disposiciones autorizando al Papa para reorganizar las órdenes monacales existentes. Pero también se imponía otra solución: instituir órdenes nuevas, independientes de la jerarquía eclesiástica local y de los señores feudales, que estuvieran subordinadas directamente a la Santa Sede y cumplieran sin reservas su voluntad. En efecto, pese a la prohibición de fundar órdenes monacales nuevas dictada por el Concilio, el nuevo Papa Honorio III estableció en 1216, cuando no habían concluido aún las deliberaciones de aquél, la orden “mendicante” de predicadores, fundada por el ya mencionado agustino español Domingo de Guzmán, participante activo en la persecución de los cataros en Languedoc.
p Domingo se distinguía por a ciega fidelidad a la sede apostólica. A juzgar por todos los indicios, fue una especie de fanático desalmado, dispuesto a perpetrar cualquier crimen en aras de la "causa santa”. Bertrand Russell encuentra en él un solo rasgo humano: le gustaba hablar con mujeres jóvenes más que con viejas [91•50 .
92p Domingo supo determinar un lado fuerte de los cataros: poseían el don de prédica, perdido por la Iglesia, y, además, sabían de memoria los textos eclesiásticos, que los clérigos habían olvidado hacía ya mucho tiempo. Se propuso crear una orden que se dedicase exclusivamente a revelar y desenmascarar a los herejes y protegiera la Santa Sede contra sus denuncias. Los miembros de la nueva orden adoptaron un uniforme: vestidura blanca y sandalias puestas en los pies desnudos. De modo que exteriormente se asemejaban a los cataros ’-’perfectos”. El voto de pobreza que hacían los don inicos aumentaba su prestigio entre los creyentes. Por su estructura, la orden se parecía a una organización militar estrictamente centralizada; la encabezaba un general, subordinado directamente al Papa. El emblema de los dominicos representaba un perro con una antorcha encendida en la boca. En consonancia con el nombre del fundador de la orden, sus miembros se llamaban a sí mismos Domini canes (perros del Señor). La nueva orden no tardó en echar la zarpa a las universidades de Francia e Italia.
p Los dominicos participa on con mucho celo en la represión de los movimientos heréticos. En virtud de los relevantes méritos manifestados por la Orden en esa sangrienta liza, la sede apostólica elevó a Domingo al rango de Santo en 1234, sólo 13 años después de su muerte.
p La disciplina férrea y la fidelidad verdaderamente canina de los dominicos al Vaticano los convirtieron rápidamente en fuerza de choque de la reacción católica. Era lógico, pues, que esa "milicia de Jesucristo" (otra denominad” n de la orden) se pusiera al frente de la Inquisición y fuera utilizada por los papas como instrumento de penetración en los países no católicos. En 1233, a los 17 años de la fundación de la Orden, los dominicos hicieron su aparición en Rusia, instalando un monasterio cerca de Kíev. Poco después penetraron también en Bohemia, Polonia y la región del Báltico. En 1247, el Papa envió una legación dominica al gran kan mogol, y en 1249, otra análoga al Irán. En 1272 se establecieron en China y pasaron al Japón y otros países asiáticos. En África, llegaron hasta Abisinia. En el siglo XVI prestaron enérgico concurso a la conquista y subyugación, por los españoles y portugueses, de América Central y del Sur.
p A diferencia de los dominicos, que eran una especie de élite de la Iglesia Católica, los franciscanos (miembros de una orden fundada también a principios del siglo XIII), 93 debieron ganar para la Iglesia a los elementos plebeyos, predicando en las masas la resignación, la sumisión y el amor a los sufrimientos. La orden franciscana fue establecida por el italiano Francisco de Asís o, como se llamaba en el mundo, Giovanni Bernardone (1182-1226). Su padre fue un rico comerciante en paños. De joven, Bernardone llevó una vida ociosa y despreocupada. Durante cierto tiempo residió en Francia (por ello precisamente se le puso el apodo de Francisco). De regreso a Asís, su ciudad natal, Giovanni se dedicó a predicar entre los pobres y se hizo riguroso asceta.
p Francisco enseñó que el hombre debe tratar su propio cuerpo como a un asno; es decir, "hacerlo llevar una carga pesada, azotarlo con frecuencia y darle de comer alimentos malos”. Pero en los momentos postreros de su vida manifestó su pesar con motivo de que "al martirizarse a sí mismo en el estado sano y en la enfermedad, pecó con esa extenuación contra un hermano suyo, el asno”. Según Francisco, la resignación y la paciencia son las virtudes supremas. Se le atribuye la máxima siguiente: "El placer supremo no consiste en hacer milagros, curar a los enfermos, expulsar demonios o resucitar a los muertos, ni en el estudio y conocimiento de todas las cosas, ni tampoco en una elocuencia destinada a convertir el mundo, sino en soportar con paciencia y humildad todas las dolencias, las injurias, la injusticia y el trato brutal" [93•51 . Exhortó a los creyentes a renunciar a toda propiedad, a ayudarse mutuamente y a procurarse el alimento con el trabajo manual. Al principio, los jerarcas eclesiásticos trataron con cierto recelo a Francisco, cuya prédica de ideales del cristianismo primitivo concordaba con las doctrinas heréticas de los valdenses, a los que los franciscanos se parecían también exteriormente (sotanas negras o grises). Sin embargo, puesto que esa prédica tuvo resonante éxito entre la población, y habida cuenta de que a diferencia de los herejes, Francisco, lejos de criticar la Iglesia oficial, destacó en toda ocasión su propia lealtad a la sede apostólica, el Papa Inocencio III decidió prestarle apoyo, permitiendo fundar la orden mendicante de los “minoritas” (franciscanos) [93•52 , análoga en principio, por 94 su estructura, a la dominica. Los minoritas respaldados por la Santa Sede se convirtieron rápidamente en organización de masas internacional. A fines del siglo XIII disponían ya de más de mil monasterios en varios países europeos.
p Los papas protegieron por todos los medios a los dominicos y franciscanos. Su actividad no se sujetaba al control de los obispos locales, se trasladaban sin obstáculos por el mundo entero y fueron tildados merecidamente de espías papales. Pudieron confesar, imponer y anular penitencias y excomuniones, vivir entre herejes, fingir ser como ellos, si los intereses de la Iglesia lo exigían, etc. Sus jefes hacían rápidamente carrera eclesiástica, se les concedieron generosamente los títulos de cardenal y con frecuencia fueron elegidos papas. Ambas órdenes merecieron sin duda esos privilegios, puesto que su actividad “social”, en combinación con la represiva ( Inquisición), con la que tuvieron relación directa, en el siglo XIII contribuyó a salvar a la Iglesia Católica de la ruina que traían aparejada la corrupción moral de los clérigos, la política antipapal de muchas cortes reales ansiosas de sacudirse la tutela eclesiástica y las herejías preñadas de revolución plebeya.
p Pero el fervor devoto de los franciscanos demostró ser tan efímero como el de los dominicos. De existir Satanás —dijo Bertrand Russell—, el futuro de la orden fundada por Francisco le proporcionaría el placer más exquisito. Tomando en consideración la personalidad de Francisco y los objetivos que se planteaba, es imposible imaginarse un resultado que tenga visos de una mofa más cruel [94•53 . Esto se refiere en igual medida a la Orden dominica.
p Al cabo de unos cuantos decenios, de la mendicidad de ambas instituciones sólo quedaban el uniforme y el título. Gracias a las dádivas papales y laicas, los franciscanos y los dominicos acumularon inmuebles, latifundios y tesoros inmensos. Sus constantes reyertas y rivalidades mutuas convinieron a los papas, permitiéndoles controlar a unos y a otros. En el siglo XVI, la decadencia de esas órdenes alcanzó un grado tal que el Papado, para salvarse, tuvo que fundar otra nueva, cien veces superior a sus predecesoras por la astucia, la hipocresía y el fariseísmo: la orden de los jesuítas.
p Aunque los caudales de las órdenes fueron considerados formalmente propiedad de la sede apostólica y, desde el punto 95 de vista jurídico, sólo se encontraban en usufructo temporal de aquéllas, tales riquezas, como asimismo la participación de sus jefes en toda clase de intrigas políticas en interés de los potentados, no pudieron dejar de suscitar, con el transcurso del tiempo, la efervescencia y el descontento entre los monjes rasos. Hendiduras particularmente profundas produjéronse en la orden franciscana. A diferencia de los dominicos, que se reclutaron en las capas acomodadas de la población, los franciscanos procedían en su mayoría de la plebe urbana y campesina. Fue así que la orden franciscana, además de participar en el aplastamiento de movimientos heréticos “ajenos”, tuvo que reprimir la facción en sus propias filas, y como era costumbre en estos casos, lo hacía con una mayor brutalidad. El propio Francisco abandonó poco antes de su muerte la orden que había fundado, al convencerse de que ésta seguía un camino muy distinto al ideado. No obstante, la sede apostólica incluyó a Francisco en la pléyade de santos cuando aún no habían transcurrido dos años desde su fallecimiento.
p Otros franciscanos no tuvieron tanta suerte. Los espirituales u observantes (nombre dado a los franciscanos adictos al ideal primitivo de la orden: pobreza no sólo en la teoría sino también en la práctica) fueron acosados por la Inquisición como los herejes más peligrosos. Se les ponían diversos rótulos heréticos, entre ellos el de seguir la doctrina de Joaquín de Fiore, monje cisterciense que a fines del siglo XII denunció a la Iglesia desde posiciones del cristianismo primitivo y dio comienzo a la secta joaquinista, condenada por el XII Concilio ecuménico.
p De la orden franciscana salió un selecto grupo de pensadores: Roger Bacon, John Duns Scotus, William Ockham, Raimundo Lulio y otros. Algunos de ellos sufrieron persecuciones de las autoridades eclesiásticas.
p Pero volvamos a la tragedia albigense. Hemos visto que el IV Concilio de Letrán se negó a devolver a Raimundo sus posesiones en Languedpc, a pesar de que el viejo conde y su hijo de 18 años, Raimundo el Menor, habían confesado todos sus pecados posibles y habían jurado no apiadarse de los herejes. La Santa Sede no necesitaba ya de sus servicios. Además, en las tierras de Languedoc se habían instalado firmemente el conde de Montfort y sus allegados, que por supuesto no tenían la menor intención de entregarlas a sus antiguos propietarios y recientes adversarios.
96p A los condes de Tolosa no les qu-daba otro camino que proseguir la lucha. Después del Concilio de Letrán fueron a sus antiguos dominios para enarbolar de nuevo la bandera de la insurrección. La población local, oprimida por los saqueos y represalias de los cruzados, apoyó con entusiasmo a sus ex gobernantes. La guerra de los Raimundos con Montfort estalló con redoblado vigor. Mientras tanto, Honorio III había sucedido al difunto Inocencio III y continuó la política de su predecesor. Respondiendo a las llamadas del nuevo Papa, acudieron en ayuda de Montfort bandas de caballeros de toda Europa, ávidos de lo ajeno, pero los Raimundos, respaldados por el pueblo, se mantuvieron en Tolosa por espacio de varios años. En 1218, durante el asedio de esa ciudad, cayo el propio Montfort y quedaron gravemente heridos su hermano e hjjo mayor. La guerra duró, con suerte alterna, unos cuantos años más. En 1222 murió Raimundo VI. Los clérigos se negaron a sepultarlo. Las hostilidades continuaron entre Raimundo VII y Amaury, hijo de Montfort. En 1227, Amaury pidió al rey francés Luis IX que enviara tropas para ayudarle, prometiendo entregar sus posesiones al propio monarca. En el mismo año se firmó en Meaux el acu rdo correspondiente. La intervención de Luis IX obligó a Raimundo VII a capitular. La paz se compró a alto precio.
p En virtud del Tratado de París de 1229, la hija de Raimundo VII, proclamada heredera de sus dominios, se casó con un hermano de Luis IX. Como resultado de esa transacción, dichos dominios debían pasar, cuando falleciera su dueño, a la corona francesa. La Santa Sede lo aprobó, habiendo obtenido previamente de Raimundo VII y Luis IX el compromiso formal de perseguir la herejía conforme a los decretos del IV Concilio de Letrán, aceptados con adiciones muy sustanciales por el Concilio local de Tolosa en 1229. Esas adiciones consistieron en lo siguiente: se prescribía a los obispos nombrar en cada parroquia a uno o varios sacerdotes investidos con la función inquisitorial de buscar y detener a los herejes, si bien el procesamiento de éstos seguía siendo prerrogativa del obispo. Los penitentes voluntarios debieron ser desterrados. Para que se pudiera identificarlos estaban obligados a llevar sobre su vestido (en las espaldas y el pecho), como signo distintivo, una cruz hecha de tela de coloi; los arrepentidos por temor a la pena de muerte se castigaban con la reclusión carcelaria "hasta la expiación del pecado”. Los párrocos 97 tuvieron que exponer las listas de feligreses a la vista de todos. Estos—los varones a partir de los 14 años de edad y las del sexo femenino a partir de los 12 años—debieron anatemizar públicamente la herejía y jurar que perseguirían a los herejes y permanecerían fieles a la Iglesia Católica. El juramento se reanudaba cada dos años; la negativa de prestar juramento implicaba la inculpación de herejía.
p Los creyentes tuvieron que confesarse tres veces al año (fiestas de la Navidad, las Pascuas y la Santísima Trinidad). Por la entrega de un hereje, la Iglesia prometía pagar al delator 2 marcos de plata anuales durante dos años. El culpable de haber auxiliado a herejes era desposeído y se ponía a disposición del señor, que podía castigarlo "como deseara”. La casa de aquél se quemaba y su propiedad se confiscaba. El hereje reconciliado con la Iglesia perdía los derechos civiles; a los médicos acusados de herejía se les prohibía ejercer su profesión. Las autoridades locales estaban obligadas, so pena de excomunión y de confiscación de los bienes, a velar por el cumplimiento de esas disposiciones del Concilio de Tolosa [97•54 .
p Por último, hay que mencionar otra innovación importante: prohibición a todos los creyentes de tener y leer la Biblia, incluso en latín, otorgándose esta prerrogativa exclusivamente al clero. La Iglesia no tardó en hacer extensivo ese veto a los católicos de otros países.
p Los acuerdos del Concilio de Tolosa, incorporados al Tratado de París, constituyeron una importante etapa de la peculiar escalada que culminó en el establecimiento del tribunal permanente de la Inquisición.
p Durante una cruenta guerra de 20 años en Languedoc, los cruzados aniquilaron a más de un millón de habitantes pacíficos y convirtieron en ruinas sus prósperas ciudades y aldeas. Los cataros fueron literalmente borrados de la faz de la tierra.
p ¿Por qué, entonces, el investigador francés Ernest Fornairon y algunos otros afirman que la guerra albigense " continúa en nuestros días" [97•55 ? Porque también en nuestro tiempo existen los paladines de la "fe auténtica" que no dejan de vilipendiar a los cataros, de lanzar calumnias contra ellos, para justificar de este modo a sus verdugos y el principio mismo 98 de exterminio de cuantos se opongan al orden social que les conviene.
p A comienzos del siglo XX, el clerical Vacandard trató de exculpar la matanza de los cataros, diciendo que su doctrina era “antisocial”. Según él, "al perseguir con saña a los cataros, la Iglesia actuó verdaderamente en favor del bien público. El Estado se vio en el deber de ayudarle con la fuerza, si no quería perecer con todo el orden social. Esto explica, justificándola hasta cierto grado, la acción emprendida conjuntamente por la Iglesia y el Estado con el fin de suprimir la herejía catara" [98•56 .
p Tentativas de cohonestar las degollinas y el exterminio de la Iglesia y los señores feudales, aliados suyos, de que fueron víctima los cataros se hacen también en nuestros días. Así, el historiador francés Fernand Niel insiste en el carácter "peligroso, amoral y antisocial" del catarismo; a su juicio, los albigenses eran "anarquistas que ponían en peligro la sociedad" y su "exterminio salvó al género humano" [98•57 . Surge entonces naturalmente la pregunta: con semejante argumentación, ¿no se proponen acaso los píos autores sugerir al lector la idea de que también hoy es posible “salvar” a la humanidad y el régimen social explotador, aniquilando a "los anarquistas que ponen en peligro la sociedad”?
p La sangrienta guerra de Languedoc culminó con la victoria completa de la sede apostólica, que obligó finalmente al poder laico a participar en la extirpación de la herejía. Sin embargo, durante largo tiempo este último se mostró reacio a ello, ya que el aniquilamiento de una parte de la población productiva contradecía sus propios intereses. No obstante, las consideraciones dinásticas y el afán de expansión se impusieron a las razones morales y de otro orden. Además, los gobernantes seglares encontraron en la Inquisición un instrumento susceptible de reforzar su propia influencia.
p De ello se dio cuenta Luis IX, a quien la Iglesia adjudicó, en señal de reconocimiento, el título de “santo”, y lo comprendió también, anteriormente, el emperador Federico II (1218-1250), nieto de Barbarroja.
p Federico II fue un hombre ilustrado y muy crítico en las cuestiones de la religión. Se le atribuía un panfleto herético titulado Acerca de tres embusteros, en el que fueron objeto 99 de burlas mordaces Moisés, Jesucristo y Mahoma. La Santa Sede se mostró constantemente hostil a Federico II, considerándolo un serio rival en la lucha por la influencia política en el mundo cristiano. Gregorio IX (1227—1241), sobrino de Inocencio III, elegido Papa a la edad de 86 años (para asombro de todos, logró cumplir los lüü), excomulgó dos veces al monarca rebelde.
p Pero al fin y al cabo, Federico II tuvo que ceder ante las intrigas de Roma, comprándose una relativa tranquilidad con la promesa de reprimir a los herejes. En 1224 promulgó en Padua un edicto sobre la lucha contra la herejía, que prescribía castigar a los herejes condenados por la Iglesia y entregados a los tribunales seculares, aplicándoles penas diversas, inclusive la capital. Se imponía al poder secular la obligación de detener y procesar, a petición de clérigos o simplemente de católicos celosos, a todos los sospechosos de herejía. Los herejes reconciliados con la Iglesia fueron constreñidos a participar en la búsqueda de otros; los que abjuraban de la herejía por miedo a la ejecución y, después de “curarse” reincidían en ella, eran condenados a la pena capital. La ofensa de la majestad divina—decía el edicto—es un crimen mayor que el de ofender la majestad humana. Puesto que Dios castiga a los hijos por los pecados de sus padres, para enseñarles a no imitar a sus antecesores, los descendentes de los herejes, hasta la segunda generación, quedaban impedidos de ocupar cargos públicos y de honor. La única excepción eran los que habían delatado a sus padres.
Por lo que respecta a la historia de la Inquisición, constituía un elemento sustancial del edicto el consentimiento del emperador en prestar toda clase de apoyo y amparo a los monjes dominicos en la persecución de la herejía. "Queremos también—declaró Federico—que todos sepan que hemos otorgado nuestra protección especial a los monjes de la Orden de Predicadores enviados a nuestros dominios para defender la fe contra los herejes, como asimismo a quienes les ayuden, en el procesamiento de los culpables, lo mismo cuando esos monjes viven en una ciudad de nuestro imperio que cuando se trasladan de una ciudad a otra o consideran necesario regresar al lugar anterior; y ordenamos que todos nuestros subditos les ayuden y les presten concurso. Por eso deseamos que sean recibidos con benevolencia en todas partes y protegidos contra los
100 atentados posibles de los herejes; que nuestros subditos les presten la ayuda que necesiten para cumplir su cometido y la misión encomendada en aras de la fe, detengan a los herejes señalados en su lugar de residencia y los guarden en cárceles seguras hasta que, condenados por un tribunal eclesiástico, sufran el merecido castigo. Hay que hacerlo estando convencidos de que la contribución a esos monjes en su obra de exonerar al Imperio de la pestilencia de la nueva herejía instalada en él supone un servicio a Dios y es de utilidad para el Estado" [100•58 .p El edicto de Federico II significó una gran victoria de la Iglesia, ya que la tesis sobre la responsabilidad del poder secular en lo tocante a la persecución y erradicación de la herejía, formulada en el XII Concilio Ecuménico, se hacía extensiva a todo el Sacro Imperio Romano Germánico. A partir de entonces, como dice H. Ch. Lea, el deber de perseguir a los herejes incumbía a todos, desde el Emperador hasta el campesino más tosco, bajo la amenaza de todas las sanciones espirituales y carnales que pudo administrar la Iglesia en el siglo XIII [100•59 .
p Al asociarse Federico II y Luis IX a la persecución de los herejes, se dieron condiciones propicias para establecer los tribunales inquisitorios directamente controlados por la sede apostólica. En febrero de 1231, Gregorio IX editó un nuevo edicto (Constitución general), en el que excomulgaba otra vez a los herejes y exhortaba a las autoridades eclesiásticas y laicas a perseguirlos y a reprimirlos. En el mismo año, el senador romano Annibale (gobernador de Roma subordinado al Papa) nombró inquisidores especiales autorizados para perseguir (detener y juzgar) a los herejes. Poco después, el Papa envió inquisidores investidos de poderes análogos a Mainz, Milán y Florencia.
p Constituyeron la etapa siguiente en el establecimiento de la Inquisición dos bulas de Gregorio IX fechadas el 20 de abril de 1233, que encomendaban a los monjes dominicos la persecución de los herejes en Francia. La primera, titulada lile humani generis, iba dirigida a los obispos de Francia. El Papa decía en ella, no sin hipocresía: "Viendo que ustedes 101 están sumidos en el torbellino de preocupaciones y apenas pueden respirar bajo la presión de congojas abrumadoras, consideramos útil aliviar su carga para que puedan soportarla más fácilmente”. El “alivio” consistió en el envío, para ayudar a los obispos, de monjes dominicos investidos de poderes ilimitados en la persecución de los herejes. Los obispos, considerados, según la tradición eclesiástica, como gobernantes supremos de sus diócesis, no tenían ganas de compartir su poder con los monjes mendicantes, sin hablar ya de que experimentaron bastante miedo a esa policía papal secreta, la cual podía a su antojo calificar de herejes no sólo a los prelados recalcitrantes, sino también a los demasiado celosos en su odio a la herejía. El Papa ordenó a los obispos, "puesto que reverencian la Santa Sede”, recibir amablemente a sus emisarios y prestarles ayuda "a fin de que puedan cumplir bien su cometido”.
p La segunda bula, Licet ad capiendos, dirigida a los "priores y frailes de la Orden de Predicadores, inquisidores”, daba a los dominicos la instrucción siguiente: "Dondequiera que os ocurra predicar estáis facultados, si los pecadores persisten en defender la herejía a pesar de las advertencias, para privarlos por siempre de sus beneficios espirituales y proceder contra ellos y todos otros, sin apelación, solicitando en caso necesario la ayuda de las autoridades seculares y venciendo su oposición, si esto se requiere, por medio de censuras eclesiásticas inapelables" [101•60 . Este mensaje encomendó prácticamente a la orden dominica la lucha contra la herejía en todo el mundo cristiano.
p Ambas bulas de Gregorio IX fueron confirmadas, con algunas modificaciones parciales y precisiones, por sumos pontífices posteriores.
p En la literatura eclesiástica moderna se afirma que el Papado estableció la Inquisición sólo después de no haberse justificado los métodos de conversión de los herejes mediante las exhortaciones y la excomunión, “tradicionales” para la Iglesia. En opinión de Shannon, por ejemplo, Inocencio III, Honorio III y Gregorio IX intentaron limpiar la Iglesia de la herejía y restablecer la unidad a través del "reforzamiento de la vigilancia episcopal. Pero todos los métodos tradicionales se habían agotado sin dar los resultados apetecidos" [101•61 .
102p Los hechos que hemos aducido refutan semejantes infundios. Precisamente los papas arriba mencionados propugnaron los métodos violentos de lucha contra la herejía. Es más, la Inquisición se institucionalizó después de la derrota de los cataros, cuando éstos ya habían dejado de ser peligrosos para la Iglesia.
p En 1252, el Papa Inocencio IV editó la bula Ad extirpanda, que institucionalizaba los tribunales inquisitorios y les autorizaba para aplicar la tortura. Con arreglo a la bula se instituían en las diócesis comisiones especiales para combatir la herejía, compuestas de 12 católicos ortodoxos, dos notarios y dos o más empleados, y encabezadas por un obispo y dos monjes de órdenes mendicantes, al objeto de detener a los herejes, interrogarlos y confiscar sus bienes. Pronunciar la sentencia incumbía al obispo y a los dos monjes, que, además, regulaban a su antojo la composición de las comisiones. El poder secular y todos los creyentes estaban obligados a contribuir a la actividad de esos organismos que, en rigor, eran ya tribunales de Inquisición. Si la población local oponía resistencia a la detención de herejes, la responsabilidad recaía en toda la comunidad. Las autoridades seculares estaban obligadas a torturar a los encubridores de herejes cuando los inquisidores lo exigieran. Las mismas autoridades tenían que incluir las susodichas disposiciones en los códigos de leyes locales y retirar de éstos todo lo incompatible con la bula. Se les prescribía también la obligación, bajo juramento y so pena de excomunión, de respetar las directrices de la Iglesia concernientes a la extirpación de la herejía. Todo descuido en su cumplimiento se estigmatizaba como perjurio, llevando aparejadas la deshonra eterna, una multa de 200 marcos y la sospecha de herejía, que amenazaba con la pérdida del puesto y la imposibilidad de ocupar jamás ningún otro.
p La misma bula fue confirmada por sumos pontífices posteriores, con la particularidad de que Clemente IV, en 1265, llamaba ya inquisidores a los obispos y monjes, miembros de la comisión, haciendo recaer sobre ellos toda la responsabilidad de la lucha contra la herejía.
p Esa actividad legislativa, si es que así puede llamarse, de la Santa Sede encaminada a crear la Inquisición, iba acompañada de una intensa labor práctica de persecución de los herejes en todos los países comprendidos en la esfera de influencia de la Iglesia Católica.
103p La Inquisición amenazó con una represión feroz a todos los críticos del régimen existente, a todo el que osara denunciar el libertinaje, la venalidad y la codicia del clero o pusiera en duda la veracidad de los dogmas eclesiásticos. En el siglo XIII no había en la Europa católica ni un solo lugar donde no ardieran las hogueras incinerando a herejes, imaginarios o auténticos.
p En las regiones meridionales de Francia, después de su incorporación al reino francés en 1229, los inquisidores papales continuaron descuajando la herejía durante todo el siglo XIII. En el Norte del país desplegaron una acción no menos enérgica. El poder real estableció poco a poco su control sobre la actividad de los inquisidores; éstos se vieron subordinados a los parlamentos y a las cortes reales supremas, que con el transcurso del tiempo asumieron plenamente las funciones de tribunales inquisitorios. Así pues, la Inquisición se convirtió en Francia en dócil instrumento de los reyes, contribuyendo al reforzamiento del absolutismo.
p También en otros países se observó el proceso de sometimiento de la Inquisición al poder real. En Venecia y otras repúblicas italianas, la actividad de esa institución terrorista pasó a ser controlada asimismo por el poder laico.
p A la vez que se estableció la Inquisición y progresaron sus sangrientas acciones, los teólogos trataron de fundamentar la necesidad y legitimidad de la misma en el plano teórico. Tomás de Aquino (1225-1274) -"doctor angélico”, corifeo teológico medieval que la Iglesia venera hasta ahora y considera como santo—dedicó no poca atención a ese problema en su obra fundamental Summa de Veritate Catholicae Fidel contra Gentiles. Afirmaba en ese tratado que es lícito hacer observar a los herejes sus compromisos contraídos con la Iglesia antes de abandonarla. Porque si uno abraza la fe por un acto de libre albedrío, seguir fiel a ella es una obligación. La herejía es un pecado; los culpables de él merecen no sólo la excomunión, sino también la privación de la vida, la muerte. Según la doctrina de Tomás, tergiversar la religión, de la que depende la vida eterna, es un crimen mucho más grave que falsificar monedas, las cuales sólo sirven para satisfacer las necesidades de la vida terrenal efímera. Por consiguiente, si los monederos falsos, como otros malhechores, son castigados justamente con la muerte por soberanos laicos, es más justo todavía ejecutar a los herejes convictos.
104p La Iglesia—dijo Tomás de Aquino—, llena de misericordia cristiana, empieza por exhortar a un hereje a que se arrepienta. "Si el hereje persevera, la Iglesia, no confiando en que sea convertido y preocupándose por la salvación de otros, lo elimina mediante la excomunión, y lo entrega luego a la justicia laica, para que lo elimine del mundo por medio de la muerte" [104•62 .
p Tomás de Aquino creó toda una teoría del bien y el mal, por la que trató de explicar cómo el Omnipotente habia podido, en general, admitir la aparición de herejías. Postuló que, a semejanza de una herida en el cuerpo del hombre, el mal acompaña la perfección. La existincia del mal permite distinguir el bien, y la extirpación del primero refuerza el segundo. Del mismo modo que el león se alimenta de asno, asi también el bien se nutre del mal. Tal es la razón de que a Dios le sea imposible crear a un hombre sin pecado, como es imposible obtener un círculo cuadrado. De ello se infería lo siguiente: por una parte, la herejía es una vileza indestructible, mas, de otro lado, la Iglesia debe "nutrirse de herejes en nombre de la salvación de todos los creyentes”.
A fines del siglo XIII, la Europa católica estaba cubierta de una red de tribunales inquisitorios. Como hace constar H. Ch. Lea, su actividad era permanente como la acción de las leyes de la Naturaleza, con lo que se privaba a los herejes de toda esperanza de ganar tiempo y esconderse pasando de un país a otro. La Inquisición representaba una verdadera policía internacional en la época en que "la comunicación internacional fue tan imperfecta. La Inquisición tuvo un brazo largo y una memoria irreprochable, y podemos comprender claramente el terror misterioso inspirado por el carácter secreto de sus operaciones y su vigilancia casi sobrenatural... Una sola detención feliz de un hereje y una confesión arrancada por la tortura podían indicar a los perros sabuesos la pista de centenares de personas que se consideraban seguras, y cada víctima nueva daba una nueva serie de denuncias. El hereje vivió sobre un volcán, que en todo momento podía entrar en erupción y tragarlo. Porque a los ojos de los hombres, la Inquisición fue ubicua, omnisciente y omnipotente...” [104•63 .
Notes
[77•35] Archivo de Marx y Engels, t. V, pp. 232, 233.
[78•36] A. C. Shannon. The Popes and Hcrexy..., p. 8.
[78•37] Véase H. Sónderberg. La Religión des Cathiires. Uppsala. 1945, pp. 37-44.
[79•38] S. G. Lozinski. Historia del Papudo. M., 1961, pp. 151-152.
[80•39] A. C. Shannon. The Popes and Heresy..., p. 24.
[80•40] Véase N. A. Sídorova. Ensayos de historia de la cultura urbana primitiva en Francia. M., 1953, p. 135.
[82•41] V. I. Guerié. El Papa Inocencio III. Lecturas sobre la historia de la Edad Media, fase. II. M., 1897, pp. 385-386.
[82•42] Biblia. La profecía de Jeremías 1, 10.
[83•43] Biblia. Salmo CIX, 4.
[83•44] E. Vacandard. The ¡nauixilioti..., pp. 43—44.
[84•45] M. Pokrovski. Las herejías medivales y la Inquisición, p. 669.
[84•46] Ibíd., p. 670.
[85•47] P. des Vaux-de-Cernay. Histoire Alhigensis. Nouvelle traduction par P. Guébin el H. Maisonneuve. Paris, 1951, p. 31.
[87•48] A. C. Shannon. The Popes and Heresv..., p. 45.
[90•49] Citado según R. Foreville. Letrán I, 11, III el Letrán IV. Paris, 1965, pp. 345-347.
[91•50] B. Russell. History of Western Philosophy and its Connection with Política! and Social Circumstances from the Earliest Times to the Presen! Day. London, 1946, p. 472.
[93•51] H. Ch. Lea. A Historv of the Inquisition of the Mídale Ages t. I. New York, 1958, pp. 262-263.
[93•52] En 1212 se fundaron también la "orden segunda" -para mujeres (clarisas)- y la "orden tercera”, a cuyos miembros, los terciarios, se les permitía, a condición de que observasen los estatutos ascéticos franciscanos, vivir en el mundo, tener familia y no vestir el traje monacal.
[94•53] Véase B. Russell. History of Western Philosophy..., p. 472.
[97•54] Véase J. Guiraud. Histoire de l’Inquisition au Moren Age, t. II. pp. 1-6.
[97•55] E. Fornairon. Le mystére Cathare. Paris, 1964, p. 7.
[98•56] E. Vacandard. The inquisition..., p. 74.
[98•57] F. Niel. Albigeois et Calhares. París, 1955, p. 7.
[100•58] Citado según J. A. Llórente. Hisloire critique de l’lnquisition d’ Espagne, t. I, p. 166.
[100•59] Véase H. Ch. Lea. A History of the Inc/uisition of the Mídale Ages..., p. 266.
[101•60] Véase ibídem, pp. 328-329.
[101•61] Citado según A. C. Shannon. The Popes and Heresy..., p. 25.
[104•62] Citado según M. Pokrovski. Las herejías medievales v la Inquisición. pp. 677-678.
[104•63] H. Ch. Lea. A History of the Inquisition of the Middle Ages..., t. I, pp. 365-366
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