TRIBUNAL DE LA HISTORIA
p Al abrir este libro, el lector puede preguntar perplejo: ¿es posible que se intente de nuevo entregar la Inquisición al tribunal de la historia? ¿Acaso no la han juzgado ya investigadores de países, épocas y tendencias diferentes y no se han escrito montones de trabajos sobre ella? ¿Qué sentido tiene resucitar sus crímenes? ¿Qué cosas nuevas pueden decirse a propósito de ella, qué perfidias y brutalidades suyas aún quedan por revelar? Además, los juicios del autor, ¿podrían acaso alterar la bien conocida sentencia dictada hace ya mucho por la historia a la Inquisición?
p Las dudas muy lícitas de este género se apoderan de los lectores y también de los investigadores que se proponen calar en los laberintos de la historia en busca de los secretos aún ignotos del Santo Oficio. Véase, por ejemplo, cómo el científico francés Jean Guiraud empieza su monografía en dos tomos dedicada a la Inquisición medieval: "El deseo de escribir nuevamente, después de tantos otros, sobre la Inquisición puede parecer presuntuoso y vano a la vez. Desde los inquisidores de los siglos XIII y XIV, que en sus manuales y directorios describieron a los herejes y sus doctrinas para facilitar el trabajo de los agentes del Santo Oficio, hasta los escritores de nuestro tiempo, que sostienen polémicas interminables —unos, para condenar a la Inquisición, otros para justificarla—, quizás ya se ha dicho todo sobre este particular; 4 por lo tanto, ¿no implicaría el retorno a semejante tema el riesgo de repeticiones inútiles?” [4•1
p Estos recelos carecen de fundamento. Verdad es que sobre la Inquisición se ha escrito muchísimo. La bibliografía muy incompleta de su historia, compuesta por el holandés E. van der Vekené y publicada en 1963, contiene alrededor de 2.000 títulos [4•2 . En esa multitud de libros figuran tanto fuentes documentales y testimonios de contemporáneos, como tratados polémicos y ensayos picantes, como, por ejemplo, La faz sexual de la Inquisición, del autor francés Roland Gagey.
p Sin embargo, aún no se sabe todo, ni mucho menos, sobre la actividad del “santo” tribunal. Muchos archivos suyos continúan siendo inaccesibles para los investigadores.
p La delimitación científica de los períodos en la historia de la Inquisición apenas si ha comenzado. Falta el cuadro íntegro de los amplios movimientos heréticos de la Edad Media, contra los que iba enfilado ante todo el terrorismo inquisitorial. Tenemos pocas nociones sobre la actividad del Santo Oficio en las colonias y no se ha escrito todavía la historia de la Inquisición papal (Congregación del Santo Oficio).
p Así pues, bien que la palabra “inquisición” ha pasado a ser un nombre común y figura en el vocabulario del hombre moderno, el lector corriente tiene una idea bastante limitada del propio concepto; sus conocimientos se reducen a los escasos datos sacados de los manuales escolares o universitarios, antologías y enciclopedias.
p La Inquisición es una institución histórica que por espacio de muchos siglos influyó enormemente en los destinos de pueblos de Europa y América, estorbando su lucha contra el yugo social y espiritual. ¿Dónde está el secreto de la vivacidad de esa institución, cuyo solo nombre infundía pavor a todo el mundo cristiano? ¿Por qué surgió y acabó por decaer? ¿Quiénes fueron sus dirigentes: "víctimas del deber”, fanáticos dispuestos a perpetrar los crímenes más horribles para proteger a la Iglesia contra los enemigos imaginarios y reales, o bien policías eclesiásticos desalmados, 5 que cumplían dócilmente las directrices de sus jefes? ¿Quiénes fueron las víctimas? ¿A quiénes persiguió la Inquisición y por qué motivos?
p Un historiador del “santo” tribunal está llamado a contestar a todas estas preguntas.
p Hace dos siglos, el editor que publicó el Manuel des Inquisiteurs del inquisidor español Nicolás Eymerico (segunda mitad del siglo XIV) lo comentó así: "Es posible que algunas personas honradas y almas sensibles nos culpen de haber revelado los cuadros horripilantes escritos anteriormente. Preguntarán si el conocimiento de cosas tan repugnantes puede ser útil o agradable en modo alguno. Para prevenir los reproches, nos basta con señalar: necesitamos sacar a luz esos cuadros precisamente porque son repugnantes, para que causen espanto" [5•3 .
p En efecto, los crímenes de la Inquisición fueron sacados a luz por los grandes ilustradores y librepensadores del siglo XVIII. Sus iracundas y apasionadas filípicas contra la Inquisición, contra las torturas y otras atrocidades suyas contribuyeron sensiblemente al cese de la actividad terrorista de ese sumarísimo tribunal clerical.
p Pero sus crímenes deben ser denunciados también en nuestro tiempo, porque la Inquisición aún cuenta con defensores y porque sus métodos probados gozan de elevada reputación entre los "Domini cani" contemporáneos, que abogan por el régimen capitalista con un celo y una ferocidad análogos a los manifestados en su tiempo por Santo Domingo al defender el orden feudal.
p Se debe escribir sobre la Inquisición, como aclaraba Em. Yaroslavski, "precisamente porque la religión es presentada, por oposición al ateísmo, como base de una moral que supuestamente establece las relaciones mejores y más sanas entre los hombres; es útil mostrar cómo los sistemas religiosos dieron lugar a crueldades extraordinarias, a torturas y vejaciones, a las hogueras y apaleamientos en masa. Así ocurrió porque en la sociedad clasista la religión es instrumento 6 de opresión de clase, de dominio de clase, como lo son también la justicia, la policía, el ejército" [6•4 .
p El presente está ligado con el pasado por hilos invisibles pero sólidos. Un verdugo de las SS, personaje de El gobernador general, drama de Rolf Hochhuth que hizo sensación, declara al sacerdote Ricardo Fontana: "Somos los dominicos del siglo técnico... Vuestra Iglesia ha mostrado precisamente que se puede quemar a los hombres como el carbón. Tan sólo en España, sin recurrir al crematorio habéis incinerado a 350.000 personas, quemándolas vivas casi todas..." [6•5
p /Acaso no existen nexos de continuidad entre las hogueras de la Inquisición medieval y los crematorios de los campos de concentración nazis, entre las mazmorras del “santo” tribunal y las cámaras de torturas policíacas de la sociedad capitalista moderna, entre los juicios promovidos contra las “brujas” en la Edad Media y la "caza de brujas”, que se practica actualmente en algunos países capitalistas?
p Además, no es fortuito que los teóricos policíacos norteamericanos estudien la “experiencia” de la Inquisición medieval. En agosto de 1965, la Universidad de Michigan, cuyos dirigentes, según se supo después, mantenían contactos con la CÍA, adquirió en la RFA por una suma bonita una biblioteca de 1.400 volúmenes con descripciones de las torturas medievales. Esos libros están llamados a servir de "valioso manual para los especialistas norteamericanos del servicio policíaco”.
p Sufren torturas inquisitoriales los patriotas y líderes progresistas de muchos países del mundo capitalista, gobernados por los ultraderechistas, fascistas y anticomunistas. La junta fascista de Chile y los regímenes reaccionarios de otros países latinoamericanos han legalizado la tortura como método de sumario: no se aplica en los casos excepcionales, .sino a casi todos los presos políticos.
p En Uruguay, por ejemplo, que cuenta con 3.000.000 de habitantes, en 1974 hubo 40.000 presos políticos. Según datos del periódico italiano Stampa [6•6 , uno de cada 200 uruguayos fue torturado. He aquí los tipos de tortura que 7 se emplearon en ese país: “plantón”: el preso permanece de pie durante horas o incluso días enteros, con las piernas ampliamente separadas y las manos en la nuca; “submarino”: el preso es sumergido en el agua y mantenido allí hasta que empiece a ahogarse; “caballete”: se hace montar al preso sobre una barra con filo; "picana eléctrica": los electrodos se aplican a las partes más sensibles del cuerpo, etc., etc.
p No es de extrañar, pues, que la Inquisición cuente hasta ahora con defensores, adeptos y apologistas, que intentan minimizar sus crímenes y cohonestarlos, hacer creer que las cruentas fechorías tenían efectos “benéficos” para los destinos de la humanidad y que los inquisidores eran hombres “humanos”, presentar su carácter y modo de vida como “justos” y casi angélicos.
p El clerical francés Charles Pichón, en su monografía sobre el Vaticano llama a "considerar ese tribunal históricamente, sin pasión ni prevenciones" [7•7 .
p Esos llamamientos a ser imparcial y objetivo en el estudio de la Inquisición dimanan siempre de quienes quisieran justificar sus crímenes. Pero cualquier investigación desapasionada y justa del Santo Oficio sólo puede dictarle esta sentencia: "Culpable de crímenes de lesa humanidad”.
p Los abogados modernos de la Inquisición reprochan a sus críticos el exagerar y denigrar las acciones del “santo” tribunal. Por ejemplo, el historiador católico contemporáneo Antonio Ballesteros Beretta opina así: "Muchas polémicas ha suscitado el tema de la Inquisición. Se han exagerado sus víctimas y la pasión política ha hablado sin fundamento de la peculiar codicia de los familiares del Santo Oficio. Como institución humana tuvo sus defectos, pero debe consignarse que las extralimitaciones de sus representantes fueron debidamente castigadas" [7•8 (sic).
p ¿Acaso no se parecen estos paladines de la Inquisición a los panegiristas del nazismo, que acusan de las mismas “exageraciones” a quienes denuncian los monstruosos crímenes de Hitler y sus verdugos? El historiador germanooccidental Scheidl, uno de los investigadores seudoobjetivos del nazismo, dijo en su Historia de cómo Alemania fue declarada fuera de la ley, de siete tomos, publicada en 1967: "Mis 8 indagaciones han mostrado que la mayoría de los asertos (formulados por historiadores progresistas respecto al nazismo. —/. G.) contienen exageración, tergiversaciones y mentiras infames”.
p En el mismo sentido se expresaban también el cardenal alemán Frings y otros prelados católicos. Creyérase que no habían existido los campos de concentración, donde fueron torturados hasta morir millones de seres humanos inocentes, ni tampoco los verdugos fascistas, autores de incontables crímenes de lesa humanidad...
p No se puede olvidar que, después de la segunda guerra mundial, el Vaticano trató de salvar del merecido castigo a los criminales de guerra, trasladándolos con pasaportes falsos a España, Portugal y América Latina; clamó por el trato “humano” de los mismos y, desde entonces, propugna —junto con los círculos reaccionarios de la RFA—el cese de la persecución judicial de esos enemigos del género humano.
p Cada uno de los numerosos abogados de la Inquisición tiene argumentos propios en su defensa. Algunos afirman que la Inquisición duró poco tiempo y no mutiló ni ejecutó a nadie; que los herejes no fueron quemados por los inquisidores sino por las autoridades civiles; que la Santa Sede tenía muy poco que ver con la Inquisición, y que si en efecto se cometían atrocidades, su autora era la Inquisición española, pero el responsable de las mismas era el poder real, al que ella estaba subordinada, y de ninguna manera la Iglesia o, tanto menos, el Vaticano.
p Otros defensores del Santo Oficio tratan de achacar la responsabilidad de las fechorías perpetradas por los verdugos medievales a sus víctimas, afirmando que su desobediencia “obligaba” a la Iglesia a castigarlas duramente.
p Argumentos de este género figuran, por ejemplo, en un trabajo de Agostino Ceccaroni, apologista italiano de la Inquisición. Según él, los tribunales del Santo Oficio surgieron porque "desde los tiempos en que la Iglesia salió de las catacumbas..., los herejes usaron siempre de la violencia para destruir el fundamento basado en la buena religión de Jesucristo, provocando no sólo la justa reacción de la Iglesia, sino también una justa “vendetta” social" [8•9 .
p Ceccaroni reconoce que "la Inquisición española cometió muchos excesos, provocados posiblemente por las pasiones 9 políticas en conjugación con la barbarie y la ignorancia de la época”. Pero imputa enteramente al poder real los actos de la Inquisición española, y en cuanto a la papal, dice que "no incurrió jamás en semejantes excesos, y es un hecho que las víctimas de la Inquisición española apelaron, y no en vano, a la Inquisición romana" [9•10 . Naturalmente, Ceccaroni estima innecesario aducir pruebas para confirmar su punto de vista, porque no las tiene. Pero la ausencia de pruebas no ha podido nunca desconcertar a los heraldos de la Inquisición.
p La Enciclopedia Católica oficial del Vaticano se empeña a su vez en disculpar y justificar la Inquisición: "Los investigadores modernos han juzgado severamente la institución de la Inquisición, tachándola de contraria a la libertad de conciencia. Pero se olvidan de que esa libertad no se reconocía en el pasado y que la herejía infundía horror a los bien pensantes, que eran sin duda la gran mayoría incluso en los países más infectos de herejía. Se debe tener presente, además, que en algunos países, el tribunal de la Inquisición duró poquísimo y tuvo una importancia bastante relativa. Así, en los dominios españoles de Italia meridional subsistió sólo en los siglos XIII y XIV, y menos aún en Alemania. En la propia Roma desapareció muy pronto: el proceso contra Lulero, en 1518, fue encomendado al auditor general de la Cámara Apostólica" [9•11 .
p Los autores del citado artículo callan modestamente los procesos contra Giordano Bruno, Galileo, Campanella y otras muchas víctimas de la Inquisición romana y fingen ignorar los crímenes cometidos por la Inquisición papal (Congregación del Santo Oficio).
p En los escritos de esos apologistas de la Iglesia, la Inquisición no se presenta tan horrible como la “pintada” por los “enemigos” del catolicismo, es decir, por los investigadores que estudian la actividad del “santo” tribunal desde posiciones objetivas.
p Algunas autoridades eclesiásticas modernas niegan en general, contrariamente a los datos históricos evidentes e incontestables, la responsabilidad de los papas y la Iglesia por la muerte de centenares de miles de personas asesinadas por la Inquisición. El cardenal Alfredo Ottaviani, el último inquisidor que encabezaba la Congregación del Santo Oficio, 10 en su libro sobre el Derecho Canónico afirma que la Iglesia Católica, fiel al mandamiento cristiano de amor universal, no usó nunca del "derecho de espada”, nunca derramó sangre de sus adversarios; según él, esto lo hacía el poder civil, cuyas acciones no se encontraban en la esfera de influencia de la Iglesia. De dar crédito a Ottaviani, la Iglesia no hacía más que excomulgar a los herejes [10•12 .
p El mismo autor declara que la Iglesia se veía imposibilitada de influir sobre el poder civil en esos asuntos. Pero las autoridades civiles quemaban a los herejes en base a la excomunión, con el consentimiento y beneplácito de la Iglesia y por exigencia suya. La Iglesia, excepto el caso de Juana de Arco, no ha anulado hasta ahora ninguno de los anatemas pronunciados por los tribunales de la Inquisición. Así pues, según la doctrina católica, las almas de centenares de miles de víctimas del “santo” tribunal siguen ardiendo en el fuego infernal...
p Al afirmar que la Iglesia no ha usado nunca del "derecho de espada”, el cardenal Ottaviani peca también contra el Código de Derecho Canónico, aprobado por la Santa Sede en 1917, por cuya observancia veló con una rigurosidad inquisitorial el mismo prelado, a la sazón jefe de la Congregación del Santo Oficio. Recordemos a nuestro lector que según el párrafo 2.214 del susodicho Código, la Iglesia tiene el derecho innato y propio (nativum et proprium ius), independiente de toda potestad humana, a castigar a sus subditos criminales con penas tanto eclesiásticas como seglares [10•13 .
p Para que nadie tenga dudas respecto a la significación genuina del término "castigos seglares”, en una glosa teológica del mencionado párrafo se explica: el hecho de que la Iglesia esté privada de la posibilidad de realizar algunos castigos seglares, porque no dispone de medios punitivos, no significa en modo alguno que no tenga derecho a imponerlos; al contrario, habida cuenta del carácter de una sociedad perfecta que es la Iglesia, puede imponer cualesquiera penas para alcanzar sus objetivos y proteger el orden social (sic). De esta explicación se deduce que la Iglesia 11 podría también condenar a la pena de muerte si en algún caso lo estimara necesario [11•14 .
p El Código de Derecho Canónico estipula la excomunión automática (ipso facto) de los comunistas. En la glosa concerniente al párrafo 2.314 (donde se establece que todos los culpables de apostasía, de herejía y cisma son excomulgados automáticamente), se dice que ese crimen lo cometen cuantos profesan públicamente la doctrina anticristiana materialista de los comunistas, especialmente quienes la defienden y la propagan [11•15 . Aunque la Iglesia renunció, después del II Concilio Vaticano, a la política de excomuniones, no ha suprimido hasta ahora las susodichas estipulaciones del Código de Derecho Canónico.
p De la actitud personal de Ottaviani hacia los comunistas puede juzgarse por los epítetos que les prodigaba: "enemigos satánicos de la Iglesia”, “bárbaros”, “caníbales” [11•16 , y diga lo que diga el reverendo cardenal, la Inquisición y el poder laico, dócil a sus órdenes, castigaban con harta dureza a semejantes “pecadores”.
p Algunos abogados de la Inquisición alegan que la idea de la intolerancia no es en modo alguno un rasgo inmanente del cristianismo, pues fue tomada de los Estados despóticos orientales y las sociedades griega y romana. Así es como trata de justificar la Inquisición, por ejemplo, el historiador clerical norteamericano William Thornas Walsh [11•17 .
p En opinión de otros, es preciso tomar en consideración la brutalidad de las costumbres que, según ellos, caracterizaba la Edad Media.
p Junto con los defensores “vergonzantes” de la Inquisición, existen además los francos panegiristas del Santo Oficio medieval, que justifican sus crímenes e incluso abogan por el empleo de los métodos inquisitoriales en nuestros días. Uno de ellos, el monje agustino español Miguel de la Pinta Llórente, en un libro que a mediados del siglo XX preconiza los sangrientos hechos de la Inquisición, dice: "Pero séame permitido formular un interrogante: cuando la sociedad se encuentra invadida de predicadores del ateísmo, es decir, de negadores de la divinidad; cuando en nuestras modernas y maravillosas ciudades los poderes del Mal derraman los vinos 12 trastornadores de la soberbia satánica, con el desprecio de todos los postulados morales y éticos, abarrotadas de infrahombres... ¿no será exigencia ineludible de la Humanidad crear tribunales de represión policíaca, con métodos enérgicos y expeditivos, llámense Direcciones de responsabilidades, llámense Inquisiciones generales? Esto es todo" [12•18 .
p ¡Cuánto odio implican estas palabras del agustino español ! Pero, ¿acaso puede persuadir a alguien semejante argumentación? No en vano se queja Nicolás López Martínez, profesor de teología en el seminario de Burgos, diciendo: "Pero no se ha justificado satisfactoriamente la conveniencia y aun la necesidad" de la Inquisición [12•19 . Esto no le impide, empero, disculparla considerando que fue víctima de la calumnia. "Todo el mundo sabe—proclama el teólogo— que fue aprobada por los papas y bien vista por la inmensa mayoría de los hombres más representativos en el terreno religioso, político y cultural. Suponer, pues, que se trataba de una institución con fines radicalmente perversos es tanto como pisotear la autoridad pontificia y creer en la monstruosa perversión colectiva de toda una época" [12•20 .
p Dichos argumentos, usados por casi todos los defensores modernos de la Inquisición, carecen de originalidad. Se trata de paráfrasis modernizadas de las tesis fundamentales formuladas por Joseph de Maistre [12•21 , veterano apologista del Santo Oficio e ideólogo de la Restauración francesa. En 1815, estando en Petersburgo adonde había emigrado, escribió en su defensa el conocido panfleto Cartas a un noble ruso sobre la Inquisición española. Esa obra se publicó en 1821 en París y es desde entonces, hasta nuestros días, un manantial de inspiración para todos los adeptos celosos del “santo” tribunal.
p Aunque se refería únicamente a la Inquisición española, suprimida en 1812 por las Cortes de Cádiz, Joseph de Maistre trató de darle un aspecto decente a la Inquisición en su conjunto, de probar su utilidad pública. Examinemos brevemente su argumentación. Empieza por declarar que todos los grandes 13 hombres de Estado son intolerantes para con los disidentes, y deben serlo porque en ello está la prenda de sus éxitos. De haber existido en Francia la Inquisición, no se habría producido seguramente la revolución de 1789.
p Después de esos razonamientos “teóricos”, el conde pasa a fundametar su tesis principal: "Todo lo severo y espantoso que hay en la actividad del tribunal, sobre todo la pena de muerte, pertenece al gobierno; es su asunto y sólo a él se debe pedir cuentas. Al contrario, toda la clemencia, que desempeña un papel tan grande en el tribunal de la Inquisición, se debe a la acción de la Iglesia; si se mete en los suplicios lo hace con el único fin de suprimirlos o ablandarlos. Ese carácter indeleble no ha variado nunca. Hoy no es ya un error sino un crimen sostener o imaginarse siquiera que los sacerdotes pudieran pronunciar sentencias de muerte" [13•22 . Tales afirmaciones no corresponden a la verdad.
p Los clericos condenaban a la muerte mucho antes de la época en que vivió Joseph de Maistre y muchos años después de su panegírico, tan apasionado como gratuito, en defensa de la Inquisición. Quizás no valga la pena refutar hoy a ese jesuíta, puesto que en el Código Canónico se dice taxativamente que la Iglesia tiene derecho a pronunciar sentencias de muerte a los apóstatas.
p En cuanto a las hogueras y torturas, también aquí quería De Maistre relevar de responsabilidad al Santo Oficio, achacándola al Estado, y al mismo tiempo justificando su empleo. "La Inquisición—dijo—es por su naturaleza buena, dulce y conservadora: así es el carácter universal e inmutable de toda institución eclesiástica... Pero si la potencia civil que adopta esta institución estima conveniente, para su propia seguridad, hacerla más severa, la Iglesia no responde de ello" [13•23 .
p De Maistre no se daba cuenta, según parece, de que equiparando la Inquisición con los sumarísimos tribunales seglares, sin quererlo desenmascaraba a esa institución como instrumento usado por los todopoderosos para aplastar la resistencia de las masas populares.
p El panfleto en defensa de la Inquisición marró el blanco 14 en cierto grado, porque en 1817, antes de su publicación, se editó en Francia la Historia crítica de la Inquisición de España, obra en cuatro tomos del sacerdote Juan Antonio Llórente, ex secretario del Santo Oficio, que en base a muchísimos documentos de archivo probaba irrefutablemente las atrocidades de la Inquisición. La Historia crítica, traducida a varias lenguas europeas, hizo callar por muchos años a los paladines de la Inquisición. Otro golpe no menos sensible fue para ellos la Historia de la Inquisición en la Edad Media, monografía en tres tomos del historiador norteamericano Henry Charles Lea, publicada por primera vez en 1888. El trabajo de Lea, sin par por la riqueza de las fuentes utilizadas, es considerado, incluso por algunos fervientes abogados de la Iglesia, como "la historia de la Inquisición más extensa, más profunda y más completa" de cuantas se han escritos [14•24 .
p Bajo la presión de la opinión pública, la Santa Sede tuvo que liquidar en sus dominios los tribunales inquisitorios, pero a pesar de ello seguía defendiendo, hasta los últimos días de existencia del Estado pontificio (1870), su derecho de perseguir a los herejes y aplicarles "medidas coercitivas”, es decir, el derecho a la Inquisición. En la carta apostólica del 22 de agosto de 1851, Pío IX censuró a quienes intentaban "privar a la Iglesia de la jurisdicción exterior y del poder coercitivo que le está dado para poner a los pecadores en el camino de la verdad”. En el tristemente conocido Syllabus (Lista completa de los extravíos principales de nuestro tiempo, publicada en 1864 como anexo a la encíclica Quanta cura), se anatematizaba a todos los convencidos de que "la Iglesia no está facultada para usar de la fuerza" (Ecclesia vis inferendae potestatem non habet).
p A fines del siglo XIX, cuando la Iglesia católica encabezada por el papa León XIII cambió de orientación y entró en alianza con la burguesía para luchar conjuntamente contra el ’ movimiento obrero, los ideólogos clericales se atrevieron de nuevo a alzarse en defensa del “santo” tribunal. Como hemos mostrado ya, muchos de esos ideólogos repiten los argumentos de Joseph de Maistre, su predecesor más brillante pero tan malhadado como ellos. Otros, especialmente los .que figuran entre los sedicientes luchadores contra el 15 comunismo, ensalzan la Inquisición por la “eficiencia” de sus métodos de combatir a los herejes.
p Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912) sostuvo posiciones “ortodoxas” de defensor de la Inquisición y sus puntos de vista los expuso en su obra de cuatro tomos sobre la historia de las herejías españolas [15•25 , publicada a fines de la octava década del siglo pasado. Escribió esa monografía, cuando sólo tenía 20 años de edad. Sin embargo, está basada en muchísimas fuentes originarias y tiene la reputación de trabajo clásico. Al examinar detalladamente las variadas herejías que se cultivaron en España desde los primeros siglos del cristianismo hasta el siglo XIX inclusive, Menéndez y Pelayo justifica su persecución e incluso encarece y glorifica las acciones del Santo Oficio.
p En sus razonamientos sobre la Inquisición parte de la premisa siguiente: "El genio español es eminentemente católico: la heterodoxia es entre nosotros accidente y ráfaga pasajera" [15•26 . Pero, si la herejía era "accidente y ráfaga pasajera”, ¿acaso valía la pena instituir la Inquisición para combatir fantasmas?
p Según Menéndez y Pelayo, el verdadero creyente no puede dejar de aprobar las acciones de la Inquisición. "El que admite—escribe—que la herejía es crimen gravísimo y pecado que clanla al cielo y que compromete la existencia de la sociedad civil; el que rechaza el principio de la tolerancia dogmática, es decir, de la indiferencia entre la verdad y el error, tiene que aceptar forzosamente la punición espiritual y temporal de los herejes, tiene que aceptar la Inquisición" [15•27 .
p Estima que la expulsión de los judíos de España, a fines del siglo XV, fue consecuencia inevitable de los estados de ánimo antihebreos, que supuestamente predominaron en la sociedad española del mismo siglo [15•28 .
p “La decisión de los reyes católicos—afirma el erudita español—no era buena ni mala: era la única que podía tomarse; el cumplimiento de una ley histórica" [15•29 . Pero si 16 incluso aceptáramos su punto de vista acerca de que todas las capas de la sociedad española del siglo XV estaban contra los judíos (en realidad, como veremos más adelante, esto no fue así), quedaría en pie la cuestión del desvalijamiento de los marranos [16•30 y otras muchas víctimas por la Inquisición y la corona, que Menéndez y Pelayo pasa en silencio.
p “Nada más repugnante que esta eterna lucha de razas, causa principal de decadencia para la Península" [16•31 , dice el autor, pero no tiene escrúpulos en repetir fábulas acerca de los homicidios rituales atribuidos a los conversos. De todos modos, se ve precisado a reconocer que la expulsión de los judíos y la persecución por el Santo Oficio de los "cristianos nuevos" retardó la unidad religiosa en vez de estimularla [16•32 .
p Para Menéndez y Pelayo, "la intolerancia es ley forzosa del entendimiento humano en estado de salud" [16•33 .
p Sin embargo, no puede dejar de reconocer que la intolerancia encarnada en la Inquisición española beneficiaba a la monarquía feudal absolutista: "Pues qué, ¿hay algún sistema religioso que en su organismo y en sus consecuencias no se enlace con cuestiones políticas y sociales?... Nunca se ataca el edificio religioso sin que tiemble y se cuartee el edificio social" [16•34 .
p Por lo demás, polemiza con los inclinados a considerar la Inquisición española como instrumento del absolutismo real: "eclesiástica era en su esencia, e inquisidores apostólicos, y nunca reales, se titularon sus jueces; y en el fondo, ¿quién dudará que la Inquisición española era la misma cosa que la Inquisición romana, por el género de causas en que entendía, y hasta por el modo de sustanciarlas?” [16•35 . Los métodos eran, en efecto, los mismos, pero no los objetivos. En España, la Inquisición sirvió de instrumento al absolutismo, mientras que la Inquisición apostólica representó ante todo los intereses de la Contrarreforma católica.
p Pero la tesis más infundada y absurda de Menéndez y Pelayo es su afirmación de que el Santo Oficio era una forma peculiar de manifestación de la democracia en 17 la España de los siglos XV—XVIII. "Los mismos que condenan la Inquisición como arma de tiranía—dice—, tendrán que confesar hoy que fue tiranía popular, tiranía de raza y de sangre, fiero sufragio universal, justicia democrática, que niveló toda cabeza, desde el rey hasta el plebeyo, y desde el arzobispo hasta el magnate" [17•36 .
p Los hechos históricos refutan esta afirmación. La Iglesia y el poder real impusieron al pueblo español la Inquisición por medio de la fuerza y el terror. El pueblo aprovechó la primera oportunidad ofrecida por la historia para desembarazarse de esa forma de “democracia”. El hecho de que todos los movimientos populares de España incluyeran enérgicas acciones anticlericales obedecía, en particular, al dominio secular de la Inquisición.
p Para los heraldos actuales de la Inquisición española son muy típicos los puntos de vista sostenidos por el ya mencionado profesor de teología Nicolás López Martínez. Insiste en el derecho de la Iglesia y del poder seglar a perseguir y castigar a los herejes, porque la herejía "trae consigo perturbaciones injustas del orden social" [17•37 . Es decir, reconoce francamente que la Inquisición estuvo al servicio de las clases explotadoras dominantes.
p Cabe esta pregunta natural: si la Inquisición, como afirman sus apologistas, era una "institución sagrada" y apoyaba el orden social cristiano ideal, encarnado en la monarquía española, ¿por qué se derrumbó ese orden y desapareció a la vez ese instrumento de "providencia divina"? Porque, según López Martínez, la Inquisición actuó sin la suficiente resolución y no pudo eliminar totalmente "los movimientos heréticos o simplemente revolucionarios" que desgarraron España después de 1492 [17•38 .
p El historiador católico Vicente Palacio Atard llama a un estudio “objetivo” de la Inquisición. Para comprenderla —declara—, es preciso renunciar al ardor polémico. Esto nos ayudará a entender—prosigue—que la Inquisición por sí sola no es en modo alguno buena ni mala, no es una institución de Derecho divino sino obra humana, y por esto imperfecta [17•39 .
18p Palacio Atard invita a interpretar la Inquisición de manera justa y objetiva, teniendo en cuenta todas las circunstancias atenuantes: la época y las debilidades del hombre, la imperfección eterna de las instituciones humanas, el temperamento desmesurado de los españoles y así sucesivamente. Recuerda todo menos los crímenes de la Inquisición y sus víctimas. Esto no tiene nada de extraño, puesto que se propone disculpar y justificar a los verdugos del “santo” tribunal...
p En América Latina, los regímenes reaccionarios inspirados en nuestros días por los imperialistas norteamericanos han heredado e incluso superado el afán de la Inquisición colonial (que desde luego no existe hace ya mucho en ese continente) por acosar a los portadores de ideas progresistas y los combatientes de la libertad y la independencia nacional, así como por sus métodos: el terror y el tormento.
p Es natural por tanto que también aqui se encuentren abogados de la Inquisición colonial, dispuestos a justificar sus crímenes.
p El historiador mexicano Alfonso Junco, en su libro Inquisición sobre la Inquisición [18•40 , se esfuerza por convencer a sus lectores de que el “santo” tribunal actuó en las colonias guiándose por móviles nobles; que aplicó las torturas de manera “humana”, “respetó” a sus víctimas, reflejó los intereses “democráticos”, significó un paso adelante en la jurisprudencia, protegió la cultura, etc. Naturalmente, no se toma la molestia de presentar pruebas que confirmen sus asertos (porque no las tiene). Dice que ensalza la Inquisición en interés de la verdad histórica. Pero su objetivo auténtico es otro: quiere justificar a los reaccionarios modernos que practican el terrorismo y persiguen a los líderes progresistas también por "móviles nobles”, alegando los intereses de la democracia y de la " civilización cristiana”.
p Con el mismo cinismo descarado justifica a la Inquisición colonial el jesuita Mariano Cuevas en su historia de la Iglesia Católica de México, en cinco volúmenes. Declara que la Inquisición fue encomendada a las colonias españoles por la "providencia divina" y era una institución "renovadora sagrada”.
19p El jesuita Cuevas lamenta que sobre Nueva España [19•41 se extendiera la mano amenazadora e implacable de la Inquisición, empuñando una espada enfilada contra el pueblo. Pero agrega en seguida que, debido a la perversión general del género humano, hay en el pueblo algunos individuos dañinos que no actúan en nombre del amor y de nobles ideales sino bajo la amenaza del fuego y la espada, cuyo empleo es por tanto necesario y muy deseable para que siga existiendo la sociedad. Hacen el tonto los que atacan el tribunal de la Inquisición, a cuyas acciones justas la sociedad debe, en medida considerable, los mejores años de su vida social y religiosa [19•42 .
p Pero entre los apologistas modernos de la Inquisición hay también quienes estiman que poner por las nubes su actividad y tratar de justificar a toda costa sus crímenes lesionaría los intereses de la Iglesia y sería peligroso para ella. Se pronuncian—por lo menos de palabra—por una interpretación científica objetiva de la historia de la Inquisición, partiendo de que, para la Iglesia, la verdad más amarga es mejor que la mentira, especialmente porque la verdad auténtica sobre la Inquisición es ya del dominio público.
p El padre de esa escuela clerical “objetiva” fue el abad francés E. Vacandard, que en 1906 publicó su historia “ crítica” de la Inquisición, reeditada después muchas veces en varios idiomas. Vacandard censura a los autores clericales que justifican los criminales métodos de la Inquisición con los alegatos sobre la actividad de los tribunales laicos. "Del hecho de que la Inquisición de Calvino y de los revolucionarios franceses merezca ser reprobada por la humanidad no se infiere que la Inquisición de la Iglesia Católica deba escapar a toda censura... Tenemos que examinar y juzgar esa institución objetivamente, desde el punto de vista de la moral, la justicia y la religión, en lugar de comparar sus excesos con las acciones vituperables de otros tribunales" [19•43 .
p Desarrollando esta idea, el abad Vacandard hace la siguiente advertencia a los abogados demasiado celosos del “santo” tribunal: "Hoy, un apologista católico falta a su deber si escribe únicamente para aleccionar al creyente. 20 Puesto que la historia de la Inquisición revelará cosas que nunca nos hemos imaginado, nuestros prejuicios no deben impedirnos afrontar honestamente los hechos. Lo que debe asustarnos más que nada es el reproche de temer la verdad" [20•44 .
p Vacandard se compromete a escribir la verdad, únicamente la verdad. Pues bien, ¿cómo cumple este compromiso? Copia concienzudamente los hechos, ahora incontestables, sobre la actividad terrorista de la Inquisición, contenidos en los trabajos de H. Ch. Lea. Incluso reconoce que si bien los sumos pontífices, los concilios y los inquisidores no participaron de manera directa en el pronunciamiento de las sentencias de muerte, ellos estaban vitalmente interesados en la ejecución de los herejes entregados a las autoridades civiles para aniquilarlos. "Queda probado sin duda alguna, con hechos y documentos—citamos la misma obra—, que la Iglesia en la persona de sus papas aprovechó todos los medios a su alcance, incluyendo la excomunión, para que las autoridades laicas ejecutasen a los herejes. La excomunión suscitaba un miedo particular, ya que en virtud de las leyes canónicas se podía condenar a muerte a un excomulgado que no hubiese sido exonerado de esta pena durante un año. El único medio de evitarlo era cumplir dócilmente los veredictos de la Iglesia" [20•45 .
p El abad francés no niega la responsabilidad del Papado y la Iglesia por las fechorías de la Inquisición, pero trata de cohonestarlas. La Iglesia—dice—comunica a los hombres las verdades que ha conocido por medio de la revelación y que ellos necesitan para salvarse. "Si para defender esas verdades emplea en una época los medios que otra posterior declara vituperables, esto significa únicamente que sigue las costumbres e ideas dominantes en el mundo circundante. Pero la Iglesia se preocupa mucho por evitar que sus acciones sean consideradas por los hombres como regla infalible y eterna de justicia absoluta. Admite sin vacilar que puede equivocarse a veces en la elección de medios de gobierno. El sistema de defensa y protección adoptado por ella en la Edad Media demostró ser eficaz, por lo menos en cierto grado. No podemos sostener que fue absolutamente injusto o absolutamente inmoral" [20•46 .
21p Joseph de Maistre afirmó en su tiempo que no sabía nada de los crímenes de la Inquisición. En nuestro siglo, el abad Vacandard declara que sabe de ellos todo. Entonces, ¿reprueba la Inquisición? No, la justifica. ¿La Inquisición perpetró crímenes abyectos?—pregunta “ objetivamente”—. Sí, pero no conviene exagerarlos; además, la Iglesia está lejos de considerarse impecable.
p ¿Y las hogueras en que se consumían precisamente los que ponían en duda la impecabilidad de la Iglesia? El abad tiene reservada una respuesta sutil a esta pregunta “insidiosa”. Reconoce que así fue, efectivamente, e incluso hace constar con satisfacción que la Iglesia aniquilaba con bastante éxito a los “escépticos”. Pero agrega en seguida que esa matanza no era en modo alguno un "sistema de aplastamiento”, sino de “defensa”, adoptado por la Iglesia contra los herejes que la amenazaban; que era un sistema que de ninguna manera puede tildarse de "absolutamente injusto y absolutamente inmoral”. Cabe, pues, esta conclusión: los culpables de las atrocidades cometidas por la Inquisición son los herejes; de no haberse cultivado la herejía, tampoco habría existido la Inquisición con sus crímenes...
p En nuestro tiempo, los continuadores de Vacandard exponen la historia de la Inquisición desde las mismas posiciones “objetivas”, tratando de justificar con toda clase de sofismas sus monstruosas acciones.
p En opinión del obispo francés Célestin Douais, por ejemplo, la institución de los “santos” tribunales correspondía a los intereses de los herejes, protegiéndoles contra las tropelías, los asesinatos en masa y las persecuciones incontroladas por parte de las autoridades laicas, ansiosas de acaparar sus bienes. La Inquisición, en cambio, les aseguraba un procesamiento “justo”. "Los tribunales de la Inquisición—afirma— coadyuvaron también al mantenimiento de la civilización de la época, ya que reforzaban el orden y obstaculizaban la propagación de un mal virulento, defendían los intereses del siglo y resguardaban eficazmente la ideología cristiana y la justicia social" [21•47 .
p Análogos son los puntos de vista expuestos por el prelado norteamericano Shannon. Según él, "el establecimiento de los tribunales inquisitoriales con jueces designados 22 especialmente sobre una base permanente fue una consecuencia sin duda lógica, aunque no necesaria, del progreso de la legislación eclesiástica en materia de supresión de la herejía" [22•48 .
p Parece que Bernard Shaw conoció perfectamente esos argumentos en pro de la Inquisición, ya que el inquisidor de su drama Santa Juana, escrito a comienzos de la tercera década de nuestro siglo, los repite casi textualmente en la escena donde es vista la causa de la Doncella de Orleans. "El hereje en las manos del Santo Oficio—dice este personaje del célebre satírico inglés—está a salvo de la violencia, se le asegura un proceso honesto y no ha de morir, aun siendo culpable, si el arrepentimiento sigue al pecado" [22•49 .
p ¿Acaso no convergen esas disquisiciones con las de Vacandard y otros paladines fervientes de la Inquisición? Por lo demás, no todos los eclesiásticos, ni mucho menos, hacen suyos los susodichos criterios. El ya citado teólogo español Nicolás López Martínez, partidario de que la Iglesia esté facultada, también en nuestro tiempo, para emplear la coerción contra sus adversarios ideológicos, censura airadamente a Vacandard, culpándole de hacer concesiones a los enemigos de la Iglesia, de reservarle a ésta sólo el derecho a la influencia moral, aunque la práctica secular de la Inquisición y prestigiosas declaraciones de los maestros católicos refutan semejante “librepensamiento” [22•50 .
p Por último, conviene mencionar una escuela más de historiadores burgueses de la Inquisición, los cuales estiman que su actividad iba enfilada principalmente contra los judíos [22•51 . Pero este modo de concebir la Inquisición no cuadra con la realidad histórica. Verdad es que en España y sus dominios de ultramar, así como en Portugal, los judíos fueron perseguidos en algunos períodos de actividad del Santo Oficio, pero en otros países católicos no sucedió así. Más aun, la población hebrea de los Estados pontífices no sufría las persecuciones de la Inquisición en general, y los banqueros judíos prestaron 23 dinero a los papas incluso cuando sus correligionarios ibéricos eran acosados de la manera más feroz. Por otra parte, la Inquisición perseguía y condenaba invariablemente a los herejes plebeyos, a los librepensadores partidarios de la justicia social y enemigos del yugo colonial; a los científicos cuyos descubrimientos echaban por tierra los dogmas religiosos, a los luchadores por el progreso social, desde los reformadores de la Edad Media hasta los comunistas de nuestro tiempo.
p Así pues, el lugar histórico de la Inquisición y sus objetivos y métodos de actividad siguen siendo un problema apasionante para los investigadores de tendencias diversas.
La Inquisición aún está lejos de ser una página cerrada de la historia. La disputa continúa...
Notes
[4•1] J. Guiraud. Histoire de l’Inquisition au moven age, v. I. Origines de l’Inquisition dans le midi de la France. Cathares et Vaudois. Paris, 1935, p. V.
[4•2] E. van der Vekené. Bibliographie der Inquisition. Ein Versuch. Hildesheim, 1963; H. Grundmann. Bibliographie lur Ketzergeschichte des Mittelalters (1900-1966). Roma, Edizioni di storia e letteratura, 1967.
[5•3] Le Manuel des Inquisiteurs, á l’usage des Inquisitions d’Espagne et de Portugal. Un abrégé de l’ouvrage intitulé: Directorium inquisitorium, composé vers 1358 par Nicolás Eymerico, grand Inquisiteur dans le Royanme d’Aragon. On y adjoint une courte Histoire de l’établissement de l’ Inquisition dans le Royaume de Portugal, tirée du latin de Louis á Paramo, á Lisbonne. MDCCLXII, pp. 197-198.
[6•4] Citado según M. Sheinman. A sangre y fuego en nombre de Dios. M., 1924, p. 3.
[6•5] R. Hochhuth. Der Stellvertreter. Schauspiel. Berlín, 1966.
[6•6] Stampa, 30 de junio de 1974.
[7•7] Ch. Pichón. Le Vatican. París, 1960, p. 251.
[7•8] A. Ballesteros Beretta. Síntesis de Historiarte España. Barcelona, 1952, p. 233.
[8•9] A. Ceccaroni. Piccola enciclopedia ecclesiastica. Milano, 1953, p. 716.
[9•10] Ibíd., p. 717.
[9•11] Enciclopedia Cattolica, v. VII. Cittá del Vaticano. 1951, p. 47.
[10•12] Véase A. Ottaviani. Institutiones iuris Publici Ecclesiastici, v. I. Roma 1958, p. 293.
[10•13] Véase Código de Derecho Canónico v Legislación Complementaria. Madrid, 1950, p. 795.
[11•14] Ibíd., p. 796.
[11•15] Ibíd., pp. 835-836.
[11•16] A. Ottaviani. // Baluardo. Roma, 1961.
[11•17] W. l’h. Walsh. Personajes de la Inquisición. Madrid, 1953, p. 25.
[12•18] M. de la Pinta Llórente. La Inquisición Española y los problemas de la cultura y de li¡ intolerancia, tomo I. Madrid, 1953, pp. 7—8.
[12•19] N. López Martínez. Los judaizantes castellanos y la Inquisición en tiempo de Isabel la Católica. Burgos, 1954, p. 11.
[12•20] Ibíd., p. 259.
[12•21] El conde Joseph de Maistre (1753-1821), jesuíta, figuró entre 1803 y 1817 en la corte del zar de Rusia como enviado del rey de Cerdeña, privado del poder.
[13•22] J. de Maistre. Considérations sur la France; Suivi de l’Essai sur le principe générateur des constitutions politiques, et des Lettres á un gentilhomme russe sur l’Inquisition espagnole. Bruxelles, 1838, pp. 297-298.
[13•23] Ibíd., p. 286.
[14•24] E. Vacandard. The Inquisition. A Critica! and Historical Study of the Coercitive Power of ihe Church. New York, 1940, p. VI.
[15•25] Véase una de las ediciones modernas: M. Menéndez y Pelayo. Historia de los Heterodoxos Españoles. Buenos Aires, 1945.
[15•26] M. Menéndez y Pelayo. Historia de los Heterodoxos Españoles, t. I. Buenos Aires, 1945, p. 51.
[15•27] Ibíd., t. III, p. 284.
[15•28] El edicto real de 1492 ordeneba expulsar del país a los judíos no convertidos al catolicismo.
[15•29] M. Menéndez y Pelayo. Historia de los Heterodoxos Españoles, t. II, p. 280.
[16•30] Así se llamaba a los judíos convertidos a la fe católica.
[16•31] M. Menéndez y Pelayo. Historia de los Heterodoxos Españoles, t. II, p. 277.
[16•32] Ibíd., p. 284.
[16•33] Ibíd., t. III, p. 283.
[16•34] Ibíd., p. 285.
[16•35] Ibíd., p. 286.
[17•36] Ibíd., t. IV, p. 100.
[17•37] N. López Martínez. Los judaizantes castellanos y la Inquisición..., p. 264.
[17•38] Ibid., p. 374.
[17•39] V. Palacio Atard. Razón de la Inquisición. Madrid, 1954, p. 14.
[18•40] A. Junco. Inquisición sobre la Inquisición. México, 1956.
[19•41] Así se llamaba México durante el periodo de dominio español.
[19•42] Véase M. Cuevas. Historia de la Iglesia en México, v. III. México 1946, p. 152.
[19•43] E. Vacandard. The Inuuisition..., pp. V-VI.
[20•44] Ibíd., pp. VIH-IX.
[20•45] Ibíd.
[20•46] Ibíd., pp. 186-187.
[21•47] C. Douais. L’Inquisition, ses origines, sa procédure. París, 1906, p. 63.
[22•48] A. C. Shannon. The Popes and Heresy in the Thirteenth Century. Villanova, Penn., 1949, p. 57.
[22•49] G. B. Shaw. Collected Plays. London, 1973, pp. 166-167.
[22•50] N. López Martínez. Los judaizantes castellanos y la Inquisición..., p. 269.
[22•51] Véase J. Amador de los Ríos. Historia social, política y religiosa de los judíos en España v Portugal, v. I—III. Madrid, 1875-1876; F. Baer. Die Juden in christlichen Spanien, Bd. I-III. Berlín, 1929; Abraham A. Neuman. The Jews in Spain, v. I—II. Philadelphia, 1944.
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