EN EL CAMPO, PRONUNCIADO
EL 23 DE MARZO
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p Camaradas, es completamente natural que, en el proceso de desarrollo de la revolución proletaria, tengamos que destacar en primer plano ora uno, ora otro de los problemas más complejos e importantes de la vida de la sociedad. Es completamente natural que en una revolución que toca, y no puede menos de tocar, las bases más profundas de la vida, y que atañe a las más vastas masas de la población, ningún partido, ningún gobierno, por muy estrechos que sean sus nexos con las masas, esté en absoluto en condiciones de abarcar de una vez todos los aspectos de la vida. Y si hoy nos vemos obligados a detenernos en el trabajo en el campo y a destacar principalmente de este problema la situación de los campesinos medios, en ello no puede haber nada de extraño ni de anormal desde el punto de vista del desarrollo de la revolución proletaria en general. Es claro que la revolución proletaria ha tenido que comenzar por la relación fundamental entre dos clases hostiles: el proletariado y la burguesía. La tarea fundamental era 192 hacer pasar el poder a manos de la clase obrera, asegurar su dictadura, derribar a la burguesía y privarla de las fuentes económicas de su poder, que, incuestionablemente, representan un obstáculo para toda construcción socialista en general. Ninguno de nosotros, por cuanto conocemos el marxismo, ha puesto en duda jamás la verdad de que, en la sociedad capitalista, por su misma estructura económica, la importancia decisiva puede tenerla o el proletariado o la burguesía. Actualmente oímos afirmar a muchos ex marxistas—por ejemplo, del campo menchevique—que en el período de la lucha decisiva entre el proletariado y la burguesía puede predominar la democracia en generé Eso dicen los mencheviques, coincidentes por completo con los esenstas. ¡Como si no fuera la misma burguesía la que implanta ° suprime la democracia, según lo que más le conviene! Y siendo asi no puede ni hablarse de democracia en general durante el periodo de la lucha exacerbada entre la burguesía y el proletariado. No puede uno sino sorprenderse de la rapidez con que estos marxistas o seudomarxistas—por ejemplo, nuestros mencheviques—se desenmascaran ellos mismos, de la rapidez con que se hace patente su verdadera naturaleza, su naturaleza de demócratas pequenoburgueses.
p Contra lo que más luchó Marx toda la vida fue contra las ilusiones de la democracia pequeñoburguesa y de la democracia burguesa. Lo que más ridiculizaba Mar* era la fraseología huera acerca de la libertad y la igualdad, fraseología que encubre la libertad de los obreros de morirse de hambre o la igualdad entre el que vende su fuerza de trabajo Y el burgués, quien, aparentemente, compra con libertad y en condiciones de igualdad en el mercado libre el trabajo de aquél, etc. Marx explicó esto en todas sus obras de economía. Puede afirmarse que todo El Capital de Marx está consagrado a esclarecer la verdad de que las fuerzas básicas de la sociedad capitalista son y sólo pueden ser la burguesía y el proletariado: la burguesía, como edificadora de la sociedad capitalista, como dirigente y motor suyo; e\ proletariado, como su sepulturero, como la única fuerza capaz de remplazaría. Es difícil encontrar un solo capítulo de cualquier obra de Marx que no esté dedicado a esta cuestión. Puede afirmarse que, en el seno de la II Internacional, los socialistas del mundo entero juraron y perjuraron infinidad de veces ante los obreros que comprendían esta verdad. Pero cuando las cosas llegaron a la lucha verdadera y, además, decisiva, por el poder entre la burguesía y el proletariado, vimos que nuestros mencheviques y eseristas, y con ellos los jefes de los viejos partidos socialistas de todos los países, echaban en olvido esta verdad y se dedicaban a repetir de un modo 193 puramente mecánico las frases filisteas sobre la democracia en general.
p Entre nosotros se intenta, a veces, hacer que suenen estas palabras, al parecer, con mayor “fuerza”, diciendo: "Dictadura de la democracia”. Esto es ya un verdadero absurdo. La historia nos enseña perfectamente que la dictadura de la burguesía democrática no ha significado otra cosa que el aplastamiento de los obreros insurrectos. Así ha venido ocurriendo desde 1848, por lo menos, aunque podemos encontrar también algunos ejemplos en épocas anteriores. La historia nos muestra que precisamente en la democracia burguesa se despliega a gran escala y con libertad la lucha más enconada entre el proletariado y la burguesía. Hemos tenido ocasión de convencernos prácticamente de esta verdad. Y si los pasos dados por el Gobierno soviético a partir de octubre de 1917 se han distinguido por su firmeza en todas las cuestiones cardinales, ello se debe, precisamente, a que nosotros jamás nos hemos apartado de esta verdad, jamás la hemos olvidado. Sólo la dictadura de una clase—la del proletariado—puede decidir la cuestión en la lucha contra la burguesía por el poder. Sólo la dictadura del proletariado puede derrotar a la burguesía. Sólo el proletariado puede derribar a la burguesía. Sólo el proletariado puede llevar tras de sí a las masas contra la burguesía.
p Sin embargo, de ahí en modo alguno se deriva—creerlo así constituiría el más grave error—que en la obra posterior de la edificación del comunismo, una vez derribada la burguesía y cuando el poder político se encuentra ya en manos del proletariado, podamos prescindir asimismo en lo sucesivo de los elementos medios e intermedios.
p Es natural que al comienzo de la revolución—de la revolución proletaria—, toda la atención de sus dirigentes se concentre en lo principal, en lo esencial: en implantar el dominio del proletariado y asegurar este dominio mediante la victoria sobre la burguesía, en asegurar que la burguesía no pueda retornar al poder. Sabemos muy bien que la burguesía sigue conservando hasta hoy algunas ventajas debido a las riquezas que posee en otros países o consistentes, a veces incluso en nuestro país, en riquezas pecuniarias. Sabemos muy bien que existen elementos sociales, más expertos que los proletarios, que ayudan a la burguesía. Sabemos muy bien que la burguesía no ha abandonado la idea de recuperar el poder ni ha cejado en los intentos de restaurar su dominación.
p Pero esto no es todo, ni mucho menos. La burguesía, que se atiene particularmente al principio de "Donde se está bien, allí está la patria”; la burguesía, que desde el punto de vista del dinero ha sido siempre internacional; la burguesía, a escala mundial,
194 es hoy más fuerte todavía que nosotros. Su dominación va siendo socavada con rapidez; la burguesía ve ejemplos como la revolución húngara—de la que hemos tenido ayer la felicidad de daros cuenta y de la que nos llegan hoy noticias confirmatorias—y empieza a comprender que su dominación se tambalea. Ya no posee libertad de acción. Pero hoy, si se tienen presentes los recursos materiales a escala mundial, por fuerza se habrá de reconocer que, en este aspecto, la burguesía es más vigorosa aún que nosotros.p He ahí por qué las nueve décimas partes de nuestra atención, de nuestra labor práctica, estuvieron y hubieron de estar dedicadas a esta cuestión fundamental de derrocar a la burguesía, consolidar el poder del proletariado, suprimir toda posibilidad de retorno de la burguesía al poder. Esto es completamente lógico, legítimo e inevitable, y en este aspecto se han hecho muchas cosas con buen éxito.
p Ahora, en cambio, debemos poner a la orden del día el problema de los otros sectores. Debemos—ésta fue nuestra conclusión común en la sección agraria, y estamos seguros de que en eso coincidirán todos los funcionarios del partido, por cuanto no hemos hecho más que resumir la experiencia de sus observaciones prácticas—poner a la orden del día en toda su magnitud el problema de los campesinos medios.
p Habrá, sin duda, quien, en lugar de meditar sobre el curso de nuestra revolución, en lugar de reflexionar sobre las tareas que se nos plantean hoy, aprovechará cada paso del Poder soviético para hacer burlas y críticas como las que observamos entre los señores mencheviques y eseristas de derecha. Son gentes que siguen sin comprender hasta hoy que deben elegir entre nosotros y la dictadura burguesa. Hemos tenido con ellos mucha paciencia e incluso benevolencia; les daremos una vez más la posibilidad de poner a prueba esa benevolencia nuestra; pero, en un futuro próximo se nos agotarán la paciencia y la generosidad, y si ellos no hacen su elección, les propondremos con toda seriedad que se vayan con Kolchak. (Aplausos.) No esperamos que esa gente tenga dotes intelectuales muy brillantes. (Risas.) Pero podría esperarse que, después de sentir en sus costillas las atrocidades de Kolchak, comprendieran que tenemos derecho a exigirles que elijan entre nosotros y Kolchak. Si en los primeros meses que siguieron a Octubre, muchos ingenuos incurrieron en la tontería de pensar que la dictadura del proletariado era algo pasajero y casual, hoy hasta los mencheviques y los eseristas deberían comprender que se trata de un fenómeno lógico en la lucha desplegada bajo la presión de toda la burguesía internacional.
195p De hecho han cristalizado únicamente dos fuerzas: la dictadura de la burguesía y la dictadura del proletariado. Quien no haya aprendido eso, leyendo las obras de Marx, quien no lo haya aprendido leyendo las obras de todos los grandes socialistas, jamás ha sido socialista ni entiende una palabra de socialismo, y de socialista sólo tiene el nombre. Concedemos a esas gentes un plazo corto para que reflexionen y les exigimos que elijan. Las he mencionado, porque ahora dicen o dirán: "Los bolcheviques han planteado la cuestión de los campesinos medios, quieren coquetear con ellos”. Sé perfectamente que ese género de argumentos y otros mucho peores aparecen con profusión en la prensa menchevique. Nosotros los desdeñamos, jamás concedemos importancia a la charlatanería de nuestros enemigos. Los hombres capaces de continuar desertando hasta hoy de la burguesía al proletariado y viceversa pueden decir lo que quieran. Nosotros seguimos nuestro camino.
p Nuestra ruta está determinada, ante todo, por la correlación de las fuerzas de las clases. En la sociedad capitalista está empeñada la lucha entre la burguesía y el proletariado. Mientras esta lucha no haya terminado, seguiremos centrando redoblada atención en llevarla hasta su término. Aún no ha sido llevada hasta el fin. Hemos logrado hacer ya mucho en esa lucha. Hoy, la burguesía internacional no puede ya obrar suelta de manos. La mejor prueba de ello es el estallido de la revolución proletaria en Hungría. De ahí se desprende con claridad que nuestra labor en el campo no se limita ya a satisfacer la necesidad fundamental de lucha por el poder.
p Esta labor ha pasado por dos fases principales. En octubre de 1917 tomamos el poder junto con todos los campesinos. Era una revolución burguesa, por cuanto en el campo no se había desplegado todavía la lucha entre las clases. Como ya he dicho, sólo en el verano de 1918 comenzó la verdadera revolución proletaria en el campo. Si no hubiéramos sabido realizar esa revolución, nuestra labor habría sido incompleta. La primera etapa consistió en tomar el poder en las ciudades, en instaurar la forma de gobierno soviética. La segunda etapa ha consistido en lo que es fundamental para los socialistas y sin lo cual éstos dejan de serlo: la separación de los elementos proletarios y semiproletarios en el campo y su unión estrecha con el proletariado urbano para luchar contra la burguesía agraria. Esta etapa también ha terminado en lo fundamental. Las organizaciones que creamos para ello al principio, los comités de campesinos pobres, se han consolidado tanto que hemos considerado posible sustituirlos por Soviets elegidos normalmente, es decir, reorganizar los Soviets rurales de forma 196 que puedan convertirse en órganos de dominación de clase, en órganos del poder proletario en el campo. Medidas como la ley sobre la organización socialista del usufructo de la tierra y sobre las medidas de transición a la agricultura socialista—aprobada no hace mucho por el Comité Ejecutivo Central y que todos vosotros, naturalmente, conocéis—resumen la obra realizada desde el punto de vista de nuestra revolución proletaria.
p Hemos cumplido lo principal, lo que constituye la tarea primordial y fundamental de la revolución proletaria. Y precisamente por eso se ha planteado un problema más complejo: nuestra actitud ante el campesino medio. No comprenden en absoluto las tareas del proletariado, las tareas de la revolución comunista, quienes creen que el planteamiento de este problema es algo así como una atenuación del carácter de nuestro poder, un debilitamiento de la dictadura del proletariado, un cambio, por leve y parcial que sea, de nuestra política fundamental. Estoy seguro de que en nuestro partido no habrá gente de ese tipo. He querido sólo prevenir a los camaradas contra gentes que no pertenecen al partido obrero y que hablan así, no porque ello se desprenda de alguna concepción filosófica, sino, simplemente, para desbaratar nuestra obra y ayudar a los guardias blancos, es decir, para azuzar contra nosotros a los campesinos medios, que han vacilado siempre, que no pueden menos de vacilar y que seguirán vacilando durante bastante tiempo. Para azuzarlos contra nosotros, les dirán: "¡Tened cuidado, están coqueteando con vosotros! Eso significa que han tomado en consideración vuestras insurrecciones, que han comenzado a vacilar”, etc., etc. Todos nuestros camaradas deben estar pertrechados contra semejante agitación. Y tengo la seguridad de que lo estarán si logramos ahora plantear esta cuestión desde el punto de vista de la lucha de clase.
p Es evidente a todas luces que este problema fundamental constituye una tarea más compleja, pero no menos urgente: ¿cómo determinar con precisión la actitud del proletariado ante el campesino medio’:’ Camaradas, desde el punto de vista teórico, asimilado por la inmensa mayoría de los obreros, esta cuestión no presenta dificultades para los marxistas. Recordaré, por ejemplo, que en el libro de Kautsky sobre el problema agrario—escrito cuando exponía con acierto la doctrina de Marx y era considerado una autoridad indiscutible en esta materia—se dice, al hablar de la transición del capitalismo al socialismo, que la tarea del partido socialista consiste en neutralizar al campesinado, es decir, en lograr que los campesinos permanezcan neutrales en la lucha entre el proletariado y la burguesía, que los campesinos no puedan prestar a esta última una ayuda activa contra nosotros.
197p Durante el larguísimo período de dominación de la burguesía, el campesinado apoyó el poder de ésta, estuvo al lado de ella. Y eso se comprende si se tiene en cuenta la fuerza económica de la burguesía y los medios políticos de su dominación. No podemos esperar que el campesino medio se coloque inmediatamente a nnestro lado. Pero si seguimos una política acertada, al cabo de algún tiempo terminarán esas vacilaciones, y el campesino podrá situarse a nuestro lado.
p Engels, que colocó con Marx los cimientos del marxismo científico, es decir, de la doctrina que sirve de guía constante a nuestro partido, sobre todo durante la revolución, subdividía ya a los campesinos en pequeños, medios y ricos, división que también hoy corresponde a la realidad en la inmensa mayoría de los países europeos. Engels decía: "Puede darse el caso de que no en todas partes tenga que aplastarse por la violencia ni siquiera a los campesinos ricos”. Y ningún socialista sensato ha pensado jamás que tuviéramos que emplear alguna vez la violencia contra los campesinos medios (los pequeños campesinos son amigos nuestros). Así hablaba Engels en 1894, un año antes de morir, cuando el problema agrario se planteaba a la orden del día^^96^^. Este punto de vista nos prueba una verdad a veces olvidada, pero con la que todos estamos de acuerdo en teoría. Por lo que se refiere a los terratenientes y capitalistas, nuestra tarea consiste en su completa expropiación. Pero no admitimos ninguna violencia contra los campesinos medios. Ni siquiera con relación a los campesinos ricos empleamos un lenguaje tan tajante como con la burguesía: expropiación absoluta de los campesinos ricos y de los kulaks. En nuestro programa se hace esa diferencia. Decimos: aplastamiento de la resistencia de los campesinos ricos, aplastamiento de sus conatos contrarrevolucionarios. Y esto no es lo mismo que expropiación completa.
p La diferencia principal que determina nuestra actitud ante la burguesía y ante el campesino medio—expropiación completa de la burguesía y alianza con el campesino medio que no explota a otros—es la pauta fundamental reconocida por todos en teoría. Mas, en la práctica, no es observada con la debida consecuencia, y en el plano local no se ha aprendido todavía a aplicarla. Cuando el proletariado, después de derrocar a la burguesía y de afianzar su propio poder, ha emprendido la obra de crear la nueva sociedad en sus diversos aspectos, la cuestión del campesino medio ha pasado a primer plano. Ningún socialista del mundo ha negado que la edificación del comunismo seguirá diferentes derroteros en los países de grandes nncas agrícolas y en los de pequeñas haciendas agrícolas. Es una verdad elementalísima, primaria. De ella se desprende que, conforme nos aproximamos a las tareas de la edificación del comunismo, 198 debemos concentrar nuestra máxima atención, en cierto sentido, precisamente en el campesino medio.
p Mucho depende de cómo definamos nuestra actitud ante el campesino medio. Este problema está resuelto en teoría, pero conocemos perfectamente, por propia experiencia, la diferencia existente entre la solución teórica de un problema y la aplicación práctica de esa solución. Hemos tocado de lleno esa diferencia, tan peculiar de la Gran Revolución Francesa, cuando la Convención adoptaba medidas de gran transcendencia, pero carecía de la base necesaria para aplicarlas y no sabía siquiera en qué clase debía apoyarse para llevar a cabo tal o cual medida.
p Las condiciones en que nos encontramos nosotros son incomparablemente más favorables. Todo un siglo de desarrollo nos permite saber en qué clase nos apoyamos. Pero sabemos también que la experiencia práctica de esta clase es harto insuficiente. Para la clase obrera, para el partido obrero, estaba claro lo fundamental: derrocar a la burguesía y entregar el poder a los obreros. Pero ¿cómo hacerlo? Todos recuerdan con cuántas dificultades y errores pasamos del control obrero a la dirección de la industria por los obreros. Y eso que se trataba de una labor en el seno de nuestra propia clase, en el seno de la masa proletaria, con la que siempre hemos tratado. Ahora, en cambio, debemos definir nuestra posición ante una nueva clase, ante una clase desconocida para el obrero urbano. Es necesario fijar la actitud ante una clase que no mantiene una posición firme, definida. El proletariado en masa es partidario del socialismo; la burguesía en masa está contra el socialismo; definir las relaciones entre estas dos clases es fácil. Pero cuando se trata de un sector como los campesinos medios, vemos que ésta es una clase que vacila. El campesino medio es en parte propietario y en parte trabajador. No explota a otros trabajadores. Se ha visto obligado a defender con esfuerzo inmenso su situación, ha experimentado en su propia carne la explotación a que lo sometían los terratenientes y los capitalistas, lo ha padecido todo, pero, al mismo tiempo, es propietario. Por eso, nuestra actitud ante esta clase vacilante ofrece dificultades inmensas. Basándonos en nuestra experiencia de más de un año, en más de seis meses de labor proletaria nuestra en el campo y en el hecho de que en él se haya producido ya la disociación en clases, debemos guardarnos, sobre todo, de cualquier precipitación, de toda teorización inhábil, de toda pretensión a considerar ya consumado lo que estamos haciendo, pero que aún no hemos acabado de hacer. En la resolución que somete a vuestro examen la comisión elegida por la sección agraria y que os leerá uno de los camaradas que me sucederá en el uso de la palabra encontraréis una advertencia suficiente al respecto.
199p Desde el punto de vista económico, es evidente que debemos acudir en ayuda del campesino medio. En este sentido no existe ninguna duda teórica. Pero dadas nuestras costumbres y nuestro nivel cultural, dadas la escasez de medios culturales y técnicos que podríamos ofrecer al campo y la debilidad que mostramos con frecuencia en nuestras relaciones con él, los camaradas apelan con harta frecuencia a la coerción y lo estropean todo. Ayer, sin ir más lejos, un camarada me entregó un folleto titulado Instrucciones y reglas sobre la organización del trabajo del partido en la provincia de Nizhni Nóvgorod, editado por el Comité local del PC(b) de Rusia. En la página 41, por ejemplo, de este folleto se dice: "El decreto sobre el impuesto extraordinario debe recaer con todo su peso sobre las espaldas de los kulaks rurales, sobre los especuladores y, en general, sobre el elemento medio del campesinado"^. ¡Esto se llama haber “comprendido”! O es una errata—¡y dejar pasar semejantes erratas es intolerable!—, o es un trabajo hecho con precipitación, a la ligera, que demuestra cuan peligroso es todo apresuramiento en este asunto. Tal vez se trate—y ésta es la peor hipótesis, que yo no quisiera hacer respecto a los camaradas de Nizhni Nóvgorod—de una mera incomprensión. Es muy probable que sea un simple descuido.
p En la práctica se dan casos como el que nos ha contado en la comisión un camarada. Un día lo rodearon los campesinos y lo asaetearon a preguntas: "Determina si soy campesino medio o no. Tengo dos caballos y una vaca. Tengo dos vacas y un caballo”, etc. Y este propagandista, que recorre los distritos, debería disponer de un termómetro infalible para ponérselo al campesino y averiguar si es o no campesino medio. Mas para eso es preciso conocer toda la historia de la hacienda de ese campesino y su actitud ante los grupos inferiores y superiores, cosa que no podemos saber con exactitud.
p Para eso se necesita mucha mano práctica, hay que conocer las condiciones locales. Y eso nos falta aún. No debemos avergonzarnos de confesarlo; debemos reconocerlo francamente. Jamás hemos sido unos utopistas ni nos hemos imaginado que íbamos a edificar la sociedad comunista con las manos limpitas de comunistas impolutos, que deben nacer y educarse en una sociedad puramente comunista. Eso son cuentos para niños. Debemos edificar el comunismo con los escombros del capitalismo, y eso sólo puede hacerlo la clase templada en la lucha contra el capitalismo. Como sabéis perfectamente, el proletariado no está exento de los defectos y debilidades de la sociedad capitalista. Lucha por el socialismo y, al mismo tiempo, combate sus propios defectos. La parte mejor del proletariado, su vanguardia, que ha luchado durante decenios a la desesperada en las ciudades, ha tenido la posibilidad de asimilar a lo largo de esa lucha 200 toda la cultura de la vida urbana, de la vida de la capital, y, hasta cierto punto, la ha asimilado. Vosotros sabéis que el campo, incluso en los países adelantados, estaba condenado a la ignorancia. Es claro que nosotros elevaremos el nivel cultural del campo, pero para ello se requieren años y años. Esto es lo que entre nosotros olvidan los camaradas en todas partes y lo que refleja ante nosotros con particular evidencia cada palabra de la gente de provincias, no de los intelectuales de aquí, de los que ocupan puestos oficiales—a éstos los hemos escuchado mucho—, sino de los que han observado prácticamente el trabajo en el campo. Estas palabras han tenido para nosotros un valor especial en la sección agraria y ahora—estoy convencido de ello—tendrán un valor extraordinario para todo el congreso del partido, pues no están sacadas de libros ni decretos, sino de la vida misma.
p Todo eso nos incita a trabajar de manera que nuestra actitud ante los campesinos medios quede lo más clara posible. Y es muy difícil, porque esa claridad no existe en la vida. Si se quiere zanjar la cuestión de golpe y porrazo, lejos de quedar resuelta, es insoluble. Hay quienes dicen: "No se debieron promulgar tantos decretos”, y reprochan al Gobierno soviético el haber publicado decretos sin saber cómo llevarlos a la práctica. Esas gentes no advierten, en realidad, cómo van deslizándose al campo de los guardias blancos. Si confiáramos en que la redacción de un centenar de decretos iba a cambiar la vida del campo, seríamos unos tontos de remate. Mas si renunciáramos a señalar en los decretos el camino a seguir, seríamos unos traidores al socialismo. Estos decretos, que en la práctica no han podido ser aplicados en el acto y en toda su integridad, han desempeñado un importante papel desde el punto de vista de la propaganda. Y si antes montábamos nuestra propaganda con verdades generales, hoy lo hacemos con nuestro trabajo. Esto también es propaganda, pero es una propaganda con la acción, y no en el sentido de acciones aisladas de unos advenedizos cualesquiera, que tanto nos hacían reír en la época de los anarquistas y del viejo socialismo. Nuestros decretos son llamamientos, mas no al viejo estilo: "¡Arriba, obreros, derrocad a la burguesía!" Son exhortaciones a las masas, son llamamientos a acciones prácticas. Los decretos son instrucciones que invitan a una acción práctica de las masas. Eso es lo que importa, y no que contengan muchas cosas inútiles, muchas cosas que no podrán ser aplicadas en la práctica. Pero en ellos hay material para obras eficaces, y su misión consiste en enseñar a dar pasos prácticos a los centenares, millares y millones de hombres que escuchan con atención la voz del Poder soviético. Son un ensayo de actividad concreta en el terreno de la edificación del socialismo en el campo. Si les damos esa interpretación, obtendremos extraordinaria utilidad de la suma de nuestras 201 leyes, decretos y disposiciones. No debemos interpretarlos como disposiciones absolutas que es necesario aplicar en seguida, inmediatamente, cueste lo que cueste.
p Hay que evitar cuanto pueda estimular en la práctica los abusos. En algunos sitios se han pegado a nosotros arribistas y aventureros que se dicen comunistas y nos engañan, que se han metido en nuestras filas porque los comunistas están hoy en el poder y porque los empleados más honestos no han querido trabajar con nosotros a causa de sus ideas atrasadas, en tanto que los arribistas carecen de ideas, de honestidad. Esta gente, cuya única aspiración es hacer méritos, emplea en los pueblos la coerción y cree que obra bien. Pero, en la práctica, eso da lugar a veces a que los campesinos digan: "¡Viva el Poder soviético, pero abajo la comuna}" (es decir, el comunismo). Casos así no son fantasías, sino hechos reales tomados de la vida, de los informes de los camaradas de los pueblos. No debemos olvidar el daño gigantesco que ocasiona toda falta de moderación, toda impaciencia, toda precipitación.
p Tuvimos que darnos prisa a toda costa para salir, mediante un salto temerario, de la guerra imperialista, que nos había conducido a la ruina; tuvimos que hacer esfuerzos desesperados para aplastar a la burguesía y a las fuerzas que amenazaban con aplastarnos a nosotros. Todo eso era imprescindible, sin ello no hubiésemos podido triunfar. Pero si se procede del mismo modo respecto al campesino medio, eso será tan idiota, tan estúpido y tan funesto para nuestra causa que sólo provocadores pueden obrar así conscientemente. La tarea debe ser planteada, en este caso, de un modo completamente distinto. No se trata aquí de cumplir la tarea que nos habíamos planteado antes: aplastar la resistencia de explotadores evidentes, vencerlos y derrocarlos. No; conforme íbamos cumpliendo esta tarea principal, se nos planteaban con carácter inmediato otras más complejas. En este terreno no se podrá crear nada por medio de la violencia. La violencia con el campesino medio es perjudicial en grado sumo. Se trata de un sector social numerosísimo, de muchos millones de personas. Ni siquiera en Europa, donde este sector no ha alcanzado tanta fuerza en ningún sitio, donde la técnica y la cultura, la vida urbana y los ferrocarriles están desarrollados en proporciones gigantescas y donde hubiera sido mucho más fácil pensar en eso, nadie, ni uno solo de los socialistas más revolucionarios ha propuesto la aplicación de medidas de violencia contra los campesinos medios.
p Cuando tomamos el poder, nos apoyamos en el conjunto de todo el campesinado. En aquel momento todos los campesinos tenían una sola tarea: luchar contra los terratenientes. Pero hasta hoy día siguen recelosos de la gran hacienda. El campesino piensa: "Si la hacienda es grande, volveré a verme de bracero”. Eso es falso, naturalmente. 202 Sin embargo, la idea de la gran hacienda está ligada en la mentalidad del campesino al odio, a los recuerdos de la terrible opresión del pueblo por los terratenientes. Esta sensación perdura, no ha desaparecido todavía.
p Debemos basarnos sobre todo en la verdad de que en este problema no es posible, por la misma naturaleza del asunto, conseguir nada con los métodos de la violencia. La tarea económica se plantea en este caso de un modo completamente distinto. No existe esa cúspide que es posible derribar dejando en pie todos los cimientos, todo el edificio. Esa cúspide formada por los capitalistas de la ciudad no existe en este caso. Actuar por la violencia en este caso significa echarlo todo a perder. Se precisa un largo trabajo de educación. Al campesino, práctico y realista no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo, debemos darle ejemplos concretos para demostrarle que la comuna es lo mejor. Naturalmente, no conseguiremos nada positivo si en el campo aparecen gentes atolondradas, que llegan revoloteando de la ciudad, charlan un poco, promueven unas cuantas discordias de intelectuales, y no de intelectuales, y se marchan después de enemistarse con todo el mundo. Eso suele ocurrir. Y es lógico que, en vez de respeto, tales gentes no despierten sino burlas.
p Debemos decir, en relación con eso, que estimulamos las comunas, pero que éstas deben organizarse de manera que se ganen la confianza de los campesinos. Hasta que eso no ocurra, seguiremos siendo alumnos de los campesinos y no maestros suyos. No hay nada más estúpido que considerarse maestros de los campesinos en todo, como hacen esos hombres que, sin conocer la agricultura ni sus peculiaridades, se han lanzado al campo únicamente porque han oído hablar de la utilidad de la hacienda colectiva, porque están cansados de la vida urbana y desean trabajar en la aldea. No hay nada más necio que la idea misma de la violencia en lo que se refiere a las relaciones económicas del campesino medio.
p En este caso la tarea no consiste en expropiar al campesino medio, sino en tener en cuenta las condiciones especiales de la vida del campesino, en aprender de él los métodos para pasar a un régimen mejor y en ¡no permitirse mandarl Esta es la norma que nos hemos impuesto. (Aplausos de todo el congreso.) Esta es la norma que hemos tratado de exponer en nuestro proyecto de resolución, pues la verdad es, camaradas, que hemos pecado bastante en este sentido. No nos avergonzamos lo más mínimo de reconocerlo. Carecíamos de experiencia. La propia lucha contra los explotadores la hemos aprendido en la práctica. Si a veces se nos reprocha esa lucha, podemos decir: "La culpa es de ustedes, señores capitalistas. Si ustedes no hubieran opuesto una resistencia tan brutal, insensata, 203 insolente y desesperada, si no se hubieran aliado con la burguesía del mundo entero, la revolución habría adquirido formas más pacíficas”. Hoy, después de haber rechazado los rabiosos ataques que nos han hecho desde todos los lados, podemos pasar a otros métodos porque no actuamos como un círculo, sino como un partido que conduce a millones de seres. Esos millones no pueden comprender en el acto el cambio de rumbo, debido a lo cual vemos a cada paso que los golpes dirigidos contra los kulaks dan en el campesino medio. No tiene nada de extraño. Lo que hace falta es comprender que el origen de semejante hecho está en unas condiciones históricas ya superadas, y que las nuevas condiciones y las nuevas tareas con relación a esta clase exigen una nueva mentalidad.
p Nuestros decretos acerca de las explotaciones campesinas son justos en el fondo. No tenemos motivos para retractarnos de ninguno de ellos ni para lamentarlos. Mas si los decretos son justos, lo injusto es imponérselos por la fuerza a los campesinos. En ningún decreto se habla de eso. Son justos como rutas trazadas, como un llamamiento a adoptar medidas prácticas. Cuando decimos: " Estimulad la asociación”, damos directrices que deben ser ensayadas muchas veces para encontrar la forma definitiva de su aplicación. Puesto que se ha dicho que es necesario lograr la conformidad voluntaria, hay que convencer a los campesinos, y convencerlos en la práctica. No se dejarán convencer sólo con palabras, y harán bien. Lo malo sería que se dejaran convencer por la simple lectura de los decretos y las hojas de propaganda. Si fuera posible transformar así la vida económica, esa transformación no valdría un comino. Primero hay que demostrar que esa asociación es mejor, hay que asociar a la gente de manera que se agrupen de verdad y no que riñan; demostrar que la asociación es beneficiosa. Así plantean el problema los campesinos y así lo plantean también nuestros decretos. Y si no hemos logrado asociarlos hasta ahora, no hay en ello nada de vergonzoso y debemos reconocerlo públicamente.
p Por el momento no hemos cumplido más que la tarea básica de toda revolución socialista: vencer a la burguesía. Y la hemos cumplido en lo fundamental, aunque ahora empieza un semestre dificilísimo, en el que los imperialistas de todo el mundo están haciendo los últimos esfuerzos para aplastarnos. Hoy podemos decir, sin exagerar lo más mínimo, que ellos mismos han comprendido que, después de este semestre, su causa estará perdida por completo. O aprovechan ahora nuestro agotamiento y vencen al país, que está solo, o nosotros saldremos vencedores, y no sólo en lo que se refiere a nuestro país. En este semestre, en el que la crisis del abastecimiento se entrelaza con la del transporte, y las potencias imperialistas tratan de emprender la ofensiva en varios frentes, nuestra situación es 204 difícil en extremo. Pero éste será el último semestre difícil. Es preciso seguir poniendo en tensión todas las fuerzas para luchar contra el enemigo exterior, que nos ataca.
p Mas, a pesar de las dificultades, a pesar de que toda nuestra experiencia está dirigida al aplastamiento inmediato de los explotadores, cuando hablamos de las tareas que implica el trabajo en el campo debemos tener presente, y no olvidarlo, que allí el problema de los campesinos medios está planteado en otros términos.
p Todos los obreros conscientes—de Petrogrado, de IvánovoVoznesensk, de Moscú—que han estado en el campo han citado ejemplos demostrativos de que una serie de equivocaciones, al parecer las más irreparables, y una serie de conflictos, que parecían los más graves, se allanaban o atenuaban cuando tomaban la palabra obreros sensatos. Y se allanaban o atenuaban porque estos obreros no hablaban en un lenguaje libresco, sino en un lenguaje comprensible para el campesino, porque no hablaban como jefes que se permiten dar órdenes, aunque desconozcan la vida del campo, sino como camaradas que explican a los campesinos la situación y que apelan a sus sentimientos de trabajadores contra los explotadores. Y en el terreno de esta explicación fraternal se conseguía lo que no pudieron lograr otros cientos, que se comportaban como jefes y superiores.
p Ese es el espíritu que impregna toda la resolución que sometemos a vuestro estudio.
p En mi breve informe he intentado detenerme en el aspecto de principio, en la importancia política general de esta resolución. He procurado demostrar—y quiero creer que lo he logrado—que desde el punto de vista de los intereses de la revolución en su conjunto no existe ningún viraje, no existe ningún cambio de línea. Los guardias blancos y sus auxiliares gritan o van a gritar que sí. Que griten cuanto quieran. Nos tiene sin cuidado. Llevaremos adelante nuestras tareas del modo más consecuente. Nuestra atención, dedicada hasta ahora a la tarea de aplastar a la burguesía, debe concentrarse en la de organizar la vida del campesino medio. Debemos vivir en paz con él. En la sociedad comunista, los campesinos medios sólo vendrán a nuestro lado cuando aliviemos y mejoremos las condiciones económicas de su vida. Si mañana pudiéramos proporcionar 100.000 tractores de primera clase, dotarlos de gasolina y de conductores (de sobra sabéis que, por ahora, esto es una fantasía), los campesinos medios dirían: "Voto por la comuna" (es decir, por el comunismo). Mas, para hacer esto, tenemos que vencer antes a la burguesía internacional, obligarla a suministrarnos esos tractores, o elevar nuestra productividad hasta el 205 punto de que podamos suministrarlos nosotros mismos. Sólo así quedará planteado con acierto este problema.
p El campesino necesita de la industria de la ciudad, no puede vivir sin ella, y la industria está en nuestras manos. Si abordamos la tarea como es debido, el campesino nos estará agradecido, ya que le llevaremos de la ciudad estos productos, estos aperos, esta cultura. Y no serán los explotadores, los terratenientes, quienes se los llevarán, sino camaradas trabajadores como él, a quienes tiene hondo aprecio, pero con un espíritu práctico, sólo por su ayuda real, rechazando—y con justa razón—los métodos de ordeno y mando, la "prescripción" desde arriba.
p Ayudadle primero y tratad luego de ganaros su confianza. Si se encauza bien esta labor, si se organiza con acierto cada paso de nuestros grupos en los distritos, en los subdistritos, en los destacamentos de abastecimiento y en las distintas organizaciones, si se comprueba con atención desde este punto de vista toda medida nuestra, nos ganaremos la confianza del campesino, y sólo entonces podremos marchar adelante. Hoy debemos prestarle ayuda, aconsejarle. No se tratará de la orden de un jefe, sino del consejo de un camarada. En ese caso, el campesino estará por completo a nuestro lado.
p Eso es, camaradas, lo que contiene nuestra resolución, eso es lo que, a mi entender, debe acordar el congreso. Si aprobamos eso, si lo convertimos en guía para toda la labor de las organizaciones de nuestro partido, podremos cumplir también la segunda y gran tarea que tenemos planteada.
Hemos aprendido a derribar a la burguesía y a aplastarla y nos enorgullecemos de ello. Pero no hemos aprendido todavía, y debemos declararlo abiertamente, a normalizar nuestras relaciones con los millones de campesinos medios, a ganarnos su confianza. Sin embargo, hemos comprendido la tarea, la hemos planteado y nos decimos llenos de esperanza, con pleno conocimiento de causa y toda decisión: cumpliremos con éxito esta tarea, y, entonces, el socialismo será absolutamente invencible. (Prolongados aplausos.)
Notes