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VIII CONGRESO DEL PC(b) DE RUSIA^^83^^
¡8-23 DE MARZO DE 1919
 
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INFORME SOBRE EL PROGRAMA
DEL PARTIDO, PRONUNCIADO
EL 19 DE MARZO
 

p Publicado en marza-ahril de 1919 en los periódicos "I’rm’dn" e "Izvestiti del C.F.C. de toda Knsin".

p T. .<?«, págs. 151-184. 187-205. 207-210.

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p (Aplausos.) Camaradas: Conforme a la distribución de temas convenida con el camarada Bujarin, me corresponde exponer el criterio de la comisión sobre toda una serie de puntos concretos, más litigiosos o de mayor interés en estos momentos para el partido^^84^^.

Empezaré por hablar brevemente de los puntos que ha tratado al final de su informe el camarada Bujarin, puntos en que discrepamos en el seno de la comisión. El primero estriba en el carácter que debe tener la estructura de la parte general de nuestro programa. A mi entender, el camarada Bujarin no ha expuesto con toda exactitud las razones que han movido a la mayoría de la comisión a rechazar las tentativas de redactar el programa, tachando de él todo lo que se decía del viejo capitalismo. El camarada Bujarin se expresaba de manera que a veces se podía creer que la mayoría de la comisión temía el qué dirán, temía ser acusada de insuficiente respeto a lo viejo. No cabe duda de que, tal como se presenta, la posición de la mayoría de la comisión queda bastante ridiculizada. Pero eso está muy lejos de la verdad. La mayoría de la comisión ha rechazado esas tentativas porque entrañarían una posición errónea. No corresponderían a la verdadera situación. El imperialismo puro, sin la base fundamental del capitalismo, no ha existido nunca, no existe en parte alguna ni existirá jamás. Esto es una síntesis falsa de cuanto se ha dicho acerca de los consorcios, de los cárteles, los trusts y el capitalismo financiero, cuando este último era presentado como si estuviese privado de todas las bases que constituyen el viejo capitalismo.

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p Esto no es así. Sobre todo, referido a la época de la guerra imperialista y a la que sigue a la guerra imperialista. En uno de sus razonamientos sobre la guerra futura, Engels escribía ya que ésta causaría una devastación más atroz que la debida a la Guerra de los Treinta Años, que la humanidad retrocedería en grado considerable al salvajismo, que nuestro artificioso mecanismo del comercio y la industria se desmoronaría8:l. Al principio de la guerra, los socialtraidores y los oportunistas se jactaban de la vitalidad del capitalismo y ridiculizaban a los "fanáticos o semianarquistas”, como ellos nos llamaban. "Mirad—decían—, estos vaticinios no se han confirmado. ¡Los acontecimientos han demostrado que esto era cierto sólo con respecto a un insignificante número de países y por un período muy corto de tiempo!" Pero hoy, no sólo en Rusia y en Alemania, sino en los países vencedores también da comienzo precisamente un desmoronamiento tan gigantesco del capitalismo moderno que suprime a cada paso este mecanismo artificioso y restablece el viejo capitalismo.

p Cuando el camarada Bujarin afirmaba que se podría intentar presentar un cuadro acabado del desmoronamiento del capitalismo y del imperialismo, nosotros lo rebatimos en la comisión, y yo tengo que rebatirlo también aquí: probad a hacerlo y veréis cómo no lo conseguís. El camarada Bujarin lo intentó en el seno de la comisión y tuvo que desistir él mismo. Estoy plenamente convencido de que si alguien pudiera hacerlo, sería, sobre todo, el camarada Bujarin, el cual se ha ocupado de esta cuestión larga y meticulosamente. Yo afirmo que tal intento no puede tener éxito porque el problema es erróneo. Ahora estamos viviendo en Rusia las consecuencias de la guerra imperialista y asistimos al comienzo de la dictadura del proletariado. Y al mismo tiempo, en toda una serie de regiones de Rusia, que han estado aisladas las unas de las otras más de lo que estuvieron antes, vemos a cada paso el renacimiento del capitalismo y el desarrollo de su primera fase. No es posible pasar esto por alto. Si redactáramos el programa tal como quería el camarada Bujarin, sería un programa erróneo. En el mejor de los casos, repetiría lo más afortunado que se ha dicho del capitalismo financiero y el imperialismo, pero no’reflejaría la realidad, porque ésta no da ese cuadro acabado. Un programa compuesto de partes heterogéneas no es elegante (lo cual, claro está, no tiene importancia); pero un programa distinto sería simplemente un programa erróneo. De esta heterogeneidad, de la obra hecha con distintos materiales, por desagradable que ello sea, por desaliñado que parezca, no saldremos durante un período muy largo. Cuando logremos salir de ello redactaremos un nuevo programa. Pero entonces viviremos ya en la sociedad socialista. 165 Sería ridículo pretender que las condiciones de entonces fueran las mismas de ahora.

p Vivimos en una época en que ha resucitado toda una serie de los fenómenos básicos más elementales del capitalismo. Basta tomar, por ejemplo, el desbarajuste del transporte cuyos efectos sentimos tan bien, mejor dicho, tan mal, en nosotros mismos. Eso mismo ocurre también en otros países, incluso en los países vencedores. Pero iqué significa el desbarajuste del transporte en el sistema imperialista? El retorno a las formas más primitivas de producción mercantil. Sabemos muy bien qué significa eso de los del saco. Por lo visto, los extranjeros no comprendían hasta ahora este término. ¿Y hoy? Conversad con los camaradas que han venido al Congreso de la Tercera Internacional. Resulta que en Alemania y Suiza comienzan a aparecer términos idénticos. Ahora bien, no podréis referir esta categoría a ninguna dictadura del proletariado, sino que tendréis que volver la vista a los albores de la sociedad capitalista y de la producción mercantil.

p Salir de esta triste realidad mediante la creación de un programa llano y acabado es dar un salto en el vacío, andar por las nubes, trazar un programa erróneo. Y en modo alguno es el respeto a lo viejo, como cortésmente insinuaba el camarada Bujarin, lo que nos ha obligado a introducir en el nuevo programa pasajes del viejo. Según el camarada Bujarin, la cosa era así: el programa fue redactado en 1903 con la participación de Lenin; el programa, sin ningún género de dudas, es malo; pero como lo que más les gusta a los viejos es recordar el pasado, ocurre que, por respeto a lo viejo, se ha redactado en una época nueva un nuevo programa en el que se repite lo que está dicho en el viejo. Si así fuera, habría que reírse de gentes tan extravagantes. Pero yo afirmo que no es así. El capitalismo que se describió en 1903 continúa siendo el mismo en 1919 en la República proletaria de los Soviets, precisamente en virtud de la descomposición del imperialismo, en virtud de su bancarrota. Es el capitalismo que podemos ver, por ejemplo, en las provincias de Samara y Viatka, no muy lejos de Moscú. En tiempos en que la guerra civil desgarra al país no saldremos tan pronto de esa situación, de ese fenómeno de los del saco. Por esta razón sería erróneo redactar el programa de cualquier otra manera. Hay que decir las cosas como son: el programa debe contener lo que es absolutamente indiscutible, lo que ha sido comprobado en realidad: sólo entonces será un programa marxista.

p El camarada Bujarin lo comprende bien en teoría y dice que el programa debe ser concreto. Pero una cosa es comprenderlo y otra aplicarlo en la práctica. Lo concreto en el camarada Bujarin 166 es una exposición libresca del capitalismo financiero. En realidad vemos fenómenos heterogéneos. En cada provincia agrícola, al lado de la industria monopolizada existe la libre competencia. En ninguna parte del mundo ha existido ni existirá el capitalismo monopolista sin la libre competencia en una serie de ramas. Escribir de semejante sistema significaría trazar un sistema irreal y falso. Si Marx decía de la manufactura que era una superestructura de la pequeña producción en masa^^86^^, el imperialismo y el capitalismo financiero son superestructuras del viejo capitalismo. Desmoronad la cúspide y aparecerá el viejo capitalismo. Mantener el punto de vista de que existe un imperialismo puro, sin el viejo capitalismo, es pintar como querer.

p En ese error natural se incurre con mucha facilidad. Si tuviéramos delante un imperialismo puro, que hubiese transformado radicalmente al capitalismo, nuestra tarea sería cien mil veces más fácil. Tendríamos un sistema en el que todo estaría subordinado únicamente al capital financiero. Entonces no nos quedaría más que quitar la cúspide y dejar el resto en manos del proletariado. Esto sería agradabilísimo, pero la realidad es otra. En realidad, el desarrollo es de tal naturaleza que nos obliga a proceder de un modo completamente distinto. El imperialismo es una superestructura del capitalismo. Cuando éste se desmorona, nos vemos frente a la cúspide derrumbada y a los cimientos desnudos. Por eso nuestro programa, si quiere ser exacto, debe presentar las cosas tales y como son. Tenemos el viejo capitalismo, que en una serie de ramas se ha desarrollado hasta transformarse en imperialismo. Sus tendencias son exclusivamente imperialistas. Los problemas esenciales no pueden ser examinados más que desde el punto de vista del imperialismo. No existe ninguna cuestión importante de política interior o exterior que pueda resolverse de otro modo que desde el punto de vista de esta tendencia. Por de pronto, el programa no trata de eso. En realidad, existe un inmenso subsuelo del viejo capitalismo. Existe una superestructura imperialista que ha conducido a la guerra, y de esta guerra ha surgido el comienzo de la dictadura del proletariado. De esta fase no podréis desentenderos. Este hecho caracteriza el ritmo mismo del desenvolvimiento de la revolución proletaria en todo el mundo y persistirá durante muchos años.

p Es posible que las revoluciones del Occidente de Europa se realicen de manera más llana; pero, no obstante, la reorganización de todo el mundo, la reorganización de la mayoría de los países exigirá un período largo, de muchos años. Y esto quiere decir que, en el período de transición que estamos atravesando, no podemos eludir esta realidad variada. No hay manera de deshacerse de ella, 167 compuesta como está de partes heterogéneas; por inelegante que sea, no se puede quitar nada de ahí. Un programa redactado de manera diferente de como está el nuestro sería erróneo.

p Decimos que hemos llegado a la dictadura. Pero hay que saber cómo hemos llegado. El pasado nos detiene, nos sujeta con mil manos e impide dar un solo paso adelante o nos obliga a darlo tan mal como lo estamos dando. Y nosotros decimos: para comprender la situación en que nos encontramos hay que contar cómo hemos marchado, qué es lo que nos ha traído a la misma revolución socialista. Nos ha traído el imperialismo, nos ha traído el capitalismo en sus formas primarias de economía mercantil. Todo esto es necesario comprenderlo, porque únicamente teniendo en cuenta la realidad podremos resolver problemas como, por ejemplo, el de la actitud a adoptar con los campesinos medios. En efecto, ¿de dónde ha podido surgir el campesino medio en la época del capitalismo puramente imperialista? Ni siquiera en los países simplemente capitalistas existía. Si tratamos de decidir qué actitud adoptar ante este fenómeno casi medieval (ante el campesino medio), manteniéndonos exclusivamente en el punto de vista del imperialismo y de la dictadura del proletariado, no ataremos cabos, no haremos otra cosa que dar tropezones. Ahora bien, si tenemos que cambiar de actitud ante el campesino medio, tened la bondad de decir también en la parte teórica de dónde ha salido este campesino y qué representa. Es un pequeño productor de mercancías. Este es el abecé del capitalismo que hay que enunciar, porque aún no hemos salido de este abecé. Esquivarlo y decir: "¿Para qué ocuparnos del abecé cuando hemos estudiado el capitalismo financiero?”, es una falta de seriedad en grado superlativo.

p Lo mismo debo decir del problema nacional. El camarada Bujarin también pinta en este punto como quiere. Dice que no se puede reconocer el derecho de las naciones a la autodeterminación. La nación es la burguesía con el proletariado. ¡Reconocer nosotros, los proletarios, el derecho a la autodeterminación de esa burguesía despreciable! ¡Eso es una incongruencia cabal! Perdón, pero yo afirmo que eso concuerda con la realidad. Si no se admite, lo que se hará será fantasear. Se apela al proceso de disociación que se está operando en el seno de la nación, al proceso de separación del proletariado y la burguesía. Pero aún estamos por ver cómo se producirá esta disociación.

p Tomemos, por ejemplo, a Alemania, modelo de país capitalista adelantado que, en el sentido de organización del capitalismo, del capitalismo financiero, se encontraba a un nivel superior al de Norteamérica. Alemania se hallaba a un nivel inferior en muchos sentidos, en el de la técnica y la producción, en el sentido político; 168 pero, en lo que respecta a organización del capitalismo financiero, en lo que respecta a transformación del capitalismo monopolista en capitalismo monopolista de Estado, Alemania estaba por encima de Norteamérica. Un modelo, al parecer. Y ¿qué vemos allí? ¿Se ha disociado el proletariado alemán de la burguesía? ¡No! Ha habido noticia de que sólo en unas cuantas ciudades importantes la mayoría de los obreros se pronuncia contra los adeptos de Scheidemann. Pero ¿cómo ha sucedido eso? ¡Mediante la alianza de los espartaquistas con los tres veces malditos mencheviques-independientes alemanes, que todo lo embrollan y pretenden el maridaje del sistema de los Soviets con la Asamblea Constituyente! ¡Eso es lo que sucede en esa misma Alemania! Y se trata de un país adelantado.

p El camarada Bujarin dice: "¿Para qué necesitarnos el derecho de las naciones a la autodeterminación?" Repetiré la objeción que le hice cuando él, en el verano de 1917, propuso desechar el programa mínimo y dejar únicamente el programa máximo. Yo le repliqué entonces: "No te ufanes al partir para la guerra; déjalo para la vuelta”. Lo haremos cuando hayamos conquistado el poder y haya pasado algún tiempo  [168•* . Hoy, conquistado ya el poder y transcurrido cierto tiempo, estoy de acuerdo en hacerlo. Hemos pasado cíe lleno a la construcción socialista, hemos repelido la primera embestida que nos amenazaba; ahora es tiempo de hacerlo. Lo mismo cabe decir en cuanto al derecho de las naciones a la autodeterminación. "Yo quiero reconocer únicamente el derecho de las clases trabajadoras a la autodeterminación”, dice el camarada Bujarin. Eso significa que usted quiere reconocer lo que en realidad no se ha alcanzado en ningún país, salvo en Rusia. Es ridículo.

p Véase Finlandia: país democrático, más desarrollado, más culto que el nuestro. Allí se está produciendo el proceso de separación, de disociación del proletariado, y se produce de una manera peculiar, mucho más dolorosa que en el nuestro. Los finlandeses han padecido la dictadura de Alemania, ahora padecen la de la Entente. Pero gracias a que nosotros hemos reconocido el derecho de las naciones a la autodeterminación, el proceso de disociación se ha facilitado allí. Recuerdo muy bien la escena del Smolny, cuando hube de entregar el acta a Svinhufvud^^87^^—traducido al ruso significa "cabeza de cerdo"—representante de la burguesía finlandesa, el cual jugó el papel de verdugo. Me estrechó la mano amablemente y cambiamos unos cumplidos. ¡Qué desagradable fue aquello! Pero había que hacerlo, porque entonces la burguesía finlandesa engañaba al pueblo, engañaba a las masas trabajadoras, diciendo que los de 169 Moscovia, los patrioteros, los chovinistas rusos querían estrangular a los finlandeses. Era forzoso hacerlo.

p ¿Acaso ayer no tuvimos que hacer lo mismo con la República de Bashkiria^^88^^? Cuando el camarada Bujarin decía: "Se puede reconocer este derecho a algunos”, pude incluso tomar nota de que en su lista figuraban los hotentotes, los bosquimanes y los hindúes. Al oír esta enumeración, pensé: ¿cómo ha podido el camarada Bujarin olvidarse de una pequenez, de los bashkires? En Rusia no existen bosquimanes, tampoco he oído que los hotentotes hayan pretendido tener su república autónoma, pero tenemos bashkires, kirguizes y otros muchos pueblos a los que no podemos negar este derecho. No lo podemos negar a ninguno de los pueblos que viven dentro de las fronteras de lo que fue Imperio ruso. Admitamos incluso que los bashkires derrocasen a los explotadores y que nosotros les ayudásemos a hacerlo. Pero esto es posible únicamente si la revolución ha alcanzado plena madurez. Y hay que hacerlo con cautela para no frenar con nuestra intervención ese mismo proceso de disociación del proletariado que debemos acelerar. Ahora bien, ¿qué es lo que podemos hacer respecto a pueblos como los kirguizes, uzbekos, tadzhikos y turkmenos, que hasta hoy se encuentran bajo la influencia de sus mulhas? En Rusia, después de una larga experiencia con los popes, la población nos ayudó a derribarlos. Pero vosotros sabéis lo mal que hasta ahora se cumple en la práctica el decreto sobre el matrimonio civil. ¿Podemos nosotros dirigirnos a estos pueblos y decirles: "Nosotros vamos a derrocar a vuestros explotadores"? No lo podemos hacer, porque se encuentran dominados totalmente por sus mulhas. Es necesario esperar que se desarrolle la nación de que se trate y que el proletariado se disocie de los elementos burgueses, lo cual es inevitable.

p El camarada Bujarin no quiere esperar. Se deja dominar por la impaciencia: "¿A santo de qué?—dice—. Si nosotros hemos derrocado a la burguesía y hemos instaurado el Poder soviético y la dictadura del proletariado, ¿a santo de qué vamos a proceder así?" Esto obra como un llamamiento que entusiasma, es una indicación del camino que debemos seguir; pero si en nuestro programa nos limitamos únicamente a proclamarlo, más que un programa resultará una proclama. Nosotros podemos proclamar el Poder soviético, la dictadura del proletariado y el mayor desprecio a la burguesía, que lo tiene merecido mil veces, pero nuestro programa debe recoger con precisión absoluta la realidad. Entonces será indiscutible.

p Nos mantenemos en un punto de vista estrictamente de clase. Lo que consignamos en el programa es el reconocimiento de lo que se ha producido en la realidad después de la época en que escribimos 170 sobre la autodeterminación de las naciones de una manera general. Entonces no existían aún repúblicas proletarias. Cuando han surgido, y sólo en la medida que han surgido, hemos podido escribir lo que hemos formulado en el programa: "Unión federativa de Estados, organizados según el tipo soviético". El tipo soviético no son todavía los Soviets, tal como existen en Rusia, pero se está haciendo internacional. Esto es lo único que podemos decir. Ir más allá, un paso más allá, un milímetro más allá sería ya erróneo y, por ello, no nos serviría de nada para el programa.

p Nosotros decimos: es necesario tener presente el escalón en que se encuentra una nación determinada en el camino que va del régimen medieval a la democracia burguesa y de ésta a la democracia proletaria. Esto es de una certidumbre absoluta. Todas las naciones tienen derecho a la autodeterminación, y en lo concerniente a los hotentotes y los bosquimanes no cabe hacer una referencia especial. La inmensa mayoría de la población de la Tierra, probablemente las nueve décimas partes, tal vez el noventa y cinco por ciento, se ajusta a esta caracterización, pues todos los países se encuentran en el camino que va del régimen medieval a la democracia burguesa o de ésta a la democracia proletaria. Es un camino inevitable por completo. No es posible decir más, porque no sería exacto, porque no correspondería a la realidad. Desechar la autodeterminación de las naciones y sustituirla por la autodeterminación de los trabajadores es totalmente erróneo, porque semejante manera de plantear las cosas no tiene en cuenta las dificultades, la vía tortuosa que sigue la disociación en el seno de las naciones. En Alemania se realiza de una manera distinta que entre nosotros: en algunos aspectos es más rápida; en otros, el camino es más lento y más cruento. En nuestro país, ningún partido ha aceptado una idea tan monstruosa como la de combinar los Soviets y la Asamblea Constituyente. Y nosotros hemos de vivir al lado de estas naciones. Los adeptos de Scheidemann dicen ya ahora de nosotros que queremos conquistar a Alemania. Esto es, desde luego, absurdo y ridículo. Pero la burguesía tiene sus intereses y su prensa que lo pregona a los cuatro vientos en centenares de millones de ejemplares, y Wilson, partiendo de sus intereses, lo apoya. Los bolcheviques, al decir de esas gentes, poseen un numeroso ejército y quieren implantar el bolchevismo en Alemania mediante la conquista. Los mejores hombres de Alemania, los espartaquistas, nos han dicho que a los obreros alemanes se les azuza contra los comunistas, diciéndoles: "¡Mirad qué mal marchan las cosas entre los bolcheviques!" Y en efecto, no podemos decir que las cosas nos vayan muy bien. El argumento que allí esgrimen nuestros enemigos para influir en las masas es el de que la revolución proletaria en Alemania entrañaría el mismo desorden que en Rusia. Nuestro desorden es 171 una enfermedad nuestra de larga duración. Luchamos contra tremendas dificultades, al implantar en nuestro país la dictadura del proletariado. Mientras la burguesía o la pequeña burguesía, o incluso una parte de los obreros alemanes, se encuentre bajo los efectos de este espantajo: "Los bolcheviques quieren implantar por la fuerza su régimen”, la fórmula "autodeterminación de los trabajadores" no mejorará la situación. Debemos plantear las cosas de modo que los socialtraidores alemanes no puedan decir que los bolcheviques imponen su sistema universal, que, según ellos, puede ser llevado a Berlín en la punta de las bayonetas de los soldados rojos. Y si negamos el principio de autodeterminación de las naciones, podrían decirlo.

p Nuestro programa no debe hablar de autodeterminación de los trabajadores, porque eso es erróneo. Debe decir las cosas tal como son. Puesto que las naciones se encuentran en diferentes etapas del camino que va del régimen medieval a la democracia burguesa, y de la democracia burguesa a la proletaria, esta tesis de nuestro programa es absolutamente exacta. En este camino hemos tenido numerosos zigzags. Cada nación debe obtener el derecho a la autodeterminación, y esto contribuye a la autodeterminación de los trabajadores. En Finlandia, el proceso de separación entre el proletariado y la burguesía se está desarrollando de manera muy acusada, fuerte, profunda. Allí todo marchará, en cualquier caso, no como entre nosotros. Si nosotros dijéramos que no reconocemos a la nación finlandesa, sino únicamente a las masas trabajadoras, esto sería el mayor de los absurdos. No se puede menos de reconocer lo que existe: la realidad se impondrá por sí misma. En los diferentes países, el deslindamiento de los campos entre el proletariado y la burguesía sigue vías peculiares. En este camino tenemos que obrar con suma prudencia. Debemos observar una prudencia especial con respecto a las diferentes naciones, porque no hay peor cosa que la desconfianza de una nación. Entre los polacos se está operando el proceso de autodeterminación del proletariado. He aquí los últimos datos sobre la composición del Soviet de diputados obreros de Varsovia^^89^^: socialtraidores polacos, 333; comunistas, 297. Esto demuestra que allí, según nuestro calendario revolucionario, ya no está lejos Octubre. Allí se está en agosto o en septiembre de 1917. Pero, primero, no existe todavía un decreto que obligue a todos los países a vivir conforme al calendario revolucionario bolchevique, y si existiese, no se cumpliría. Segundo, la mayoría de los obreros polacos, más adelantados y cultos que los nuestros, mantiene el punto de vista del socialdefensismo, del socialpatriotismo. Hay que esperar. Aquí no se puede hablar de autodeterminación de las masas trabajadoras. Debemos hacer propaganda en pro de esta disociación. 172 Eso lo hacemos, pero no cabe la menor duda de que no se puede menos de reconocer ahora ya la autodeterminación de la nación polaca. Eso es evidente. El movimiento proletario polaco sigue el mismo rumbo que el nuestro, marcha hacia la dictadura del proletariado, pero de una manera diferente a la de Rusia. Y se intimida a los obreros, diciéncloles que los moscovitas, los rusos, que han oprimido siempre a los polacos, quieren imponer a Polonia su chovinismo ruso, enmascarado con el nombre de comunismo. No es por la violencia como se hace arraigar el comunismo. Uno de los mejores camaradas entre los comunistas polacos, cuando yo le dije: "Vosotros procederéis de otra manera”, me respondió: "No, nosotros haremos lo mismo que vosotros, pero lo haremos mejor que vosotros”. Contra tal argumento no he tenido absolutamente nada que objetar. Hay que concederles la posibilidad de cumplir este modesto deseo: instaurar el Poder soviético mejor que en nuestro país. No es posible dejar de tener en cuenta que allí el camino que debe seguirse tiene algunas peculiaridades, y no se puede exclamar: "¡Abajo el derecho de las naciones a la autodeterminación! Concedemos el derecho a la autodeterminación únicamente a las masas trabajadoras”. Esta autodeterminación sigue una vía muy complicada y difícil. No existe en ninguna parte, excepción hecha de Rusia, y, previendo todas las fases de su desarrollo en otros países, no se debe decretar nada desde Moscú. He ahí por qué esta propuesta es inaceptable desde el punto de vista de los principios.

p Paso a los otros puntos, que, conforme al plan trazado, debo tratar. He planteado en primer plano la cuestión de los pequeños propietarios y los campesinos medios. A este respecto, el apartado 47 dice:

p “Con relación a los campesinos medios, la política del PC de Rusia consiste en incorporarlos de una manera paulatina y metódica a la construcción socialista. El partido se plantea la tarea de apartarlos de los kulaks, de atraerlos al lado de la clase obrera mediante una solícita preocupación por sus necesidades, luchando contra su atraso con medidas de influencia ideológica y nunca con medidas represivas, tratando, en todos los casos en que sean afectados sus intereses vitales, de concertar acuerdos prácticos con ellos, haciéndoles concesiones cuando se trate de determinar los métodos para llevar a cabo las transformaciones socialistas."

p A mi parecer, aquí formulamos lo que los fundadores del socialismo afirmaron en reiteradas ocasiones con respecto a los campesinos medios. El único defecto de que adolece este punto es el de ser poco concreto. Es difícil que pudiéramos decir más en un programa. Pero en el congreso no cabe plantear únicamente cuestiones programáticas, debemos conceder al problema de los 173 campesinos medios una atención redoblada, decuplicada. Obran en nuestro poder datos, según los cuales aparece claro que los levantamientos que se han producido en algunas zonas obedecen a un plan de conjunto, ligado evidentemente con el plan militar de los guardias blancos, que han fijado para marzo la ofensiva general y la organización de una serie de insurrecciones. La presidencia del congreso tiene un proyecto de manifiesto en nombre del mismo que será sometido a vuestro examen^^90^^. Estos levantamientos muestran con claridad meridiana que los eseristas de izquierda y una parte de los mencheviques—en Briansk fueron los mencheviques quienes trabajaron en la organización del levantamiento—desempeñan el papel de agentes directos de los guardias blancos. Ofensiva general de los guardias blancos, levantamientos en el campo, interrupción del tráfico ferroviario: ¿no se conseguirá, aunque sea de este modo, derribar a los bolcheviques? Aquí es donde aparece con particular relieve, y como cuestión apremiante y vital en sumo grado, el papel de los campesinos medios. En el congreso no sólo debemos subrayar de un modo especial nuestra disposición a hacer concesiones a los campesinos medios, sino, además, acordar una serie de medidas, lo más concretas posible, que otorguen, cuando menos, algunas ventajas directas a los campesinos medios. Lo exigen imperiosamente tanto los intereses de nuestra propia conservación como los intereses de la lucha contra todos nuestros enemigos, que saben que el campesino medio vacila entre nosotros y ellos y que tratan de apartarlo de nosotros. Hoy, nuestra situación es tal que contamos con reservas inmensas. Sabemos que tanto la revolución polaca como la húngara maduran con gran rapidez. Estas revoluciones nos darán reservas proletarias, aliviarán nuestra situación y fortalecerán de manera inconmensurable nuestra base proletaria, que en nuestro país es débil. Esto puede ocurrir en los próximos meses, pero no sabemos exactamente cuándo ocurrirá. No ignoráis que ha llegado un momento peliagudo, razón por la cual el problema de los campesinos medios adquiere una importancia práctica inmensa.

p Quisiera detenerme ahora en el tema de las cooperativas, apartado 48 de nuestro programa. Hasta cierto punto, este apartado ha envejecido. Cuando lo redactamos en la comisión, existían en el país las cooperativas, mas no había comunas de consumidores; pero unos días después fue decretada la fusión de todos los tipos de cooperativas en una comuna de consumo única^^91^^. No sé si este decreto fue dado a la publicidad ni si la mayoría de los presentes lo conoce. Si no es así, mañana o pasado mañana será publicado. En este sentido, el apartado en cuestión ha envejecido ya, pero, sin embargo, opino que es necesario, puesto que todos saben de sobra que entre los decretos y su aplicación hay un gran trecho. El asunto 174 de las cooperativas nos preocupa ya desde el mes de abril de 1918; y, si bien hemos obtenido éxitos notables, no son todavía decisivos. El agrupamiento de la población en cooperativas ha alcanzado tales proporciones que llega a abarcar en muchos distritos al 98% de los vecinos de los pueblos. Pero estas cooperativas, que existían en la sociedad capitalista, están impregnadas por completo del espíritu de la sociedad burguesa, y su dirección se halla en manos de mencheviques y eseristas, de especialistas burgueses. Aún no hemos sido capaces de someterlas a nuestra influencia, y en este aspecto el problema está sin resolver. Nuestro decreto marca un paso adelante en el sentido de la creación de las comunas de consumo; prescribe para toda Rusia la fusión de los diferentes tipos de cooperativas. Pero incluso este decreto, aun cuando logremos aplicarlo en su integridad, mantendría en el seno de la futura comuna de consumo la sección autónoma de las cooperativas obreras, porque los representantes de las cooperativas obreras que conocen prácticamente este asunto nos han asegurado y demostrado que estas cooperativas, como organización más desarrollada, deben seguir subsistiendo, ya que su obra es imprescindible. En el partido hemos tenido no pocas divergencias y discusiones a propósito de las cooperativas; ha habido roces entre los bolcheviques que trabajan en las cooperativas y los que trabajan en los Soviets. Desde el punto de vista de los principios, yo creo que esta cuestión debe ser resuelta, sin duda alguna, en el sentido de que este mecanismo, el único que el capitalismo había preparado en las masas, el único que mantiene su actividad entre las masas campesinas, las que permanecen aún en la fase del capitalismo primitivo, debe ser conservado a toda costa, debe ser desarrollado y, en todo caso, no debe ser desechado. La tarea es difícil, porque en la mayoría de los casos las cooperativas están dirigidas por especialistas burgueses que resultan ser muy a menudo verdaderos guardias blancos. Esto explica el odio que se les tiene, odio legítimo, y explica la lucha entablada contra ellos. Pero esta lucha hay que llevarla, naturalmente, con habilidad: hay que poner coto a las tentativas contrarrevolucionarias de los cooperadores, pero la lucha no debe ir dirigida contra el mecanismo cooperativista. Debemos someter este mecanismo a nuestra influencia, eliminando a esos cooperadores contrarrevolucionarios. Aquí el problema es idéntico al de los especialistas burgueses, que es otra cuestión a la que deseo referirme.

p El problema de los especialistas burgueses origina no pocos roces y discrepancias. Entre las preguntas que me hicieron por escrito durante el discurso que pronuncié hace poco en el Soviet de Petrogrado, varias se referían a los sueldos. Se me preguntaba: ¿Es posible, acaso, en una República socialista pagar sueldos hasta de 3.000 rublos? En realidad, hemos incluido esta cuestión en el 175 programa porque el descontento que ha originado ha ido bastante lejos. El problema de los especialistas burgueses está planteado en el ejército, en la industria, en las cooperativas, en todas partes. Es un problema muy importante en el período de transición del capitalismo al comunismo. Podremos construir el comunismo únicamente cuando, mediante los recursos que nos brindan la ciencia y la técnica burguesas, lo hagamos más accesible a las masas. No existe otra manera de construir la sociedad comunista. Y para construirla de esta manera hay que adoptar el mecanismo creado por la burguesía, incorporar al trabajo a todos estos especialistas. En el programa hemos desarrollado expresamente esta cuestión en forma detallada, con el fin de que se resuelva de un modo radical. Conocemos perfectamente lo que significa el atraso cultural de Rusia y qué es lo que esta incultura hace con el Poder soviético, que, en principio, ha creado una democracia proletaria incomparablemente más elevada, que ha dado un modelo de esta democracia para todo el mundo; sabemos cómo esta incultura menoscaba el Poder soviético y reproduce la burocracia. De palabra, la administración soviética es accesible a todos los trabajadores; pero en la práctica, como todos sabemos, dista mucho de serlo. Y no porque lo impidan las leyes, como ocurría bajo el régimen burgués; por el contrario, nuestras leyes lo favorecen, pero las leyes solas no bastan. Es precisa una ingente labor educativa, cultural y de organización, que no puede hacerse por medio de la ley, con rapidez, sino que exige un esfuerzo inmenso y prolongado. Este congreso debe resolver con entera precisión el problema de los especialistas burgueses. Y esta solución permitirá a los camaradas, que, indudablemente, están pendientes de los trabajos del congreso, apoyarse en su autoridad y ver qué dificultades encontramos en el camino. Ayudará a los camaradas, que tropiezan a cada paso con este problema, a tomar parte, cuando menos, en el trabajo de propaganda.

p Los camaradas que representaban a los espartaquistas en el congreso, aquí en Moscú, nos han contado que en la Alemania occidental, donde está más desarrollada la industria, donde es mayor la influencia de los espartaquistas entre los obreros, aunque los espartaquistas no han triunfado aún allí, los ingenieros y directores de muchísimas de las empresas más importantes se acercaban a éstos y les decían: "Estaremos con vosotros”. En nuestro país no ha habido tal cosa. Es evidente que el nivel cultural más elevado de los obreros, una mayor proletarización del personal técnico y posiblemente toda una serie de otras causas que no conocemos hayan creado allí relaciones algo diferentes de las nuestras.

p En todo caso, éste es uno de los mayores obstáculos que se oponen a nuestro avance. Necesitamos ahora mismo, sin esperar la ayuda de 176 los demás países, sin demoras, urgentemente, elevar las fuer/as productivas. Y no lo podemos hacer sin recurrir a los especialistas burgueses. Hay que decirlo de una vez para siempre. Es claro que la mayoría de estos especialistas está impregnada hasta la médula de concepciones burguesas. Es preciso rodearlos de una atmósfera de colaboración amistosa, de comisarios obreros, de células comunistas; es preciso colocarlos en una situación en la que no puedan eludir el control, pero hay que darles la posibilidad de trabajar en mejores condiciones que bajo el capitalismo, puesto que este sector social, educado por la burguesía, no trabajará en otras condiciones. No es posible hacer trabajar a la fuerza a todo un sector social; lo hemos experimentado bien en la práctica. Es posible impedirles que participen activamente en la contrarrevolución, intimidarlos de manera que no se atrevan a prestar oídos a los llamamientos de los guardias blancos. En este sentido los bolcheviques obramos con energía. Podemos hacerlo y lo hacemos en el grado debido. Todos hemos aprendido a hacerlo. Pero no es posible obligar por este procedimiento a trabajar a todo un sector de la población. Estas gentes están habituadas a un trabajo de difusión de la cultura; la han impulsado en el marco del régimen burgués, es decir, han enriquecido a la burguesía con inmensas adquisiciones materiales, mientras que al proletariado la han llevado en proporciones insignificantes; no obstante, han impulsado la cultura, ya que ésta es su profesión. Y a medida que observan que la clase obrera destaca de su seno sectores organizados y avanzados que no sólo aprecian la cultura, sino que también contribuyen a hacerla extensiva a las masas, cambian de actitud con nosotros. Cuando un médico ve que en la lucha contra las epidemias el proletariado despierta la iniciativa de los trabajadores, adopta con nosotros una actitud totalmente diferente. En nuestro país existen numerosos médicos, ingenieros, agrónomos y cooperadores de formación burguesa, y cuando vean en la práctica que el proletariado incorpora a esta obra a masas rada vez mayores, serán vencidos moralmente, y no sólo separados de la burguesía en el terreno político. Nuestra tarea será entonces más fácil. Entonces ellos mismos se incorporarán a nuestro mecanismo y se convertirán en una parte del mismo. Para eso es preciso hacer algunos sacrificios. Gastar en eso aunque sean dos mil millones de rublos es una bagatela. Sería pueril temer este sacrificio, pues significaría no comprender las tareas que tenemos planteadas.

p La desorganización del transporte, la desorganización de la industria y de la agricultura minan la existencia misma de la República Soviética. En este terreno debemos adoptar las medidas más enérgicas, que pongan en la máxima tensión todas las fuerzas del país. No debemos seguir respecto a los especialistas una política 177 de fastidiarlos por pequeñas faltas. Estos especialistas no son lacayos de los explotadores, son hombres cultos que, en la sociedad burguesa, servían a la burguesía y de ellos decían los socialistas de todo el mundo que en la sociedad proletaria nos servirían a nosotros. En este período de transición debemos facilitarles, dentro de lo posible, las mejores condiciones de existencia. Esta será la política más acertada, la manera más económica de administrar. De lo contrario, por haber economizado algunos centenares de millones de rublos, podemos perder tanto que no recuperare.nos lo perdido ni con centenares de miles de millones.

p Durante una conversación sobre los sueldos, el comisario del pueblo del Trabajo, camarada Shmidt, nos señalaba los hechos siguientes. En la nivelación de los sueldos, decía, hemos hecho lo que en ninguna parte ha hecho ni ha podido hacer durante decenas de años ningún país burgués. Veamos los sueldos de antes de la guerra: el peón cobraba un rublo por día, o sea, 25 rublos al mes, mientras que el especialista cobraba 500 rublos al mes, sin hablar ya de quienes recibían centenares de miles de rublos. El especialista percibía veinte veces más que el obrero. En nuestra escala actual, los sueldos oscilan entre 600 y 3.000 rublos, de forma que la diferencia es sólo del quíntuplo. Hemos hecho mucho en el terreno de la nivelación. Es cierto que a los especialistas les pagamos hoy algo de más, pero pagarles de más por sus provechosas enseñanzas no sólo merece la pena, sino que es una obligación y una necesidad desde el punto de vista teórico. A mi entender, el programa expone en una forma bastante detallada esta cuestión. Es necesario hacer gran hincapié en ella. Hay que resolverla aquí, y no sólo como cuestión de principio, sino hacer las cosas de manera que todos los congresistas, una vez estén en sus localidades, logren con sus informes ante las organizaciones, así como con toda su actividad, que esto se lleve a la práctica.

p Hemos conseguido ya que entre la intelectualidad vacilante se produzca un viraje muy considerable. Si ayer hablábamos de legalizar los partidos pequeñoburgueses, y hoy encarcelamos a los mencheviques y eseristas, eso quiere decir que procedemos en estas oscilaciones conforme a un sistema perfectamente determinado. A través de estas oscilaciones, la línea es siempre una y de lo más inflexible: liquidar la contrarrevolución y utilizar el aparato cultural burgués. Los mencheviques son los peores enemigos del socialismo, porque se visten con ropaje proletario, siendo un sector no proletario. En este sector sólo existe una delgada capa en la superficie que pertenece al proletariado, mientras que el sector mismo está compuesto de pequeños intelectuales. Este sector se está pasando a nuestro lado. Lo incorporaremos en su totalidad, como sector social. Cada vez que vienen a nosotros, les decimos: 178

p “Bienvenidos”. En cada una de estas oscilaciones, parte de ellos se adhiere a nosotros. Eso les pasó a los mencheviques, a los partidarios de Nóvaya Zhizn^^92^^ y a los eseristas, y esto mismo les pasará a todos estos elementos vacilantes, que aún obstaculizarán largo tiempo nuestros pasos, lloriquearán y se pasarán de un campo a otro; con ellos no se puede hacer nada. Pero nosotros, a través de todas estas vacilaciones, conseguiremos que los sectores de intelectuales cultos engrosen las filas de los colaboradores soviéticos y prescindiremos de los elementos que continúen apoyando a los guardias blancos.

p Otro de los problemas que, según el reparto de temas convenido, me incumbe tratar, es el de la burocracia y el de la incorporación de las grandes masas a la labor de los Soviets. Hace tiempo que se oyen quejas, indudablemente fundadas, contra la burocracia. Y hemos hecho en la lucha contra ella lo que ningún otro Estado. Hemos extirpado de raíz el cuerpo administrativo, esencialmente burocrático y de opresión burguesa, cuerpo que sigue siendo así incluso en las repúblicas burguesas más libres. Tomemos, por ejemplo, los órganos de la justicia. Aquí, por cierto, la tarea era más fácil: no había que crear un nuevo cuerpo, ya que todos pueden ejercer esta función, apoyándose en el concepto de justicia revolucionaria de las clases trabajadoras. Nos falta mucho todavía para coronar la obra, pero en toda una serie de aspectos hemos transformado la justicia en lo que debe ser. Hemos creado órganos judiciales cuyas funciones pueden ser ejercidas no sólo por todos los hombres sin excepción, sino incluso por todas las mujeres, las cuales constituyen el elemento de la población que se encuentra en estado de máximo atraso y estancamiento.

p Los funcionarios de otras ramas de la administración tienen más apego a la rutina burocrática. Aquí la tarea es más ardua. No podemos prescindir de este personal, puesto que todas las ramas de la administración tienen necesidad de él. Aquí sufrimos las consecuencias de que Rusia fuese un país de insuficiente desarrollo capitalista. Es probable que en Alemania esto sea más fácil, porque su burocracia ha cursado una mejor escuela, en la que se exprime todo el jugo, pero donde se obliga a trabajar y no a calentar los asientos, como sucede en nuestras oficinas. Hemos disuelto a este personal burocrático anticuado, lo hemos removido y luego hemos comenzado a colocar en otros puestos a quienes lo integraban. Los burócratas zaristas han comenzado a pasar a las oficinas de los órganos soviéticos, en los que introducen sus hábitos burocráticos, se encubren con el disfraz de comunistas y, para asegurar un mayor éxito en su carrera, se procuran carnets del PC de Rusia. ¡De modo que después de ser echados por la puerta, se meten por la ventana! Aquí es donde se deja sentir más la escasez de elementos cultos. A 179 estos burócratas podríamos dejarlos cesantes, pero no es posible reeducarlos de golpe y porrazo. Lo que aquí se nos plantea, ante todo, son problemas de organización, problemas de tipo cultural y educativo.

p Sólo cuando toda la población participe en la administración del país se podrá luchar hasta el fin contra la burocracia y vencerla totalmente. En las repúblicas burguesas no sólo es imposible hacerlo: la ley misma lo impide. Las mejores repúblicas burguesas, por más democráticas que sean, impiden mediante innumerables trabas legislativas la participación de los trabajadores en la administración. Hemos hecho todo lo necesario por suprimir estas trabas, pero hasta hoy no hemos podido lograr que las masas trabajadoras puedan participar en la administración: además de las leyes, existe el problema del nivel cultural, que no puede ser sometido a ninguna ley. Este bajo nivel cultural hace que los Soviets, siendo por su programa órganos de administración ejercida por los trabajadores, sean en la práctica órganos de administración para los trabajadores ejercida por el sector avanzado del proletariado, y no por las masas trabajadoras.

p En este aspecto tenemos planteada una tarea que no puede ser llevada a cabo más que con un largo trabajo de educación. En el presente, esta tarea ofrece para nosotros dificultades inmensas, porque, como ya he tenido ocasión de señalar más de una vez, el sector de obreros que gobiernan es excesivamente, increíblemente escaso. Debemos obtener refuerzos. Según todos los indicios, estas reservas aumentan en el interior del país. La inmensa sed de conocimientos y el magno éxito en el terreno de la instrucción, conseguido las más de las veces por vía extraescolar, es un adelanto gigantesco e indudable en la instrucción de las masas trabajadoras. Estos éxitos no encajan en ningún marco escolar, pero son prodigiosos. Todos los síntomas nos hacen creer que en un futuro próximo podremos disponer de una reserva inmensa que vendrá a remplazar a los representantes de este pequeño sector del proletariado, exhausto de tanto trabajar. Pero, como quiera que sea, en los momentos actuales nuestra situación es a este respecto muy difícil. La burocracia ha sido vencida. Los explotadores han sido eliminados. Pero el nivel cultural no se ha elevado, razón por la cual los burócratas ocupan sus antiguos puestos. Se les puede hacer perder terreno únicamente mediante la organización del proletariado y de los campesinos a una escala considerablemente mayor que hasta ahora, a la par con la aplicación efectiva de medidas tendentes a incorporar a los obreros a la administración pública. Conocéis estas medidas en lo que se refiere a cada Comisariado del Pueblo, y no me detendré en ello.

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p El último punto que me resta por examinar es el que respecta al papel dirigente del proletariado y a la privación del derecho electoral. Nuestra Constitución reconoce la preeminencia del proletariado sobre los campesinos y priva del derecho electoral a los explotadores^^93^^, preciso punto contra el que más han dirigido sus ataques los demócratas puros de Europa Occidental. Nosotros les hemos respondido y les respondemos que se han olvidado de las tesis más fundamentales del marxismo, de que lo que ellos tienen es la democracia burguesa, mientras que nosotros hemos pasado a la democracia proletaria. No hay en el mundo un solo país que haya hecho tan siquiera la décima parte de lo que ha hecho la República Soviética en los pasados meses para incorporar a los obreros y campesinos pobres a la gestión pública. Esto es una verdad absoluta. Nadie podrá negar que para la verdadera democracia, y no para la ficticia, para incorporar a los obreros y campesinos a la vida pública hemos hecho lo que no han hecho ni pudieron hacer en centenares de años las mejores repúblicas democráticas. Esto ha determinado la importancia de los Soviets; gracias a ello, los Soviets se han convertido en una consigna del proletariado de todos los países.

p Pero eso no nos libra en lo más mínimo del obstáculo que supone la escasa cultura de las masas. En modo alguno interpretamos la privación de los derechos electorales a la burguesía desde un punto de vista absoluto, porque es perfectamente admisible en el terreno teórico que la dictadura del proletariado irá aplastando a la burguesía a cada paso, sin privarla, no obstante, de los derechos electorales. Desde el punto de vista teórico, esto se concibe plenamente, y de ahí que tampoco propongamos nuestra Constitución como un modelo para otros países. Decimos únicamente que quien concibe la transición al socialismo sin el aplastamiento de la burguesía no es socialista. Pero si es indispensable aplastar a la burguesía como clase, no es imprescindible privarla de los derechos electorales ni de la igualdad. No queremos la libertad para la burguesía, no reconocemos la igualdad entre explotadores y explotados, pero interpretamos en el programa esta cuestión de manera que la Constitución no prescribe en absoluto medidas como la desigualdad entre obreros y campesinos. La Constitución las ha consignado después de haber sido aplicadas en la práctica. Ni siquiera han sido los bolcheviques quienes han redactado la Constitución soviética; la redactaron los mencheviques y eseristas contra sí mismos antes de la revolución bolchevique. Y la redactaron tal y como lo dictaba la vida misma. La organización del proletariado se ha llevado a cabo a ritmo mucho más rápido que la organización cíe los campesinos, lo que ha hecho de los obreros el puntal de la revolución y les ha dado en la práctica una ventaja. La tarea siguiente consiste en 181 ir pasando poco a poco a la nivelación de estas ventajas. Nadie, ni antes de la Revolución de Octubre, ni después de ella, ha expulsado a la burguesía de los Soviets. Los ha abandonado ella misma.

p Así están las cosas en cuanto a los derechos electorales de la burguesía. Nuestra tarea consiste en plantear este problema con toda claridad. En modo alguno nos disculpamos por nuestra conducta; lo que hacemos es presentar los hechos tales y como son. Como hemos señalado, nuestra Constitución se vio obligada a consignar esta desigualdad, porque el nivel cultural es bajo, porque nuestra organización es débil. Pero no hacemos de esto un ideal, sino que, por el contrario, el partido se compromete en su programa a desplegar una labor metódica para suprimir esta desigualdad entre el proletariado más organizado y los campesinos, desigualdad que suprimiremos tan pronto como logremos elevar el nivel cultural. Entonces podremos prescindir de estas restricciones. Al cabo de diecisiete meses nada más de revolución, estas restricciones tienen en la práctica muy escasa importancia.

Estos son, camaradas, los puntos esenciales a los que he considerado necesario referirme en la discusión general del programa, para dejar que se sigan debatiendo en las deliberaciones del congreso. (Aplausos.)

* * *
 

Notes

[168•*]   Véase V. I. I.fnin. Obras (’ampielas, 5a ed. cu rusel, I. 34, págs. .’i72-.*!7f). (N. lie la Edil.)