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DISCURSO PRONUNCIADO EN EL
I CONGRESO NACIONAL DE LOS
CONSEJOS DE ECONOMÍA^^260^^
EL 26 DE MAYO DE 1918
 
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(La aparición del camarada Lenin es acogida con clamorosos aplausos.)

p Camaradas: Permitidme, ante todo, que salude al Congreso de los Consejos de Economía Nacional en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo. (Aplausos.)

p Camaradas: Sobre el Consejo Superior de Economía Nacional ha recaído ahora una tarea difícil y de las más gratas. Es indudable que cuanto más avancen las conquistas de la Revolución de Octubre, cuanto más profundas sean las transformaciones radicales iniciadas por ella, cuanto más firmes sean los cimientos de las conquistas de la revolución socialista y el afianzamiento del régimen socialista, más se elevará el papel de los consejos de economía nacional. Estos organismos serán las únicas instituciones del Estado que ocuparán un lugar firme, tanto más firme cuanto más nos acerquemos al establecimiento del orden socialista, cuanto menos necesario resulte el mecanismo puramente administrativo, el mecanismo que se ocupa sólo de la administración. Después de que sea aplastada definitivamente la resistencia de los explotadores, después de que los trabajadores aprendan a organizar la producción socialista, este mecanismo de administración en el sentido escueto y estricto de la palabra, esta máquina del viejo Estado deberá morir, en tanto que el mecanismo del tipo del Consejo Superior de Economía Nacional está llamado a crecer, a desarrollarse y fortalecerse, haciéndose totalmente cargo de la actividad principal de la sociedad organizada.

p Por eso, camaradas, cuando veo la experiencia de nuestro Consejo Superior de Economía Nacional y de los consejos locales, a cuya actividad está ligado estrecha e indisolublemente, considero que, pese a haber muchas cosas sin terminar, imperfectas y no organizadas, no tenemos el menor motivo para hacer deducciones pesimistas. Porque la tarea que se impone el Consejo Superior de Economía Nacional y todos los consejos regionales y locales es tan gigantesca, tan universal, que no hay absolutamente nada que infunda temor en todo lo que vemos. Con mucha frecuencia—desde nuestro punto de vista, naturalmente, quizá con demasiada 753 frecuencía—no se ha aplicado el proverbio "en cosa alguna pensar mucho y hacer una”. En la organización de la economía al modo socialista, las cosas no resultan tan sencillas, por desgracia, como en ese proverbio. Nuestras tareas se complican con el paso de todo el poder—esta vez no sólo político, y en primer lugar incluso no político, sino económico, es decir, que afecta a las bases más hondas de la vida cotidiana del hombre—a una nueva clase, a una clase que lleva tras de sí, por vez primera en la historia de la humanidad, a la aplastante mayoría de la población, a toda la masa de trabajadores y explotados. Es evidente a todas luces que en este caso, dadas la grandísima importancia y las grandísimas dificultades de las tareas de organización, cuando tenemos que organizar de una manera completamente nueva las bases más profundas de la vida de centenares de millones de seres, resulta imposible arreglar las cosas de modo tan sencillo como con el proverbio "en cosa alguna pensar mucho y hacer una”. Nosotros, en efecto, no podemos pensar con antelación muchas veces y después hacer y fijar lo que ha sido pensado y ajustado definitivamente. Debemos levantar nuestro edificio económico en el curso mismo del trabajo, probando unas u otras instituciones, observando su actividad en la práctica, comprobándolas con la experiencia colectiva general de los trabajadores y, lo principal, con la experiencia de los resultados del trabajo. Debemos hacer eso sin tardanza en el curso mismo del trabajo y, además, en una situación de lucha a muerte y de furiosa resistencia de los explotadores, cuya rabia crece cuanto más nos acercamos al momento de arrancar definitivamente la última muela cariada de la explotación capitalista. Es comprensible que, en tales condiciones, no exista el menor motivo para el pesimismo; aunque, claro está, para los ataques rabiosos de la burguesía y de los señores explotadores, heridos en sus mejores sentimientos, significa un gran motivo el que nosotros tengamos, incluso en un corto plazo, que rehacer varias veces en ciertas ocasiones los tipos, estatutos y organismos de dirección de distintas ramas de la economía nacional. Como es natural, para quienes participan demasiado cerca y de modo demasiado directo en este trabajo, rehaciendo incluso tres veces los estatutos, normas y leyes de administración, por ejemplo, de la Dirección General del Transporte Fluvial y Marítimo, no resulta muy agradable, y las satisfacciones que puede reportarles ese género de trabajo no pueden ser muy grandes. Pero si nos abstraemos un poquito del desagrado inmediato que representa rehacer con excesiva frecuencia los decretos o si examinamos un poquito más a fondo y con mayor perspectiva la gigantesca obra histórica universal que ha emprendido el proletariado ruso—por ahora con sus propias fuerzas insuficientes—, comprenderemos en el acto que son inevitables modificaciones

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754 incluso más repetidas, pruebas en la práctica de distintos sistemas de administración y de distintas normas de organización de la disciplina. Comprenderemos que, en una obra tan gigantesca, jamás podríamos aspirar—y ningún socialista sensato que haya escrito sobre las perspectivas del futuro ha pensado nunca en ello—a poder crear de una vez y concretar de golpe las formas de organización de la nueva sociedad de acuerdo con una indicación dada de antemano.

p Lo único que sabíamos, lo único que nos habían indicado con exactitud los mejores conocedores de la sociedad capitalista, los más grandes cerebros que previeron el desarrollo de esa sociedad, es que la transformación debía seguir, de modo históricamente inevitable, cierta gran pauta, que la propiedad privada de los medios de producción estaba condenada por la historia, que saltaría hecha añicos, que los explotadores serían expropiados sin remedio. Todo eso fue consignado con exactitud científica. Y nosotros lo sabíamos cuando enarbolamos la bandera del socialismo, cuando nos proclamamos socialistas, cuando fundamos los partidos socialistas, cuando empezamos a transformar la sociedad. Lo sabíamos cuando tomamos el poder para emprender la reorganización socialista, pero no podíamos conocer ni las formas de la transformación ni la rapidez del desarrollo de la reorganización concreta. Sólo la experiencia colectiva, sólo la experiencia de millones de personas puede dar en este sentido indicaciones decisivas, precisamente porque para nuestra causa, para la causa de la edificación del socialismo no basta la experiencia de centenares y centenares de miles de componentes de las capas superiores, que hicieron hasta ahora la historia tanto en la sociedad terrateniente como en la sociedad capitalista. Nosotros no podemos proceder así precisamente porque confiamos en la experiencia conjunta, en la experiencia de millones de trabajadores.

p Por eso sabemos que la labor de organización, que constituye la tarea principal, cardinal y fundamental de los Soviets, lleva implícita obligatoriamente para nosotros multitud de experimentos, multitud de pasos, multitud de modificaciones, multitud de dificultades, sobre todo en lo que respecta a cómo colocar a cada cual en su sitio, pues en este sentido carecemos de experiencia, tenemos que decidir nosotros mismos cada paso. Y cuanto más graves son los errores en ese camino, tanto mayor es la seguridad de que con cada nuevo incremento del número de afiliados a los sindicatos, con cada nuevo millar, con cáela nueva centena de millar de hombres que pasan del campo de los trabajadores, de los explotados—que vivían hasta ahora ateniéndose a las tradiciones, a las costumbres—al campo de los creadores de las instituciones soviéticas, aumenta el número de personas que deben reunir las debidas condiciones y encarrilar acertadamente la obra.

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p Tomemos una de las tareas secundarias con que tropieza muy a menudo el Consejo de Economía Nacional, el Consejo Superior de Economía Nacional: la tarea de utilizar a los especialistas burgueses. Todos nosotros sabemos—al menos quienes nos basamos en la ciencia y en el socialismo—que esta tarea sólo puede ser cumplida cuando el capitalismo internacional ha desarrollado, y en la medida que lo ha hecho, las premisas materiales, técnicas del trabajo, efectuado a escala gigantesca y basado en los datos de la ciencia y, por ello, en la preparación de inmensos cuadros de especialistas con instrucción científica. Sabemos que el socialismo es imposible sin eso. Si releemos las obras de los socialistas que durante el último medio siglo observaron el desarrollo del capitalismo y llegaron una y otra vez a la conclusión de que el socialismo es inevitable, veremos que todos ellos, sin excepción, indicaban que sólo el socialismo liberará a la ciencia de sus trabas burguesas, de su sometimiento al capital, de su esclavitud ante los intereses del sucio egoísmo capitalista. Sólo el socialismo permitirá difundir ampliamente y subordinar de verdad la producción y la distribución sociales de los productos según consideraciones científicas al objeto de hacer que la vida de todos los trabajadores sea lo más fácil posible y les dé la posibilidad del bienestar. Sólo el socialismo puede hacer eso. Y sabemos que debe hacerlo, y en la comprensión de esa verdad residen toda la dificultad del marxismo y toda su fuerza.

p Debemos realizar esa obra, apoyándonos en los elementos que le son hostiles, pues cuanto más grande se hace el capital, más desarrolla la opresión por parte de la burguesía y el aplastamiento de los obreros. Cuando el poder se encuentra en manos del proletariado y de los campesinos pobres, cuando el poder se plantea el cumplimiento de tareas con el apoyo de esas masas, no tenemos más remedio que llevar a cabo dichas transformaciones socialistas con ayuda de los especialistas burgueses, de unos especialistas que se han educado en la sociedad burguesa, que no han visto otro ambiente, que no pueden imaginarse otro ambiente social. Y por eso, incluso en los casos en que tales hombres son absolutamente sinceros y fieles a su obra, incluso en esos casos están llenos de miles de prejuicios burgueses, están ligados por miles de hilos imperceptibles para ellos a la sociedad burguesa agonizante, en descomposición, y que, por ello, opone furiosa resistencia.

p No pueden ocultársenos estas dificultades de la tarea y de su cumplimiento. De todos los socialistas que han escrito de ello, no puedo recordar ni una sola obra socialista conocida por mí o una opinión de socialistas destacados sobre la futura sociedad socialista en las que se indicara la dificultad práctica concreta que habría de surgir ante la clase obrera, después de tomar el poder, al plantearse 756 la tarea de transformar toda la suma de riquísimas reservas de cultura, de conocimientos y de técnica acumuladas por el capitalismo e históricamente necesarias, indispensables para nosotros, de transformar todo eso de instrumento del capitalismo en instrumento del socialismo. Eso es fácil en la fórmula general, en la contraposición abstracta; pero en la lucha contra el capitalismo, que no muere de repente y cuya resistencia se hace tanto más furiosa cuanto más se acerca a la muerte, esta tarea requiere un grandioso trabajo. Si en este terreno se efectúan experimentos, si hacemos correcciones repetidas de errores parciales, ello es inevitable cuando no se consigue de golpe, en una u otra rama de la economía nacional, convertir a los especialistas de servidores del capitalismo en servidores de las masas trabajadoras, en asesores suyos. El hecho de que no logremos eso en el acto no puede suscitar ni un ápice de pesimismo, ya que la tarea que nos señalamos es una tarea de dificultad y significación históricas universales. No cerramos los ojos ante la realidad de que solos, con nuestras propias fuerzas, no podemos hacer íntegramente la revolución socialista en un solo país, incluso si este país fuera muchísimo menos atrasado que Rusia, incluso si viviéramos en condiciones más fáciles que las resultantes de cuatro años de una guerra inaudita, dolorosa, dura y ruinosa. Quien vuelve la espalda a la revolución socialista que se desarrolla en Rusia, señalando la flagrante desproporción de fuerzas, se asemeja al anquilosado hombre enfundado que no ve más allá de sus narices, que olvida que no ha habido ninguna transformación radical histórica de cierta importancia sin una serie de casos de desproporción de fuerzas. Las fuerzas crecen en el proceso de la lucha, al unísono con el auge de la revolución. Cuando el país ha emprendido la senda de las más grandes transformaciones, el mérito de este país y del partido de la clase obrera, que ha triunfado en él, consiste en que hemos emprendido de lleno el cumplimiento práctico de las tareas planteadas antes en abstracto, en teoría. Esa experiencia no se olvidará. Pase lo que pase, por duras que sean las vicisitudes de la revolución rusa y de la revolución socialista internacional, no se podrá prescindir de esa experiencia de los obreros, que están unidos ahora en organizaciones sindicales y locales y ponen prácticamente manos a la obra de organizar la producción a escala de todo el país. Esa experiencia ha entrado en la historia como una conquista del socialismo, y la futura revolución internacional erigirá sobre ella su edificio socialista.

p Me permitiré señalar otra tarea, quizá la más difícil, que debe cumplir prácticamente el Consejo Superior de Economía Nacional. Es la tarea de la disciplina laboral. Hablando en propiedad, cuando nos referimos a ella debemos reconocer y destacar con satisfacción 757 que los primeros que han emprendido por propia iniciativa el cumplimiento de esta tarea, de significación histórica universal, han sido precisamente los sindicatos, sus organizaciones más importantes: el Comité Central del Sindicato de Obreros Metalúrgicos, el Consejo de los Sindicatos de toda Rusia, las organizaciones sindicales superiores, que agrupan a millones de trabajadores. Para comprender esta tarea es preciso hacer abstracción de los pequeños reveses parciales, de las increíbles dificultades, que parecen invencibles si se las toma por separado. Hay que remontarse más alto y contemplar la sucesión histórica de los tipos de economía social. Sólo desde este punto de vista resaltará con claridad qué gigantesca tarea hemos asumido y qué gigantesca importancia tiene el hecho de que el representante más avanzado de la sociedad, las masas trabajadoras y explotadas, hayan acometido esta vez, por propia iniciativa, una misión que en la Rusia feudal anterior a 1861^^261^^ era cumplida íntegramente por un puñado de terratenientes, que la consideraba obra propia. Su obra consistía entonces en crear unas relaciones y una disciplina que abarcaran a todo el Estado.

p Sabemos cómo crearon esa disciplina los terratenientes feudales. Esa disciplina significó opresión, ultrajes, trabajos forzados y sufrimientos inauditos para la mayoría del pueblo. Recordad toda esa transición del régimen de la servidumbre a la economía burguesa. Lo que habéis visto, aunque la mayoría de vosotros no ha podido verlo, y lo que conocéis por las viejas generaciones, este paso que siguió de 1861 a la nueva economía burguesa, el paso de la vieja disciplina feudal del látigo, de la disciplina más absurda, del ultraje y la violencia más insolentes y brutales sobre el hombre, a la disciplina burguesa, a la disciplina del hambre, a la llamada contrata libre, que en realidad era la disciplina de la esclavitud capitalista; este paso parecía fácil, desde el punto de vista histórico, porque la humanidad pasaba de un explotador a otro explotador, porque una minoría de saqueadores y explotadores del trabajo del pueblo cedía su puesto a otra minoría también de saqueadores y también de explotadores del trabajo del pueblo, porque los terratenientes cedían su puesto a los capitalistas, una minoría a otra minoría, en tanto que las amplias masas de las clases trabajadoras y explotadas seguían oprimidas. E incluso esa sustitución de una disciplina explotadora por otra costó años, si no decenios de esfuerzos, costó años, si no decenios del período de transición, cuando los viejos terratenientes feudales consideraban con absoluta sinceridad que se hundía todo, que sería imposible mantener la economía sin el régimen de la servidumbre; cuando el nuevo amo, el capitalista, chocaba a cada paso con dificultades prácticas- y abandonaba su hacienda; cuando el signo material, una de las pruebas materiales de la dificultad de esa 758 transición consistía en que Rusia traía máquinas del extranjero para trabajar con ellas, para trabajar con las mejores máquinas, y resultaba que no había ni hombres que supieran manejarlas ni dirigentes. Y en todos los confines de Rusia se observaba que las mejores máquinas estaban tiradas, sin utilizar. He ahí una prueba de hasta qué extremo fue difícil pasar de la vieja disciplina de la servidumbre a la nueva disciplina burguesa, capitalista.

p Por tanto, camaradas, si enfocáis las cosas de ese modo, no os dejaréis desorientar por las personas, las clases, la burguesía y los lacayos de la burguesía que se plantean la única misión de sembrar el pánico, extender el desaliento, llevar el total abatimiento a todo el trabajo y presentarlo como condenado al fracaso; que destacan cada caso aislado de indisciplina y descomposición y apuntan con el dedo a la revolución como si hubiera habido en el mundo, como si hubiera habido en la historia una revolución verdaderamente grande sin descomposición, sin pérdida de la disciplina, sin dolorosos pasos experimentales cuando la masa forja una nueva disciplina. No debemos olvidar que hemos llegado por vez primera a un punto preliminar de la historia en el que millones de trabajadores y explotados están forjando de verdad una nueva disciplina, la disciplina laboral, la disciplina de las relaciones de camaradas, la disciplina soviética. No pretendemos ni aspiramos a tener éxitos rápidos en este terreno. Sabemos que esta labor ocupará toda una época histórica. Hemos empezado una época histórica, en la que en un país todavía burgués destruimos la disciplina de la sociedad capitalista, la destruimos y nos enorgullecemos de que todos los obreros conscientes y absolutamente todos los campesinos trabajadores ayuden al máximo a destruirla; una época en la que en las masas crece voluntariamente, por propia iniciativa, la conciencia de que deben sustituir esta disciplina, basada en la explotación y la esclavitud de los trabajadores, no por indicación desde arriba, sino por indicación de su experiencia de la vida, de que deben sustituirla con la nueva disciplina del trabajo unido, con la disciplina de los obreros y los campesinos trabajadores, unidos y organizados, de toda Rusia, de un país con decenas y centenas de millones de habitantes. Esta tarea presenta dificultades gigantescas, pero es una tarea grata, ya que sólo cuando la cumplamos prácticamente hincaremos el último clavo en el ataúd de la sociedad capitalista que estamos enterrando. (Aplausos.)

p Publicado íntegramente en 1918 en el libro

p T. 36, págs. 377-386.

Trabajo!, del I Congreso Nacional de los Consejos de Kconomía. Actas taquigráficas”. Moscú.

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Notes