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III
 

p Una vez depuesto en el alma del pueblo y de su Trono, Haile Selassie I, ¿qué?

p Aquí ya se rompió la unanimidad entre las fuerzas sociales que propiciaron o habían aceptado el derrocamiento incruento del Emperador.

p Especialmente dramática y decisiva fue la diferenciación que empezó a producirse casi automáticamente dentro de la palanca que removía ese obstáculo secular en el camino 88 del desarrollo histórico de Etiopía. El ejército, la única institución en pie, empezó a resquebrajarse por dentro en fracciones rivales.

p Es innegable que, en no pocos casos, las causas inmediatas de que este o aquel general, coronel o capitán asumiera una determinada línea y entrara en determinado bando, de los muchos que empezaron a actuar políticamente en el organismo escogido como fuerza de balance, debido justamente a su pretendido apoliticismo, están relacionadas con aspiraciones personales. En tiempos de desplome de todas las jerarquías, desde la cúspide misma, es lógico que al "yo obedezco" de los militares le sustituyera el "yo mando”. Pero la causa detrás de esa actitud, en definitiva, tenía también su propia causa.

p La ambición personal estaba movida o se identificaba con la ambición de clase. El general Andom no sólo quería ser el dictador bonapartista de la joven revolución, sino que sentía la máxima repugnancia hacia la idea de que desapareciera la propiedad privada sobre la tierra, sobre los establecimientos de las finanzas, sobre las fábricas. Le espantaba pensar que de la Etiopía convulsa pudiera surgir una Etiopía popular y socialista.

p Al oír a sus capitanes hablar, en las reuniones que a cualquier hora se citaban en los cuarteles, de la necesidad de estudiar a Marx y a Lenin, su elevada cuota de sangre azul se acumulaba en las arterias del general Andom, porque para él, adoctrinado por Washington, estaba claro que ello significaba el comienzo de esa terrible epidemia del siglo que conducía a la muerte del sagrado derecho a ser propietario de riquezas producidas por manos ajenas y de vidas humanas.

p ¿Y por qué Andom se encontraba a la cabeza del CAMP?

p La explicación es bien simple. Lo que empezó espontáneamente el 13 de febrero con aquellos gritos de protestas 89 y que luego se hizo acción colérica al conocerse del hambre en las provincias, fue inicialmente una rebelión, no una revolución. Se convirtió en revolución debido a su fuerza de masas. Empezó siendo algo similar, salvando enormes diferencias, a Mayo del 68 en París. Pero Haile Selassie no era De Gaulle, ni tiene igual Mentido y pujanza ese tipo de protesta cuando se origina en el corazón de Europa que cuando ocurre en el de África. Ambas revelan la enfermedad del sistema, pero el feudal tenía q.ue ser más débil que el imperialista. Tanto, que sus instituciones se vinieron abajo como piezas de dominó colocadas en fila o castillos de naipes.

p El ejército en esas condiciones sólo tenía la alternativa de aplastar la protesta que se convertía más y más en levantamiento, o sumarse a ella.

p El Estado Mayor optó por la segunda.

p De hecho, primero intentó hacer lo primero. En muchas localidades el ejército reprimió al estilo tradicional las manifestaciones, las huelgas, los mítines. Y es éste otro momento en que Mengistu se revela no como un simple capitán, sino como todo un jefe político, como el jefe que la Revolución necesitaba.

p Fue él quien levantó con mayor energía la consigna de no disparar contra el pueblo, de apoyarlo en sus demandas, de exigir las propias reivindicaciones de los hombres en uniforme militar y de formar para ello comités en las unidades. Idea que llevaría a la creación del Comité de Coordinación de las Fuerzas del Ejército, la Policía y demás sectores castrenses y, por último, a formar el CAMP, listo a convertirse en órgano supremo del Estado.

p Cuidando al máximo que no se le atribuyeran las ambiciones personales de tantos generales y coroneles, Mengistu no fue opuesto a la fórmula de que se trasladara la jerarquía militar íntegramente al seno de la Revolución.

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p Y ya que Andom era el Jefe Militar, podía ser el del proceso revolucionario. ¿Acaso inclusive muchos soldados —lo mismo que muchas gentes sencillas del pueblo— no pensaron durante meses que el propio Emperador podía ser la cabeza de la renovación? Quizá bastaría retrotraerlo espiritualmente a los días en que animó el movimiento "Jóvenes Etíopes".

p Andom en realidad no traicionó, sino engañó. Desde el primer instante actuó para frenar, desvirtuar, adulterar y, a fin de cuentas, asesinar a la Revolución.

p Apenas en el poder, entró en contacto secreto con el partido de los terratenientes, la Unión Democrática Etíope (UDE) que, con esa energía centuplicada que Lenin apreció en las clases derrocadas, sin pérdida de tiempo, se lanzó a la guerra civil en respuesta a la Revolución que se afanaba en ser pacífica, nacionalista y razonable.

p La UDE no había sido un partido fuerte en los tiempos en que el Emperador era, él solo, un partido. Tan pronto le vio caer, comprendió que se trataba de "ahora o nunca" y se dedicó a organizar destacamentos armados, en los cuales entraron campesinos atrasados con mentalidad de siervos, curas y todo tipo de criados, para dar la batalla, ante todo, contra la reforma agraria que ineluctablemente se decretaría.

p En cuanto a ella, lo que más irritaba a Andom era la idea de Mengistu de que no debía tratarse de un simple reparto de tierras que abriera el apetito de la burguesía rural, la cual sustituiría a los terratenientes en cierta medida para a la postre ambas clases oponerse unidas a la Revolución, sino de nacionalizar la tierra.

p Para Andom como para Mengistu era indiscutible que la cuestión agraria se había convertido en la central y fundamental de la Revolución.

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p Andom, además de su contubernio secreto con la UDE, abogaba por abolir sólo ciertas aristas groseras del feudalismo, modernizarlo, aburguesarlo.

p Mengistu, ya en las posiciones del marxismo-leninismo, quería el fin de una vez y para siempre del sistema de explotación feudal y evitar que en el campo apareciera la plaga de nuevos explotadores.

p ¡Los planes de Mengistu eran todo un desafío!

p África nunca había conocido tal radicalismo. Inclusive se recorrieron etapas menos drásticas en las revoluciones de China, Viet Nam y Cuba. El único antecedente en toda la historia universal era el programa agrario del Partido bolchevique en 1917.

p Desde luego, no se trataba del capricho de nadie. Esto reflejaba la profundidad de la lucha de clases interna.

p Verdaderamente, los campesinos etíopes durante decenios y siglos habían luchado por la tierra. No pocas cabezas de terratenientes rodaron antes de que humildes labradores soliviantados de hambre perdieran la propia. Aquellas aisladas y sucesivas.protestas a veces llegaban a revueltas, nunca a movimientos revolucionarios. Además, en la mira del odio campesino nunca entraba la figura del Emperador. Era, al contrario, la última esperanza.

p Tampoco resultaba nada sencillo establecer fórmulas para una reforma que tuviera carácter definitivo y fuera aplicable a todo el país. Era tan complejo, tan excepcional y extraordinariamente intrincado el problema a resolver, porque el feudalismo en Etiopía presentaba regiones administrativas que en lo estatal eran Una sola, pero que poseían más de cien formas diferentes de tenencia de la tierra. No ya encontrar una solución general uniforme de sentido revolucionario, sino hasta entender cómo eran concretamente en cada región las relaciones de 92 producción establecidas entre feudales, burgueses agrarios y campesinos de todo tipo y condición, era algo muy, pero muy difícil.

p En el sur y en todo el centro del país, más del 85 % de la población rural vivía en las peores circunstancias, pues apenas el 10 % de la misma tenía algún pedazo de tierra.

p En el norte y la parte restante del centro, existía un sistema basado en la edad de los miembros de las familias del lugar y se permitía únicamente el usufructo de la tierra. Esto engendraba, como saliendo de un surtidor, minifundios cada vez más fragmentados.

p A las puertas de los juzgados se veían por doquier largas filas de campesinos envueltos en pleitos, apelaciones y demandas en relación con la tierra.

p El diseño del feudalismo en Etiopía brinda algunos trazos que en otros muchos países del África Tropical existieron un siglo antes, con todo el hecho de estar ellos mismos atrasados. Tampoco en América Latina sería posible encontrarlos en la actual centuria.

p 1. Millones de campesinos carecían de tierra. Generación tras generación, ése era su sino. Del total de la tierra cultivable de todo el país apenas el 5 % les correspondía.

p 2. El 65 % de la tierra era poseída por una nobleza compuesta de unas cuantas familias. La más poderosa y rica, desde luego, la del Emperador.

p 3. El 30 % restante pertenecía a los jerarcas superiores de la Iglesia Ortodoxa de Etiopía.

p 4. El objetivo esencial de la producción era el consumo y no la acumulación de capital. Esto 93 signiñeaba que todo ese inmenso ejército de campesinos constituía un verdadero rebaño humano a nivel de criados domésticos. Poco importaba que murieran de hambre. Su misión, una década a continuación de la otra, era simplemente mantener el estilo extravagante de existencia de la más parasitaria oligarquía. Esto explica que debiera entregársele hasta las tres cuartas partes de lo que tan difícilmente producían los campesinos.

p 5. La economía nacional, maniatada a consecuencia de que el 90 % de la población del país estaba vinculada a ese tipo de agricultura, en el cual generalmente no se empleaban fertilizantes químicos ni instrumentos de labranza modernos, ni obras de regadío, se podía pasear entre las economías más miserables del mundo. Etiopía superaba en atraso a Haití, que ya es decir.

p El percápita del ingreso —y un percápita con tales diferencias sociales no da la realidad— no pasaba de los 60 dólares al año, menor en verdad que el dato de la ONU de 90 dólares.

p Un intento de modernizar la agricultura se empezó a hacer tímidamente algunos años antes del estallido de la Revolución, pero sus marcos eran muy reducidos. El gobierno imperial financió proyectos que favorecían la importación de’ fertilizantes y de algunos tractores para elevar la productividad por área y hombre. Se trataba, desde luego, de miembros de la familia real y de sus pocos asociados, metidos en el negocio de producir y exportar café.

p 6. Etiopía exportaba sólo mucho café, que daba el 60 % del ingreso en divisas extranjeras y la amarraba a las fluctuaciones del mercado 94 internacional. Año por año crecían las deudas" externas. El déficit en la balanza de pagos se hizo, desde hace mucho tiempo, crónico.

p Andom y Mengistu representaban la pugna entre los intereses y la ideología contraopuéstos de los feudales y los campesinos.

p Para que el 4 de marzo de 1975 fuera posible la histórica declaración que abolía para siempre el sistema feudal de tenencia de la tierra y declaraba que ella pasaba a propiedad colectiva de todo el pueblo, fue necesario derrotar cuatro meses antes —el 24 de noviembre de 1974— el complot contrarrevolucionario del general Andom.

p La nacionalización de la tierra abarcó también a los propietarios de esas pocas granjas modernas dedicadas al café, ya que la mayoría de tales empresas comerciales rurales estaba en manos de latifundistas aburguesados y sus aliados, los monopolios imperialistas y los grandes burgueses etíopes.

p Pero la nacionalización no bastaba. Era necesario efectuar a continuación la gigantesca labor de entregar el suelo en usufructo gratuito a las masas campesinas para que lo pusieran a trabajar.

p En ese momento el grupo revolucionario formado en torno a Mengistu y Abate —este último más tarde traidor al proceso—, concibió el “Zemecha”, el plan de movilizar a miles de estudiantes, maestros y soldados, voluntarios todos, hacia el campo para ayudar a los campesinos a formar asociaciones y cooperativas. Cada familia recibió el derecho a trabajar diez hectáreas de tierra y cada ochenta familias se podía formar una asociación. Los campesinos que habían tenido tierra, pero menos de las diez hectáreas, completaban las mismas y entraban en la asociación, de ser ése su deseo.

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p El número de asociaciones y cooperativas hasta setiembre de este año superaba a veinticuatro mil, con más de siete millones de campesinos organizados a nivc-1 local, de distrito, provincial y regional.

p Ahora se avanza hacia la futura Asociación Ca.npesina de Toda Etiopía, lo que permitirá a todas las nacionalidades del país ejercer mejor su’autonomía regional.

p Por medio de sus organizaciones, establecidas sobre bases absolutamente democráticas, las masas rurales pueden ejercer sus derechos políticos económicos y sociales y son las dueñas verdaderas no sólo de la tierra sino del poder político.

p La primera conquista de los campesinos fue que el hambre desapareció de los campos. La segunda, que también interesa al pueblo de las ciudades, es que empiezan a aparecer vastas extensiones trabajadas colectivamente que deben producir para el intercambio mercantil. Nuevos hábitos de trabajo y de vida se forjan paso a paso.

p Libres de la preocupación de "dónde" ser explotado, finalizada toda explotación y toda angustia por la carencia de tierra, los campesinos se apoyan en sus asociaciones y cooperativas en busca de mejores semillas, fertilizantes, apropiados medios de labor.

p Sin embargo, cuando se visita una asociación no es sólo el trabajo libre en común lo que concita admiración. Por ley, ellas pueden aplicar ia ley. Disponen de tribunales que ellos mismos eligen para juzgar delitos menores. También han tenido qu^ vérselas con asesinos feudales que han atacado a los campesinos de noche en sus casas y quemado sus establos y campos sembrados.

p Cada asociación y cooperativa dispone de sus propias milicias para defender, con la tierra ya en sus manos, a la nueva Patria revolucionaria.

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p El que el número de campesinos inscriptos como milicianos sobrepase a trescientos mil y pronto arribe a medio millón y a un millón, a la cantidad requerida para la victoria de su Revolución, es la prueba suprema del democratismo del proceso.

El poder revolucionario ha entrenado ya a decenas de miles de los inscriptos voluntariamente y considera que las milicias campesinas y obreras constituyen el baluarte de la defensa del país y de la Revolución.

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Notes