p El primer dato en el “haber” de la Revolución Etíope fue la deposición de Haile Selassie y el fin de su régimen de monarquía feudal absoluta.
p La caída de la familia Borbón significó el afrancesamiento de Francia y la posibilidad para los franceses de darse una personalidad nacional, hasta entonces embrionaria.
p Para Etiopía el proceso tiene alcances muchísimo más profundos.
p Hay que partir en el análisis del hecho de que Etiopía tenía oficialmente una esclavitud marginal hasta 1950 y un feudalismo insolente hasta hace sólo tres años, con terratenientes dueños de extensiones mayores que la superficie de Cuba.
p Hay que valorar también que la creencia de que el Emperador reinaba "por derecho divino”, en el tercer cuarto del siglo del átomo y de los vuelos cósmicos, era no solo aceptada por las masas sino que otra idea no podía entrarles en las mentes, cegadas por un fanatismo total trasmitido casi como herencia sanguínea y remachado por sermones oídos desde la cuna, la escuela, todos los órganos de la vida social.
83p Hasta febrero de 1974 los etíopes veían a Haile Selassie como lo más parecido y cercano a un dios, ajeno a las flaquezas humanas, el egoísmo, la avaricia y la cobardía.
p Más de un novelista filosofador ha descrito esa especie de cataclismo que dentro de la mente de muchos creyentes se produce cuando sienten, por comprender mejor la naturaleza de la naturaleza, que "Dios ha muerto”. No es fácil muchas veces el camino hacia esa nueva convicción, que por lo demás no es indispensable para luchar contra los males sociales.
p ¿Cómo sería el proceso que condujo a los treinta millones que idolatraban a Haile Selassie a desconfiar de él, a renegar de él, a despreciarlo, a odiarlo con tanta fuerza como antes tuvo su adoración?
p En una sola noche, fueron quemados millones de retratos del "Elegido de Dios" por las mismas manos que antes de rodillas tocaban el suelo a su paso. Con el mismo brillo que provocaban las lágrimas si alguna vez desde lejos se veía el rostro supremo, los ojos ardían mientras las llamaradas reducían a cenizas la imagen que ahora era símbolo de la maldad y la hipocresía.
p Desde luego, algo mucho más intenso que una llama debió encenderse en el alma de los etíopes.
p Es fácil decir “conciencia”. Pero, ¿cómo, más que llevarla al entendimiento de gentes tan ignorantes como ignoradas, era hacer que cada uno la inventara para sí mismo, ’la descubriera a pesar suyo, por entre la maleza de prejuicios y oscurantismos?
p Yo tuve una experiencia muy aleccionadora. Le pregunté a un "sevañá”, de esos que cuidan edificios desde hace veinte, veinticinco años, tres décadas, quién le hizo creer en la Revolución cuando antes creía en el Emperador, y 84 este sereno de piel tan negra y cuarteada como bota de campaña, me respondió: "Nadie."
p Pero después, al parecer por temor a que no confiara en la sinceridad de su evolución, rectificó y exclamó: "¡ Todos!"
p Ése es el secreto. ¡Ése!
p Es decir, el descreimiento en el mito, la desintoxicación, ocurrió como únicamente podía ocurrir. A la vez para todos.
p Sincronizados en su despertar colectivo por golpes terribles que permitieron la identificación de clase, todos los campesinos comprendieron que el hambre no provenía de que faltara el agua en la tierra, sino de que sobraba en ella el terrateniente y que el más terrateniente de los terratenientes era el Emperador.
p Así también los trabajadores de los taxis y los ferrocarriles, el telégrafo y las oficinas públicas, los vendedores de periódicos y los desempleados, de súbito, todos, vieron que el gran culpable era el que tenían como padre y amigo.
p No se trataba de un semidiós sino de un semidiablo.
p Entonces los gritos de "¡Abajo el Emperador!”, que en alguna que otra ocasión habían salido de gargantas de audaces estudiantes, a la entrada de la Universidad, dejó de ser la voz del mal y la locura y se tornó la voz del bien, la verdad y la razón.
p Es imposible determinar quién fue el primer de los etíopes sencillos en hacerse revolucionario entre febrero y setiembre de 1974. Tuvieron que ser muchos simultáneamente.
p Y cuando el oleaje empezó a batir los cuarteles y los soldados y los policías comenzaron a formar comités, lo mismo que los obreros y los campesinos, y a presentar 85 también demandas de aumentos de salarios, y en especial cuando los oficiales fueron sumándose a la acción espontánea de la protesta, los que todavía podían creer en Haile Selassie se volvieron los integrantes derrotados de una minoría silenciosa.
p El complejísimo problema de la toma de conciencia, que presentó sin dudas mil y una variantes, puede ilustrarse con lo que me contó quien es ahora coronel y una importante figura en el proceso.
p Él me explicó que un día de marzo de 1974 supo que, también en su unidad, se había creado una comisión para pedir alguna mejoría en los salarios que permitiera hacer frente al alza a saltos de los precios. Decidió no comentar el asunto y "hacerse de la vista gorda".
p Sin embargo, de buenas a primeras, se vio entre los elegidos a acudir, con soldados y sargentos seleccionados por la masa en reuniones anteriores, a las puertas del Ministerio de Defensa para entregar allí las peticiones, en vista de que los mandos superiores habían adoptado una actitud de insólita “neutralidad”.
p En verdad nadie podía ni quería exigir que se tomaran los "canales reglamentarios" y la palabra “indisciplina” estaba como borrada de todos los diccionarios desde hacía semanas. En aquellos momentos, diariamente y a todas horas, miles y miles de personas salían en manifestaciones a las calles, ahora sin patrullaje policíaco o militar.
p No obstante, todavía los mandos no calorizaban las demandas, que por demás también les beneficiarían.
p Sucedió que en el Ministerio de Defensa nada decían, por lo que alguien —¿Mengistu?— sugirió ir directamente a ver al Emperador. Y aquí la historia se vuelve aún más reveladora y sensacional: el propio Emperador, como si los estuviera esperando, los recibió.
86p Bastó que la posta de una entrada lateral (por el frente no se atrevió a ir el pequeño grupo) avisara de su presencia al jefe de la guarnición palaciega y que éste evidentemente elevara mucho más arriba la espinosa cuestión, que poco antes hubiera sido no menos absurda que ver al Emperador barrer las calles o pedir limosnas.
p El coronel me contó que, en presencia de él, todos gritaron como durante las paradas militares en los días que celebraban la ascensión al Trono medio siglo atrás: "¡ Viva el Emperador!" Y a continuación, estimulados por la sonrisa paternal del Emperador en persona, le fue formulada la petición.
p —Imposible, Majestad, vivir con el sueldo que tenemos. Usted ha sido traicionado. Los soldados están mal pagados y las pensiones de los veteranos han sido abolidas.
p —Cálmense, mis soldados. Nosotros, elegidos de Dios, los comprendemos. Arreglaremos todo.
p Es más, en el acto, allí mismo, Haile Selassie dispuso que se aumentara el salario del soldado en 10 % y en 5 % el de los oficiales. Desde luego, el "¡Viva el Emperador!" que se escuchó fue el más vibrante jamás oído y la sinceridad de todos parecía inconmovible al dejarlo oír.
p Ahora bien, los precios empezaron a saltar todavía más alto, como con garrocha, lo que motivó una segunda visita de los soldados al Emperador.
p Esta vez su rostro sonrió menos, pero también brotaron de él un "Nosotros, elegidos de Dios" y la promesa de otro aumento en los salarios.
p Una escena del todo diferente ocurrió cuando, tres semanas después, el Comité de la Cuarta División acudió, no sólo con sus propias peticiones sino con las de otros sectores, como los maestros, los ferroviarios, los pequeños comerciantes, los cuales no habían sido recibidos por el 87 Ministro correspondiente ni, desde luego, por el Emperador. Haciendo un indudable acopio de paciencia, o más exactamente, embridando una mal contenida ira, Haile Selassie dijo:
p —¡Hasta cuándo! Yo no tengo más dinero. No puedo seguir pagando los aumentos de sueldos. El último lo saqué de mi bolsillo.
p Y el coronel me dijo que el "¡Viva el Emperador!" con que terminó la entrevista fue o un susurro o una maldición. Y que todos, el propio Emperador y los criados que presenciaron el encuentro y cada miembro del Comité, lo entendieron así.
p En lo que a él, el coronel, respecta, oír decir “Yo” y no "Nosotros, elegidos de Dios”, y ése "mi bolsillo”, fueron definitivos.
—Empecé simplemente a odiarlo.
Notes
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