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TRABAJO DE LA REVOLUCIÓN
 
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p Burlándose de los golpes de mano que los caudillos y partidos de las clases dominantes explotadoras, señores de la tierra y la banca, se daban entre sí en Europa a mediados del siglo xix, antes de que el comunismo como un fantasma pleno de realidad levantara el rostro desafiante del proletariado en escena, Marx escribió lo siguiente: "Las llamadas revoluciones de 1848 no fueron más que pequeños hechos episódicos, ligeras fracturas y fisuras en la dura corteza de la sociedad europea. Bastaron, sin embargo, para poner de manifiesto el abismo que se extendía por debajo. Demostraron que bajo esa superficie, tan sólida en apariencia, existían verdaderos océanos, que sólo necesitaban ponerse en movimiento para hacer saltar en pedazos continentes enteros de duros peñascos."

p Ese mismo análisis es aplicable al África del siglo xx.

p Si en 1970 se hubiera hecho el más honesto plebiscito en Etiopía, el Emperador habría sin dudas ratificado su inmenso poder. Todo el pueblo —salvo muy contadas excepciones— más que creer en él ciegamente, lo adoraba.

p Ello era el fruto de siglos de feudalismo durante los cuales los instrumentos de producción avanzaron poco y las 78 ideas de redención todavía penetraron más lentamente. Y ello era también el resultado de un trabajo sistemático de propaganda elaborado con las técnicas publicitarias más modernas y dirigido a engañar a las masas, a evitar que pensaran por sí mismas, a confiar en todo y para todo en el Emperador.

p Aunque sus ridiculeces, caprichos y abusos —que alcanzaban inclusive a sus hijos y allegados— no siempre podían soportarse fácilmente por los cerebros más europeizados de las dos clases dominantes, latifundistas y capitalistas burocráticos, ellas aceptaban a Haile Selassie y favorecían su mito, porque de ese modo existía la más segura garantía que en toda África pudiera haber contra los cambios revolucionarios abocados tras la muerte del fascismo y, consiguientemente, del viejo sistema colonial.

p De buenas a primeras toda esa sumisión se vino abajo. Las masas dejaron de creer en el Emperador y empezaron a hacerlo en sí mismas. En ausencia de una clase oprimida que fuera capaz de asumir el mando, al faltar inclusive las fracciones de ella que se agrupaban en partidos o movimientos, se creó el vacío. Sólo el ejército podía llenarlo. Y es aquí cuando surge el otro rasgo que, tanto como la espontaneidad, provoca admiración y también recelos respecto a la Etiopía actual.

p Analizar ese rasgo —el factor militar— es interesante y provechoso.

p Durante mucho tiempo era legítima la pregunta de qué podía hacer el ejército con el poder.

p Ya hoy se trata de analizar lo que ha hecho.

p Desde luego que así como los instrumentos de producción no son nada sin el hombre ya que inclusive las máquinas automáticas necesitan de alguien que las conciba, cree e 79 inserte en el proceso creador, detrás del ejército ha estado y está todo el pueblo etíope.

p Y el pueblo va sustituyendo progresivamente al ejército como el más decisivo elemento de la Revolución. Etiopía se hace más y más “civil”.

p Es decir, en forma consciente y organizada, los campesinos y los obreros, gran parte de la pequeña burguesía urbana y algunos sectores medios de la burguesía, así como muchos intelectuales, se han convertido en los verdaderos protagonistas.

p El ejército no ha regresado a los cuarteles. No sólo pelea en las fronteras del este contra los invasores, o defiende Asmara de los zarpazos de las fuerzas escisionistas alentadas por la reacción árabe y el imperialismo, sino que él también desarrolla la conciencia de que pertenece al pueblo y debe servirlo.

p En medio de la revolución ocurre un maravilloso proceso de revolucionarización de los soldados y cuadros de mando. En masa acuden los trabajadores de las ciudades y los campos a los centros de entrenamiento y entran en las milicias, ya hoy la fuerza fundamental de la defensa. Los milicianos acuden, con el mínimo de aprendizaje en el manejo de las armas, a las trincheras, a combatir junto a sus hermanos, los militares profesionales.

p Iguales consideraciones pueden hacerse en relación con la economía, la educación, la justicia.

p Como "muchachos con zapatos nuevos”, las masas, afiebradas por la alegría de sentirse más que libres, dueñas, se organizan, discuten, estudian, aprenden, dirigen, sin que ningún aspecto de la vida social les sea indiferente o esté fuera de su radio de acción.

p ¿Qué ha ocurrido?

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p También fue Marx quien lo descubrió: "En todas las manifestaciones que provocan el desconcierto de la burguesía, de la aristocracia y de los pobres profetas de la regresión, reconocemos a nuestro buen amigo Robin Goodfellow, al viejo topo que sabe cavar la tierra con tanta rapidez, a ese digno zapador que se llama Revolución."

p Hay observadores que se esfuerzan por ser desapasionados, pero que, de antemano, sin haber ido nunca a Etiopía después de febrero de 1974, se la imaginan aún en medio del caos social, en el momento de la caída del viejo régimen, o en la etapa subsiguiente en que se sucedían los golpes y contragolpes en las alturas.

p Tampoco hay que preguntarles. Pero, ¿qué querían? Desde la Revolución francesa hasta la revolución que pueda estar haciéndose ahora mismo en cualquier parte, ésa es siempre la regla y no la excepción.

p Ahora bien, si la violencia persiste y se acrecienta en Etiopía, los culpables son los enemigos de su revolución popular.

p El Chile de Allende heroico intentó menos, muchísimo menos que Etiopía, y el imperialismo y las clases dominantes no vacilaron en emplear métodos de extremo salvajismo para estrangularlo.

p En África del Sur y Rhodesia se soprepasan todos los records en las olimpíadas del crimen.

p El número de ministros y generales traidores que los tribunales revolucionarios de Etiopía han debido conducir en tres años ante los pelotones de fusilamiento, precisamente para evitar que Andom fuera Pinochet, o que en Addis Ababa se instaure un régimen fascista como el de Pretoria o Salisbury, es una cifra insignificante en comparación con los campesinos que en un mes —y durante 81 decenios— asesinaban los terratenientes cuando su Emperador detentaba el poder absoluto, inapelable y altanero.

p En cuanto a las mentiras acerca de matanzas de quinientos estudiantes en un día, que la prensa capitalista de New York y París presenta como tomadas de "fuentes fidedignas”, he oído en Addis Ababa a diplomáticos de Estados Unidos y Francia lamentarse de que esa prensa haya podido dar crédito a semejantes imbecilidades.

p Es cierto que se han producido tiroteos en forma esporádica en los que uno o dos terroristas, aparte de algún que otro miliciano de los kebeles o agente del orden, mueren, pero esto no es culpa de la revolución sino de la contrarrevolución.

p De todas maneras las pérdidas humanas en las ciudades y campos irán desapareciendo en la medida en que se consolide el nuevo Estado democrático-revolucionario de los obreros y campesinos. Por lo demás, la Universidad se ha reabierto y el 80 % de los alumnos acude a ella, para decir un porcentaje conservador.

p Ni caos social ni baño de sangre. Etiopía es predominantemente el espejo de otra cosa, de una genuina revolución.

p En lenguaje poético Marx hablaba de "verdaderos océanos" que de pronto empiezan a moverse: las masas. Y los "duros peñascos" que ellos hacen saltar son las injusticias sociales que les privaban de libertad, dignidad, tierra, alimentos, ropas, zapatos, salud, esperanzas.

p La Revolución ha hecho más cambios en sólo tres años en Etiopía que los que ocurrieron en tres milenios.

p La enumeración de las principales conquistas hasta hoy logradas por las masas es alentadora, aunque no serán las principales vistas desde una perspectiva futura. Entonces se hablará de superación del abismal subdesarrollo, 82 industrialización, bienestar creciente, forja de un etíope nuevo, culto y avanzado.

Una relación de sus logros es imposible, porque ¿cómo se cuantifica el sentimiento de igualdad?

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Notes