p En 1916 un golpe de Estado palaciego en Addis Ababa derrocó a un Emperador niño.
p El Emperador Lidj lyasu, nieto del fundador del Estado etíope, Menelik II, fue destronado aunque en verdad no ejercía ningún poder debido a su poca edad. Más bien el golpe iba dirigido contra el regente, Taran Makonnen, un ambicioso hombre joven.
p En ausencia de un varón en la línea de sucesión, la hija de Menelik II, Zaiditu, tomó la Corona imperial.
p El regente, hijo del general victorioso en la guerra italo-etíope de 1895-1896, no aceptó la pérdida del poder que hasta entonces ejerciera y, en la práctica, constituyó un segundo órgano de mando.
p La dualidad de poderes reflejaba más que el choque de ambiciones personales, la aguda contradicción que se desarrollaba en e1 seno de las clases dominantes.
p De una parte, con la Emperatriz, se alineaban los círculos más conservadores de la nobleza feudal. Sus integrantes, los grandes propietarios y el alto clero, eran partidarios 34 de una unidad estatal formal, no efectiva, que permitiera al país presentarse ante el mundo como uno solo, pero que en realidad continuara dividido en numerosas regiones, en cada una de las cuales un ras (gobernador, jefe militar) fuera como un pequeño emperador. Las iglesias y monasterios coptos poseían grandes extensiones de tierras y temían a la centralización.
p En el otro bando se aliaban la pequeña burguesía comercial y los pocos intelectuales que habían venido formándose en Etiopía: su consigna era "una sola Etiopía”, lo que suponía un gobierno central fuerte. "Jóvenes Etíopes" fue el nombre de su movimiento, lidereado por ese ras Tarafi Makonnen que había llegado a la regencia con irrefrenable ánimo de mando.
p Un tercer bando, algo neutral, lo formaba el ejército.
p Esta lucha política se alzaba sobre el fondo de la más contradictoria sociedad, en la cual se entremezclaban la esclavitud, un feudalismo en su primera fase y supervivencias tribales. A ese abigarrado cuadro se añadía, como un parche, un voraz capitalismo incipiente.
p Siendo profunda y sin cuartel, aquella lucha política “arriba” no era todo, ni lo esencial. La lucha de clases fundamental se desarrollaba, en forma espontánea, a veces violenta, entre les campesinos y sus crueles y todopoderosos explotadores amos feudales. Hacía mucho que las tierras comunales campesinas se habían venido extinguiendo y quedaban apenas islotes en apartadas regiones. Los campesinos debían trabajar para el propietario de la tierra (señor feudal o iglesia) de noventa a ciento veinte días al año a cambio de la parcela de mala calidad que éste le asignaba. También debía entregarle un pago en especie (cosecha o cabezas de ganado, según el tipo de economía) y cumplir con otros deberes y caprichos. Encima de esta explotación y opresión, se amontonaban los 35 impuestos del Estado y los que el propietario imponía a su antojo.
p Dos tipos de impuestos dictados por la Corona eran particularmente duros: el “dergo” y el “gabar”.
p El primero consistía en que el campesino debía dar comida y servir a cuantos nobles, oficiales y funcionarios del gobierno y también tropas de paso, atravesaran o acamparan en tierras de su región. Bastaba que dijeran llevar una orden del ras.
p El “gabar” se proponía todavía más directamente el sostenimiento permanente del aparato militar y estatal. Las familias campesinas debían garantizar el mantenimiento de las guarniciones y las administraciones locales. Según el rango del oficial así era el montante del “gabar”. Los de mayor jerarquía y los gobernadores, contaban por miles a los campesinos obligados a entrar en él. Cada familia debía también mantener un soldado como mínimo, además de aportar sus hijos al ejército.
p Siendo así oprimidos los campesinos no eran los últimos en esa sociedad. Peor aún era la vida de los esclavos, quienes trabajaban en las casas de los feudales y, una parte menor de ellos, en el campo. Hay que advertir que en la década del 30, sin embargo, su número no era tan elevado como la prensa de Mussolini aducía en justificación del ataque fascista.
p Los tres movimientos de la corte en pugna, coincidían en el mantenimiento del feudalismo. No obstante el de los "Jóvenes Etíopes”, al empeñarse en reunir el rompecabezas y centralizar el Estado, favorecía el desarrollo de las fuerzas productivas y cierto grado de civilización moderna. Propugnando la ampliación del mercado interno, abogaba por eliminar la esclavitud y la producción de subsistencia que practicaban los sectores conservadores 36 e introducir el comercio basado en la moneda. En ese sentido, ese movimiento era histórico y relativamente el más avanzado.
p En un momento dado él se concentró en exigir el cese de la esclavitud a sabiendas de que la Emperatriz se opondría tercamente, a pesar de que la declinación de la esclavitud era inevitable. Ya a mediados del xix, Teodoro II abolió la trata de esclavos y a fines del siglo Menelik II decretó que sólo los prisioneros de guerra podían ser reducidos a la esclavitud y después limitó su duración a siete años. En 1924 otro decreto normó las categorías de esclavos a ser liberados y estableció cómo y cuándo. También el decreto establecía que a los esclavos que sirvieran en el ejército se les liberaba de inmediato.
p En definitiva tales normas se prestaban al "luego, tarde y nunca" y pretendían más el cese del sistema de la esclavitud abierta que de la esclavitud disimulada, pero a los conservadores y al clero les parecieron revolucionarias. "Si algo cambia en algo, todo puede cambiar en todo”, decía la Emperatriz.
Cuando iba acercándose a un punto de ruptura la puja solapada entre el regente Tafari Makonnen y la Emperatriz en torno a la esclavitud y a cómo aboliría, la muerte del Ministro de la Guerra, en 1926, favoreció al primero: le permitió asumir el control del ejército. Gracias a esto pudo derrotar, dos años después, dos rebeliones en su contra alentadas abiertamente por la Emperatriz. En 1930, tras una tercera intentona, encabezada por su anterior esposo, murió la Emperatriz. Hacía mucho que estaba desprovista de poder verdadero. No obstante, sus funerales fueron grandiosos. Un nuevo Emperador tuvo Etiopía en su larga y difícil historia de treinta siglos. El propio regente se dio a sí mismo el rango con el nombre de Haile Selassie I. Al ceñirse la ansiada Corona, estaba lejos de imaginar que sería el último de los Emperadores etíopes.
Notes
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